Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Kate Hoffmann.
Capítulo 2
Bella's POV
—¡Venga, date prisa, reunión de personal en la sala de conferencias! Victoria ha dicho que quiere ver a todo el mundo allí inmediatamente.
Bella miró a Rosalie.
Llevaba buena parte de la tarde intentando averiguar quién había inventado los zapatos de plataforma, pero no podía dejar de pensar en el hombre sobre el que había derramado el café la tarde anterior.
¿Por qué no le había dicho ni siquiera su nombre o le había dado su número de teléfono? Llevaba siete años viviendo en Manhattan, desde que se había matriculado en la Universidad de Columbia, y jamás había conocido a un hombre tan guapo como aquél, al que cariñosamente había apodado «el hombre del café».
Tenía muy claro que le iba a costar mucho tiempo olvidarse de él porque, además de guapo, parecía divertido, inteligente y seguro de sí mismo.
Desde luego, si se lo volvía a encontrar, no lo iba a dejar escapar.
—Bella, venga, vamos.
—Sí, ya voy —contestó Bella saliendo de sus ensoñaciones—. ¿Qué pasa?
—No sé, pero me parece que no van a ser buenas noticias. Victoria lleva la misma ropa que ayer por la tarde, tiene el pelo revuelto y los ojos llenos de máscara. Vamos, que parece una mendiga, nada propio de ella. Me parece que su padre le ha cortado el grifo.
Bella sintió que el corazón le daba un vuelco. Si la revista tenía problemas financieros, los primeros en irse a la calle serían los ayudantes de edición. Su puesto como documentalista estaba a salvo siempre y cuando la revista se siguiera editando, pero lo más probable era que su sueño de convertirse en ayudante de edición no se hiciera realidad.
—¿Estás segura de que yo también tengo que ir? A mí nunca me dicen que vaya cuando hay reunión de personal.
—Me ha pedido específicamente que te lo dijera —contesté Rosalie. Bella recogió sus cosas a toda velocidad, esperanzada.
—¿Se ha acordado de mí?
—Sí, ha entrado en mi despacho, me ha dicho lo de la reunión y me ha pedido que se lo dijera a Bipa.
Bella puso los ojos en blanco y maldijo en voz baja.
—¿De verdad que mi nombre es tan difícil de recordar? ¡Llevo trabajando para ella casi tres años! Me ve todos los días y no creo que me confunda con un mueble, teniendo en cuenta cómo visto, ¿no? —se quejó señalando la chaqueta china color verde botella y la falda de flores que llevaba.
—No, desde luego con esa falda es imposible no verte. Mi madre tenía unos sofás muy parecidos…
Bella se acercó a ella, le pellizcó el brazo y le sonrió. A continuación, se dirigieron a la sala de conferencias. Cuando llegaron, comprobaron que todos los asientos estaban ocupados, así que se quedaron de pie junto a la pared del fondo mientras Victoria llamaba al silencio.
—Tenemos un problema —comenzó la dueña de la revista—. Un problema terrible. Os he hecho venir a todos porque, sinceramente, no sé qué hacer.
Bella se dio cuenta de que su jefa, que normalmente era fría y distante, estaba al borde de las lágrimas.
—No puedo recurrir a mi padre, así que os pido ayuda a vosotros —continuó la jefa a punto de llorar—. Ya sé que no siempre he sido la mejor jefa del mundo, pero eso no lo puedo cambiar ahora de repente así que… ayer por la noche me vino a ver un representante de NightCullen, una empresa de Internet que tiene mucho dinero. Me hicieron una oferta para comprar la revista.
Al oír aquellas palabras, se hizo el silencio de verdad.
Victoria se pasó los dedos por el pelo y Bella se dio cuenta de que las ojeras negras que tenía eran en realidad producto de la máscara corrida, efecto de que ya había estado llorando.
—No os preocupéis, la oferta no era lo suficientemente buena y no la he aceptado, pero puede que la próxima vez sí lo sea. Como todos sabéis, esta revista siempre ha tenido un presupuesto más bien… pequeño. Ahora que mi padre, quiero decir, ahora que mis inversores han decidido reducir ese presupuesto, la revista es más vulnerable que nunca. Tenemos que apretarnos el cinturón, ser más eficientes… y, bueno, y todas esas cosas que ya sabéis todos vosotros que hay que hacer cuando se quiera ahorrar dinero.
