Los personajes de Twilight le pertenecen a Stephanie Meyer (ya dije que estoy ahorrando para comprárselos! XD), y esta parte de la historia me pertenece.

Capitulo beteado por Estephany Twilighter Priego Vazquez de FFAD

- La mejor beta, y no se las presto! Muajajaaa -

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Capítulo Final

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Esta nueva etapa, mayormente para Bella, había sido difícil. Acostumbrarse a los cambios generados en su cuerpo, la alimentación, las emociones; pero, sobre todo, se había sentido cuidada y protegida por Edward, a veces a tal punto de hartarla, ya que no la dejaba hacer ni el más mínimo esfuerzo.

Fue una hazaña que Edward le diera un poco de libertad, y emprendiera la gira de Sunrise.

Al principio, viajaba cinco días y permanecía dos en casa, disfrutando junto a Julie e Isabella del crecimiento de los nuevos integrantes de la familia; pero, a medida que la gira exigía que se trasladara a ciudades más lejanas, los días fuera de casa se alargaron. Al principio, Edward se negó a cumplir con esas fechas, alegando que Bella podría necesitarlo, hasta que su esposa y Alice, le aseguraron que nada pasaría, ya que la pequeña amiga de Bella estaría las noches en su casa haciéndole compañía.

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Luego de la segunda visita al obstetra, ambos estaban más que felices de que todo marchara bien con el embarazo. Al inicio fue una sorpresa, y luego todo fue felicidad.

El doctor Finguerson les entregó unas copias de la imagen de sus pequeños para llevar.

—Isabella, vístete y cuando estés lista pasen a mi consultorio, ahí resolveré las dudas que hayan quedado pendientes. —El médico se retiró hacia su oficina personal, mientras Bella limpiaba con pañuelitos descartables el gel en su vientre. Edward la ayudó a vestirse, y luego a pararse. Ambos se miraron, un momento de comprensión y amor. Un momento que sellaron con un tierno beso y un abrazo.

El consultorio del doctor Finguerson era exactamente igual a los consultorios médicos, solo que estaba pintado de un claro color verde.

—Ya que todos los estudios que hicimos hasta el momento han resultado bien, incluido el de anomalías cromosómicas, no veo la necesidad de hacer estudios más invasivos. Al menos no en este momento. Pero quédense tranquilos: sus pequeños están por buen camino.

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El doctor controlaba el embarazo de Bella constantemente, asegurándose de que todo marchara bien. En el séptimo mes de gestación, Edward y Bella se presentaron para el control de los pequeños. El cobrizo lideraba la gira con una única condición impuesta: estar presente en cada chequeo médico de sus bebés. A pesar de que Bella le aseguraba que no hacía falta que realizara esos viajes relámpagos, él ansiaba los momentos íntimos con sus pequeñas lentejuelas.

Si había algo que Edward adoraba del embarazo, además de los bebés, era el gran apetito sexual de Bella. Su rutina normalmente era alimentarse de todo lo que los pequeños "le pidieran", ya que por esas semanas las náuseas habían desaparecido casi en su totalidad, por lo tanto le consentían a Bella comer con regularidad. Ella siguió trabajando a pesar de Edward, ya que le argüía que no hacía ningún esfuerzo cumpliendo con su responsabilidad de profesora —esto hacía que él se sintiera orgulloso de Bella como educadora—, y le hacía bien salir un poco.

Habían quedado con el doctor Finguerson para hacer el chequeo de la semana 14, por lo que Edward la acompañó.

Luego de los saludos pertinentes, Bella se recostó en la camilla y tomó la mano de su esposo, quien se había sentado en una silla a su lado, y ambos giraron su rostro hacia la pantalla, donde verían a los pequeños. El médico colocó el gel frío sobre su vientre, y con suaves movimientos del transductor, la pantalla tomó vida.

El médico observaba atento la pantalla. Entonces aparecieron.

Los bebés. Se veía el registro de los latidos. Ellos se movían: se dejaban ver claramente. Bella sonrió y apretó la mano de Edward, que miraba emocionado la pantalla.

Ambos compartían la misma felicidad. Eran sus bebés, esos que fueron creados con tanto amor.

Cuando Edward vio la primera ecografía, comprendió que sería padre, pero no era lo mismo que verlo en vivo, moviéndose para todos lados tan llenos de vida. Dos pequeñas vidas. Sus ansias ahora estaban puestas en conocer el sexo de los pequeños, pero el doctor había dicho que el embarazo era reciente y podía traer futuras contradicciones porque no se veía con tanta precisión. A pesar de que Isabella no quería conocer el sexo de los bebés, ya que para ella no cambiaría en nada y además quería que fuera una sorpresa, Finguerson había dicho que tal vez en la próxima visita podrían conocer el sexo.

