Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Kate Hoffmann.
Capítulo 1
Bella POV
—Vivo en una ciudad de siete millones de habitantes. Tres millones y medio de estos siete millones son hombres. De ellos, deberá haber, por lo menos, medio millón de solteros y, de entre ellos, seguro que hay unos cuantos miles que no estarán mal.
Bella Swan se apoyó en la encimera y se dispuso a servirse un café. Cuando vio la taza llena, dejó la cafetera en su sitio y dio un trago, estremeciéndose de placer al sentir cómo la cafeína entraba en su torrente sanguíneo.
Aunque no se había tomado ni una gota de vino en todo el fin de semana, había devorado una bolsa de un kilo de caramelos la noche anterior y la resaca de chocolate la estaba matando.
—¿Por qué no conoceré a alguno de ellos?
—¿Has tenido un mal fin de semana? —le preguntó Rosalie fingiendo que le importaba.
Bella miró a su amiga y compañera de trabajo. ¿Un mal fin de semana? Depende de lo que se entendiera por tener un mal fin de semana. Si ver Memorias de África por enésima vez y llorar como una loca, comerse una bolsa entera de caramelos de chocolate y hacerse la cera se consideraba normal, entonces no había tenido un mal fin de semana.
Lo cierto era que los había tenido peores. La última vez, se había comido una tarta triple entera en la primera hora de proyección de Titanic y, a continuación, se había pasado todo el domingo reorganizando el cajón de la ropa interior. Primero, por colores; luego, por telas y, para terminar, por antigüedad.
—Ni he salido de casa —admitió—. Estoy empezando a tener fantasías sexuales con el repartidor del restaurante chino.
Rosalie le pasó el brazo por los hombros y chasqueó la lengua.
—Bonita, ¿no crees que va llegando el momento de que te busques a un buen semental al que montar? Hace demasiado tiempo que no te pasas por los establos.
—¿Qué te pasa a ti con los caballos? —contestó Bella avanzando hacia su despacho—. La semana pasada me dijiste lo mismo. ¿Desde cuándo Mr. Ed se ha convertido en tu gurú sexual? Según tú, National Velvet y My friend Flicka son manuales de sexo —añadió al llegar a la puerta de su despacho—. Esos libros eran mis favoritos cuando era pequeña. Mi vida estaba completamente centrada en los caballos. Ni siquiera miraba a los chicos.
—Sí, caballos enormes, fuertes y bien dotados —contestó su amiga abanicándose con la mano—. Sí, a mí también me encantaban aquellos libros. Si mi madre lo hubiera sospechado, me los habría quemado todos.
Aquello hizo reír a Bella.
—¡Siempre has tenido una mente retorcida!
—Obviamente, al estar plana y llevar aparato en los dientes, no me quedaba más remedio que tener una mente calenturienta —se estremeció Rosalie echándose la melena rubia hacia atrás y paseando sus manos por su figura delgada—. Admito que no me haría ninguna gracia tener que volver a aquellos tiempos. Era bastante tímida, un tanto cutre y vestía fatal. No sé cómo he podido convertirme en lo que soy ahora.
—Vaya, yo que creía que habías nacido llevando pañales de cachemir y botitas de seda y que ibas a la guardería vestida para seducir a todos los bebés de sexo masculino que se te pusieran por delante —murmuró Bella.
Si no hubiera sido su mejor amiga, Bella estaba segura de que habría odiado a Rosalie porque Rosalie era increíblemente guapa. Ella era… mona.
Rosalie tenía tres o cuatro novios revoloteando a su alrededor los trescientos sesenta y cinco días del año mientras que a Bella los hombres le duraban menos que un helado a la puerta de un colegio.
Además de la humillación personal, Bella tenía que soportar un trabajo que no le gustaba demasiado. Era documentalista en la revista Attitudes y su trabajo consistía en pasarse todo el día en Internet, al teléfono o en la biblioteca, comprobando la veracidad de los artículos que pasaban por sus manos.
Rosalie, sin embargo, había conseguido hacerse con el puesto de ayudante de edición del departamento de moda. Como la revista iba destinada a veinteañeros, su amiga se pasaba el día en círculos de diseñadores millonarios, modelos impresionantes y guapísimos fotógrafos franceses.
Y lo peor era que ella misma parecía una modelo de Calvin Klein, siempre elegante y sofisticada mientras que Bella se compraba la ropa en tiendas de segunda mano y lo más sofisticado que hacía era recogerse el pelo con un par de lápices.
