Capitulo 19

-Entonces, se sabe algo de nuestra Vespa?-

-Nada. Debe tenerla la policía.-

-Que? Perfecto! Y si hacen el seguimiento?-

'Me han dicho que antes o después la policía llamara para restituirla. Debemos solo interceptar la llamada antes que papa y mama…'

-Facil. Y si llaman en la mañana?-

-Estamos muertas. Por ahora Angela nos dejo su Vespa. La metí en el garaje, así cuando regrese papa no se dará cuenta de nada.-

-Ah, a propósito, te llamo Angela.-

-Cuando?-

-Hace poco, cuando estabas afuera. Dijo que esta noche salen y que van al club Vetrine. Que te espera, que no seas orgullosa y que vayas porque descubrió todo. Y después me dijo algo como el nombre de un animal. Conejito, ratoncito… ah si, dijo, salúdame al pececito. Pero quien es el pececito?-

Bella se voltea hacia Alice: se siente golpeada, descubierta, traicionada. Angela sabe.

-Nada, es solo un chiste.-

Seria muy largo de explicar. Muy humillante. La rabia la toma por un momento, la lleva silenciosa a su cuarto. En el atardecer visto desde los vidrios de su ventana ve plasmada toda la historia. La boca de Edward, su sonrisa divertida, el cuento a Alec, sus risas y después el mismo cuento a Angela y quien sabe a quien mas aun. Fue estupida, debió contárselo a su mejor amiga. La hubiera entendido, consolado. Hubiera estado de su parte, como siempre. Después mira el póster en su armario. Y por un momento siente odio. Pero es solo un momento. Lentamente baja las manos. 'Mitica pareja!' Orgullo, dignidad, rabia, indignación. Deslizan fuera de ella como si se quitara una camisa de noche de seda sin mangas, a través de su cuerpo liso y dorado. Y ella, finalmente libre, sale fuera simplemente, con un paso. Desnuda de amor se acerca a el, a su imagen.

Por un momento parecen sonreírse. Abrazados en el sol del horizonte, cerca aun si no es así. El de papel plastificado, ella llena de lucidas emociones, finalmente claras y sinceras.

Ella baja tímida los ojos y sin quererlo se encuentra de nuevo frente al espejo. No se reconoce. Sus ojos así sonrientes, esa piel brillante… hasta la cara le parece diferente. Se echa los cabellos hacia atrás. Es otra. Sonríe feliz a esa que nunca había sido. Una chica enamorada. No solo eso. Una chica indecisa y preocupada de cómo vestirse esa noche.

Mas tarde, después de que sus padres la regañaran de nuevo y hubieran salido para una de sus cenas, Bella entra en el cuarto de Alice.

-Alice, voy a salir.-

-Adonde vas?- Alice aparece en la puerta.

-A Vetrine.- Bella saca afuera de las gavetas algunas camisas y abre el armario de la hermana. -Mira, donde metiste la falda negra… la nueva…-

-No te la presto! Así me botas también esa! No insistas.-

-Pero solo fue una vez, no?-

-Si, quizás esta noche pasa otra cosa. Quizás esta vez terminas en el fango. No, no te la presto. Esa es la única que me queda bien. No te la puedo dar, en serio.-

-Si, pero cuando yo hago de groupie o salgo en el periódico, ahí vas con tus amigas diciéndole a todas que eres mi hermana. Nunca les dices que no me prestas la falda!-

-Eso que tiene que ver?-

-Tiene que ver, tiene que ver, cuando me pidas un favor…-

-Esta bien, llevatela.-

-No, ahora no la quiero mas…-

-No, ahora la agarras…-

-No, no la quiero…-

-Ah no? Entonces si no te pones mi falda, cuando salgas yo llamo rápido a mama y le aviso.-

Bella se voltea molesta a su hermana. -Que vas a hacer?-

-Lo que escuchaste.-

Alice hace una cara graciosa y al final terminan las dos riéndose.

-Toma.- Alice pone la falda negra sobre la cama. -Es toda tuya. Lánzate dentro del estiércol de nuevo, si te divierte.-

Bella se mira perpleja. Body debajo de la camisa, no. La falda de Dani no va. Mejor así. Pero ahora? Ahora que me pongo? Regresa a su cuarto. Que me pongo? En un momento. Abre corriendo la última gaveta. La braga de jeans! La saca afuera. Descolorida, corta y un poco deteriorada, justo como la odia la mama. Justo como la amaría él. Se cambia veloz. Se mete la camisa clara, la empuja debajo del pantalón. Se lanza en la cama, agarra las medias cortas y se las pone, después las cubre con los Converse All Star, altos hasta el talón, azul oscuros, igual que el cepillo que consigue en el baño. Se peina recogiendo hacia atrás los cabellos. Dos zarcillos de colores con forma de peces de los mares del sur. La música enloquece a todo volumen. Una línea negra le alarga los ojos. La esponja gris los difumina, tratando de hacerlos aun mas bellos. Los dientes blancos saben a menta. Un delicado brillo le cubre los suaves labios haciéndolos aun mas deseables. Las mejillas, pintadas de rojo naturalmente, se difuminan solas perfectamente.

