Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Kate Hoffmann.


Capítulo 9

Bella's POV

—¿Está Victoria? —preguntó Bella dirigiéndose al ascensor sin molestarse en escuchar la contestación de Kathy—. Llámala y dile que quiero verla inmediatamente —añadió mientras se metía en el ascensor y apretaba el botón.

Se había pasado toda la noche pensando en su situación y había tomado una decisión. Edward Cullen sabía cómo se sentía y había llegado el momento de que Victoria lo supiera también.

—No pienso seguir aguantando esto —murmuró Bella mientras el ascensor subía.

Cuando se abrieron las puertas, se dirigió directamente al despacho de Victoria, ignorando los ruegos de su secretaria para que no entrara. Al hacerlo, comprendió por qué no debería haberlo hecho.

—Hola, Bella, buenos días —la saludó su jefa.

Victoria estaba tumbada sobre una camilla, recibiendo un masaje, completamente desnuda.

—Hans, te presento a Bella, una de mis empleadas. Bella, te presento a Hans, mi masajista. Tiene las mejores manos de Manhattan.

—Perdón —se disculpó Bella—. Puedo volver más tarde.

—No digas tonterías —contestó Victoria incorporándose, tapándose con una toalla y bajando de la camilla—. ¿Nos vemos la próxima semana a la misma hora, Hans?

El masajista le dio a Victoria un pellizco en la mejilla y se fue. Cuando cerró la puerta, Victoria suspiró y se dejó caer en una inmensa butaca de cuero.

—Últimamente, he tenido tanta tensión… —se lamentó encendiendo un cigarrillo—. Menos mal que todo va mejor.

—¿Lo dices por el masaje?

—No, lo digo porque me ha llamado Edward Cullen esta mañana —sonrió Victoria—. Viene a las diez. Teniendo en cuenta la sorpresita que le tengo preparada, no creo que vuelva por aquí. Me parece que hemos salvado la revista de los tiburones.

—La fotografía —murmuró Bella.

—Supongo que le habrás hablado de ella —dijo Victoria dando una calada al cigarrillo—. Desde luego, yo no le he dicho nada.

—Por supuesto que se lo he dicho —contestó Bella—. Claro que tú sabías que lo haría, contabas con ello, ¿verdad? —añadió.

—Sí, por supuesto. Es un hombre irresistible, ¿verdad? Y tiene unos ojos… basta con mirarse en ellos para contarle todos tus secretos. A mí me habría pasado lo mismo. En cualquier caso, ahora tengo la sartén por el mango. Cuando se dé cuenta de que estoy dispuesta a sacar a la luz la aventura que tiene con esa mujer, se echará atrás y buscará otra revista que comprar.

—Yo no estaría tan segura —le advirtió Bella—. Cuando le dije que tenías pensado utilizar esa fotografía en su contra, no pareció muy preocupado. Sigue decidido a comprar la revista, a pesar de tus amenazas.

—La palabra amenaza suena fatal. Yo prefiero pensar que es un… golpe de suerte. Cuando juegas con chicos grandes, tienes que jugar fuerte, como ellos. Además, yo no le he amenazado en ningún momento. Has sido tú.

—Claro, yo te he hecho el trabajo sucio —recapacitó Bella entendiéndolo todo—. A ti nadie podría acusarte de chantaje.

—¿Y qué dijo? Cuéntamelo todo.

Bella sacudió la cabeza y forzó una sonrisa.

—La mujer de la fotografía es la esposa de su socio.

—Perfecto —aplaudió Victoria.

—No hay nada entre ellos —le aseguró Bella decidida a terminar con todo aquello porque ya estaba harta de jugar a los jueguecitos de Victoria—. Si publicas esa fotografía y afirmas que entre ellos hay algo, podría demandar a la revista. Yo en tu lugar, aceptaría su oferta. Sabes que tiene el dinero y el poder como para denunciarte. Yo creo que lo mejor sería…

—¿Que me rindiera? —se sorprendió Victoria.

—Yo sólo te doy mi opinión. No conoces a Edward Cullen. Consigue todo lo que quiere.

Victoria se echó hacia atrás y le dio otra calada al cigarrillo sin apartar los ojos de Bella.

—Ahora entiendo que no vas a morder la mano que te da de comer, ¿eh? —le espetó apagando el cigarrillo en un cenicero.

—¿Te crees que estoy de su lado? ¿Te crees que me ha comprado?