A pesar de todo aquello, Rosalie tenía una cualidad que la convertía en una amiga indispensable. Por muy mal que estuviera Bella, le bastaba con un comentario de su amiga para olvidarse del problema y estallar en carcajadas.
—¿Sabes cuál es tu problema? —le dijo Rosalie siguiéndola hasta su minúsculo despacho, que no tenía ventanas.
—No, pero sospecho que me lo vas a decir.
—Hace seis meses que no sales con un chico. ¿Cómo vas a conocer a alguien si no sales de casa? Como sigas así, vas a acabar teniendo… ¿cómo se llama eso?… angorafobia.
—Angorafobia será la fobia a los jerseys muy suaves. Creo que tú te refieres, más bien, a agorafobia o miedo a los desconocidos —la corrigió Bella.
Rosalie suspiró.
—El hecho de que manejes conceptos tan profundos demuestra lo que digo. Desde que dejaste a aquel batería que estaba como una cabra y que tocaba en aquel grupo tan horrible no has vuelto a salir con nadie —le recordó su amiga—. Ya sabes que, si para los treinta no estás casada, las posibilidades empiezan a reducirse drástiEdente.
—¡Sólo tengo veinticinco años! —exclamó Bella.
—Cinco años se pasan volando y, además, después de los veinticinco cada año cuenta como siete, como los de los perros.
Bella prefirió no contestar, agarró el último ejemplar de Attitudes y le echó un vistazo. Al llegar al final, deslizó la mirada por los anuncios personales que se publicaban todos los meses. Allí había hombres que buscaban mujeres, mujeres que buscaban hombres y hombres que buscaban mujeres atrevidas.
—¿Y si contestara a alguno de estos anuncios? —murmuró.
—Buena idea —contestó Rosalie—. A mí no se me ocurriría hacerlo ni por asomo, pero puede que a ti te vaya bien.
—Claro, como a ti no te cuesta nada tener citas —se lamentó Bella—. En cualquier caso, yo sé de qué va esto de los anuncios personales —continuó abriendo una carpeta—. Mira estas cartas. ¡Cuatro parejas se han conocido este año a través de esta sección y las cuatro se han casado!
—¿De dónde has sacado esas cartas?
—Me las ha pasado Ángela, del Departamento de Servicio al Cliente y estaba pensando en proponerle a Victoria una historia —contestó Bella eligiendo la carta de las madres de la feliz pareja—. Nick Romano y Tyler Sheridan. Antes de que Tyler conociera a Nick se iba a casar con otro hombre, pero el novio la dejó plantada en el altar dejando un anuncio en nuestra revista. Nick, que es detective privado, ¿verdad que es genial?, la ayudó a seguir la pista del novio desaparecido y en el proceso se enamoraron. ¿A que es romántico?
—Por favor. Parece sacado de una novela romántica de ésas —contestó Rosalie.
—Efectivamente, a mí me encantan esas novelas —contestó Bella eligiendo otra carta—. Ésta es de Jane Dobson Warren. Puso un anuncio personal en Attitudes a nombre de su jefe. Estaba buscando a Holly Baskin, una antigua novia. Tras haber puesto el anuncio, Jane se golpeó la cabeza con una estatua, nada más y nada menos que de Cupido, y creyó que ella era Holly Baskin. Al final, su jefe y ella se enamoraron y se casaron —suspiró Bella—. Desde luego, es como las novelas de amor, ¿verdad?
—¿Y tú crees que estas historietas le van a gustar a Victoria? No la conoces muy bien, ¿no?
Victoria Danforth era la editora y directora creativa, además de única accionista, de la revista Attitudes. Dirigía la publicación como si fuera su reino privado y era la reina de los medios de comunicación. Gracias a la fortuna de su padre, había puesto en marcha la revista y, aunque no sabía escribir bien ni se molestaba en llevar la contabilidad, tenía un talento natural para contratar a personas que valían la pena y para saber lo que se iba a llevar y lo que no, que era, al fin y al cabo, lo que importaba en aquella revista.
—Tengo que hacer algo para que Victoria piense que puedo trabajar como ayudante de edición —contestó Bella.
—Pues desde luego no creo que lo consigas con esas historietas. Para que lo sepas, por si no te has enterado, Wilma Picapiedra dejó de ser un icono de la moda hace mucho tiempo.
Bella se rió y le sacó la lengua a su amiga mientras guardaba las cartas.
