Los personajes pertenecen exclusivamente a Stephenie Meyer, yo solo los uso para adaptarlos y divertirme en la historia original de O.C

Este primer capítulo va dedicado a mi compañera de locura Esteph PV1. Gracias por todo corazón!


Capítulo 01

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El día de Edward acababa de pasar de ser de porquería a ser de mierda. Una vacía sensación de incredulidad se extendía desde su garganta hasta su pecho y luego la ira se arrastraba por la parte de atrás de su cuello. Se quedó mirando el lugar de estacionamiento vacío entre el Firebird de Jake y el Jeep de Jasper, tratando de entender la ausencia de la tonelada de acero que había dejado allí. Edward miró alrededor del estacionamiento. Quizás su memoria estaba borrosa. Quizás no había estacionado en su espacio habitual. Dos semi remolques que contenían el equipo de Sunrise y la instalación del escenario ya habían retrocedido en el estacionamiento cercado para que estuvieran listos para partir hacia San Antonio al día siguiente. El bus de gira estaba en el lado opuesto del estacionamiento. El baterista de la banda, Emmett, estaba sacando su bolso de viaje del compartimiento de equipaje debajo del bus. Todos los demás, tanto la banda y como su equipo, ya estaban rumbo a sus vehículos. El único lugar claramente vacío en el estacionamiento era aquel en el que Edward había estacionado su juguete favorito.

—De acuerdo —gritó—. Esto no es gracioso. ¿Quién escondió mi auto?

—No soy un científico espacial o algo así —dijo Jake—. Pero diría que ha sido robado. —Lanzó su bolso de viaje en su camioneta Firebird.

—Eso es lo que te pasa por ser un cretino y comprarte un vehículo de ciento cincuenta mil dólares —dijo Jasper con una sonrisa.

—Deberías llamar a la policía y reportarlo —dijo Jake. Aseguró su largo cabello en la nuca con una correa de cuero que había sacado de su bolso. Luego abrió la puerta del auto y dijo—. Me gustaría quedarme y revolcarme en tu miseria, pero llego tarde a una cita.

Edward conocía el sentimiento.

—No tengo tiempo para esto ahora mismo —dijo—. Hay lugares en los que necesito estar. Ya perdí la oportunidad de llegar a la fiesta de Julie, pero no quiero que piense que olvidé su cumpleaños por completo. —Lanzó su bolso de viaje en la tierra donde debería haber estado el maletero de su auto—. ¡Mierda!

— ¿Dónde está tu auto? —Sam se detuvo entre Jasper y Edward.

Sam era el guitarrista principal de la banda y estaba en el segundo lugar en la lista negra de Edward, justo detrás de quien fuera que le hubiese robado el auto. Los tres músicos se quedaron mirando el lugar de estacionamiento vacío, como si esperaran que repentinamente el auto se revelara a sí mismo y saliera de su escondite.

Edward ya estaba enojado con Sam por hacerlos llegar a casa horas tarde. Sam había pasado más de la mitad del día descansando en un hotel con su consejera de abuso de drogas; quien, evidentemente, no era muy buena en lo que hacía, porque Edward había atrapado a Sam usando drogas tras el escenario justo dos noches antes. A Sam le hubiera venido bien que la banda y su equipo lo abandonaran para que encontrara su camino de Dallas a Austin. Quizás eso le hubiera enseñado una lección al cerdo egoísta. Todos los demás habían estado esperando este día de descanso en su ciudad natal, pero la única persona que le importaba a Sam era Sam.

—Juro que si me pierdo el cumpleaños de Julie, vas a necesitar un muy buen dentista —le dijo Edward a Sam.

— ¿Por qué? Yo no robé tu auto —dijo Sam—. Pero te daré un aventón.

Edward se sorprendió de su ofrecimiento, pero Sam montaba una motocicleta y Edward no creía que fuera prudente estar tan cerca a velocidad de autopistas. Tan furioso como Edward estaba, probablemente lo estrangularía hasta la muerte desde atrás.

Jasper golpeó a Sam en el centro del pecho.

