Enamorarse otra vez
Capítulo uno
En una tarde de lluvia.
Era por lejos la tormenta mas fuerte y terrible del año. Sumado al sonido de los truenos y relámpagos, lo único que se podía escuchar era el impacto de la lluvia al caer, y la visibilidad era casi nula.
Era como si hubieran invertido el cielo y la tierra, cayendo los mares y ríos debido a la gravedad.
Lo primero que pudo sentir, fue el impacto de cientos de gotitas sobre su rostro, y que estaba completamente empapado. Abrió los ojos con esfuerzo, intentando enfocar lo que había a su alrededor.
Frente a él, el cielo.
A su derecha, un basurero.
A su izquierda, una gran casa amarilla.
Tras él…
No pudo voltear el cuello.
Arrugó el ceño, algo confundido. En cuanto asimiló el hecho de que tanto su espalda y parte trasera del cuerpo estaban en contacto directo con el agua, lo comprendió.
Estaba recostado en el suelo.
Se sentó, observando con atención a su alrededor, tarea difícil debido a la cortina de agua que caía sin consideración alguna sobre él.
¿Dónde estaba?
No reconocía nada, absolutamente nada.
Ni las casas, ni las calles, ni las escasas personas que por allí transitaban. Era un barrio totalmente extraño, nada parecido a lo que había visto antes. Su barrio era distinto, era…
Era…
No lo recordaba, ni siquiera sabía en donde vivía.
-¿Qué cojones?-se puso de pie, asustado.
Pensando a toda máquina, intentaba recordar.
-Vamos, vamos-cerró los ojos, concentrándose.- ¿Cómo llegué aquí?-
No lo sabía.
-¿En dónde estoy?-impaciente, cerró los ojos con el doble de fuerza.-
No lo sabía.
-¿Y mi familia?- apretó los puños y los dientes por el esfuerzo.-
No lo sabía.
-¡Maldita sea!-abrió los ojos de golpe, respirando agitadamente.-
No podía recordar ni una sola mierda.
Intentó recordar el rostro de su familia, de sus amigos, incluso de aquellos a quienes odiaba, pero no podía recordar nada. A lo sumo, lograba vislumbrar solo manchas borrosas de ellos.
¿Qué estaba pasando?
Miró con atención a su alrededor, y comenzó a caminar rápidamente. Apretando los dientes, no se dio por vencido. Vale, si no podía recordar rostros o direcciones, al menos tendría que recordar lo que había pasado el día anterior, o hace unas horas atrás, ¿no?
Con muchísimo esfuerzo y comenzando a sudar, logró vislumbrar algo. Caminaba junto con… no podía reconocer su rostro, pero sabía que era un hombre. Luego, solo pudo recordar gritos, una bocina de auto y mucho dolor… para cuando abrió los ojos, se encontraba en aquel callejón, recostado en el suelo y condenadamente perdido.
Esforzándose un poco mas, intentó rescatar de su magullada memoria algunos detalles, pero no lo logró: un dolor indescriptible le atravesó el cerebro, impidiéndole pensar.
Tras unos segundos, éste se fue tan rápido como llegó.
-Soy un maldito amnésico.-chistó, molesto.- Maldición…-comenzó a correr, buscando algún lugar para pasar lo que quedaba de tarde, y también la noche.-
Entonces, tropezó con algo y cayó de bruces al suelo.
Demonios, con la jodida lluvia con suerte podía ver donde metía los pies.
-¿Necesitas ayuda?-cubriéndole con su paraguas, le tendió la mano que tenía libre.-
Alzó el rostro de manera instantánea, encontrándose con un muchacho mas o menos de su edad, rubio, con bonito rostro y sonrisa amable.
Por alguna razón, le desagradó lo bastante como para patearle el trasero.
-No, no la necesito.-se levantó por su cuenta, sin mirarle a los ojos.-
-Pero, estás empapado, y…- le miró con atención.- ¿Acaso no tienes frío?-
Si debía clasificar al muchacho frente a él, solo una palabra podía ser lo suficientemente certera.
Raro.
Vestía de una manera totalmente inapropiada para el clima, usando tan solo un pantalón sencillo y una camiseta negra, además de andar totalmente descalzo. Su rostro evidenciaba molestia y preocupación, pero aun así era bello: moreno, ojos azulados y fieros, penetrantes, cabello corto y un cuerpo bastante bien trabajado.
