Konnichiwa! mina-san :D
Por fin regresé, espero me disculpen por tardarme, pero ya saben como es esto; luego se tiene tiempo y luego no. De verdad una disculpa. Finalmente les traigo la continuación del fic que no he abandonado, sino que no había podido actualizar.
Gracias a todos los que esperaron la continuación, muchas gracias por sus reviews.
Gracias a mokona-kuchiki, RukiaAikoChoEmi, Yue Motou de Cifer, Tsuki-senpai y akasuna no deidara por sus review :D me encantaría contestar sus reviews de la forma que se merecen, pues sus comentarios son muy importantes para mí; pero ando a las carreras y estoy en el trabajo U_U
Pero de verdad se los agradezco, muchas gracias, me hacen muy feliz cada vez que los leo; *besos y un gran abrazo* Cuidense, ne?
Disclaimer: Bleach no me pertenece, es propiedad de TK-sama
.
.
La luz del sol se asomaba lentamente en todo el Seireitei, alumbrando la sociedad de almas, y filtrando ese brillo por los árboles, llegando a acariciar la faz de una joven de tez clara y cabellos negros. La shinigami movió un poco sus parpados, y después de unos segundos despertó, para darse cuenta de que estaba acostada en el pasto, cerca de un árbol. Intentó recordar lo que había acontecido la noche anterior y así lo hizo.
― Mmm… ¿qué paso? ― se tocaba la cabeza, mientras se sentaba y recargaba su espalda en el árbol, despejándose completamente de la somnolencia.
Recordó la noche anterior, y cómo ella se encontró con el Espada de ojos verdes llamado Ulquiorra, al mismo tiempo que a su mente llegó el recuerdo de aquel sueño que tuvo, el cual era la remembranza de su primer encuentro con aquel ser cuando aún era humano.
― ¿Entonces… es verdad? Ya nos conocíamos… ―se dijo a sí misma, pensando en sus recuerdos.
La noche reinaba en aquel lugar, en aquella choza donde vivían dos jóvenes idénticas; y ahora ahí, en ese lugar se encontraba un hombre.
La mayor de las doncellas parecía no preocuparse de que aquel desconocido les hiciera nada; mientras que la menor estaba pendiente y preocupada de que esa persona no atacará a su dulce hermana Hisana. El chico por su parte soltó un suspiro desde el rincón en que estaba al observar lo precavida de la muchacha que lo observaba con recelo, la que le veía con el seño un poco fruncido, pero cada vez que su hermana le hablaba, ella cambiaba esa actitud por una dulce sonrisa para con la mayor.
― Rukia ― decía Hisana haciendo un pequeño puchero ― no seas tan desconfiada, ¿no ves que incomodas a nuestro invitado? ― terminó por decir mientras veía al moreno.
― Nee-san…, él no es un invitado, es un intruso ― reclamo.
― No, yo le dije que podía pasar, así que trátalo bien ― ante esas palabras la mayor le entrego un jarro de barro a su hermanita y le señalo al ojiverde ― anda dáselo.
― Pero… nee-san…
― Nada de peros, también hay uno para ti, es un té muy especial que hice, tómatelo y verás como te tranquilizas. Mmm…, ya tengo algo de sueño, lo siento, pero creo que voy a dormir.
― Si, nee-san, te ves cansada, duerme y descansa un rato, no olvides tomar tu medicina; yo vigilaré tu sueño ― La mayor le regalo una sonrisa fraternal, y le susurro un "gracias"; posteriormente se fue a dormir.
Pasarón unos minutos antes de que la Hisana se durmiera, y Rukia se digiriera hacia donde estaba aquel extraño, le entrego el jarro y dijo un poco a regañadientes y algo ruborizada.
― N-Nee-san te lo manda, así que será mejor que te lo tomes ― acto seguido la morena se sentó al lado del joven, en aquel rincón de la cabaña, cerca de la fogata. El joven mostro una casi-invisible sonrisa y comenzó a beber lentamente aquella bebida caliente.
Ninguno de los dos hablaba, el silencio era lo único que había en la habitación, así como la respiración de las tres personas que estaban en ese lugar; hasta que el ojiverde preguntó.
― ¿Cómo te llamas?
― ¿Eh? ― preguntó confusa.
― Yo te dije mi nombre, ahora preséntate ― dijo mientras tomaba otro sorbo de té.
