Capítulo siete

Rabietas

-Dímelo-hizo un puchero realmente triste, incluso agregó los ojos de perrito apaleado, pero no resultó-

-Que no, ya deja de molestar-volteó los ojos, harto de soportar las triquiñuelas y las miraditas lastimeras del rubio-

-¿Y por qué no? Así nos entrenemos un rato mientras caminamos, me quedaré dormido si no hacemos algo ahora ya-se cruzó de brazos, aguantando un bostezo-

-Entonces lárgate y déjame en paz, ese sería un gesto muy bonito de tu parte-no se lo iba a decir, ni siquiera bajo tortura-

-Eres imposible, Aominecchi-se plantó delante de él, cortándole el paso- Andaaaaaaaaa, no me reiré, en serio-exhibió una sonrisa gatuna enorme- Me muero de curiosidad-

Siempre había sido curioso y caprichoso, desde niño. Le reventaba que no le dijeran lo que quería saber, por lo que acudía a todo tipo de truquitos para que le revelaran el secreto… en mas de una ocasión se metió en problemas, ganándose unos cuantos regaños por parte de los mayores, y también golpes por parte de los niños.

Pero eso ocurrió solo las primeras veces.

Era guapo, incluso desde que era un mocoso, y lo sabía. No le tomó nada de tiempo descubrir que sus encantos no se reducían tan solo a una simple cara bonita, también era simpático, alegre, coqueto, ágil con las palabras, atento…podía seguir con la lista durante días enteros, al menos unos tres.

Si sabía utilizar todas sus cartas bien, podía obtener lo que quería, nada estaba fuera de su alcance, ni siquiera el viejo mas amargado le negaba lo que deseaba. Sus armas principales eran sencillas, y casi siempre funcionaban a la primera, por lo que no necesitaba mayor esfuerzo para lograr su cometido; si las miraditas y los parpadeos cómplices no servían, acudía a los pucheros y a las muecas mas tristes y lastimeras, esas que podían romper el corazón a cualquiera.

Y eso era todo lo que necesitaba…menos con él.

El endemoniado moreno no soltaba prenda, a pesar de coquetearle de manera descarada y de agotar todas sus cartas coercitivas…si es que tenía corazón, este era de piedra.

-Lo preguntaré por última vez…-desató todo el poder de su mirada, intentando embaucar a esos escurridizos ojos azules-¿Por qué te sonrojaste? Y no me mientas, porque te vi….-

-Vete al diablo, no te diré nada que no sea asunto tuyo- paró también, arqueando una ceja-

No iba a caer en su jueguito, no señor.

-Está bien, no me dejas otra opción-no quería hacerlo, de verdad que no, pero todo era culpa de Aominecchi-

Si no le hacía caso por las buenas, lo haría por las malas.

-¡AYUDA!-gritó con todas sus fuerzas, llamando la atención de los pocos transeúntes de la zona- ¡ME ESTÁ ASALTANDO, LLAMEN A LA POLICÍA!- sin descaro alguno, lo apuntó directamente-

-¿Qué rayos estás diciendo?-se echó para atrás, nervioso-

¿Qué demonios? ¿Acaso estaba loco?

Miró hacia todos lados, consciente de que solo sería cuestión de tan solo unos segundos para que alguien llamara a la policía y le tomaran preso. Con la adrenalina bombardeando y recorriendo su cuerpo, pensó en la solución mas sencilla: le diría al maldito rubito lo que quería, pero eso tenía un precio….uno muy alto, alto y doloroso…le haría ver el infierno.

Le había hinchado las pelotas, y nadie que hiciera eso salía ileso.

Con rapidez, le tapó la boca, murmurando furioso.

-Está bien, te diré toda la mierda que quieras, pero ya cállate-liberándolo con agresividad, se puso en marcha, alejándose del estúpido lugar-

Maldito rubio, en serio que lo había cabreado…tendría que decirle lo que menos quería verbalizar, y además lo había puesto en ridículo y no solo eso, también en peligro…no tenía a nadie a quien llamar en caso de que le llevaran a la cárcel, ni siquiera a una mosca.

Las manos le temblaron por la ira, estando a punto de darle una paliza porque, en serio, ese rubio con cara bonita tenía una personalidad horrenda.

