Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Kate Hoffmann.


Capítulo 3

Edward's POV

—Firma aquí y aquí.

Edward se quedó mirando el contrato, leyendo en diagonal pero sin comprender lo que estaba firmando. Aunque tenía tres días de trabajo atrasado, había decidido que se iba a pasar al fin de semana con Bella y no podía dejar de pensar en ella.

—Espero que no te esté cediendo mis acciones de la empresa —le dijo a Jasper.

Estaban sentados en el asiento trasero de una limusina que iba hacia el apartamento que Bella tenía en el East Village. Su socio se había presentado en casa en el último momento con unos documentos que había que firmar.

—¿Adonde te vas? —le preguntó mientras entregaba más documentos.

—No te lo pienso decir —contestó Edward.

—No me parece muy responsable por tu parte salir de la ciudad sin dejarme dicho dónde vas a estar. ¿Y si hay una emergencia? Por lo menos, llévate el teléfono móvil.

—Si pasa algo, tú eres perfectamente capaz de solucionarlo —contestó Edward—. Para eso te pago, además.

—Esa chica te debe de gustar mucho —comentó su amigo.

Edward lo miró de reojo.

—Sí, me gusta —admitió Edward.

Sin embargo, decir que le gustaba no era suficiente. En realidad, estaba intrigado, cautivado y obsesionado con ella.

—Es diferente —comentó.

—¿Por qué lo dices?

Edward se quedó pensativo un buen rato y suspiró.

—Con las otras, no tenía que hacer nada. Quiero decir, no soy precisamente el hombre más zalamero del planeta, pero aquello no parecía importarles. Supongo que el dinero era suficiente. No parecía que les importara el hombre que había detrás de la fortuna. Sí, era cierto que eran todas muy guapas, pero no tenían nada más y yo tampoco buscaba nada más.

—¿Y con esta chica buscas algo más?

—Sí, quiero que este fin de semana sea romántico y que todo salga bien, quiero impresionarla —confesó Edward—. ¿Cómo conseguiste tú que tu mujer se enamorara de ti?

—¿Qué te hace pensar que tuviera que hacer algo en especial?

—Venga, que los dos sabemos de dónde venimos. Los dos éramos unos enamorados de los ordenadores. Mientras que los otros estaban dándose un revolcón en el coche, tú y yo estábamos programando en el garaje.

Aquello hizo que su amigo chasqueara la lengua.

—Sí, qué tiempos aquéllos. La verdad es que no los echo nada menos. Prefiero ser millonario —sonrió.

—Jasper, por favor, necesito consejo. He alquilado todo el hotel para que estemos solos y he llamado al dueño para que haya flores por todas partes y un gran fuego en la chimenea.

—¿Y el champán?

—Se me ha olvidado —contestó Edward dándose con la palma de la mano en la frente—. Espera un momento, que lo voy a llamar.

A continuación, Edward llamó al señor Sawyer, propietario del hotel rural al que se dirigían, y le pidió que tuviera champán del bueno bien frío y que les preparara una cena romántica con música y velas.

Si había convencido a aquel buen hombre para que abriera el hotel antes de que comenzara la temporada, también podía convencerlo para que recreara un ambiente de lo más romántico.

Eso era lo que tenía de bueno tener dinero.

Edward estaba muy nervioso. Le había prometido a Bella que iban a pasar un fin de semana fuera, pero aquella mañana, nada más despertarse, las dudas lo habían asaltado. ¿Habría ido demasiado rápido? ¿Se estaba arriesgando demasiado? ¿Y si, al pasar tanto tiempo juntos, Bella se daba cuenta de que era un aburrido?

Por supuesto, había pedido habitaciones separadas. No era tan presuntuoso como para creer que iban a compartir cama nada más empezar la relación. Además, eso lo hacía quedar bien a ojos de Bella, ¿no? Eso esperaba porque le había costado horrores la decisión.

—Si quieres seducirla, vas a tener que probar todos estos alimentos afrodisíacos —comentó Jasper como si le hubiera leído el pensamiento—. ¡He estado leyendo esta revista y no te puedes ni imaginar lo difícil que es estar a la última! Tienes que contar con ostras, trufas, aguacates y chocolate. Se supone que todos estos alimentos suben la libido —añadió sacando de su maletín el último ejemplar de Attitudes.