— ¿Está todo bien? —Bella le preguntó, ansiosa, al médico.

—Los pequeños se ven perfectamente, señora Cullen. Tienen una longitud de unos 6,1 cm y 5,9 cm, parecidos en tamaño. Ambos corazones se ven normales, con latidos alrededor de 130 por minuto, o sea, dentro de lo normal. —El médico continuó—: El diámetro biparietal y la longitud del fémur son coincidentes con las fechas, así que todo está perfectamente. —Señaló la pantalla que la pareja miraba y marcó una zona determinada—. Esa es la cabeza de uno de los pequeños; esas sus piernas. —Marcó otro sector—. Ese es el otro pequeño, su cabecita, sus extremidades. Tendremos que preparar el parto para la semana 30 o la 34.

La pareja sacaba cuentas mentales, ya que pensaban tener a los pequeños con ellos en la semana 39 o 40.

—Entonces, ¿les parece bien esa fecha? —preguntó el médico.

Edward estaba afligido ante la noticia que el obstetra les acababa de dar.

— ¿Por qué? ¿Es necesario, doctor? ¿Están en peligro los bebés y mi mujer?

El médico sonrió ante el torrente de preguntas.

—Tranquilo, señor Cullen. Lo mejor es adelantar la fecha, ya que Isabella es de contextura corporal chica y no soportará los nueve meses. Lo ideal es que esos pequeños decidan por si solos nacer a las treinta y cuatro semanas; pero si no induciremos el parto.

Edward chasqueaba los dedos constantemente debido al nerviosismo.

—De acuerdo. Si es lo mejor para los bebés y para Bella, lo haremos. ¿Verdad, cariño? —El cobrizo miró a su esposa, que escuchaba y analizaba cada una de las palabras del doctor Finguerson.

—Sí, haremos lo mejor para ellos. —Bella acariciaba maternalmente su pequeño pero hinchado vientre.

—Entonces, programaremos el parto para el 25 de abril. Los pequeños nacerán fuertes y sanos, se los aseguro.

Bella miró a Edward y sonrió ampliamente. Sus pequeños llegarían en poco tiempo. Sus primeros niños. Amaba a Julie tanto como si fuera su propia hija, pero las pequeñas lentejuelas eran su vida, su luz.

Cada noche, el sentir como los revoltosos —así los llamaba Julie— se paseaban por cada rincón de su vientre, era como la noche de Año Nuevo. Cada patadita que daban sus niños era como dulces campanadas. Ellos mostraban cuán vivos y fuertes estaban cuando su padre les cantaba. Edward ya conocía cuál era la canción que sus pequeños adoraban, y no dudaba cantárselas en cada oportunidad, ya que era su momento: un momento de padre e hijos, un momento de unión, al igual que cuando hacía el amor con Bella.

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— ¡Edward! ¡Edward! —Los gritos de Bella, sumados a los golpes en el brazo, despertaron a lo que había sido un muy dormido Edward.

Él abrió los ojos desorientado y miró el reloj de su mesita de luz rápidamente: marcaba las tres y media de la mañana. ¡Bella acababa de despertarlo a las tres y media de la mañana! Lo primero que pensó es que algo no andaba bien.

— ¡Maldición, Edward! ¡Despierta ya!

Edward la miró sin entender.

— ¿Te sientes mal? ¿Quieres que vayamos a ver al doctor Finguerson?

Bella se echó a reír, lo que desorientó a Edward.

—No, solo quería que sintieras esto. —Tomó la mano de su esposo y la posó sobre su vientre. Inmediatamente, unos pequeños golpecitos invadieron el momento.

Edward tartamudeaba.

—E-e… E… ¿Esos son…?

— ¡Sí, son nuestros pequeños saludando a papá! —respondió Bella sonriendo—. Perdón por despertarte así, es que han empezado a moverse hace un rato y realmente quería que lo sintieras tú mismo.

—Es… Es algo hermoso, indescriptible. ¿Te duele?

—Por el momento no. Creo que a medida que vayan siendo más grandecitos tal vez sí duela; pero ahora es hermoso sentirlos.

Las 20 semanas de Bella la colocaban a dos tercios del tiempo de gestación, algo que los asustaba y los ponía más ansiosos en la espera.