-No, no tengo frí…-cayendo en la cuenta, se sorprendió. Realmente había una tormenta de los mil demonios, corría un viento condenado y la lluvia jamás se detenía, por lo que debía estar bastante helado. Sin embargo, no sentía nada de frío.
Tampoco es que tuviera calor… se sentía bien.
Normal.
Solo eso.
-Vaya…-le sonrió.-Pues, sí que hace frío. ¿Estás perdido? –aun tapándole con el paraguas, se acercó un poco más a él.-
Le miró con desconfianza, sopesando la posibilidad de decirle la verdad. Bueno, no era un mal chico, al menos había sido lo suficientemente amable como para detenerse en medio de aquella tempestad y ofrecerle ayuda.
Bien, confiaría en él y le contaría la verdad.
-Sí, no recuerdo donde vivo, ni tampoco como llegué aquí.-comenzó a caminar, obligándolo a seguirle.-
-Oh…pues, quédate en mi casa, al menos por hoy.-le tomó del brazo, dirigiéndole en la dirección correcta.-Vivo cerca de aquí, y justo ahora volvía para cenar… mamá preparó estofado.-comenzó a reír, alegre.-
-¿Quién eres?-arrugando el ceño, le miró con seriedad. No todos ofrecían ayuda así como así, de eso estaba seguro, este rubio debía estar tramando algo.-
-Joooooo, ¿no te lo he dicho?-se ruborizó, algo avergonzado.-Me llamo Kise, Kise Ryouta.-le tendió la mano.- ¿Y tu?-
Analizó por algunos segundos la posibilidad de responderle con sinceridad, y también sopesó si debía o no devolverle el apretón de manos que el muchacho frente a él le ofrecía. Tras pensarlo un poco, se rindió.
-Aomine Daiki.-estrechándole la mano por tan solo unos segundos, agregó. –Puedes decirme como se te de la gana.-
Entonces, se dio cuenta.
No había tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano ni nada por el estilo para recordar su nombre, había respondido de forma instantánea, tal y como debía ser.
Pero, entonces…
¿Por qué había olvidado todo lo demás?
Se le descompuso el rostro, bastante cabreado.
¡No podía entender ni recordar nada!
-Pues, serás Aominecchi.-alegre, comenzó a charlar libremente, contándole todo tipo de cosas y detalles.-
Sin embargo, a pesar de parlotear todo el camino, fue capaz de observar un montón de cosas acerca del misterioso personaje que acababa de conocer.
Una de ellas, era que éste le había dicho la verdad. Daiki realmente no tenía ni las mas remota idea de dónde se encontraba, cada vez que doblaban en una esquina o cruzaban las grandes avenidas, el moreno arrugaba el ceño y suspirada molesto, preguntándole el nombre de las calles y lo que allí se hacía.
Pero, el detalle que mas le llamó la atención fue su extrema desconfianza, la escasez de sus respuestas y que, a pesar de la lluvia y el viento, éste estuviera descalzo y usara prendas de verano.
Lo más impresionante, era que nunca demostró tener frío, jamás tiritó ni arrojó palabrotas de esas que todo el mundo dice cuando se empapan los pies y queda un largo camino por recorrer, tampoco se esforzaba por esquivar las gotas de lluvia, sino que había insistido en que dejara de cubrirle con el paraguas.
-¿Ya llegamos?-impaciente, le preguntó de manera algo brusca.-
-¿Eh?-le sacó de sus pensamientos de manera abrupta, por lo que le costó comprender aquella pregunta.- ¡AH!, no… tan solo unas cuantas casas mas allá.-apuntando hacia el frente, le sonrió.-Ten paciencia, ya casi llegamos.-
-Eh… umm… Kise.-se rascó el cuello, algo incómodo.-Gracias por ofrecerme tu ayuda y por dejar que pase la noche en tu casa.-estrechó los ojos, algo avergonzado.
No estaba acostumbrado a dar las gracias y mucho menos a tomar la iniciativa, pero por alguna razón sentía la necesidad de hacerlo y…
Bueno, aquel rubio ya no le caía tan mal.