—No sé qué te habrá hecho, pero está claro que me has traicionado, así que estás despedida —le espetó Victoria.

Aquello tomó a Bella completamente por sorpresa.

—He hecho todo lo que me has pedido. Querías la verdad y te la he contado. No es culpa mía que no te haya gustado lo que te tenía que decir. Además, no me puedes despedir porque yo venía precisamente a decirte que me voy.

—Ya, pero yo te he despedido primero —insistió Victoria—. Recoge tus cosas. Ya te mandaremos el último sueldo por correo. Y, por supuesto, no esperes ninguna carta de recomendación. Una empleada que no demuestra absoluta lealtad hacia mí y hacia la revista no se la merece.

Bella se puso en pie y fue hacia la puerta.

—Me voy —repitió.

—¡Estás despedida! —insistió Victoria—. Venga, largo, que tengo muchas cosas que hacer. Bueno, antes de que te vayas creo que será mejor que sepas una cosa. Para Edward Cullen, lo más importante del mundo es su empresa y, aunque te hayas enamorado de él, es imposible que él se haya enamorado de ti. Un hombre como él es incapaz de amar.

—Yo no estoy enamorada de él —mintió Bella.

Victoria chasqueó la lengua.

—Bella, por favor, que se nota a la legua. Estás deseando que compre la revista porque te crees que, así, podrías mandar algo. Eres una ingenua por creer en él. No está interesado en ti. Ha salido contigo por la revista, ¿no te enteras? —le dijo abriendo la puerta de su despacho—. Esta revista es mía y va a seguir siéndolo. Tus sentimientos por ese hombre te comprometen y no quiero que sigas trabajando aquí —la despachó con un gesto despectivo de la mano—. Venga, recoge tus cosas y despídete de tus amigos.

Bella se fue a su despacho. Una vez allí, cerró la puerta y se dio cuenta que estaba al borde de las lágrimas. Lágrimas de furia. Consiguió controlarlas y se concentró en la furia.

—¿Cómo se atreve? Después de haber hecho todo lo que me ha pedido.

¿Y ella como había sido tan idiota como para hacerlo? ¿Por qué había ignorado lo que sentía por Edward Cullen? Desde que lo había conocido, había sentido por él una innegable atracción, un deseo que jamás había sentido por otro hombre, pero él no la quería lo suficiente como para olvidarse de la revista. Tendría que haberlo sabido desde el principio.

—Muy bien, me voy. A ver cómo se las apaña esta revista sin mí porque no hay nadie en la redacción que trabaje tanto como yo. ¡Nadie! —exclamó indignada mientras comenzaba a recoger sus cosas.

En pocos minutos, lo tuvo todo en una bolsa. Por supuesto, se llevaba su agenda. Había tardado nueve meses en recolectar los nombres y los números de teléfonos de expertos de muchos campos y no estaba dispuesta a dejárselos a su pobre sucesor.

Cuando terminó, miró por última vez su despacho y se dijo que lo iba a echar de menos. Desde luego, iba a echar de menos la seguridad de cobrar cada quince días.

—Bueno, siempre puedo volver a trabajar de camarera —murmuró.

Bella abrió la puerta del despacho y miró a derecha y a izquierda. Con un poco de suerte, podría llegar al ascensor sin encontrarse con nadie. Así, no tendría que dar explicaciones y su orgullo no quedaría pisoteado.

Mientras avanzaba por el pasillo, rezó para no encontrarse con nadie. Al llegar al ascensor, apretó el botón. Cuando se abrieron las puertas, se apresuró a meterse dentro. Cuando se cerraron, se apoyó en la pared y tomó aire. Se dijo que debería estar muy enfadada, pero lo cierto era que sentía un inmenso alivio. Se acabaron los jueguecitos y las preocupaciones. Aunque no tenía trabajo, tenía experiencia y entusiasmo, así que confiaba en sí misma y sabía que encontraría un buen trabajo tarde o temprano porque aquél no era el único.

—Claro que sí —murmuró.

También había más hombres en el mundo aparte de Edward Cullen. Sí, claro que había otros hombres, pero ninguno como él, ninguno al que ella amara tanto.

Las puertas del ascensor se abrieron y Bella salió. Iba tan concentrada en sus pensamientos que se chocó con una persona.

—¡Bella!

Bella levantó la mirada y tragó saliva.


Edward's POV

—Edward, ¿qué haces aquí?

—Tengo una reunión con Victoria Danforth —contestó Edward fijándose en la bolsa que llevaba—. ¿Y eso?

