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6

Desconfianza

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Thorin esperó paciente mientras el granjero contaba la carne que el enano le había entregado como pago. Junto al hobbit, a Dwalin y a Balin, esperaban pacientes. La mujer del granjero, entró en la sala cargada con un cesto de ropa que dejó cerca del fogón.

A fuera de la casa, los hijos cargaban el carromato. Balin los miró pensativo antes de volverse hacia la mujer.

—¿Fabricáis vos la ropa, señora? —preguntó con amabilidad.

—No hago ropa para enanos. No os servirá – contestó sin volverse mientras cosía distraída.

—No importa que venga grande, señora. ¿Tendríais algo para un niño? Se os pagaría, claro – contestó haciendo resonar las monedas dentro de su bolsa.

Ante el tintineo metálico, la mujer alzó la cabeza de su labor y miró inquisitivamente al enano. Bilbo era consciente de que la amable sonrisa del enano, acostumbrado a comerciar con desconocidos, contrastaba con la hosca distancia de los otros dos enanos.

—¿Qué buscáis?

—Oh... lo normal. Unos pantalones, una camisa... Nada en exceso. Quizás algo de calzado si les sobrase a sus chiquillos.

—Os saldrá caro – avisó la mujer.

—Estoy seguro de que podremos llegar a un acuerdo —confirmó acercándose.

Bilbo esperó paciente mientras el viejo enano se acercaba a la mujer y negociaba el precio de la ropa. Al otro lado de la pequeña estancia, Thorin terminaba de pagar por la estancia. Tras él, el hosco enano esperaba paciente en ademán protector y, desde su apartada posición, Bilbo se dio cuenta que el gruñón guerrero todavía tenía una trenza malhecha que el niño le había realizado la noche anterior.

Sonrió divertido. Por mucho que se preocupasen por él, no era solo consternación por el estado de su amigo, había un cariño paternal en las acciones de cada uno de los enanos.

Aburrido, comenzó a observar su alrededor. La casa, construida con piedra y madera, era bastante pobre. Apenas contaba con muebles, tan solo una mesa y unos cuantos tocones que hacían de sillas, sin contar la vieja mecedora junto al fuego.

Colgadas de la pared, había numerosas herramientas de labranza. Bilbo reconoció algunas. En la Comarca no había trabajado nunca en el campo, cierto que había ayudado algunas veces a Job y a su padre cuando eran niños, pero lo cierto es que aquellas veces no se habían acercado a esas herramientas para nada.

Que lejana parecían aquellos días en los que su máxima preocupación era... ninguna. De niño siempre había soñado con una peligrosa aventura. Robar a un dragón era casi la materialización de dicho sueño, claro que nunca había pensado en el peligro real que suponía.

Observó las herramientas. Reconoció un rastrillo apoyado en el suelo, una hoz colgada de la pared y un azadón a su lado. La criba estaba apoyada en el suelo, todavía con restos de cereales en la rejilla. Caída en el suelo, había un aparato parecido al rastrillo pero con dos pinchos semi—oxidados.

Los mangos de madera estaban astillados y arañados, gastados por el uso. Thorin a su lado, se despedía del granjero mientras Balin se reunía con ellos con la ropa y unas botas viejas que tendrían que servirle a Fili.

—Bolsón... — lo llamó a punto de salir por la puerta.

Pero Bilbo no se movía. Se había quedado quieto, observando los útiles de labranza con gesto ido. Las marcar, paralelas y en posición ascendente tenían que haber sido hechas a propósito. Se parecían a...

—¿No os recuerdan a...? — preguntó señalándolas. Los enanos se acercaron y examinaron las marcas bajo la atenta y confusa mirada del granjero.

—Disculpad, pero... estas herramientas, ¿las fabricáis vos? — preguntó Balin con fría educación.

—¿Las azadas y todo eso? — preguntó el hombre examinando las herramientas también – No, no. Las compramos los días de feria a unos comerciantes. Las fabrican en el poblado de refugiados.

—¿El poblado de refugiados? —preguntó Thorin intentando controlar el tono de voz, luchando con su impaciencia.

—Durante mucho tiempo esta tierra estuvo en guerra. Y las guerras traen cosas malas para los hombres y las mujeres. Algunas de las mujeres que sobrevivieron huyeron a los bosques, escondiéndose. Según supimos luego hubo hombres que se les arrejuntaron. Son gente extraña, con la que no conviene tener problemas, pero buenos artesanos. Y venden a buen precio.

