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Bajo ataque
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—Orcos... —susurró Gloin afianzando el mango de su hacha en su mano. Kíli, miraba a su alrededor, confuso y asustado ante la repentina tensión.
—Probablemente sea la patrulla del que matamos ayer. Corred – la orden de Thorin fue pronunciada con voz baja y calmada, pero bastó para poner a todo el grupo en alerta.
Echaron a correr y Dori levantó al niño con facilidad, abrazándolo contra su pecho. Kíli no hablaba, pero mantenía los brazos fuertemente apretados en torno a él y la cara escondida en su cuello.
Alcanzaron con facilidad a Bofur y Fíli quienes escucharon las noticias alarmados. Un ataque orco siempre era una mala noticia, pero ahora contaban con un guerrero menos. Y la ciudad no se perfilaba aún en el horizonte.
Corrieron lo más rápido que pudieron y bajaron con dificultad la formación rocosa. Durante un breve momento, mientras bajaban, Bilbo cogió en brazos al niño. Kíli no lloraba, se dejaba pasar de uno a otro, con los ojos cerrados y los labios apretados con fuerza. No alzó los ojos de su pecho cuando de brazos del hobbit pasó a los de Ori, ni cuando de este bajó hasta los de Bombur.
—Saqueador – bramó Thorin señalando unos peñascos altos, metros más adelante.
Con un asentimiento y el miedo acelerando su corazón, Bilbo corrió y escaló presuroso la formación rocosa. Sus ágiles pasos avanzaban silenciosos por la roca. En la lejanía, aparecieron tres huargos acortando camino. Esperó a que se acercasen para comprobar si aparecían más enemigos.
Desanduvo el camino lo más rápido que pudo. Thorin aguardaba inquieto con la mano sobre la empuñadura de la espada.
—Tres huargos con jinete —informó jadeante—. No parece haber más, pero no estoy seguro.
—Tenemos que seguir adelante, aquí somos presa fácil —aseguró el enano por respuesta.
Avanzaron corriendo mientras los huargos se acercaban al galope(?). Los gritos orcos sonaban cada vez más cerca. Van a cazarnos como a conejos, pensaba Bilbo mientras corría. Nos van a cazar se repetía una y otra vez mientras corría junto al resto de la comitiva.
La voz de Dori resonó desde el fondo de la comitiva alertando la llegada del grupo, puso en alerta a todos los enanos.
—¡En formación!
La potente voz del enano resonó organizandoles. Bombur dejó al niño en el suelo y lo empujó hacia el centro de la formación para poder sujetar su arma. El niño se quedó asustado en el centro del grupo, rodeado protectoramente por todos los adultos. Bilbo lo miró un segundo, intentando apartarle de su mente mientras desenvainaba a Dardo. Las lágrimas caían por la frente del niño, pero este no pronunciaba ni un solo sonido. Solo miraba a su alrededor, perdido en aquella camisa gigantesca manchada de tierra y con los pies descalzos sobre la hierba.
La avanzadilla de la patrulla, llegó pocos momentos después de que Thorin diese la orden. Fíli lanzó el hacha contra el animal y, aunque no le dio, fue suficiente para que el orco se inclinase lo suficientemente cerca como para que los proyectiles de Ori y una de las armas de Dori derribasen al jinete dejando al fiero animal a merced del pesado martillo de Dwalin y las hachas de Bifur y Bofur.
A ojos externos, el ataque enano parecía disperso y confuso, sin embargo, cada enano sabía el lugar exacto de sus compañeros, sin descuidar a ninguno de ellos. Bilbo esperaba, con el corazón congelado en el pecho, sujetando con fuerza el mango de Dardo entre sus manos hasta hacerse daño.
Los otros dos huargos se acercaban con rapidez. Bilbo miró a su alrededor, desesperado. No tenían lugar a donde ir.
