Capitulo 3

El es ágil y veloz, oscuro como la noche. Luces y reflejos van y vienen en los pequeños espejos de su moto. Llega a la plaza, vuelve a correr apenas ve que por la derecha no viene ninguno, después se va hacia Vigna Stelluti a toda velocidad.

-Tengo unas ganas de verlo, son dos días que no se nada de el.-

Una bella muchacha de cabello rubio y risado, ojos verdes y un buen posterior prisionero de unos pantalones Miss Sixty, sonríe a la amiga, una rubia alta como ella pero un poco más redonda.

-Tania, sabes como es todo, aun si han estado juntos nunca quiere decir que ahora tienen una historia'

Sentadas en sus motos, fuman cigarrillos muy fuertes, tratando de dar una imagen fuerte y algunos años de más.

-Que importa, sus amigos me dijeron que el normalmente nunca llama a nadie.-

-Porque, ¿a ti te llamo?-

-Si!-

-Bueno, quizás se equivoco de número.-

-Dos veces?-

Sonríe, feliz de haber puesto en su lugar a la amiga que, sin embargo, no pierde el ánimo.

-De sus amigos no te puedes confiar. Has visto que hacen?-

Cercano a ellas, con sus motos potentes como sus musculos, Alec, Demetri, Cayo, Marco, Felix, Aro y muchos otros aun. Nombres de historias difíciles. No tienen un trabajo fijo. Algunos siquiera mucho dinero en los bolsillos, pero se divierten y son amigos. Esto basta. Aman pelear, y eso nunca falta. Parados allí, en Plaza Jacini, sentados en sus Harley, sus viejas 350 Four con piezas originales, o con los clásicos cuatro en uno, del ruido mas potente. Soñadas, suspiradas y al final, obtenidas, gracias a continuas plegarias, de sus padres. O quizás con el sacrificio de la billetera desafortunada de un joven descuidado que la dejo en la gaveta de cualquier escarabajo o en el bolsillo interno de un Henri Lloyd, en fin, demasiado fáciles de robar durante el receso.

Como estatuas sonrientes, exhiben las peleas fáciles, las manos con cualquier rotura, recuerdo de una riña. John Milius los hubiera adorado.

Las muchachas, mas silenciosas, sonríen, casi todas escapadas de casa, inventando un dormir tranquilo donde una amiga, que en en vez de eso, esta sentada ahí cerca con ella, hija de la misma mentira.

Victoria, una chica con la licra azul oscuro y la camiseta del mismo color con pequeños corazones celeste, muestra una esplendida sonrisa.

-Ayer me divertí un mundo con James. Hemos festejado seis meses que estamos juntos.-

Seis meses, piensa Irina, a mi me bastaría uno solo…

Tanya suspira, después prosigue a soñar con las palabras de la amiga.

-Fuimos a comer una pizza de Baffetto.-

-¿En serio?, yo también fui ayer-

-¿A que hora?-

-Behh... habrán sido las once.-

Odia a esa amiga que interrumpe el cuento. Siempre hay alguien o alguna cosa que perturba tus sueños.

-Ah, no, ya nos habíamos ido.-

'-Entonces, ¿quieren escuchar el resto?-

Un único 'si' sale de esas bocas de extraños sabores de brillo de frutas o rosados robados a vendedores distraídos o a baños maternos mas ricos que pequeñas perfumerías.

-A un cierto punto llega el camarero y me lleva un ramo de rosas rojas enorme. James sonríe, mientras todas las muchachas de la pizzería me miran agitadas y un poco envidiosas-

Casi se arrepiente de esa frase, notando a su alrededor aquellas similares miradas.

-Nunca por James… Por las rosas!-

Una repentina risa las une a todas de nuevo.

-Después me beso en los labios, me agarro la mano y me dio esto.-

Les muestra a las amigas un sutil anillo con una pequeña piedra celeste, de reflejos alegres, casi como los de sus ojos enamorados. Aclamos de sorpresa y un 'Bellisimo!' reciben ese simple anillo.

-Después fuimos a mi casa y hemos estado juntos. Mis padres no estaban, estuvo fabuloso. puso el CD de Cremonini que me encanta. Después nos fuimos a la terraza con una cobija y miramos las estrellas.-

-Habian muchas?- Tanya es, sin duda, la más romántica del grupo.

-Muchisimas!-

Un poco mas allá, una versión diferente.

-Hey, anoche no supimos nada de ti…-

Cayo. Una benda en el ojo, fija. Sus cabellos alborotados, ligeramente claros en la punta le dan un aire de ángel, si no fuera por su fama infernal.

