Epílogo
Dos semanas después…
Los altos tacones de Isabella Swan resonaban el pasillo de Swan's Corporation. Como cada vez que se la veía deslizarse por los pasillos de la empresa, los trabajadores temblaban ante su presencia.
Nada había cambiado.
Entró en su oficina y se alisó la camisa de raso color azul marino que llevaba ese día y se contempló el pantalón de vestid color beige pegados a su cuerpo. Los zapatos azules y la alta coleta resaltando su mandíbula angulosa. Perfecta.
Sobre su escritorio estaba el sobre que había estado esperando por diez días.
Antes de que pudiera tomarlo para leerlo con calma su puerta se abrió precipitadamente y se quedó totalmente sorprendida al encontrarse a Heidi, su asistente, alborotada y de mal humor.
-¡Estamos de aquí para allá, adelantado trabajo y tú aquí, sentada sin hacer nada! ¿Se puede saber por qué? Sabes qué… no deseo saberlo. ¡Deberías estar ya en la sala de reuniones!
Bella se puso de pie fríamente y la miró desde su lugar.
-¿Debería de recortar quién manda aquí, Heidi?
Su asistente rodó los ojos y bufó.
-Nada cambió. Ni un accidente que te acercó a la muerte, ni haber encontrado un buen esposo ni un hijo. ¡Nada va a cambiarte!
Isabella Swan se irguió en su postura. Los últimos días estaban siendo un desastre que estaba tratando de atender, su ausencia había hecho estragos en los departamentos de su empresa. Desde el de limpieza hasta el del control financiero. Todos se habían descontrolado sin tener a alguien que les diga lo que deben hacer. Lo mismo que su asistente, quién estaba colapsando frente a ella.
-Estás despedida.
Heidi parpadeó y se detuvo allí mismo.
-¿Estaba en modo automático desesperado otra vez?
Bella asintió lentamente.
-¿Cuántas veces te he despedido ya, Heidi?
Ella se encogió de hombros.
-Creo que unas cinco.
El terror cruzó su frente y palideció.
-¿Es en serio esta vez?
La miró por unos segundos. Ni ella misma había podido con el control de la empresa hasta muchos años de auto capacitarse. No podía culpar a Heidi por desesperarse de aquella forma cuando tenía tantos asuntos de los que encargarse, tantos que no le correspondían a ella. Suspiró lentamente, sopesando la idea de dejarla ir. Era una idea cruel y realmente la apreciaba. Era una asistente fenomenal.
-No, pero prometo que lo será la próxima vez que me obligues a hacerlo…
El grito de Heidi la dejó de hielo. Su asistente rodeó el escritorio y la abrazó por sobre los hombros.
-Lo sé, lo dijiste la primera vez. Te adoro, gracias por dejarme continuar.
Se apartó y simuló que nada había pasado.
-Volviendo al trabajo. La empresa Cullen Resarch está esperándote.
Le guiñó un ojo y rió cuando ella se fue.
Tomó el sobre y lo metió dentro de la agenda personal. Tendría tiempo de verlo más tarde, pero la curiosidad quemaba por dentro. Así como el miedo.
-Buenos días, caballeros.
Tomó el lugar central de la mesa ovalada de su sala de conferencias y reuniones y se enfrentó a quién la miraba desde el otro extremo. Profesionalmente le dio la bienvenida, y deslizó las carpetas por todos los ejecutivos.
-Mi respuesta a su pedido.
Edward Cullen, jefe corporativo de la empresa anónima Cullen Research tomó la carpeta y la abrió. Todos los balances estaban aprobados y había una valoración profesional acerca de su trabajo. El proyecto estaba asegurado. Levantó la vista hacia ella sin poder creerlo, casi parecía imposible. Jamás hubiera creído que es negocio iba a darse. Ella estaba analizando su agenda con el ceño fruncido junto a su secretaria, volvió a la carpeta frente a él y encontró un papel doblado dentro.
Sonrió.
Conocía esa perfecta caligrafía. Abrió el papel.
Desde antes de ir al campamento, había decidido aceptarlo. Solo que pensé que sería bueno mantenerlos con la intriga. Tus ideas son brillantes, aprecio tu forma de pesar y desenvolverte. Eres un hombre capaz en los negocios y con un temperamento potente. Espero que siempre sigas de esa forma. B.
