Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Kate Hoffmann.


Capítulo 5

Bella's POV

A Bella se le había pasado por la cabeza llamar al trabajo y decir que estaba enferma pues, después de lo que había sucedido la noche anterior, no estaba segura de tener fuerzas para levantarse de la cama y, mucho menos, para ir a la oficina.

Sin embargo, tenía un montón de trabajo, tenía que revisar un artículo sobre el sexo como adelgazante y quemacalorías y tenía una reunión con los abogados de la revista para ver si podían publicar otro artículo.

Además, por supuesto, tenía que terminar la investigación sobre Edward Cullen.

No había podido pegar ojo en toda la noche preguntándose si habría hecho bien dejándolo, así que había aprovechado aquellas horas para reorganizar y catalogar su colección de muñequitos, limpiar la nevera y barrer debajo de la cama pues, mientras había estado escondida allí, había descubierto que había mucho polvo.

Sin embargo, ninguna de aquellas actividades había conseguido que pudiera apartar sus pensamientos de Edward.

Después de haberse despedido, Bella había subido a casa y había mirado por la ventana sigilosamente por si lo veía, por si Edward se lo había pensado mejor y había vuelto, pero se había encontrado la calle vacía.

Aunque aquella misma noche, la había adulado llamando dos veces al timbre de su casa y yendo a buscar al casero al creer que le sucedía algo, luego no había dudado en irse sin mirar atrás.

¿Cómo era posible que hubiera creído que era el señor Perfecto? Su experiencia le debería haber indicado que enamorarse de un hombre a los pocos días de conocerlo desembocaba siempre en el desastre.

Pero Edward era tan dulce… y tan increíblemente sexy.

Bella gimió.

Desde luego, había dejado que sus hormonas acabaran con su sentido común, algo que le sucedía siempre que estaba con Edward, como demostraba el hecho de que, mientras discutían, se había sentido tentada de abalanzarse sobre él y besarlo hasta hacer desaparecer el enfado.

Y ahora se encontraba con que tenía que convencerse a sí misma de que el señor Perfecto se había convertido en el señor Completamente Imperfecto en un abrir y cerrar de ojos.

Entonces, recordó que le había dicho que no quería volver a verlo o algo así. ¿No se habría precipitado? A Edward todo lo que había sucedido le parecía una casualidad y no le daba tanta importancia como para dejar que acabara con su relación.

Parecía que él tenía muy claro que, fuera Jack o Edward, sus sentimientos no habían cambiado y Bella se daba cuenta de que, en lo más profundo de su corazón, los suyos, tampoco.

Bella tomó aire, se puso la chaqueta y corrió hacia el trabajo. No sabía a quién ser leal porque era consciente de que, si Edward se hacía cargo de la revista, la publicación iría mejor que nunca. Sin embargo, Victoria le había procurado su primer trabajo de verdad después de haber pasado por un montón de sitios terribles y, aunque ni siquiera fuera capaz de acordarse de su nombre, todavía le debía algo de fidelidad, ¿no?

Ojalá pudiera mantenerse al margen, dejar que la batalla por Attitudes siguiera adelante sin ella y, cuando todo hubiera terminado, declarar su alianza con quien hubiera ganado.

—Buenos días, Bella —la saludó Kathy cuando entró en el edificio de la revista—. Por cierto, ha sido genial lo que has hecho con Cullen. Todo el mundo está encantado.

Bella frunció el ceño y asintió. ¿Desde cuándo a la recepcionista le interesaba su trabajo de documentación? Debía de ser que Victoria había hablado bien de ella.

—¡Hola, Bella! —la saludó Greg en el ascensor—. Qué bien te lo has montado con Edward Cullen.

—Sí, desde luego —comentó Doug—. Victoria dice que, si no llega a ser por ti, lo habríamos pasado muy mal. Es la primera vez que la veo sonreír desde que comenzó todo esto.