-Entonces, ¿se puede saber que hiciste anoche?-

-Nada. Fui a comer en Baffetto con Victoria, y después, como no estaban sus papás, fuimos a su casa e hicimos cosas. Como siempre, nada especial…Han visto que han arreglando el Panda?-

James trata de cambiar el tema. Pero Cayo no para.

-Cada tres, cuatro años arreglan todos los locales… entonces, porque no nos llamaste?-

-Hemos salido sin pensarlo, así de repente.-

-Que extraño, tu casi nunca haces algo así de repente.-

El tono no promete nada bueno. Los otros se dan cuenta. Alec y Demitri dejan de jugar fútbol con una lata aplastada. Se acercan sonrientes. Aro le da una tirada mas larga al cigarrillo, y hace su guiño de burla usual.

-Saben muchachos, ayer Victoria y James cumplían seis meses y el ha querido celebrarlo solo.-

-No es cierto.-

-¿Como no? Si te vieron comer la pizza. ¿Pero es cierto que quieres enseriarte?-

-Si, dicen que te gusta hacer de florista.-

-Guau!- Todos divertidos comienzan a darle golpes por la espalda, mientras que Cayo lo agarra con el brazo alrededor del cuello y con el puño cerrado le presiona fuerte la cabeza.

-Que tierno…-

-Ay! Sueltame…-

Todos se le lanzan encima, riendo como locos, casi sofocándolo con sus fuertes musculos. Después Felix, mostrando sus dos anchos dientes de enfrente, grita de repente: -¡Busquemos a Victoria!-

Los Converse All Star celestes, con la pequeña estrella roja en el centro del círculo de goma por el tobillo, bajan de la Vespa y tocan rápidamente tierra. Victoria da solo dos pasos pero se vuelve rápidamente la presa de Marco. Los cabellos rojos de ella hacen un extraño contraste con los ojos oscuros de Marco, con su ceja cosida malamente, con esa nariz lesionada y suave, golpeada en el hueso por un bello derechazo, cualquier mes atrás, en la cantina Fiermonti.

-Sueltame, vamos, déjame.-

Rápidamente Aro, Alec y Felix se ponen alrededor y fingen ayudarlo a lanzar en el aire a esos cincuenta y cinco kilos bien distribuidos, siempre pendientes de poner las manos en los puestos adecuados.

-Paren, ya basta.-

Las otras muchachas se avecinan al grupo.

-Dejenla quieta.-

-¿Se han ido solos a hacer cosas, en vez de festejar con nosotros? Bueno, entonces celebramos ahora, a nuestro modo.-

Lanzan a Victoria de nuevo en el aire, riendo y bromeando.

James, aun si es poco más pequeño que los otros y regala rosas, se hace su camino a empujones. Agarra a Victroia por la mano justo cuando va bajando, y se la monta en su espalda.

-Ahora basta, paren.-

-¿Y sino, que?-

Marco sonríe y se pone de frente a el, alargando las piernas. Sus jeans ligeramente más claros en sus gruesos muslos se tensan. Victoria, apoyada en la espalda de James, se agarra más fuerte. Hasta aquel momento había aguantado las lagrimas, ahora también la respiración.

-Sino, ¿que harás?-

James mira al Marco a los ojos.

-¿Que diablos quieres? Siempre tienes que ser la molestia.-

De los labios de Marco desaparece la sonrisa.

-¿Que dijiste?-

La rabia hace mover sus pectorales. James cierra los puños. Un dedo escondido entre el resto se ajusta con un sonido sordo. Victoria entrecierra los ojos, Aro se mantiene con el cigarrillo tembloroso en su boca abierta. Silencio. Repentinamente un rugido rompe el aire. La moto de Edward llega haciendo ruido. Dobla en la curva y avanza veloz, frenando poco después en medio del grupo.

-Bueno, ¿que pasa aqui?-

Victoria finalmente suspira. Marco mira a James.

Una sonrisa ligera deja la discusión para otro momento.

-Nada, Edward, se habla mucho y no sucede nada.-

-¿Tienen ganas de estirarse un poco?-

El seguro de la moto cae como un cuchillo y se planta en el suelo. Edward baja de la moto y se arregla la chaqueta.

-Se aceptan concursantes.-

Pasa cerca de Aro y, abrazándolo, le quita de la mano la Heineken que acaba de abrir.

-Hola, Aro-

-Hola-

Aro sonríe, feliz de ser su amigo, un poco menos de no tener más la cerveza.

Cuando la cara de Edward baja después de un largo trago, sus ojos encuentran a Tanya.

