Capítulo dos
Aniversario.
Todos le miraban, absolutamente todos.
A pesar de la lluvia y el viento, a la mayoría de las personas parecía no importarle el hecho de que, mientras mas tiempo pasaban estando así de quietos bajo la lluvia, pronto comenzarían a chorrear como si se hubieran lanzado al mar. Pero, al parecer aquello no era importante, mucho mas interesante era el panorama que esos dos ofrecían.
Y es que, en serio, sí que llamaban la atención.
Sobre todo el grandote, por lo alto. Debía medir al menos unos dos metros, si es que no un par de centímetros mas. Estaba completamente empapado, pero eso no parecía molestarle en lo absoluto.
Sin embargo, eso no era lo que hacía que todos voltearan para verle mejor.
A nadie le sorprendía que estuviera mojado hasta los huesos, sino lo que llevaba consigo. En una mano traía una gran bolsa llena de caramelos, tan llena, que casi parecía explotar. Y, en la otra, llevaba firmemente agarrado entre sus dedos el brazo de aquel pelirrojo, sin tener intención de soltarle.
No parecía preocuparle el hecho de arrastrarle por todos lados, tal y como se haría con una maleta. Tampoco parecía esforzarse, y eso que el muchacho también era bastante grande, mediría alrededor de un metro noventa y tanto.
Y, para empeorar las cosas, parecía que aquel pelirrojo estaba muerto. Al ser arrastrado de aquí para allá, se había ido llenando de barro y agua sucia, pareciendo mas bien un cadáver a punto de ser enterrado en los bosques.
Consciente de que todos le miraban, apresuró el paso. Por lo general, estaba acostumbrado a que todos le miraran como idiotas, pero no tenía la paciencia de aguantarlo en ese momento.
Era el día.
Su día.
E iba tarde.
Perdiendo la paciencia, amarró la bolsa llena de caramelos en su muñeca, decidiéndose por fin a levantarle del suelo y llevarlo sobre su espalda.
Uf, sí que pesaba.
Corriendo lo que quedaba de camino, no paraba de quejarse. Maldición, tan solo había ido a comprar caramelos, sus favoritos y los de él, y tenía que toparse con un tipo medio muerto en la calle, bajo plena tormenta.
Usualmente le habría dejado ahí, abandonado. Pero, no pudo…
Quizás él había estado en la misma situación, necesitado de una mano que le ayudara, de alguien lo suficientemente humano como para detenerse y sacarle de ahí.
Si nadie le hubiera abandonado, si hubiera recibido cualquier tipo de ayuda, quizás no habría muerto.
Cerró los ojos, ahuyentando aquellos amargos pensamientos que no le podían dejar en paz. Lo ayudó y punto, no tenía que dar explicaciones a nadie. Además, se notaba a leguas que algo le había pasado en las piernas… las tenía hinchadas, hinchadísimas, parecían dos trozos de jamón en vez de extremidades humanas.
Llegó en unos cuantos minutos, golpeando la puerta con fuerza para que le escucharan. Estando a punto de propinarle patadas, ésta se abrió, recibiéndole alguien mucho mas bajo que él, pelirrojo también, ojos dispares y expresión seria.
-Llegas tarde-le miró durante unos segundos, para luego desviar la mirada en la carga que llevaba en la espalda.- ¿Quién es él?-no perdió la compostura, y mucho menos alzó la voz.-
-No lo sé, Aka chin…-entrando rápidamente, se dirigió hacia el sillón mas grande, dejándole ahí con cuidado.-Me lo encontré en la calle.-
Acercándose ambos hacia él, le miraron detenidamente en busca de mas heridas, no encontrando ninguna además de las piernas.