-¿Ves? Todo es más sencillo si lo hacemos a mi manera-le sonrió con ganas, mostrándole casi la totalidad de sus blancos dientes-

-Vete al demonio-levantó el dedo corazón en su dirección, aguantando las ganas de zurrarle una de las buenas-

-Tranquilo, Aominecchi- caminando al mismo ritmo, se ubicó junto a él- ¿Y bien?-

Respiró varias veces para tranquilizarse, intentando convencerse de que golpearlo hasta que se le acalambraran los dedos no era buena idea, al menos no si tenía que hacerse responsable de ese cuerpo inerte después.

-Es…raro-se sentó cuando quedaba un par de casa por pasar, concentrándose en serio-No recuerdo a nadie, pero me nombran a ese idiota y este estúpido cuerpo reacciona de forma extraña. Pensé en él hace un rato, y me sonrojé en contra de mi voluntad, eso es todo-

-¿Se te acelera el corazón?-

-Eh… ¿sí?-ante la mirada de decepción de Ryouta, agregó- ¿Qué?-

-Por favor, tienes que saber cuándo el corazón se te acelera por alguien o no-

-Pues, no lo sé-se encogió de hombros, molesto-

-Haz un esfuerzo-

-Mmmm creo-rascó su cuello con incomodidad, tratando de pasar el maldito asunto de una buena vez-¿Algo más?-

-¿Se te revuelve el estómago?-

-Una vez, o algo así, creo-

-Já-le miró con suficiencia- Pues, ni te has dado cuenta, pero te has vuelto a sonrojar… te daré mi opinión de experto, mi querido amigo- deslizó su brazo sobre los hombros del moreno, sonriendo-Estás enamorado de ese muchacho-

-¿QUÉ?- se levantó de golpe, sacudiendo el brazo contrario sin pretenderlo-No-

¿Él, enamorado? ¿De un hombre, sin pechos ni nada de curvas?

No, eso no... a él no le iban los tipos, le gustaban los pechos grandes, mientras más grandes mucho mejor. Estaba seguro de eso a pesar de ser un amnésico… pero, entonces, ¿por qué tenía todas esas estúpidas reacciones cuando escuchaba su nombre?

Y eso que ni siquiera le conocía, no tenía idea de como era su rostro, o su voz… y si es que en algún momento de su vida, en algún universo alterno se llegó a enamorar de él, como mínimo el muy bruto tenía que ser alguien único, especial…porque no se metía con cualquiera, no señor.

-¿Por qué no?-leyendo su expresión de turbación, dio en el clavo- No me digas que le tienes repelús a los homosexuales-

-Cállate, Ryouta- cerró los ojos, sintiendo que le iba a explotar el cerebro por la confusión y lo complicado que era todo-No les tengo repelús, es solo que… no tengo idea si es que estaba bien con los dos equipos-

-Eso se arregla fácil, se comprueba y ya-

-¿Y cómo lo sabes?- le miró con desconfianza-

Ryouta le sonrió, tomándole del brazo y obligándolo a tomar asiento nuevamente, sobre el asfalto. Mantuvo la vista pegada en sus zapatillas, tomándose todo el tiempo del mundo en responder aquella pregunta tan, tan…complicada.

Le podían llamar su talón de Aquiles, su punto débil o como quisieran, la verdad es que poco le importaba, la cosa era que el temita en sí era meterle el dedo en una herida abierta, le molestaba y le hacía sentir culpable.

¿Por qué?

Pues, porque recordaba a Kurokocchi.

Había sido él, su mejor amigo de toda la vida, el que había despertado ese tipo de sentimientos por primera vez. Tenía dieciséis años cuando sintió la imperiosa necesidad de besarlo, de hacerlo suyo y de nadie más, y la razón era bastante tonta.

Se había puesto celoso del insecto besucón que vivía con Tetsuya; Alex.

La odiaba desde el fondo de su enorme y caprichoso corazón, así de simple. Si fuera por él, la lanzaría en lo profundo del mar atada a un yunque.

Cada vez que besaba a su amigo o le tocaba, no podía evitar mirarla con un odio profundo, casi empujándola lejos…lo peor de todo es que no los podía mantener alejados al menos el kilómetro de distancia que consideraba necesario, y la muy arpía disfrutaba de eso, sacarle de quicio era su prioridad en cuanto se encontraba en la casa de Kurokocchi.