Edward tomó la revista y hojeó el artículo. Desde luego, Victoria Danforth elegía bien lo que publicaba, mezclando cosas audaces e interesantes. De no haber sido porque nunca se acordaba del nombre de Bella, que estaba realmente dolida por ello, la habría mantenido en su puesto al comprar la revista, pero Edward había tomado la decisión de echarla la primera.

—Tengo la libido muy bien, gracias —le dijo a su amigo.

En realidad, la tenía por las nubes y no sabía qué iba hacer para no ponerle la mano encima a Bella a todas horas.

Cuando se estaban acercando a su casa, le dijo al conductor que parara para dejar a Jasper en una parada de taxis. Una vez a solas, mientras avanzaban hacia casa de Bella, Edward recordó su último encuentro, sobre su mesa del despacho y se preguntó qué habría sido de su sentido común. Desde luego, cuando estaba con ella, no tenía ninguno.

Por supuesto, era consciente de que la iba a besar aquel fin de semana y se moría por hacerlo, pero en aquella ocasión no habría presiones, ni trabajos, ni jefas, sólo horas y horas de mirarse a los ojos y de besarse y de, si Bella quería, explorar el deseo.

Cuando llegaron a la dirección que Bella le había dado, Edward miró por la ventana y la encontró sentada en los escalones de su edificio con una bolsa de viaje al lado.

Al verlo bajarse de la limusina, Bella sonrió, se puso en pie y fue hacia él. Edward no se arrepentía en absoluto de haber vuelto a llamar al propietario del hotel porque quería que todo fuera perfecto para que aquella sonrisa iluminara el rostro de Bella durante todo el fin de semana.

—¿Lo tienes todo? —le preguntó avanzando hacia ella y tomando su bolsa.

—Sí, pero me ha costado un poco decidir qué llevarme porque como no sabía adonde vamos…

—No te preocupes —sonrió Edward—. Si necesitas algo, ya lo compraremos.

—Es la primera vez que voy a subir en una limusina —comentó Bella metiéndose en el vehículo—. Victoria siempre va en una, pero yo voy en autobús o en metro.

Edward se sentó a su lado.

—Esto es enorme. Si tiene baño, alquilo mi apartamento y me vengo a vivir aquí —bromeó Bella—. ¿Nos vamos a pasar el fin de semana aquí, en el asiento trasero de una limusina? — añadió mirándolo de manera inequívoca.

—No, me parece que te va a gustar más lo que te tengo preparado —sonrió Edward también.

A continuación, mientras el vehículo se ponía en marcha de nuevo, se quedaron en silencio. Aquello para Edward era todo un problema. Jamás se le había dado bien el arte de la charla y a las mujeres les encantaba charlar.

—¿Y si nos besamos de una vez y ya está? —murmuró Bella.

—¿Cómo dices?

—Después de lo que pasó ayer en mi despacho, no deberíamos pensárnoslo tanto, ¿no? En lugar de estar pensando en ello durante todo el trayecto, hasta que lleguemos donde vamos, podríamos hacerlo.

—Sí, pero también podríamos esperar —contestó Edward acariciándole la mandíbula.

Bella tragó saliva.

—A lo mejor tienes razón.

Se quedaron mirándose a los ojos en silencio y sin moverse. Edward quería besarla y, por cómo lo estaba mirando Bella, era evidente que ella también, pero Edward había decidido no besarla hasta que todo estuviera claro entre ellos.

Sí, había tomado la decisión de contarle a Bella aquel fin de semana quién era en realidad porque no quería engañarla. Quería que supiera quién era. Cuando le hubiera contado la verdad, todo sería más fácil entre ellos. Entonces, le tomaría el rostro entre las manos y la besaría y Bella sabría que no la estaba besando un hombre llamado Jack, sino Edward Cullen, y le encantaría.

Edward alargó la mano y entrelazó sus dedos con los de Bella.

—Tengo una idea —murmuró—. ¿Qué te parece si esperamos y vemos lo que ocurre durante el fin de semana? Tenemos mucho tiempo por delante.


Bella's POV

Bella se metió en la bañera antigua. El baño de agua caliente le caldeó los huesos y le desaceleró el pulso. Habían llegado en avión a la costa de Maine poco después de mediodía. Efectivamente, tenían dos habitaciones separadas preparadas en la segunda planta y Bella se encontró con una habitación espaciosa amueblada con piezas antiguas, con chimenea y jarrones con flores recién cortadas.