-No te preocupes, en serio. La verdad…-le miró dudoso.-
-¿La verdad, qué?- le miró ceñudo, impaciente.-
Se mordió el labio, sopesando la posibilidad de decirle la verdad. Con lo poco que sabía de él, era demasiado probable que se molestara. Pero, se lo diría de todos modos.
-La verdad es que no tenía ni la mas mínima intención de ayudarte, das algo de miedo.-en ese momento, una gran ventisca le revolvió los cabellos, haciéndole estremecer-Pero al verte tan preocupado, molesto y confundido, pues… no pude evitar el acercarme.-le sonrió, amable.-
Se le quedó mirando, analizando lo que aquel rubio le había dicho.
¿Daba miedo? ¿Por qué?
En ese momento, un cosquilleo le recorrió la espina dorsal. Instintivamente se volteó, mirando atentamente a su alrededor, buscando.
Sin equivocación alguna, había sentido que le miraban con una intensidad abrumadora, al menos lo suficiente como para que se le erizara el bello de los brazos y le recorriera un escalofrío. Sin embargo, no pudo encontrar nada, ni a nadie.
-¿Qué ocurre, Aominecchi?-deteniéndose y mirando en la misma dirección en la que el moreno lo hacía, entornó los ojos, intentado vislumbrar a través de los chorros de agua.- ¿Qué buscamos?-
-¿No lo sentiste?-sin dejar de buscar, le respondió-Creí sentir…-estrechó los ojos aún mas, inútilmente.-
Maldita lluvia.
No podía ver casi nada.
-Olvídalo, vámonos.-reanudó su caminata, mucho mas rápido y tenso de lo normal. Algo le decía que le seguían, muy de cerca.- ¿Cuánto queda?- le preguntó de manera brusca, nerviosa. Quería largarse de ahí cuanto antes.-
-Llegamos.-deteniéndose de improviso, comenzó a buscar sus llaves. Tenía las manos empapadas, por lo que le costaba tomar correctamente las llaves correspondientes.-Joooo, esto es difícil.-
Volteando los ojos, se las arrancó de las manos.
-Yo lo hago, ¿cuál es?- posándola frente a sus ojos, esperó la respuesta.-
-La grande…-tocándola con el pulgar, agregó.- Y luego utilizas la gris… esa pequeña.-reconociendo la duda en el rostro contrario, aclaró.-Lo siento, pero esta cosa tiene dos cerraduras.-
-Está bien.-haciendo lo que Kise le decía, abrió todo lo necesario en apenas unos segundos, sin problema alguno.-Listo.-
-Entonces, entremos.-caminando hacia la puerta principal, se volteó al darse cuenta de que había avanzado solo: Daiki seguía en la entrada, mirando hacia Dios sabe dónde.- ¿Aominecchi, qué esperas? ¡Vas a empaparte aun más si sigues ahí!-deshizo el camino que había hecho, tomándole de la mano y tirándole con todas sus fuerzas para que se moviera.-
Dejándose arrastrar, no despegó los ojos de aquel lugar.
Ahí, justo al frente.
Hace apenas unos segundos, había vuelto a sentir aquella sensación en la espina, por lo que se volteó rápidamente esperando atrapar al acosador, y lo logró.
Pero, apenas.
En el mismo instante en el que posó los ojos sobre él, este desapareció. Lo único que pudo reconocer y retener en su memoria, era el hecho de que era muy alto.
Y que tenía un par de fieros ojos rojos.
….
-Takao- le llamó desde la cama.-No va a regresar, al menos no sin encontrarle.-se puso de pie, caminando hacia él.-
Mirando por la ventana, no paraba de dar vueltas a aquel anillo entre sus dedos. Estaba tan preocupado que con suerte podía concentrarse en otras cosas, descuidando incluso sus preciados momentos con Midorima.
Ese imbécil de Kagami…
¿Dónde estaría con esta maldita lluvia?
De manera imprevista, unos largos brazos le envolvieron.