Desde ahí, vivía con la incertidumbre de qué era lo que sentía por él; si amor, solo amistad, o quizás las dos cosas…la primera mas que la segunda, o algo así, la verdad es que no tenía idea.

Y eso lo molestaba, era agotador, problemático. La mayoría de las veces encontraba la respuesta rapidísimo, pero tampoco creía mucho en ella, porque tan solo consideraba a Tetsuya como un amigo cuando alguien estaba a su lado, distrayéndole lo suficiente de aquellos confusos sentimientos.

Miró al moreno que estaba a su lado, examinándolo con ojo clínico. Era guapo y estaba buenísimo, era su tipo ideal… quizás, distraerse con él no era una mala idea… ¿Quién sabe? Si tenía suerte, estando con él encontraría la paz y la respuesta definitiva que estaba buscando y si no, bueno, no la iba a pasar mal.

-Porque así lo descubrí yo-sonrió, pero le costó un poco-¿Quieres hacer el intento?-

-No, gracias-distraído, comenzó a jugar con sus pulgares, perdiéndose en otro tipos de pensamientos, muy lejos de allí-

Sin que se diera cuenta, Kise se había puesto de pie, tomándole por la barbilla y besándole sin escrúpulo alguno.

Y claramente no fue un beso así nada mas, no.

Jugó con sus labios a destajo, mordiéndolos suavemente antes de succionarlos con la fuerza necesaria como para hacerle sentir bien. En cuanto Aomine abrió un poco mas la boca para soltarle una sarta de insultos, introdujo su lengua, recorriendo la boca contraria, familiarizándose con su calidez…ese moreno era calor, puro calor.

Abrasador y adictivo.

Fue entonces cuando un puñetazo impactó en su mejilla, mandándolo lejos.

-¿Quién diablos te crees que eres, imbécil?-limpió sus labios con el dorso de la mano, mosqueado, tanto, que podría molerle los huevos a patadas- A mi nadie me besa sin mi maldito permiso, joder-

-¿Te ha dado asco?-se puso de pie con dificultad, un poco mareado por el golpe- Y no me respondas estupideces ni te hagas el bravo, solo dime si te dio asco que te besara un hombre, al diablo todo eso del permiso y blablá-

-No-sorprendido, se tocó la boca-

No le había dado asco, pero eso no quería decir que lo había disfrutado, eso por sentado. Además, no le gustaba ese tipo de besos, sino que mas agresivos, mas pasionales…

Se quedó estático.

¿Cómo sabía eso? ¿Acaso así eran los beso de… de él? ¿De ese tal Taiga?

-Oh mierda…-poco a poco, comenzó a sentir pánico-

Le cabreaba de hasta el infinito no tener ni una puta idea de nada, maldita sea.

-Ya sé, beso fenomenal, guárdate las expresiones de asombro-palmeó su hombro- Y te lo dije, a ti te gustan los hombres y estás enamorado de uno-

-Cállate y vámonos- no le miró en ningún momento, perdido en sus pensamientos-

Y Ryouta lo imitó, pensando que no se arrepentía de haberlo besado, porque ese moreno estaba tan bueno que se lo comería con papas fritas, por lo que haría lo que fuera con tal de engatusarle y tenerlo a su lado, aunque sea un rato…

Aomine apretó los puños, nervioso y sin poder sacarse de la cabeza a ese Kagami, y que quizás, solo quizás, sí sentía algo por él… tal vez… no, que va, eso no….pero bueno, si era verdad y todo eso, ya saben, si es que lo amaba y eran algo, pues pronto lo descubriría.

Tan solo debían llegar a la casa de Kazunari… y para eso solamente debían cruzar la calle.

…...

-Hola-su voz, ronca y profunda, resonó en la habitación-

No le respondió en seguida, sino que le miró con atención, absorbiendo cada herida, cada venda y cada moretón. Lo examinó con ojo clínico, sintiendo la rabia bullir en su interior conforme iba barriendo su cuerpo con la mirada.

Comenzó a ver todo rojo cuando reparó en la silla de ruedas, y en las piernas enyesadas…

Estúpido gorila, estúpido, estúpido, estúpido.

En serio que iba a matarle, sobre todo por lo que le había hecho pasar, por no haberle hecho caso, por hacerle sufrir, por… por… maldita sea, por todo. No sabía si era culpa de las hormonas del embarazo o quizás porque justo lo había pillado en un momento sensible, pero la verdad es que nunca había estado tan enojado en su vida.