—Oye, no te preocupes por eso. Ya dije que lo llevaría. La casa de Julie no está lejos de la mía. Y técnicamente, Sam estaba aún más cerca, pero Jasper sabía cuán molesto estaba Edward, y si la banda perdía a su vocalista y guitarrista principal en un accidente de motocicleta, se les acabaría la suerte. Sam se encogió de hombros.

—De acuerdo. Pero, Edward, una vez que te calmes un poco, tenemos que hablar.

Edward no quería hablar con él. Su presión arterial ya estaba lo suficientemente alta como para causarle un infarto masivo. Nada de lo que Sam pudiera decir le haría ganarse el perdón de Edward.

Sam se volvió y caminó hacia su motocicleta, la cabeza baja y los hombros encorvados. Jake ya había retrocedido su Firebird y salía del estacionamiento con un chirrido de caucho quemado.

Jasper recuperó el bolso de viaje de Edward del asfalto y la tiró en el asiento trasero del Jeep. Después de lanzar su propio equipaje dentro, se subió detrás del volante y esperó. Edward echó un último vistazo al lugar de estacionamiento vacío, pensando que quizás de alguna manera había pasado por alto la tonelada de metal brillante negro que debía estar detenida allí, y se deslizó en el asiento del pasajero junto a Jasper.

— ¿Tanya se va enojar porque te perdiste la fiesta de Julie?

—A Tanya le enoja que respire —dijo Edward. En realidad, su ex esposa no lo había invitado a la fiesta. No que sus deseos fueran a evitar que se apareciera. Jasper rio entre dientes.

— ¿No es esa la verdad? —Puso en marcha el Jeep, lo puso en reversa y salió de su lugar. Jasper saludó a Emmett, que estaba subiendo a su camioneta obscenamente grande, agachando la cabeza para evitar que su mohawk rojo y negro de treinta centímetros de altura raspara el techo de la cabina. Emmett saludó a Jasper con dos dedos antes de cerrar la puerta.

Jasper encendió la radio y una canción dura y pesada sonó por los altavoces.

—Entonces, ¿qué le compraste a Julie para su cumpleaños? —gritó por encima del ruido de la carretera y la música.

El corazón de Edward se hundió.

—Mierda. Me olvidé por completo de buscarle un regalo. —Ella estaría esperando un regalo. Edward ni siquiera estaba seguro de qué le gustaría. Pero a todas las mujeres del planeta les gustaban las cosas brillantes, ¿no?—. No me puedo aparecer con las manos vacías. Encuentra la joyería más cercana.

Jasper suspiró pesadamente.

—Seguro. ¿Por qué no? Obviamente no tengo nada mejor que hacer con mi noche libre que servirte de taxi. Ninguna familia que ver. Ningún problema en el cual meterme. —Jasper sonrió.

Edward sabía exactamente en qué tipo de problemas se quería meter Jasper. Era el mayor mujeriego que Edward había conocido. Incluso más que el hombre que Edward veía frente al espejo.

Edward respiró profundamente para calmar sus nervios deshechos.

—Lo siento —dijo después de un momento—. No tuve la intención de mandonearte. —Atribuyó su actitud de mierda a Sam, quien era cien por ciento culpable, como siempre. El auto de Edward podría ser reemplazado, pero su tiempo limitado con Julie, no—. Estoy un poco agitado en este momento.

Jasper rio entre dientes.

—Sólo un poco.

— ¿Te importaría parar en el centro comercial de camino a la casa? —Respiró profundamente una vez más—. ¿Por favor?

—No por ti —dijo Jasper, mirando por encima del hombro mientras se incorporaba a la autopista.

— ¿En serio? Hijo de... Debí haber llamado un maldito taxi. —Hagamos que este día apeste un poco más, ¿de acuerdo?

—Sin embargo, sí me detendré en el centro comercial por Julie. —Jasper sonrió, la tortuosidad detrás de ese gesto francamente preocupante—. Qué pequeña rompecorazones. Voy a casarme con ella algún día.

Edward lo empujó contra la puerta.