—Por ejemplo, no comer en los restaurantes más caros de la ciudad —murmuró Rosalie—. Ni, por supuesto, dar fiestas por todo lo alto para los modelos y luego no tener dinero para hacer buenas fotos.
—Lena, ¿dónde estás? —dijo Victoria buscando con la mirada por toda la habitación.
Nadie contestó. Todos se miraban buscando a la aludida.
—¿Dónde está la documentalista? —se impacientó Victoria—. Rosalie, te dije que la avisaras. ¿Dónde está Lena?
Bella se dio cuenta de que se refería a ella, así que levantó la mano.
—Estoy aquí —contestó—. Me llamo Tina… quiero decir, Bella. Bella Swan.
¡Ahora resultaba que no se acordaba ni de su nombre!
—Tina, quiero que averigües todo lo que puedas sobre esa empresa llamada NightCullen. Por lo visto, el dueño se llama Edward Cullen. Llama a quien tengas que llamar y tráeme algo, lo que sea, sobre ese hombre. Tengo que saber todo lo que pueda sobre el enemigo antes de tener que volver a verlo. Ah, y averigua si está casado —le dijo mirando a los demás—. Los demás, nada de gastar dinero, conseguid nuevos distribuidores, vended más publicidad. ¡Y, de ahora en adelante, se acabaron las bebidas gratis en la cafetería!
Y, dicho aquello, salió de la habitación. Los allí reunidos se preguntaron si no estarían mejor con Edward Cullen a la cabeza de la revista. Rosalie y Bella se apresuraron a volver al despacho de Bella. Una vez a solas allí, cerraron la puerta y se quedaron mirándose con los ojos muy abiertos.
—Me parece que tendríamos que empezar a actualizar el curriculum —propuso Bella.
—No creerás que Victoria le va a vender la revista a ese hombre, ¿no? —se sorprendió Rosalie.
—Victoria no es una mujer de negocios y la revista nunca ha ido del todo bien —contestó Bella sentándose ante su ordenador.
Aquella mañana, había escrito dos anuncios, uno para el señor Perfecto, el de la colisión del café, y el otro para el señor Perfecto Para un Rato, el del Adonis.
Todavía no sabía cuál de los dos utilizar.
¿Cuántas veces se había sorprendido pensando en el hombre del café y cuántas veces había tenido que decirse que seguro que tenía algún defecto terrible? Seguro que se limpiaba los dientes con un palillo después de comer o eructaba. Probablemente, odiaría el arte moderno o detestaría el teatro. Seguro que tenía los mismos defectos que los demás hombres a los que había conocido, así que, ¿para qué gastar energía pensando en él si, tarde o temprano, también le habría dejado?
En cualquier caso, lo cierto era que le parecía un hombre impresionantemente intrigante y sospechaba que tenía un cuerpo igual de maravilloso que su rostro. Aunque nunca le habían gustado los hombres de traje y corbata, desnudo seguro que ganaba.
Aquel pensamiento la hizo estremecerse y sonreír encantada.
—¿Y bien? ¿Qué has encontrado? —le preguntó Rosalie.
Bella parpadeó y miró a su amiga.
—¿Cómo? Ah, nada todavía. Dame tiempo. En cuanto sepa algo, te lo digo —contestó cerrando el archivo que contenía ambos anuncios.
—Muy bien, te dejo tranquila para que hagas tus averiguaciones —se despidió su amiga yendo hacia la puerta—. Todos dependemos de ti.
Una vez a solas, Bella pensó que el asunto de Edward Cullen era muy serio, pero todavía se permitió seguir pensando unos cuantos minutos más en su fantástico hombre y decidió que, si terminaba pronto la búsqueda que tenía que hacer para Victoria, bajaría a la cafetería.
A lo mejor, se lo volvía a encontrar. De ser así, no se comportaría torpemente de nuevo sino que intentaría estar natural y tranquila.
¿Y si, después de todos sus quebraderos de cabeza, resultaba que aquel hombre estaba casado? ¡No todos los hombres casados llevaban alianza!
Llevaba desde la noche anterior pensando en él, dándole cualidades que ni siquiera estaba segura de que poseyera.
—Todo esto es ridículo —se dijo a sí misma en voz alta—. Mi vida social es tan mala que no me queda más remedio que soñar con que tengo una relación con un desconocido y no se me ocurre otra cosa que convertir un par de minutos en la cafetería en un matrimonio con tres hijos, perro y casa de tres dormitorios en Jersey.
