Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Kate Hoffmann.


Capítulo 4

Bella's POV

Bella se apresuró a entrar en el edificio de la revista. Las nubes habían tapado el sol, pero ella llevaba las gafas puestas para ocultar sus ojos, pues tenía unas ojeras horribles, lo que no la sorprendía porque durante las cinco noches que habían transcurrido desde que había conocido a Jack, tan sólo había conseguido dormir unas pocas horas.

Entre la preocupación del trabajo, la vergüenza que se apoderaba de ella cada vez que recordaba el episodio del grifo y el terrible deseo que sentía por aquel hombre al que apenas conocía dormía muy poco.

La última noche había sido la peor.

Jack la había dejado en casa el domingo por la noche, dándole un casto beso en la mejilla al despedirse. Aunque Bella se había metido pronto en la cama, decidida a recuperar el sueño perdido, se había pasado la noche dando vueltas, nerviosa.

Para colmo, el dedo todavía le dolía.

Aunque se lo había pasado muy bien con Jack, nada del fin de semana tenía sentido. El domingo, habían dado largos paseos y habían mantenido conversaciones tranquilas. Nada que ver con el breve encuentro de la noche anterior en la cama.

Cuanto más lo pensaba, menos lo entendía.

Había recordado varias veces el instante en el que le había implorado que le hiciera el amor y, cada vez que lo recordaba, se sonrojaba ligeramente y sentía un cosquilleo maravilloso entre las piernas.

Habían estado a punto de dejarse llevar, habían estado a punto de entregarse el uno al otro… pero Jack había decidido no hacerlo.

¡Debería sentirse agradecida pues quedaban pocos caballeros en el mundo como él! ¿Ah, sí? ¡Pues no se sentía agradecida en absoluto! ¡Ella lo que quería era que Jack le hiciera el amor, que se aprovechara de ella todo lo que quisiera!

Sumida en aquellos pensamientos, atravesó el vestíbulo del edificio, preguntándose si acaso no sería lo suficientemente femenina como para tentar a Jack.

—¡Bella!

Bella se giró y se encontró con la recepcionista, a la que ni siquiera había saludado.

—Buenos días, Kathy —le dijo.

—Hola, Victoria te está buscando como una loca desde antes de las ocho de la mañana.

—¿Seguro que es a mí? Te lo digo porque no se suele acordar de…

—¿Tu nombre? Sí, ya lo sé, pero, como aquí no trabaja ninguna Nanette, he deducido que se refería a ti. Me parece que esta noche ha vuelto a dormir en la oficina. La prensa se ha enterado de la oferta de NightCullen y está al acecho —le explicó Kathy—. Ten cuidado, no está de muy buen humor.

Para cuando llegó al despacho de Victoria, Bella tenía un nudo en la boca del estómago. Eran los nervios. Por si no había tenido suficiente durante el fin de semana que había pasado con Jack, ahora tenía que vérselas con su jefa.

—Buenos días —saludó abriendo la puerta.

—¿Tienes algo? —le preguntó Victoria, que estaba lanzando dardos a una diana que Bella no veía desde donde estaba.

—La verdad es que no. Lo mismo que el viernes por la tarde —contestó Bella—. Me he pasado todo el fin de semana buscando información en Internet sobre Edward Cullen, pero no he encontrado nada —mintió—. Lo único que encuentro es la información que su propia empresa tiene preparada. Edward Cullen es multimillonario, detenta el treinta y seis por ciento de su empresa, su socio, Jasper Whitlock, tiene el quince por ciento y los accionistas, el resto. No sé si deberíamos contratar un detective privado para…

—¿Y de dónde saco el dinero? La revista está al borde de la ruina —la interrumpió su jefa.

Bella hizo una mueca de disgusto al fijarse en el carísimo reloj que llevaba Victoria en la muñeca. De haber tenido valor, le habría dicho que lo vendiera. Con lo que le dieran, podría pagarle tres o cuatro meses a un detective.

—Seguiré intentándolo —suspiró sin embargo—. Ni siquiera he podido encontrar una foto suya —se lamentó.