-Se ven bastante mal…- las palpó delicadamente, temeroso por primera vez. Si tenía que decir la verdad, debía admitir que estaban mucho mas que tan solo "mal": hinchadas, moretones varios, cortes y quemaduras por doquier.-Tenemos que llevarlo a un doctor.- Le tomó la temperatura, descubriendo lo caliente que tenía la piel.-Y además tiene fiebre.-se dirigió hacia el baño, sin mirar ni una sola vez al grandulón, gritándole desde ahí.-Atsushi, desvístelo mientras voy por una toalla y ropa seca.-
-Sí, sí…-moviéndolo con cuidado, hizo lo que Akashi le pedía.-
Así, entre los dos fueron capaces de limpiar su cuerpo, curar en lo que pudieron sus heridas y cambiarle de ropa, dejándole en óptimas condiciones. Una vez hecho todo lo anterior, Atsushi lo volvió a cargar, llevándole con la máxima delicadeza posible hacia su cama.
-Con esto debería bastar…-arropándole y colocando una compresa de agua fría en la frente, arrastró una de las sillas del comedor hacia un costado de la cama.-Yo lo cuidaré, vamos a turnarnos.-estrechó los ojos, mirándole de manera inescrutable.- Tu anda y haz lo que tienes que hacer… hoy se cumplen dos años, ¿no?-
-Sí…-asintió sonriendo, feliz de poder celebrar su aniversario de todos modos a pesar de la sorpresita que se había llevado hace tan solo unas horas atrás. –Estaré donde siempre-
Y sin decir nada mas, se marchó.
En cuanto le vio partir, sintió que un gran peso era puesto sobre sus hombros, aplastándole sin piedad.
Suspiró.
Bueno, era de esperarse.
Murasakibara seguía enamorado de él, y quizás tendrían que pasar varios años para que le olvidara, y muchos mas para que, si es hacía las cosas bien y lo lograba, se enamorara de él. El escenario era bastante desalentador, pero no se daría por vencido.
Desde el primer día en que lo conoció, lo supo, sin ninguna duda.
Murasakibara Atsushi era el hombre para él, definitivamente. Por eso, no iba a rendirse, sino que haría que tarde o temprano éste se diera cuenta de que estaban hechos el uno para el otro, de que se pertenecían incluso antes de nacer. Sin embargo, no veía la forma de lograrlo.
Si bien ya le había dicho acerca de sus sentimientos, no había recibido una respuesta.
Solo silencio.
Y una mirada llena de ira.
Volvió a suspirar, agobiado. No quería forzar las cosas, quería darle el tiempo suficiente para sanar sus heridas y volver a verle sonreír de aquella manera tan bonita, esa que había visto solo una vez, y que irremediablemente le había robado el corazón.
En esa ocasión, quien había provocado aquel estado de felicidad no era él, sino otra persona.
En ese momento, fue el espectador de toda esa escena rebosante de amor y felicidad, escuchando cómo el hombre que acababa de conocer, y que estaba destinado para él, se comprometía para toda la vida con su mejor amigo.
Boda a toda pompa, felicidad y amor por todos lados, para todos, de todos, pero no suya. Forzado a sonreír y a ser el padrino de bodas, pudo sentir a la perfección cómo el dolor se instalaba en su corazón roto.
Desde ese día, pensó que quizás el destino se había burlado de él, presentándole al amor de su vida desviviéndose por otro, amando a otro, llorando a otro.
Un otro que de pronto se fue, dejándolos a ambos.
A él, su mejor amigo, y a Murasakibara, su esposo.
Nunca encontraron su cuerpo, pero ya había pasado casi un año, por lo que lo creían muerto. Nadie sabía nada, nadie había oído nada. Solo habían podido averiguar que había sido un accidente, pero desde ahí, nada mas.
Un quejido le sacó de sus pensamientos, haciendo que alzara la vista.
No, no fue un quejido, sino un… ¿nombre?
El muchacho pelirrojo no hacía mas que balbucear un montón lo que parecía ser el nombre de alguien. Se acercó un poco mas, intentando escucharle con claridad.
Ah, sí.
Era un nombre.
Daiki.
…
Frente al espejo empañado por el vapor de su reciente ducha, se afeitaba. Luego, peleó como por veinte minutos con su cabello, peinándolo una y otra vez hasta que éste quedó completamente liso y presentable. Una vez listo con lo anterior, perfumó su cuerpo, para luego vestirlo con las mejores prendas que tenía.