Nada más llegar, tras dejar el equipaje, se habían cambiado y habían salido a dar una vuelta. Todavía no era época turística, así que las callecitas de aquel típico pueblo junto al mar estaban tan vacías como el hotel.

Habían compartido la tarde, se habían contado sus vidas, se habían reído y habían bromeado como si se conocieran desde hacía años. Después de comer, habían dado una vuelta por el campo y habían bajado a la playa. Para cuando habían dado por concluido el paseo, Bella tenía mucho frío, pero le daba igual porque la tarde había sido maravillosa.

Habían comido en un restaurante junto al puerto y Jack le había comprado a un artista de la zona una figura de madera para ella. Bella había comentado entonces la cantidad de dinero que se iba a gastar aquel fin de semana, pero Jack no le había dado importancia y le había dicho que el negocio de la informática iba muy bien.

Luego, se habían quedado viendo atardecer sobre el océano Atlántico y habían vuelto al hotel, que estaba situado en una colina con estupendas vistas.

Lo único malo del día era que, aunque la había agarrado de la mano constantemente, Jack no la había besado. Bella se estaba empezando a arrepentir de lo que le había dicho en el coche. A lo mejor, le había parecido demasiado impulsiva e impaciente.

Mientras se apartaba un mechón de pelo mojado de la cara, Bella se dijo que el día todavía no había terminado.

El propietario del hotel les estaba preparando una mesa frente al fuego para que compartieran una cena íntima.

Bella se relajó en el baño de espuma mientras se congratulaba por la suerte que había tenido el conocer a Jack. Desde luego, había que ver lo maravilloso que podía ser tirar una taza de café en el momento oportuno a la persona adecuada.

Aunque había salido con otros hombres, nunca había conocido a nadie como Jack, un hombre seguro de sí mismo, tranquilo e intenso, fuerte y atractivo. A lo mejor, era eso… Jack Wright no era un niño intentando actuar como un hombre sino un hombre, un hombre guapo y deseable, un hombre que le encantaba.

Bella se estremeció de pies a cabeza y se preguntó qué ocurriría durante las próximas horas. Por supuesto, Jack le daría un beso de buenas noches, ¿no? Pero tampoco estaba muy segura de lo que quería que sucediera. Aunque nunca se había acostado con un hombre en su primera cita, había decidido ya que, técnicamente, aquélla no era su primera cita.

Se habían conocido en la cafetería, así que la primera cita habría sido la noche siguiente, la segunda cita habría sido aquel día del beso en el despacho y aquel fin de semana sería la tercera cita, así que…

En cualquier caso, tenía muy claro lo que sentía por Jack y lo que Jack sentía por ella porque lo veía en sus ojos cada vez que la miraba.

Bella suspiró.

Aunque era cierto que le parecía que lo conocía desde hacía mucho tiempo, la verdad era que no lo conocía de nada. ¿Quién era aquel hombre que le había robado el corazón con su encanto juvenil?

Aunque a primera vista parecía el típico hombre de negocios perfectamente vestido y muy seguro de sí mismo que siempre lleva una mujer despampanante al lado, bajo esa fachada había una vulnerabilidad natural que Bella percibía de vez en cuando en sus palabras y que la tenía encandilada.

Bella tenía muy claro que, probablemente, no era el tipo de mujer con el que Jack solía salir y él tampoco era su típico novio pues a ella siempre le habían gustado los tipos creativos, los artistas, los músicos sin dinero, los actores que trabajaban de camareros.

Para ella, una noche maravillosa era ir al cine y tomarse un sandwich en algún sitio, nada comparado con pasar el fin de semana en Maine, con limusina, avión privado, comida de gourmet y vino de marca.

En aquel momento, una gotita de agua fría cayó desde el grifo y le dio en los pies. Bella metió distraídamente el dedo pulgar en el grifo mientras volvía a preguntarse qué hacía allí, qué querría Jack de ella.

Sus pensamientos estaban concentrados en aquellas preguntas y, mientras buscaba respuestas, jugueteaba en el interior del grifo hasta que, de repente, al intentar sacar el dedo, comprobó que no podía.

Inmediatamente, se irguió con el ceño fruncido y tiró del pie. Nada. En aquel momento, llamaron a la puerta de su habitación.