—Por eso, no te preocupes —dijo Victoria—. He llamado a una amiga mía que trabaja en la columna de sociedad de The Post y me ha conseguido una —añadió señalando la diana—. Ahí lo tienes. El señor Edward Cullen en un restaurante de TriBeCa.

Bella se acercó para ver la fotografía. Aquella cara le sonaba de algo. Aunque el protagonista estaba de perfil…

—Oh —murmuró sintiendo que se le paraba el corazón—. No puede ser —exclamó girándose hacia Victoria—. Este hombre no puede ser Edward Cullen.

—¿Por qué no?

Bella tragó saliva y tomó aire antes de volver a mirar la fotografía. Era imposible que el hombre fotografiado fuera Edward Cullen porque a Edward Cullen no lo conocía de nada, pero al hombre de la fotografía sí. El hombre de la fotografía era Jack Wright.

—Sí, a mí también me ha parecido al principio que me sonaba de algo —comentó Victoria—. Debe de ser que he coincidido con él en alguna fiesta.

¡Por supuesto que su cara le sonaba familiar! ¡Lo había visto hacía unos días allí mismo, besándola a ella! Bella sintió que el corazón se le desbocaba.

¿Qué debía hacer? Lo único que quería era estar a solas en su despacho para poder pensar.

—No me vendría mal esa fotografía —le dijo a Victoria.

—Llévatela. Yo ya he terminado con ella.

—Muy bien —dijo Bella quitando las chinchetas que la mantenían sujeta sobre la diana, doblándola y llevándosela—. Estaré en mi despacho. Si me necesitas, llámame —le dijo a Victoria—. Bella Swan. B-E-L-L-A.

Bella salió del despacho de Victoria con el pulso acelerado y la respiración entrecortada. Al llegar a un rincón solitario del vestíbulo, desdobló la fotografía y se quedó mirándola. No había duda. El hombre fotografiado era Jack Wright.

Bella intentó poner orden en sus caóticos pensamientos. Si su verdadero nombre era Edward Cullen, ¿por qué le había dicho que se llamaba Jack Wright? Bella hizo memoria y recordó que ella había mencionado el nombre de Edward Cullen antes de que se presentara en la cafetería.

—Dije que era un hombre sin corazón y sin escrúpulos. Incluso creo recordar que dije que era un canalla —se recriminó—. Claro, así no me extraña que no se atreviera a decirme quién era en realidad. Tengo que hablar con Rosalie. Seguro que ella sabe qué hacer.

Cuando llegó a su despacho, encontró a su amiga observando atentamente unos pantalones colgados del marco de un cuadro.

—Tenemos que hablar —le dijo Bella.

—Mira qué pantalones —contestó Rosalie.

—Pantalones bombachos. Muy bonitos. ¡Sorpresa, negros! Qué idea tan novedosa. Tenemos que hablar.

—Sí, claro, muy bonitos, pero son para hombre. No te voy a decir a qué famoso diseñador se le ha ocurrido esta terrible idea, pero…

—¡Deja ya los pantalones! ¡Estoy en crisis!

—¿Y te crees que yo no? Victoria ha hecho un trato y se supone que tengo que vender esto en el ejemplar de junio como si fuera la cosa más normal del mundo… vaya, sí que estás un poco mal, sí —añadió mirando a su amiga—. Si te crecen esas ojeras sólo un poco más, vas a parecer el Zorro.

—Mira —dijo Bella enseñándole la fotografía llena de agujeritos.

—Una fotografía del hombre que actualmente ocupa tu vida. Muy bonita.

—Es una fotografía de Edward Cullen, el hombre que quiere comprar esta revista, el hombre de quien depende nuestro futuro.

—No digas tonterías, es tu amigo Jack.

—¡Mi amigo Jack es Edward Cullen! ¡Me he estado acostando con el enemigo!

—¿Te has acostado con Jack? —se interesó Rosalie.

—Edward —le recordó Bella—. Se llama Edward Cullen y no, no me he acostado con él —admitió—. No del todo, vamos, aunque hemos pasado un rato en la cama este fin de semana.

—¿Un rato? ¿Cuánto tiempo?