Los enanos intercambiaron una mirada y Balin, recuperando la agradable sonrisa que había utilizado hacía pocos segundos, avanzó curioso.

—Sí que parecen buenas herramientas, sí. ¿Sabéis donde podríamos encontrarlos?

—En las ferias suelen venir.

—¿Y un poco antes? Nos corre algo de prisa.

El granjero dudó un momento e intercambió una mirada con su mujer.

—Dirigíos hacia el este, hacia la montaña tras los bosques. No sé en que sitio exacto viven, pero por allí os encontrarán sus exploradores y podréis negociar con ellos.

Se lo agradecieron profusamente antes de reunirse con el resto de enanos. Fili estaba sentado sobre la bala de paja donde lo había dejado sin quitarle el ojo de encima a Kili que jugaba con Bifur a pillarse las manos. Le lanzó la ropa y el enano rubio las examinó con rostro torcido.

—Póntelas. Te quedarán grandes, pero al menos no pasarás frío – afirmó Thorin mientras Bombur le daba un plato de desayuno.

Comunicaron las noticias que fueron aceptadas con un silencioso y determinado asentimiento de todos los enanos. Observaron a los dos niños, vestidos con ropa de hombres que les venía demasiado grandes y los hacían parecer pequeños y enfermizos. Tendrían que llevarlos y confiar en la suerte. Una suerte que no parecía estar de su parte últimamente.

Avanzaban despacio, cargando la mayor parte del tiempo con un Kili aburrido cuya atención pasaba de un foco de interés a otro. Fili, cinco años mayor que su hermano, era algo más tranquilo y desconfiado. Caminaba siempre junto al enano que llevase a su hermano, sin hablar ni apartar los ojos de Bilbo, quien se revolvía bastante incómodo notando los ojos azules fijos en su nuca. De vez en cuando, se giraba y lo enfrentaba pero el niño, al contrario que su hermano que rompía a reír al verse sorprendido, entrecerraba los ojos y apretaba los labios en la misma mueca de gravedad que adquiría su tío ante las preocupaciones.

Las pequeñas formaciones rocosas a las que se dirigían se erguían tras el espeso bosque que se abría ante ellos. Se alejaban del camino principal, cortando matorrales y enredaderas. Deteniéndose nerviosos ante el menor sonido. Los bosques no eran su terreno. Sus cortas piernas no estaban hechas para avanzar por entre ramas y plantas, pero como pronto descubrió Bilbo, eran una raza dura y perseverante.

Fili empezó a quedarse retrasado y pronto avanzaba a la altura del hobbit.

Con facilidad, los enanos saltaron un tronco tumbado y siguieron avanzando, sin esperar a los dos rezagados. Bilbo trepó el obstáculo y esperó por el niño. Le tendió la mano con una sonrisa, pero el niño se apartó mirándole incómodo.

Intentando saltarlo, Fíli resbaló y cayó al suelo. Se levantó y lo miró muy serio, limpiándose con descuido las manos en el pantalón.

Ur sill burm – pidió de mala gana.

—Sí, un mediano – admitió Bilbo recordando el significado de las palabras —. Pero yo soy un mediano subido en un tronco y tú eres un enano de pie en el suelo – le recordó con una sonrisa amable. Le tendió el bastón para que se agarrase y pudiese trepar con mayor facilidad.

El niño dudó y lanzó una apurada mirada hacia el lugar por el que desaparecía la comitiva.

—No voy a hacerte daño, Fili. Pero si no nos apuramos, nos vamos a perder. Y no sé a ti, pero creo que a mí me están dejando de gustar todo lo que no sea mi casa – bromeó en un intento de tranquilizarle. Kili se había prendido de él con facilidad, era confiado y curioso, mientras que su hermano era mucho más tranquilo y responsable, estaba asustado y desconfiado. Bilbo movió el palo con suavidad para que la agarrase.

Lanzando una última mirada agobiada hacia el sitio por el cual desaparecía la comitiva, el niño accedió a aceptar la ayuda del hobbit. Murmuró un tímido "gracias" antes de apresurarse a seguir los enanos. Bilbo lo siguió de cerca.