—¿Señorita Swan? —le dijo el propietario de la posada.

—Sí —contestó Bella.

—La cena estará lista en media ahora. El señor Wright la está esperando abajo y me ha dicho que le diga que se reúna con él cuando esté preparada.

—¡Gracias! —exclamó Bella agarrando una pastilla de jabón y frotándola desesperadamente por el grifo y por su pie. Nada.

Cuanto más se empeñaba, menos podía mover el dedo.

—Esto es ridículo. ¡Tiene que salir! —se dijo a sí misma tirando con fuerza.

Nada.

Se estaba haciendo muchísimo daño, tenía la sensación de que se iba a arrancar el dedo, así que paró. Al mirar a su alrededor, comprobó que, por supuesto, no había ninguna llave inglesa a la vista. Ni siquiera había teléfono para pedir ayuda.

—Me encontrarán mañana por la mañana, muerta de frío y desnuda —se quejó intentando liberarse de aquella trampa tan estúpida.

El tiempo fue transcurriendo y, cuando el agua se quedó fría, a Bella se le ocurrió que al dar la caliente, tal vez, la presión hiciera que el dedo saliera, pero no fue así.

Los siguientes quince minutos se los pasó intentando encontrar la manera de que avisaran a un fontanero sin que Jack se enterara.

En aquel momento, volvieron a llamar a la puerta. Bella suspiró aliviada. Sin duda, el propietario sabría qué hacer y, sin duda también, podría convencerlo para que no contara nada.

—Pase, la puerta está abierta —le dijo—. Espere un momento.

—Bella, ¿qué pasa? La cena ya está.

A Bella se le pusieron los ojos como platos y sintió que el corazón comenzaba a latirle aceleradamente. ¡Jack! Oh, no, le acababa de invitar a pasar. Si entraba en el baño, quedaría completamente humillada, la encontraría desnuda, temblorosa y con el dedo gordo metido en el grifo de la bañera.

—Ya salgo, estoy terminando —le dijo volviéndose a sentar—. Por cierto, ¿le podrías decir al dueño que viniera un momentito?

—¿Para qué?

—Bueno… hay un grifo que pierde agua. He conseguido pararlo de momento, pero creo que podría ser problemático. Dile que vamos a necesitar una llave inglesa y que, por si acaso, llame a un fontanero. La verdad es que no me apetece nada tener que dormir con el ruidito de las gotas cayendo.

Bella oyó pisadas, pero no iban hacia la puerta sino al baño.

—No pasa nada, te cambias de habitación y ya está —le aseguró Edward abriendo la puerta unos centímetros.

Bella gritó, levantó el brazo y agarró una toalla para cubrir su cuerpo desnudo.

—No entres —le advirtió a Edward.

—¿Pero qué pasa? —preguntó Edward confundido y preocupado.

—Nada, no pasa nada.

—¿Estás presentable? —insistió Edward abriendo la puerta un poco más.

Roja como la grana, Bella se tapó la cara y se dijo que no había nada que hacer. Iba a tener que admitir ante él que era idiota y acabar con aquella situación cuanto antes. De todas maneras, se habría dado cuenta tarde o temprano.

—La verdad es que no, pero pasa.

Edward abrió la puerta por completo y, en cuanto la vio, se tapó los ojos.

—Pero si estás en la bañera.

—Sí, no puedo salir —admitió Bella.

Edward apartó dos dedos para mirar.

—¿Te has quedado enganchada al grifo? —se sorprendió.

Bella se ruborizó y asintió.

—¿Te importaría avisar al dueño del hotel?

Edward se acercó a ella, le tomó la pantorrilla entre las manos y se quedó mirándole el pie. Bella sintió que el cuerpo entero se le calentaba de repente. Menos mal que todo aquello tenía algo de bueno.

—¿Qué estabas haciendo?

—Intentando que no saliera agua —contestó Bella.

A pesar de que se había cubierto con la toalla, ésta se había mojado y, en lugar de servirle para taparse, se le había pegado al cuerpo como una segunda piel.

—Supongo que con romper el grifo servirá —propuso Edward.

—Preferiría que llamaras al dueño —insistió Bella cruzando los brazos sobre el pecho—. O, mejor, a su mujer.

—Sí, tienes razón —contestó Edward yendo hacia la puerta.