—Yo sigo pensando que se puede encontrar el amor a través de los anuncios personales. Estas cuatro parejas son la prueba de ello —insistió volviendo a fijarse en los anuncios de aquel mes—. Mira, aquí hay un hombre que no tiene mala pinta. "Neoyorquino guapo busca mujer profesional, de entre veinticuatro y treinta años, guapa y con ganas de compromiso, que le gusten las motos, la naturaleza y las carreras Nascar". A mí me encantan las motos.
Rosalie le arrebató la revista.
—A ver, ingenua, que te voy a traducir. Neoyorquino guapo quiere decir que no está mal. Ya puedes tener cuidado si dice «pasable» porque eso quiere decir que es como Cuasimodo.
—¿Y cómo sabes tú todo eso?
—Porque conozco a los hombres. Por ejemplo, cuando dice que busca una mujer con ganas de compromiso, lo que está buscando es a una mujer que le limpie la casa. Si busca una mujer independiente, lo que busca es una mujer a la que no le importe pasarse horas en el bar con sus amigos viendo partidos de fútbol en una pantalla gigante. Y todo lo demás quiere decir que jamás bajará la tapa del váter —concluyó Rosalie señalando otro anunció—. Mira, este de aquí dice que le gusta la jardinería, las antigüedades y la cocina. Es decir, es un niño de mamá. Tú lo que necesitas es un tipo al que le guste jugar al golf, navegar, el teatro y el deporte. Eso querrá decir que trabaja por cuenta propia, es rico, inteligente y tiene un buen cuerpo.
—Aquí hay uno —dijo Bella—. Amable…
—Está caliente.
—Cariñoso.
—Quiere sexo —tradujo Rosalie.
—Fiel.
—Celoso —contestó su amiga sacudiendo la cabeza—. ¿Y por qué no pones tú el anuncio? Así, por lo menos, podrías hacer un filtro y elegir a los candidatos que te gustaran.
—No sé… tal vez debería quedarme con las historias de las cuatro parejas y ya está.
—Sí, una historia muy bonita, pero no trabajamos en una revista llamada Amas de casa, Bella, sino en Attitudes y esta revista es una revista atrevida, así que…
—¿No crees que a Victoria le gustaría?
—Si quieres que te tome en cuenta como ayudante, vas a tener que hacer algo más, vas a tener que experimentar en tus propias carnes. Escribe un anuncio, sal con unos cuantos tíos y escribe un artículo. Cuanto más horrible sea la experiencia, mejor.
—No sé qué poner en el anuncio —contestó Bella—. ¿Qué puedo poner para encontrar al señor Perfecto? Rosalie suspiró, agarró un papel y un boli y se puso escribir.
—Bonita, no tienes tiempo para buscar al señor Perfecto, así que te vas a tener que contentar con encontrar al señor Perfecto Para un Rato. Victoria lleva un mes entrevistando a gente para el puesto de ayudante de edición. Si consigues escribir el artículo y lo presentas, a lo mejor, te da el puesto.
—Muy bien, eso es lo que voy a hacer.
—Muy bien.
—¡Nancy!
Rosalie y Bella levantaron las miradas y se encontraron con Victoria Danforth apoyada en la puerta del despacho. Como de costumbre, parecía que se acababa de levantar, pero aquel día iba vestida de noche, así que Bella pensó que, más bien, todavía no se había acostado.
Era evidente que venía de una fiesta por cómo iba vestida. Aun así, seguía siendo una mujer de una fuerza huracanada capaz de llevarse por delante a cualquiera.
—Bella —le recordó Bella.
Su jefa se encogió de hombros.
—Sí, eso, Bella. Mira, quiero que me mires una cosa. Necesito saber qué parte del cuerpo es la que elige más gente para hacerse un tatuaje pequeño y qué eligen tatuarse. Quiero saberlo tanto para hombres como para mujeres, porque estoy segura de que será diferente y, si puedes, búsEde las estadísticas por años.
—No creo que se hayan hecho muchos estudios sobre…
—¡Bora, me dan igual los estudios!
—Bella —la corrigió Bella—. ¿Es para un artículo? Te lo digo porque hicimos un artículo sobre tatuajes hace unos meses.
—No, es porque necesito la información, Bila —contestó Victoria—. Es personal. ¿Me lo puedes tener para esta tarde?
Y, dicho aquello, se fue, dejando a Bella pensativa. ¿Cómo iba conseguir que aquella mujer la contratara como ayudante si ni siquiera recordaba su nombre?