-¿Me estás escuchando?- suspirando junto a su oreja, agregó.- Kazu...-
-Ya han pasado mas de cuatro horas… ¿crees que esté bien?- se volteó para mirarle directamente a los ojos, sin poder ocultar su preocupación.- Apenas ha podido recuperarse bien, la última vez ni siquiera pudo soportar el estar de pie por cinco minutos.-
-Él es fuerte, créeme.-inconscientemente se tocó el antebrazo.-Al menos, fue lo suficientemente fuerte como para empujarme lejos.-
-Aun así, no me puedo quedar tranquilo… no cuando se trata de mi hermano.-arrugó el ceño, rindiéndose.-Es un idiota, ni siquiera le importó mi opinión. Demonios, cuando lo vea le voy a dar una golpiza que le dejará incluso inválido.-apretó los puños con fuerza, casi enterrándose en la palma el anillo del pelirrojo.-
-Cálmate, Kazunari.-posando ambas manos sobre su vientre, endulzó la voz.-Le hará mal al bebé.-
En cuanto escuchó la última palabra, suspiró con fuerza.
Shintarou tenía razón, no era bueno para el bebé que se siguiera torturando y preocupándose cada vez mas por algo que ya no estaba en su poder enmendar. Sabiendo los riesgos y todo lo que significaba, Taiga había decidido no respetar las instrucciones del doctor y largarse apenas tuvo la oportunidad. No podía comprender cómo lo había hecho: estando rodeado por personas casi las 24 horas del día y el tener casi destruidas las piernas no eran precisamente buenas condiciones para una huida rápida.
¿Cómo había podido hacerle eso?
Eran familia, hermanos…
Aunque no compartían la misma sangre, estaban juntos desde que tenía memoria. Sus padres habían muerto en un accidente aéreo cuando apenas tenía tres años de edad, adoptándole la familia Kagami un año después.
Siendo Taiga su único hijo y al tener la misma edad, Kazunari no tardó en convertirse en su pequeño hermano y en su compañero de juegos predilecto. Al poco tiempo fueron inseparables, considerándose verdaderos hermanos pese a ser totalmente diferentes.
Era por eso que le dolía tanto el que se hubiera ido sin siquiera despedirse de él, dejándole tan solo aquel anillo y una simple nota.
"Voy a buscarlo, no intenten detenerme, te quiero"
Taiga.
-A este bebé no le pasará nada, estás siendo el típico padre exagerado, Shin chan- con muchísimo esfuerzo, le sonrió jocoso, intentando comportarse como lo hacía normalmente.- Además, no es para nada un debilucho, anoche apenas me dejó dormir al llenarme de patadas- rio de manera sincera-
-Es igual de revoltoso que tu, tonto.-le besó en la frente.- Solo quedan un par de semanas y lo podremos conocer…-le brillaron los ojos, totalmente emocionado. Aquel bebé le robaba el sueño, y también el corazón.-
-Como tu digas.-mirándole divertido, posó una mano en su entrepierna.-¿Por qué no me distraes? Quizás así pueda calmar mis nervios.-
-Ya sabes que no podemos.- bastante serio, se acomodó los anteojos en el puente de la nariz.-La frase "nada de sexo" por parte del doctor es muy clara.-
-Oh, vamos.-abriéndose paso entre la ropa interior, tocó directamente el miembro de su esposo.- Se que quieres, y yo también… así que no hay problema.-
-No, Kazu.-con un esfuerzo sobrehumano, intentó alejar aquella mano que poco a poco amenazaba con hacerle perder el control.-El doctor…-
-Lo podemos invitar a él también, apuesto a que todas sus prohibiciones quedarían reducidas a nada cuando juegue con nosotros.- empujándole con fuerza, le sentó en el borde de la cama.- Además, hay mil formas de hacer el amor…-se relamió los labios, quitándole con total parsimonia la molesta ropa.-
Una gran mano con todos los dedos vendados detuvo su avance.
-Eres imposible, no sé de donde sacas tanta energía con esa barriga tan enorme.-tomándole por el mentón, hizo que se acercara a él- Y no me provoques tanto, mi paciencia es finita.- con sumo cuidado y una vez hubo sentado a Kazunari junto a él, llenó de besos el gran vientre abultado.- Te haría caso, pero nunca quedas satisfecho y siempre terminamos haciéndolo de todas formas.- besándole en los labios, se recostó sobre él.-
-Entonces, hagámoslo y punto.-enroscó los brazos en torno a su cuello, atrayéndolo hacia su cuerpo.-
-¿Aunque esto provoque que se adelante el parto?-le miró serio.-¿Acaso no querías la presencia de Taiga cuando nazca el bebé? Si todo se apresura, no le darás el tiempo suficiente para volver.-le besó en la punta de la nariz.-
Hizo morros.