Bella sonrió y se bajó del ascensor en la planta en la que estaba su despacho. Estaba completamente confundida. A medida que iba avanzando hacia su oficina, la confusión fue creciendo pues todos los compañeros de trabajo con los que se encontraba le daban la enhorabuena y ella no entendía por qué.

Al llegar a su despacho, se apresuró a cerrar la puerta. Se sentía como si fuera la protagonista de uno de los episodios de «expediente X» y alguien hubiera cambiado algo importante en el mundo mientras ella dormía.

Bella suspiró.

¡Ella aquella noche no había dormido!

—¡Ya era hora! Bella dio un respingo y se llevó la mano corazón.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó a Rosalie, que estaba sentada en su silla con los pies en la mesa.

—Te estaba esperando —contestó su amiga—. ¿Qué te ha pasado en el pelo? Parece la bola de porquería que se queda en el aspirador.

Bella ignoró la broma.

—¿Qué pasa por aquí? Todo el mundo se comporta de manera muy extraña.

—Te has dado cuenta, ¿eh? —sonrió Rosalie.

Bella asintió y colgó el abrigo. A continuación, se giró hacia su amiga de nuevo y vio que Rosalie le dirigía una mirada de culpabilidad.

—¿Qué ocurre? ¿Acaso Victoria ha decidido vender?

—No —contesté Rosalie—. No creo que lo haga después de lo que le he contado.

—¿Has hablado con ella?

—Quiero que comprendas lo que he hecho —le explicó su amiga—. Verás, Victoria estaba tan hecha polvo, tan desesperada, que ayer me arrinconó en el baño y se puso a llorar y, como yo sé lo mucho que tú quieres ese trabajo de edición…

—¿Qué? ¿Qué le has dicho? —preguntó Bella.

—Le hablé de Jack… quiero decir de Edward, de Edward Cullen. Simplemente lo dejé caer en la conversación, pero ella se agarró como un perro a un hueso.

Bella suspiró y se dejó caer en una silla.

—¡Rosalie, estamos hablando de mi vida privada! ¿Qué le has contado? ¿Le has dicho que me fui a pasar el fin de semana por ahí con él y que estuvimos a punto de…?

—¿Hacerlo? No, pero sí le dije que os conocíais y que tú habías decidido intimar con él como parte de tu trabajo de investigación para la revista y que, a lo mejor, podías utilizar la influencia que tienes sobre él para convencerlo de que no compre la publicación o, al menos, convencerlo para que retrase la próxima oferta y, así, a ella le dé tiempo de hablar con su padre para que le dé más dinero.

Bella se quedó mirando a su amiga con los ojos como platos.

—No me lo puedo creer.

—También le dije que estabas muy interesada en trabajar en el departamento editorial —dijo Rosalie poniéndose en pie—. Bonita, aquí tienes la oportunidad de hacer que tus sueños se hagan realidad.

—Rosalie, ¿pero qué has hecho? Edward Cullen es un hombre sin escrúpulos que no va a dudar en comprar la revista.

Rosalie sonrió de manera picarona.

—No si tú puedes convencerlo de lo contrario y recuerda que es tu entrada en el departamento editorial.

—Lo habría sido si no le hubiera dejado ayer por la noche y, después de lo que le dije, no creo que vaya a volver. La verdad es que fui muy grosera y no me extrañaría que se fuera a vivir a las afueras de la ciudad para no volver a verme nunca.

—Pues será mejor que consigas que vuelva contigo —le advirtió Rosalie—. Pídele perdón, ponte de rodillas o arrástrate por el suelo, haz lo que tengas que hacer porque necesitas a ese hombre en tu vida.

—¿Quieres que…?

Las palabras de Bella quedaron interrumpidas cuando la puerta de su oficina se abrió bruscamente y entró Victoria Danforth.

—Bella, bonita —la saludó su jefa corriendo a su lado y besándola en ambas mejillas—. Rosalie me ha dado la maravillosa noticia. Cuando te pedí que averiguaras todo lo que pudieras sobre Edward Cullen, no esperaba que fueras tan lejos. Desde luego, eres la mejor del equipo, Bella.