—Bueno, no creo que tenga problema para encontrar estos datos. Creo que en una encuesta telefónica, allá por el año 2000, me hicieron preguntas de éstas. Cadera derecha, rosa minúscula —dijo apartando los papeles de su mesa—. Me parece que me voy a pasar todo el día hablando por teléfono con tatuadores —murmuró.
Rosalie sonrió.
—Y a mí me parece que Victoria se agarró anoche una buena borrachera y ha terminado en un tatuador de ésos de veinticuatro horas que hay en el East Village. Lo que está buscando es que le confirmes que no ha cometido el gran error de su vida naciéndose tatuar una enorme mariposa en el trasero.
—¿De verdad? —se sorprendió Bella mirando a su amiga con los ojos como platos.
Cuando ella había decidido hacerse un tatuaje, se lo había pensado mucho y se había mostrado prudente y elegante, eligiendo una minúscula florecita que solamente se le veía en biquini.
—Siempre y cuando lo que se haya tatuado esté lo primero en la lista, la harás feliz —contestó Rosalie.
—¿Y cómo voy a averiguar lo que se ha tatuado?
Rosalie se puso en pie.
—Eso déjamelo a mí. Cuando viene con resaca, siempre me cuenta lo que ha hecho.
—Pero eso no es muy ético —protestó Bella.
—¿Quieres el trabajo en el departamento editorial o no?
—Sí, claro que lo quiero —contestó Bella sin dudar—. Mientras tú recabas la información, yo voy a escribir el anuncio. Aunque no pueda escribir un gran artículo, por lo menos, tendré algo mejor que hacer los sábados por la noche que quedarme en casa sacándole brillo a los zapatos.
—¡Estupendo! —exclamó su amiga—. ¡Súbete en ese caballo y corre!
Bella sonrió.
—A lo mejor, con un poco de suerte, como tú has dicho, encuentro a un hombre perfecto y, si no es así, encontraré a un hombre perfecto… para un ratito.
Al acabar la jornada, los empleados de la revista solían reunirse en una cafetería que había justo enfrente de la redacción.
Les gustaba ir a tomarse algo mientras comentaban las cosas tan peregrinas que les había pedido Victoria aquel día, pero Bella tenía cosas más importantes que hacer que quejarse sobre su impredecible jefa.
Aquel día, había estado muy ocupada y no había tenido ni un solo momento para redactar su anuncio, así que al entrar se dirigió a la mesa que siempre ocupaba al fondo del local, dejó sus cosas en una silla y saludó a Martha, que estaba en la barra. La Edarera le hizo una señal, entendiendo que quería lo de siempre, un descafeinado doble con una nube de leche y una gota de miel.
Bella se sentó y dejó sobre la mesa su cuaderno y un lápiz nuevo. Durante el rato que había tenido para comer, había confeccionado una lista con los atributos que le gustaría que el señor Perfecto tuviera.
—Mono, considerado, con sentido del humor, espontáneo —le había leído a Rosalie—. Pelo bonito, ojos agraciados y…
—Cola peluda y buenos dientes. Bonita, parece que estás buscando un perro y no un hombre. Son mejores los hombres, ¿sabes? No hacen sus necesidades en la alfombra del salón —añadió su amiga dejando sus cosas en la silla de enfrente de Bella y suspirando—. No te puedes ni imaginar el día que he tenido. He tenido que ir a dos desfiles y tomar medidas a seis modelos.
Bella sonrió. Lo cierto era que no le apetecía nada que Rosalie le contara su día. Habría preferido estar a solas, tomarse un café y tener tiempo para escribir su anuncio porque quería reflexionarlo bien para hacer algo digno.
—Iba a empezar con esto —dijo.
—¿Qué has puesto?
—De momento… nada.
Rosalie suspiró y sacudió la cabeza.
—Apunta —le dijo señalando el cuaderno—. Título: Estoy buscando al señor Perfecto Para un Rato —comenzó con una gran sonrisa—. Venga, escribe.
Bella así lo hizo.
—Chica de veinticinco años, atractiva, con ganas de divertirse y activa busca a un Adonis de entre veinticinco y treinta y cinco para compartir noches de sábados salvajes y tardes de domingo tranquilas.
—¿No crees que esa última parte me hace parecer un poco… atrevida?
—Bonita, todo esto te hace parecer atrevida, de principio a fin. Eso es precisamente lo que queremos. ¿Qué crees que significaba «con ganas de divertirse y activa»? En realidad, estás diciendo que te encanta el sexo y que lo prácticas a todas horas —contestó Rosalie mirándola fijamente—. Quieres que alguien conteste al anuncio, ¿no?