—Ni se te ocurra tocarla.

Jasper le dio un codazo en las costillas.

— ¿En serio, hombre? ¿Qué mierda te sucede esta noche? Será mejor que te calmes antes de verla. Has perdido completamente la calma.

Jasper tenía razón. Y Edward sabía que Jasper jamás se involucraría románticamente con su Julie. Pero Edward había perdido el resto de su agotado sentido del humor cuando se había visto obligado a hacer que una camarera de hotel le permitiera entrar en la habitación de Sam para poder sacar su lamentable culo de la cama a la una en punto de la tarde. Dios, ¿por qué el tipo siempre tenía que cagar sus planes? ¿Y hacerlo irritar tanto que se sacaba la frustración con personas que no lo merecían?

—Mierda.

Jasper tomó la siguiente salida de la interestatal. Condujeron alrededor de la zona del centro comercial hasta que vieron una joyería. Una vez dentro, no le tomó a Edward mucho tiempo encontrar algo que pensó que a Julie le encantaría. Salió de la tienda con tanto su billetera como su estado de ánimo más ligeros que cuando había llegado. No podía esperar a sostener a su ángel en brazos y ver su rostro cuando abriera su regalo. Sonrió por sus pensamientos.

— ¿Te sientes mejor? —preguntó Jasper.

—Sí. Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que la vi. La extraño tanto.

Volvieron al Jeep, y Jasper le llevó a ver a la única chica que alguna vez se adueñaría de su corazón.

Varios autos estaban estacionados en el largo camino de entrada de la casa que una vez había sido la residencia de Edward. Su ex esposa había recibido la mayor parte de sus posesiones materiales conjuntas en el acuerdo de divorcio. No había peleado con ella por eso; sabía que le había hecho daño. Era fácil para una estrella de rock desviarse estando de gira. Demasiado fácil. Había intentado no engañarla y lo había logrado durante más de un año, pero ella se había vuelto amargada respecto a su carrera y él había perdido interés en su propia esposa. En lugar de intentar demostrar que no la engañaba, algo de lo que ella lo acusaba falsamente cada vez que él salía de gira, había cumplido con sus expectativas y se había convertido en un idiota infiel. Lo sabía. Lo reconocía. No cometería el error de casarse de nuevo. No era el tipo de hombre que pudiera hacer feliz a una mujer fuera de la habitación y también lo sabía.

— ¿Quieres que te espere? —preguntó Jasper mientras Edward abría la puerta.

Edward vaciló. No estaba seguro de lo que haría si Tanya no lo dejaba entrar a la casa. Ella no lo quería allí. Si lo hubiese querido allí, lo habría invitado a la fiesta. Estaba seguro de que ella había pensado que estaría fuera de la ciudad y que no podría asistir. Si su hermana, Bella, no le hubiese enviado un mensaje de texto sobre la fiesta, Edward nunca lo habría sabido.

—No. Encontraré mi camino a casa. No tienes que ser mi taxi toda la noche. Ve a divertirte.

—No me importa. Sé que esta mierda te agobia.

Edward le sonrió a Jasper.

—Aprecio que me apoyes, pero te mereces una noche libre. Vete a casa.

—Si estás seguro.

—Sí. —A Edward no le importaba si Tanya se negaba. Vería a Julie en su cumpleaños y le daría el regalo que acababa de comprarle. No aceptaría un no por respuesta—.

Gracias por traerme. ¿Te importa pasar por casa a recogerme mañana? —En cierta forma, estaba sin auto.

—No hay problema. Estaré allí alrededor del mediodía.

—Gracias. —No tenía ningún deseo de lidiar con la policía y la compañía de seguros esta noche. Quizás podría convencer a uno de los ayudantes de la banda para que denunciara el robo del auto por él. ¿Acaso no les pagaban para lidiar con este tipo de mierda?

Edward se colgó el bolso de viaje al hombro y cerró la puerta del Jeep detrás de él.

Se dirigió por el ancho camino hacia la puerta principal con la bolsa rosada más ridícula que existía colgando de una mano. Fugazmente se preguntó si a Julie le gustaría lo que había escogido. A todas las chicas les gustan los diamantes, ¿verdad?