—Mis cosas —contestó Bella—. Victoria me acaba de despedir o, dependiendo de la versión que quieras escuchar, acabo de dimitir.

—¿Cómo? —se sorprendió Edward.

—No te preocupes —dijo Bella fingiendo una alegría que no sentía—. No estoy disgustada en absoluto. La verdad es que estoy muy aliviada. Ahora ya no estoy en medio de nadie y puedo concentrar mis energías en buscar otro trabajo en otra revista donde tenga otra jefa insoportable y donde me pasaré otro año entero soñando con trabajar en el departamento editorial y jamás lo conseguiré y por todo ello te doy las gracias.

Edward intentó tomarla de la mano, pero Bella se apartó aunque, en realidad, se moría por que la abrazara y la consolara.

—Bella, nunca fue mi intención que todo esto te perjudicara.

—Pues ya ves que así ha sido y yo no voy a ser la única. Hay muchos otros empleados que podrían perder sus trabajos, pero, claro, todo esto son negocios, ¿verdad?

—Podría arreglar la situación, quiero hacerlo.

—No te molestes, ya no me importa. Me alegro de que todo haya terminado y de poder seguir con mi vida —se despidió Bella agarrando la bolsa con fuerza y alejándose con lágrimas en los ojos.

Lo conocía hacía dos semanas. Era imposible enamorarse en catorce días. Edward Cullen jamás fue el señor Perfecto sino el señor Perfecto Para un Rato y ese rato habían sido unos cuantos días que ya habían quedado atrás.

Cuanto antes se olvidara de él, mejor.

—He decidido que no voy a comprar la revista —anunció Edward.

—¿Cómo? —se sorprendieron Victoria y Jasper.

—Que no voy a comprar la revista. Retiro la oferta.

—Edward… —dijo Jasper.

Edward lo silenció con la mirada.

La verdad era que había querido seguir hasta el final, pero, al ver a Bella en el vestíbulo del edificio, tan vulnerable y perdida, se había dado cuenta de que tendría que haber desistido de sus planes de compra hacía mucho tiempo.

¿Por qué había sido tan necio? Se había dejado llevar por su deseo de comprar la revista como parte de su estrategia de ampliación empresarial, pero había un deseo mucho más fuerte.

Quería a Bella Swan a su lado y, si para ello, tenía que renunciar a su fortuna, estaba dispuesto a hacerlo. Bella era su vida, no el trabajo, no comprar revistas. Quería estar con ella e iba a hacer todo lo que estuviera en su mano para conseguirlo.

—¿Puede retirar la oferta así como así? —le preguntó Victoria a sus abogados.

—Por supuesto que puedo —contestó Edward disponiéndose a romper los contratos—. Sin embargo, tengo una condición —añadió parándose—. Quiero que le devuelvas su trabajo a Bella Swan, que le subas el sueldo y que la asciendas al departamento editorial. Mientras siga trabajando para esta revista, jamás intentaré comprarla.

Victoria se revolvió incómoda en la butaca.

—La he despedido esta mañana. A lo mejor, no quiere volver.

—Pues ingéniatelas para que vuelva. Pídele perdón, súbele el sueldo y, por supuesto, asciéndela.

—¿Y si decide irse dentro de unos años? No me gustaría verte por aquí dentro de un par de años.

—Entonces, asegúrate de que esté contenta para que no quiera irse —contestó Edward mirando los contratos—. ¿Trato hecho?

—Trato hecho —contestó Victoria.

Edward asintió y rompió los contratos.

—No voy a decir que haya sido un placer hacer negocios contigo, pero espero que puedas solucionar los problemas financieros por los que atraviesa tu empresa. No tanto por ti sino por Bella. Espero que la llames hoy mismo.

Victoria asintió.

Satisfecho, Edward se puso en pie y salió de la sala de reuniones con Jasper pisándole los talones. Su socio no dijo nada hasta que llegaron a la calle.

—¿Qué has hecho? Llevábamos meses preparando esa compra —le dijo.

—Ya no me interesa la revista —contestó Edward.

—Te interesa más esa chica, ¿eh? —sonrió Jasper.

—Sí, me interesa mucho más —murmuró Edward.

—Estás realmente enamorado, ¿eh?

—Sí —admitió Edward.

—Pero tú nunca has mezclado el trabajo con tu vida personal.