Maldito cuatro ojos, le había dado certeramente en su puto punto débil.
-Eres un tramposo, embaucador, traidor.-
-Ni siquiera me has dejado terminar.- los ojos le brillaron- Me faltó agregar que, si te portas bien, podemos divertirnos de todos modos.-levantándose y tomándole por las muñecas, le sentó nuevamente, justo en el borde de la cama.-Abre las piernas, Takao.-la voz retumbó en la habitación, profunda, seductora, impaciente.-
-Tu mandas.-obediente, le hizo caso.-
Los ágiles dedos de Midorima no tardaron en bajar el buzo gris y la ropa interior, liberando a su objetivo. Alzó el rostro para verle a los ojos, quedando atrapado en ellos.
Ni siquiera había comenzado y Takao ya parecía desbordar de placer: sonrojado, ojos brillantes, mordiéndose los labios y respirando agitadamente, era la imagen misma de la sensualidad.
En cuanto le vio, un deseo increíblemente fuerte le recorrió el cuerpo, dejándole totalmente desarmado. Hace tan solo unos momentos atrás, había reprendido a Kazunari por nunca conformarse con simples toqueteos, pero ahora era él el que no sabía si podría contenerse.
Indudablemente, era una prueba de fuego.
Bueno, ya nada se podía hacer.
Acercándose lo suficiente, besó la punta de aquel miembro para luego introducirlo entero en su boca.
Estaba caliente, y extremadamente delicioso.
Palpaba cada centímetro con la lengua, mientras al mismo tiempo ejercía cierta presión con los labios en cada movimiento ascendente y descendente. A los pocos segundos, los gemidos no tardaron en llenar la habitación, prendiéndole aún mas.
-Shin… mas rápido… ah… así…-enredando sus dedos en los verdes cabellos, intentaba controlar el volumen de su voz. Sin embargo, todo esfuerzo fue vano en cuanto sintió un masaje suave y tremendamente placentero en los testículos.-
Por cada segundo transcurrido, podía sentir como bullía la sangre en sus venas, calentándole el cuerpo y el bajo vientre. De manera dolorosa, la ropa interior se había convertido en una horrible prisión.
En cuanto sintió la semilla del contrario dentro de su boca, no perdió el tiempo y se puso de pie, tragando su esencia. Rápidamente se despojó de los pantalones y el resto, quedando completamente desnudo.
En cuanto tocó la cama con la intención de sentarse junto a su esposo, fue víctima de un ataque repentino. Sin saber cómo, se encontraba tumbado y con Kazunari sobre él.
-Ahora es mi turno, Shin chan- sentándose sobre sus muslos, se acomodó los suficiente como para rozar con su miembro el del contrario, presionándolo constantemente.-¿ Qué quieres que haga?- entre jadeos, comenzó a reír.
Maldición, Kazunari era un demonio.
-Quiero…-
En ese momento, la puerta se abrió de golpe.
…
El aguacero caía sin piedad, y él seguía sin atreverse a salir de su escondite.
Lo había visto.
Al fin, luego de horas y horas de búsqueda, lo había visto.
Daiki.
Estaba completamente seguro a pesar de la constante lluvia y la poca visibilidad. Es que, era imposible confundirlo con otra persona… Daiki era Daiki, su postura, su forma de caminar y mover los brazos era inconfundible, grotesca, ruda.
Sin embargo, no había sido capaz de acercarse, porque no podía… al menos no después de todo lo que había pasado. Además, parecía que algo había cambiado en el moreno, aunque no sabía que, su instinto le decía que se mantuviera alejado, al menos por el momento.
Y la presencia de ese niño rubio lo había empeorado todo.
Suspiró, cansado.
Le dolían y tiritaban las piernas, el cuerpo entero suplicaba por un descanso, se sentía mareado y tenía mucho frío. Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba completamente empapado, el cabello goteaba sin parar y sus ropas se pegaban al cuerpo, congelándolo.
Bien, al menos sabía el paradero de Aomine. Lo mejor que podía hacer por el momento era marcharse a algún lugar donde pudiera secarse, y claro, comer y dormir.
Dio algunos pasos cuando comenzó a sentir que le fallaban las fuerzas.
Y todo se volvió negro.