Se miró de nuevo, satisfecho con el resultado: se veía bien, incluso guapísimo.
Sonrió.
Hoy, por sobre todos los demás días, debía verse guapo, presentable.
Era su aniversario, cumplía exactamente dos años.
Salió rápidamente del baño, dirigiéndose directamente hacia la pequeña habitación que había preparado para la ocasión. Solo lo había hecho dos veces, pero ya tenía la costumbre de qué es lo que quería hacer para recordarle.
Solo necesita una foto, unas cuantas velas y sus dulces favoritos, tanto los suyos como los de él. Eso y nada mas.
Deja la fotografía en el suelo, y prende a su alrededor las velas que ha traído consigo.
Sonríe.
Las velas lo iluminan bien, se ve incluso mas guapo de lo que podía recordar... Sin perder tiempo, saca de la bolsa los miles y miles de dulces que ha comprado, dejándolos entre él y la fotografía.
Se arrodilla, juntando ambas manos y reza por unos momentos.
Y eso es algo que jamás pensó hacer.
Nunca creyó en Dios, o en lo que sea que fuera…siempre se burló y pensó que era bastante estúpido creer en algo que controlaba el universo, los animales, las plantas, al hombre. Pero, desde que le arrebataron a su esposo cuando apenas había pasado un año luego de casarse, se vio en tal estado de desesperación que, sin poderlo creer, había volcado todo su dolor y esperanzas en ese ser al que llamaban Dios.
No le importaba si le creían loco o fanático, no pasaba un día sin que orara por él, para poder encontrarlo sano y salvo. Sin embargo, los días pasaban y no ocurría nada.
Aun así, no perdía la esperanza, jamás lo hacía.
En cuanto terminó, abrió los ojos, sonriéndole.
-Hola, Himu chin-con la yema de los dedos, acarició su rostro delicadamente, con todo el amor que sentía por él- Feliz aniversario de matrimonio.- cerró los ojos por un momento, solemne. Luego, los abrió, hablándole de todo lo que se perdía al estar ausente- Hoy ha hecho muy frío… como si estuviéramos dentro del congelador. También llueve… es como si el cielo llorara un montón porque está triste-comenzó a reír, divertido por sus comparaciones.- Con Aka chin seguimos buscándote, pero al parecer eres muy bueno jugando a las escondidas, Himu chin.- sonrió, triste- Aka chin es bueno conmigo, me ayuda a limpiar la casa y me hace compañía, estamos viviendo juntos desde hace casi un año. Nos llevamos bien, aunque…-entrecerró los ojos, algo molesto.-Aka chin tiene sentimientos que me hacen mal-suspiró, sintiéndose culpable-A veces, cuando me siento solito, me gusta que tome mi mano y me mime…¿eso es malo?-sintiéndose culpable, habló mucho más rápido-Pero no te preocupes, yo solo amo a Himu chin…-
Y ahí ya no pudo continuar.
La tristeza hizo acto de presencia, aplastándolo. Sintió un nudo en la garganta que apenas le dejaba respirar. Sintiéndose ahogado y agobiado se puso de pie, abriendo la ventana sin importarle el infierno que se desataba en el exterior.
Maldición, maldición, maldición.
No lo podía aguantar, al menos no solo.
Abrió la puerta de un tirón, buscando su compañía. Últimamente, estaba tan acostumbrado a ella que, en cuanto tenía aquellas pesadillas o el dolor le agobiaba tanto que no le dejaba ni siquiera respirar, la única forma de encontrar la calma era estando junto a él, sintiendo su calidez, su calma infinita.
Entró a la habitación en donde los dos pelirrojos se encontraban, hablándole en apenas un susurro.
-Aka chin…-mirada triste, sombría.-
En cuanto lo vio, supo inmediatamente lo que ocurría, por lo que le llamó.