—No el suficiente como para… ya sabes… pero hubo muchas caricias y muchos jadeos —contestó Bella—. Qué mala suerte tengo. Y yo que creía que, por fin, había encontrado al señor Perfecto resulta que lo que he encontrado es al hombre más inadecuado del mundo —se lamentó—. ¿Tú crees que me ha engañado adrede? Rosalie la miró confusa.

—¿Tú crees que me ha utilizado para conseguir información sobre la revista y sobre Victoria?

Rosalie se quedó pensativa.

—Puede ser. ¿Qué harías si fuera así?

La confusión dio paso a la furia en la cabeza de Bella. Por supuesto, Jack sabía dónde trabajaba, así que, ¿por qué no la iba a utilizar sin escrúpulos? Y ella, ingenua y estúpida, se había dejado engañar encantada de la vida.

—¿Qué haría? ¿Qué haría? ¡Por supuesto, dejaría de verlo! No pienso permitir que me utilice. Esto es ilegal. Me ha mentido. Me ha seducido. ¿No lo puedo denunciar?

A pesar de que estaba furiosa, quería creer que Jack, Edward Cullen o como se llamara el hombre que le había besado, era un hombre decente. Había visto emociones en sus ojos cuando se había tumbado en la cama con ella. Era imposible que hubiera fingido. Sentía algo por ella, estaba segura. Además, nunca le había intentado sonsacar información sobre la revista ni sobre su jefa.

—¿Qué debo hacer? —le preguntó a su amiga.

Rosalie se encogió de hombros.

—Es obvio que sabe que Victoria está recabando información sobre él, pero lo que no sabe es que tú lo sabes. Utilízalo tú a él. Si consigues salvar la revista, Victoria estará en deuda contigo para la eternidad y podrías terminar siendo una de las editoras de la revista.

—No puedo hacerlo. No podría mirarlo a la cara y mentirle.

—¿Por qué no? Él te ha estado mintiendo a ti. Los hombres y las mujeres se mienten constantemente.

—No puedo —insistió Bella negando con la cabeza—. Voy a dejar de verlo. Se supone que me va a ir a buscar a casa esta noche para salir a cenar, pero no le voy a abrir la puerta —decidió tomando aire y poniéndose en pie—. Sí, eso es lo que voy a hacer. Se terminó. No nos conocemos de nada.

Sin embargo, Bella sabía que no era cierto, que lo que había compartido con Jack Wr… Edward Cullen, había sido especial y que, aunque la hubiera engañado, tenía que ser por un motivo.

¿Y si estuviera casado? Bella sintió que el corazón se le rompía.

—Haz lo que quieras, pero a mí me parece que estás dejando pasar una oportunidad maravillosa —le dijo Rosalie—. ¿Y yo qué hago con estos pantalones?

Bella salió del despacho de su amiga sin contestar, pensando en qué iba a hacer. Tenía exactamente nueve horas y media para decidir el plan a seguir con Edward, tenía que decidir si iba a ignorar que la había engañado e iba a seguir saliendo con él o si lo iba a apartar de su vida para siempre.

Ninguna de las dos alternativas le gustaba demasiado, pero no se le ocurría una tercera.

—De entre el millón y medio de hombres solteros y decentes que habíamos dicho que hay en esta ciudad, ¿por qué le tuve que tirar el café a él precisamente? —murmuró.

Bella estaba tumbada en el sofá, a oscuras, mirando el reloj del vídeo, contando los minutos que faltaban para que llegara Edward Cullen, esperando el timbre. Aunque estaba atenta al sonido, cuando éste se produjo por fin, dio un respingo y se tapó los oídos.

En otras circunstancias, habría estado emocionada con aquella cita, deseando pasar otra noche maravillosa con un hombre al que encontraba increíblemente fascinante. Sin embargo, no se había arreglado, estaba en el sofá con unos pantalones de chándal y un litro de helado.

Aunque el helado no era lo mismo que salir con un hombre guapo, de momento, iba a tener que conformarse con terminarse el litro de dulce de leche que se había comprado de vuelta a casa. De momento, ya se había tomado la mitad y había conseguido indignarse bastante.