—Victoria, me gustaría decirte que eh…

—No, no seas humilde. Todos te estamos muy agradecidos. Con tu ayuda, vamos a liberarnos de ese asqueroso de Edward Cullen.

Bella miró a Rosalie, que sonreía encantada a su jefa.

—Venga, Bella, nos vamos a comer —le dijo Victoria agarrándola de la mano—. Hablaremos de la estrategia a seguir mientras nos tomamos una ensalada de langosta y unos martinis. Además, Rosalie me ha comentado que tienes algunas ideas buenas para el departamento editorial. Me encantaría que me las contaras. Todavía no he encontrado a nadie para el puesto de ayudante del departamento. ¡A lo mejor eres tú!

—No es por nada, pero son las nueve de la mañana, no creo que sea buena hora para salir a comer —contestó Bella.

—¡Entonces, nos vamos de compras! —gritó Victoria—. Te gusta ir de compras, ¿verdad?

Bella asintió. Aunque la idea de salir de compras con Victoria no le hacía ninguna gracia, por lo menos, su jefa se estaba acordando de su nombre.

Aquél era un gran paso.

—¿Qué te parece si nos vamos a tomar un café? Conozco un sitio maravilloso en Lex que sirve un café italiano para morirse y, luego, nos podemos ir a Bloomies, a Saks y a Lord y Taylor. Mientras visitamos todas esas tiendas, nos iremos conociendo. Te lo vas a pasar fenomenal, ya verás. Además, he reservado para comer en L'Auberge. Te gusta la comida francesa, espero. Sí, seguro que te gusta, a todo el mundo le gusta.

Dicho aquello, salió del despacho de Bella y no se dio cuenta de que Bella no la seguía hasta que estuvo en el pasillo.

—¡Venga, Bella, vamos! —le dijo.

—Me las pagarás por esto —le advirtió Bella a Rosalie antes de correr detrás de su jefa pasillo adelante.

—Tenemos que fijar una estrategia —dijo Victoria una vez en su despacho mientras encendía un cigarrillo francés—. Necesito saber exactamente qué oferta nos va a hacer. Estoy intentando conseguir fondos para cubrir las deudas que tenemos y necesito estar segura de que lo que yo propongo es mejor que lo que él me va a ofrecer. De lo contrario, mi padre… bueno, eso a ti no te incumbe —añadió indicándole a Bella que se sentara—. Bueno, puedes empezar por esto —concluyó entregándole una bolsa de plástico.

Bella vació el contenido sobre la mesa. Cinco películas de vídeo.

—¿Y esto?

—Películas de James Bond. Tienes que estudiártelas bien. Si vas a espiar para mí, tienes que saber lo que estás haciendo. Pussy Galore y Plenty O'Toóle son expertas en el espionaje femenino.

—¿Se supone que tengo que aprender de una mujer que se llama Pussy Galore?

—Ya sólo con ese nombre, los hombres caían rendidos a sus pies —suspiró Victoria—. Utiliza tu encanto, tus armas femeBellas. Obviamente, está interesado en ti, Bella. Ponlo a mil y a ver qué pasa —la animó su jefa poniéndose el abrigo y agarrando el bolso—. Bueno, venga, que nos vamos. Nos vamos de compras. Tenemos que comprarte ropa nueva. Con eso que llevas, es imposible que seduzcas a un hombre.

Bella se puso en pie y corrió detrás de Victoria, pero su mente no estaba en ir de compras, ni en la ensalada de langosta ni en Pussy Galore sino en la próxima vez que vería a Edward Cullen.

A pesar de que le había dicho que no quería volver a verlo, las circunstancias habían cambiado. Al dejarla plantada la noche anterior en la acera, le había herido el orgullo y ahora tenía la oportunidad de vengarse de él y, de paso, asegurarse el trabajo que anhelaba hacía tiempo.