― Ah…, Kikuchi Rukia
― Mmm…
― ¿Trabajas en el castillo? ¿Haciendo qué?― ahora ella era la que preguntaba, entablando la conversación y haciendo a un lado esa desconfianza que tenía hace unos instantes.
― No… ― la joven enarco una ceja, el chico suspiro ― soy… un pariente del damyo ― él volteo a ver a la chica a lado de su persona, y observo cómo se tensaba, y luego con desconfianza decía ― mientes… ¿verdad?
― …
― Tomaré eso como un sí, pues un campesino no se puede asociar con alguien de linaje
― Ah… ― su rostro no cambio mucho, pero la mirada de aquel ojiverde se entristeció un poco.
― Bien, fingiré que no escuche lo de ser pariente del Damyo ― dijo ella, como si así le restara importancia a la barrera invisible de status. El chico la miro y asintió con la cabeza.
― Mmm, ¿te… gustaría ver los alrededores? ― preguntó dubitativamente la morena.
― Si, pero… al amanecer tengo que partir, para que no se preocupen por mi, después de que arregle todo regresaré para que me muestres los alrededores.
― Eh…, bueno ― Rukia colocó el jarro de té, ahora vacio a su costado, y con una sonrisa le dijo al joven ― espero ser una buena guía, aunque creo que sería mejor que mi hermana te escoltará.
― No…
― ¿Mh?
― Ella al parecer necesita descansar, y bueno… yo… me gustaría que fueras tú ― lo último lo menciono muy quedo, pero lo suficiente claro para que Rukia escuchará, los cabellos del joven ocultaban sus facciones, pero su voz había sonado suave; la ojivioleta sonrió y antes de relajarse completamente dijo para finalizar la conversación.
― Ya verás que no hay un lugar tan hermoso como las cascadas de la montaña Yamanagi, cuando tengas tiempo vienes, pero si estoy ocupada sembrando o recogiendo la cosecha no podré llevarte ― la sonrisa de ella se apagó un poco.
― Puedo ayudarte…
― No, no puedo hacer trabajar a un noble
― Entonces… seamos amigos
― Hai…
A la mañana siguiente aquel hombre de corta edad se había ido, Rukia estaba en el piso, y una cobija la arropaba, sonrió un poco al pensar que había sido aquel chico; ella no sabía la razón pero tenía ganas de volver a verlo. En cuanto a él, había salido muy temprano para hablar con su padre, evitar que este se preocupará por su ausencia la noche anterior y convencerlo para que este le diera su permiso de salir del castillo sin importar la hora ni el momento para ir a visitar a su ahora amiga.
Era el medio día, Rukia se encontraba labrando el campo, mientras su hermana preparaba la comida, ambas jóvenes se encontraban cerca de su cabaña tranquilas, hasta que llegaron varios hombres de mediana edad, detrás de ellos se encontraba un joven de cabello negro con matices azules, ojos color miel semiafilados, dándole un aspecto seductor y tez blanca; llevaba puesto un kimono negro, a su costado llevaba una katana, y los demás hombres ―mayores que él― le reverenciaban.
El más joven que causaba respeto y miedo habló.
― Rukia-chan… ¿aún trabajando?
― Kai… ¿qué haces aquí? Sabes que tu presencia altera a mi hermana, ¿Por qué no nos dejas en paz? ― decía firmemente mientras sostenía un palo que acababa de recoger de la tierra.
― Mm, si no quieres que tu hermana se altere o le paso algo, ¿entonces… ― viendo sugestivamente a Rukia ― por qué no aceptas ser mi mujer? Eso te facilitaría las cosas.
― No, sabes mi respuestas, además estar contigo estresaría más a mi hermana; todo el pueblo sabe que tienes negocios turbios con los extranjeros, y además eres un mujeriego.
― Pero Rukia-chan ― decía con una vez sedosa ― desde que empecé a cortejarte, no he salido con nadie más; sabes que de verdad te quiero a mi lado ― terminó por decir con una sonrisa.
― Kai…, vete por favor ― La ojivioleta no quería preocupar a su hermana con la presencia de Kai, siempre era los mismo desde hace tiempo, él iba e insistia en que Rukia fuera su mujer, a la morena no le agradaba y Hisana sentía que Kai era una mala persona, no quería que su hermanita se envolviera con un traficante de armas que planeaba constantemente atacar el gobierno actual.