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Al final ambos estaban anhelantes. Edward había logrado convencer a Bella de que les dijeran el sexo de los pequeños. Después de casi 30 minutos de un examen minucioso por parte del doctor, quien controlaba detalladamente a los pequeños, les informó que todo marchaba correctamente.

—Entonces, ¿están seguros de que quieren saber el sexo de los pequeños?

Ambos se miraron cara a cara, ella asintió, y el médico sonrió abiertamente. Señaló un pequeño círculo en la pantalla.

—Ahí. ¿Ven? Esos son los genitales de su pequeño; y este de aquí, es el del otro niño. ¡Felicitaciones señor y señora Cullen! ¡Son dos niños muy fuertes y sanos!

Dos niños.

Dos niños con el cabello de su madre, o con el de Edward. ¿Tendrían el carácter de su padre o el de Isabella?

Miles de sentimientos se agolparon en ambos. La emoción y felicidad de ambos eran incalculables.

—Tendremos dos nuevos músicos en la familia, señor Cullen. —Ella rio al decir la frase, imaginando a sus pequeños como futuras estrellas de rock.

—O tendremos a dos profesores, inteligentes y maravillosos como su madre. —Edward acarició el rostro de Bella y le dio un pequeño beso en los labios—. De cualquier forma, serán nuestras estrellas, músicos o profesores. Estrellas que marcarán nuestras vidas.

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A Bella parecía sentarle bien el embarazo. Mejor dicho, le sentaba muy bien, como si el embarazo le hubiera dado brillo propio. Su cabello estaba brillante, y su piel irradiaba una luz mágica.

Edward presentaba más que orgulloso a su esposa súper embarazada en algunas de las entregas de premios a las que debieron asistir, le encantaba hacer alarde de la estilizada figura embarazada de su esposa ante todo el mundo.

El llevarla de la mano, con el anillo de bodas y su vientre hinchado debido a que refugiaba a sus pequeños, hacía que Edward se sintiera en las nubes. Su piel, sus poros, todo en Bella gritaba que él era su dueño, y eso lo hacía el hombre más feliz del mundo.

Amaban salir juntos con Julie, ya fuese al cine o simplemente a comer fuera; pero, últimamente, el avanzado embarazo no le permitía tanta paciencia a Bella, quien era el centro de atención de los fotógrafos.

Aunque todos peleaban por saber cuál era el sexo real de los niños, la pareja se encargó de mantenerlo oculto: era como una especie de juego para ellos, para ver hasta cuándo podrían mantener el secreto.

Bella mantenía su peso en total control, aunque no tenía límites y comía todo lo que le apetecía, su genética la favorecía, ya que de espaldas nadie podría decir que estaba embarazada. Su pequeña figura, con un poco de gimnasia, volvería rápidamente a su tamaño real.

Pero había algo que había cambiado, o mejorado, rotundamente, las ansias por el sexo. Bella quería sexo constantemente. Culpaba a sus hormonas. Al principio Edward se negaba, acotando que tenía miedo de dañar a los pequeños, y los sollozos de Bella no se hacían esperar.

El médico culpó estos arranques al aumento de hormonas adicionales, que su cuerpo producía debido al embarazo. Era un efecto secundario, totalmente inesperado, que aumentaba su lívido llevándolo a niveles inimaginables. O al menos fuera de lo normal. Edward no se quejaba; aunque al principio lo padeció cruelmente debido a sus miedos. Pero, cuando el médico lo tranquilizó asegurándole que si tenían cuidado durante las relaciones sexuales —y a cuidados se refería a la innovación de posiciones que no afectaran el vientre— no habría ninguna complicación, sus miedos se disiparon y aprovechó ese apetito sexual, incrementando su satisfacción al notar que los orgasmos de Bella eran más intensos, motivando los suyos.

Edward era muy creativo al pensar en el sexo, buscaba posiciones que no afectaran a los pequeños, en las que hacer el amor resultara igual de satisfactorio que sus acalorados encuentros anteriores al embarazo. Le resultaba divertido investigar sus pros y sus contras. Muchas veces Bella lo encontraba investigando en Internet, lo que la motivaba a arrancarlo de ese sillón y llevarlo a la cama para probar cada nueva palabra informativa.

Todo esto, sumado a que ella seguía una rutina especial de gimnasia para mantenerse en forma, bien y dispuesta, les aseguraba que no hubiera razón alguna para recortar las sesiones de sexo. También insistía en que el sexo le ayudaba a dormir mejor: este motivo hacía que Edward lo viera como una necesidad para el bienestar de su esposa.

