Capítulo cinco

Himuro Tatsuya

El cabello gotea sin parar, y él no hace absolutamente nada para evitarlo. Le gusta tomarse todo el tiempo del mundo cuando toma un baño, disfrutar la temperatura del agua, la sensación de las gotas al deslizarse por su cuerpo, el olor de su shampoo favorito. Sin embargo, lo que mas le gusta es hacerlo de noche, cuando todo está quieto, en silencio.

Con lentitud, cierra el grifo y busca a tientas la toalla. Está inmerso en sus pensamientos, tan abundantes y a la vez tan escasos.

Sabe que le conoce, pero a la vez no.

Desde el accidente sufrido hace un año y unos cuantos meses, no para de recordarlo. Su mente está llena de imágenes fugaces de él, poco claras… lo único que sabe es su apellido, su afición por los dulces, y que es alto, muy alto.

No tiene idea de quién es, de qué es lo que significaba para él. Podía ser su hermano, su primo, un tío, un amigo. Sin embargo, sabe que es importante, muy importante o si no, no habría explicación lo suficientemente buena para comprender el incesante deseo de encontrarlo, de saber mucho mas de él.

Y bueno, de todos en realidad.

Luego de aquel accidente de tráfico, había perdido todas sus memorias de los últimos diez años. No sabía que hacía allí, quienes eran sus amigos, donde estaba su familia… lo único que le habían explicado eran las razones de su amnesia y, en cuanto se acabaron sus días de reposo, le dijeron lo suficiente como para darle a entender que, amnésico o no, debía pagar y marcharse de allí.

Apenas hubo puesto un pie fuera del hospital, el mundo se le vino encima. No conocía las calles, ni las personas, ni nada. No sabía en donde vivía, ni con quien.

En ese instante, pudo comprender lo grande que era el mundo, y eso lo asustó. Demasiado nervioso como para hacer algo más, lo único que se le ocurrió hacer fue dar vueltas sin parar, intentando reconocer alguna calle, algún rostro, cualquier cosa. No sabía que cara tendría, pero debía notarse a leguas que estaba aterrorizado.

Quizás, fue por esa razón que aquella persona le sonrió y le ofreció ayuda.

Takao Kazunari.

Al contario que todos los demás, se dio el tiempo suficiente como para tranquilizarlo, regalarle una sonrisa y darle un lugar donde dormir. Así, había vivido en su casa junto a su familia por alrededor de un año, mudándose hace apenas unos cuantos días.

La familia de Kazunari se volvió la suya, y estaba sumamente agradecido por ello. Taiga se había convertido en uno de sus mejores amigos, si es que no el mejor de todos… y Daiki, pese a sus arranques de mal humor y sus berrinches, había hecho lo suficiente como para considerarlo su hermano.

Le costó un poco relacionarse con el esposo de Takao, Midorima. El tipo era serio, demasiado serio, al menos eso creía, hasta que le vio junto a Kazu…podían decir todo de él, que era un amargado pese a su juventud o lo que sea, pero nadie podía ocultar el hecho de que era una buena persona, incluso amorosa a su modo.

Y claro, se notaba a leguas que Takao era especial.

Le trataba con adoración, esa era la verdad. Se notaba por la forma en la que lo miraba, en la que le hablaba. Cada palabra, cada roce, era sumamente íntima, llenas de un amor que estaba por sobre todos ellos…incluso él, una persona bastante tolerante, se sentía incómodo con tanta aura rosa pululando por ahí.

Bueno, la verdad era que se sentía parte de aquella familia, realmente los amaba. Sin embargo, no hubo ni un solo día en el que no pensara en esa persona… se le venía a la mente a cada instante, sin dejarle en paz.

Murasakibara…

¿Quién era?

Intentó buscarle, pero el acomodarse de sopetón en una nueva vida, le absorbía todo el tiempo, y el dinero. Buscar a personas y reunir información costaba una considerable cantidad, y él no la tenía. Claro, podía pedir prestado a sus hermanos, a su nueva familia, pero no quería molestarles mas de lo que ya lo había hecho.