De pie en el escalón de la entrada tratando de encontrar su valentía, Edward oyó risa desde el interior de la casa. No había habido mucho de eso cuando él vivía ahí.

Pelear había sido la norma. Acusaciones. Insultos. Y un montón de sexo furioso.

Edward presionó el timbre y esperó.

Después de un momento se abrió la puerta, y los fríos ojos azules de Tanya se estrecharon en el instante en que lo reconoció. Una belleza rubia de ojos azules, la mujer era sin lugar a dudas preciosa como una modelo de página central. Al menos hasta que abría la boca.

— ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

—Vine a desearle un feliz cumpleaños a Julie. —Levantó la bolsa de color rosa brillante—. Le traje un regalo.

— ¿De una joyería? —Tanya puso los ojos en blanco—. Tan estúpido como siempre. Tiene cuatro años, Edward. Es demasiado joven para usar joyas.

El corazón le falló. Odiaba cuando Tanya lo llamaba estúpido y ella lo sabía. Aun si era cierto, no le gustaba oírlo. Y ahora estaba aun más preocupado de que a Julie no le gustara su regalo. Cuando lo vio, había pensado que era perfecto para ella. Pero ahora no estaba tan seguro.

— ¿Puedo verla?

—No es tu fin de semana. —Tanya intentó cerrarle la puerta en la cara, pero él levantó un brazo para bloquearlo.

—No la he visto en semanas.

— ¿De quién es la culpa? Nunca estás en casa. Siempre estás de gira con tu banda, metiendo tu polla en cualquier cosa con agujeros.

—Mami. —La dulce voz de Julie flotó desde el vestíbulo detrás de Tanya—. Quiero más helado, pod favod. Sólo de fdesa.

Edward sonrió ante sus palabras un poco confusas. Su niñita hablaba mucho mejor que la última vez que Edward la había visto. Se preguntó cuánto había crecido en cinco semanas.

—En un minuto, cariño —le contestó Tanya.

—Sólo déjame hablar con ella —dijo Edward—. No tomará mucho tiempo. Quiero desearle un feliz cumpleaños.

—Verte la confunde, Edward. Apenas te conoce. Todos estaríamos mejor si sólo enviaras el dinero y te perdieras para siempre.

Probablemente, pero él era un bastardo egoísta y quería ver a su hija en su cumpleaños. No se iría hasta que lo hiciera.

— ¿Mami? ¿Quién es? —Julie apareció al lado de su madre. Se detuvo cuando vio a su padre parado a medio camino de la puerta. Sus ojos verdes naturaleza se abrieron y deslizó su mano en la de su madre. Tenía glaseado rosa por todo el rostro y vestía alas de hada con un vestido de princesa rosa. Edward se derritió. Cada vez que la miraba, se volvía papilla. Su hija se parecía a él. Tenía el cabello rubio de su madre, pero los brillantes ojos esmeraldas, la nariz recta y el mentón terco, eran todos de él.

—Feliz cumpleaños, bebé —dijo.

—Hola, Papi. ¿Vas a cantar canciones en el lugar ruidoso hoy?

Él sonrió. Ella no había disfrutado el concierto de Sunrise al que había asistido ya que el volumen de la música le molestaba. Pero sí le gustaba su música cuando no estaba demasiado alta. Su bebé rockeaba. Asumía que era genético.

—No esta noche, princesa. Pero te traje un regalo de cumpleaños. —Levantó la bolsa de color rosa en su dirección.

Inhalando excitadamente con estrecho pecho, Julie sonrió ampliamente y soltó la mano de Tanya para tomar la bolsa.

Tanya la tomó por la muñeca.

—No. Ve a buscar a tu abuela, ella te dará más helado.

—Quiedo mi degalo —dijo.

—Julie, dije que no. Ve a buscar a tu abuela.

—No puedes decirle que no puede tener su regalo de cumpleaños —dijo Edward.

