Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Kate Hoffmann.


Capítulo 7

Edward's POV

—Edward, ¿quién es? ¿La conozco?

Edward tomó una copa de champán de la bandeja de un camarero, le dio un trago y volvió a la conversación que estaba manteniendo con Alice Whitlock, la mujer de su socio, con los que había quedado para asistir a aquel acto benéfico a favor de un colectivo de niños maltratados.

Aquella causa era muy importante para él, pero se le hacía ridículo que todo el mundo fuera vestido de esmoquin y de gala a aquellas cosas, como para dejar claro que tenían mucho dinero.

Por supuesto, había accedido a acudir con la condición de tomarse algo rápidamente y poderse ir a casa de Bella, que le había dicho que le iba a preparar la cena. Por supuesto, prefería estar en su compañía.

Al instante, se encontró recordando aquella mañana. Había supuesto que Bella sería una mujer apasionada, pero no había esperado que lo fuera tanto.

Lo cierto era que Edward jamás se había encontrado tan atraído por una mujer. Con sólo pensar en ella, sentía un inmenso calor por todo el cuerpo.

—Debe de ser una mujer especial si te hace sonreír así —bromeó Alice.

—¿Cómo?

—Jasper me ha hablado de ella aunque no me ha dado detalles.

—¿De quién? —dijo Edward.

—No me vengas con ésas, que no se te da bien mentir —le dijo Alice—. Jasper me ha dicho que has conocido a una chica especial que te gusta mucho y que has pasado el fin de semana con ella por ahí.

—Especial —repitió Edward.

Eso era decir poco. Bella Swan era fascinante y complicada, una mujer que tardaría toda la vida en conocer y eso le gustaba.

Edward la recordó tumbada en su cama, con la melena sobre la almohada, mirándolo con deseo y necesidad y se dijo que era la mujer perfecta para él.

Sin embargo, también recordó lo que le había dicho bajo los efectos del vino. «Victoria me ha dicho que te espíe para salvar la revista».

Aquella admisión lo molestaba y le hacía preguntarse hasta dónde sería capaz de llegar Bella para salvar su trabajo. Edward recordó el anuncio que había escrito. Si era capaz de llegar tan lejos para conseguir a un hombre, ¿hasta dónde sería capaz de llegar para salvar su trabajo?

Edward quería pensar que los motivos de Bella eran puros, pero no estaba seguro. La única manera de averiguar qué era lo que Bella sentía por él era de verdad, era seguir adelante con la compra de la revista. Si de verdad sentía algo por él, todo saldría bien entre ellos.

—Sí, es especial —admitió finalmente.

—¿Y por qué no la has invitado esta noche? Me encantaría conocerla.

—No puedo, las cosas entre nosotros están un poco complicadas.

—¿Estás enamorado de ella?

—Sí. Quizás. Probablemente. No es fácil.

—¿Lo dices por Attitudes? La leo de vez en cuando y es divertida. Hará buena pareja con NightCullen.

Edward miró la hora. Llevaba en la recepción exactamente una hora.

—Me tengo que ir —le dijo a Alice—. Dile a Jasper que dono otros veinte mil dólares para la fundación, pero que no quiero ni publicidad ni fotografías. Alice asintió y lo besó en la mejilla.

—Espero que esa chica se dé cuenta de la suerte que tiene de tenerte a su lado —le dijo limpiándole el pintalabios—. Uy, no se vaya a creer que has estado con otra —bromeó—. Tráela contigo la próxima vez, ¿de acuerdo? Me apetece conocerla.

—Está bien —contestó Edward despidiéndose.

Mientras iba hacia la puerta, se paró a saludar a varios conocidos, pero no podía dejar de pensar en el minúsculo apartamento del East Village donde lo esperaba cierta mujer con la cena preparada.

Estaba llegando a la salida cuando se encontró con una mujer con la que había salido varios años atrás. La mujer le sonrió y fue hacia él.

