Los personajes son de la genial Sthepenie Meyer y la historia es completamente mía.
Capítulo veintisiete.
-Deberías de verte, cada vez lo haces mejor.
-Oh, no esperaba que me estuviera viendo con eso pegado a tu cara. ¿Así es la forma en la que traban en este lugar?
Se dejó caer en la silla que la esperaba a lo lardo de dos metros de alfombra con firmes barandas a los costados. Dimitri levantó la vista del teléfono.
-Querida mía, estaba grabándote.
Bella rodó los ojos y bufó. Había notado que desde la visita de Edward y Anthony había estado molesta. Le había pedido que no fuera a verla mientras ella estaba en rehabilitación, Edward insistía en que quería ser parte de eso pero ella lo apartó sin darle vueltas al asunto. No lo quería allí y él no iría hasta que ella lo pidiera.
-Es estúpido.
Dimitri se acercó a ella y se sentó en la baranda, mirándola. La admiraba terriblemente sin decírselo. Su paciente era una luchadora, como pocas se habían atrevido a serlo pero allí estaba. Consumiéndose tristemente mientras reñía consigo misma.
-¿Puedo saber cuál es el jodido problema?
-¿Por qué dices que tengo uno?
A la defensiva, se pisó con sus propias palabras. Suspiró abatida y echó su cabeza hacia atrás. Negó con la cabeza evitando ponerse sentimental.
-Vamos, cuéntame. Al menos, la versión corta de lo que te pasa.
Bella miró por la ventana.
-Detesto sentirme débil e insegura, de no saber qué tengo que hacer por que depende del destino. La inestabilidad. Detesto no poder hacer o que quiero o estar donde debo estarlo. Detesto todo esto.
Tras su silencio, ella le devolvió la mirada.
-Estaría encantado de oír la versión larga.
Rodó los ojos y fue apareciendo el comienzo de una sonrisa.
-Idiota.
El fisioterapeuta se puso de pie mientras reía.
-Así que… es cuestión de autoestima.
-¿Oh, en serio? Pensaba que era por el día nublando. ¡Por supuesto que se trata de eso! No me siento bien, no quiero que Edward me vea en este estado y menos tener que sostener a Anthony con el terror de que puede caerse de mis propias manos.
Tragó en seco y apartó la mirada.
-Es horrible.
-¿Te digo algo?
Ella frunció el ceño mientras lo miraba.
-Todo eso… es autosabotaje.
-¿De qué hablas?
-Lo he visto millones de veces. Personas llorando y deseando morirse por que nunca podrán lograr salir de este cuarto. ¿Pero sabes qué? Ellos esperan, que a través de su lamento, uno le de más aliento, más fuerza y de eso alimentarse. Pero no lo necesitan, solo que no saben de qué son capaces y aún así, ni siquiera lo ven cuando salen caminando por aquí.
Sus facciones se volvieron serias y duras.
-Es por eso que me dicen el dios de la sanación. ¡Erróneo!
Saltó la vaya de metal y se giró hacia ella.
-Te conozco, a pesar de tu ironía, he llegado a conocerte. No eras como los demás, sabías que tienes fuerza en ti misma pero te debilitaste, viste a ese pequeño y diste cabida a temores ocultos. No seas idiota, Bella. Amas tanto que temes.
La dejó sola con diez prácticas más y se dedicó a un paciente que acaba de ingresar.
Todo su mundo comenzaba a desmoronarse de repente. Estaba reacia a aceptar visitas, las postergaba y muchas veces las tomaba por que sus familiares no tenían la culpa de lo que le pasaba. Pero Dimitri tenía razón. Ese loco, estúpido y alterado fisioterapeuta tenía toda la razón.
Cada vez que ella veía los rostros felices por verla despierta, por verla hablar con más soltura y retomando su voz natural, esa sonrisa que se dibujaba en sus rostros cuando hacía un movimiento certero. Todo eso la hería.
Por que al principio había estado bien, progresaba notablemente y nadie lo sabía. Hasta que Edward la vio sostener a su hijo y lo contó a toda la familia. Las visitas se volvieron más frecuentes y la exigencia de estar cada vez mejor, era una presión que no podía soportar.
¿Qué pasaba si fallaba? ¿Qué había de Edward que esperaba que saliera caminando de esa cama con Anthony en los brazos? ¿Qué había del juicio que le esperaba en dos días? Todos esperaban demasiado de ella y era algo que no estaba segura de poder lograr.
-Deja de pensar, ya se te ven las arrugas.
Se giró hacia Rosalie y se quedó estática en medio de la caminata. Si sus piernas parecían duras, ahora era de palo macizo.
-¿Qué haces aquí?
La rubia se acercó despacio, haciendo notar su presencia con los tacones sobre el parqué flotante.
-¿Esa es la forma que tienes para saludarme?
Bella frunció el ceño y centró su atención en su hermana.