Bella suspiró y volvió a abrir el archivo que había cerrado dos minutos antes. A continuación, borró el anuncio de la colisión en la cafetería. Tenía que dejar de soñar y tomar las riendas de su vida.
Encontrar a ese hombre perfecto era una fantasía estúpida y buscar al hombre perfecto para un rato iba a tener que esperar a que hubiera pasado aquella crisis laboral porque, de momento, tenía que concentrar todo su tiempo y toda su energía en encontrar a aquel hombre tan misterioso y tan peligroso llamado Edward Cullen.
Edward's POV
Estaban en marzo, hacía frío y viento y todo hacía prever que iba a nevar.
Edward se puso la cazadora de cuero al salir del taxi que lo había dejado frente a la cafetería. Se quedó unos segundos en la acera, pensando si entrar. Las ventanas estaban empañadas.
No estaba seguro de por qué había ido. Había decidido que no iba a utilizar a Bella Swan para obtener información sobre Attitudes. Aun así, había realizado una sencilla llamada a la revista y se había enterado de que aquella chica era la documentalista. Aquello le había hecho suponer que no tendría contacto directo con la editora, Victoria Danforth, así que la información que le pudiera proporcionar no sería muy interesante de todas formas.
—Entonces, ¿qué diablos hago aquí? — murmuró.
¿Curiosidad? Lo cierto era que no quería engañarse a sí mismo y debía admitir que el breve encuentro que se había producido entre ellos a raíz de la taza de café lo tenía muy intrigado.
A lo mejor, era la contradicción de encontrarse a una mujer ingenua de mirada inocente en cuyo interior se escondía una provocativa sirena. Edward se metió la mano en el bolsillo y se sacó el anuncio que había escrito Bella. Jamás se le habría ocurrido que lo hubiera escrito ella si no lo hubiera tomado de su propia mano.
Claro que no era él tampoco el hombre con más experiencia femenina del mundo, la verdad. Había tenido la primera cita en serio en tercero de carrera y había tenido que aprender muy deprisa, así que suponía que había asignaturas que no había estudiado en profundidad. Había salido con varias mujeres, sobre todo desde que era dueño de una empresa de éxito, pero nunca había tenido nada serio con ninguna.
Edward pensó en las fantasías universitarias, cuando soñaba con mujeres guapas y sensuales, rubias, de piernas maravillosas y cuerpos suaves y bronceados.
En aquel entonces, no eran más que fantasías. Durante los últimos cinco años había salido, y se había acostado, con muchas de ellas.
Aunque la mayoría de ellas eran simpáticas y agradables, lo único que querían era cazar a un hombre de dinero y, poco a poco, se había visto atrapado, jugando al juego que ellas querían que jugara, haciéndose pasar por un hombre sofisticado que se veía atrapado en relaciones vacías.
Por eso, hacía unos meses había decidido dejar de salir con mujeres para concentrar toda su energía en el negocio. Bella Swan era la primera mujer a la que encontraba interesante desde entonces.
Edward tomó aire y abrió la puerta.
La vio inmediatamente.
Estaba sentada en una mesa, en un rincón, leyendo unos papeles. Edward se quedó mirándola, estudiando su perfil. Tenía una nariz bonita, unos labios apetecibles y un pelo caoba suave y sedoso. Sin pensarlo, Edward cruzó la cafetería y fue hacia su mesa. De repente, no supo qué decir. Se sentía como cuando en el colegio se armaba de valor para ir a pedirle a la animadora más guapa que saliera con él y ella siempre se reía en su cara.
Aquello le hizo tragar saliva.
—Te debo una taza de café.
Bella levantó la mirada y a Edward le pareció que lo miraba encantada y sonriente.
—Hola —lo saludó sorprendida.
Al instante, se puso en pie y, al hacerlo, se golpeó la cadera contra la mesa y estuvo a punto de tirar el café.
—¿Qué haces aquí?
Edward decidió hacerse el interesante.
—Pasaba por aquí y había pensado en tomar un café, a ver si esta vez puedo.
—Claro —sonrió Bella nerviosa—. Por lo que pasó anoche… debería invitarte yo —añadió—. ¿Te quieres sentar? —concluyó señalándole la silla que había frente a la suya y yendo hacia la barra.
No tardó en volver, claro.