En las últimas semanas del embarazo, el tema de conversación principal para Edward y Bella era el nombre de ambos niños. Muchísimas opciones circularon por sus mentes, desde Daniel y Marcus, hasta Theodore y Kevin; pero ninguno de esos nombres terminaba de convencer a la pareja, algo que fastidiaba a Bella y divertía a Edward, quien posaba su mano en el vientre de ella constantemente para sentir cómo se movían los pequeños.

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Bella se había recostado, ya que sus piernas, hinchadas y pesadas, no la dejaban permanecer más de unas escasas horas de pie. Aguardaba ansiosamente, cada noche que él permanecía fuera de casa, que en su laptop apareciese su rostro.

Edward permanecía en una larga gira de Sunrise por América Latina, promocionando su último gran éxito discográfico.

Isabella Swan o Cullen, como ahora era su nombre, llevaba en su vientre a dos bebés de ya seis meses. Su amplio vientre se veía hermoso para el público, que observaba a la pareja ocasionalmente en alguna revista al salir de paseo.

Para Bella no fue fácil acostumbrarse a los paparazzi, al salir en diversas revistas por ser la mujer del vocalista del momento. También existieron aquellas publicaciones en donde la juzgaban por ser la hermana de Tanya Denali, primera esposa de Edward Cullen. Ponían en primer plano de programas amarillistas su rostro junto al de Julie comparándolas, y hasta hubo algunos que se animaron a decir que la pequeña era en realidad hija del vocalista e Isabella y no de Tanya, como siempre se había dicho. La gran mayoría de cosas que se decían era falsa, pero no dejaban de dañar a Bella y molestar a Edward cuando veía a su esposa decaída.

Un día, después de que Bella se la pasara llorando —no solo motivada por su embarazo—, Edward puso punto final y le pidió a su manager que largara un comunicado de prensa en el cual le exigían al medio periodístico que dejaran de husmear en su vida y generar falsas teorías. También reafirmaba la maternidad de Tanya con Julie, y pedía respeto con Isabella, quien se encontraba embarazada y era a quien más afectaban todas esas falacias dichas.

Edward prometió hacer cualquier cosa para mantener a su familia lejos de los molestos periodistas que atosigaban a sus chicas y a sus bebés, hasta el punto de perseguirlos en cualquier salida. Cada una de esas palabras había sido dicha mientras posaba su mano sobre el vientre de ella en un gesto protector. Ellos eran su familia. Sus hijos. Su esposa.

Y como era habitual en ellos cuando se tocaban, un fuego los envolvió haciéndolos estallar en pasión.

—Ha pasado tanto tiempo desde que hicimos el amor —dijo Edward ante la sensación que ese roce generaba.

Los dos ansiaban esa conexión tan íntima que tenían en esos momentos.

Bella estiró su mano y enredó sus dedos en la cabellera del cantante mientras rozaba sutilmente sus labios. El beso subía poco a poco de intensidad, perdiéndolos, consumiéndolos en el frenesí de necesidad que compartían. Las manos de ella se dirigieron a la camisa de su esposo, tratando de llegar más allá de un simple contacto. Quería más. Y Edward también lo deseaba. Deseaba sentir a su esposa piel a piel, llegar a ese éxtasis natural que ambos creaban. Pero él tenía miedo que en su estado pudieran lastimar a los pequeños.

—Por favor, Edward. Por favor, te deseo, te necesito —se lo pidió suplicando, demandando ese momento que ambos necesitaban y deseaban.

Edward tenía miedo de que cualquier movimiento brusco dañara a los niños, pero era tentador el unirse en cuerpo y alma con la mujer a quien amaba como a nadie. Ante las caricias de Bella, se rindió y dio rienda suelta a su deseo.

Como pudo, desabrochó su blusa y se quedó estático al ver la apetitosa figura de una Isabella embarazada.

Su cuerpo, debido al embarazo, había cambiado. Sus pechos estaban más llenos y sus pezones se encontraban aún más sensibles que de costumbre. Esto último lo encendía a tal punto de sentirse malo y besarlos, jugar con ellos, excitarla hasta que gritara de placer. Fueron los gritos los que devolvieron a Edward a la realidad.

—Es esto a lo que me refería. Tienes que ser más responsable. No quiero hacerte daño, ni a ti ni a los bebés.

— ¡Maldición, Edward! No pares, por favor, los bebés están felices por tus caricias, te lo suplico —pedía mientras le acariciaba la nuca.