Alice esta en el teléfono. La música de repente se apaga. La puerta del corredor se abre lentamente. Daniela deja de hablar por teléfono.

-Pero que linda!-

Bella se mete la chaqueta oscura de jeans Levi's.

-De verdad estoy bien?-

-Te ves fenomenal!-

Le da un beso. Después escapa veloz. Saca fuera del garaje la Vespa de Angela. La prende, mete primera. Va por toda la bajada, deslizándose así por el fresco de la noche. Su perfume Caronne francés se mezcla con el perfume de los jazmines italianos en una delicada igualdad. Saluda a Harry, el portero. Después maneja en medio del tráfico. Sonríe. Que pensara Edward? Le gustara? Que dirá del maquillaje? Que dirá de la camisa debajo de la braga? Su pequeño corazón comienza a latir veloz. Inútilmente preocupado. No sabe que rápido, tendrá todas las respuestas.

La Vetrine. Frente a la puerta un tipo obeso con un pequeño zarcillo en la oreja derecha y la nariz grande hace esperar a un grupo de personas. Bella se mete en la línea. Cerca de ella, dos chicas demasiado maquilladas con especie de sobretodos ligeros de tela y sus acompañantes, dos tipos con chaquetas curiosas. Frente de la solapa tiene un prendedor dorados con forma de saxofón, tan extraño como la idea de que el supiera tocar uno. El otro viene traicionado por los zapatos mocasines ligeros de piel. Esa Marlboro en la boca no lo salvaría. Nunca entrarían.

El portero mira a Bella. 'Tu.' Bella sobrepasa las chicas con peinados extravagantes, una pareja muy melosa y dos chicos hermosos que venían de lejos. Alguno se lamenta, pero lo hace en voz baja. Bella sonríe al portero y entra. El vuelve a mirar hacia su pequeño rebaño, la cara decidida, las gruesas cejas, listas a apagar cualquier rebelión. Pero no existe la necesidad. Todos continúan a esperar en silencio, mirándose entre ellos, con esa media sonrisa que solo vale por una frase entera: -Nosotros no valemos un coño.-

Dos enormes cornetas suenan en lo alto haciendo retumbar el bajo. En la barra, chicos y chicas gritan tratando de hablarse y riendo. Bella se apoya al vidrio. Mira debajo la gran pista. Todos bailan como locos. En los bordes también la gente mas calmada viene transportada por el house. Vetrine le gusta mucho: entras y miras a través de ese vidrio la gente que baila debajo de ti, después si quieres, bajas tu también, lanzándote a la mezcla, observada por los otros, pequeño espectáculo de colores. Algunas chicas agitan los brazos, otra baila divertida bromeando con su amiga. Con sus pequeños top elásticos blancos y negros, con sus pantaloncillos pegados en la cintura y un poco cortes. Ombligos descubiertos y jeans de colores, ligeramente alargados al final, envueltos por un largo pañuelo en la cintura. Las situaciones de siempre, una chica que es ciegamente ingenua y el chico que trata de enamorar a alguna. Un tipo imitando a John Travolta con un copete en la cabeza y una camisa larga. Una pareja que intenta decirse algo. Quizás el le esta proponiendo un baile mas sensual en casa, solos, con una música mas dulce. Ella ríe. Quizás aceptara. Nada, ninguna pista de Angela, de Alec, de los demás amigos y sobretodo de el, de Edward. No habrán venido? Imposible. Angela le hubiera avisado. De repente Bella siente algo. Una extraña sensación. Esta mirando en la dirección equivocada. Y como guiada por una mano divida, por dulce empujón del destino, se voltea. Ahí están. Allí, en la misma sala, sentados en la esquina del fondo, justo contra el ultimo vidrio. Esta todo el grupo: Alec, Angela, ese de la venda, otros chicos de cabellos cortos y gruesos bíceps, acompañados por chicas más pequeñas y tiernas. Esta Tanya, con su amiga de la cara redonda. Y esta el. Edward esta bebiendo una cerveza y cada tanto mira abajo. Pareciera buscar algo o alguien. Bella siente algo en el corazón. La esta buscando a ella? Angela quizás le ha dicho que vendría. Regresa a mirar abajo. La pista le parece enloquecer detrás del vidrio. No, Angela no se lo pudo haber dicho. Lentamente regresa a mirarlo. Sonríe para si misma. Que extraño. Es así de genial, con ese aire de duro, los cabellos desordenados y bajos detrás, la chaqueta cerrada y esa forma de estar sentado, de dueño, tranquilo. Quizás algo en el es dulce y bueno. Quizás su mirada. Edward se gira hacia ella. Bella se voltea asustada. No quiere dejarse ver, se mezcla entre la gente y se aleja del vidrio. Va al fondo del local y le paga a un tipo que le da un ticket amarillo y la deja pasar. Baja veloz las escaleras. Debajo la música es más fuerte. En la barra Bella pide una bebida llamada Bellini. Le gusta porque tiene durazno. Edward se levanta. Esta apoyado en el vidrio con las dos manos. Mueve arriba y abajo la cabeza al ritmo de la música. Bella sonríe. De ahí no puede verla. Llega el Bellini y en un momento desaparece.