Además, con un poco de suerte, podría volver a besarlo.

El tráfico estaba imposible y Bella tardó casi una hora en volver en taxi a casa.

Menos mal que lo había pagado Victoria.

Tal y como había supuesto, el día había resultado extenuante, tanto física como mentalmente.

Victoria había insistido en comprarle un montón de ropa, toda muy seductora, e incluso había insistido para que saliera de una de las tiendas directamente ataviada con un vestido minifaldero negro de generoso escote.

Al despedirse, le había dicho que aquella noche había una fiesta y le había ordenado que se encontrara con ella allí para hacer otra sesión de estrategia.

Bella llegó a casa cargada de bolsas y de cajas y subió los escalones como pudo. Eran casi las ocho de la tarde y lo único que quería era darse un buen baño caliente y meterse en la cama.

—¿Señorita Swan?

Bella dio un respingo, asustada, y, de repente, se dio cuenta de que había una limusina aparcada al otro lado de la calle.

—Me han dicho que viniera a recogerla —le dijo un conductor uniformado haciéndose cargo de las bolsas y de las cajas.

—¿No le podría usted decir a Victoria que no estaba en casa? —suspiró.

—Me han dado instrucciones muy precisas. No debo irme sin usted —insistió el chófer.

Bella sacudió la cabeza. Su repentina amistad con Victoria Danforth estaba empezando a hacérsele demasiado pesada. Se habían pasado todo el día juntas, comprando y charlando, como si Bella hubiera pasado a ser de repente muy importante en el círculo social de su jefa, que no había dudado en comentar con ella algunas ideas para la revista mientras se tomaban algo en uno de aquellos bares de moda a los que acudía toda la élite profesional de la ciudad.

Y, como si aquello no hubiera sido suficiente, ahora resultaba que tenía que ir a una fiesta con ella.

—Está bien —cedió Bella—, pero me tiene que prometer que me esperará porque tengo intención de quedarme sólo una hora.

El conductor asintió, la dejó pasar y la acompañó hasta el vehículo. Cuando Bella se acomodó en el asiento trasero, cerró la puerta y subió también.

Bella se quitó los zapatos pues los pies la estaban matando. Aquel día, había estado tan ocupada que apenas había pensado en Edward Cullen.

—Otra vez en limusina —musitó mientras se masajeaba los pies—. A este paso, me voy a terminar acostumbrando.

Aunque en un principio había estado de acuerdo con el plan de Victoria, ponerlo en práctica era completamente diferente. A lo mejor, seducir a un hombre y conseguir que le contara todo sus secretos, no era difícil, pero Edward no era cualquier hombre. Edward la seducía a ella, la hacía estremecerse cada vez que la tocaba y la hacía perder el sentido común en cuanto le decía un par de palabras provocativas al oído.

Bella cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, intentando dejar de pensar en Edward, pero no podía dejar de ver su rostro, así que abrió los ojos y la nevera del vehículo. Allí encontró refrescos y aperitivos, exactamente lo que necesitaba para tranquilizarse un poco, así que abrió una bolsa de patatas fritas, se arrellanó en el asiento de la limusina y comenzó a comérselas mientras el tráfico se movía a su alrededor.

Cuando la limusina se paró, vio que habían aparcado en Riverside Drive. Bella se puso los zapatos, se peinó con los dedos y se dijo que tenía que hacer un esfuerzo para aguantar aquella fiesta de su jefa. Las patatas y la Coca-Cola le habían sentado bien y podría con ello.

A continuación, sonrió al conductor, que le abrió la puerta y la acompañó al ascensor y al apartamento número 703.

Cuando Bella llegó a la planta en cuestión, no oyó nada, no había música ni voces. La puerta del 703 estaba ligeramente abierta. Bella se acercó y, al abrirla, se encontró con que el apartamento estaba iluminado por velas.

—¿Hola? ¿Victoria?

Una figura salió de la oscuridad, junto a los ventanales y Bella sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¡Jack!