Edward la deseaba. La necesitaba. Su lado sensato le decía a gritos que no fuese insensible, mientras su lado animal le rogaba dejarse llevar por el deseo y hacerle el amor a ella. Una batalla de indecisión se alojaba en su cabeza, pero solo duró unos escasos segundos. Edward se dio por vencido. La tentación fue más fuerte.

—Ven, nena. —Subió a Bella encima de su cintura. Sabía que debía cuidar a su mujer de que no hubiese ningún peso ni algún tipo de presión sobre su vientre.

Ella llevaba puesta una falda corta, que al estar sentada sobre él se había subido casi en su totalidad, dejando a la vista unas deliciosas medias que hacían sus piernas más sexys. La vista fue mejor, para ambos.

Edward pensaba en cada posición que implementaron a medida que el embarazo aumentaba de semanas, disfrutaba y se divertía, lo que lo motivaba a jugar con más entusiasmo en la cama.

Amaba los retos. Jugaba suavemente con los hermosos pechos de su ahora embarazada mujer, torturaba los pezones hasta que ella arañaba la camisa de Edward, intentando romperla en el proceso de desabrocharla.

—Tranquila, cariño. No hay prisa. Podemos hacerlo con calma. Quiero degustarte. —Edward estaba empalmado, tanto que, si Bella seguía de esa manera, acabaría en menos de un minuto, y quería disfrutar del máximo placer—. Sé que ha pasado mucho tiempo, créeme que lo sé, pero no podemos hacerles daño a los bebés. Despacio.

Se besaron suavemente, aprovechando el momento, probándose y saboreándose mutuamente.

—Así, despacio. —La besó en la comisura de la boca. Los besos suaves la calmaban, la tranquilizaban y lo dejaban tomar el control.

Edward se dejó caer suavemente sobre la cama y tiró del cabello de Bella hacia atrás para atrapar su cuello. Posó sus labios sobre su garganta y ejerció presión en ella. Sentía el palpitar de la sangre, esa que lo llamaba a gritos, diciéndole que él era su dueño. Bella lo acariciaba, lo abrazaba, lo besaba y, en cada gesto, le demostraba cuánto lo amaba. Se dejaron llevar, quitándose las pocas prendas que les quedaban. Y maldito fuese el destino si el de ellos no estaba escrito con sangre. Solo quedaba un paso final, el que unía a ambos en lo más profundo de su ser.

Edward sabía lo que deseaba, y no dudaba en decirlo.

—Amo enterrarme en tu suave, dulce y cálido coño. Sabemos lo que queremos. Hazme el amor, nena.

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La noche previa al 25 de abril, Bella se sentía ansiosa, y Edward no paraba de preguntar cada cinco minutos si el bolso estaba listo.

—Tienes que controlar que todo esté listo, nena. Puedes llegar a necesitar lo que menos esperas.

—Edward, fue tu madre quien me ayudó a preparar todo. Y, cariño, ya deja de preguntar "Isabella, ¿tienes todo listo? ¿No olvidas nada?", porque realmente me estás poniendo más nerviosa. —Estas palabras salieron de una Bella a punto de llorar, y terminó sollozando al terminar la frase—. ¿Es que no te das cuenta de que me pones nerviosa?, y tengo miedo, Edward.

Edward que miraba atentamente a su esposa corrió a abrazarla.

—Shh… Todo saldrá bien, nena. No tienes que estar asustada.

—Es… Es… Es que no lo sé. Tengo miedo de hacer las cosas mal y que los niños salgan lastimados o algo peor.

—Ya, ya, nena. Todo saldrá bien, y, cuando menos lo pienses, tendremos a nuestros pequeños en brazos.

Los miedos de madre primeriza por parte de Bella habían tomado el poder en los últimos momentos. Muchas eran las madres que tenían esta clase de crisis, en uno de los cursos de pre-parto se lo habían mencionado, pero no hay nada peor que perder el control para que los nervios lo acaparen todo.

Edward acariciaba de arriba abajo el brazo de Bella.

—Te lo aseguro, cariño, todo va a salir bien.

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El momento del parto había llegado. El doctor Finguerson había controlado a Bella constantemente para mantener todo en orden y que todo siguiera su curso.

Bella había sido preparada con todas las medidas pertinentes, y el goteo ya estaba surgiendo efecto. Las contracciones se hicieron constantes e iban en aumento con el correr de las horas. El trabajo de parto no sería fácil, pero Isabella sabía que el resultado del esfuerzo sería lo más maravilloso del mundo: sus pequeños.