Lauren Mallory.

Edward la saludó con la mano y no se paró. Era gracioso que ya no le pareciera tan guapa a pesar de que admitía que seguía teniendo unas piernas de escándalo y una melena morena que hacía que la gente se diera la vuelta para mirarla.

Cuando salía con ella, estaba muy orgulloso de llevar a un bellezón tan maravilloso del brazo, habían sido como La bella y la bestia, pero en versión La bella y el obsesionado con los ordenadores.

Sin embargo, actualmente su cabeza y su corazón pertenecían a una chica menuda y castaña de ojos marrones, de piernas delgadas y cintura estrecha.

Bella no era solamente bella por fuera. Además, le encantaba su voz y su risa, el brillo de sus ojos cuando le tomaba el pelo y, por supuesto, su pasión, sus gemidos y sus suspiros y, sobre todo, la maravillosa sensación de moverse en el interior de su cuerpo.

Edward miró por última vez a su alrededor, satisfecho de ver que Jasper se movía con facilidad entre los presentes, recaudando fondos.

De repente, le pareció ver a Bella.

Sí, era ella. Su manera de andar, su color de pelo, sus piernas. Edward dio unos pasos en su dirección, preguntándose qué hacía allí, pero, al ver que desaparecía entre la gente, se paró y sacudió la cabeza.

—Debo de estar muy enamorado porque la veo por todas partes —murmuró.

A continuación, se giró de nuevo hacia la puerta y salió del Lincoln Center. La Bella de verdad lo estaba esperando en su casa y se moría por correr a su lado.

Bella's POV

Bella se atrevió a mirar por encima del hombro al llegar al baño de señoras. Una vez allí, cerró la puerta y tomó aire.

—Todo esto ha sido un error —murmuró—. ¿Por qué demonios se me ha ocurrido seguirlo?

Cuando aquella idea había acudido a su mente, después de una terrible comida con Victoria, le había producido curiosidad. Quería saber si iba a ir a la fiesta solo y por qué no la había invitado.

A medida que había ido transcurriendo la tarde, sus sospechas sobre Edward Cullen habían aumentado y, al final, se había encontrado con que necesitaba desesperadamente saber la verdad.

Se había convencido a sí misma de que, si lo veía con otra mujer, todo habría terminado. Así, podría poner fin, finalmente, a toda aquella confusión e inseguridad.

Así que se había puesto otro vestido minifaldero y apretado de los que Victoria le había comprado y había tomado un taxi hasta el Lincoln Center. No había planeado nada, pero supuso que nadie sospecharía de su presencia allí si actuaba con naturalidad.

Al llegar, lo había buscado disimuladamente entre la gente y, al verlo hablando con una espectacular rubia, todas sus sospechas se habían hecho realidad.

Los celos se habían apoderado de ella por completo pues la mujer era guapa e iba vestida de maravilla, de manera muy sofisticada y, al ver que le daba un beso en la mejilla, el corazón se le había retorcido y se había dicho que todo había terminado.

Al instante, había pensado en irse, pero entonces Edward había echado un vistazo general a la sala y sus ojos se habían encontrado, o eso le había parecido por lo menos a ella. Por supuesto, había escapado hacia el baño y allí estaba, escondida, avergonzada y enfadada por lo que había hecho y lo que había visto.

Bella se miró en el espejo que había sobre los lavabos y se dijo que ya tenía la prueba que buscaba. Además de que había encontrado su propio anuncio en su cartera, ahora lo acababa de ver con otra mujer. Evidentemente, Edward Cullen era una sabandija, un canalla sin escrúpulos y con corazón de piedra.

En aquel momento, se abrió la puerta del baño y entró otra mujer, que también se colocó ante el lavabo y se miró al espejo.

¡Era ella!

Bella tragó saliva e intentó sonreír educadamente.

—Qué calor hace —comentó la otra abanicándose con la mano.