Bella frunció el ceño, arrancó la hoja de papel y la hizo una bola.
—Gracias por tu ayuda, pero prefiero escribir yo el anuncio —le dijo a Rosalie poniéndose en pie en dirección a la barra.
Tras recoger el café y pagar a Martha, pensó que, a lo mejor, su amiga tenía razón. No tenía mucho tiempo. A lo mejor, debía olvidarse de encontrar al príncipe azul y tenía que conformarse con besar a unas cuantas ranas.
Bella dejó sobre la barra la bola de papel que había escrito, la abrió y le quitó las arrugas. Suspiró y se giró hacia la mesa donde la esperaba Rosalie mientras hacía anotaciones mentales para Edbiar algunas cosas.
Iba tan concentrada que no se dio cuenta de que un hombre iba en dirección contraria y, de repente, lo tuvo delante. Al darse contra él, dejó escapar una exclamación de sorpresa y, en un abrir y cerrar de ojos, su taza de café había caído sobre el torso, la tripa y… la bragueta del desconocido.
El hombre dio un respingo. Probablemente, se había quemado. Bella aprovechó para mirarlo y se dio cuenta de que era impresionantemente guapo. «Un Adonis», pensó.
A pesar de la mueca de dolor de su rostro, tenía rasgos fuertes, una boca bien cincelada y unos maravillosos ojos verdes.
Bella se había quedado sin palabras. Cuando, por fin, se recuperó, comenzó a balbucear tonterías a toda velocidad.
—Oh… Oh, vaya. Lo siento mucho. Yo… no le he visto… de repente estaba delante y… supongo que ese traje costará… ¿está bien?… no quería…
—Estoy bien —murmuró el desconocido—. Ha sido culpa mía. No he mirado por dónde iba.
Bella alargó el brazo y agarró de la mesa del desconocido unas cuantas servilletas. Al girarse para entregárselas, golpeó la taza de café que había sobre la mesa, que cayó sobre los zapatos impecables del desconocido. Además, las servilletas cayeron también al suelo. Bella se apresuró a recogerlas.
Al levantarse, se encontró con que el desconocido sonreía.
—Me parece que no tengo ni una gota de café en la pierna izquierda —bromeó—. ¿Por qué no pide otro café y termina el trabajo?
—Perdón, a ver si se lo puedo limpiar… —se disculpó Bella frotando desesperadamente la parte delantera de sus pantalones.
De repente, se dio cuenta de hacia dónde iba su mano y cerró los ojos avergonzada.
—Creo… creo que será mejor que esa zona se la limpie usted —añadió.
¿Pero en qué demonios estaba pensando? Bella miró a su alrededor y se encontró con que toda la cafetería la estaba mirando. ¿Qué estarían pensando?
El desconocido la agarró del brazo y la obligó a ponerse en pie. Temerosa de mirarlo, Bella le limpió la Edisa con una servilleta que tenía en la otra mano. El desconocido se la quitó y a Bella no le quedó más remedio que mirarlo a los ojos.
—Lo siento mucho —sonrió tímidamente—. A veces, soy muy torpe. ¿Está bien?
—Estoy perfectamente —murmuró el desconocido—. No hace falta que se disculpe. En parte, ha sido culpa mía.
Bella no había visto unos ojos tan verdes en su vida. Ni una sonrisa tan sexy. Ni una nariz tan recta. Ni…
Bella tragó saliva.
—Pero la Edisa… está destrozada.
El desconocido chasqueó la lengua.
—La verdad es que nunca me gustó mucho. Ahora ya tengo la excusa perfecta para deshacerme de ella.
A continuación, se quedaron ambos en silencio. Bella no recordaba si le había pedido perdón. Debía de ser por aquellos ojos tan penetrantes que no la dejaban pensar con claridad. Claro que también podía ser por esos labios especialmente hechos para besar.
¿Sería aquel hombre uno del millón y medio de solteros decentes que quedaban en Nueva York?
Bella le miró disimuladamente la mano izquierda y vio que no llevaba alianza. Desde luego, si era uno de los que quedaban libres, no había empezado muy bien con él.
—¿Me deja que le invite a un café? —le ofreció.
El desconocido negó con la cabeza sin dejar de mirarla intensamente a los ojos.
—Ya me iba, tengo una reunión.
—Claro —murmuró Bella viendo que el señor Perfecto se le iba de las manos.