Pero no era suficiente. Debería estar enfadada, incluso furiosa. ¡Aquel hombre la había utilizado! Por mucho que se esforzaba, no recordaba ninguna escena en la que quedara patente que lo hubiera hecho. Si aquel hombre quería obtener información interna de la empresa, desde luego, no era un buen espía.

Volvió a sonar el timbre y Bella se preguntó cuánto tiempo tardaría Edward Cullen en darse cuenta de que le había dado plantón. ¿Cuántas veces llamaría? ¿Cuántos timbrazos valía? Vaya, qué buena idea para escribir un artículo.

Cuatro timbrazos, significa que la chica le gusta, cinco timbrazos, que el chico está completamente fascinado y a punto de enamorarse. Podría hacer un estudio.

Bella se quedó en silencio, esperando el tercer timbrazo. Cuando no se produjo, sintió una terrible decepción. Debía de ser que a ella le gustaba él un poquito más de lo que ella le gustaba a él.

Bella se metió una buena cucharada de helado en la boca, mientras pensaba que, probablemente, la llamara por teléfono o algo así.

Estaba a punto de terminarse el helado cuando llamaron a la puerta. Bella se puso en pie frenética y, al ir corriendo hacia la puerta, se tropezó con la mesa. El dolor fue tan espantoso que la hizo gritar. Por supuesto, se apresuró a taparse la boca con la mano y, dando saltitos sobre un pie, fue hacia la puerta. Al darse con la mesa, se había caído el helado y había formado un charco sobre el suelo, charco que Bella tuvo la desgracia de pisar y con el que tropezó. Como consecuencia, cayó al suelo con un tremendo estruendo y entre maldiciones silenciosas.

—Bella, ¿estás ahí? —dijo Edward desde el otro lado de la puerta.

Bella se acercó, se colocó a cuatro patas, bajando la cabeza hacia el suelo e hizo lo único que podía hacer.

—Miau.

No le había salido muy bien, pero…

—¿Bella?

—Miau —repitió Bella.

Con gran alivio, oyó que Edward se alejaba por el pasillo. Entonces, se apoyó en la puerta y se frotó el trasero. Nada de aquello habría sido necesario si hubiera tomado una decisión sobre Edward Cullen.

Aunque su corazón le decía que abriera la puerta y se abalanzara sobre él, su cabeza le decía que, si jugaba bien sus cartas, podía conseguir un trabajo en el departamento editorial.

Bella cerró los ojos e intentó imaginárselo… con unos pantalones perfectamente planchados, jersey marcando pecho y cazadora de cuero.

Le había dado tanto miedo mirar por la mirilla, por temor a que Edward se diera cuenta de que lo estaba haciendo, que no se había atrevido.

La idea de que a lo mejor no volvía a verlo nunca se le hacía insoportable. Claro que también cabía la posibilidad de que Edward comprara la revista y se convirtiera en su nuevo jefe.

¡Entonces, lo vería todos los días!

Bella se puso en pie con dificultad, alargó el brazo y encendió la luz, pero, en ese momento, llamaron a la puerta y se apresuró a apagarla. A continuación, se atrevió a echar un vistazo por la mirilla.

Había dos hombres. Edward, efectivamente ataviado con un traje maravilloso, y Rocco Campinelli, vestido con unos pantalones bastante viejos y feos.

—¿Señorita Swan? ¿Está usted ahí? ¿Está bien?

—Vaya, le debo de gustar bastante si ha ido a buscar al casero —murmuró Bella.

El señor Campinelli, un robusto italiano que cocinaba de maravilla, vivía en la primera planta, desde donde coordinaba las reparaciones, recibía paquetes, dispensaba consejos y cocinaba una pasta tan maravillosa que a Bella se le hacía la boca agua siempre que entraba en el edificio.

—He oído un golpe tremendo y luego su gato se ha puesto a maullar —le explicó Edward.

—La señorita Swan no tiene gato —contestó su casero—. En este edificio, no está permitido tener animales —le explicó.

De repente, Bella oyó ruidos en la cerradura y dio un paso atrás. No iban a entrar, ¿verdad? Pues sí, parecía que sí. Bella se apresuró a ir hacia su dormitorio. Una vez allí, se tiró al suelo y se metió debajo de la cama.