Esa vieja ira que sentía hacia su ex esposa se precipitó a la superficie. Como Sam, Tanya sabía exactamente cómo presionar sus botones.

—No puedes venir aquí cuando se te da la gana, Edward. La orden de custodia

—Sólo vine a darle un regalo —la interrumpió—. ¿Por qué siempre tienes que ser tan perr…? —se detuvo justo a tiempo.

Julie se echó a llorar. Él sabía que no debía gritar frente a ella. Maldita sea. Le costaba tanto controlar su temperamento en lo que a Tanya concernía.

—Si no te vas, voy a llamar a la policía —dijo Tanya y levantó a Julie en brazos, acunando la parte posterior de su cabeza para mantenerle la cara en su hombro.

— ¿Por qué?

—Ya se me ocurrirá algo.

—Sólo quiero ver a mi hija en su cumpleaños

Tanya le cubrió las orejas a Julie con las manos.

—¿Qué hay de los otros trescientos sesenta y cuatro días del año cuando estás demasiado ocupado follando putas como para siquiera llamarla?

—Intento llamarla, pero no me dejas hablar con ella.

—Está acostada. Las niñas de tres años no se van de fiesta hasta las dos de la mañana.

—Una vez llamé a esa hora. No me di cuenta de lo tarde que era porque estábamos en California.

—Ella tampoco se va de fiesta hasta la medianoche.

—No grites —exclamó Julie, alejando las manos de su madre de sus oídos—. No grites. ¡No grites!

—Lo siento, cariño —dijo Edward.

— ¿Ves cuánto la disgustas? —Tanya limpió la nariz mocosa de Julie con una servilleta rosa que sacó de su bolsillo y luego restregó el glaseado en la mejilla de Julie con una esquina sin usar.

— ¿Yo? Sólo vine a verla por unos minutos, y tú actúas como si fuera una especie de criminal.

—No un criminal —dijo Tanya con frialdad—. Sólo un idiota. Vete. ¡Ahora! Lo digo en serio, Edward.

—Quiero a mi papi —chilló Julie. Llorando incontrolablemente, extendió los brazos en su dirección.

Tanya lanzó un profundo suspiro de exasperación.

— ¿Estás contento, Edward? Has arruinado su cumpleaños. Se estaba divirtiendo tanto hasta que llegaste.

Edward estaba demasiado aturdido para defenderse. No había hecho nada malo.

Sabía que a Tanya le gustaba hacerlo sentir miserable, y a veces sentía que se lo merecía, pero era una buena madre para Julie. Había sido Tanya quien había disgustado a Julie esta vez. Era ella quien se había negado a que tuviera su regalo.

Era ella quien no había invitado a Edward a la fiesta de su propia hija. Él no tenía la culpa aquí. ¿O se estaba perdiendo algo?

— ¿Puedo sentarme en el escalón con ella por un minuto? —Preguntó Edward—.

Ni siquiera entraré.

— ¡Papi! —gritó Julie.

No estaba seguro de ser capaz de calmar a Julie en este punto, pero no podía soportar verla tan angustiada. Quizás sería mejor si se mantuviera alejado. Quizás todos estarían mejor sin él. Pero la sola idea de perder estos pocos momentos robados con su princesa hacía que sus ojos se aguaran y su pecho doliera.

—Bien. Diez minutos, Edward. Y luego te vas.

Él asintió, dispuesto a acceder a cualquier concesión.

Una pequeña niña sollozante fue lanzada en su dirección. Edward sostuvo a Julie apoyada en el hueco de un brazo. Los brazos de ella se apretaron alrededor de su cuello y hundió su pequeño rostro mojado contra su hombro. Julie jadeó y sorbió por la nariz durante varios minutos, pero había dejado de llorar inmediatamente. Edward sólo la abrazó, meciéndola ligeramente y acariciando su cabello rubio y sedoso. Oyó cerrarse la puerta y se sorprendió de que Tanya no pensara que tenía que supervisarlos.

—Mami dijo que habías olvidado mi cumpleaños —dijo Julie.

—Por supuesto que no me olvidé de tu cumpleaños, princesa. Intenté llegar aquí tan pronto como pude.