—Espera un momento —le dijo Bella—. Antes de irte, pásame un albornoz. Quiero vaciar la bañera y vestirme un poco antes de que lleguen los invitados.

Edward le pasó el albornoz. Al hacerlo, se quedó mirando su cuerpo, obviamente disfrutando de lo que veía. Aunque la situación era completamente ridícula, aquel hombre tenía la habilidad de hacerla sentir sexy.

—¿Necesitas algo más? —le preguntó mirándola de nuevo a los ojos.

Bella tomó aire.

—No, puedes irte tranquilo —le dijo con una tímida sonrisa.

Edward salió del baño y Bella vació la bañera y se puso el albornoz como pudo.

—Desde luego, si todavía no se había dado cuenta de que eres una imbécil, ahora ya lo sabe —murmuró—. Después de esto, no creo que sea capaz de mirarme a la cara sin estallar en carcajadas. Yo que creía que iba a ser un fin de semana romántico.


Edward's POV

Cuando llegó el fontanero, en el baño de Bella se había congregado ya una pequeña multitud: el propietario del hotel y su mujer, el botones, el chico de los recados y el cura del pueblo. Al cura lo habían llamado por si acaso el problema se agravaba y tenían que darle la extremaunción porque, por lo visto, recientemente una persona había muerto en la bañera y los habitantes de por allí estaban especialmente sensibilizados con el tema.

Teniendo en cuenta la cara de Bella, Edward pensó que, a lo mejor, habría que dársela porque parecía que se iba a morir… de vergüenza.

Se había tapado con el albornoz, pero, desde donde él estaba, al final de la bañera, le veía un muslo, la curva del cuello y el intrigante canalillo que se abría entre sus pechos.

—Estos grifos antiguos dan muchos problemas —comentó el fontanero examinando la situación—. Vaya, es una pena que no me haya traído el soplete.

—¿Soplete? —se asustó Bella.

—¿No cree que es un poco exagerado? Podría hacerla daño —dijo Edward.

—No creo que más de lo que ya le debe de estar doliendo ahora, ¿me equivoco, señorita?

Bella miró a Edward con ojos implorantes. Llevaba en la bañera casi una hora y media y, más allá del pánico, de la humillación y de la frustración, estaba al borde de las lágrimas.

—¿Les importaría dejarnos a solas un momento? —sugirió Edward.

Tras haber echado a todos del baño, cerró la puerta a sus espaldas. Al girarse, vio que a Bella se le escapaba una lágrima y sintió una enorme necesidad de abrazarla, de protegerla y de consolarla.

Sin embargo, había algo más, algo más profundo, una emoción que no sabía describir con palabras. ¿Qué era aquella conexión que sentía con ella? Otros, tal vez, se hubieran enfadado o impacientando, pero a él la situación de Bella, su vergüenza, le hacían quererla todavía más.

¿Quererla?

¿Desde cuándo estaba enamorado de Bella Swan? ¡Pero si apenas la conocía! Daba igual. Mientras la miraba llorar, se dio cuenta de que lo que sentía por aquella mujer era lo más fuerte que había sentido por una mujer jamás.

Bella era la mujer que podría amar para el resto de su vida, así que tenía que hacer todo lo que estuviera en su mano para hacerla sentir mejor.

—Por favor, no me mires así —murmuró Bella—. Ya sé que lo he estropeado todo. Te has gastado un montón de dinero en organizar este fin de semana y tenías preparada una cena maravillosa que supongo que, en estos momentos, estará tan fría como yo.

Edward se arrodilló junto a la bañera y le tomó los dedos, que estaban efectivamente helados, se los llevó a los labios y se los calentó con su aliento.

—No pienses en el dinero. La cena tampoco importa. Me apetecía pasar el fin de semana contigo, quería estar contigo y no me importa que sea en una mesa con candelabros o en el suelo del baño, te lo aseguro.

—¿De verdad? —sollozó Bella.

Edward le apartó un mechón de pelo de la cara y le acarició la nuca, la acercó lentamente hacia él y la besó.

—De verdad —le aseguró.

Bella sonrió encantada.

—A no ser que sea cierto que quieres pasarte todo el fin de semana conmigo en la bañera, será mejor que consideremos sacarme el dedo del grifo.