— ¿Entonces, Bella? ¿Estás lista?

Ella titubeó.

—Yo creo que sí, aunque no dejo de temer.

El médico sonrió.

—No te preocupes, estará todo bajo control, y cuando menos lo imagines habrá pasado todo, así que disfruta del momento.

Edward besó la frente de su esposa y presionó su mano gentilmente.

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Tal como el doctor Finguerson se lo había dicho, el parto, más allá de ser inducido, había marchado naturalmente. Dos hermosos pequeños, el mayor de 1450 gramos y el pequeño de 1280 gramos, de cabello cobrizo. Como si sus genes se hubieran dividido parcialmente: sus rasgos, en primer momento, eran mitad del padre y mitad de la madre.

Julie no se despegaba de la cuna doble, estaba totalmente enamorada de sus hermanos.

—Ok, ya hemos esperado demasiado, ¿no les parece? Queremos saber cómo se llamarán los pequeños Cullen.

En el momento de nombrarlos, toda la familia esperaba ansiosa conocer el mayor secreto de la pareja. Habían elegido sus nombres en las últimas semanas, pero habían decidido guardarlo en secreto hasta el momento del nacimiento.

Ambos sonrieron y se miraron pícaramente. Edward se encaminó a la cuna y tomó a uno de los bebés, el más grandecito, y se lo entregó a Bella.

Bella lo tomó y, mirando al pequeño, dijo:

—Él es Kody. Kody Cullen.

Edward ya había levantado al más pequeñín de los bebés y sonriendo, como todo padre baboso, agregó:

—Y él es Kylan. Kylan Cullen.

Ambos padres irradiaban alegría, felicidad y amor por uno de los mayores regalos de la vida: dos hermosos hijos.

Tal vez su relación no había sido como la de cualquier pareja normal, habían llegado a la vida del otro casi por casualidad, tomando papeles que los alejaron uno del otro; pero dicen por ahí que cuando el amor es verdadero no importa el tiempo, la distancia ni nada que el ser humano intente poner como obstáculo. El amor siempre triunfa, como este tipo de amor.

Hay momentos en que creemos que todo está perdido, hasta nuestro gran amor; pero la vida siempre nos otorga oportunidades, oportunidades para ser felices, para elevar nuestra alma y hacernos sentir que vale la pena cada respirar.

Bella y Edward no tuvieron una historia fácil. Tuvieron miles de obstáculos que no sabían cómo superar, pero que juntos fueron afrontando y venciendo. La genuinidad del amor de Julie fue un complemento más que importante, una fuerza que impulsó a Edward y a Bella a luchar, a salir adelante por ella.

Dos pequeñas luces que afianzaron la unión de dos seres que se querían, y que con el paso del tiempo comprendieron que se amaban aún más.

Hasta en los momentos más oscuros, en algún instante siempre suena la melodía de Sunrise, brindando una nueva oportunidad.

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¡Hola! ¿Cómo están? Después de tanto tiempo paso a traerles el cierre de esta hermosa historia.

Sé que me ausenté muchísimo y que a veces, pueden comprender o no, sinceramente no hay palabras para pedirles disculpas y agradecerles, a la vez, por su continuo apoyo.

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Como siempre digo en los finales, nunca están cerradas las puertas a la imaginación así que si preguntan por algún futuro Outtake les contesto ahora, NO LO SÉ, tal vez en algún momento si siento la necesidad lo escribiré, por el momento quiero seguir enfocada con la traducción de Vírgenes & Villanos y tal vez alguna sorpresa (Si quieren estar al pendiente solo tienen que seguirme en o ingresar al grupo oficial de fb, el link está en mi perfil.

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¿Agradecimientos? ¡Por supuesto que sí!

A mi querida beta Estephany, quien fue mi apoyo y guía a la distancia.

Gracias cariño por hacer este camino más fácil. Eres un ángel caído del cielo.

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A Flor Carrizo, nuestra supervisora, a quien tuve el gusto de conocer personalmente.

Gracias nena por tu tiempo y controlar cada uno de nuestros errores.

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A cada una de las personitas que pasaron por este fic, desde las lectoras anónimas hasta quienes dejaron sus reviews. Todo es super valorable para mí.

Gracias a mi familia que me apoya en estas locas ideas.

Al equipo de locomundoliterario (Un blog acerca de libros, el cual están invitadas a visitar) Link en mi perfil

A todos, ¡GRACIAS!

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¡HASTA PRONTO!

-Andre-