― Bien, el día de hoy me iré, pero Rukia… ¿sabes que no puedes oponerte a mi eternamente?, de una forma u otra serás mía, tengo el poder y los medios ― dicho esto último, el ojimiel se marchó junto con sus guardaespaldas.
Rukia llevaba una semana preocupada recordando una y otra vez las palabras de Kai, pero nunca compartió esa angustia con nadie. El día de hoy tenía que salir a vender algunas hierbas espaciales de las que cultivaba y una que otra verdura al pueblo. Se despidió de su dulce hermana, y camino hasta el poblado.
Eran las tres de tarde, Rukia había vendido casi todo lo que llevó, con excepción de unas hierbas aromatizantes, las cuales no llamarón la atención de los aldeanos. La joven empezó a recoger la mercancía que ya hacia en el piso y emprendió el camino a su hogar. Al llegar eran casi las cinco de la tarde, la joven observó su cabaña, la tierra sembrada, y los pequeños frutos que la misma ofrecía; suspiro al recordar nuevamente las palabras de Kai. Se reprendió ella misma, posteriormente suspiro, y se dirigió hacia la chozuela; antes de abrir la puerta, observo algo raro, se escuchaba la risa de su hermana, ¿Hisana reía sola? Pensó. No, no lo creía. Abrió lentamente la puerta, y sus ojos mostraron sorpresa y un poco de entusiasmo ―sin saber la razón― al ver a su inesperado huésped.
― ¡Ah!, Rukia, me alegra que llegarás; Ulquiorra ha estado esperándote, lleva aquí más de tres horas ― decía la mayor mientras se levantaba de una silla, para ir a recibir a su hermana. Al mismo tiempo los ojos de Rukia se postraron sobre el ojiverde, el cual hizo una leve reverencia en señal de saludo.
La chica respondió el saludo de la misma forma, se acerco a la cama y se sentó, pues únicamente había dos sillas ya que nunca esperó tener invitados, y el pelinegro estaba sentado en una y su hermana en la otra.
Ulquiorra se levantó de su asiento y con la mirada pidió permiso para sentarse a lado de la joven en la misma cama. Ella asintió dubitativamente. Hisana por su parte al ver esa escena esbozó una sonrisa y dijo que iba a recoger unas verduras y a traer algo de agua. Al ver que no era nada pesado lo que iba a hacer Hisana, Rukia asintió; y volteando a ver esos ojos que la veían fijamente comenzó a hablar.
― Te llevó algo de tiempo venir
― Si, pero creo que ya es tarde, además platique muy tranquilamente con tu hermana, es muy agradable ― dijo intentando conversar con su interlocutora.
― Si… ― 'agradable…, claro que mi hermana es agradable, pero que es esta punzaba que siento en mi pecho' se preguntó la joven.
― Cuando llegué me dijo que habías ido al pueblo, iba a ir a buscarte, pero me dijo que era mejor que te esperará aquí, así te sorprenderías ― decía apacible.
― Si; ¿y qué tal te fue con tu pariente? ― preguntó cambiando el tema de la plática.
― Bien, me dijo que puedo hacer lo que quiera, siempre y cuando eso me haga feliz.
― Que bien; debe ser lindo tener a alguien que se preocupe así por ti ― decía con nostalgia, pensando en sus difuntos padres.
― Mn. Tú tienes a tu hermana, se ve que te quiere mucho ― con ese comentario la chica salió de sus pensamientos y le sonrió al ojiverde de una forma esplendorosa, reflejando cariño.
― Mh, yo también la quiero…
El pelinegro sintió algo en su pecho, no sabía qué, pero una sensación le recorrió el cuerpo al observar esa sonrisa; y con un poco de nervios que nunca reflejo, se levanto de la cama, se despidió de Rukia, pidiéndole le despidiera de su hermana y se fue de ahí, dejando a la joven algo confundida y con un poco de tristeza en la mirada. 'acaso había dicho o hecho algo que molestará al joven'.
Esta vez pasaron tres días antes de que el hijo del Damyo se mostrara nuevamente, en esta ocasión llevaba puesto un pantalón estilo occidental color negro y una camisa de color blanco con matices en negro. Cuando la morena lo vio a lo lejos, dudo de que era la misma persona que había conocido hace poco, pero una vez el muchacho estuvo cerca de ella y le saludo, se dio cuanta de que efectivamente era Ulquiorra, y sin ser consciente de que estaba expresando sus ideas en voz alta, pensó; "¿Qué es esa ropa?". El joven sonrió muy levemente y le respondió de forma seria.