-Ven aquí, Atsushi-palpó su regazo, invitándolo con una cálida sonrisa.-
-Aka chin, yo…-se sentó en el suelo, recostándose en su regazo y dejando que Seijuuro enredara sus dedos entre sus cabellos.-Gracias- por fin podía respirar nuevamente, ya no sentía que el mundo se le venía encima ni que rompería a llorar en cualquier momento.-
-Tranquilo, no pasa nada.-aunque le sonreía, no podía evitar que su dolor le doliera a él también.-En cuanto te calmes, entre los dos haremos algo entretenido para celebrar tu aniversario con Himuro, lo prometo.-estrechó los ojos. Decir el nombre de su mejor amigo hacía que le quemaran los labios.-
-Pero, no compré suficientes dulces…-hizo un puchero, mas de mimado que de cualquier otra cosa.- Podemos ir a la tienda y comprar de esos que te gustan a ti… esos chiquitos.-hizo el gesto con la mano.-Si es así, tenemos que comprar muchos, muchos, para que no te de hambre.-
-Está bien, compraremos muchísimos de esos.-agachándose lo suficiente como para verle a los ojos, agregó.- ¿Ya estás mejor?-
-Sí, ya no me duele aquí.-se apuntó el pecho, justo donde se encontraba el corazón.-
-Es bueno escuchar eso-sonrió, haciéndolo esta vez con auténtica felicidad.-
En ese momento, el pelirrojo que habían recogido se removió en la cama, hablando en sueños.
Y repitiendo aquel mismo nombre una y otra vez.
…
Estaba cien por ciento seguro de que era un sueño.
O, mas bien, un recuerdo.
Podía escuchar el sonido de las olas rompiendo en la orilla, los gritos y risas de los niños, el graznido de las gaviotas y, por supuesto, sus quejas.
Con los ojos cerrados, sentía el calor de los rayos del sol directamente sobre su piel, al igual que los miles y miles de granitos de arena bajo su cuerpo.
Arrugó el ceño, sofocado.
Demonios, hacía calor.
Mucho, mucho calor… sentía que el cuerpo le ardía.
-Oe, Kagami-
Todo su cuerpo se envaró en cuanto escuchó su nombre, sobre todo por ser su voz quien lo pronunciaba.
Daiki.
-Kagami, abre los ojos, levántate.-su voz sonaba impaciente, molesta.-
Quería responderle y hacerle caso, pero su cuerpo no hacía lo que él quería. Le pesaba, y sentía que algo le aplastaba, impidiéndole moverse a libertad. Además, le dolía cada centímetro del cuerpo, sobre todo las estúpidas piernas.
Al pensar en ellas, un ardor indescriptible y un dolor visceral le atravesó, haciendo que perdiera el aliento.
Maldita sea, le dolían como si se las estuvieran quemando…
Espantado por aquel dolor, un sueño muy profundo le invadió, llevándolo a una inconciencia que le aseguraba una vía de escape, y paz.
-Ni pienses que te vas a largar, idiota. Tienes que despertar, abre los malditos ojos-su voz sonaba incluso mas molesta, casi furiosa.-
Apretó los puños, reaccionando.
Daiki tenía razón… tenía que levantarse y abrir los ojos. No sabía por qué, pero si Aomine se lo pedía con ese tono de voz, le haría caso.
Y por eso, lo intentó.
Una, dos, tres veces.
No podía.
¡Maldita sea!
-Despierta, tienes que encontrarme, Taiga…-poco a poco, su voz comenzó a escucharse cada vez mas lejos, como si su propietario le estuviera dejando ahí, solo- Encuéntrame, dijiste que no me ibas a abandonar nunca.-
Daiki.
Espera, Daiki.
Le comenzó a faltar el aire, y el dolor comenzaba a aplastarlo cada vez mas… no podía hacer nada, la negrura cubría su entorno, ya no escuchaba el sonido del mar, ni a las gaviotas, ni a los niños…
-¡Ponte de pie, maldito idiota! Recuerda la puta promesa que me hiciste ese día, cuando por fin me di cuenta.-la voz regresó, sonando tan furiosa y fuerte que le hizo temblar.- Ahora me largo, búscame-
Y entonces, reinó el silencio.
