Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Kate Hoffmann.


Capítulo 8

Edward's POV

Edward se quedó mirando a la gente que había congregada en la calle, a las puertas de la Galería Wilton de TriBeCa. A diferencia de los asistentes al acto benéfico celebrado en el Lincoln Center, los allí reunidos eran un grupo mucho más… colorido.

Cuando Bella le había propuesto que fueran a la inauguración de la exposición, le había parecido la oportunidad de conocer a sus amigos. Si de verdad quería tener futuro junto a Bella, quería conocer a toda su gente y conocer a sus amigos era importante.

—No sé si deberíamos entrar —murmuró Bella apretándole la mano—. Parece que hay mucha gente.

Edward la miró de reojo. Aquella noche estaba especialmente guapa, ataviada con un jersey de cachemir que marcaba sus curvas y unos pantalones de raso negros de talle bajo que le dejaban al descubierto el ombligo. Para rematar el conjunto, llevaba una cazadora rosa de pelo de lo más atrevida.

Él, sin embargo, había ido directamente desde el trabajo y llevaba traje, lo que había provocado que varias personas lo miraran.

—A mí me apetece entrar —declaró—. Hasta ahora, hemos hecho siempre lo que a mí me apetecía y ya va siendo hora de que hagamos algo que a ti te apetezca hacer. En eso consiste tener pareja, ¿no?

—¿Tú y yo somos pareja? —le preguntó Bella—. Quiero decir… ¿te consideras mi novio?

Edward se quedó pensativo.

—Sí, quizás. Es cierto que nos hemos saltado los preliminares, pero no importa, ¿no? —contestó cruzando la calle.

—No creo que esta gente te vaya a gustar —comentó Bella—. El arte de esta galería es demasiado vanguardista, o sea, extraño.

Edward le pasó el brazo por los hombros y la abrazó en tono divertido.

—Sé qué quiere decir vanguardista, Bella, y me gusta ese tipo de arte. ¿Quién sabe? Incluso puede que me guste y compre algo.

Aunque Bella sonrió, Edward se dio cuenta de que no estaba realmente bien. Parecía nerviosa, como a punto de saltar.

—¿Te da miedo lo que piense de tus amigos o lo que te tiene preocupada es lo que tus amigos piensen de mí?

Bella se encogió de hombros.

—No estoy preocupada.

—Si prefieres, vamos un momento a casa y me pongo los pantalones de cuero y la cazadora de motorista.

—¿Tienes unos pantalones de cuero? —se sorprendió Bella.

Edward chasqueó la lengua y la besó en la frente.

—No, pero, si a ti te parece que son importantes para nuestra relación, voy ahora mismo a comprarme un par. Venga, vamos, que quiero ver la obra de ese tal Dagger.

Bella sonrió y se relajó un poco.

—¿Estás seguro de que no prefieres que nos vayamos a casa? Podríamos tomarnos una copa de vino, ver una película y…

Por supuesto, hacer el amor con Bella le parecía mucho más interesante que ir a la inauguración de cualquier galería, pero Edward se dijo que tenían muchas noches por delante, así que la agarró del brazo y la condujo hacia la entrada.

—¿De qué conoces a Dagger? —le preguntó.

—Somos viejos amigos —contestó Bella vagamente.

Edward se quedó mirándola. ¿Viejos amigos? ¿Habrían sido novios? ¿Lo habría amado? Maldijo en silencio. Todas aquellas preguntas sin respuesta, ponían de relieve que no conocía a Bella en absoluto.

Sabía cómo era su piel desnuda y su respiración mientras dormía, pero no sabía nada de su pasado, de su familia ni de sus sueños.

Tal vez, aquella noche descubriera algo.

—Prométeme que, si te aburres, nos vamos —le dijo Bella.

—Prometido —contestó Edward sonriendo y abriéndole la puerta.

Una vez dentro, mientras Bella le entregaba las invitaciones al portero, miró a su alrededor y se quedó alucinado al ver que había un montón de gente vestida de manera tan atrevida como Bella. La música estaba a todo volumen y había humo por todas partes. Edward estaba seguro de que era el único de los allí presentes que no tenía tatuajes ni piercings.