—Edward —le recordó él sonriendo con aire resignado.

A continuación, se acercó a ella con las manos metidas en los bolsillos. Llevaba unos vaqueros desgastados y un jersey que se apretaba contra su torso musculado.

—Menos mal que has venido.

—¿Ésta es tu casa? —le preguntó Bella.

Edward asintió.

Bella miró a su alrededor. En comparación, su casa parecía un armario bien decorado. El salón de la casa de Edward era tan grande como su apartamento entero, tenía techos altísimos y muebles maravillosos y elegantes. Los ventanales daban al río Hudson y desde allí se debían de ver unos atardeceres impresionantes. No se oía el ruido de la calle, sólo una música suave y preciosa.

Su primer impulso fue darse la vuelta y salir corriendo, pero, cuando miró a Edward a los ojos, sintió un escalofrío por toda la espalda. ¿No era aquello, al fin y al cabo, lo que estaba esperando, la oportunidad para poner en práctica su plan de espionaje?

Bella tomó aire, se quitó el abrigo y lo dejó sobre una butaca. Por supuesto, el vestido que llevaba no le pasó desapercibido a Edward, que paseó la mirada por su cuerpo como quien ve una suculenta comida después de muchos días sin llevarse nada a la boca.

—¿Para qué me has traído aquí? —le preguntó Bella.

Edward cruzó la estancia con movimientos lentos, propios de un depredador. De nuevo, Bella percibió que su instinto le decía que saliera corriendo de allí. Era consciente de que, si Edward la tocaba, estaba perdida y se dijo que tenía que recordar lo que tenía que hacer y no dejarse intimidar ni asustar por él.

—He supuesto que no querrías hablar por teléfono conmigo ni me dejarías entrar en tu casa y quería hablar contigo sin interrupciones.

—Me mentiste —le recordó Bella en actitud desafiante—. No tengo por qué escucharte.

Edward la estaba mirando con tanta intensidad, que Bella pensó que le estaría leyendo el alma y se estaría dando cuenta de que lo seguía deseando. Cuando Edward la tomó de la mano, se estremeció de pies a cabeza.

—Si te hubiera dicho desde el principio quién era, ¿habrías querido seguir viéndome? —le preguntó Edward.

—Ya no hay manera de saberlo —contestó Bella.

Para ser la nueva Mata Hari, no lo estaba haciendo muy bien. ¿Por qué demonios no era capaz de retirar la mano? No le había dado tiempo de ver las películas, así que no tenía ni idea de lo que Pussy Galore haría en una situación como aquélla.

—Me… me gustaría tomar una copa de vino —comentó señalando la botella que había sobre la mesa.

Sin quitarle los ojos de encima, Edward se acercó a la mesa y le sirvió una copa. A continuación, se sirvió otra para él y volvió a su lado.

Bella tomó aire y le dio un buen trago al vino con la esperanza de tranquilizarse. Al ver que aquello no tenía efectos inmediatos, se bebió la copa entera.

—¿Más? —le preguntó Edward.

Bella asintió.

—Tengo una pregunta.

—Y yo tengo todas las respuestas —contestó Edward.

—¿Por qué Attitudes?

Edward se encogió de hombros.

—Porque es la revista que quiero y, cuando quiero algo, hago todo lo que está en mi mano para conseguirlo —contestó Edward.

Bella pensó que no estaba hablando solamente de negocios.

—¿Y prefieres la revista a mí?

—La revista son negocios. Tú eres… placer.

Bella tragó saliva.

—¿Y eres capaz de separar las dos cosas?

—No me queda más remedio, Bella. A ti, tampoco —contestó Edward entregándole la segunda copa de vino.