Aomine ya no le hablaba, tampoco podía escuchar los típicos ruidos de la playa. En vez de eso, podía escuchar que murmuraban a su alrededor, y que llovía con fuerza.
Lluvia.
La última vez que le vio también llovía…
Daiki.
Daiki.
-¡Daiki!-abrió los ojos de golpe, sentándose en la cama. Y, en cuanto lo hizo, se encontró a escasos centímetros de alguien que le miraba sin expresión alguna, casi aburrido.-
-No me llamo Daiki, sino Atsushi-le miró serio, sin siquiera pestañear- Has estado gritando un montón, y preocupaste a Aka chin…-se alejó un poco, dándole espacio.-Así que te desperté- y vaya que le había costado…pero era necesario, los gritos le estaban poniendo nervioso.- ¿Sabes? Para ser alguien que ni siquiera puede caminar, eres muy ruidoso.-
¿Atsushi? ¿Aka chin? ¿Quiénes eran esos?
Le miró por unos segundos, para luego mirar a su alrededor.
No reconocía nada, ni a ellos, ni la habitación, ni la casa, ni nada.
Decidiendo que era momento de intervenir, Akashi se acercó a él, hablándole con suavidad.
-Atsushi te encontró en la calle, desmayado. Te trajo aquí y sanamos tus heridas.-miró sus piernas.-Bueno, las que pudimos. Al parecer, tienes las piernas rotas y por lo que alcancé a ver de tu piel, también quemadas.- se sentó en el borde de la cama.-Me llamo Akashi Seijuuro, y él es Murasakibara Atsushi-
¿Murasakibara?
Esperen, ese nombre le parecía familiar… lo había oído antes.
-Mi nombre es Kagami Taiga-parpadeó varias veces, algo mareado.- ¿Hace… hace cuánto estoy aquí?- rogaba al cielo de que la respuesta fuera menos de tres días. No se podía permitir el lujo de andar descansando por ahí cuando tenía que encontrar a Aomine… si ni siquiera había respetado las órdenes del doctor, mucho menos iba a guardar reposo por un simple desmayo.-
-No ha pasado mucho tiempo, has estado aquí casi cuatro horas.-leyendo sus intenciones, agregó.-Ni pienses que podrás marcharte, se nota a leguas que no puedes caminar, y mucho menos sostener el peso de tu cuerpo solo con la fuerza de tus pies.-se levantó.-Llamaré a un doctor. Atsushi, no dejes que se levante, si es necesario empújalo y amárralo a la cama.-
-Claro, Aka chin- le miró de manera sombría, advirtiéndole de que lo mejor para él sería quedarse quieto, so pena de recibir una tunda.-
-¿Qué?-levantó las cobijas, comprobando por sí mismo lo que el pelirrojo le había dicho con anterioridad.
Y el rostro se le descompuso en una mueca de asco.
Vaya, era verdad…
Con razón Kazunari había pegado el grito en el cielo en cuanto le vio, casi desmayándose por el susto y la pena: tenía la piel totalmente muerta, estando casi negra y llena de ampollas… sin mencionar de que probablemente estaban rotas.
¿Cómo se las había arreglado para caminar sin parar con tal de buscarle?
La respuesta no tardó en llegar, colándose en su cerebro con tal fuerza que casi le hizo enrojecer.
Amor.
Simplemente eso, amor.
Pero, esta vez se portaría bien, y esperaría a que sus piernas sanaran lo suficiente como para ir a esa casa a buscarle, a la de ese rubio entrometido. Desesperado, rogaba al cielo para que Aomine no se moviera de aquel lugar, al menos hasta que él se recuperara y fuera a buscarle.
Lo primero que haría, sin embargo, sería pedir un teléfono. Tenía que informarle a Kazu y a Midorima que estaba bien, para que no se preocuparan tanto… si por su culpa Takao tenía problemas con el embarazo, no se lo iba a perdonar nunca.
Miró a su guardián por largo tiempo, recordando de pronto su apellido.
Murasakibara… Murasakibara… demonios, sí que lo había escuchado antes, pero…
¿Dónde?