Por alguna extraña razón, se imaginó a toda aquella gente en su boda con Bella. Aunque pensaba mucho en su futuro, era la primera vez que pensaba en su boda. Mientras miraba a su alrededor, se dijo que podía ser un día muy interesante.

—¿Lo ves? Este lugar no te va mucho —insistió Bella.

—Claro que sí, NightCullen va precisamente de esto. Aunque normalmente hablamos de conciertos y discotecas, las inauguraciones de galerías también están bien —contestó Edward colocándose detrás de ella—. ¿No te quitas la cazadora?

—No, la verdad es que tengo un poco de frío y, como no nos vamos a quedar mucho…

—Voy a buscar algo de beber —dijo Edward.

Mientras se abría paso entre la gente, Edward se preguntó por qué habría insistido tanto Bella en que fueran a la inauguración de aquella galería cuando en aquel momento parecía decidida a irse rápidamente.

¿Sería que se avergonzaba de él?

Aquello lo hizo maldecir en voz baja. A simple vista, podía parecer que no pegaban nada como pareja, pero, en realidad, a él le encantaba ir en vaqueros y con camiseta y no siempre con traje. El traje lo utilizaba única y exclusivamente para causar efecto, para resultar más creíble en los negocios.

Al mirar a su alrededor, pensó que, probablemente, tenía mucho en común con los allí reunidos de lo que parecía a primera vista. Seguro que a muchos de ellos también les habían tomado el pelo en el colegio. Probablemente, alguno se habría pasado varias horas encerrado en la taquilla, como él. No había mucha diferencia entre los empollones como él y los bichos raros como ellos, pero eso, por lo visto, Bella no lo sabía. Seguramente, ella siempre habría sido una chica popular. Bueno, tampoco lo sabía. Aunque se conocían muy bien íntimamente, en realidad no se conocían de nada.

La barra estaba situada al fondo de la galería. Una vez allí, pidió dos copas de vino blanco y volvió junto a Bella. Cuando ya la divisaba entre la gente, vio que un hombre se acercaba a ella, la tomaba entre sus brazos y la besaba en la boca. Aquello hizo que Edward frunciera el ceño y se apresurara a acercarse.

Esperaba que Bella se diera cuenta de que había llegado, pero parecía tan perdida en el beso, con los brazos en el cuello del tipo aquél, que no parecía enterarse de nada.

Como casi todos los hombres allí congregados, el tipo iba vestido por completo de negro, llevaba por lo menos tres pendientes y el pelo teñido de rubio platino. Edward esperó a que se dejaran de besar, pero, como parecía que no tenían ninguna prisa, sujetó las dos copas de vino con una mano y con la otra le tocó el hombro al señor de negro.

El hombre se apartó y lo miró con cara de malas pulgas. Lo cierto era que a Edward le hubiera encantado partirle la boca, pero pensó que no era la mejor manera de entrar con buen pie en el círculo de amistades de Bella. Jamás se había sentido tan celoso, así que tuvo que tomar aire varias veces para tranquilizarse.

—Estás besando a mi novia —le dijo.

—¿Ah, sí? —contestó el otro mirando a Bella—. ¿Estás saliendo con este tío, Bella? ¿De dónde lo has sacado? ¿De Wall Street?

Bella sonrió y sacudió la cabeza.

—Dagger, te presento a Edward Cullen. Edward, te presento a Dagger.

Dagger la soltó y Bella estuvo a punto de perder el equilibrio. Edward la agarró del codo para evitar que se cayera y le pasó una copa de vino, que Bella se tomó de un trago mientras observaba a ambos.

—Es un placer conocerte, Dagger —dijo Edward estrechándole la mano.

—¿Edward Cullen? ¿No serás el dueño de NightCullen? —le dijo enarcando una ceja.

—Sí, lo soy —contestó Edward.

El artista se llevó las manos a la cabeza con incredulidad.