-Bella, siento que no hemos tenido la oportunidad de hablar como lo deberíamos.
Rosalie terminó por acercarse, a un metro de ella. No lucía bien, por que la conocía como la palma de su mano. Rosalie era transparente todo el tiempo. Mostrando sus sentimientos y ahora, no podía seguir ocultándolos.
-Te debo una disculpa.
-Rose…
-Y una grande.
-¿Por qué dices eso?
Suspiró y se hizo el largo cabello rubio a un lado.
-Te dejé sola por un capricho, cuando prometí que no volvería a hacerlo…
Su voz se quebró y en sus ojos aparecieron las lágrimas.
-¡…y pasó de nuevo!
-Rosalie.
-No, no merecías pasar por eso de nuevo. Eres una persona maravillosa y no lo sabes. Haces que todos a tu alrededor se sientan cómodos, es imposible que no llames la atención. Te adoro, eres mi hermana pequeña y no puedo siquiera respirar sabiendo que estás aquí. Sufriendo, lejos de tu familia.
Bella mantuvo su semblante rígido, como solía hacerlo en las situaciones que debía mostrarse apenas más humilde.
-Siento y veo tu indiferencia, te conozco Bella y todavía mejor que nadie. Estás encerrándote de nuevo. No quieres vernos y tienes excusas sin sentido. Dejas que la culpa se apodere de Edward y lo que haces está mal. No hay un día que no vea sus ojeras bajo sus ojos, se que no duerme, él está tan mal como tú.
Rosalie endureció su mirada y bajó el tono de voz.
-No nos separes de ti, por que cuando lo hayas hecho. No podrás traernos de vuleta. Bella, esto está matándome. Por el simple hecho de que mamá no ha venido a verte y esa estúpida pelea de orgullos que les impide unirse de nuevo. ¿Recuerdas la causa? Eso es importante ahora.
-¿Por qué?
-Él regresó.
Su respiración comenzó a ser irregular y sus piernas comenzaron a temblar.
-¿Bella?
Dimitri, quién no se había perdido ni una palabra, tampoco lo había hecho de las reacciones de Bella. Corrió a través del salón y logró tomarla por la cintura antes de que sus piernas se debilitaran. Pero aún así, no lo hicieron.
-Él no puede.
-Bueno, lo hizo.
Dimitri intervino.
-Bella, creo que es hora del descanso.
-¡No!
Se volvió hacia su hermana.
-Quiero que se mantenga alejado de mí familia.
Dimitri se interpuso entre ella sin soltarla. Su rostro era severo, estaba en la faceta de director de piso.
-Dije, que es la hora.
La había visto alteraste en cuestión de minutos. No sabía si había hecho bien en decírselo pero sentía la urgente necesidad de abrirle los ojos. Todos estaban sufriendo con la situación. Pero nadie lo sentía más que Edward.
Dimitri pidió que le dieran algo para dormir pero ella aseguró de que estaba bien, quería cenar. Al menos esa resultaba ser una distracción, tenía que dejar a su cerebro funcionar si no quería que explotara en es mismo momento.
Llevaba una hora mirando fijamente el apetitoso plato de comida. Sin hambre, sin ganas de moverse. Dos golpes la hicieron despertar de su trance.
Edward apareció tras la puerta y frunció el ceño. No le había avisado que vendría.
-Hola…
Susurró tímidamente mientras entraba en la habitación. Ella pudo notarlo, estaba consumido. Tenía unos profundos y oscuros surcos bajo sus ojos, tenía la mirada cansada y por más de que recién hubiera salido de la ducha, estaba exhausto.
-Hola…
El corazón le dio un vuelco.
-¿Podrías caminar más a prisa hacia aquí?
Soltó molesta la verlo tan dubitativo. Edward frunció el ceño y luego se disipó en una media sonrisa. No tardó en sentarse a su lado y acercarse para besarla.
Con prisa sin quitarle la ternura, la besó. Deslizó su mano por detrás de su cuello para evitar que ella se alejara. Pero esas no eran sus intenciones. Bella se acercó más y entreabrió los labios para darle paso a su boca. Sintiendo una repentina lejanía se acercó todo lo que pudo y profundizó el beso. Ansioso, apasionado y desesperado, no se separó de ella hasta que necesitó aire y refrescar su mente. Solo unos milímetros eran necesarios, sin abrir los ojos dejó que sus labios esbozaran una sonrisa.
-Te extrañé demasiado.
-Yo también, lo siento.
-No lo vuelvas a hacer ¿De acuerdo?
Ella asintió y se apartó para poder verlo a los ojos.
-Edward… quiero ir a casa.
Él sonrió y acarició su mejilla.
-Es demasiado temprano.
-No quiero pasar ni un minuto más aquí. Ya no puedo soportarlo más.
Volvió a besarla lentamente.
-Haré que te den el alta. Vendré a buscarte en la mañana para irnos.
-No…
Se aferró a su rostro.
-…quédate esta noche.