-Murasakibara…-murmura para sí mismo, intrigado-

Nombra aquel apellido todos los días sin excepción alguna, siente que lo conoce tanto como la palma de su mano, pero a la vez no. Muchas veces la idea de encontrarlo hace que el corazón se le encoja de felicidad, y también de pena.

¿Acaso sería capaz de reconocerlo si se cruzase con él? ¿Sabría que decir? ¿Cómo explicar toda la situación?

No podía decirle que soñaba con una imagen borrosa todo el tiempo…

Suspira, confuso.

Una parte de su ser anhela verlo, y no lo entiende. Decide ir a dormir, acostumbrado a aquella sensación de incertidumbre. Cuando se encuentra profundamente dormido, vuelve a soñar con él, como todas las noches pero, como es costumbre, no puede ver su rostro, ni tampoco oír su voz…

Hasta aquel momento.

Muro chin.

Himuro abre los ojos de sopetón, sorprendido. Por primera vez en casi un año, ha podido oírlo.

Por fin.

Sin saber por qué, el corazón se le acelera tan fuerte que lo deja pasmado. Las manos le tiemblan, y por varios minutos repite aquella frase en su interior, memorizándola, atesorándola.

Murasakibara le decía "Muro chin".

Y su voz era, de alguna manera, infantil, caprichosa…rogaba por mimos. Sin poderlo evitar, comienza a sonreír, un poco asustado. Se pone de pie, dirigiéndose directamente hacia la cocina, buscando en seguida la bolsa de caramelos que come sin parar.

No son sus favoritos, sin embargo los come cada vez que lo recuerda. Al parecer, su estómago tenía la memoria intacta… y, a veces, también su cerebro.

Habían ocasiones, tal y como lo era esta, en donde su memoria le daba pequeños regalos, pequeños recuerdos que se iban tan pronto aparecían.

Y con ellos, era feliz.

Cada fragmento, cada recuerdo, formaba parte de su mas preciado secreto: su pasado. Estaba seguro de que, quizás, algún día podría recordar todo, o al menos la mayoría. Después de todo, nadie puede avanzar sin apoyarse en recuerdos, en aquellas personas que le hacían ser quien era.

Sin que se diera cuenta, Tatsuya se queda dormido con una sonrisa en los labios, contento con su nuevo descubrimiento.

Y es cosa de horas para que se encuentre de golpe con los recuerdos, con aquel que le ama y le espera cada día, con aquel que dejará de ser tan solo un motón de palabras, un apellido.

Murasakibara.

….

-Doscientos dulces, o no hay trato-ni siquiera se molestó en bajar la voz, totalmente disconforme con el trato que el pelirrojo le estaba proponiendo-

Y es que, en serio, no lo valía.

No le gustaba engañar a Akashi, de verdad que no. Para empezar, odiaba mentir, todo aquello requería demasiado esfuerzo, por lo que no estaba dispuesto a malgastar de esa manera sus preciadas neuronas. Además, no quería entristecer a su amigo, por lo que realmente estaba reacio a hacerle aquel favor a Kaga chin, y eso que el bruto le caía bien.

Aunque no lo pareciera, Seijuuro era una persona sensible. Bueno, no era de esas que se largaban a llorar por cualquier cosa ni nada parecido, para nada. Era todo lo contrario, parecía que nada le importaba, se mostraba indiferente a todo y era eso, precisamente, lo que demostraba lo sensible que era, sobre todo por la expresión de sus ojos.

Brillaban, se opacaban, se mostraban fríos, molestos, alegres, tristes.

Sabía leer cada una de sus miradas, y odiaba aquellas que le hacían ver aterrador. Y no era porque se asustara de ellas, que va. La razón de su odio era que, pese a su renuencia a admitirlo, le dolían.

Le dolían un montón.

Pese a todos los rumores y las bromas que decían los idiotas que lo molestaban, Akashi no daba miedo, no era sádico ni tampoco disfrutaba con el dolor de los demás, al menos no de él. Sei siempre se preocupaba de su bienestar, de su felicidad.

Le ayudaba todos los días en lo que podía, le compraba dulces y le hacía olvidar el dolor al recordar a Muro chin. Se esforzaba en mostrarse amable, salían juntos, reían…

El pelirrojo era especial para él, por eso no quería hacerle daño. La verdad, era que lo quería, quizás no de la manera en la que el pelirrojo lo hacía, pero lo apreciaba lo suficiente como para no querer mantener secretos a sus espaldas.