El desconocido se puso la chaqueta, agarró el maletín que había dejado sobre una silla, se giró lentamente y se fue hacia la puerta. Bella dio un paso al frente para pararlo, pero entonces se dio cuenta de que todo el mundo la estaba mirando.
—Lo siento mucho —repitió mientras la puerta del local se cerraba—. ¡Se quita con agua fría y lejía! Bueno, el espectáculo ha terminado. Todo el mundo vuelve a su café —murmuró a continuación.
Sonrojada de vergüenza, volvió a su mesa y se sentó.
—¿Ha sido tan horroroso como yo creo? —le preguntó a Rosalie—. ¿He quedado fatal?
—¿Fatal? —le dijo su amiga emocionada—. ¡Ha sido perfecto! ¡Ese movimiento ha sido brillante!
—¿Qué movimiento?
—Tirarle el café a ese hombre tan impresionantemente guapo. Ni yo habría tenido el valor para hacer algo tan atrevido. Sobre todo, porque llevaba una Edisa francesa hecha a mano que le ha debido de costar unos quinientos dólares.
—¿De verdad? —se horrorizó Bella—. ¿Quinientos dólares?
—¿No has visto cómo le quedaba? Como un guante, le marcaba los hombros y la cintura de una manera tan elegante… no hay mujer que se resista a preguntarse qué habrá debajo. Estábamos todas muertas de envidia al verte con él.
—Ha sido un accidente.
—Venga, por favor. ¿Pretendes que me crea eso? ¿Le has dado tu número de teléfono? ¿Te has ofrecido a pagarle la tintorería o a comprarle una Edisa nueva?
—No, no me ha dicho que se la pagara —contestó Bella frunciendo el ceño—. Me ha dicho que la iba a tirar. Supongo que se lo tendría que haber ofrecido yo, pero también ha sido culpa suya.
—Así que no le has dado tu número de teléfono —se lamentó Rosalie—. Por favor, dime que, por lo menos, sabes cómo se llama o que tú le has dicho tu nombre. Bella se cubrió el rostro con ambas manos.
—No. No podía pensar en nada. Lo cierto es que… bueno, ahí estábamos los dos, él bañado en café de pies a cabeza y yo… frotándole la cremallera del pantalón con servilletas —se lamentó Bella—. La he fastidiado. Es que, cuando me ha mirado a los ojos, la mente se me ha quedado en blanco y sentía que me temblaban las piernas. Por favor, dime que no era mi tipo. Iba vestido de traje y a mí nunca me han gustado los hombres de traje. Además, parecía algo prepotente. Un hombre que lleva Edisas de quinientos dólares juega en una liga muy diferente a la mía. Seguro que jamás habría funcionado.
Rosalie se puso en pie.
—¿Pero tú le has mirado bien? ¡Ese hombre es el de los que nos gusta a todas! Incluso las monjas se volverían locas. A lo mejor tienes razón y tienes que poner un anuncio porque es evidente que no sabes conseguir a un hombre de forma normal, es decir, a través de los trucos y de la manipulación. Te tengo que dejar, tengo una cita, pero quiero que te quedes aquí, pensando en lo que has hecho mal. Ya hablaremos luego.
Bella asintió como una niña castigada.
—Luego te llamo —se despidió Rosalie yendo hacia la puerta.
Una vez a solas, Bella escribió.
"Colisión de cafés. Cafetería Jitterbug's.Manhattan. 15 de marzo. Mi descafeinado y tu Edisa se conocieron aquí. Llámame."
Se quedó mirando el texto. ¿Tendría valor para poner aquel anuncio? Para empezar, había pocas posibilidades de que un hombre así lo viera. Desde luego, no parecía el típico lector de Attitudes.
Bella arrancó la página, pero no la tiró sino que la dobló y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta.
—Será mejor que me olvide de él. No estoy buscando al señor Perfecto, sino al señor Perfecto para Un Rato, el hombre que me va a conseguir el trabajo en el departamento editorial.
Sin embargo, mientras intentaba escribir otro anuncio, no podía dejar de pensar en el desconocido con el que se había chocado.
Nunca había creído en la atracción instantánea, pero eso era porque jamás la había experimentado en sus propias carnes. Ahora que lo había hecho, quería volver a experimentarla.
Lo único que le hacía falta era encontrar el modo de lograrlo.
Edward POV
—¿Qué te ha pasado?
Edward Cullen estaba en la acera, fuera de la cafetería. Se miró la camisa y la corbata, que estaban destrozadas por el café, y se encogió de hombros.