Bella, sin dejarse ver, se voltea hacia la pista, va justo debajo de ellos. Se siente extrañamente eufórica. El Bellini esta haciendo efecto. La música la toma. Se deja llevar. Cierra los ojos y lentamente, bailando, atraviesa la pista. Mueve la cabeza siguiendo el ritmo. Feliz y un poco ebria, en medio de desconocidos. Sus cabellos vuelan. Sale hacia un lado más alto de la pista. Cierra las manos y comienza a bailar ondeando con los hombros, con la boca cerrada y soñadora abre los ojos, mirando arriba. A través del vidrio sus miradas se encuentran. Edward esta ahí y la esta viendo. Por un momento no la reconoce. Angela también la ve. Edward se voltea hacia Angela y le pregunta algo. Desde abajo, Bella no puede escuchar, pero intuye fácilmente la pregunta. Angela asiente. Edward regresa a mirar abajo. Bella le sonríe y después baja la mirada y regresa a bailar, tomada por la música.

Edward se aleja veloz, sin preocuparse de nada y de ninguno. Alec mueve la cabeza. Angela salta encima de su chico, lo abraza con amor y lo besa en la boca. El tipo tosco y bajo en la escalera deja pasar a Edward sin pagar. Lo saluda con respeto. Edward se para. Bella esta ahí, frente a el. Un tipo de cabellos largos baila alrededor de ella interesado. Viendo a Edward, se aleja como llego, haciéndose el loco. Bella continua bailando mirándolo a los ojos, y en ese momento el se pierde en ese mar de chocolate. Mudos y sonrientes bailan cerca. Respirando sus miradas, sus ojos, sus corazones. Bella se mueve ondeando. Edward se le acerca más. Puede sentir su perfume. Ella alza las manos, las lleva frente a la cara y baila detrás, sonriente. Se deja llevar. El la mira encantado. Es bellísima. Con los ojos así ingenuos como nunca los había visto. Esa boca suave, de color pastel, esa piel terciopelo. Todo en ella parece ser frágil pero perfecto. Sus cabellos bajan felices debajo de la cara, bailan alegres saltando de una parte a otra, haciéndole pareja a su sonrisa.

Edward la agarra por la mano, la lleva hacia el. Le acaricia la cara. Están cerca. Edward se detiene. Tiembla con la idea. Un pequeño movimiento y quizás ella, frágil sueño de cristal, se destrozaría en miles de pedazos. Entonces le sonríe y la saca de ahí. Secuestrándola de esa confusión, de toda esa gente desencadenada, a esos tipos que se mueven frenéticos, que parecen enloquecer mientras pasan. Edward la lleva a través de ese mar de brazos agitándose protegiéndola de empujones humanos, de peligrosos codazos empujados de ritmo, de pasos agitados y de inocente alegría. Más en alto, detrás del vidrio. Alegría y dolor. Angela mira a Bella desaparecer con el, finalmente coherente y sincera. Tanya mira a Edward desaparecer con ella, culpable solo de no haberla amado y de nunca haberla dejado creerlo. Y mientras ellos dos, frescos de amor, salen a la calle, Tanya se deja caer sobre el sofá cercano. Desilusionada y de la misma forma que se enamoro, sola. Se mantiene con un vaso vacío entre las manos y algo más difícil de llenar adentro. Ella, simple abono de esa planta que siempre florece sobre la tumba de un amor sepultado. Esa rara planta llamada felicidad.