—Madre mía, Bella, no me habías dicho que el esnob con el que estabas saliendo era Edward Cullen. Me encanta NightCullen. Internet es como un óleo a lo bestia. Quiero pintar el mundo de colores, quiero hacer pinceladas a escala mundial, ¿entiendes? Tenemos que hablar, hablar de verdad. Podríamos hacer algo juntos, hacer llegar mi arte a las masas.

Edward asintió sin comprender realmente a qué se refería aquel hombre, pero concediéndole el beneficio de la duda. Lo único que quería era llevarse a Bella a un rincón oscuro y besarla para borrar de sus labios todo rastro del beso que el otro tipo le acababa de dar.

—Llámame la semana que viene y hablamos —le dijo entregándole una tarjeta de visita.

Dagger se quedó mirándola con los ojos como platos.

—Genial. Edward Cullen. ¿Quién me lo iba a decir a mí? —dijo girándose y yéndose tan concentrado en la tarjeta de Edward que ni siquiera se despidió de Bella.

—Ése es Dagger —murmuró Bella mientras admiraba sus cuadros y se tomaba la copa de vino—. Le acabas de hacer feliz.

Edward chasqueó la lengua y le puso la mano en la cintura mientras se movían entre la gente.

—No, la que me parece que lo ha hecho muy feliz has sido tú. Entiendo que sois algo más que amigos.

—Lo éramos —suspiró Bella—. Puede que todavía lo sigamos siendo un poco —añadió como quien no quería la cosa.

A continuación, se paró frente a un cuadro grandísimo y se quedó mirándolo atentamente. Edward sólo tenía ojos para su rostro e intentaba dilucidar lo que estaría pensando y sintiendo.

—¿Qué te parece éste? —murmuró Bella. Edward miró el cuadro, pero no podía dejar de pensar en lo que Bella acababa de decirle. ¿Cómo era eso de que Dagger y ella a lo mejor todavía eran algo más que amigos?

—Muy bonito.

—¿Verdad que sí? Es uno de sus mejores cuadros. Lo cierto es que Dagger tiene mucho talento.

Bella parecía tan interesada por el cuadro que Edward se fijó más detalladamente en él. Se trataba de un desnudo femenino. Edward frunció el ceño. Aquella mujer le sonaba de algo.

—Eres tú —se sorprendió.

—Efectivamente —contestó Bella—. ¿Seguimos?

Edward se había quedado petrificado ante el óleo. No porque la mujer con la que estaba saliendo estuviera allí desnuda delante de todo el mundo sino porque el artista había sabido capturar su belleza perfectamente. Aquélla era la Bella de la que él se había enamorado, aquella mezcla de chica y de mujer, de vulnerabilidad y de decisión y, bajo todo ello, un toque de sorpresa.

Edward había comprado varios cuadros para las oficinas de su empresa, así que entendía un poco de arte moderno y sabía que aquel cuadro le encantaba aunque no para ponerlo en su oficina sino en su dormitorio.

—Es precioso —murmuró.

—¿Te gusta? —le pregunto Bella con escepticismo.

—¿Cuánto cuesta?

—¿No lo irás a comprar? —se asustó Bella.

Edward se encogió de hombros.

—¿Acaso no está aquí para eso?

—Pero… pero… no puedes comprarlo. Sabes que soy yo…

—Es precioso, tan bonito como tú —insistió Edward.

—¡Te prohíbo que compres este cuadro! —exclamó Bella—. Me voy —añadió dejando la copa en la bandeja de un camarero que pasaba por allí—. Tú eliges si quieres venir conmigo o si prefieres quedarte aquí, pero yo me voy. Venir ha sido un gran error —concluyó girándose y perdiéndose entre la gente.

Edward la observó mientras iba hacia la puerta y pensó que en todo aquello había algo que no encajaba. Bella lo había invitado a ir a la galería para presentarle a sus amigos, pero parecía más interesada en discutir con él. Llevaba toda la noche picajosa, aunque él no había hecho nada.

Mientras iba hacia la puerta, se encontró con Dagger, que insistió en presentarle a unos amigos. Edward escuchó su conversación durante unos instantes, pero quería irse.

