Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Kate Hoffmann.


Capítulo 6

Bella's POV

El martilleo que sentía en la cabeza era parte de un sueño. Alguien estaba tocando la obertura 1812 en el armario de su habitación y, cada vez que los timbales se encontraban, su cabeza explotaba.

Además, había un bombero desayunando en su cocina y el señor Campinelli le estaba haciendo un vestido de novia a su esposa. ¿Y por qué había plumas por todas partes? Bella no sabía si procedían de una almohada o del enorme pato blanco que había durmiendo debajo de su cama.

Bella abrió los ojos lentamente y su sueño se disolvió al instante, pero el dolor de cabeza seguía allí, presionándole las sienes.

Bella se irguió, pero las náuseas no le permitieron levantarse del todo. Miró a su alrededor y comprendió que no estaba en su dormitorio ni en su cama y que tampoco había una orquesta en su armario.

Entonces, lo recordó todo. Estaba tumbada en el sofá de Edward Cullen, con su vestido negro de minifalda y una terrible resaca. Haciendo un gran esfuerzo, consiguió erguirse. Por la luz que entraba por las persianas, dedujo que serían las seis o las seis y media de la mañana.

Eso quería decir que, por primera vez en muchas noches, había dormido de un tirón. Por desgracia, tenía la boca seca, el pelo enmarañado y la cabeza dolorida, así que no se sentía demasiado bien. Más bien, como si le acabara de pasar por encima un autobús.

Cuando consiguió poner los pies en el suelo, se dio cuenta de que no estaba sola. A los pies del sofá, Edward había arrimado una butaca y ahí estaba, dormido, sin camisa, descalzo y con el primer botón de los vaqueros desabrochado.

Bella aguantó la respiración por miedo a despertarlo, pero estaba profundamente dormido, con el pelo revuelto y una expresión vulnerable en el rostro.

Aunque no habían compartido cama aquella noche, Bella se sentía un poco culpable. Debería haberse ido inmediatamente, en cuanto vio que no estaba en una fiesta con Victoria sino en casa de Edward Cullen. El plan aquél de espiarlo era completamente ridículo, no debería haber dejado que su jefa la convenciera para hacer algo así porque aquel hombre la tenía completamente cautivada. Bella decidió recoger sus cosas e irse antes de que se despertara y le dirigiera una de aquellas sonrisas suya tan sensuales.

—Necesito una aspirina —murmuró poniéndose en pie—. Y agua. Y pasta de dientes —añadió mirándolo.

Cuando, por fin, pudo dejar de hacerlo, fue en busca del baño. Cuando lo encontró, se miró en el espejo. Tenía ojeras todavía. Había visto a Victoria llegar así muchas veces al trabajo y no comprendía cómo podía hacer nada. Si por ella hubiera sido, se habría metido en la cama de Edward, que tenía a sus espaldas, y habría dormido todavía cuatro o cinco horas más.

Como no podía ser, se lavó la cara con agua fría y bebió a grandes tragos. A continuación, abrió un armario en busca de pasta de dientes y aspirinas. Allí encontró los objetos de aseo personal de Edward.

Al principio, le pareció una falta de educación, pero la curiosidad pudo más. Así, examinó su maquinilla de afeitar, su cepillo de pelo, se echó un poco de su colonia para recordarle todo el día y, de repente, vio que también había una caja de preservativos.

Muy interesante. Bella se preguntó si habría comprado la caja recientemente, antes del fin de semana que habían pasado juntos en Maine, o si estaría casi vacía.

Para saciar su curiosidad, agarró la caja con el propósito de abrirla, pero, al hacerlo, comprobó que la caja estaba enganchada y, al tirar, la estantería cayó al suelo con tremendo estruendo.

Bella intentó parar la avalancha de frascos, tubos, maquinillas de afeitar y desodorantes, pero no pudo y, para colmo, se cortó con el cristal.

—¡Ay! —exclamó.