-Hola.-

Los suaves labios de ella, ligeramente rosados y pálidos, se mueven apenas, pronunciando ese saludo en voz baja. Sus pequeños dientes blancos, todos pares, se iluminan mientras sus ojos verdes, bellísimos, tratan de transmitir todo su amor, inútilmente. Es mucho. Edward se le acerca, mirándola a los ojos. Tanya lo mira, incapaz de bajar la mirada, de moverse, de hacer cualquier cosa, de parar ese pequeño corazón, que como loco, hace un solo como si fuera Clapton.

-Ten esto un segundo.-

Se quita el reloj Daytona con la correa de acero y lo deja en sus manos. Tanya mira como se aleja, después aprieta el reloj y se lo lleva cerca al oído. Siente el ligero sonido, el mismo que había escuchado cualquier día antes debajo de su almohada, mientras el dormía y ella se mantenía, pasando minutos en silencio, a mirarlo. En ese entonces, sin embargo, el tiempo parecía haberse parado.

Edward se sube en el techo encima de Lazzareschi pasando por el portón del cine Odeon.

-Entonces, ¿quien viene? ¿Acaso quieren invitaciones escritas?-

Marco, Demetri y Alec no se hacen rogar. Uno después del otro, como simios que en vez de pelo tienen chaquetas Avirex, escalan con facilidad el portón. Llegan todos al techo, por ultimo Aro, ya doblado en dos para recuperar el aliento.

-Ay, ya yo estoy destruido, hago de arbitro.- Y le da un trago a la Heineken que milagrosamente ha logrado no derramar en la fatigosa subida, para los demás un juego de muchachos, para el una empresa a la Messner.

El grupo se alinea en la penumbra de la noche.

-¿Listos?- Aro grita alzando la mano veloz. Un poco de cerveza le cae debajo a Heidi, una hermosa chica de cabellos marrones en una cola alta, que se envolvió hace poco con Corin, un tipo bajo hijo de un rico de corbata.

-¡Mierda!- le sale de la boca, creando un gracioso contraste con su cara elegante. -Ten cuidado, ¿no?-

El resto se ríe, secándose las gotas de cerveza que les han caído también.

Casi todos juntos, una decena de cuerpos musculosos y entrenados se preparan en el techo. Las manos adelante y paralelas, las caras tensas, los pechos anchos.

-¡Ya! ¡Uno!- grita Aro, y todos los brazos se doblan, sin fatiga. Silenciosos y aun frescos, llegan al frío mármol y sin mucho tiempo regresan arriba. -¡Dos!- abajo de nuevo, más veloces y decididos. -¡Tres!-

Aun, como al comenzar, mas fuertes que cuando comenzaron. -¡Cuatro!- Sus caras, gestos casi irreales, sus narices, con pequeñas arrugas, bajan contemporáneamente. Bajan veloces, con facilidad, llegan casi hasta la tierra y de nuevo suben. -¡Cinco!- grita Aro dando un último trago a la lata y lanzándola en el aire. -¡Seis!- Con exactitud la golpea. -¡Siete!- La lata vuela en alto. Después, como lenta paloma, cae de lleno en la Moto de Heidi.

-Mierda, eres de verdad un ridículo, yo me largo.- Las amigas comienzan a reírse.

Corin, su novio, para de hacer flexiones y baja del tejado.

-No, anda Heidi, no seas así.-

La agarra con los brazos y trata de pararla, logrando con un beso suave interrumpir sus palabras.

-Esta bien, pero dile algo a ese tipo.-

-¡Ocho!- Aro baila en el techo moviendo alegre las manos. -Muchachos, ya uno, con la excusa de que la novia se exitó, ha parado. Pero la competencia continua-

-¡Nueve!- Todos ríen y, ligeramente mas calentados, bajan. Corín mira a Heidi.

-¿Que se le puede decir a uno así?- Agarra la cara entre sus manos. -Tesorito, perdónalo, no sabe lo que hace.- Mostrando un discreto conocimiento religioso pero una pésima práctica, debido que apoyado en la moto de Heidi comienza a besarla apasionadamente, en frente de las otras chicas.

La voz gruesa de Marco con aquel acento particular de su región que, aparte de la piel oliva, le ha dado el sobrenombre del siciliano, hace eco en la plaza.

-¡Hey Aro! Aumenta un poco, me estoy durmiendo.-

-¡Diez!-

Edward baja fácilmente. Su corta camiseta azul le cubre los brazos. Los músculos son anchos. En las venas su corazón suena potente, pero aun lento y tranquilo. No como entonces. Ese día su corazón joven había comenzado a batir veloz, como enloquecido.