Tenía una voz agradable y le había hablado con amabilidad, lo que hizo que Bella presintiera inmediatamente que no era la fresca repugnante de turno. Lo cierto era que parecía muy simpática y no tan sofisticada como ella había creído.

—Sí, hace mucho calor y hay mucho ruido —murmuró Bella—. Me he tenido que meter aquí para estar tranquila un rato. La verdad es que no me gustan nada este tipo de eventos. ¿No te pasa a ti lo mismo?

La mujer sonrió.

—No, a mí me gustan. El que los odia es mi marido.

—¿Tu marido?

Bella sintió que se mareaba. ¿Edward estaba casado? Bella se miró al espejo y comprobó que había palidecido por completo. También cabía la posibilidad de que no fuera él quien estuviera casado sino la mujer con la que estaba manteniendo una relación adúltera.

Todavía peor.

—Lo cierto es que tengo que tirar de él cada vez que quiero salir. Normalmente, llega muy cansado del trabajo y prefiere quedarse en casa, pero a mí me encanta arreglarme y salir por ahí porque me paso el día con los niños y necesito airearme un poco.

—¿Los niños? ¿Tenéis hijos?

¡Aquello iba de mal en peor!

La rubia asintió.

—Dos —contestó.

A continuación, metió la mano en su bolso, sacó un pintalabios y se pintó la boca quitándose el excedente de pintura con un pañuelo de papel.

—¿Y a qué se dedica tu marido? —le preguntó Bella.

—Trabaja en NightCullen, una empresa de Internet que…

—Sí, la conozco —dijo Bella cada vez más apesadumbrada.

—Jasper y Edward Cullen, que son amigos desde la universidad, fundaron la empresa cuando eran estudiantes. Sólo eran un par de locos de los ordenadores y mira adonde han llegado. Ahora se codean con la flor y nata de Nueva York —sonrió—. Por cierto, me llamo Alice Whitlock. Me parece que no nos conocemos —concluyó extendiendo la mano.

—¿Jasper? —dijo Bella.

—Sí, es mi marido —contestó Alice mirando a Bella confundida—. Yo soy Alice, Alice Whitlock.

—Claro, sí, Jasper y Alice —dijo Bella con una sonrisa bobalicona en el rostro.

Se sentía increíblemente aliviada.

—Encantada de conocerte. Yo me llamo Bella, Bella Swan.

Así que Edward no estaba con otra mujer. Había ido solo y se había encontrado con Jasper y con Alice allí. Así que eran amigos. Sí, aquella mujer parecía simpática, seguro que era fácil ser amiga suya.

—Si tu marido y Edward Cullen son muy amigos, supongo que tú también lo conocerás bien. ¿Cómo es? —le preguntó. Bella tenía la certeza de que podía fiarse de la opinión de Alice Whitlock. Si la mujer le decía que era un canalla, seguro que sería cierto.

—Es el soltero más maravilloso que queda en estos momentos en esta ciudad, pero nadie sabe mucho sobre él porque se empeña en vivir como un ermitaño y no quiere tener ningún tipo de contacto con los medios de comunicación. Claro que, en cualquier caso, no va a seguir soltero durante mucho tiempo.

—¿Ah, no? —preguntó Bella muy nerviosa.

—Ha conocido a una mujer y creo que está completamente enamorado de ella. No sé mucho de ella, sólo que se acaba de ir a cenar a su casa. Le ha faltado tiempo para salir corriendo.

Bella sintió un estremecimiento de inmensa alegría. ¡Se refería a ella!

—¿Edward se ha ido?

Alice frunció el ceño.

—Sí, hace un rato. ¿Por qué?

Bella la miró confusa.

—Bueno, quería conocerlo porque… me encanta NightCullen —improvisó—. En fin, yo también me tengo que ir. Mañana tengo que madrugar —se despidió—. Encantada de conocerte, Alice. Supongo que nos veremos en otra ocasión.