—¿Qué demonios pasa aquí?

Bella se giró y se encontró con Edward mirándola con el ceño fruncido.

—Nada, estaba buscando…

—¿Preservativos? —concluyó Edward mirándole la mano.

Bella se dio cuenta de que tenía la caja de preservativos todavía en la mano y se apresuró a dejarla en el lavabo como si le quemara.

—No, aspirinas —contestó—. Me duele mucho la cabeza.

Edward se agachó y agarró un botecito de plástico del suelo. Al dárselo, comprobó que Bella estaba sangrando.

—¿Qué te ha pasado?

—Nada, me he cortado un poco. Es que el cristal… se ha roto —contestó Bella. Edward sacudió la cabeza y la sacó del baño amablemente.

—¿Pero qué te pasa a ti con los baños? —murmuró.

Bella se encogió de hombros, tan avergonzada que no podía hablar. Nunca había tenido ningún problema con los baños. Había sido al conocerlo a él cuando se había convertido en una patosa en aquella habitación en concreto de la casa.

—Anda, ven que te cure la mano —dijo Edward conduciéndola a la cocina.

Una vez allí, abrió el grifo del agua y le puso la mano debajo. Una vez lavada la herida, le inspeccionó cuidadosamente la palma y le quitó el cristal que se le había quedado metido en el corte. A continuación, la secó y le besó la muñeca.

—Ya está —murmuró.

—Siento mucho lo que ha ocurrido —se disculpó Bella.

—No pasa nada —sonrió Edward—. Esa estantería estaba suelta, tendría que haberla arreglado hace tiempo —le explicó secándose las manos también.

Al girarse, sus ojos encontraron y se quedaron mirando durante un largo momento. Bella vio deseo en los ojos de Edward, un deseo que cada vez la calentaba más. De repente, como si la barrera que los separaba hubiera caído, Edward alargó el brazo y le tomó el rostro entre las manos. A continuación, fueron sus labios los que se encontraron. Aquello no sorprendió a Bella en absoluto. Besar a Edward le parecía lo más natural del mundo aunque, siempre que la había besado, Bella se preguntaba por qué siempre le parecía como si fuera la primera vez.

Bella sintió que el corazón se le aceleraba, se apretó contra su cuerpo y le puso las palmas de las manos en el torso desnudo, sintió su piel, suave y cálida. Encontró la hilera de vello que bajaba desde el pecho hasta la tripa y, cuando le deslizó los dedos por el estómago, Edward gimió.

Bella dudó un segundo, pero el momento de duda se evaporó rápidamente ante la calidez de los besos de Edward, que la había agarrado de la cintura y la estaba sentando sobre la encimera.

Bella le pasó los brazos por el cuello y se fijó en que, aunque todavía parecía medio dormido, tenía los ojos invadidos por el deseo. Edward se colocó entre sus piernas, la agarró de las caderas y se apretó contra ella, deslizando una mano entre sus muslos sin dejar de besarla y colocándole las piernas alrededor de la cintura.

Bella sabía que más le valía parar aquello porque seguir adelante no haría sino complicar una situación ya de por sí complicada, pero se estaba tan a gusto en los brazos de Edward que no quería parar. En aquellos momentos, no le importaban en absoluto ni Victoria Danforth, ni la revista ni los planes de Edward Cullen para hacerse con ella. Lo único en lo que podía pensar era en las maravillosas sensaciones que estaba teniendo, en los labios, en la lengua y en los dedos de Edward.

El dolor de cabeza se había desvanecido milagrosamente, pero ahora se sentía mareada, como si le faltaba el aire, se sentía como si estuviera volando.

Sintió que los labios de Edward recorrían su cuello, su hombro, probando, mordisqueando, enviando deliciosas sensaciones a sus terminaciones nerviosas.

No había manera de parar aquello.

Bella sabía que estaba perdida y no le importaba.