Desde allí, vio que encendían las luces.

—No parece que esté en casa —comentó el señor Campinelli.

—Yo le aseguro que he oído ruidos raros —insistió Edward—. Quiero asegurarme de que todo está bien.

Bella lo observó desde su escondite y se dio cuenta de que, llevara lo que llevara, aquel hombre estaba impresionantemente guapo siempre.

En aquellos momentos, Edward se estaba fijando en el charco de helado que había entre el sofá y el dormitorio. Como para no verlo.

—La decoración de esta casa es bastante original, ¿verdad? —comentó el señor Campinelli—. Todas estas cosas de los años cincuenta eran basura hace unos años. Mire esta mesa de fórmica. Mi mujer y yo tuvimos una así cuando nos casamos.

Bella se había esmerado mucho con la decoración de su casa, había recorrido muchas tiendas de segunda mano y muchos mercadillos para encontrar los accesorios perfectos. Las paredes estaban pintadas en colores brillantes y lo cierto era que nada iba con nada, pero a ella le gustaba así pues consideraba que las reglas de la decoración de interiores eran como las reglas de la moda, que estaban hechas para saltárselas.

—A mí me parece muy… original —contestó Edward—. Nunca he visto nada así.

—Yo no sé si Bella lo tiene así porque le gusta o porque le parece divertido. Es una chica un tanto extraña. ¿Se ha fijado usted en cómo viste?

Edward chasqueó la lengua.

—A mí me gusta cómo viste.

—Bueno, me parece que no está en casa.

—¿Y este helado? —advirtió Edward recogiendo el cartón—. Está frío —añadió mirando hacia el dormitorio.

Bella cerró los ojos.

Cuando los abrió, comprobó que Edward y el señor Campinelli iban hacia la cocina, momento que ella aprovechó para buscar un escondite mejor. Arrastrándose por el suelo, fue hasta el baño, se puso en pie y se metió en el estrecho armario de la ropa limpia.

Desde allí, por la abertura de la puerta, veía su cama y rezó para que se fueran de una vez, pero no fue así.

Cuando percibió que habían encendido las luces del baño, aguantó la respiración, consciente de que la iban a descubrir de un momento a otro. Al sentir que se abría la puerta del armario, sonrió y se miró en los ojos verdes de Edward Cullen.


Edward's POV

—Esto es como para que me plantee que me estás evitando —comentó Edward sonriendo—. Anda, sal de ahí.

—¿Qué haces aquí? —murmuró Bella.

—¿Qué haces tú ahí? —contestó Edward.

—¿En el armario? Eh, bueno… estaba doblando unas toallas.

Edward se quedó mirándola. Llevaba unos pantalones de chándal y tenía el pelo sin peinar. Aunque a otras personas les pudiera haber parecido que estaba hecha un desastre, a él le parecía que estaba de lo más sexy.

—Habíamos quedado —le recordó.

Al mirarla, se dio cuenta de lo mucho que la había echado de menos en aquellas veinticuatro horas, veinticuatro horas en las que había deseado tocarla, mirarse en sus preciosos ojos azules y escuchar la musicalidad de su risa.

Edward se inclinó sobre ella para besarla, pero Bella se apartó.

—¿Era hoy? —contestó fingiendo inocencia y saliendo del baño en dirección a su dormitorio.

Edward frunció el ceño, sorprendido por su actitud. Bella parecía estar cansada y algo nerviosa.

—Sabes perfectamente que habíamos quedado esta noche —le dijo siguiéndola—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué no estás arreglada?

¿A qué estaba jugando? Cuando la había dejado en casa la noche anterior, habían quedado para salir a cenar y ya había reservado una mesa, la mejor del restaurante, en Le Cirque. Incluso había pedido suflé de chocolate de postre y, después de cenar, había pensado en dar una vuelta en coche de caballos por Central Park. Y, después del paseo, tenía previsto decirle la verdad, justo después de decirle que era la mujer más increíble que había conocido en su vida.

—¿Estás bien, Bella? —le preguntó el señor Campinelli—. ¿Conoces a este hombre?

Bella se limitó a sonreír y asintió.

—Estoy bien, señor Campinelli, muy bien. Váyase tranquilo.