—He tenido un pequeño accidente con una taza de café y… una loca.
Dicho aquello, miró por encima del hombro. Se trataba de una mujer loca, sí, pero también guapa y encantadora. Ahora que había puesto un poco de distancia entre ellos, no sabía qué pensar de ella. No se trataba de una mujer sofisticada y sexy, como las mujeres con las que solía salir.
Más que una mujer, era una chica, una chica dulce y algo torpe que vestía de manera rara… con un jersey peludo y una minifalda que dejaba al descubierto unas preciosas piernas.
Edward recordó su rostro, sus sorprendidos ojos marrones y su pelo caoba, recogido en un moño con miles de horquillas.
Lo cierto era que tenía el aspecto de una de esas chicas bohemias que se pasaban los días y las noches en los cafés y las galerías de arte del Soho fumando sin parar y recitando a Sastre.
Aun así, se había sentido atraído por ella en cuanto sus ojos se habían encontrado y no había podido evitar sonreír cuando se había puesto a frotarle desesperadamente los pantalones.
Aquella chica no se parecía en nada a las típicas mujeres de Manhattan, siempre tan desconfiadas y altivas.
Aquella chica tenía unos ojos enormes y claros, casi inocentes, una mirada fresca y sin pretensiones, pura y sin maquillaje.
Si se hubiera tratado de otra mujer, habría sospechado que le había tirado el café adrede, pero la mirada de sincera sorpresa y la vergüenza que había visto en su rostro eran suficientes para pensar que no había sido así.
Edward se rió y sacudió la cabeza. Le resultaba increíble pensar que se había quedado en blanco al mirarse en sus ojos. ¿Cómo era posible que se hubiera sentido tan fascinado por una desconocida?
A lo mejor, era que había trabajado demasiado últimamente. No había tenido mucho tiempo para salir y cualquier mujer le habría parecido atractiva. Sobre todo, porque llevaba meses sin salir con ninguna. Cuando se estaba planteando si volver a la cafetería y hablar con ella, Jasper carraspeó y miró el reloj.
—Hasta dentro de media hora no hemos quedado con Victoria Danforth —comentó—. Te da tiempo de ir a casa a cambiarte.
Jasper Whitlock, siempre organizado y eficiente hombre de negocios, era el Director de Recursos Humanos de la empresa de Edward, NightRyder. Eran amigos desde la carrera y, diez años atrás, cuando Edward había creado una página de Internet de entretenimiento y de vida nocturna, le había pedido que le echara una mano. Desde entonces, siempre había estado a su lado y había visto cómo la empresa pasaba de estar situada en la habitación del campus universitario, a un piso y, por último, a un complejo entero de oficinas al otro lado del río, en Jersey.
Y, por supuesto, había estado a su lado cuando habían salido a cotizar a Bolsa y el treinta por ciento que Jasper tenía en la empresa lo había convertido en millonario en tan sólo unas cuantas horas.
—No me voy a cambiar —contestó Ed—. No voy a ir a la reunión. Vas a ir tú, que para algo eres mi socio y cuentas con mi confianza y mi autorización para que hagas lo que tengas que hacer. Quiero que presentes tú la oferta.
Edward llevaba mucho tiempo detrás de aquella adquisición. Cinco años atrás, Attitudes no era nada. Nadie creía que fuera a ir bien. Sobre todo, porque la directora, Victoria Danforth, era una chica que sólo sabía salir de marcha y divertirse. Hasta entonces, nunca se había interesado por trabajar, pero su padre, al que le sobraba el dinero, había decidido apoyar el proyecto de su hija para ver si así hacía algo útil en la vida.
—De verdad que sigo sin entender por qué quieres hacerte con esa revista —murmuró Jasper—. Su padre paga absolutamente todos los gastos, así que, en realidad, no sabemos cuánto vale la empresa. ¿Por qué no compras otra?
Edward se encogió de hombros.
—Rolling Stone es demasiado cara. Lo mismo me pasa con Premiere y con Entertainment. Sin embargo, Attitudes es una revista semanal que tiene ya un público, un público muy parecido al nuestro, así que nos viene muy bien. Me da igual lo que nos cueste. Quiero esa revista, así que haz lo que sea necesario.
—¿No te parece que estás yendo demasiado lejos con eso de no querer que se sepa quién eres? Estás gastando mucho dinero en que nadie descubra tu identidad. Edward, deberías estar allí cuando le hagamos la oferta a Victoria Danforth y acepte.
—No va a aceptar.