—Eso era porque no tenía vida personal y ahora sí la tengo y no quiero destrozarla por una estúpida revista. He estado pensando que tenemos recursos más que suficientes para publicar una revista propia. Si Victoria Danforth puede hacerlo, nosotros también —contestó Edward parando un taxi.

—¿Adonde vas?

—No lo sé. Quiero estar solo para pensar tranquilamente. Tengo que dilucidar cómo voy a hacer para convencerla de que vuelva conmigo —se despidió Edward montándose en el taxi.


Bella's POV

«Sólo es una cita, sólo es una cita», se dijo Bella por enésima vez.

Aunque llevaba ya diez minutos repitiéndoselo, las palabras no la habían calmado en absoluto.

Había puesto un anuncio en la página de contactos de la semana anterior, el primero de la columna, tal y como le había aconsejado Rosalie. Al fin y al cabo, era el primer artículo que iba a escribir como nueva ayudante del departamento editorial de la revista Attitudes y quería que fuera una gran historia.

«Chica de veinticinco años, atractiva, con ganas de divertirse y activa busca a un Adonis de entre veinticinco y treinta y cinco para compartir noches de sábados salvajes y tardes de domingo tranquilas».

Tal y como su amiga había sospechado, el anuncio había tenido muchas respuestas. Rosalie y ella habían elegido de entre las trescientas cartas recibidas y se habían quedado con cinco, cinco hombres que estaban convencidos de ser su Adonis. Bella miró por la ventana y se dijo que, si no encontraba el amor, por lo menos, tenía el trabajo que siempre había querido. Llevaba mucho tiempo soñando con él, esforzándose desde el primer día en el que había comenzado a trabajar en aquella revista.

Sin embargo, ahora que lo tenía, no estaba tan segura de querer seguir adelante. La verdad era que todavía no se podía creer que su jefa se hubiera presentado en su casa el mismo día que la había despedido con un gran ramo de rosas y una de sus famosas invitaciones para comer.

Nunca había visto a Victoria suplicar, pero se había mostrado humilde y Bella había terminado aceptando volver a su trabajo. Victoria le había comentado como de pasada que Edward Cullen había retirado la oferta sobre la revista y Bella no había podido dejar de pensar en ello.

Edward había retirado la oferta de compra y a ella le habían devuelto misteriosamente su trabajo. Bella quería creer que había retirado la oferta por ella, pero, entonces ¿por qué no la había llamado?

Sólo pensar en él hacía que se le acelerara el corazón y que se le formara un nudo en la boca del estómago, pero consiguió controlar su reacción física con el sentido común.

Después de conocerlo durante dos semanas, después de haber hecho el amor con él, después de que la hubiera engañado y la hubieran despedido por su culpa, el hecho de que, a lo mejor, hubiera tenido algo que ver en la decisión de su jefa para volverla a contratar, no lo convertía automáticamente en su Príncipe Azul.

Tras tomar aire, Bella abrió la puerta de Jitterburg's y entró. Había quedado con un hombre que iba a llevar una cazadora marrón y una rosa. Aliviada, Bella comprobó que no había nadie con aquella descripción.

A continuación, se quitó el abrigo, pidió un café y se dirigió a su mesa de siempre. En cuanto se sentó, los recuerdos se apoderaron de ella. Recordó la noche en la que había conocido a Edward Cullen, el momento en el que le había tirado el café por encima y el instante en el que sus ojos se habían encontrado.

Bella se preguntó cuánto tiempo tardaría en deshacerse de aquellos recuerdos. En las últimas dos semanas, había tenido momentos en los que había creído que se iba a morir de ganas de verlo y había tenido que repetirse una y otra vez que su amor era imposible para no sucumbir a las tremendas ganas de llamarlo.

Sin embargo, en lo más recóndito de su corazón tenía la esperanza de volver a verlo algún día. A lo mejor, se encontraban por la calle o él volvía a pasar por aquella cafetería. Pasara lo que pasara, en sus sueños se miraban a los ojos y ambos sabían que estaban hechos el uno para el otro.

Como la primera vez.

En aquellos días de tortura, Bella también había pensado que, a lo mejor, Edward ya había encontrado a otra mujer.

En aquel momento, oyó que el móvil que había sobre la puerta de la entrada sonaba y, al levantar la cabeza, comprobó que se trataba de un hombre con una cazadora marrón y una rosa en la mano.

Tal y como le había advertido Rosalie, no era un Adonis en absoluto, a no ser que, para él, Adonis fuera un hombre un poco gordito, con la raya del pelo bien marcada y cara de niño.