Los enanos cerraron filas, preparados, mientras los animales se aproximaban, golpeando con tanta fuerza el suelo que Bilbo lo sentía vibrar en las plantas de sus pies.
El orco lanzó una de sus armas que se clavó en el centro del grupo, a pocos metros de Kíli, quien cayó al suelo con un grito. Asustado, el niño se hizo una bola temblorosa en el sitio, sollozando.
Los dos atacantes llegaron y se enfrentaron a la comitiva. Los gritos de los animales y las bestias se entremezclaban con los de los enanos al atacar.
Recuperaron su posición expectantes, pero ningún atacante se aproximaba más. Thorin se volvió hacia el centro y se quedó petrificado.
—Kíli... —llamó en voz baja.
Todos la comitiva se volvió hacia el centro, descubriendolo vacío. En medio de la refriega, Kíli había huido sin que nadie se diera cuenta. Todos comenzaron a buscar a su alrededor. Asustado, con los largos faldones y descalzo, no había podido ir demasiado lejos con sus pequeños pasos.
Fíli corría con el rostro desencajado. Thorin lo llamaba con su voz potente resonando entre el paisaje.
Y, de golpe, un grito rasgó el aire. Se quedaron congelados mientras reconocían la voz. Su tío y su hermano fueron los primeros en correr en la dirección de la voz. Y, a los pocos momentos, Fíli sacaba ya una breve distancia al resto de enanos.
Bilbo subió a la formación rocosa mientras los enanos la bordeaban. Desde lo alto, pudo ver al niño encogido en el suelo, con los ojos cerrados con fuerza y las manos tapándose los oídos. Un orco se aproximaba al niño a lomos de un huargo negro.
Kíli seguía chillando encogido, llamando a su madre con cada voz. El orco sonreía mientras se aproximaba paso a paso, disfrutando del pánico que embargaba a su débil presa. Centrado en el sabor de la carne tierna, no vio a la docena de enanos hasta que cayeron con violencia sobre él.
Bilbo descendió con rapidez y se aproximó al niño, mientras los enanos seguían golpeando una y otra vez al orco. Las hachas y martillos caían rítmicamente, entremezclándose con el sonido de los huesos rotos. Intentó apartar al niño pero, cuanto más se acercaba, el grito del niño se volvía más virulento.
Thorin llegó hasta ellos en dos grandes pasos, con el rostro pálido y la mirada desencajada. Ignorando los gritos del niño, lo cogió en brazos y lo apretó contra su pecho con fuerza.
—Abbad! Abbad! —chilló alzándole con brusquedad y, bajando el tono hasta un susurro, lo examinó — Abbad, inùdoy, abbad. Abbad adandinh. Abbad adadinh.
El enano lo repetía una y otra vez, acariciándole la cabeza, apartándole el pelo con demasiada fuerza para examinarle el rostro. Pero Kíli lo rehuía, llorando, llamando a gritos entrecortados a su madre una y otra vez. Aunque Thorin intentaba girarle la cara para mirarle, el pequeño se apartaba y con los puños cerrados, le golpeaba en el hombro intentando alejarle de él.
Balin se acercó con gesto preocupado mientras recuperaban el aliento.
—¿Está herido?
Thorin negó con la boca apretada y gesto preocupado. Fíli se acercó pálido y nervioso y colocó una mano protectora sobre la espalda del niño.
Volvió a apretarlo contra su pecho, repitiendo una y otra vez "abbad, inùdoy, abbad" mientras sus grandes manos lo acariciaban repetidamente intentando calmarle. Pero el niño lloraba con fuerza, repitiendo la palabra "khagam" sin cansarse.
—Tenemos que seguir. Llegar a la ciudad antes de que anochezca, Thorin. No podemos arriesgarnos a otro ataque en campo abierto.
Sin soltarle ni dejar de repetir la frase en su oído, el enano asintió. Recogieron las armas y se alejaron a paso rápido, seguían caminando en una formación en la que tanto Thorin como el niño lloroso quedaban en el centro.