Edward se concentró en sus pechos y Bella pensó que le debía de estar oyendo los latidos del corazón. A continuación, echó la cabeza hacia atrás. Edward la miró a los ojos. No habían cruzado una sola palabra. Edward le hablaba con sus acciones y sus caricias.

Bella se vio en sus ojos y se vio guapa, seductora y fuerte, una mujer que podía volverlo loco. La pasión mutua era innegable y Bella se dio cuenta de repente de que aquel hombre no era para una aventura de una noche.

Lo quería en su vida para siempre. Edward la tomó en brazos y la condujo a su dormitorio. Si se hubiera tratado de otro hombre, Bella habría estado nerviosa, pero en aquellos momentos lo único que estaba era excitada.

A pesar de que hacía poco tiempo que conocía a Edward, se sentía completamente a salvo entre sus brazos. Lo deseaba. Lo necesitaba y, sobre todo, lo amaba.

No tenía sentido, pero así era.

Haberle tirado el café encima había cambiado su vida para siempre.

Bella sintió el peso del cuerpo de Edward junto al suyo en la cama. Edward se tumbó sobre ella y le apartó un mechón de pelo de los ojos.

—Aquí estamos de nuevo —murmuró besándola.

—Sí, aquí estamos otra vez —dijo Bella sintiendo un escalofrío por la espalda.

—Bella, quiero que sepas que…

Bella le puso un dedo en los labios.

—Por favor, no me pidas perdón, Edward. Quiero que empecemos desde ahora, que nos olvidemos de todo lo demás.

Edward sonrió encantado.

—Di mi nombre. Dilo otra vez.

—Edward —dijo Bella.

En aquella ocasión, Edward la besó con urgencia, como para sellar el nuevo comienzo que habían establecido. A continuación, la colocó sobre él y lentamente le bajó la cremallera del vestido, que era tan pegado a la piel que Bella solamente se había podido poner unas medias.

Edward acarició su piel desnuda, haciéndola suspirar. Bella sentía en la tripa la evidencia inequívoca de la excitación de Edward, lo que la animó a deslizar una mano entre sus cuerpos y acariciarle la erección, lo que hizo que Edward inhalara con fuerza.

En aquel momento, fue como si otra barrera hubiera caído entre ellos y, como si se hubieran puesto de acuerdo, comenzaron a desnudarse a toda velocidad.

Mientras el sol entraba a raudales por las ventanas de la habitación, Bella le colocó el preservativo que había encontrado en el baño, Edward se colocó sobre ella y, sin dejar de mirarla a los ojos, se introdujo en su cuerpo.

A continuación, compartiendo aquel momento de exquisito placer, comenzó a moverse en su interior, como si siempre hubiera estado allí. Bella se entregó a la maravillosa sensación de sentirlo dentro de ella.

La realidad ya no existía, sólo aquel momento de maravillosa intimidad entre ellos. Cuando se acercó el orgasmo, gritó su nombre. Edward se unió a ella en el climax, arqueándose sobre ella, con el cuerpo tenso, esperándola.

A continuación, ambos se dejaron caer sobre la cama, jadeando encantados. Cuando recuperaron la calma, Edward la tomó entre sus brazos y se quedaron dormidos.

Pasaron la mayor parte de la mañana en la cama, haciendo el amor y durmiendo, riéndose y bromeando hasta que Bella se convenció de que el único mundo que existía era aquél que estaban creando entre los dos.

Se había olvidado por completo de la presión de Victoria, de la incertidumbre de su futuro profesional y de sus dudas sobre Edward.

Por fin, haciendo un gran esfuerzo, consiguió levantarse de la cama. Mientras se vestía para irse a trabajar, pensaba en cuándo lo volvería a ver.

—Vuelve a la cama —le dijo Edward observándola.

—No puedo —contestó Bella—. Tengo que ir a la oficina.