"B"
Rió ante esa expresión. Guardó el papel en su bolsillo y cerró el trato.
Bella regresó a su escritorio, había eludido encontrarse con su esposo a solas. Todos sabían que él era su nuevo marido y se sorprendían por el profesionalismo objetivo entre ellos. Eran negocios, las vidas privadas estaban a aparte. Más los sorprendió haber ganado el trato, después de todo por que parecía ilógico. No era ventajoso. Pero ella les había dado una larga explicación del por qué había cedido. Era ventajoso y ellos pudieron verlo recién en ese momento.
Se dejó caer pesadamente en la silla y abrió desesperadamente el sobre. Releyó rápidamente y se detuvo de golpe en una palabra.
Positivo.
-No puede ser…
-Bueno, lo es.
Levantó la vista hacía su médico. Estaba consumida en su asiento mientras presionaba el papel en sus manos.
-¿Cómo…?
Enarcó una ceja y él suspiró pesadamente.
-Estamos analizándolo científicamente, pero podría decirte que es un milagro.
Le dio una larga explicación de que para tener un bebé no solo hace falta la predisposición física, depende de lo emocional también. No estaba pasando por buenos momentos en su matrimonio anterior, lo que dificultó la posibilidad de tener un hijo. Sumado a que el del problema, era Jacob Black. Tenía una insuficiencia masculina poco conocida que deterioraba la capacidad de fijar el embrión al óvulo.
En cambio, ahora todo era diferente. Ella había apartado de foco el quedar embarazada, lo había dado como un hecho, que jamás podría engendrar. Pero Edward le daba la oportunidad que tanto había deseado.
Dejó que su cabeza descansara sobre el volante de su auto y lloró. Como jamás lo había hecho. Sintiendo cada lágrima como salida de un profundo dolor que se había convertido en el peso de su alma.
Ahora estaba libre.
Entró en el apartamento como un tornado. Edward lucía pantalones de chándal sin camiseta, había estado haciendo ejercicio. Sorprendido mientras entretenía a Anthony con los juegos didácticos, se puso de pie mientras Bella gritaba de felicidad y lanzaba sus zapatos al otro lado del salón.
-¿Qué ocurre?
Ella rió y se abrazó a su cuello. Lo besó profundamente y se apartó.
-Ahora podemos tener ese jodido final feliz que todos los cuentos tienen.
-¿De qué hablas?
Rió mientras ella se apartaba y le tendía un sobre, bastante arrugado de por cierto.
Desplegó la carta y leyó detenidamente.
No había aire en sus pulmones.
-Bella… ¿Qué…?
Volvió la vista al papel y leyó de nuevo.
Resultado prueba de embarazo: positivo.
-Mierda…
Levantó la vista y ella mordía nerviosamente su labio inferior. Soltó el aire que contenían sus pulmones y una sonrisa comenzó a dibujarse por su rostro.
-Edward… vamos a tener otro hijo...
Edward la envolvió en sus brazos y la giró por el aire. No sabía si reía o lloraba de alegría, solo sabía que amaba a la mujer que era su esposa. Bella se abrazó a él desde su cuello y se acercó a sus labios.
-Lo sé, mi amor, lo sé. Esto es una locura.
-Totalmente, pero... ¿Sabes por qué elegí el nombre de Anthony?
Parpadeó sinténdose fuera de sintonía.
-No.
-Antes de la primera reunión, había leído tu nombre completo en la carpeta de informes y cuando encontramos al pequeño, me recordó tanto a tí que pensé que ese nombre era perfecto.
Edward sonrió de lado, característica suya.
-Se que te la puse difícil, pero me importabas más de lo que pude decírtelo en el bosque.
Besó sus labios lentamente.
-Te amo, Edward. Formaremos una hermosa familia, los cuatro.
Suspiró lleno de amor y supo que no tenía más palabras, más que aquellas dos que resumían todos sus sentimientos.
-También te amo, Bella.
Fin.
No te pierdas la reseña de la próxima historia en el capítulo 30 llamado → "nota de autora"