—Me tengo que ir —anunció sacando la cartera y entregándole a Dagger todo el dinero que llevaba—. Quiero el cuadro grande que hay colocado en la pared del fondo. Ya sabes cuál es. Mañana me paso a recogerlo y a pagarte la diferencia.

Y, así, dejó al artista con la boca abierta mientras sus conocidos le daban la enhorabuena. Aunque tenía cosas mucho más importantes que atender, no quería que nadie le arrebatara la pintura.

Aquel cuadro era suyo. Bella era suya. Por lo visto, convencer a un óleo de tres metros por cuatro de que se fuera a casa con él era mucho más fácil que convencer a Bella Swan para que hiciera lo mismo.


Bella's POV

Bella estaba intentando parar un taxi cuando Edward salió de la galería. Lo vio salir e intentó esconderse tras el tronco de un delgado árbol, pero la vio y corrió hacia ella.

La velada había resultado un desastre total. Ella lo había llevado a la galería con la esperanza de provocar una disputa y no había dudado en besar a Dagger, en enseñarle un cuadro en el que aparecía desnuda y en dejarlo plantado y lo único que había conseguido había sido meterlo todavía más en su vida pues se había hecho amigo de su ex novio, le había parecido lo más normal del mundo verla desnuda en un cuadro y parecía que se lo estaba pasando bien en un entorno que no le pegaba en absoluto. Bella intentó parar un taxi, pero todos los que pasaban iban ocupados, así que al final no tuvo más remedio que girarse hacia Edward, que parecía tener muchas preguntas.

—¿Te importaría decirme por qué estás tan enfadada? —le preguntó con mucha calma.

A Bella le entraron ganas de agarrarlo de las solapas de la chaqueta y de zarandearlo. ¿Por qué era un hombre tan maravilloso, tan increíble romántico y tan alarmantemente obtuso?

—Porque se supone que tenías que estar celoso y no lo estás y porque querías comprar ese cuadro a pesar de que cuesta tres mil dólares y porque se supone que deberías odiar a Dagger y no hacerte íntimo amigo suyo.

Edward la miró sorprendido.

—Es tu amigo, Bella. Creía que te gustaría que me llevara bien con él.

—Si fueras un hombre de verdad, le habrías partido la boca cuando le has visto besándome, pero no eres un hombre de verdad. Eres todo un caballero y no puedo evitar enamorarme de ti.

Edward frunció el ceño.

—A ver si me entero. Estás enfadada porque yo no estoy enfadado ni celoso de Dagger.

—Es un buen hombre y muy guapo y éramos novios y me vio desnuda muchas más veces de las que tú me has visto y… —Edward sonrió, lo que hizo que Bella se indignara todavía más.

—Bella, los dos hemos estado con otras personas en el pasado, pero no importa. Además, ya no te va a volver a ver desnuda, ¿verdad?

—No.

—Y yo, sí.

—Ya veremos —contestó Bella intentando parar un taxi.

—Te voy a ver desnuda cuando me dé la gana porque he comprado el cuadro.

Bella gritó, presa de la frustración y se puso a andar acera arriba.

—Está bien, está bien, ¿te quedarías más tranquila si te dijera que sí me he puesto celoso? Cuando he visto que estabas besando a Dagger, me han entrado ganas de partirle la cara.

—No te creo. Además, ya es demasiado tarde. No vas a querer dejarme.

Edward corrió tras ella y la agarró del brazo.

—¿Pero qué dices? ¿Y por qué iba querer dejarte?

—Porque yo ya no puedo más —estalló Bella con lágrimas en los ojos—. Estoy harta de estar entre Victoria y tú, estoy harta de intentar dilucidar quién me está utilizando y por qué. ¿Sabes que me ha dicho que te espiara? Se supone que tengo que pasar informes cada vez que estoy contigo y cada vez que descubra algo sobre tu empresa y, por otra parte, tengo la impresión de que todo lo que te cuento a ti acaba en otro informe, pero para tu empresa.

—Lo sabía.