—¿Cómo? Pero si hemos hecho averiguaciones. Su padre está a punto de cortarle el grifo, tiene deudas por todas partes, se pasa más tiempo saliendo con sus amigas que dirigiendo la revista. Es el momento perfecto.
—No va a aceptar —insistió Edward—. Esa revista es como su hijo. Además, le vamos a ofrecer la mitad de lo que creemos que vale.
—Pero habíamos decidido que…
—Ya sé lo que habíamos decidido, pero he cambiado de parecer. Necesito más información antes de hacer una oferta en serio.
—Te recuerdo que es una publicación de capital privado. No creo que Victoria esté dispuesta a entregarnos sus libros de contabilidad antes de hablar de dinero. —Ya lo sé, pero nos podemos permitir el lujo de esperar hasta que esté más desesperada. Mientras lo hacemos, podríamos intentar obtener información desde dentro.
—No es mala idea —asintió Jasper—. Victoria ha despedido a tanta gente que seguro que encontramos a alguien que quiera hablar.
—Muy bien, encuentra a esa persona —sonrió Edward—. Ahora vete a la reunión y llámame luego para contármelo todo.
Jasper asintió y cruzó la calle.
Edward se quedó mirándolo mientras entraba en las oficinas de la revista. A continuación, se metió las manos en los bolsillos para calentarse pues hacía frío. Al hacerlo, tocó una bola de papel y se la sacó del bolsillo.
Se trataba de uno de los papeles con los que la desconocida del jersey peludo le había intentado limpiar el café. Al fijarse en la hoja de papel, se dio cuenta de que tenía escrito un nombre.
Bella Swan.
—Así que se llama Bella —murmuró Edward.
Le gustaba aquel nombre.
También se fijó en que la hoja de papel llevaba el logo de la revista Attitudes. Por supuesto, Edward no tardó más que unos segundos en darse cuenta de la importancia del hallazgo.
¡Bella Swan trabajaba en Attitudes!
¡Y él estado buscando a alguien que pudiera informarle desde dentro sobre Victoria Danforth y el estado de la empresa!
¿Y si volvía a entrar en la cafetería, se sentaba a hablar con ella y, como quien no quería la cosa, le sacaba el tema?
A muchas mujeres les gustaba hablar de su trabajo, sobre todo si un hombre les interesaba. No le resultaría difícil. Sin embargo, la idea de manipularla no le terminaba de gustar.
Edward se fijó en lo que el café no había conseguido borrar por completo.
—"¿Buscando al señor Perfecto Para un Rato?" —leyó confundido—. "Chica de veinticinco años, atractiva, con ganas de divertirse y activa busca a un Adonis de entre veinticinco y treinta y cinco para compartir noches de sábados salvajes y tardes de domingo tranquilas."
Edward volvió a leer el texto.
Normalmente, se fiaba de sí mismo a la hora de juzgar a una persona, pero estaba claro que en aquella ocasión se había equivocado. Si Bella Swan había escrito aquel anuncio, lo había engañado por completo con su sonrisa inocente.
Una mujer a la que le gustaba pasar salvajes noches de sábado con un hombre, no dudaría en tirarle el café encima. Eso quería decir que, a lo mejor, tampoco tenía intención de ayudarlo con su investigación sobre la revista. Edward se guardó el papel de nuevo en el bolsillo y cruzó la calle.
Nunca se había tenido por un Adonis. De hecho, hasta que no había ganado el primer millón de dólares, todo el mundo lo consideraba un enamorado de los ordenadores, siempre había sido el chico de las gafas de culo de vaso y el bolsillo lleno de bolígrafos, el presidente del club de informática y del club de ajedrez.
En resumen, el chico al que todas las chicas ignoraban.
Era increíble lo que un poco de poder y de dinero podían hacer. Ahora, las mujeres lo miraban de otra manera. Sin embargo, por dentro, seguía siendo el de siempre. Lo que había sucedido había sido que había cumplido unos cuantos años, había ido al gimnasio, se había cortado el pelo a la moda y se vestía con ropas de diseñador.
Edward se giró y se quedó mirando la cafetería. Aunque le picaba la curiosidad, decidió no entrar. Sabía su nombre, dónde trabajaba y a lo que jugaba. Si la necesitaba, sabía dónde encontrarla.
—Mejor esperar —murmuró chasqueando la lengua—. No creo que un Adonis se dejara ver por ahí con esta mancha de café en la camisa.
Primer capitulo. Espero que les haya gustado y sigan las historia. Review? :)