Al hacerlo, sus dedos se rozaron levemente. El contacto fue breve, pero eléctrico y Bella sintió que el deseo se apoderaba de ella. La necesidad de tocarlo era tan intensa que le costó ignorarla, pero lo consiguió paseándose por el salón. Fue entonces cuando se fijó en que había pocos artículos personales de Edward por la casa, que parecía decorada por un profesional. Obviamente, Edward no se había tomado el tiempo suficiente como para elegirlos él. El único rincón que parecía realmente suyo era una mesa en la que había un ordenador rodeado de papeles y de libros. Bella se dijo que, a la menor oportunidad, tendría que examinar aquellos papeles.

«Esto de hacer de espía no es tan difícil», pensó con una sonrisa.

—¿Y qué me sugieres?

—Te sugiero que nos olvidemos del trabajo y nos concentremos en nosotros —contestó Edward.

Bella se giró hacia él, se apoyó en la mesa y cruzó las piernas. Aquel gesto hizo que la falda, ya de por sí corta, se le subiera todavía un poco más, lo que hizo que Edward carraspeara.

—¿Has cenado? —le preguntó.

Bella se puso en píe y se dedicó a pasearse de nuevo, deslizando los dedos por las estanterías.

—No, y lo cierto es que tengo un poco de hambre —contestó dándose cuenta de que Edward la miraba como si se la fuera a comer.

Tener aquel increíble poder sobre él la llenó de fuerza y de satisfacción.

—¿Quieres que salgamos a tomar algo?

—No, prefiero quedarme aquí. ¿Por qué no cocinas para mí?

—No se me da muy bien cocinar, pero podría intentarlo —contestó Edward—. Descansa un poco mientras yo inspecciono la cocina.

Bella se quedó mirándolo mientras salía del salón en dirección a la cocina y, en cuanto hubo desaparecido, dejó la copa de vino y corrió hacia su ordenador.

—¿Qué estoy buscando? —se preguntó en voz alta mientras revolvía los papeles—. Debería tener una de esas cámaras microscópicas que utilizan en las películas.

Tras cinco minutos de búsqueda, se rindió. Nada de lo que había en aquella mesa le parecía que tenía sentido. Las hojas estaban llenas de símbolos que parecían de lenguaje binario de ordenador, así que, vencida en su primera misión como espía, agarró la copa de vino de nuevo y se sentó en el sofá.

Edward había dejado la botella sobre la mesa, así que se volvió a servir, dio otro trago, se quitó los zapatos y se arrellanó. El cansancio la invadió y la hizo cerrar los ojos. De fondo, oía a Edward haciendo cosas en la cocina.

Tal vez fuera el vino, tal vez fuera saber que podía estar con él sin perder el control o, quizás, fuera el simple hecho de que estaban juntos de nuevo y de saber que le seguía importando.

Bella suspiró y se dijo que, definitivamente, aquello de hacer de espía no era complicado en absoluto.

Edward colocó el pollo en una fuente y se dijo que debería haber pedido comida china o pizza porque el pollo congelado servido en vajilla de porcelana no era una cena muy allá.

Al instante, pensó que la cena era lo de menos, que lo único que importaba era que Bella estaba allí y no había intentado pegarle. A lo mejor cambiaba de opinión cuando viera la cena.

—La cena está lista —anunció Edward volviendo al salón.

Al entrar, se dio cuenta de que Bella estaba tumbada en el sofá y se acercó sin hacer ruido, dejó la fuente en la mesa y se quedó mirándola.

Si por él hubiera sido, se podría haber quedado así toda la noche, pero tenía la necesidad de oír su voz, así que le acarició la mejilla.

—Bella, cariño, despierta.

Bella abrió los ojos y lo miró confusa, como si no supiera dónde estaba.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó sonriente y dormida.

—Estás en mi casa —le recordó Edward—. Te has quedado dormida. ¿Prefieres que te lleve a la tuya?

—Mmm… es que estoy un poco cansada… he tenido un día muy ajetreado. Déjame dormir un ratito más…

Edward se dio cuenta de que la botella de vino estaba casi vacía.

—Demasiado Merlot —comentó chasqueando la lengua.