—¿Qué sabías?

—Lo de que me estabas espiando. Me lo dijiste la otra noche en sueños. Bella, no tienes por qué sentirte en medio. Nada de lo que hagas va a evitar que compre la revista. ¿Por qué no lo aceptas?

—¿Por qué? Porque mi trabajo significa mucho para mí.

Edward apretó los dientes.

—Esa mujer ni siquiera se acuerda de tu nombre, tienes un despacho minúsculo sin ventanas y seguramente te pagará la mitad de lo que debería pagarte.

—Bienvenido al mundo de verdad, Edward Cullen —dijo Bella con frialdad—. A lo mejor, tú lo has tenido todo muy fácil, pero yo, no. ¿Sabes lo que hacía hace unos años? ¡Les hacía la manicura a los perros en un salón de belleza canina! Y antes de eso trabajaba en una empresa de taxis, limpiando los coches por dentro. Y antes de eso fui mensajera en bici durante tres días, pero me caí y me hice daño. También fui camarera y, luego, un día conseguí entrar en Attitudes, una revista de tirada nacional, y comencé a soñar con que, tal vez, allí consiguiera hacerme un hueco… hasta que apareciste tú.

—¿Y qué cambia porque yo compre la revista? Cuando sea el dueño, tú seguirás haciendo tu trabajo.

—Pero no porque me lo haya ganado sino porque me acuesto contigo.

—¿Quieres que te despida?

—Quiero trabajar en el departamento editorial.

—Entonces, lo que quieres es que te ascienda.

Bella apretó los puños.

—¡No! No me entiendes. Lo que quiero es que me dejes en paz.

Edward intentó agarrarla de las manos, pero Bella no se lo permitió.

—Bella, me parece que no sabes lo que quieres.

—A lo mejor no sé lo que quiero, pero ojalá nunca te hubiera conocido, ojalá nunca te hubiera tirado aquel café por encima.

En aquel momento, paró un taxi y Bella se apresuró a abrir la puerta.

—No te vayas —le dijo Edward.

—Me quiero ir a casa —contestó Bella intentando calmarse.

Lo cierto era que se sentía completamente frustrada porque se había dado cuenta de que se había enamorado perdidamente de Edward Cullen y que no podía remediarlo. A pesar de que lo conocía hacía una semana, estaba dispuesta a dejar su destino en sus manos y a confiar en él, tanto profesional como personalmente.

¿Y qué sabía de él aparte de lo que habían compartido en la cama? Se mostraba completamente inflexible en todo lo tocante a la compra de la revista. ¿Y si se mostraba igual de inflexible en otros aspectos de su relación? Aunque su corazón le decía que lo amara, Bella no creía que fuera tan fácil.

—Por favor, me quiero ir. Deja que me vaya —le dijo metiéndose en el taxi.

Para su alivio, Edward no la siguió. Mientras el vehículo se alejaba, Bella cerró los ojos y se dijo que necesitaba un tiempo a solas para dilucidar qué quería hacer con su vida.

Al mirar hacia atrás, no lo vio y aquello la hizo pensar que, si tenía suficiente tiempo, podría olvidarse de él por completo. Sí, en unas cuantas semanas su vida habría vuelto a la normalidad, como si nunca se hubieran conocido.

Desde luego, la velada no estaba transcurriendo como a Edward le habría gustado.

Estaba sentado frente a Bella y la observaba mientras leía la carta con expresión fría y distante.

Tras la discusión a las puertas de la galería, le había dado un tiempo a solas para pensar, así que no la había llamado durante tres días y había tardado otros cuatro para convencerla de que saliera a cenar con él.

Al verla entrar en el restaurante, había tenido que hacer un gran esfuerzo para no ponerse en pie, correr hacia ella y besarla hasta dejarla sin sentido.

Había pensado en ella constantemente. No verla había sido una terrible tortura, pero había demasiadas cosas interpuestas entre ellos, demasiadas influencias externas que los separaban y que ni siquiera les permitían tener una conversación racional.