El casero los miró a ambos, asintió y se fue en silencio.

—Buena pregunta —murmuró Bella pasándose las manos por el pelo—. ¿Conozco a este hombre? ¿Quién sabe? —añadió para sí misma mientras arreglaba la colcha de su cama.

—¿Estás enferma? —le preguntó Edward preocupado.

—No.

—¿Tienes trabajo? Bella dio un respingo.

—¿Por qué me preguntas por mi trabajo?

Edward frunció el ceño. Nunca había visto a Bella así. Normalmente, era una mujer alegre y encantadora. ¿Seguro que no estaba enferma? ¿Y esas ojeras?

—¿Me estás evitando?

Bella negó con la cabeza y disimuló colocando las almohadas. Llevado por la impaciencia, Edward la tomó de la mano y la sacó de su dormitorio con la intención de conducirla al salón. No quería estar cerca de su cama.

—Siéntate —le indicó.

Bella obedeció.

—No tengo tiempo…

—Si no querías salir conmigo esta noche, habérmelo dicho —le dijo Edward.

Al instante, recordó aquella vez en la que había llamado a una animadora para pedirle salir y ella no le había devuelto la llamada. Había tardado bastante tiempo en darse cuenta de que no lo iba a hacer jamás y, luego, había sido lo suficientemente estúpido como para pedirle salir en el pasillo entre dos clases.

¿Acaso Bella iba a hacerle lo mismo?

Edward se encontró recordando el fin de semana que habían pasado juntos, los momentos que habían compartido en la cama y se dijo que era imposible que hubiera confundido el deseo que había visto en sus ojos. No, era imposible, aquel deseo era verdadero, claro y urgente.

—Tenemos confianza como para ser sinceros el uno con el otro, ¿no? —insistió.

—Por supuesto —contestó Bella—. Lo que pasa es que estoy pensando en otras cosas. Ya sabes, el asunto de Edward Cullen —añadió mirándolo intensamente—. ¿Recuerdas? Estoy hablando de ese canalla sin escrúpulos que quiere arruinarme la vida.

«Lo sabe», pensó Edward.

—A lo mejor, te puedo ayudar con eso —murmuró.

A continuación, se quedó en silencio, esperando a que Bella aprovechara la oportunidad.

—Venga, pregúntame lo que quieras.

Bella suspiró y se puso en pie rápidamente.

—Lo siento, pero tengo que volver al trabajo. Tendremos que dejar la cena para otro momento.

Edward la tomó de la mano y comenzó a juguetear con sus dedos.

—No te puedes pasar el día y la noche trabajando. Tienes que descansar. Venga, vamos a ciar un paseo y nos tomamos algo por ahí —le propuso.

Bella negó con la cabeza.

—Ni siquiera me he vestido para salir…

—Te espero —le dijo Edward soltándole la mano y dando un paso atrás.

Aunque su intuición le decía que lo mejor que podía hacer era salir de su dormitorio, de su casa y de aquel edificio porque estaba sentado sobre una piscina de gasolina y Bella tenía una caja de cerillas en la mano, no podía alejarse de ella ya que era lo mejor que le había sucedido en mucho tiempo.

—Te espero —repitió.

A continuación, cerró la puerta del dormitorio y se paseó por el apartamento. Al igual que su ropa, aquella casa le pegaba mucho. Los muebles eran tan absurdos que eran casi artísticos, los colores y las formas lo suficientemente inusuales como para resultar interesantes.

Al llegar frente a un espejo, se miró y se colocó bien la corbata. A continuación, se fijó en unas estanterías en las que había cientos de muñequitos, todos muy raros. Edward alargó el brazo y tomó uno que estaba desnudo y que tenía el pelo azul eléctrico.

—Son extraños, ¿verdad?

Edward se giró y se encontró con que Bella estaba a su lado. Se había cambiado y se había puesto unos vaqueros y una chaqueta sencilla y se había recogido el pelo con un pañuelo. Cuanto más la miraba, más bella le parecía aquella mujer.

—Sí, la verdad es que son muy extraños. Son monos, pero dan un poco de miedo.