Bellos y vestidos de jeans, mejor que una publicidad en vivo. Sobre la moto azul oscura como la noche, se confunden en la ciudad, riendo. Hablando de todo y de nada a la vez, sonriéndose en los espejos doblados hacia adentro. Ella apoyada sobre su hombro, se deja llevar así, rozada por el viento y de esa nueva emoción. Avenida Cuatro Fuentes. Plaza Santa Maria Mayor. Esquina a la derecha. Un pequeño club. Un tipo ingles en la puerta reconoce a Edward. Lo deja pasar. Bella sonríe. Con el se entra a todos lados. Es su ticket. El ticket para la felicidad. Esta tan feliz que no se acuerda de ordenar una cerveza oscura, ella que odia las claras, al final divide feliz con el un plato de pasta olvidándo la pesadilla de la dieta. Como un río sigue hablándole de todo, de no tener secretos. Le parece inteligente y fuerte, bello y dulce. Y ella que no se había dado cuenta antes, estupida y ciega, ella que lo ofendió, áspera y mala. Pero después se disculpa. Solo tenía miedo. Juegan a los dardos. Ella lanza el dardo y lo aguanta cerca de su corazón. Si voltea hacia el. 'Seria un buen resultado, no?' El le sonríe. Hace seña de si. Bella lanza divertida otro dardo, pero sus ojos no se dan cuenta que ya había logrado hacer un centro.

De nuevo secuestrada. Vía Cavour. La pirámide. A toda velocidad, saboreando el viento fresco de esa noche a finales de abril. Edward mete la tercera y después la cuarta. El semáforo en el cruce se muestra amarillo. Edward lo atraviesa. De repente siente un chirrido de frenos. Cauchos que se queman sobre el asfalto. Un Jaguar Sovereign viene de la izquierda a toda velocidad, trata de frenar. Edward, agarrado de sorpresa, frena manteniéndose en el medio del cruce. La moto se apaga. Bella lo abraza fuerte. En sus ojos asustados se ven los potentes faros del carro que se avecina.

El conductor de la pantera salvaje se revela al freno violento. El carro se detiene. Bella cierra los ojos. Siente el rugido del motor frenando, el perfecto ABS controlar las ruedas, los cauchos presionados por los frenos. Después nada más. Abre los ojos. El Jaguar esta ahí, a pocos centímetros de la moto, inmóvil. Bella da un suspiro de relajo y libera la chaqueta de Edward de su apretón asustado.

Edward, impasible, mira el conductor del carro.

-No deberías correr, estupido!- El tipo, un hombre por sus treinta y cinco años, con los cabellos de corte perfecto, baja la ventanilla eléctrica.

-Que has dicho, disculpa muchachito?- Edward le sonríe bajándose de la moto. Conoce esos tipos. Debe tener a la mujer al lado y no quiere quedar mal. Se acerca al carro. De hecho, a través del vidrio ve las piernas femeninas cerca de el. Bellas manos cruzadas sobre una cartera negra y un vestido elegante. Trata de ver a la mujer en la cara, pero la luz de un poste se refleja sobre el vidrio escondiéndola. Muchachito. Ya veras quien será el muchachito. Edward abre la puerta al tipo con educación.

-afuera idiota, así escuchas mejor.- El hombre de los treinta y cinco años intenta bajarse. Edward lo agarra por la chaqueta y lo lleva directamente afuera. Lo lanza contra el Jaguar. El puño de Edward se alza en el aire listo a golpearlo.

-Edward, No!- Es Bella. La ve de pies cerca de la moto. Su mirada disgustada y preocupada. Los brazos abandonados por la cadera. -No lo hagas!- Edward libera un poco la presión. El tipo se aprovecha rápido. Libre y villano, lo golpea con un puño en la cara. Edward va hacia atrás con la cabeza. Pero es un momento. Sorprendido, se lleva la mano a la boca. Su labio sangra. -Horrible hijo de…- Edward se lanza encima de el. El tipo lleva sus brazos al frente, baja la cabeza intentando cubrirse, asustado. Edward lo agarra por sus cabellos rizos, le lleva la cabeza hacia abajo listo para darle un rodillazo, cuando de repente viene golpeado de nuevo.

Esta vez de una forma diferente, más fuerte, directamente en su corazón.

Un golpe seco. Una simple palabra. Su nombre.

-Edward…-

La mujer se bajo del carro. La cartera apoyada en el asiento y ella cerca, de pie. Edward la mira. Mira la cartera, no la conoce. Quien sabe quien se la habrá regalado. Que pensamiento más extraño. Lentamente abre la mano. El tipo rizado y afortunado se consigue libre. Edward se queda mirándola en silencio. Esta bella como siempre. Un débil 'Hola' sale de sus labios. El tipo lo empuja de lado. Edward va hacia atrás dejándose llevar. El tipo se monta en su Jaguar y la apura.