-¡Ssshh!-asustado, miró hacia todos lados- ¡Baja la voz! ¿Qué haremos si el sádico ese nos escucha?- aún no podía eliminar de su cuerpo la dolorosa sensación de ser el objeto de su ira-No tengo el dinero para comprarte doscientos dulces, estoy totalmente quebrado-

-Voy a romperte el brazo si le vuelves a llamar raro-le habló totalmente en serio, enfadado- Y no importa que no me puedas comprar dulces, no hay trato- le miró con rabia- Eso te ganas por insultar a Aka chin-dispuesto a marcharse, le dio la espalda-

-¡Espera!-furioso, apretó los dientes-

Maldito gigante con complejo de niño.

¿Acaso nadie podía entender lo desesperado que estaba? ¿Eran todos unos monstruos sin corazón?

No le importaba si perdía las estúpidas piernas, no pensaba quedarse allí como un idiota sin hacer nada. Si era necesario volver a quebrárselas con tal de ver a Daiki, pues lo haría. Mandaba al diablo el sentido común, de hecho, lo había perdido desde el primer día en el que supo que amaba a Aomine, por lo que ni siquiera le preocupaba.

Totalmente fuera de sí, intentó ponerse de pie, armando un gran alboroto.

-¡Oye!-escuchando el ruido tras sus espaldas, dio media vuelta-¡No hagas eso!-utilizando toda su fuerza, lo obligó a volver a su silla- ¿Estás loco?-

-Tengo que salir de aquí-por primera vez, le miró suplicante-Por favor…-al verle dudar, eligió decirle toda la verdad-Mira, hay alguien a quien tengo que ver. Tuvimos un accidente, y no he sabido absolutamente nada de él, necesito que me saques de este lugar-cerró los ojos, infinitamente triste-Nos íbamos a casar…-

De alguna forma, todas sus dudas se disiparon.

Kaga min estaba viviendo, de una u otra manera, lo que él había vivido desde que perdió a Himuro…sabía perfectamente el dolor que sentía, la tristeza, la desesperación, la sensación de vacío.

-Está bien- tomando las manillas de la silla de ruedas, le llevó al cuarto en donde sabía Akashi no entraría- Espérame aquí mientras voy a buscar las llaves y lo necesario para que no te congeles- sin decir nada mas, salió-

Sorprendido por su repentino cambio, suspiró aliviado. Intentando calmarse, echó un vistazo rápido a la habitación en donde Murasakibara lo había metido: era pequeña, limpia y… vacía. Tan solo un mueble yacía dentro de ella, y sobre él una fotografía.

Curioso, se acercó arrastrando la silla, apenas lográndolo. La maldita carcacha no era simple de manejar, requería de fuerza, y el carecía de ella en esos momentos. A punta de resoplidos, se acercó lo suficiente como para mirar con lujo de detalles a la persona dentro del marco fotográfico.

Y el alma se le cayó a los pies.

Era Himuro.

La descarga de adrenalina fue casi dolorosa, permitiéndole pensar a toda máquina. Todas las piezas encajaron como si de un rompecabezas se tratara, dejándole agotado. Así que éste era el tal Murasakibara… Himuro lo nombraba todo el tiempo, todos los días, se pasaba horas preguntándose quien era, y él lo había encontrado sin ni siquiera pretenderlo.

En ese momento, se abrió la puerta.

-¿Qué eres de él? ¿De dónde lo conoces?-sin perder el tiempo, fue directo al grano-

-¿Eh?-sorprendido por la urgencia palpable en la voz de Kagami, le tomó varios segundos comprender sus preguntas-

Y, en cuanto lo hizo, no quiso responder inmediatamente.

Se dirigió hacia él, tomando la fotografía entre sus manos, sonriendo. Cada vez que le veía, se sentía triste, y a la vez feliz…

Era un sentimiento extraño.

