8

"De todos los tontos que hay por el mundo, y hay muchos, ¿por qué a mi me tiene que tocar el puto príncipe de las Serpientes?" pensaba la castaña, tumbada en la cama. Era aproximadamente la una de la mañana, y no conseguía dormirse. Había estado esperando a Malfoy durante una hora, hasta que se hartó y acabó ella el trabajo. Se maldijo mentalmente, se levantó y se fue a mirar por la ventana. Agudizó el oído a ver si oía entrar al rubio a la Sala, para poder desfogarse, pero nada. Desde donde estaba se veían el bosque y la cabaña de Hagrid, que tenía la chimenea encendida. Con el frío que hacía, le gustaría tener una chimenea al lado de la cama. Se imaginó al guardabosques preparando sopa y hablando animadamente con Fang, y le rugieron las tripas. Había sido mala idea no pasar por el Gran Salón a cenar, pero necesitaba libros para acabar el trabajo. Al que Malfoy no se había presentado.

Se enfureció de nuevo. Paseó la vista por las copas oscuras de los árboles, y se estremeció al oír lo que parecía ser un aullido lejano. Entonces, vio una sombra moverse atropelladamente hacia el bosque. Se fijó mejor. Eran tres personas, chicos, a juzgar por las voces, y se dirigían al Bosque Prohibido. Parecía que estaban forcejeando, aunque solo alcanzaba a ver una masa informe de ropas negras. Entonces lo tuvo claro cuando una de las sombras calló al suelo y las otras dos la pisotearon antes de seguir arrastrándola hacia la espesura. Se puso histérica. Pensó en alertar a McGonagall, pero vio como desparecían entre los árboles, y no podía ponerse ahora a buscar a ningún profesor. Ahogó un grito, se hizo un encantamiento desilusionador y bajó corriendo a los terrenos.

Por el camino tuvo que sortear a Filch, a la señora Norris y a Peeves, que estaba cambiando la posición de los dedos de las armaduras haciéndolas poner un gesto obsceno. Tras confundirse dos veces de camino, saltar de una escalera cambiante a otra y casi matarse al bajar el último tramo de escalones, llegó a la puerta, que estaba entreabierta. Pasó por ella sin molestarse en abrirla más y siguió corriendo, motivada por la furia que sentía esa noche. Por todo, por Malfoy, por sus continuos pensamientos sobre Thomas, porque alguien estuviera siendo atacado delante de sus narices. Vislumbró a lo lejos la cabaña de Hagrid y pensó en llamarle para que la ayudara, pero no sabía si tenía tiempo. Se introdujo en el bosque sin saber muy bien a donde ir, hasta que escuchó voces a la derecha. Giró en un tronco retorcido, y a lo lejos vio como dos chicos pegaban a otro, que al parecer había perdido su varita. Uno de los agresores era Slytherin, vio el escudo en la túnica, pero no sabía quien era. El otro estaba de espaldas. Cogió lo primero que vio: una rama gruesa. Caminó, ahora sí, con miedo y sigilo hasta donde estaban, y arremetió contra ambos con todas sus fuerzas, propinándoles sendos golpes en la cabeza. Luego, antes de que pudieran darse cuenta de algo, les petrificó. Se quitó el hechizo desilusionador y se fue hasta la maraña de tela que había en el suelo. Le dio la vuelta con cuidado. Se quedó helada.

-Joder, Malfoy, siempre metiéndote en líos. Malfoy…- Le dio un par de golpes suaves en la cara, con cuidado, ya que estaba llena de moratones y tenía un poco de sangre.- ¡Malfoy!- Nada. Estaba inconsciente.- Wingardium Leviosa. – Dijo, y el chico se elevó del suelo. Se encaminó con él a la enfermería lo más rápido que pudo.

-¡Por todos los magos! ¡Señorita Granger!- La señora Pomfrey se escandalizó cuando la vio llegar: agotada, llena de barro y con un cuerpo flotando tras ella. Tumbó al chico en una cama y lo tapó con una cortina mientras hablaba con Hermione. Tras un par de explicaciones, y tras haber escrito una nota que le dio a un pequeño periquito que tenía en la sala, el cual salió volando por la puerta, fue tras la cortina para curar al muchacho. Hermione se sentó, temblorosa y cansada. Poco después llegaron Snape y McGonagall.

-¿Qué ha pasado?- Preguntó la mujer a la chica. Se la veía bastante conmocionada. Hermione les contó todo lo referente a los dos muchachos, y Snape salió rápidamente de la enfermería hacia el bosque. Media hora después, en la cual a la castaña ya le habían ofrecido tres tilas, la señora Pomfrey salió:

-Está bien, está consciente, aunque dormido. Le he curado prácticamente del todo, aunque mejor que mañana no se mueva de la cama.

Se oyó un ruido lastimero que provenía del rubio. La enfermera fue hasta él, y volvió con cara de fastidio.

-Dice que no va a permitir que le dejemos un día entero aquí, que quiere pasarlo en su habitación.

-¿Se le puede trasladar?

-¿Le va a hacer caso?- La señora Pomfrey frunció los labios.- Sí, se le puede trasladar.

-Bien, mañana por la mañana, sobre las ocho, que vaya a su habitación. No creo que sea muy bueno que haya alguien en la enfermería al que le han pegado una paliza dos compañeros.- La directora se frotó los ojos. Se giró hacia Hermione:- Señorita Granger, vaya a su cuarto, mañana cuando llegue el señor Malfoy la avisaré.