Bella dejó la carta sobre la mesa y puso las manos en el regazo. Parecía incómoda, como si prefiriera estar en cualquier otro lugar y no cenando con él en uno de los mejores restaurantes de Nueva York.

Edward había intentado entablar conversación, pero Bella se había limitado a hablar sobre la comida. Cuando llegó el camarero, hicieron la comanda y, para cuando llegó con el primer plato, Edward ya estaba harto de tanto silencio.

—¿Te ha pasado algo en el trabajo? —le preguntó—. No lo digo porque pretenda sonsacarte información sino porque estoy preocupado por ti. Pareces estresada.

Bella lo miró con incredulidad.

—No, no ha pasado nada. Victoria sigue preocupada y me ha tomado de hombro sobre el que llorar aunque ya le he dicho que me has dejado —añadió pinchando un trozo de lechuga con furia y llevándoselo a la boca—. Ah, bueno, sí ha pasado algo —añadió—. Hay una fotografía circulando por la oficina que a lo mejor te interesa.

—¿Una fotografía? —contestó Edward levantando la mirada de su ensalada—. Trabajas en una revista, así que supongo que habrá muchas fotografías en tu despacho que podrían interesarme.

—Se trata de una fotografía tuya —le explicó Bella mirándolo a los ojos—. Te la ha hecho un fotógrafo que trabajaba para Attitudes.

Bella lo estaba observando muy atentamente para ver su reacción. Edward tenía mucho cuidado de proteger su privacidad. La idea de que hubieran captado algo de su vida privada lo hizo estremecerse.

—No recuerdo que me hayan hecho ninguna fotografía —comentó.

—Ya sé que eres muy celoso con tu vida privada y que evitas a los fotógrafos y ahora entiendo por qué.

Edward tenía muy claro que lo mejor era que Bella hablara claramente cuando algo le molestaba. De lo contrario, algo nimio sin importancia se convertía en su cabeza en una gran montaña que la hacía terminar explotando, algo que él encontraba encantador y exasperante a la vez.

—¿Hay algo en esa fotografía que no te ha gustado? —le preguntó.

—No —contestó Bella dejando el tenedor en el plato—. Sin embargo, creo que a ti sí que te va a molestar. En esa fotografía se te ve besando a una mujer en el Lincoln Center la otra noche.

Edward la miró sorprendido.

—Yo no fui con ninguna mujer a… bueno, estuve con Alice Whitlock, la mujer de mi socio, que es muy amiga mía.

—Eso a Victoria le da exactamente igual. Va a utilizar esa fotografía en tu contra. Va a publicarla y le va a contar a todo el mundo que tienes una aventura con esa mujer. Va a montar un buen escándalo. Ya está preparando un artículo sobre los solteros de oro más guapos de Internet. Lo sé porque me ha encargado la investigación.

—¿Se cree que Alice y yo tenemos una aventura? Dile que no es verdad, dile que Alice es una amiga y que no hay nada entre nosotros.

—Me temo que no puedo hacerlo. Esa fotografía es trabajo y tú… bueno, ya sabes lo importante que es separar las dos cosas. Ésa es una de tus normas de oro, ¿no?

—Aunque no lo quieras admitir en estos momentos, tú y yo tenemos una relación y sabes que entre Alice y yo no hay absolutamente nada. Si yo te importara lo más mínimo, convencerías a Victoria de que no utilizara esa fotografía.

—¡Y si yo te importara lo más mínimo, no insistirías en comprar la revista!

—Eso es diferente.

—Para mí, no.

Edward dejó el tenedor en el plato y alargó el brazo para agarrarle la mano, pero Bella la quitó, lo que lo hizo suspirar frustrado.

—Bella, lo cierto es que no he tenido muchas novias en mi vida, ¿sabes? Bueno, ya viste cómo era en el colegio y en la universidad era prácticamente igual. Ya supondrás que no iba por ahí quitándome a las chicas de encima precisamente. Lo cierto es que no he tenido nunca una relación seria. He salido con algunas chicas, sí, pero ninguna me ha gustado nunca como me gustas tú. Debes entender que yo jamás haría nada para hacerte daño. Confía en mí.