—Dijo que hoy tenías que cantar en el lugar duidoso, así que no ibas a venir.

—No, no tengo un concierto esta noche, pero sí tengo que cantar. Tengo que cantarle a la chica del cumpleaños.

Julie se echó atrás y lo miró a los ojos. Frunciendo el ceño, tomó sus gafas de sol por la unión sobre la nariz y se las quitó.

—Quítate estos. No puedo verte.

Con los ojos expuestos, él la miró fijamente, el corazón lleno de amor y pérdida, alegría y tristeza a la vez.

— ¿Puedes verme ahora? —susurró.

Ella asintió y le aplastó el rostro entre sus manos pegajosas. Él hizo labios de pescado hasta que ella soltó una risita.

— ¿Qué quieres que cante?

— ¡La canción de Cenicienta!

Él rió entre dientes.

—Creo que no me la sé.

—Te la enseñare.

—De acuerdo.

—Un zueño es un deseo cuando aún eztáz dormido —cantó, usando los brazos y las manos expresivamente para enfatizar sus sinceras palabras. Él hubiera pagado por asientos de primera fila para verla actuar.

Edward abrió la boca para cantar después de ella, y ella se la cubrió con la mano.

—Espera. Metí la pata.

—Lo sé —dijo él cuando ella movió la mano—. ¿Qué tal un poco de Aerosmith?

Ella inhaló profunda y excitadamente, los ojos encendidos de entusiasmo.

—Sí, Papi. Canta la canción del ángel. Mira mis alas. —Ella pasó una mano sobre el hombro y tiró de una de sus endebles, brillantes alas—. Yo soy un ángel.

—Seguro que lo eres —dijo—. Un ángel princesa.

Se aclaró la garganta y le cantó, apoyando la letra, como siempre, con todo su corazón y alma.

—Estoy solo, sí... —Para cuando él estaba cantando a todo pulmón el final de la segunda línea, ella se retorcía con anticipación. Sabía lo que quería. A ella simplemente le gustaba el estribillo, así se saltó la mayor parte de la primera estrofa y fue derecho a su parte favorita.

Julie sonrió mientras le cantaba. Lo miraba con tal adoración absoluta que su garganta se cerró y se atragantó con las siguientes palabras. Ella rebotaba con entusiasmo, y él levantó la mano libre para sujetar su espalda de manera de que no se saliera de sus brazos y cayera a los escalones de ladrillo bajo sus pies. Ella lo abrazó cuando terminó y cerró el puño de su pequeña mano alrededor de la cruz que colgaba de la cadena en su cuello.

—Ahora canta la canción de la nena —pidió.

Él sonrió. No pudo evitarlo. Ella siempre llamaba a la canción de Aerosmith " I Don't Want to Miss a Thing", la canción de la nena.

— ¿No quieres abrir tu regalo? —preguntó.

Ella se hizo hacia atrás y le sonrió ampliamente. Asintió, retorciéndose para bajarse. Él la dejó en el suelo y se puso en cuclillas delante de ella para entregarle la bolsa rosa. Deseó que su regalo estuviese mejor envuelto, algo que Julie pudiera romper en la forma en que se suponía que un niño pequeño abriera un regalo de cumpleaños. Ella tiró el papel de seda y se esforzó por sacar la gran caja cuadrada encajada dentro de la bolsa de regalo. Edward la ayudó. Cuando él abrió la tapa, la boca de ella se abrió.

— ¡Oh, Papi! —gritó con entusiasmo.

— ¿Te gusta?

No parecía capaz de formar palabras. Pero podía correr en su sitio con entusiasmo, todo su cuerpo temblando de alegría. Edward sacó la tiara de diamantes y zafiros rosa de la caja y se la colocó en la cabeza. Sus manos volaron hacia arriba para tocar la pequeña corona.

—Ahora realmente, realmente soy una princesa. —Ella asintió y lo miró con grandes ojos expectantes.

—La princesa más hermosa que jamás haya existido.

Su sonrisa deslumbrante le hacía cosas a su corazón que harían temblar a un cardiólogo.