—¿Cómo lo tomas? —le preguntó.
—Con un poco de leche —contestó Edward quitándose la cazadora.
A continuación, se quedó mirándola, se sentó y la esperó. Cuando volvió, se puso en pie para ayudarla con la silla, pero, mientras se sentaba, Bella se golpeó el codo con el brazo de Edward y se le cayó la mitad del café sobre los documentos que tenía sobre la mesa.
—¡Oh, no! —se lamentó.
Edward le arrebató la taza de café de las manos justo en el momento en el que se la iba a tirar sobre la manga de la camisa y la dejó sobre la mesa.
—Eres un verdadero peligro con una taza de café en la mano —bromeó entregándole las servilletas—. A lo mejor deberíamos cambiarnos al té.
Bella limpió la mesa y miró a Edward, al que dedicó una de las sonrisas más bonitas que había visto en su vida.
—Puede que tengas razón. Esto me recuerda a aquella película, ya sabes, es en la que el protagonista repite lo mismo día tras día. A lo mejor es que yo tengo que hacer el torpe todos los días que nos veamos.
—No te preocupes, hoy he venido preparado —contestó Edward señalando el traje marrón que llevaba.
Cuando la mesa quedó limpia, Edward se dio cuenta de que Bella estaba ruborizada y de que no sabía qué decir. Si por él hubiera sido, se habría contentado con poder quedarse allí sentado, mirándola, pero supuso que ella preferiría algo más.
—¿Estabas trabajando? —le preguntó señalando los papeles manchados de café.
Bella asintió.
—Sí, llevo todo el día trabajando en esto. Es una cosa nueva que me han encargado.
—¿Dónde trabajas?
Se sentía culpable por preguntarle algo que ya sabía, pero le parecía que era lo normal entre dos personas que se acababan de conocer.
—Soy la documentalista jefe de Attitudes, una revista semanal que tiene las oficinas justo ahí enfrente.
Edward sonrió al oír aquello. Sin duda, Bella había embellecido su puesto de trabajo, pero le hacía gracia que lo hiciera para impresionarlo.
—¿Attitudes?
—Sí, ¿la conoces? No, supongo que no. No eres nuestro tipo, quiero decir que no das el perfil de lector que tenemos.
—¿Y eso?
—Porque eres demasiado…
Edward esperó mientras Bella buscaba la manera educada de decir que era demasiado conservador.
—¿Alto?
Bella se sonrojó y negó con la cabeza.
—¿Demasiado cabezota? Sí, siempre ha sido uno de mis peores defectos.
Bella volvió a negar con la cabeza.
—¿Demasiado torpe?
Bella se rió.
—En la oficina, diríamos que eres demasiado conservador. No tiene nada de malo, pero no das el perfil de lector que buscamos.
—Vaya, creía que me ibas a decir que era demasiado guapo o demasiado encantador.
—Eso es lo que te tendría que haber dicho —murmuró Bella mirándolo por encima de la taza de café—. ¿Y tú a qué te dedicas?
—Yo trabajo… con ordenadores —contestó Edward.
—Se nota —contestó Bella—. Por cómo vistes, ¿sabes? Pareces un nombre de negocios.
Entonces, se hizo el silencio entre ellos y Edward tuvo que hacer un gran esfuerzo para no apoyarse en la mesa y besarla por el simple placer de averiguar si sus labios sabían tan bien como parecía.
—Háblame de ese proyecto en el que estás trabajando —le dijo sin embargo—. ¿Es importante? —añadió probando el café.
—No hay mucho que contar —contestó Bella—. Tengo que averiguar todo lo que pueda sobre un hombre que se llama Edward Cullen.
Al oír aquello, a Edward se le fue el café por el otro lado, lo que lo hizo toser.
—¿Estás bien? —se preocupó Bella.
—Sí, es que está un poco caliente —mintió Edward—. ¿Y qué has averiguado sobre él?
—Llevo todo el día consultando en Internet, buscando información sobre su empresa, NightCullen, pero a su propietario, que es este Edward Cullen, no le debe de gustar figurar porque no hay muchos detalles sobre él. Puestos a especular, yo diría que se trata de un hombre sin corazón y sin escrúpulos que se dedica a comprar empresas por placer y a poner de patitas en la calle a todos los empleados y, precisamente por eso, no quiere que nadie sepa quién es, para evitar que uno de esos empleados lo atropelle con un autobús.