-Él es Muro chin…-al ver la mirada extrañada del pelirrojo, aclaró- Es decir, se llamaba Himuro Tatsuya, él era… bueno, es mi esposo, aun lo veo de esa manera-

Casi le explotó el cerebro al oír todo aquello, la verdad sea dicha.

¿Qué? ¿Himuro tenía un esposo? ¿Y por qué se refería a él en tiempo pasado? ¿Qué estaba ocurriendo?

No lo podía creer, en serio que no. La cabeza comenzó a darle vueltas, sobrepasado con todo lo que acababa de descubrir. Conforme pasaban los segundos, comenzó a sentir que el cuerpo le pesaba, y que una molesta presión se instalaba en su pecho, impidiéndole pensar con claridad.

-Kaga chin-preocupado ante la expresión atormentada del contrario, le propino un pequeño golpe en la mejilla-No estás respirando-

Ah, era eso.

-¡TIENES QUE VENIR CONMIGO!-pegando gritos, le tomó por la solapa de la camiseta-

-¡Hey!-asustado, intentó apartarlo sin hacerle daño-¿Qué te pasa? Te dije que sí te llevaría-

-¡NO, NO HABLO DE ESO!-comenzando a hiperventilar, perdió el aliento-Él… él está vivo, lo conozco… te nombra todos los días, pero no sabíamos quien eras, que realmente existías…-con esfuerzo, intentó respirar con normalidad-

-¿De qué hablas?-

Y es que, en realidad, no podía comprenderlo.

Lo que Kagami decía era increíble, porque era imposible. Himuro no había dado ningún tipo de señal por al menos un año, por lo que realmente era difícil comprender lo que el pelirrojo decía. O estaba loco, o estaba tomando medidas desesperadas con tal de salir de allí.

Sin embargo, no pudo evitar que todos sus sentidos se desconectaran, llevándolo muy lejos. El corazón rompió a latir con furia, y poco a poco las palabras de Taiga calaron su cerebro con mas y mas fuerza, siendo imposibles de ignorar.

Muro chin….

-Himuro Tatsuya está vivo, créeme-llamando su atención, apretó los puños-Vivía con nosotros hace unos cuantos meses… ¿sufrió un accidente, verdad? Kazu le ayudó, no recuerda nada de su vida pasada, excepto tu nombre-arrugó el ceño, sintiendo que no paraba de hablar idioteces- No sé cómo explicar esto, pero tienes que confiar en mi-

-Muro chin…-con la mirada ausente, no era capaz de reaccionar-

-Déjanos solos-sin poder evitarlo, decidió intervenir-

Asustado, volteó su rostro hacia él, intentando pensar a toda máquina algún tipo de excusa. Sin embargo, al estudiar sus ojos, pronto se dio cuenta de que no era necesario, para nada. El pelirrojo no le prestaba ningún tipo de atención, sino que toda la que poseía estaba concentrada en Murasakibara.

Le miraba preocupado, y también…¿dolido?

-Akashi…-apresurado por explicar la verdad, agregó-Himuro…-

-Lo sé, lo escuché también. Ahora, si no te importa, quisiera hablar con Atsushi a solas-no tenía ni la más mínima intención de hablar con el gorila herido, lo único que le importaba era conversar con el gigante-

Parecía estar en otro mundo, en la galaxia vecina. Si no hacía algo pronto, éste no tardaría en colapsar y en desmoronarse por completo, de eso estaba totalmente seguro.

-Atsushi-

En cuanto sintió su voz, reaccionó.

Y fue doloroso, muy doloroso. Sin previo aviso, sintió que una corriente eléctrica le recorría el cuerpo, sintiendo un cosquilleo a lo largo de todas sus extremidades, concentrándose aquella molesta sensación en el pecho.

Lo único en lo que podía pensar, era en Muro chin.

Dios, estaba vivo….

Sin que se diera cuenta, se preparó para salir, apenas prestándole atención a la persona que yacía frente a él.

-Atsushi-llamándole por segunda vez, le tomó de la mano-¿Qué es lo que vas a hacer?-

Era una pregunta seria, y bastante significativa. No tan solo hacía alusión a lo que haría próximamente, sino a todo lo demás. Si iba en busca de Tatsuya, eso quería decir que él debía largarse de esa casa.

