Este oneshot no parece pintar mucho aquí, pero me gustó y por eso lo incluí aquí; si tan solo una persona lo lee, me doy por satisfecho…
3. Los dementes
"Los Longbottom eran muy queridos. El Ataque contra ellos fue posterior a la caída de Voldemort…"
Sus padres no estaban muertos, pero era casi como lo estuvieran; de hecho, en aquellas noches tormentosas en que todo lo que puedes hacer es recordar, casi deseaba que fuera así. Lo haría todo más sencillo.
No es que Neville no amara a sus padres, pero le dolía demasiado verlos así; no recordaban nada, no reconocían nada, simplemente se limitaban a existir en su propio mundo retorcido. Por eso Neville lloraba cada noche, en silencio; por eso nunca le contó a nadie sus secretos ni sus miedos… Por eso odiaba tanto la oscuridad.
Eran vacaciones de verano, y el esperaba pacientemente sentado en la sala a que su abuela bajara; vestido con su ropa más elegante, peinado pulcramente, estaba listo para salir rumbo a San Mungo. Una triste y desganada sonrisa se dibujó en su cara; otra vez partiría donde su alma se destroza…
Caminando por las calles de Londres, en silencio y detrás de su abuela (que con cara malhumorada apartaba bruscamente a los peatones), Neville pensaba lo que significan para el sus padres. No eran más que extraños, en todo caso…
Llegar a San Mundo siempre era caótico; siempre eran filas eternas. "Para ver a alguien que no recuerda a su propio hijo" pensaba Neville durante esos sofocantes momentos en el pulcro vestíbulo del hospital. Avanzaban lentamente, a pesar de saber perfectamente a donde dirigirse. "Buenos días" decían una y otra vez las secretarias tras el mostrador.
Los elevadores iban tan abarrotados como siempre, por lo que tomaron las escaleras. Para despejar la mente, el simplemente contaba uno a uno esos eternos escalones; nunca acababa, sin embargo, ya fuera por aburrimiento o por tristeza; siempre volvían a su mente esos recuerdos rotos de su infancia solitaria.
Su madre estaba recostada, vestida completamente con una blanca bata; miraba el techo con una sonrisa ausente y despistada. Su padre le miraba desde la cama continua, con esos ojos tan vacíos de cualquier señal de coherencia o comprensión. No se percataban de que tenían visitas; a pesar de todo, entraron y se colocaron junto a ellos…
Su abuela comenzó a arreglarle el pelo a su hijo; sacó un peine de su diminuta bolsa color turquesa y alisó esas greñas tan antiestéticas que daban a su padre un aspecto aún más descuidado del que, se supone, debería tener.
Neville se acercó a su madre, que volteó instintivamente a verle; ella sonrió, con esas sonrisas tan genuinas que a veces, casi por azar, podía poner. Su hijo también le sonrió, sin embargo con tristeza. Tocó la mano de su madre y la sujetó fuerte contra la propia; quería sentir su calor.
Estuvo allí varios minutos, que parecían no querer pasar, antes de salir de su falsa realidad; se soltó bruscamente, y volteó a ver a su abuela. Ella tenía lágrimas en sus pequeños y estrictos ojos; su cara mostraba por igual tristeza y felicidad. Neville también comenzó a llorar; lentamente, como si no quisieran salir esas gotas de humanidad.
Se inclinó un poco, y beso tiernamente a su madre; abrazó a su padre entonces, infundiendo todo el cariño que pudo a ese acto. Entonces se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando a su abuela sola.
Sentado en unos de los sillones del pasillo, pudo llorar; lloró por mucho tiempo. No sabe cuanto, pero se sintió como una eternidad…
Finalmente salió su abuela de la habitación, y ambos se marcharon sin decir una palabra; simplemente absorto cada quien en sus propios pensamientos, luchando con los fantasmas de su locura interna.
Neville llegó a su casa a dormir, exhausto por el día. Si, definidamente sería mejor que ellos hubieran muerto; no podría doler más que eso. Preferiría ir al cementerio cada domingo, que hacerlo al hospital.
Porque ya era como si estuvieran muertos; muertos en vida; dementes…