—Sí, la verdad es que a mí no te creas que me emocionan, pero, cada vez que encuentro uno, y te aseguro que los encuentro en los sitios más raros que te puedas imaginar, me veo obligada a comprarlo. Me traen suerte —le explicó encogiéndose de hombros—. Claro que no siempre funciona —añadió dejando el muñequito en la estantería y alejándose.

Edward se giró hacia ella. Era obvio que Bella no se lo iba a poner fácil. Era evidente que quería hacerle pagar muy caro el engaño.

—¿Nos vamos?

—Sí, vámonos —contestó Bella poniéndose una cazadora.

Edward la agarró de la mano y entrelazó sus dedos con los de Bella. Le hubiera encantado saber qué era lo que estaba pensando. Maldijo en silencio. ¿Por qué la habría engañado?

Debería haberle dicho que el hombre sobre el que le habían encargado investigar era el mismo sobre el que había derramado su café aquel día.

Claro que, a lo mejor, decirle que era Edward Cullen no era lo más sensato por su parte. A lo mejor, Bella no estaba enfadada por lo que él creía. Al fin y al cabo, no conocía muy bien a las mujeres.

Por lo que sabía, podía estar enfadada por muchas cosas. Para empezar, porque no la había llamado en todo el día o porque había llegado unos minutos tarde o, a lo mejor, estaba enfadada con él por no haberle hecho el amor, tal y como le había pedido. Si era cierto que Bella sospechaba la verdad, no habría querido volver a verlo. A lo mejor, tenía que darle tiempo.

—¿Qué tal va tu proyecto de trabajo? —le preguntó intentando sacar tema de conversación.

—Siempre hablamos de mí —contestó Bella a la defensiva—. ¿Por qué no hablamos de tu trabajo?

—Porque no creo que te interese —contestó Edward—. Prefiero hablar de ti. ¿Qué tal va tu proyecto?

Bella maldijo, abrió la puerta de la calle y salió. La puerta estuvo a punto de golpear a Edward, que tuvo que soltarle la mano para protegerse. Corriendo un poco, consiguió alcanzarla en el último escalón y volvió a tomarla de la mano.

—Muy bien. Creo que será mejor que lo aclaremos todo ahora mismo —le dijo.

—¿De qué me hablas? —contestó Bella mirándolo desafiante.

—¿Lo vas a decir tú o quieres que lo diga yo?

—No sé de qué me hablas —contestó Bella muy enfadada.

—Aquella noche cuando hablamos en la cafetería tenías razón. Edward Cullen es un canalla.

Bella apretó los puños y se quedó mirándolo fijamente.

—¿Y tú cómo sabes eso? —le preguntó.

—Lo sé porque te mintió. Le daba miedo que, si sabías quién era en realidad, no quisieras estar con él. Le daba miedo porque, desde la primera vez que te vio, quiso estar contigo. Por eso hizo una estupidez y te engañó. Desde el mismo momento en el que comenzó a engañarte, ha querido contarte la verdad, pero le da miedo perderte. Te aseguro que está muy, pero que muy, apesadumbrado y te pide perdón.

—¿Cómo sabes tú todo eso? —insistió Bella muy enfadada—. ¿Sois amigos? ¿Sois socios?

—Sabes perfectamente por qué lo sé —contestó Edward—. Lo que yo no sé es cómo te has enterado de quién soy.

—Dilo, quiero oírlo de tus labios.

—Edward Cullen soy yo.

Edward no tuvo tiempo de defenderse porque no se lo esperaba. Cuando Bella lo golpeó en el estómago, sintió que se quedaba sin aire. No le había dado muy fuerte, pero le había golpeado justo en la boca del estómago y lo había dejado sin respiración. Intentó hablar, pero no pudo más que emitir un terrible gemido de dolor. A continuación, se dobló por la mitad, dolorido, y esperó a que su sistema respiratorio volviera a funcionar con normalidad.

—Oh, oh, lo siento mucho —se disculpó Bella tan sorprendida como él—. No quería pegarte… ¿Estás bien? Lo siento mucho. Creía que…

—Estoy bien —la tranquilizó Edward levantando una mano.

Bella lo tomó de las solapas de la cazadora y lo obligó a mirarla a los ojos.