Hermione asintió y salió de la enfermería. Estaba muy angustiada, y no sabía del todo por qué. Esperaba que expulsaran a esos dos… En su cabeza les insultó de una forma que le escandalizó hasta a sí misma. Llegó a su cama, se dejó caer y, sin desvestirse, se quedó dormida.

Se despertó sobresaltada cuando estaba amaneciendo. Le pareció que la llamaban a voces. Cuando se le tranquilizó el corazón, se dio la vuelta para seguir durmiendo, pero…

-¡GRANGER!

Dio un bote en la cama y se incorporó rápidamente. Calzándose las zapatillas, se puso el albornoz y salió a la Sala Común. Allí vio al rubio, con cara de enfermo y de fastidio pero sin ninguna herida, tirado en el sofá.

-Ya era hora. Es la tercera vez que te llamo.

-¿Estás mejor?-…- Como el muchacho no contestaba, siguió hablando.- ¿Para qué me llamas?

-McGonagall ha dicho que te despertara, que ahora viene.

Ella estuvo a punto de decirle que si no tenía piernas, pero como al chico le habían dado una paliza hacía apenas ocho horas se resignó y se sentó en el sillón.

-Por cierto, Granger, bonito pijama…

La chica enrojeció hasta la raíz del pelo, dándose cuenta de que no se había abrochado el albornoz y de que se veía perfectamente su camisón morado. Era un camisón de seda con encajes, demasiado corto, que se había comprado cuando estaba de vacaciones, solo por capricho. Como no se lo ponía nunca, su madre le había sacado sin decirle nada su pijama de patitos del baúl del colegio y le había metido el camisón, para que tuviera que ponérselo sí o sí. Hermione estaba esperando a la primera visita a Hogsmeade para comprarse un pijama, pero hasta entonces tenía que ponerse eso.

Se tapó todo lo que pudo con el albornoz y bufó, abochornada. Malfoy se rió de la reacción de la chica, pero siguió mirándola unos segundos, como si intentara ver a través del albornoz. Antes de que ella pudiera echarle la bronca, entró McGonagall.

-Buenos días.

-Buenos días- Corearon ellos.

-Bueno, he de informarles de que los… agresores han sido localizados y enviados al Wizengamot. Y, lógicamente, expulsados. No voy a decir sus nombres para que no haya represalias hasta que no llegue su madre, señor Malfoy.- El chico soltó un bostezo.- Hoy se quedará en esta Sala para recuperarse por completo. Señorita Granger…-. La profesora tomó aliento, como si le costara lo que iba a decir.- le voy a pedir que se quede con el señor Malfoy.

Los dos chicos pusieron cara de disgusto, pero Hermione asintió.

-Muy bien. Les comunicaré a sus profesores por qué estarán ausentes. Las comidas se las enviarán aquí. Señor Malfoy- miró al muchacho.- usted no podrá salir, y las visitas que reciba no pueden ser más de tres a la vez. Señorita Granger, usted podrá salir pero, por favor, solo lo imprescindible. Es todo. Descansen un rato.- Se levantó majestuosamente colocándose las gafas sobre el puente de la nariz, miró al rubio con cara de tristeza y se fue.

-Bueno… ¿qué tal estás?- Hermione preguntó intentando sonar despreocupada.

-Como si acabaran de pasar sobre mi doce elefantes.

-Pero mejor, ¿no?

-Supongo.

-Bien.

-Eres como mi madre. Sabes que por eso te hacen quedarte aquí, ¿no? Se habrá puesto histérica y habrá exigido tenerme vigilado las veinticuatro horas.

-Ah.

Hubo un instante de incómodo silencio en que la chica miró por los ventanales, algo bastante absurdo pues estaban cerrados.

-Pregúntalo, Granger.- La voz del chico la pilló desprevenida. Se giró hacia él.

-¿Qué pregunte el qué?

-Lo que quieres saber. Si yo sé quienes eran y por qué me atacaron.

Ella se mordió el labio. Eso era lo que quería saber desde la noche anterior. Malfoy suspiró y se incorporó un poco en el sofá.

-Sí, sé quienes eran, aunque no sé si tú les conocerás. Te basta con que te diga que son hijos de mortífagos, uno de los cuales está muerto. El otro, encerrado de por vida.- La castaña ahogó un grito de forma casi inaudible.- Y me atacaron porque soy un traidor.

-¿Tr-traidor?

-Sí. A pesar de que ya no están formados como un ejército, los mortífagos aún saben de las actividades de los otros mortífagos, y saben que ya no les sigo. Aunque dudo que sepan que ayudé a la Orden, de lo contrario no se habrían conformado con darme solo un par de pataditas.

-Pero su Señor ha muerto, ¿por qué…?

-Granger, se supone que eres inteligente. Ha muerto su guía, sí, pero no sus ideas. Y muchos de ellos claman venganza, porque están encerrados o porque perdieron familiares… Quieren, ahora más que nunca, acabar con todos los que les hicieron daño, con los muggles, con los indignos. Y, obviamente, con los artífices de la caída del Señor Tenebroso.- La lanzó una mirada significativa a la chica, que puso cara de angustia.

-¿Cómo lo sabes? ¿Por qué no se lo has dicho a nadie?

-Porque aún no han hecho nada, y porque solo son especulaciones mías. No lo sé seguro, y no puedo acusar a gente que está en la cárcel, o a gente que ya fue absuelta, o a…- Se calló abruptamente.

-¿A… quién?

-A gente desaparecida.