― Es lo que usamos en occidente; las dos veces anteriores traía ropa tradicional del Japón, pero ya que aún es temprano y espero que me puedas acompañar a dar un paseo, me vestí de acuerdo a mi país natal.
― Ya veo…; entonces vamos a avisarle a mi hermana que saldremos de paseo ― sonrió.
― Yo te espero aquí ― dijo mientras saludaba a la mayor desde su posición, ya que Hisana se encontraba observándolos desde la ventana; la cual respondió el saludo levantando su mano derecha.
Rukia se adentro a la casa, habló con su hermana, la cual le dio una sonrisa y le dijo que se tomará su tiempo; mientras ella descansaría un rato, ya que tenía algo de sueño. Rukia la vio preocupada, pero su nee-san la convenció de que no era nada, así que ambos jóvenes se alejaron de ahí, mientras la mayor de las hermanas observaba como su pequeña y adorable hermana se marchaba junto con aquel chico; una sonrisa invadió su rostro y susurró un "que tengan un lindo día" mientras pesaba en que aún sin que ninguno de los chicos se diera cuanta, ese paseo podía llamarse la "primer cita de Rukia", sonrió otro poco y se recostó, deseándole lo mejor a la pequeña.
― ¿Ya conocías a quién? ― preguntó una voz serena y algo fría. Era Kuchiki Byakuya, el cual había ido en busca de su hermana, pues no la encontró cuando fue a despertarla, así que trazó su reiatsu y se dirigió hacia dentro del bosque que se encontraba en la mansión de los Kuchiki.
― Nii-sama…, recordé que había peleado contra esos Espada hace unas semanas, ahora entiendo porque se me hacían familiares ― mintió.
― …; Ukitake-taichou quiere hablar conmigo, regresaré tarde a casa.
― Si, ve con cuidado nii-sama ― decía suavemente la joven.
Detrás de los arbustos se escuchó la voz de un peliazul reclamando.
― Hey, quiero mi ropa de vuelta, ¡¿por qué carajos me dieron este atuendo? ― mientras señalaba las ropas que traía puestas.
― Pero…, sus ropas se encontraban en muy mal estado, y no pudimos conseguir la tela de su atuendo.
― Tsk, ¡maldición! ― al escuchar la pequeña discusión, la shinigami se dirigió hacia el lugar donde provenían las voces y preguntó con paciencia, con su porte de una Kuchiki.
― ¿Qué sucede?
― Rukia-sama; el Espada reclama sus ropas, pero estás ya fueron destruidas, así que le confeccionamos unas nuevas en la noche, pero al parecer no le agradan ― decía los shinigamis, la joven dirigió su mirada al ojiazul, y lo contemplo un largo rato. El Espada por su parte se incomodo un poco ante la mirada intensa de la joven, que lo veía de arriba abajo.
― ¡¿Q-Qué? ― gritó con un leve sonrojo. La morena sonrió un poco y le dijo.
― Te ves bien, no entiendo porque te quejas, es el mismo diseño que traías puesto, únicamente que ahora es negro.
El Arrancar frunció el seño, observó a la chica frente a él, y con un chasquido que parecía ser de molestía, se viró y comenzó a caminar hacia la mansión de los Kuchiki.
― ¡¿A qué hora me van a dar de desayunar? ― gritó el peliazul, mientras la shinigami corría para colocarse a lado de aquel ser que tenía que custodiar, y sonrió por lo bajo al darse cuanta de que Grimmjow ya no se estaba quejando de su atuendo.
Mientras tanto en el cuarto asignado a Ulquiorra, este pensaba en su actuar de esa noche, ¿por qué evitó que la joven se hiciera daño? 'Por Aizen-sama' por supuesto, se dijo a sí mismo. Pues tenía que fingir ser amable; eso era todo.
Ahora recordaba cómo en la madrugada, había acomodado a la joven en el pasto, temiendo que cuando ella despertará le interrogara el qué estaba haciendo ahí, así que se fue, pero no podía dejar de pensar en si ya se había despertado o no. Finalmente fue sacado de sus cavilaciones cuando los shinigamis que le habían llevado a ese cuarto la noche anterior le hablaron para que se reuniera con su capitán, el Espada notó cierta tensión en los shinigamis, pero la ignoró.