—Por lo que dices, tiene pinta de ser un auténtico canalla —contestó Edward.
—La página en cuestión, NightCullen, es una página de información y noticias muy chula que tiene mucho éxito y que, precisamente, va destinada al mismo público que nuestra revista. Ese hombre quiere comprar Attitudes para tener un medio de comunicación a su servicio, pero mi jefa no quiere vender.
—¿Y qué más has descubierto?
—No mucho más. Ni siquiera he podido conseguir una foto suya, sólo esto —dijo pasándole una hoja de papel—. Es de cuando terminó el colegio. La verdad es que parece un empollón, pero supongo que un empollón también se puede convertir en un canalla si tiene suficiente poder y dinero.
Edward hizo una mueca de disgusto. Qué poquito le gustaba aquella fotografía. Eso le pasaba por esmerarse tanto para que los periodistas no se fijaran en él y para que los fotógrafos no tuvieran fotografías recientes suyas. Por eso, a falta de algo mejor, siempre que hablaban de él acudían a aquella fotografía de archivo de su último año de colegio, aquella fotografía en la que aparecía con la cara cubierta de granos, el bolsillo lleno de bolígrafos y las gafas de culo de vaso.
De nuevo, tenía ante sí el recordatorio de lo que habían sido sus primeros dieciocho años de vida.
Sin embargo, aquella fotografía tenía una ventaja muy buena y era que Bella Swan jamás lo reconocería.
¡Pero si casi no se reconocía ni él!
—Pues la verdad es que a mí no me parece que sea un tipo muy peligroso. Más bien, parece un chico de ésos a los que todo el mundo pega y que se pasa el día escondido en la taquilla para que no lo vean —opinó señalando la fotografía—. ¿Ves? Tiene las marcas en la frente.
Bella se guardó la fotografía.
—Si compra la revista, probablemente me quede sin trabajo. En fin, prefiero no seguir hablando de esto —se lamentó—. ¿Por qué no hablamos de otra cosa? Ni siquiera sé cómo te llamas —sonrió.
Edward abrió la boca para presentarse, pero se lo pensó mejor. Bella Swan ya lo tenía por un canalla. Si le decía quién era en realidad, a lo mejor le tiraba el café a la cara.
—Yo tampoco sé el tuyo.
—Me llamo Bella, Bella Swan —se presentó Bella alargando la mano.
Edward se la tomó y le acarició los dedos. Al hacerlo, sintió una descarga eléctrica por todo el cuerpo. ¿Cómo era posible que una simple caricia lo excitara tanto? Le habría encantado besarle la mano, pero no lo hizo. Entonces, se dio cuenta de que Bella llevaba las uñas pintadas de verde, a juego con la chaqueta de raso. Era un color muy raro, pero a aquella mujer lo raro le quedaba bien.
Cuando Bella hizo amago de retirar la mano, la dejó ir.
—¿Y tú? —le preguntó Bella tras un largo silencio.
—¿Yo? Yo normalmente no me pinto las uñas —contestó Edward.
Aquello hizo reír a Bella.
—¿Cómo te llamas?
—Ah, que cómo me llamo… Wright, me llamo Wright —contestó Edward completamente cautivado por sus ojos.
—¿Right? —se sorprendió Bella.
—No, Wright —la corrigió Edward.
—¿Y tienes nombre de pila o prefieres que te llame señor Wright?
—Jack, me llamo Jack. Jack Wright.
—Muy bien, Jack Wright, es un placer conocerte por fin.
De repente, a Edward se le quitaron las ganas de seguir hablando de trabajo. Lo que quería era saber más de aquella mujer tan encantadora que tenía sentada enfrente de él. Quería escuchar su voz, quería perderse en sus ojos azules y calentarse con su sonrisa.
—¿Te apetece que nos vayamos? Podríamos dar un paseo o ir a algún sitio a comer algo.
Bella sonrió y Edward pensó que seguro que aceptaba su invitación, pero lo sorprendió negando con la cabeza.
—No puedo, tengo un montón de trabajo. Mi jefa espera que le presente un informe sobre Edward Cullen mañana por la mañana a primera hora y todavía no tengo nada. Voy a tener que volver a la oficina.
A Edward le entraron ganas de darle toda la información que necesitara a cambio de poder estar un ratito más con ella. Estaba dispuesto a hablar de su infancia, de su fatídica pubertad, de la terrible adolescencia y de los tortuosos años de carrera. Estaba dispuesto a darle incluso el número de su tarjeta.