Al verla sola, la única mujer en el local, se acercó a ella apresuradamente.

—¿Eres Bella? —le preguntó.

Bella se obligó a sonreír y asintió.

—Tú debes de ser Michael.

—Mike —contestó el desconocido entregándole a rosa—. Eres muy guapa.

—Gracias —contestó Bella indicándole que se sentara en la silla que había frente a ella—. Así que, eres artista, ¿no? —añadió buscando tema de conversación.

—Bueno, eso es más bien un hobby porque no me da dinero, pero me gusta trabajar el metal, sobre todo el cobre.

—¿Y a qué te dedicas profesionalmente?

—Soy fontanero.

Bella se atragantó con el café y se llevó la servilleta a la boca. Aquello la hizo sonreír.

—¿Fontanero? —sonrió.

—Sí, me dedico a renovar baños y estoy especializado en griferías antiguas. Si algún día tienes algún problema, no dudes en llamarme.

Bella se rió.

—Fontanero, interesante.

—Ya sé que no lo es, pero…

—No, no, lo decía en serio. Yo tengo una relación muy especial con las griferías, te lo aseguro. Tenemos eso común.

Aunque Mike parecía más relajado, no hablaba. Por lo visto, prefería quedarse mirándola con cara de bobo. Bella miró nerviosa a su alrededor y se fijó en que había entrado un hombre alto en el local ataviado con una cazadora de cuero.

Edward tenía una igual.

—Edward —murmuró.

—¿Cómo? —dijo Mike.

Bella se fijó en él y pensó que estaba más guapo de lo que lo recordaba.

—Perdona, voy a pedir un café. Ahora mismo vuelvo —le dijo a su cita.

Edward no se dio cuenta de su presencia hasta que la tuvo al lado de la barra y, entonces, no pareció sorprenderse en absoluto.

—Hola, Bella —sonrió.

Bella sintió que oír su nombre de sus labios era como una caricia.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó mirando frenéticamente hacia su mesa, donde Mike la esperaba con cara de bobalicón.

—He parado a tomarme un café. Me encantan los dobles descafeinados con moca —contestó Edward—. Claro que prefiero bebérmelos a ponérmelos en el traje.

Aquella broma hizo que Bella sonriera encandilada, pero, de repente, recordó a Mike y se dijo que, si Edward sospechaba que estaba saliendo con otro, aunque fuera por motivos de trabajo, no lo entendería y no tendría posibilidad de volver con él.

—No te puedes quedar aquí —le dijo.

—¿Por qué no?

—Porque… porque éste es mi territorio —contestó Bella.

Edward la miró confuso. A continuación, se giró con el café en la mano y paseó su mirada por el local.

—¿Ése de ahí es el señor Perfecto o sólo el señor Perfecto Para un Rato? —le preguntó al ver a Mike.

—¿Cómo lo sabes? —se sorprendió Bella.

Edward se sacó la cartera del bolsillo.

—Te recuerdo que tengo esto —le dijo sacando el anuncio de la primera noche—. Cuando lo leí por primera vez, me pregunté qué tipo de mujer podría poner un anuncio así. Luego, cuando te conocí, me pareció de lo más confuso —concluyó volviendo a doblar el papel y guardándoselo en la cartera.

—El anuncio forma parte de un artículo que estoy escribiendo. Ahora, soy ayudante del departamento editorial.

—¿Y él también forma parte de la misión?

Bella asintió.

—¿Por qué guardas el anuncio?

—De recuerdo —contestó Edward encogiéndose de hombros—. Ya sabes, para enseñárselo a nuestros nietos cuando les contemos cómo nos conocimos.

Bella sintió que el corazón le daba un vuelco y no pudo evitar sonreír. ¿Lo estaría diciendo en serio o le estaría tomando el pelo?

—Ahora no puedo seguir hablando contigo. Tengo que trabajar. Es un hombre encantador. Se llama Mike.

—¿Y a qué se dedica?

—Es fontanero —contestó Bella.

—Fontanero, ¿eh?

—Sí, muy interesante, ¿verdad? Si alguna vez vuelvo a tener problemas con un grifo, ya sé a quién llamar.

—Ya —murmuró Edward—. ¿Y sabrá qué hacer después? —añadió haciendo que Bella se estremeciera—. ¿Sabrá llevarte a la cama? ¿Sabrá besarte? ¿Sabrá hacerte el amor como yo te lo hago?

—Me lo hacías —contestó Bella—. Me lo hacías… en pasado.