Desde luego, la idea era de lo más tentadora e hizo que Edward visualizara la escena a la perfección. De pronto, lo vio todo con lujo de detalles, los dos en la bañera, desnudos y excitados, el agua con burbujas, Bella de espaldas a él, entre sus piernas, con la espalda apoyada en su pecho para que Edward pudiera deslizar sus manos por su piel húmeda, explorar todo su cuerpo. Llegado el momento, se giraría hacia él, se sentaría a horcajadas y le haría lenta y exquisitamente el amor hasta…

—Le tendrías que decir al fontanero que volviera, ¿no?

Edward parpadeó, sorprendido.

—¿Qué? Ah, sí —contestó poniéndose en pie—. Voy a avisarlo. Edward salió del baño intentando olvidarse del deseo que corría por sus venas y se reunió con el grupo, que lo esperaba junto a la chimenea que había en la habitación, hablando de si eran mejor las cañerías de cobre o las de plomo.

—Ya puede volver a entrar —anunció Edward.

Las cinco personas se giraron hacia él y se encaminaron al baño, pero Edward solamente dejó pasar al fontanero.

—Los demás pueden volver a sus quehaceres cotidianos.

El dueño miró hacia el baño, visiblemente preocupado por su grifería antigua.

—No se preocupe, si hay algún daño, se lo pagaré —le aseguró Edward para tranquilizarlo.

Cuando el propietario, su mujer, el cura y el chico de los recados se fueron, se dirigió al baño. Justo cuando se disponía a entrar, salía el fontanero.

—Ya está —anunció el hombre.

Edward se llevó la mano al bolsillo, se sacó la cartera y le entregó un billete de cien dólares.

—Muchas gracias —murmuró—. No se puede imaginar cuánto se lo agradezco.

¡Sin embargo, cuando entró en el baño, vio que Bella estaba intentando salir de la bañera con el grifo en el dedo!

—¿Pero qué es esto?

—Tengo el dedo muy hinchado. El fontanero dice que, si me pongo hielo, me podré quitar el grifo dentro de un rato. De lo contrario, tendré que ir al hospital para que me lo corten.

—¿El dedo?

—¡No, el grifo! —gritó Bella.

Edward se apresuró a ir a su lado para ayudarla. A Bella no le resultaba fácil andar con el pesado grifo de metal colgándole del dedo gordo del pie. Lo cierto era que apenas podía mantener el equilibrio, así que Edward le pasó el brazo por las corvas y la tomó en brazos.

—Creo que será mejor que vayamos al hospital —comentó sacándola al dormitorio.

Una vez allí, la dejó sobre la cama y estuvo a punto de caer sobre ella al perder el equilibrio. Se quedó helado, con una mano a cada lado de su cuerpo y tan cerca de ella que sentía su aliento en la cara. A continuación, se quedó mirándola, pues el albornoz se había abierto, dejando al descubierto su hombro. Sin pensarlo, se inclinó sobre ella y la besó en aquel lugar.

Bella suspiró.

—No quiero… no quiero ir al hospital —murmuró.

Edward siguió deslizando su boca hasta llegar a su cuello, donde se paró y la volvió a besar.

—Ya, pero no puedes vivir con un grifo colgando del pie —murmuró Edward —. Piensa en que no podrías volver a ponerte unos zapatos estrechos en la vida. Bella se estremeció al sentir los labios de Edward en el escote.

—Entonces, tendré que… oh, eso me gusta… iré… iré…

—¿Irás? —dijo Edward apartándose y mirándola a los ojos.

—Iré descalza.

Edward chasqueó la lengua y se tumbó sobre ella. Sabía que, si la volvía besar, iba a resultarle prácticamente imposible parar.

—¿Te he dicho lo guapa que estás? —le dijo acariciándole la mejilla.

—No sé si estoy guapa, pero lo que sí sé es que he hecho el tonto —contestó Bella.

—¿Lo dices por lo del grifo? Aun así, a mí me parece que estás preciosa —insistió Edward deslizando su mano por el cuello de Bella.

Para convencerla, deslizó la mano bajo el albornoz y le acarició con la palma el escote, sintiendo que a Bella se le aceleraba el corazón.

—¿Sigues teniendo frío?

Bella negó con la cabeza. Edward se quedó mirándole fijamente la boca, los labios mojados, voluminosos y suaves y sintió que el control se le escapaba de las manos. Un beso más y luego la llevaría al hospital.