Bella se quedó mirándolo, como si estuviera sopesando la posibilidad de creerlo.

—¿Confiar en ti? La única persona en la que puedo confiar es en mí misma —contestó agachándose, tomando el bolso, abriéndolo y entregándole un papel doblado.

Edward lo miró y lo reconoció inmediatamente. Era el anuncio que Bella había escrito la primera noche.

—¿De dónde has sacado eso?

—De tu cartera —contestó Bella—. Ya sabes, estaba espiándote, parte de mi trabajo. —Edward dejó el papel sobre la mesa.

—¿Y estás enfadada porque lo tuviera? Pero si fuiste tú la que me lo diste.

—Te recuerdo que la segunda noche que nos vimos dijiste que no sabías quién era. Es obvio que volviste a la cafetería para utilizarme dentro de tu plan para hacerte con Attitudes.

—Volví a la cafetería porque me habías intrigado. ¿Acaso no volviste tú por lo mismo? ¿Qué más da que supiera quién eras la primera o la segunda noche? Eso no cambia nada.

—No me fío de tus intenciones —le espetó Bella.

Aquello hizo sonreír a Edward.

—Bella, yo siempre he dejado muy claro cuáles eran mis intenciones contigo.

Bella se puso en pie y dejó la servilleta sobre la mesa. A continuación, se colgó el bolso del hombro y se fue al baño.


Edward's POV

Una vez a solas, Edward pensó en lo que debía hacer. Tenía muy claro lo que sentía por Bella Swan. Tenía muy claro que quería pasar la vida junto a ella y, si su intuición no lo engañaba, Bella también lo amaba.

Así que dejó la servilleta sobre la mesa y la siguió al baño. Tras asegurarse de que no había nadie, abrió la puerta. El baño estaba vacío. Edward se agachó y comprobó que sólo había un váter ocupado y que la persona que lo ocupaba era Bella porque reconoció sus zapatos. Acto seguido, se apresuró a cerrar la puerta con fuerza. Tras mirarse en el espejo y pasarse los dedos por el pelo, se lavó las manos y esperó. Bella salió del baño y, al verlo, se quedó de piedra. A continuación, se acercó a los lavabos y comenzó a lavarse también las manos.

—Victoria va a publicar esa fotografía y lo sabes. No sé si será en su revista o en otra, pero la va a publicar, te lo aseguro, y nada de lo que yo le diga la detendrá —le dijo.

—¿Y por qué no le cuentas la verdad?

—Tienes en tu mano terminar con todo esto. Lo único que tendrías que hacer es retirar la oferta de compra sobre la revista. Así de sencillo. Si yo te importara de verdad, te olvidarías de Attitudes.

—Y si yo te importara de verdad a ti, te darías cuenta de que da exactamente igual que compre la revista o no —contestó Edward tocando la cajita de terciopelo que llevaba en el bolsillo del pantalón.

Había comprado el anillo el día anterior, decidido a que Bella entendiera lo mucho que la quería.

—Yo creo que lo sabes perfectamente, Bella, pero tú te empeñas en decir que la revista se interpone entre nosotros. No tienes por qué ponerte de lado de nadie, Bella. Ésta no es tu guerra.

—Pero es mi trabajo —se indignó Bella yendo hacia la puerta—. Y mi vida.

—No, Bella, tu vida soy yo. Cuando te hayas dado cuenta, no permitirás que ningún trabajo se interponga entre nosotros —contestó Edward—. No estoy jugando. Te aseguro que jamás he querido hacerte daño. Es cierto que los negocios a veces se pueden complicar un poco.

—Menuda excusa —contestó Bella intentando abrir la puerta.

Por mucho que tiró no consiguió abrir.

—Me quiero ir. ¿Te importaría abrir la puerta?

—No hasta que hayamos hablado —contestó Edward.

—He terminado y me quiero ir. ¡Abre la puerta inmediatamente!