El niño seguía llorando, llamando desesperado a su madre. Los enanos avanzaban, lanzando nerviosas miradas al niño cada poco tiempo.
—¿Por qué no pruebas con una canción? —preguntó Fíli desesperado cuando se detuvieron a descansar horas después. La silueta de al ciudad se veía perfilada en el horizonte— A Kíli le gustaba la canción aquella de la enana que bailaba para casarse. Se la cantabas siempre a madre cuando estábamos ya en la cama. Nunca se dormía hasta que te oía.
Thorin lo miró al borde del colapso. Envolviendo al niño en la capa de viaje de Nori, comenzó a mecerlo con suavidad mientras Bofur y él cantaban la alegre canción de taberna que Bilbo dudaba que fuese apropiada para los oídos infantiles. Despacio, los berridos fueron calmándose hasta convertirse en un sollozo quedo y asustado.
—Abbad adadinh, inùdoy —susurró cuando el niño alzó los ojos enrojecidos e hinchados y lo miró. Le limpió con suavidad las lágrimas que corrían por sus mejillas y le dio un breve beso en el pelo cuando Kíli enterró la cara en el cuello del hombre.
—Un zirikh Khagam – pidió sorbiéndose los mocos – Un zirihk duh kundim. Un zirikh Khagam...
—No quieres seguir de viaje, ¿eh? —le sonrió tranquilizador intercambiando una mirada con su otro sobrino que suspiró relajado.
—Un zirikh Khagam... —pidió otra vez el niño cuando el viejo enano volvió a abrazarle.
Avanzaron camino de la ciudad, con el niño dormitando en brazos de su tío, quien, tras el último ataque, parecía incapaz de separarse de él.
Se acercaron con Kíli oculto bajo la capa de Nori. Desde el exilio, desde que el pueblo de Erebor se vio obligado a vagar por la Tierra Media, no se habían visto niños enanos. Y ni siquiera en esas ocasiones, las protectoras madres enanas les dejaban acercarse a los extraños de esas lejanas ciudades. Ya llamaban la atención por sí solos, no necesitan más ojos mirándoles curiosos.
Encontraron la casa de un granjero a las puertas de la ciudad y Thorin negoció permiso para alojarse en las cuadras mientras Balin guardaba al niño.
El pequeño edificio de madera en el que se resguardaron, estaba cubierto por paja seca. Tumbaron al niño sobre una de las balas de paja y se acomodaron relajados. Las posibilidades de sufrir un ataque tan cerca de una población eran mínimas.
—Señor Bolsón... —habló el rey enano volviéndose hacia el hobbit—, acompáñeme a la ciudad. Fíli - pidió lanzandole una breve mirada al pequeño.
Sorprendido, el hobbit asintió y, recuperando su bolsa, se apresuró a seguir al enano camino de la ciudad.
Thorin se acercó a uno de los puestos que estaban por cerrar y Bilbo lo oyó negociar con la vendedora el precio del producto con familiar experiencia. Observó divertido como el rey enano conseguía ropa y calzado infantil con una facilidad nada propia de la realeza.
—No sabemos cuánto tiempo estará así –se defendió— No podemos pasearnos por media tierra con un niño desnudo.
Cargados con las provisiones y la ropa, Thorin le indicó una vieja cantina con un gesto. Se sentaron en una de las mesas del fondo, desde donde podían controlar todo el local y, aunque la mesera pareció sorprendida de los viajeros, los atendió con una educada sonrisa. Thorin pidió por los dos y no abrió la boca hasta que la mesera les dejó las cervezas y la comida y se alejó.
—Thorin, ¿qué hacemos aquí?
—Gandalf aseguró que eres rápido y escurridizo. Y has demostrado ser de confianza. Quiero que me prometas algo, Bilbo Bolsón. No podemos arriesgarnos a que se repita lo de hoy. Si algo saliese mal... si no encontrásemos la cura y algo nos sucediese...