Alice abrió la boca para despedirse cortésmente, pero Bella ya había salido a toda velocidad del baño. Tras abrirse paso entre la multitud, recogió su abrigo del guardarropa y salió a la calle en busca de un taxi. Tal vez, con un poco de suerte, si el conductor era bueno, consiguiera llegar a su casa antes que Edward.

—Al East Village —le dijo al conductor—. Si me lleva muy rápido, la propina merecerá la pena.

El conductor asintió y salió quemando rueda. Bella tuvo que agarrarse al asiento mientras el taxista se saltaba semáforos en ámbar y adelantaba a otros vehículos en un abrir y cerrar de ojos.

A pesar de que iba un poco asustada, sonrió para sus adentros. Así que Edward estaba con ella porque realmente le gustaba. A lo mejor se había equivocado por completo al juzgarlo.

Alice le había dicho textualmente «ha conocido a una mujer y creo que está completamente enamorado de ella».

¿De verdad estaría Edward enamorado de ella?

Todo aquello estaba sucediendo tan rápido. ¡La gente no se enamoraba en una semana! Eso sólo sucedía en las películas y en las novelas de amor.

Sí, pero lo cierto era que entre ellos había algo especial, una pasión tan fuerte que ninguno de los dos podía negar.

Al llegar a su casa, vio que Edward estaba sentado en los escalones de la entrada y le indicó al conductor que diera la vuelta a la manzana con la idea de entrar por la puerta de atrás, subir y cambiarse de ropa. Le podía decir que la había pillado en la ducha. Después de todo, Edward había llegado unos minutos temprano.

Tras pagar al taxista el doble de lo que marcaba el taxímetro, subió las escaleras de atrás de dos en dos. Una vez en casa, se quitó los zapatos, metió el abrigo y el bolso debajo de la cama, se deshizo del vestido y de la ropa interior y lo tiró en el armario. A continuación, se puso el albornoz, corrió al baño y se mojó el pelo en el lavabo. Para terminar, se enrolló una toalla en la cabeza.

Así ataviada, se acercó al telefonillo y lo descolgó.

—Edward, ¿estás ahí?

—¿Bella? Creía que no estabas en casa.

—Estaba en la ducha cuando has llamado. Sube —le indicó abriéndole la puerta del portal.

El corazón le latía a toda velocidad por la carrera escaleras arriba, así que Bella tomó aire varias veces para intentar calmarse. Para cuando Edward apareció en su puerta casi lo había conseguido. Sin embargo, al verlo con aquel esmoquin que le quedaba tan bien, sintió que el corazón le daba un vuelco y volvía a latir aceleradamente.

—Hola —lo saludó.

—Hola —contestó Edward—. Estás muy guapa.

—Tú sí que estás guapo —dijo Bella mirándolo a los ojos—. Siento mucho… siento mucho haberte hecho esperar, pero es que estaba en…

De repente, se había quedado en blanco.

—¿En la ducha?

Bella asintió y se hizo a un lado para dejarlo entrar.

—La cena está casi lista —mintió cerrando la puerta—. Espero que te guste la lasaña —añadió, indicándole el sofá y calculando cuánto tardaría en hacerse la lasaña congelada que tenía—. Siéntate.

Edward así lo hizo.

—¿Qué tal el trabajo? ¿Te han dicho algo por llegar tarde esta mañana? Bueno, más bien, esta tarde —sonrió.

—No, Victoria tiene otras cosas en la cabeza —contestó.

A continuación, dudó. Le habría gustado decir más, pero no lo hizo. Estaba cansada de pensar en Victoria y en su precariedad en el trabajo. Lo único que importaba en aquellos momentos era que Edward estaba allí, en su casa, increíblemente guapo.

Ni siquiera quería pensar en la cena.

Edward suspiró.