Pero el primer beso se convirtió en el segundo y luego en el tercero y, en un abrir y cerrar de ojos, la deseaba tanto que no podía parar de tocarla. La necesidad de acariciarla y de sentirla cerca, de sentir su piel desnuda, era tan intensa que Edward agarró a Bella de la cintura y la tumbó sobre él.

Por supuesto, siguió besándola.

¿Por qué Bella? ¿Por qué ninguna otra mujer le había hecho sentir aquella pasión? Daba igual, qué importaba la respuesta. Lo único importante era que aquella era la mujer a la que deseaba en aquellos momentos y para siempre.

Bella gimió y se irguió para sentarse encima de Edward, poniendo una pierna a cada lado de su cuerpo. A continuación, lo miró con deseo y se abrió el albornoz.

Edward percibió un pezón pequeño y rosado. Había saboreado su boca y ahora quería saborear el resto de su cuerpo hasta hacerla jadear de placer.

Bella dejó caer el albornoz lentamente, pero sin dudar. Se notaba que estaba cómoda mostrándole su cuerpo. Edward alargó el brazo y le tomó un pecho en la palma de la mano. Cuando comenzó a acariciarle el pezón con el pulgar, Bella cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, entregándose al placer.

Edward entendía por qué no había compartido aquella pasión con ninguna otra mujer. Era imposible porque debía de estar destinado desde que había nacido a estar con Bella Swan. Edward se incorporó, le pasó los brazos por la cintura y comenzó a chuparle los pezones, provocando en ella un grito de placer, que era exactamente lo que quería.

Bella comenzó a desabrocharle los botones de la camisa a toda velocidad, pero sus dedos no eran lo suficientemente rápidos, así que Edward le apartó las manos y se abrió la camisa. Bella le acarició el torso, febril, como si ella también se muriera por conocerlo íntimamente.

Y, en un abrir y cerrar de ojos, se echó hacia atrás y comenzó a soltarle el cinturón de los vaqueros. Edward se moría por sentir sus manos sobre su erección.

—Ah, Bella, cómo me pones —murmuró.

—Exactamente igual que tú a mí —contestó Bella apartándose el pelo de la cara.

Cuando, por fin, le abrió la bragueta, las sensaciones que sus caricias provocaron en Edward fueron indescriptibles y tan intensas que tuvo que agarrarla de la mano para que no siguiera.

—Hazme el amor —le dijo Bella mirándolo a los ojos.

Lo que le pedía era sencillo y lo decía de corazón, sin asomo de dura. Era obvio que Bella lo deseaba tanto como él a ella.

—Jack, por favor —le pidió.

Al oír aquel nombre, Edward volvió a la realidad. Bella no sabía que era Edward Cullen, creía que era Jack, el hombre al que había conocido en una cafetería al tirarle un café por encima y con el que se había ido a pasar el fin de semana fuera de la ciudad.

Su intención había sido contarle la verdad durante la cena, pero no había podido ser.

Haciendo un gran esfuerzo, Edward se tumbó y se apartó de ella.

—No deberíamos hacer esto —le dijo.

—¿Por qué? —se sorprendió Bella.

—Porque… porque es muy pronto —contestó Edward sentándose en el borde de la cama—. No es que no me apetezca hacerte el amor, Bella. Te aseguro que no hay nada que me apetezca más en el mundo, de verdad.

—A mí, me pasa lo mismo —admitió ella acariciándole el hombro.

Edward tomó aire.

—Entonces, confía en mí. No es el momento adecuado —le dijo poniéndose en pie y mirándola.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que, en algún momento durante su breve encuentro, el grifo se había soltado, lo que le hizo sonreír.

—Me parece que, al final, no vamos a tener que ir al hospital.

—Eso parece —contestó Bella con el ceño fruncido.

—¿Qué te parece si, mientras tú te vistes, yo voy a ver qué tal va la cena? —le propuso Edward yendo hacia la puerta—. Te espero abajo.

A Edward le costó un esfuerzo sobrehumano salir de la habitación de Bella, pero no quería engañarla, no quería hacer el amor con ella sin decirle quién era en realidad.

—Ya tendremos oportunidad de estar juntos —murmuró apoyándose en la puerta que acababa de cerrar—. Te juro que tendremos otra oportunidad y, entonces, nada me detendrá.


Espero que les esté gustando la historia como me gustó a mi. Reviews? :)