Volvió a mirarla y le pareció que estaba de lo más dulce y vulnerable, acurrucada en su sofá y, a la vez, tan sexy…

Aquel vestido le quedaba de maravilla. Cuando se había quitado el abrigo y había visto la tela marcando sus curvas maravillosas, había recordado aquella noche en el hotel rural cuando Bella le había rogado que le hiciera el amor.

Al igual que en aquella ocasión, le entraron unas tremendas ganas de dejarse ir, de explorar la suavidad de su piel, los recovecos de su cuerpo. Edward apretó los puños y se dijo que no era el momento para estar pensando en seducirla.

Aun así, no podía negar lo que sentía por ella. Cuando pensaba en el futuro, pensaba en Bella. Ninguna otra mujer lo había cautivado así en su vida. Era la primera vez que se enamoraba de verdad. Lo sabía porque la necesidad de estar con ella era constante.

Edward tapó a Bella con una manta.

—Eres muy guapo —dijo Bella.

Edward no sabía si estaba despierta o estaba hablando en sueños, pero tuvo que hacer un gran esfuerzo para no besarla.

—Y tú eres la mujer más guapa del mundo.

—¿Soy tan guapa como Pussy Galore?

—¿Quién es ésa?

—Una espía, como yo. Victoria me ha dicho que tengo que espiarte para salvar la revista.

—¿Ah, sí? —se interesó Edward.

—Sí, voy a evitar que compres la revista y que me arruines la vida —suspiró Bella.

—Yo jamás haría eso —murmuró Edward tapándola bien.

—Victoria me ha comprado mucha ropa. ¿Te gusta el vestido? Según ella, estoy de lo más seductora. ¿Te apetece seducirme?

Por supuesto que le apetecía, pero no podía ser.

Era evidente que Bella no era consciente de lo que estaba diciendo. El vino y el cansancio se habían apoderado de ella y la habían desinhibido por completo. A pesar de que la oferta era tentadora, Edward no quería aprovecharse de la situación.

—Creo que será mejor que dejemos eso para otro momento —le dijo.

—Muy bien —contestó Bella—. Voy a dormir un poquito más —añadió cerrando los ojos. Al cabo de un rato, cuando su respiración se hubo apaciguado, Edward se inclinó sobre ella y la besó en la frente. A continuación, se acercó a su mesa mientras pensaba en que no se podía creer lo que Bella le acababa de decir.

Victoria Danforth nunca había sido santa de su devoción, pero ahora realmente no la podía soportar. ¿Cómo se atrevía a aprovecharse de la naturaleza ingenua de Bella para ponerla en una situación así? Ni siquiera se acordaba de su nombre y se atrevía a utilizarla de aquella manera.

Edward se había planteado la posibilidad de olvidarse de Attitudes, pero ahora estaba más decidido que nunca a comprar la revista para perder a aquella mujer de vista para siempre, así que descolgó el teléfono y marcó un número sin tener en cuenta la hora que era.

Cuando Jasper contestó, fue directamente al grano.

—Quiero que le hagas otra oferta a Victoria Danforth. Esta vez, asegúrate de que sea irresistible. No quiero perder más tiempo. Quiero esa revista —le dijo seguro de que su socio cumpliría sus órdenes.

Era evidente que Bella y él no podrían encarar el futuro juntos hasta que aquel asunto de la revista estuviera cerrado.

Edward volvió hacia el sofá. Tendría que irse a la cama pues al día siguiente tenía que madrugar, pero no quería separarse de Bella, así que se sentó en una butaca a su lado.

Le apetecía quedarse mirándola un rato. Si se despertara y se quisiera ir a casa, la llevaría. Si le apeteciera comer algo, se lo prepararía. Si quisiera otra cosa… bueno, ya pensaría en ello cuando llegara el momento.


Bueno, en el capitulo anterior Bella supo quien era en realidad Jack. Faltan solo 4 capitulos más! Hoy hay capitulo doble. En unas horas subo el siguiente.

Reviews? Igualmente gracias a todos los que simplemente leen el fic :)