Era lo último que le apetecía hacer, pero quería hablar con Victoria para decirle que no quería seguir adelante con toda aquella estúpida intriga. Si a su jefa no le gustaba su decisión, dejaría el trabajo pues no estaba dispuesta a traicionar al hombre con el que hacía el amor.

—¿Me subes la cremallera, por favor? —le dijo retirándose el pelo de la espalda. Edward se acercó y comenzó a besarla por el hombro.

—¿De verdad que no te quieres quedar?

—No es que no quiera, es que no puedo —contestó Bella sinceramente.

Quería hablar con Victoria cuanto antes.

—¿Te apetece venir esta noche a cenar a casa? Así, podremos hablar tranquilamente —le propuso—. Si te portas bien, te dejaré jugar con mi colección de muñequitos.

—Me parece bien.

—¿A las siete?

—Mejor a las ocho —contestó Edward—. Tengo un cóctel en el Lincoln Center de una asociación benéfica con la que me gusta colaborar.

Bella supuso que la iba a invitar a ir con él y le pareció que debía decirle que no porque era demasiado pronto para aparecer juntos en público. Claro que, por otra parte, podría ponerse uno de aquellos maravillosos vestidos que le había comprado Victoria y decirle a Rosalie que la pintara.

—Te prometo que me tomaré solamente una copa de champán y me iré corriendo para tu casa —comentó Edward sin embargo—. Te voy a preparar algo de desayuno antes de que te vayas —añadió enroscándose una sábana a la cintura y yéndose a la cocina.

Bella tuvo que hacer un gran esfuerzo para que no se le notara el disgusto y se dijo que a Edward también debía de parecerle muy pronto para aparecer juntos en público.

A continuación, buscó sus zapatos. La habitación estaba muy revuelta. Habían hecho el amor tantas veces y con tanta pasión que no encontraba los zapatos por ninguna parte.

Mientras se paseaba por la habitación buscándolos, aprovechó para ir recogiendo lo que encontraba. Mientras doblaba los pantalones de Edward, sonrió encantada y se imaginó compartiendo dormitorio con él y con su ropa para siempre.

Bella quería creer que tenían futuro juntos, pero lo cierto era que su futuro no estaba nada claro. A pesar de que habían hecho el amor y eso les daba más posibilidades, no había nada seguro entre ellos.

Al doblar los pantalones, la cartera de Edward cayó al suelo. Bella se apresuró a recogerla. La tentación de abrirla era inmensa. No para espiar para Victoria sino porque quería saber más del hombre por el que se moría, el hombre que había satisfecho su necesidad de sexo con tanto abandono.

Tras mirar hacia la puerta y asegurarse de que estaba sola, Bella abrió la cartera y se rió. Edward debía de ser la única persona en el estado de Nueva York que estaba increíblemente guapo en su fotografía del carné de conducir.

Rápidamente, buscó más fotografías, pero no vio ninguna. Edward no llevaba fotografías de novias ni de familiares, ni siquiera de su perro. Sin embargo, Bella se fijó en un papel arrugado, lo sacó y lo leyó.

De repente, se dio cuenta de que era su letra.

¡Su letra!

"Chica de veinticinco años, atractiva, con ganas de divertirse y activa busca a un Adonis de entre veinticinco y treinta y cinco para compartir noches de sábados salvajes y tardes de domingo tranquilas."

Bella recordó que le había secado el café que le había derramado por encima y supuso que, con las prisas y la vergüenza, aparte de servilletas había utilizado el trozo de papel en el que acababa de escribir aquel anuncio.

Así que, desde el principio, Edward había sabido quién era y dónde trabajaba. Evidentemente, cuando había aparecido por allí la segunda noche lo había hecho adrede. ¡No había ido a buscarla a ella sino a la mujer que trabajaba en Attitudes!.

Aquello hizo que Bella maldijera en voz baja. Y ella sintiéndose culpable porque lo había espiado. ¿Cómo podía haber sido tan ingenua y tan estúpida? ¿Cómo podía haber confiado en él tan ciegamente?