—Bella, no te preocupes por lo que dijiste anoche. No importa. Sé todo lo que necesito saber. Victoria se está cargando la empresa por momentos. Su padre quiere que la venda. Los anuncios se han reducido en un quince por ciento en los últimos seis meses y le van a hacer una auditoría porque, por lo que me han dicho, lleva dos años sin pagar impuestos.

—¿Cómo sabes todo eso?

—Tengo mis espías —bromeó Edward—. Exactamente igual que ella.

Bella parpadeó.

—¿Espías? —intentó disimular.

—Mis empleados del departamento financiero tienen muchos contactos —le explicó Edward—. Probablemente, sé yo más de Victoria Danforth que tú —añadió indicándole el asiento que había a su lado en el sofá—. No quiero volver a hablar de esto. Ven, siéntate conmigo. La cena puede esperar.

Bella se sentó a su lado.

—Me gustaría que esto no estuviera sucediendo porque me confunde mucho.

Edward alargó el brazo y le retiró un mechón de pelo de la cara.

—Todo esto no tiene nada que ver con nosotros.

—¿Cómo que no? Se supone que tú eres mi enemigo, debería odiarte o, por lo menos, debería querer que fracasaras, pero no me sale. Siempre que te tengo cerca, quiero…

—¿Qué quieres? —dijo Edward tomándola entre sus brazos—. ¿Quieres pegarme, tirarme del pelo, hacerme pagar por todos mis pecados?

—No —sonrió Bella.

—¿Entonces? —insistió Edward apartándose de ella y mirándola a los ojos—. ¿Tal vez quieres besarme? —añadió besándola—. ¿Tocarme? —dijo tomando la mano de Bella y colocándosela en el pecho.

—Deberíamos hablar de esto —suspiró Bella mientras Edward la besaba por el cuello.

Edward chasqueó la lengua.

—Aunque no sea a través de las palabras, me parece que nos estamos comunicando de maravilla, ¿no?

A continuación, se tumbó sobre ella en el sofá. Bella sabía que, tarde o temprano, iban a tener que enfrentarse a sus diferencias, pero, de momento, lo único que le apetecía era entregarse a las sensaciones de sus besos y a las caricias de sus manos.

Mientras se desnudaban mutuamente, se dijo que todo daba igual, Victoria Danforth, la revista y su trabajo. Lo único que le importaba era sentir a Edward dentro de su cuerpo, como en aquellos momentos.

Mientras la pasión los uniera, ¿qué más podrían necesitar?

—Voy a dejar el trabajo —anunció Bella—. Es la única manera que se me ocurre de salir de este lío.

Dicho aquello, miró a Rosalie. Su amiga tenía los ojos cerrados, el escote del vestido bajado y la falda subida porque habían aprovechado que hacía un maravilloso día de primavera para subirse a la azotea del edificio de la revista durante la hora de la comida.

—¿Cómo? —se sorprendió Rosalie—. ¿Y cómo vas a pagar el alquiler? ¿Y de qué vas a comer? Te advierto que, si te veo pidiendo en el metro, no te voy a dar nada.

Bella se encogió de hombros.

—Volveré a mi antiguo trabajo de camarera o me dedicaré a pasear perros —contestó—. No sé lo que haré, pero lo que sí sé es que no puedo soportar esta presión. Victoria me está volviendo loca.

—No puedes irte. Si lo haces, serás pobre y, tarde o temprano, querrás venirte a vivir a mi casa y el único sitio que te puedo dar para dormir es el sofá que es italiano y de cuero y se estropea si duermes en él. Además, nadie te asegura que tengas futuro con ese hombre. ¿Y si dejas el trabajo y no te mantiene? Té vas a ver sin trabajo y sin novio, lo peor que le puede pasar a una mujer, excepto que le salgan arrugas antes de tiempo, claro.

—¿Pero no ves que es lo único que puedo hacer? —exclamó Bella—. Si me quedo, Victoria me va hacer la vida imposible hasta que todo esto se haya terminado, y quién sabe cuándo será. Además, si se entera de que no estoy espiando para ella, me echará de todas maneras. De cualquier modo, no tendré trabajo.