Se quedó quieto, intentando controlar las oleadas asesinas que recorrían su ser.

-Kazu, perdón por venir sin avisar… unos conocidos pasaron por aquí y me dieron un aventón, así que no tuve que arrastrar esta cosa ni siquiera por un metro, me dejaron casi en la puerta…-nervioso, le miró a los ojos-Quise venir porque quedaba cerca, y para decir que no te preocupes de más, estoy bien y…-

Listo, hasta ahí le había durado la paciencia.

-"Bien"-le tembló la voz, siendo superado por los nervios y todo lo reprimido durante las últimas horas-No me digas que estás "bien" cuando estás así, imbécil-sin pretenderlo, rompió a llorar- Me preocupé tanto que creí que me iba a ahogar… y tu vienes como si nada, sin siquiera avisarme, nada de nada… lo único que recibo de ti es una llamada y que no volverás a no ser que encuentres a Daiki, ¿y yo? ¿Dónde quedo yo en tu estúpida cabeza? ¿No pensaste que podría casi haber muerto de la angustia? Eres mi única familia…-

-Kazunari, tranquilo- Midorima le envolvió entre sus brazos, besándole en la coronilla de la cabeza- No te alteres-

Takao cerró los ojos, dejándose envolver por la paz que el cuerpo de su esposo le transmitía, pero la pena y la rabia no se la iba a quitar nadie, absolutamente nadie.

-Kazu…-arrepentido, arrastró la silla de ruedas al interior de la casa, dirigiéndose hacia el comedor- Lo siento, en serio que lo siento, no quise… te juro que jamás quise que te preocuparas así, es solo que no lo pude evitar… soy un cabeza de chorlito, un idiota, lo sé, por favor perdóname-estiró la mano buena hacia él, esperando que su hermano la recibiera-

Se la tendió, apretándola con fuerza. Pero no pudo decirle nada, todo lo que tenía preparado se le fue de la cabeza y no podía pensar en casi nada. Sin que se diera cuenta, la mano de Kagami soltó la suya, dirigiéndose hacia su barriga enorme.

-Perdóname tu también, enano-sonrió, arrepentido- He hecho enojar mucho a tu mami…-

-Me las vas a pagar todas, Kagami Taiga- le habló de manera fría, totalmente aterradora- Has alterado y le has hecho mucho daño a mi familia, así que no pienses que vas a salir gratis de todo esto-se acomodó las gafas en el puente de la nariz, molesto- Aun así, eres el hermano de Takao, y por eso te estimo, tanto esta casa como nosotros estarán para ti, pero por favor no seas tan idiota ni vuelvas a asustarnos así, si algo le pasa a Kazunari o a mi hijo, te voy a matar-

-Vale-un poco mejor, sonrió agradecido-

Midorima era terrorífico, sí, pero también era un buen tipo.

-¿Y quién te dejó aquí?-respirando profundamente, se dejó llevar por Shintarou hacia el sillón, recostándose-

-Ah…-recordándolo todo, se le encogió el corazón- A que no adivinas a quién conocí- le miró expectante, casi sin pestañear-

-Pues, no sé-

Suspiró, preparándose para soltar la bomba, sin embargo, lo dudó… no era bueno para Kazunari, el pobre había pasado ya por mucho, de seguro le daría algo en cuanto lo supiera. Bueno, tampoco podía quedarse callado, Himuro le visitaba todos los días, así que se enteraría de todas formas.

-Con Murasakibara, el esposo de Tatsuya-apretó el puño que no tenía vendado, nervioso- Fue a verle en cuanto supo que él estaba vivo. Quiero decir, que el tipo este creía que Himuro estaba muerto, porque no le habían podido seguir la pista luego del accidente y tampoco Tatsuya se había puesto en contacto, por lo que, bueno, tu ya sabes por qué, pero él no y…-enredado y sobrepasado por todo, le costaba reordenar sus ideas- La cosa es que le dije donde vivía, y partió para allá. Himuro vive cerca, y su amigo el psicópata me acompañó hasta aquí, me dejó en la puerta y partió hacia él-

-No entendí absolutamente nada- todo era confuso, y Kagami no ayudaba en aclarar el asunto-