Pero sabía que no podía ser. De momento, era mejor mantenerse en el anonimato.
—¿Y si quedamos para comer mañana? — le propuso.
Bella se puso en pie y recogió sus papeles.
—Muy bien —contestó.
Edward se puso en pie y la ayudó a ponerse el abrigo, aprovechando que estaba a sus espaldas para inhalar el aroma de flores de su pelo. Mientras Bella salía de la cafetería, Edward dejó la propina y la siguió.
Al llegar a la acera, se hizo un incómodo silencio entre ellos. Había llegado el momento de que Edward dijera algo increíblemente ingenioso para que Bella lo invitara a su casa, pero no se le ocurría nada.
—¿Quieres que te lleve a casa? —le propuso.
—Mi oficina está justo enfrente —le recordó Bella entre risas.
Era cierto. Y él que creía que había conseguido quitarse del ADN su gen de meter la pata…
—Bueno, entonces, nos vemos mañana a la hora de comer.
—Sí, a la hora de comer —repitió Bella—. ¿Dónde quedamos?
—Te paso a buscar por el trabajo.
Bella asintió y se acercó al bordillo para irse. Al girarse para mirarlo una última vez, se encontró con que Edward también la estaba mirando. De repente, Edward pensó que no quería que se fuera y, sin pensarlo, la agarró de la muñeca y, sin considerar las consecuencias, la besó.
Jamás se había comportado de manera tan impulsiva, pero con Bella todo era diferente, con ella todo era tan rápido que tenía que vivir el presente. Su intención había sido darle simplemente un beso, pero Bella le pasó los brazos por el cuello y el beso fue mucho más apasionado de lo que había esperado.
—Si te digo una cosa, ¿me prometes que no me malinterpretarás? —le preguntó Bella tragando saliva.
—Lo intentaré —contestó Edward.
—Tenía la esperanza de que vinieras hoy a la cafetería —murmuró—. Por eso he ido yo —añadió ruborizándose de manera encantadora.
—Yo también tenía la esperanza de verte —contestó Edward besándola de nuevo—. Te llamo, ¿de acuerdo? —murmuró.
—No tienes mi número de teléfono.
—Pero sé dónde trabajas —le recordó Edward—. Así decidiremos entre los dos dónde ir a comer.
—Genial —contestó Bella.
A continuación, aunque no le apetecía nada, se apartó de él, le sonrió por última vez, se giró y cruzó la calle.
Edward se quedó mirándola hasta que desapareció en el interior del edificio en el que estaba la redacción de la revista Attitudes y resopló.
—Me parece que no sé muy bien lo que estoy haciendo —se recriminó a sí mismo en voz alta—. En cuanto se entere de quién soy, no va a querer volver a besarme.
Bella's POV
—¿Dónde estabas? ¡Llevo buscándote toda la mañana! —exclamó Bella al ver entrar a su amiga en el vestíbulo del edificio.
—Tenía una sesión fotográfica —contestó Rosalie—. Me tengo que volver a ir. Sólo he venido por unas cosas para el fotógrafo.
—Tenemos que hablar. ¿No te puedes quedar un rato?
Cuando llegaron a la oficina de Rosalie, Bella cerró la puerta.
—Tengo tres minutos, así que habla deprisa —le dijo su amiga.
—Muy bien, entonces, te doy la versión condensada. Volví a verlo anoche, nos besamos, tres o cuatro veces, no sé. Fue increíble. Me va a venir a buscar para ir a comer.
—¿Cómo?
—El hombre de la cafetería —le explicó Bella—. El de Jitterbug's. Se llama Jack Wright. Nos volvimos a ver y acabamos besándonos.
—No me lo puedo creer… cuéntamelo todo…
—¿Pero no tenías prisa?
—Cuando hablamos de tu vida amorosa, tengo todo el tiempo del mundo —le aseguró Rosalie.
Bella suspiró, se sentó en la mesa de su amiga y le contó todo lo ocurrido.
—Muy bien. ¿A qué hora dices que va a venir a buscarte?
Bella consultó su reloj.
—Dentro de un cuarto de hora.
—Vamos, desnúdate, no hay tiempo que perder.
—¿Eh?
—Te tienes que cambiar de ropa.
—¿Por qué?