El hobbit rebuscó entre sus ropas y extrajo un paquete de frutos secos. Se lo tendió al niño que, volvió a girarle la cara con la boca apretada.

—¿No tienes hambre? – Preguntó mordiendo una de las almendras – Será nuestro secreto – prometió con una sonrisa, intentando congraciarse con él. Fíli no abrió la boca y siguió caminando ignorando el ruido de sus tripas, que arrancaron una sonrisilla de Bilbo.

Alcanzaron al resto de enanos, detenidos en un claro, esperándoles. Thorin los miró molesto por la tardanza y, torciendo la boca, Fíli se colocó junto a su hermano.

—No salgáis del claro –advirtió mientras los enanos comenzaban a organizarse para descansar. El enano rubio asintió distraído, acercándose a Kili y, quitándole el caballo de madera, echó a correr por entre los guerreros.

Bilbo y Ori, junto con Gloin y Bofur, se adentraron en el bosque, examinándolo con cuidado y marcando un perímetro de seguridad.

—¿Qué tal te llevas con Fili? –preguntó el enano.

—Creo que no le caigo demasiado bien… —comentó – Aunque la verdad no es que diga demasiado. Es muy callado.

Ori rio recordando.

—Siempre fue menos hablador que Kili, aunque no creo que callado sea el término adecuado para él. Supongo que la situación y que todavía no hable bien la lengua, no ayuda demasiado. Los tiempos verbales son complicados.

—¿Son muy diferentes en khuzdûl?

—En khuzdûl no se conjugan los verbos. No hay pasado ni futuro, solo presente. Una constante, como la piedra – Bilbo asintió recordando como Fili solo hablaba con infinitivos.

—¿Y las partículas interrogativas van al final, ¿verdad? Por eso le cuesta tanto ordenar las frases.

Ori asintió, felicitándole.

Regresaron al campamento, donde Bombur servía en un plato la comida de Kili. Fili devoraba su plato, sentado cerca del fuego, mirándole desafiante. Thorin se acercó con gesto preocupado.

—¿Y tu hermano? –Preguntó, a lo que el niño murmuró algo con la boca llena – Fili, te dije que no le perdieras de vista – lo reprendió mientras el pequeño enano dejaba su escudilla en el suelo y corría hacia los arboles a buscar a su hermano.

Thorin esperó en tensión, con la mano sobre la empuñadura de su arma, hasta que volvió a escuchar los pasos de sus sobrinos de regreso.

—¡Adadinh! ¡Adadinh! ¡Kili hablar con extraño! –gritó apurado, poniéndolos en tensión.

Duh! Duh! Ahyrun! (1) — el pequeño moreno corría detrás de su hermano, gritando con su vocecilla sobre la voz de su hermano, pero por mucho que lo intentase, la frase de Fili había resonado en el grupo.

—¡Kíli hablar con extraño! –repitió deteniéndose frente al gigantesco enano, mientras su hermano lo empujaba por la espalda protestando.

Thorin lo sujetó por el hombro y los separó. Observó de cerca a su sobrino, evaluando la preocupada ansiedad del mayor. Se volvió hacia el pequeño, apretándole el hombro con fuerza.

—¿Quién? Ku'? (2) — volvió a preguntar con violencia, mientras parte de la comitiva corría a examinar el lugar donde había estado jugando el niño.

Kili protestó, intentando soltarse del agarre familiar, con los ojos lagrimeantes y gimoteos nerviosos. La voz de Thorin era fuerte y amenazante, y Bilbo sintió ganas de proteger al niño de la sombra de su tío.

—Kíli, ku'? Kili usùgul (3).

Los enanos regresaron silenciosos y negaron con gesto grave.

—Ni rastros, ni huellas. No más que las suyas –respondió Dwalin ante la callada pregunta del líder.

—Kili hablar con alguien. Oír –aseguró el niño, mirando a todos los enanos. Thorin le sostuvo la mirada antes de soltar al pequeño y acariciarle la cabeza en gesto conciliador.

—A dormir. Los dos.

Aunque los turnos de guardia fueron organizados, ninguno de los adultos durmió esa noche.

El mal presentimiento no dejó de crecer.

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(1) No! No! Mentira!

(2) ¿Quién?

(3) Kíli, ¿quién? Kíli respondeme.

Gracias a Ladywesker, AliciaMalkavian y Kagome-Black por los reviews. ¡Pronto estará el próximo capitulo!