—¿Y por qué no dejas a Edward y te quedas con el trabajo?

Aquella posibilidad ni se le había pasado por la cabeza.

—Si lo dejo, Victoria me echará de todas maneras. El resultado sería el mismo, me vería sin trabajo.

—Entonces, haz que te deje él a ti. Victoria no podría echarte por eso. Discute con él, que se enfade mucho contigo, lo suficiente como para que no te llame en unas cuantas semanas. Luego, cuando todo se haya arreglado, le pides perdón. Si de verdad te quiere, volverá contigo. Te aseguro que las reconciliaciones son maravillosas.

«Si de verdad te quiere».

Aquellas palabras resonaron en la mente de Bella. Tal vez, su amiga tuviera razón. Tal vez, tendría que dejarle para ver lo que de verdad sentía por ella.

—No es mala idea —recapacitó—. Le voy a dar un ultimátum. Claro que siempre dice que la revista es trabajo y que yo soy… placer. Él separa las dos cosas, no como yo. De verdad, estoy harta de hacerme pasar por Pussy Galore, estoy harta de inventarme cosas que contarle a Victoria para que no sospeche que no estoy cumpliendo con mi misión.

Desde luego, como espía era un desastre. Aunque había conseguido llevarse al protagonista a la cama en varias ocasiones y el sexo entre ellos había sido mucho mejor que en Hollywood, no tenía agallas para traicionarlo.

—Dile que quieres casarte —le sugirió Rosalie—. En cuanto le dices eso a un hombre, la mayoría sale corriendo aunque tengan los pantalones en los tobillos.

Bella consideró la idea. Después de lo que le había dicho Alice Whitlock, no le pareció buena. Probablemente, Edward aceptara y, entonces, ¿qué haría?

Bella sacudió la cabeza.

¿Acaso no era eso lo que quería? Compromiso duradero. Si era eso lo que quería, ¿por qué se estaba planteando discutir con él? Desde luego, todo aquello era muy confuso.

—No creo que eso funcionara tampoco… no después de lo que ocurrió anoche —contestó.

Rosalie dio un respingo y se giró hacia ella.

—¿Qué ocurrió anoche?

—Nos dejamos llevar y…

—¡No! —exclamó su amiga incorporándose y poniéndose las gafas de sol—. Cuéntamelo todo.

—Lo hicimos tres veces, puede que cuatro. La verdad es que, entre la mañana y la noche, he perdido la cuenta. Lo cierto es que a lo mejor también perdí el conocimiento —suspiró—. Te aseguro que he tenido más sexo en las últimas veinticuatro horas que en los dos últimos años.

Decirlo en voz alta lo convertía en real aunque a ella, de alguna manera, todavía le parecía un sueño. Había sucedido en tan poco tiempo… sólo hacía una semana desde la noche en la que le había tirado el café por encima…

—¿Se lo has contado a Victoria? —le preguntó Rosalie.

—¡Por supuesto que no!

¿Y qué le iba a decir, que Edward Cullen tenía un cuerpo increíble, que sus caricias sobre la piel desnuda le hacían sentir oleadas de placer por todo el cuerpo y que hacer el amor con él era lo más increíble que le había sucedido en la vida?

No, prefería guardarse esas cosas para ella.

—Si se enterara de que has seducido a su enemigo, te haría directora del departamento editorial. Cuando te dijo que fueras por él, no creo que pensara que te ibas a acostar con él. Eso va mucho más allá de tu misión.

—Cuando me he acostado con él no estaba pensando precisamente en Victoria ni en la revista —le aseguró Bella—. En cualquier caso, no lo seduje yo a él. Me sedujo él a mí y la verdad es que me encantó.

—No te estarás enamorando de él, ¿verdad? —Bella negó con la cabeza, pero se dijo que no le servía de nada mentir. Seguramente, su amiga podría darle un buen consejo, así que asintió.