—Porque ese vestido de los años sesenta que llevas no va nada con su estilo. Por si no te diste cuenta, además de llevar camisa a medida, llevaba un traje de Hugo Boss. Evidentemente, ese hombre sigue la moda. Venga, tengo por aquí unas cosas que te van a ir de maravilla.
Diez minutos después, Bella se encontró ataviada con una falda negra por debajo de la rodilla, botas negras altas y un pañuelo de seda en el pelo. También negro.
En aquel momento, sonó el interfono de Rosalie.
—Sí, está aquí —contestó su amiga—. Sí, ahora va —añadió colgando—. Ya ha llegado. Te está esperando abajo.
Bella se estaba mirando en el espejo. Aquélla no era ella, pero ya no había tiempo para cambiarse.
—¿Quieres que baje contigo? —le preguntó Rosalie—. Da igual, voy a bajar contigo de todas formas. Iré por mi cuenta, como si fuera a tomar algo yo sola, ¿de acuerdo? Así lo veo.
Bella asintió y juntas salieron al pasillo.
Al llegar al vestíbulo del edificio, lo vio, sentado, hojeando un ejemplar de la revista con el ceño fruncido.
—Vaya, mira cómo va vestido —le comentó Bella a Rosalie. Efectivamente, Edward llevaba unos vaqueros desgastados, chaqueta de lana y camiseta de algodón.
—¡Madre mía, qué bueno está! —exclamó Rosalie ignorando el comentario de su amiga—. Venga, a por él.
Dicho aquello, Rosalie se dirigió a la puerta mientras Bella se acercaba Edward.
—Hola —lo saludó sin poder evitar sonreír.
Edward levantó la mirada y se sorprendió. Sin dejar de mirarla, se puso en pie y la tomó de la mano de manera natural. Bella sintió que él corazón se le aceleraba y, cuando Edward la besó en la mejilla, creyó que se iba a desmayar.
—Hola, no te había reconocido. Estás diferente.
—Sí, es la ropa —dijo Bella—. Me la ha dejado mi amiga Rosalie, que trabaja en el departamento de moda.
—Es muy… negra.
—Sí. A mí me gusta más la ropa de colores, que tiene más carácter, pero mi amiga insiste en que debería mejorar mis gustos.
—A mí me gusta más tu manera de vestir —comentó Edward encogiéndose de hombros—. Te queda mejor.
—Si quieres, subo y me cambio.
—No, no hace falta, pero quítate esto —contestó Edward quitándole el pañuelo del pelo.
Bella lo dejó hacer y sacudió la cabeza.
—¿Quieres ver mi despacho? —le preguntó.
Edward asintió, así que volvieron al ascensor, con los dedos entrelazados. Por lo visto, Edward no quería soltarla. Ni siquiera lo hizo cuando llegaron a la tercera planta, en la que estaba la oficina de Bella.
Una vez allí, Edward se fijó en los cubículos de colores y, por primera vez, Bella vio la redacción con los ojos de una persona que entraba por primera vez en ella.
Suponía que el cocodrilo de plástico que había colgado del techo con una cuerda de la que colgaban farolillos japoneses y un neón que decía venga a comer al restaurante de Joe era bastante ecléctico. Lo cierto era que la redacción parecía el patio de recreo de un colegio de adultos.
—Esto es alucinante —comentó Edward.
—A Victoria le gusta contratar a gente que piense de manera circular y no lineal —le explicó Bella—. Eso quiere decir que le gusta la gente muy creativa, un poco loca y que no discuta con ella cuando esté equivocada —añadió entre risas al ver la cara de extrañeza de Edward.
—Menuda jefa.
Bella se encogió de hombros.
—No está mal, pero me gustaría que se acordaba de mi nombre de vez en cuando.
—Bella —dijo Edward—. ¿Cómo se puede olvidar?
A Bella le encantó oírlo de sus labios. A continuación, lo condujo hacia su despacho. Una vez allí, Edward cerró la puerta y, en un solo movimiento, la giró hacia sí y la tomó entre sus brazos. Acto seguido, la besó. Lentamente, al principio y, luego, cada vez con más urgencia.
—Llevo soñando con esto toda la mañana —murmuró.
Bella le puso las manos en el torso.
—Mmm, yo también.
—No sé si deberíamos estar haciendo esto. No es muy…
—¿Profesional? —dijo Bella con una sonrisa picarona.