Edward se acercó y tiró del pomo, pero la puerta no se abrió, lo que le hizo sonreír satisfecho. Ahora, Bella y él estaban encerrados en el baño e iban a tener mucho tiempo para hablar. Era una bendición que la puerta se hubiera atrancado, pero Bella lo miraba con pánico.

—No, esto no puede estar sucediéndome —se quejó golpeando la puerta.

—Tú y los baños, los baños y tú —contestó Edward encogiéndose de hombros—. Debí figurarme que algo así podría suceder.

—No ha sido culpa mía —se lamentó Bella golpeando la puerta con más fuerza—. ¡Ayuda! La puerta se ha quedado atrancada. ¿Me oye alguien? Unos segundos después, le contestó una voz del otro lado.

—¿Qué ocurre?

—¿Con quién hablo? —preguntó Bella apoyando la frente en la puerta.

—Con el director de sala. ¿Qué ocurre?

—Nos hemos quedado atrapados —contestó Bella—. Este hombre ha cerrado la puerta y ahora no podemos abrir.

—¿Hay un hombre ahí dentro con usted?

—Sí, por favor, llame a los bomberos o a un cerrajero. Haga lo que tenga que hacer, pero sáquenos de aquí.

—Creo que tenemos una llave en algún lugar, señora —contestó el director de sala—. Por favor, tranquilícese, ahora mismo vuelvo.

Bella se giró, cerró los ojos y se apoyó contra la puerta. Edward tuvo que hacer un gran esfuerzo para no acercarse a ella y acariciarle la mejilla, para no pasarle el dedo por el labio inferior y acariciarle el pelo. De repente, se encontró recordando la primera vez que habían hecho el amor.

—Bella, quiero que sepas que, desde que te conocí, eres lo más importante de mi vida. Eres la única mujer con la que he querido pasar un día entero. Por favor, créeme.

Bella abrió los ojos.

—¿Y qué diferencia hay?

—Mucha —contestó Edward acercándose a ella intentando besarla.

—Quiero salir de aquí —contestó Bella apartándose.

—No te preocupes, nos van a sacar en breve. Hasta entonces, deberíamos aprovechar para hablar y arreglar las cosas entre nosotros.

Bella negó con la cabeza.

—¿Por qué no me subes a esa ventana?

—Porque está demasiado alta —contestó Edward—. Te vas a partir una pierna al saltar del otro lado.

—Tú limítate a ayudarme —le ordenó Bella—. Cuando haya salido, iré por una escalera para que tú también puedas salir.

Edward entrelazó los dedos, Bella se quitó los zapatos, puso un pie sobre sus manos y tomó impulso.

—No quiero que te hagas daño.

—Venga, súbeme.

Edward accedió porque estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que la hiciera feliz.

—Prométeme que, si ves que está demasiado alto, no saltarás.

Una vez arriba, Bella abrió la ventana y se sentó en el alféizar.

—No está alto y, además, hay una tubería por la que puedo bajar.

Unos segundos después, así lo estaba haciendo. Al llegar al suelo, llamó a Edward.

—Tírame los zapatos —le dijo.

Edward agarró los zapatos y los coló por la ventana. A continuación, esperó.

—¿Bella? ¿Estás ahí?

—Mira, Edward, he estado pensando mucho en esto y sólo tengo una cosa que decirte. Si de verdad me quieres, olvídate de la revista. Si no puedes hacerlo, no quiero volver a verte.

—No vas a ir por una escalera, ¿verdad?

Bella no contestó. Se había ido. Desde luego, aquella mujer se estaba poniendo cada vez más difícil. Si no hacía algo pronto, desaparecería de su vida para siempre y Edward no quería que eso sucediera.

Maldiciendo, se sentó en el suelo, sobre los fríos azulejos y esperó a que acudieran a sacarlo de allí.

Mientras esperaba, decidió que, cuando estuviera fuera, iba a ir a arreglar las cosas con ella. No estaba dispuesto a tener que devolver el anillo a Tiffany's.


Ante último capitulo! En un rato subo el último. Asi los dejo en suspenso por un momento. Reviews? Gracias a todos los que agregaron esta historia como favorita!