—Y te lo haré —contestó Edward—. En futuro.

Bella tomó aire.

—Me tengo que ir, de verdad. Por favor, vete. No puedo hacer esto contigo aquí.

—Todavía no me he tomado el café.

Bella miró hacia la mesa y vio que Mike se ponía en pie. No parecía muy contento.

—Bella, ¿acaso crees que nuestra relación ha terminado? —le espetó Edward de repente.

—Yo… yo…

Edward le tomó el rostro entre las manos y la besó.

—Para que lo tengas claro, no ha terminado.

Bella sintió que las lágrimas se le saltaban.

—Por favor, no hables en futuro, como si fuéramos a estar juntos.

—¿Acaso no va a ser así? Te lo digo porque yo quiero estar contigo, Bella, y espero que tú también quieras estar conmigo.

—Pero si apenas nos conocemos, Edward.

—¿Y qué? ¿Acaso no crees en el amor a primera vista?

—Sí, pero…

—¿Y no podría sucederte a ti?

—Eh… no sé… —En aquel momento, Mike se acercó a ellos y le dio un toquecito en el hombro a Edward.

—¿Es Mike? —le preguntó Edward a Bella.

Bella asintió.

—¿Tiene cara de irme a dar un puñetazo?

—No creo.

Edward se giró hacia Mike con una gran sonrisa.

—Hola, ya sé que te parecerá raro porque Bella es tu cita esta noche, pero me gustaría decirle unas cuantas cosas.

—Muy bien —contestó Mike sentándose en un taburete cercano.

—Mira, le quiero pedir que se case conmigo y no sé si va a aceptar contigo ahí sentado —le dijo Edward.

Mike lo miró sorprendido, pero Bella lo miró alucinada.

—¿Vas a aceptar? —le preguntó Mike.

¿Para qué seguir negando lo que sentía por él? Tenía muy claro lo que sentía por Edward Cullen y que quería pasar su vida junto a él.

—Me temo que sí, Mike.

Mike se encogió de hombros, se bajó del taburete, volvió a la mesa, recogió sus cosas y se marchó.

—Lo necesitaba para mi artículo —le explicó Bella a Edward.

—Ya, pero yo te necesito a ti para algo mucho más importante. Te necesito en mi vida. Para siempre. Lo sé desde que te conocí y creo que tú también lo sabes.

Bella lo miró a los ojos.

—Sí, yo también lo sé. Sé que te querré toda la vida.

Edward la besó con ternura y Bella le pasó los brazos por el cuello. Mientras lo besaba, se dijo que tenía que despertarse de aquel sueño, pero, cuando abrió los ojos, el protagonista seguía allí, abrazándola, necesitándola.

Edward se puso de rodillas ante ella y se sacó una cajita del bolsillo.

—Por favor, cásate conmigo —le pidió—. Quiero ser el señor Perfecto Hasta que la Muerte nos Separe —añadió tomándole la mano y colocándole un precioso solitario—. No quiero que haya más señores perfectos en tu vida, sólo yo.

—Sólo tú —contestó Bella.

Edward se puso en pie, la tomó entre sus brazos y la besó de nuevo.

—Me parece que tengo el final perfecto para mi artículo —comentó Bella.

—¿Ah, sí?

—Sí, el año pasado cuatro parejas se enamoraron a través de la sección de anuncios personales de la revista. Ahora, resulta que ya son cinco. ¿Qué crees que le parecerá a Victoria?

—No sé, pero yo tengo una idea mejor. ¿Qué te parece si la ayudante del departamento editorial se enamora del empresario de Internet, deja su trabajo y le ayuda a crear su propia revista?

—¿Vas a crear una revista?

Edward asintió.

—Había pensado que, puesto que vamos a estar juntos toda la vida, a lo mejor, te apetecía hacerte cargo de ella. Te prometo que te daré un buen sueldo y un despacho con ventana, que siempre me acordaré de tu nombre y que, si te portas bien, podrás acostarte con el jefe.

Bella se rió y le pasó los brazos por el cuello.

¡Y ella que creía que lo había perdido para siempre!

Con él, había encontrado su futuro, un futuro prometedor en todos los aspectos, un futuro junto al hombre al que amaba, su señor Perfecto, un hombre del que no pensaba separarse jamás.

Fin


Como no me pude aguantar subo ahora el último capitulo. Espero que les haya gustado tanto como a mi :)

Quizás en un tiempo suba más adaptaciones como estas.