Salió de su habitación, camino hacia el escuadrón de aquel ser llamado Ukitake junto a sus custodios, y conforme se acercaba él y los dos dioses de la muerte, se sentía un reiatsu aumentando cada vez más; ambos shinigamis se vieron mutuamente, y le dijeron al ojivere que continuara caminado, diera vuelta a la derecha, luego caminara por todo el pasillo, vuelta a la izquierda, posteriormente derecha y finalmente encontraría a unos pasos la oficina de Ukitake-taichou, el Arrancar asintió con la cabeza y camino perene, mientras sentía que esa energía espiritual comenzaba a desaparecer lentamente.
Al llegar a la oficina, abrió lentamente la puerta y observo a dos capitanes, uno de ellos le observo con furia contenida y frialdad, y se marcho del lugar, mientras que el otro le sonreía y le decía que pasará y tomara asiento.
El capitán que había salido caminaba hacia su escuadrón pensando en la plática que tuvo hace un momento con el peliblanco Ukitake.
― Sé que no esta bien que pida esto, pero sabes mi situación, y creo que no hay peligro. Por favor Byakuya-Taichou
El poseedor del Zembonzakura permaneció en silencio mientras se elevaba su reiatsu, pero para suerte del destino una mariposa negra se posó sobre el hombro de Byakuya y este comenzó a tranquilizarse, o más bien, resignarse ante la orden escuchada.
"Ukitake Jushiro deberá ser obedecido, pues él es el custodio de los seres de Hueco Mundo; pero debido a su salud y a que se debe de engañar al enemigo, las decisiones que él tome, deberán de ser acatadas".
― Está bien, pero no dejes que nada le pase. En la noche ambas recamaras estarán listas.
Posteriormente se escucharon unos pasos en el pasillo, la puerta se abrió dejando ver al ser de cabellos negros, Ulquiorra.
Al llegar al escuadrón, Byakuya le ordenó a Renji que fuera a su mansión a arreglar las dos habitaciones al lado de su pequeña hermana. El pelirojo quería preguntar por qué, pero no lo hizo, únicamente acató la orden.
Al mismo tiempo en la oficina de Ukitake…
― Bien, ¿entonces estás de acuerdo?
― Si…
Suspiró ― Qué bien ― decía alegre y con amabilidad ― siendo capitán tengo varias cosas que hacer, y como puedes ver también tengo que hacer papeleo ― volteó a ver las torres de papeles que tenía en su escritorio; Ulquiorra asintió.
― Ahora nada más le tengo que informar a tu escolta, seguramente no habrá problema, si su hermano acepto; entonces ella lo hará.
― …
― Bien, sin más que decir ― Ukitake observo al ser frente de él, y sonriéndole con amabilidad le pidió en tono gentil ― ¿podrías llevar esta carta a la joven Kuchiki?, no puedo ir a verla y aún es temprano; así que ya que vas a estar a su cargo, ¿me harías ese favor? ― y también le entregó otro papel y una caja metálica envuelta en papel de regalo; ante el cual el espada observo con duda en su mirada, pero sin cambiar su rostro impasible.
― Ah…, eso es el mapa, es para que sepas dónde se encuentra la mansión Kuchiki; y la caja es un regalo para la joven.
El pelinegro no dijo nada. Ukitake le dio a entender que podía retirarse, y así lo hizo el ojiverde; salió de aquel lugar y sin mirar el papel se dirigió a paso lento y firme hacia la mansión que ya sabia dónde se encontraba.
Al ver salir a aquel ser, el cual no objeto que Kuchiki Rukia cuidará de él y del peliazul ― lo cual le causó un gran alivio― el capitán de cabellos blancos se sentó cansado, y sintiendo como la fiebre se apoderaba de él, se fue a descansar a sus aposentos; esperando que ellos realmente fueran aliados, pues sabía perfectamente que si se revelaban, la joven Kuchiki no podría hacer nada contra dos espadas de alto rango, suspiró ante tal pensamiento y espero que todo saliera bien.
Muchas gracias por leer el capítulo; espero les haya gustado.
Si pueden, dejen review por favor; con eso me animan a seguir escribiendo; gracias :D
*abrazos y besos*
Ja ne! ;D