—Lo haré –lo interrumpió, entendiendo la dificultad del enano al pedirle un favor —. Si pasase cualquier cosa, cuidaré de él – prometió con una voz solemne bajo la atenta mirada del enano— Cuidaré de él y lo llevaré a las Montañas Azules, con su madre.
Thorin le sostuvo la mirada y le tendió la jarra de cerveza para brindar en un gesto de mudo agradecimiento. Pero el enano no lo había llevado allí para eso, como pronto descubriría el hobbit.
El rostro le cambió y la mirada se fijó en la puerta. Bilbo se giró y observó sorprendido. Por el hueco, una figura pequeña entró callada. Vestía ropajes de hombres y el pelo corto como uno. Se mantenía alejada, fumando, y si Thorin no se hubiera fijado en ella, Bilbo la habría confundido con un hombre joven.
—¿Ella es...? ¿No os recuerda a la mujer que se suicidó?
Thorin asintió.
—Eso parece. Todas las mujeres de hombres son iguales a nuestros ojos. Pero parece que esta se parece un poco más que las demás a la que buscamos – bebió un trago de cerveza, sin quitarle el ojo de encima —. Y no parece gustarle demasiado a los lugareños.
La mujer se sentó en una esquina a cenar, sin hablar con nadie ni establecer contacto visual con ninguno de los presentes. La camarera pasó por su lado y Thorin la sujetó de la muñeca un segundo.
—¿Quién es aquella? – le preguntó señalándola con la cabeza. La apurada camarera buscó un segundo la mujer a la que se refería el enano.
—¿Aquella? No lo sé, señor. Pero creo que pertenece al grupo de la montaña. Debe haber venido a hacer negocios al mercado, raramente se las ve por la ciudad – comentó mientras recogía los platos vacíos y se perdía por entre la gente.
Bilbo tomó la decisión cuando un hombre se sentó a la mesa junto a ella. Agarró su jarra vacía y se bajó del banco perdiéndose por entre la gente. Thorin lo vio desaparecer. Camuflado bajo la barra, Bilbo se colocó el misterioso anillo y se volvió invisible. Se acercó en silencio y se colocó lo suficientemente cerca como para poder oír la conversación sin ser percibido.
Escuchó atentamente aunque el ruido del bar subía y bajaba de intensidad, impidiéndole oír por momentos la conversación.
Cuando el hombre se levantó y salió del bar, Bilbo se apresuró a regresar a la mesa tras quitarse el anillo.
—Mejor de lo que esperaba, mediano – lo felicitó cuando Bilbo se volvió a sentar. Al hobbit todavía le temblaban las piernas aunque asintió agradecido— ¿De qué hablaban?
—No pude escuchar mucho, pero... creo que le comentaba sobre la mujer que se suicidó. Hablaban de un cuerpo en el río y ella parecía apenada. También hablaban de los orcos de que estaban cada vez más cerca y de un tal Vrak, pero no logré entender que era.
—Eso ya no importa, vamos.
Lo apremió levantándose y recuperando su arma, mientras Bilbo se incorporaba apurado y recogía todas las compras antes de salir. La mujer se había levantado y salía del bar. Estaba claro que Thorin no estaba dispuesto a perderla.
La siguieron por las calles atestadas, a una distancia prudencial. La mujer giró en una esquina y cuando ellos estaban a punto de seguirla, Dwalin les cortó el paso.
Thorin lo apartó y buscó a su alrededor. La mujer había desaparecido. Se volvió hacia su amigo, maldiciendo.
—¿Qué ocurre?
Dwalin lo miró callado, cruzado de brazos. El gesto grave del enano no presagiaba nada bueno.
—Tenemos un problema.
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Cuarto capítulo con un pequeño susto para el pequeño enano. Gracias a Kagome-Black y AliciaMalkavian por sus reviews. ¡Y bienvenida a ladywesker y NenucaV!