¡Aquel hombre la había utilizado y ella había caído en la trampa!

Bella cerró la cartera y la volvió a depositar en el bolsillo del pantalón de Edward. De repente, todo estaba muy claro. Ahora entendía por qué no la había invitado a acudir con él al cóctel.

Seguramente ya habría quedado con otra mujer sofisticada y guapa.

Bella estaba intentando por todos los medios sentirse furiosa, pero, en realidad, todavía tenía la minúscula esperanza de haberse equivocado, de que Edward hubiera guardado el anuncio por otras razones… aunque la verdad era que, por mucho que lo pensaba, no se le ocurría ninguna.

Lo más probable era que un hombre de negocios como Edward Cullen, que evidentemente no quería dejar pasar la oportunidad de comprar la revista, no hubiera tenido escrúpulos a la hora de seducir a una mujer inocente como ella.

Bella se miró al espejo, se pasó los dedos por el pelo y se apresuró a ir al salón en busca de su bolso. Cuando lo encontró, se guardó el papel dentro y se puso los zapatos, que estaban al lado.

Casi había conseguido escapar cuando apareció Edward, que la arrastró hasta la cocina, donde le sirvió una taza de café y le entregó una tostada, que Bella aceptó, agradecida porque tenía el estómago vacío.

—Se me ocurre que me podrías preparar la cena —comentó intentando controlar la furia. Por supuesto quería decirle que se había enterado de todo, pero en aquellos momentos estaba tan confundida que no le pareció el momento oportuno. Además, Edward le apartó un mechón de pelo de la cara y aquel gesto hizo que Bella se tranquilizara un poco.

—Lo que ves es todo lo que sé hacer. Por supuesto, también sé descongelar comida, meterla en el microondas y hacer palomitas de maíz. A lo mejor, algún día me atrevo con los gofres y con las tortitas —añadió tomándola de la cintura—. Lo que sea con tal de que te quedes por las mañanas.

Bella sintió que se quedaba sin respiración mientras Edward la abrazaba. Aquélla era la manera perfecta de empezar el día, compartiendo una tostada en la cocina. Ya se imaginaba viviendo con él, desayunando todas las mañanas juntos después de haber compartido una noche de pasión como la que acababan de compartir.

Intentó enfadarse de nuevo, intentó convencerse de que Edward la había engañado, pero sus ojos eran tan amables y su sonrisa tan genuina que no lo consiguió.

—¿Tienes que trabajar hoy?

Edward asintió.

—Desde que nos conocimos, he dejado el trabajo de lado. Tengo que ir al despacho por lo menos un rato.

—Sí, claro, se me olvidaba que tienes que comprar revistas y arruinarles la vida a unos cuantos empleados —le espetó—. Perdona, no tendría que haber dicho eso.

—¿Esto va a ser un problema entre nosotros?

—Creo que no lo sabremos hasta que suceda —contestó Bella—. Me tengo que ir.

Edward asintió, la acompañó hasta la puerta y la besó. Bella pensó que, si no se iba inmediatamente, nunca se iría, así que sonrió y salió al pasillo.

—Hablaremos de ello esta noche mientras cenamos —le prometió Edward mientras Bella se metía en el ascensor.

—Muy bien —murmuró mientras se cerraban las puertas.

Cuando llegó al vestíbulo, pensó en decirle al portero que le llamara un taxi, pero se encontró con que el mismo conductor de la noche anterior la estaba esperando.

¡Se había olvidado de él por completo!

—¿Lleva aquí toda la noche? —le preguntó avergonzada.

—No, el señor Cullen me llamó anoche para decirme que viniera a buscarla hoy por la mañana, señorita Swan —sonrió el chófer abriéndole la puerta de la limusina.

—¿Ah, sí?

¿Tan seguro estaba de sus dotes de seducción?

—¿A qué hora lo llamó?