A continuación, retiró todo lo que había sobre su mesa, agarró a Edward del cuello de la chaqueta y lo tumbó.
—Me parece que esto no está en el manual del buen empleado —comentó él chasqueando la lengua.
Bella se sentía completamente desinhibida y aquello la hacía sentirse bien. A lo mejor, tendría que estar haciéndose la dura, pero, ¿qué daño podían hacer unos cuantos besos? Mientras no pasaran a mayores, no había ningún peligro. Además, le gustaba mucho besar a Jack Wright. Era mejor que comer chocolate.
Bella se colocó entre las piernas de Edward y le pasó los brazos por el cuello. ¿Qué tenía aquel hombre que le resultaba imposible resistirse a él? A lo mejor, era su sonrisa, aquella sonrisa de adolescente que le aceleraba el pulso. Tal vez, fuera el ramalazo conservador que tenía por naturaleza o la alegría con la que la acariciaba y la deseaba.
—¡Kristine!
De repente, se abrió la puerta del despacho de Bella justo en el momento en el que Jack y ella estaban involucrados en un beso especialmente apasionado. Al instante, Bella dejó escapar un grito y se puso en pie para encontrarse con Victoria. Por supuesto, se limpió la boca y se quedó mirando a su jefa.
Victoria miró a Jack y volvió a mirar a Bella.
—Llevo toda la mañana esperando tu informe sobre Cullen. ¿Dónde está?
Bella tragó saliva y se quedó mirando al suelo.
—Está… está aquí —contestó Bella señalando su mesa—. No he encontrado mucho, pero…
—¿Te das cuenta de lo importante que es todo esto, Kristine? El futuro de Attitudes depende de ti.
—Se llama Bella —comentó Edward en tono molesto.
Bella no sabía si estaba molesto por la intrusión o porque Victoria no fuera capaz de acordarse de su nombre pero, en cualquier caso, Victoria le dedicó una mirada asesina. Bella se apresuró a buscar el informe que había preparado y a entregárselo a su jefa.
—Si quieres, lo podemos mirar juntas. No he encontrado mucho, pero hay ciertos cabos sin atar que parecen prometedores y alguna información financiera interesante.
—Ahora tengo tiempo —contestó Victoria enarcando una ceja.
Dicho aquello, se giró y salió del despacho de Bella, que estaba completamente mortificada.
—¿Te has metido en un lío? —le preguntó Edward agarrándola de la cintura por detrás.
Bella se giró hacia él y negó con la cabeza.
—No creo. No te puedes ni imaginar las cosas que pasan por aquí. El departamento de moda es como Sodoma y Gomorra y los de películas y música están completamente desbocados. En cuanto a Victoria, no es precisamente una monja. No, lo de que nos haya pillado besándonos no es ningún problema, pero lo del informe, sí —le explicó Bella—. Me voy a tener que ir. ¿Te importaría que nos viéramos en otro momento?
Edward la miró a los ojos y asintió. A continuación, le pasó el dedo pulgar sobre el labio inferior, movimiento que hizo que Bella se estremeciera de pies a cabeza.
—Muy bien —comentó Edward—. ¿Qué te parece si nos vamos a pasar el fin de semana por ahí? Te recojo mañana por la mañana y nos vamos, solos tú y yo, sin teléfonos, sin trabajo y sin interrupciones.
—No sé…
—En habitaciones separadas y sin expectativas —insistió Edward.
—¿De verdad? —sonrió Bella tímidamente—. Entonces, de acuerdo. Sí. Pasar el fin de semana fuera de la ciudad me va a venir muy bien —añadió escribiéndole su teléfono y su dirección—. Nos vemos mañana.
—Hasta mañana —se despidió Edward yendo hacia la puerta—. ¿Nunca se acuerda de tu nombre? —le preguntó desde allí.
Bella se encogió de hombros.
—Tiene muchas cosas en la cabeza.
Edward frunció el ceño y asintió.
—Te recojo a las diez. Llévate ropa de invierno.
Una vez a solas, Bella suspiró y sonrió. Un fin de semana con el increíblemente sexy Jack Wright. ¿Dónde la llevaría? ¿Y qué sucedería? ¿Terminarían en la cama? Bella se estremeció. ¿Sería posible que el señor Perfecto y el señor Perfecto Para Un rato fueran la misma persona?
—Va a resultar divertido averiguarlo —se contestó en voz alta yendo hacia la puerta.