Sabía que era egoísta y muy poco amable el preocuparse por esos asuntos, pero no podía evitarlo. Amaba a Atsushi con toda su alma, esa era la verdad. Pese a estar feliz por el reciente descubrimiento, no podía erradicar de su corazón la angustia y la pena de perder su última oportunidad de enamorarlo, de que finalmente fuera suyo.

En cuanto éste cruzara la puerta en su búsqueda, volvería a perderlo, quizás para siempre.

Sonrió, irónico.

Vaya, se suponía que no debía doler tanto, al menos no luego de haberse preparado para ello desde hacía meses. Aquel momento llegaría tarde o temprano, y él lo sabía. Jamás se creyó que su mejor amigo estaba muerto, así que lo único que podía hacer era apoyarlos a ambos, tal y como lo había hecho en ese entonces…

Al menos, debía ayudar en lo que podía. Había prometido permanecer al lado de Atsushi en todo momento, y este no sería la excepción. Le ayudaría a encontrar a Himuro, le acompañaría hasta esa casa pero, luego de eso, se iría.

No estaba dispuesto a sufrir nuevamente, no lo iba a soportar… mucho menos luego de haber dado rienda suelta a sus sentimientos por Murasakibara durante el último año. O se marchaba, o terminaba interfiriendo entre esos dos.

Y él prefería la primera opción, no porque fuera buena persona, sino porque no quería mostrarle aquella faceta tan horrenda a Atsushi. Además, siempre supo que el corazón de éste no le pertenecía, jamás lo hizo.

Cerró los ojos, controlando las oleadas de dolor.

-Voy a buscar a Himuro, ahora mismo-apenas alzó la voz, obviando la importancia de la pregunta realizada por Seijuuro-

Sin mirarle a los ojos, tomó de su mano.

-Tu vienes conmigo, Aka chin-

No sabía por qué, pero necesitaba de él. Debía haber una razón por la cual Himuro no se había presentado ante ellos durante todos esos meses, y tenía miedo.

Mucho miedo.

….

-Aun no entiendo por qué diablos vienes conmigo, este no es asunto tuyo-le miró con rabia, evidentemente de mal humor-

-Oh, vamos-colgándose de su brazo, no pudo evitar sonreír-No me podía perder esto, todo está tan lleno de misterio… es emocionante, ¿no crees, Aominecchi?-los ojos le brillaron, totalmente divertido-

-No, y suéltame-enfadado, intentó sacárselo de encima pero, para su mala suerte, Ryouta no tenía intención de soltarle-

Maldito rubio con sonrisa de idiota.

-Ya sabes, no tienes por qué estar tan nervioso-borró la sonrisa de su rostro, dando a entender el verdadero motivo por el cual había decidido ir- Es mejor que recibas la noticias en compañía, ¿verdad?-

-¿Cómo quieres que no esté nervioso?-rindiéndose por el momento, decidió desahogarse- Me despierto sin saber dónde mierda estoy, me sigue un psicópata que me pone los pelos de punta, no puedo deshacerme de ti, tu noviecito me hincha las bolas y ahora iré a conversar con alguien que ni siquiera conozco. Además…-comenzó a revisar su cuerpo, sorprendido- Me doy un baño y descubro que tengo heridas por todo el maldito cuerpo, y eso que ni siquiera me dolían hasta hace un rato-cansado, suspiró con fuerza-

-Whoaaaa, cuando lo pones así, hasta yo me deprimo-hizo un puchero realmente gracioso- Y, bueno… ¿qué es lo que quieres hacer luego de hablar con ese tal Kazunari?-

-¿Acaso no es obvio?-sonriendo a medias, le miró- No pienso largarme de ahí hasta saberlo todo, absolutamente todo. Pretendo encontrar a ese tal Taiga, al menos por ahora-sin que se diera cuenta, un pequeño sonrojo adornó su rostro-

Estúpidas reacciones, en serio que no podía entenderlas. No conocía de nada a ese idiota, pero al parecer su cuerpo sí que lo hacía…no tardaba en reaccionar en cuanto pensaba en él, a pesar de ser una mancha borrosa.

Cosa curiosa, ¿no?