— ¡Quiero ver mi corona de princesa en el espejo! —Se volteó y comenzó a correr hacia la puerta principal, pero él la atrapó y una vez más la levantó en brazos. Sabía que si ella entraba a la casa, su tiempo con ella habría terminado. Aún no estaba listo para decirle adiós.

— ¿Puedo cantar la canción de la nena primero?

Ella se aferró a la tiara con una mano y asintió.

—Sí, sí. Amo la canción de la nena. —Lo abrazó con un brazo—. Y amo mi corona de princesa. Y te amo, Papi.

Deseó tener puestas sus malditas gafas. ¿Qué tipo de dura estrella de rock estaba frente a la casa de su ex esposa, aferrándose a una niñita, con lágrimas nadando en los ojos?

—También te amo, bebé.

—Mami dice que ya no puedo ser un bebé. Ahora soy una niña grande.

—Eres una niña grande —le susurró. Y no estaba seguro de cuándo había ocurrido. Se había perdido muchos de sus hitos—. Pero puedes ser un bebé cuando estás conmigo, si quieres.

—Canta.

Él cantó "I Don't Want to Miss a Thing" como si estuviera presentándose ante una multitud de doce mil personas. Cuando llegó al estribillo, Julie actuó la letra ofreciéndole una sonrisa y un beso en la mejilla. En los momentos apropiados, lo abrazó. Sintió el latido de su corazón con una mano diminuta y su propio latido con la otra. Él experimentaba esta canción a nivel emocional cada vez que se la cantaba.

Se la había cantado en la mitad de la noche cuando ella era un bebé; nunca fallaba en calmarla. A medida que la última línea del estribillo sonaba entre sus labios entreabiertos, se dio cuenta de que sí la echaba de menos. A pesar de que la estaba abrazando, la echaba de menos. Terriblemente.

Y ya se había perdido tanto gran de su corta vida. Demasiado. Esos momentos se habían perdido para siempre. Tenía que encontrar una manera de estar en casa más menudo. Su bebé estaba creciendo sin él. No había manera de poner su infancia en espera hasta que él pudiera encontrar el tiempo para disfrutarla.

La puerta principal se abrió, y los brazos de Edward automáticamente se apretaron alrededor de la pequeña dulzura en sus brazos.

—Cantas bien —dijo Julie—. Quiero cantar cuando crezca. Yo quiero ser como tú, Papi.

¿Cuándo todo el oxígeno había abandonado la atmósfera? Edward luchó por aspirar aire en sus pulmones que de repente no funcionaban.

De pie en el umbral, Tanya resopló con fastidio.

— ¿Quieres ser una tramposa, buena para nada, que abandona la escuela? No lo creo, Jules. Irás a la universidad.

Edward no sabía por qué ella tenía que seguir rompiéndole las pelotas. Era lo suficientemente hiriente cuando lo hacía a solas, pero cuando lo hacía delante de

Julie, no podía soportarlo. Se preguntó qué clase de mierda la mujer decía de él cuando él no estaba ahí. Era un milagro que tuviera algún tipo de relación con su hija.

—Es hora de entrar, Julie —dijo Tanya.

— ¿Quieres ver mi nueva casa de muñecas, Papi? Se parece a un palacio. Y tiene una muñeca princesa. Y tiene una cama para que pueda dormir. —Ella bostezó ante la mención del sueño.

—Papi tiene que irse ahora —dijo Tanya.

— ¿Vas a regresar mañana? —preguntó Julie.

—Mañana tengo que cantar en el lugar ruidoso —dijo él.

— ¿Vas a regresar en dos sueños más? —preguntó.

Él sacudió la cabeza.

— ¿Tres sueños más? —regateó ella, levantando tres dedos.

—Seis sueños más.

Sus delgadas cejas se arrugaron en confusión. Levantó cinco dedos, y él agregó uno de los suyos. Ella le dio una mirada horrorizada.

—Esos son demasiados sueños, Papi.