-Larguemonos, rápido.-

Edward y la mujer se miran por un último instante. Entre esos ojos similares, una extraña magia, una larga historia de amor y tristeza, sufrimiento y pasado. Después ella se monta en el carro, bella y elegante, igual como apareció. Lo deja ahí, en la calle, con el labio sangriento y el corazón en pedazos. Bella se le acerca. Preocupada por esa única herida que puede ver, le toca ligeramente el labio con la mano. Edward se aleja y se monta en silencio en la moto. Espera que ella este detrás para partir con rabia. Corre al frente, acelera bastante. La moto se desliza en la calle, sube rápido por la avenida Lungotevere.

Edward, sin hablar, comienza a correr. Y deja detrás los recuerdos lejanos, acelerando. Ciento treinta, ciento cuarenta. Siempre más fuerte. El aire frío le golpea la cara, y ese fresco sufrimiento le da alivio. Ciento cincuenta, ciento sesenta. Aun más fuerte. Pasa rápido entre dos carros cercanos. Casi los toca mientras sus ojos entrecerrados miran alrededor. Imágenes felices de esa mujer le llenan su mente confundida. Ciento setenta, ciento ochenta, una dulce cuneta y la moto casi vuela a través de un cruce. Un semáforo da rojo rápidamente. Los carros a su izquierda suenan, frenando apenas partidas. Sumisos a esa moto prepotente, a ese bólido nocturno débilmente iluminado, peligroso y veloz como un proyectil cromado de azul. Ciento ochenta, doscientos. El viento sopla. La calle, borrosa a los bordes, se une en el centro. Otro cruce. Una luz lejana. El verde desaparece. El amarillo que llega. Edward se agarra al pequeño botón de la izquierda. Su bocina se alza en la noche. Como el grito de un animal herido que esta yendo al encuentro de la muerte, como la sirena de una ambulancia, chillón como el grito de la herida que lleva adentro. El semáforo cambia de nuevo. Rojo.

Bella comienza a golpearlo en la espalda con los puños. -Para, detente.- En el cruce, los carros parten. Un muro de metal de maquinas costosas y coloridas se alzan sonoras frente a ellos

-Detente!-

Ese ultimo grito, aquel reclamo a la vida. Edward parece despertarse de repente. El manubrio del acelerador, libre, regresa a cero. El motor se mantiene debajo de sus pies prepotente. Cuarta, tercera, segunda. Edward aprieta fuerte el freno de acero, doblándolo casi. La moto tiembla frenando, mientras la pasajera baja veloz. Las ruedas dejan dos marcas derechas y profundas en el asfalto. Un olor de quemado sale de los pistones humeantes. Los carros desfilan tranquilos a pocos centímetros de la rueda delantera de la moto. No se dieron cuenta de nada. Solo Edward se acuerda de ella, de Bella. Se asusto. La ve ahí, apoyada a un muro en el borde de la calle.

Sollozos cortos le salen del pecho, no contenidos como las pequeñas lágrimas que riegan su pálida cara. Edward no sabe que hacer. Parado de pie, frente a ella, con los brazos abiertos, miedoso de tocarla, asustado por la idea que esos pequeños nerviosos sollozos solo con su simple toque se transformen en un llanto desenfrenado. Decide intentar de igual forma. Pero la reacción es inesperada. Bella le aleja con fuerza la mano, sus palabras salen casi gritando, cortadas por el llanto.

-Porque! Porque te pusiste así! Estas loco! Te parece bien ponerse a correr de ese modo?- Edward no sabe que responderle. Mira sus ojos húmedos y grandes, mojados de lágrimas.

Como puede explicarle? Como puede decirle lo que esta detrás de todo?

Su corazón queda apretado en una confusión silenciosa. Bella lo mira. Sus ojos marron, sufrientes e interrogativos, buscan en el una respuesta. No puedo, parece repetirse a si mismo. No puedo. Bella respira fuerte y casi retomando fuerza ataca de nuevo.

-Quien era esa mujer? Porque cambiaste así de repente? Edward me lo debes decir. Que paso entre ustedes?-

Y esa ultima frase, ese gran error, esa equivocación imposible parece golpearlo de lleno. En un momento todas sus defensas desaparecen. Su guardia constante y fuerte, entrenada en silencio día tras día, se baja repentinamente. Su corazón se deja llevar, por la primera vez tranquilo. Sonríe a esa chica ingenua.

-Quieres saber quien es esa mujer?-

Bella asiente.

-Es mi madre.-