—Poco después de medianoche. ¿Adonde quiere que la lleve?

Bueno, así que había llamado cuando ella ya llevaba un buen rato dormida. Parecía que no había sido tan presuntuoso al fin y al cabo. Más bien, considerado.

Bella consultó el reloj y comprobó que sus compras seguían en el asiento trasero de la limusina.

—Lléveme al Soho, a la calle Green, al norte de Canal —contestó.

El conductor asintió y cerró la puerta. Cuando se pusieron en marcha, Bella subió la pantalla oscura que dividía el habitáculo del vehículo y se cambió de ropa.

Tras ponerse una falda negra y un sensual jersey negro con mucho escote, tomó una botella de agua y se puso a pensar en el anuncio que había encontrado en la cartera de Edward. ¿Qué significaba aquello? ¿La había manipulado? ¿La había utilizado sin que ella se hubiera dado cuenta o estaba sospechando de él sin razón?

Bella se dijo que debía apartar aquellos pensamientos de su cabeza y concentrarse en lo que tenía por delante. Primero, tenía que hablar con Victoria. Tenía que darle una excusa para llegar tarde al trabajo y para haberse olvidado por completo de la fiesta de la noche anterior y, por supuesto, tenía que hablarle de su misión como espía. Desde luego, contarle lo que había averiguado aquella noche, a saber, que Edward utilizaba maquinillas de afeitar de doble hoja, que le gustaba la colonia de diseñador, que era partidario del sexo seguro y que estaba increíblemente sexy sin ropa, que tenía una pequeña cicatriz del codo y el trasero más estupendo del mundo era completamente irrelevante.

Debía pensar en algo para que Victoria se olvidara un poco del asunto hasta que ella lo hubiera arreglado todo. Podría decirle que había conseguido meterse en su ordenador, pero que Edward la había pillado o que lo había escuchado hablar por teléfono. Sí, podía inventarse algo que dejara satisfecha a su jefa durante un tiempo.

¿Y de qué le serviría todo eso? Si Edward quería comprar la revista, no había nada que hacer.

Al ver que estaban llegando al edificio de la revista, Bella le indicó al conductor que la dejara una manzana antes y le pidió que llevara las bolsas y las cajas a su casa y se las dejara el señor Campinelli.

—Muy bien, señorita Swan.

Bella se bajó de la limusina y comprobó que era la una de la tarde, la hora a la que Victoria solía irse a comer. Con un poco de suerte, podría evitarla durante unas horas más, lo que le daría tiempo suficiente para poner sus pensamientos en orden.

—Desde luego, soy muy débil. Edward me miente dos veces y ni siquiera me importa. Debe de ser por el sexo. Si no fuera por el sexo, podría resistirme a él tranquilamente. Tiene que ser por el sexo.

Era la primera vez que sentía una atracción física tan fuerte por un hombre. Por supuesto, había habido otros hombres en su vida, pero era la primera vez que consideraba pasar el resto de su existencia al lado de uno.

Si pudiera saber con certeza qué se proponía Edward, si de verdad estaba interesado en ella o solamente en la revista para la que trabajaba…

—¡Bella, bonita!

Bella levantó la mirada y se encontró con Victoria.

—Siento mucho llegar tarde, pero…

—No pasa nada. Seguro que tienes buenas razones para ello. Salía a comer. Vienes conmigo, ¿verdad? Y, así luego, podremos irnos de compras. Conozco una boutique maravillosa en el Village que tiene unos bolsos vintage para morirse. A ti te encanta ese tipo de ropa, ¿no? Y, mientras compramos, seguiremos con nuestra estrategia.

Bella decidió que tenía que improvisar algo.

—He averiguado una cosa muy interesante —sonrió tímidamente—. Edward Cullen tiene una casa maravillosa en Riverside Drive.


Tarde pero seguro. Aca va el segundo capítulo del día, al menos para mi :) Que lo disfruten tanto como yo! Reviews?