— ¿Esta cosa es real? —farfulló Tanya, arrancando la tiara de la cabeza de Julie y mirándola boquiabierta.

—Por supuesto, es real. No voy a darle porquería.

—No puede usar esto.

—Dámela —insistió Julie, tratando de agarrarla.

—Simplemente genial, Edward. Vienes aquí, alteras todo, le das algo que ella no puede conservar, y ahora tengo que ser la mala de la película y quitársela.

—¿Por qué tienes que quitársela? No es tuya. Es de ella.

—¿Y si la pierde? ¿O si las piedras se caen? ¿O alguien se la quita? ¿O si es secuestrada por esto? Jesús, Edward, esta cosa debe haberte costado diez mil.

Si supiera lo que él había gastado, no tenía ninguna duda de que la empeñaría y se compraría otro centenar de pares de zapatos que nunca usaba.

—Sólo déjala que la use en casa —dijo Edward—. Está asegurada si se daña o se pierde. Ella estará bien.

—Dámela —lloró Julie—. Soy una princesa. Una princesa realmente real. Mi Papi lo dijo.

—Ahora la has hecho llorar otra vez —refunfuñó Tanya y le arrancó a Julie de los brazos.

— ¿Yo?

— ¿Por qué tienes que ser tan estúpido, Edward? Es como si hubieras nacido sin cerebro.

—No me llames estúpido frente a Julie, Tanya.

—La verdad duele, ¿no es así?

— ¡Papi! —Gritó Julie cuando Tanya la llevó dentro de la casa y cerró la puerta en la cara de Edward—. Quiero mi corona de princesa. ¡La quiero! —Podía oír el berrinche de Julie a través de la puerta.

No había querido que su regalo fuese un problema. Sólo había pensado que a Julie le gustaría. El costo no había sido una consideración. Quizás debería haberle comprado alguna pieza de diamantes de imitación de porquería en su lugar. Julie nunca habría notado la diferencia. Tenía tres años. Cuatro, se recordó. Mierda. Realmente era estúpido.

Maldiciéndose a sí mismo por lo bajo, levantó la caja vacía, la metió en la bolsa de color rosa con el papel de seda arrugado y la colgó en el pomo de la puerta. Julie estaba más lejos de la puerta ahora, así que no podía oír lo que estaba gritando, pero no había duda de que todavía estaba disgustada. Quizás debería hacerles un favor a todos y perderse para siempre.

Edward arrebató las gafas de sol de su bolsillo y se las puso de nuevo. No estaba seguro de cómo iba a llegar a casa. Supuso que podría llamar un taxi. Se volteó para comenzar a recorrer el camino de entrada; lo averiguaría una vez que estuviera lo suficientemente lejos para no oír el llanto de Julie. Porque Dios, ese sonido era como un cuchillo apuñalando y retorciéndose en su pecho, y sabía que Tanya no le permitiría hacer nada al respecto. Se sentía tan condenadamente impotente. La puerta se abrió detrás de él.

— ¿Edward? —dijo una suave voz detrás de él.

Él se detuvo y se volteó lentamente. Probablemente debería haber esperado que ella estuviera aquí, pero no estaba en absoluto preparado para la reacción de su cuerpo a ella. Su corazón dio un salto, su vientre se contrajo, sus bolas se apretaron. Su cabello castaño hasta los hombros se balanceaba suavemente en una brisa cálida. Sus ojos color chocolate brillaron cuando una sonrisa genuina se dibujó en su hermoso rostro. El tiempo se detuvo cuando él permitió que su mirada viajara por su delgado cuerpo. Esas largas piernas bronceadas podrían ser su muerte. Había pasado mucho tiempo desde que la había visto.

—Bella.

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Bueno, este es el comienzo de mi nueva locura. Estamos conociendo a un Edward rockero con una hija y una ex-esposa un poco dificil de tratar. Al final aparece Bella, quien aun no sabemos que rol ocupará. Ustedes dirán que es lo que suponen.

(^_^)凸

Espero les guste la historia ya que no es muy larga.

Anhelo leerlas en breve.

Nos leemos el viernes 29/03

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#Andre!#