—¿Cómo es posible? Sólo lo conozco hace ocho días.

Aquello hizo reír a Rosalie.

—¿No has oído hablar nunca del amor a primera vista? Bonita, el flechazo es la mejor manera de enamorarse, te ahorra mucho tiempo y esfuerzo.

—Pero eso sólo pasa en las películas. Además, no fue amor a primera vista. Cuando lo vi por primera vez, pensé que no era mi tipo. Al tirarle el café, lo único que conseguí fue avergonzarme yo y achicharrarlo a él.

—Bueno, entonces, ¿qué quieres? ¿Quieres dejarle o casarte con él?

—No lo sé —suspiró Bella—. Lo único que quiero es encontrar una solución, sobre todo para quitarme a Victoria de encima. Estoy en medio de los dos y temo que, pase lo que pase, voy a perder el trabajo o el novio… o las dos cosas.

—Si de verdad estás enamorada de él, me parece que no hace falta que te pregunte con qué prefieres quedarte.

Bella no quería decirlo en voz alta porque no era lo más profesional del mundo. Además, se había esforzado mucho para conseguir aquel trabajo. Trabajar en la revista siempre había sido su gran sueño y admitir que estaba dispuesta a tirarlo por la borda por un hombre era demasiado.

Probablemente, sus padres la desheredarían y sus amigas le retirarían el saludo. ¡Tenía gastos a los que hacer frente y no podía soportar la idea de tener que recurrir de nuevo a trabajos precarios!

—No sé qué voy a hacer, estoy muy confundida.

—¿Y por qué no le pones celoso? —le sugirió Rosalie—. Bueno, pensándolo mejor, no he dicho nada. Los celos son un arma muy potente y una aficionada como tú no debería utilizarla.

Bella se quedó pensativa.

Poner celoso a Edward era una manera de saber a qué atenerse con él. Si se ponía celoso, se enfadaría y la dejaría sola durante un tiempo. Así, una vez que todo se hubiera arreglado y se le hubiera pasado el enfado, podrían empezar de nuevo.

Bella pensó en Dagger.

Dagger, también conocido como David Wells, era un pintor con el que había salido hacía tiempo. Bohemio y sin un centavo, como todos sus amigos, vivía de café y de cigarrillos y era un tipo alocado, dulce y de increíble talento.

—Dagger inaugura su exposición mañana —comentó—. Me mandó la invitación hace unas semanas. Podría ir…

—La última vez que lo vi, llevaba el pelo morado y sombra de ojos. Ese hombre está loco. Edward Cullen se va a llevar un buen susto —le advirtió Rosalie.

—Ya no lleva el pelo morado —contestó Bella—. Me lo encontré el mes pasado y lo lleva rubio platino y ya no lleva maquillaje, sólo lleva unos cuantos pendientes.

—Ya.

—Nunca te cayó bien, ¿eh?

A continuación, se quedaron tomando el sol en silencio.

—Sí, creo que le voy a decir a Edward que vayamos a la exposición.

Por fin, tenía un plan.

Iba a ser la prueba de fuego. Si Edward la superaba, Bella habría alcanzado dos de sus objetivos: quitarse a Victoria de encima y dilucidar lo que Edward realmente sentía por ella.

Si la quería, una pequeña disputa no sería nada.

Por supuesto, podía seguir adelante sin aquella prueba de celos, pero quería jugársela. Había llegado el momento de forzar la situación, de decidir si quería seguir con ella, de saber qué prefería Edward Cullen, si a ella o a su negocio, de averiguar si realmente la quería, como le había dicho Alice Whitlock. Bella se preguntó si arriesgarse tanto con una relación que no había hecho sino echar a andar no sería demasiado, pero necesitaba que sucediera algo, algo tenía que cambiar o se vería atrapada entre Victoria y Edward y teniendo que elegir entre uno de ellos.


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