-Taiga se encontró con Murasakibara, la persona que Himuro recuerda todos los días. Resulta que él es su esposo y lo daba por muerto, dado que Tatsuya perdió la memoria y no contactó a nadie… Kagami le dijo todo esto y él y su amigo fueron a su casa y de paso te trajeron aquí, ¿es eso?- serio, Midorima resumió la historia-

-Sí, eso mismo-

-¿Qué?-abrió los ojos hasta el límite, sorprendido-Eso no puede ser…-

-Pues sí puede ser, acaba de pasar…-distraído, posó la mirada en el reloj de madera que hacía "tic tac" a cada segundo, siendo consciente de lo tarde que era- ¿Y qué haces tu despierto?-

-Estoy…-recordó de improvisto a quien esperaba, y a quien tenía en frente-

O no… se iba a armar la grande.

Se puso de pie dispuesto a explicarlo todo, pero el timbre volvió a resonar en la casa, haciéndole ahogar un grito.

-Mierda- la sangre huyó de su rostro, quedándose estático-

-Iré yo, tu quédate con Taiga-haciéndose cargo de la situación, le besó en los labios por unos segundos, apenas unos pocos, pero el tiempo suficiente como para despertarle y hacerle sentir mejor-Te quiero, no lo olvides-

-Gracias- suspiró profundamente, regalándole una sonrisa antes de dirigirse hacia el pelirrojo- Taiga, pase lo que pase, guarda la calma-

-¿Por qué?-confuso, intentó husmear por sobre el hombro de su hermano, hacia la puerta de entrada-

-Hey- le golpeó en la mejilla, llamando su atención- Prométemelo, pero en serio. No quiero que te vuelvas loco, hazlo por mí, por el bebé-

-Ya, ya-comenzó a sentirse nervioso, sin poder evitar las ganas tremendas de husmear de que trataba todo el asunto- Lo pro…-

Y no pudo continuar, sobre todo por aquella voz que resonó en la habitación y que le hizo abrir mucho los ojos, para luego encontrarse a sí mismo en un estado de ahogo tal que parecía un pez fuera del agua.

Era él, Dios mío, era él.

-Buenas noches, soy Daiki, Aomine Daiki-incómodo, se sintió un completo idiota al tener que presentarse de manera tan formal-

-Y yo soy Kise Ryouta, mucho gus…-una enorme mano le tapó los labios, impidiéndole hablar nuevamente-

-Por favor, cállate Ryouta-

Estaba cansado de su eterna cháchara y todo eso… si fuera por él, lo mandaría a dar al menos cien vueltas al país, o al continente con tal de tenerlo lejos, muy lejos.

-Pasa, Daiki-serio, se acomodó las gafas- Te estábamos esperando-le tendió la mano, presentándose también-Soy Midorima Shintarou, el esposo de Takao Kazunari… pasen por aquí-

Le siguió, mirando hacia todos lados, intentando recordar algo, lo que fuera. Debía haber algún objeto o algo en esa casa que le ayudara, que le hiciera reaccionar, o al menos eso pensaba.

La casa era grande, y se notaba a leguas que dos personas con personalidades opuestas vivían allí. Los muebles y los colores eran elegantes, sobrios, pero aun así alegres, coloridos, los muebles hacían juego con el resto, y había una infinidad de fotografías, y flores, flores por doquier, cada ramo tenía una tarjetita que suponía era para felicitar a uno de ellos.

Estaba entretenido apreciando la belleza de las flores, no sabía por qué, pero éstas le encantaban, siempre le habían llamado la atención…pero lo que vio a continuación le llamó aún más la atención, siendo imposible para él desviar los ojos.

Era el psicópata del otro día, ese que le ponía los bellos de punta en cuanto su fiera mirada se posaba sobre él.

Comenzó a sentir que el corazón y el cuerpo se desplomaban sin que pudiera detenerlos, de pronto se sintió cansado, muy cansado… le pesaban los hombros, y los brazos. Sin embargo, no tardó mucho en darse cuenta de que tenía calor, se estaba sonrojando de manera brusca, siendo consciente de eso muy tarde…

El corazón comenzó a latir desaforadamente, avisándole a pesar de recordar su nombre a duras penas, a pesar de no reconocer su rostro.

Era él.. el famoso Kagami Taiga... el psicópata que lo miraba bajo la lluvia...