—Me alegro porque, como te vuelva ver, no va a ser muy… —le dijo frunciendo el ceño, buscando la palabra—. Si nos volvemos a ver, va a ser muy… —repitió maldiciendo—. ¡Bueno, ya sabes lo que va a ser!

Dicho aquello, se giró y se alejó por la acera.

Edward corrió tras ella, frotándose la tripa e intentando inhalar oxígeno.

—Bella, lo siento. Me merezco esto y mucho más. Si te sientes mejor, te dejo que me des otro puñetazo.

Bella se giró y fue hacia él. Edward dio un paso atrás.

—¡Eso es lo que debería hacer! —le gritó—. ¿Cómo has podido hacerme una cosa así?

—Ya te lo he dicho, porque…

—No me refiero a eso —lo interrumpió Bella—. Sé por qué me mentiste al principio. A lo que me refiero es a cómo pudiste… estuvimos a punto… aquella noche en mi cama. ¿Acaso te has olvidado?

—¿Cómo me iba a olvidar? No he podido parar de pensar en ello, te lo aseguro. Todavía recuerdo tu pelo y siento tu piel, siento el sabor de tu boca en la mía. Aquella noche paré porque no quería que te arrepintieras más tarde, cuando hubieras averiguado quién era yo en realidad. No quería que me odiaras.

—Pues no lo has conseguido porque te odio.

—No, no me odias.

—Sí, sí te odio.

Edward avanzó unos pasos hacia ella.

—No, no me odias y te lo puedo demostrar —insistió Edward tomándole el rostro entre las manos y besándola con pasión hasta que sintió que la resistencia de Bella desaparecía por completo.

No podía negar que el deseo entre ellos era mutuo. Por muy enfadada que estuviera, lo deseaba. Cuando terminó de besarla, la miró a los ojos, satisfecho de que el beso la hubiera afectado tanto como a él.

—Debería volver a pegarte —murmuró Bella.

—Haz lo que quieras siempre y cuando pueda volver a besarte después —contestó Edward.

—¿Y con esto qué me demuestras? ¿Que besas de maravilla? Sí, eso ya lo sabía. Besas muy bien, pero eso no significa que te vaya a perdonar. Me has engañado.

—Bella, te aseguro que el hombre que estaba en tu cama era yo. Da igual cómo me llamara, era yo de verdad. Bella sacudió la cabeza.

—¿Te crees que las cosas pueden seguir igual ahora que sé que eres Edward Cullen? Estás intentando comprar Attitudes.

—Eso no tiene nada que ver con nosotros.

—Tienes razón, no tiene nada que ver con nosotros porque no hay ningún nosotros —contestó Bella girándose y volviendo hacia su edificio.

Edward la siguió y, cuando llegó a su altura intentó tomarla de la mano, pero Bella se zafó.

—¿Qué quieres, que te vuelva a pegar? Tú sigue así, que vas a conseguir que te noquee —lo amenazó.

—Muy bien, como tú quieras, pero te advierto que no me voy a dar por vencido —dijo Edward—. Ya cenaremos en otro momento.

En aquella ocasión, fue él quien se alejó por la acera. Aunque se moría de ganas, no se giró hacia ella. Le habría encantado volver a su lado corriendo, tomarla entre sus brazos y besarla hasta que se rindiera, pero Bella estaba deseando pelearse con él y Edward no estaba dispuesto a darle gusto.

Prefería darle tiempo para que se tranquilizara.

Edward tomó aire, encantado de haberla vuelto a besar. Era maravilloso besar a aquella mujer. En poco tiempo, se había acostumbrado a sentirla entre sus brazos, a besarla. Quería estar con Bella Swan y estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para hacerle ver que ella también quería estar con él.

Ojalá no le tomara mucho tiempo darse cuenta porque sólo había una manera de describir el efecto que aquella mujer tenía sobre él: lo dejaba sin respiración.

Y no necesitaba darle un puñetazo en la boca del estómago.


Disculpas si hay algún error. Y gracias por los reviews de Velourya y . Los invito a seguir opinando de la historia, me gustaría saber que les va pareciendo.

Reviews? :)