Capitulo 20

Apenas dos años antes.

Edward, encerrado en su cuarto, trata mientras camina, de repetir la lección de química. Se apoya con las manos en la mesa. Hojea el cuaderno con los apuntes. Nada que hacer. Esas formulas no quieren entrarle en la cabeza.

De repente, del último piso del edificio de enfrente, el cantante Battisti suena alto y fuerte 'Me vienes a la mente, bella como eres…' Afortunado el, a mi no me viene nada a la mente y odio la química. Después, viendo que quieren poner todo el CD, se levanta y abre la ventana.

-Hey, podrías bajarle?-

Lentamente la música baja de volumen. -Estos inútiles.- Edward regresa a sentarse y se concentra de nuevo en química.

- Edward …- Se voltea. Su madre esta ahí frente a él. Viste una camisa marrón con diseños extraños, claros y dorados. Debajo, una falda vino tinto le cubre las esplendidas piernas envueltas en medias pantis que desaparecen en un par de elegantes zapatos marrón oscuro. –Voy a salir, quieres algo?-

-No gracias, mama.-

-Esta bien, nos vemos esta noche. Si llama tu papa le dices que debí salir para llevarle los papeles que el sabe al agente.-

-Esta bien.-

Su madre se le acerca y le da un suave beso en la mejilla. De mechones de su largo cabello negro sale una caricia de perfume. Edward piensa que quizás se echo mucho. Decide no decírselo. Después, mirándola salir entiende que hizo bien. Es perfecta. Su madre no puede equivocarse. Ni siquiera poniéndose el perfume. Debajo del brazo tenia la cartera que le regalaron el y su hermano. Emmet puso casi todo el dinero, pero fue el quien la eligió, en ese negocio en la vía Cola de Rienzo donde tantas veces ha visto a su mama detenerse indecisa.

-Eres un verdadero conocedor- le susurro ella a su oído poniéndosela bajo el brazo y, caminando feliz, ha hecho una especie de desfile. -Bueno, como me queda?-

Todos dan respuestas divertidas. Pero ella de verdad quería escuchar solo la opinión del 'verdadero conocedor'.

-Estas bellísima, mamá.-

Edward regresa a su cuarto. Siente la puerta de la cocina cerrarse. Cuando fue que le regalaron esa cartera? Por navidad o su cumpleaños? Decide que en ese momento es mejor recordar las formulas de química.

Más tarde. Casi las siete. Le faltan tres páginas para terminar de repasar. Después sucede. Battisti regresa a cantar. De la ventana entrecerrada del ultimo piso del edificio de frente. Más fuerte que antes. Insistente. Provocante. Sin respeto por nada ni nadie. Por el que estudia, por el que no puede ir al gimnasio. Esto es mucho.

Edward agarra las llaves de la casa y sale corriendo batiendo la puerta a sus espaldas. Atraviesa la calle y entra en el portón del piso de enfrente. El ascensor esta ocupado. Sube por las escaleras saltando dos escalones a la vez. Basta, no puede más. No tiene nada contra Battisti, sin embargo. Pero tenerlo de ese modo. Llega al último piso. Justo en ese momento el ascensor se abre. Sale un mensajero con un paquete cerrado en la mano. Es más rápido que Edward. Revisa el apellido en la tarjeta de la puerta y suena. Edward recupera la respiración al lado de el. El mensajero lo mira curioso. Edward le devuelve la mirada sonriendo, después mira el paquete que tiene en la mano. Encima tiene la escritura Antonini. Deben ser las famosas tartas. Ellos también las compran, cada domingo. Tienen de todo tipo. Con salmón, con caviar, con frutos de mar. Su madre se vuelve loca por ellos.

-Quien es?-

-Antonini. Son las tartas que ordeno, señor.-

Edward sonríe a si mismo. Lo adivino, quizás aquel para disculparse le ofrecería una. La puerta se abre. Aparece un muchacho de treinta años. Tiene una camisa abotonada a la mitad y debajo solamente un bóxer. El mensajero hace para darle el paquete pero cuando el muchacho ve a Edward se lanza contra la puerta tratando de cerrarla. Edward no entiende, pero instintivamente va hacia delante. Pone el pie en medio a la puerta parándola. El mensajero va hacia atrás para tener en equilibrio el empaque de cartón. Mientras Edward esta ahí, con la cara apoyada contra la fría madera oscura, a través de la abertura de la puerta, la ve. Esta puesta sobre un sofá. De repente recuerda. Esa cartera, el y su hermano, se la regalaron en navidad. Esa rabia y desesperación, las ganas de no estar ahí, de no creer sus propios ojos, multiplican su fuerza. Lanza la puerta haciéndolo caer al suelo. Entra en la sala como una furia. Y sus ojos quisieran haber estado ciegos para nunca haber visto todo lo que tenía al frente. La puerta del cuarto de dormir esta abierta. Ahí, entre las sabanas desordenadas, con una cara diferente, irreconocible a el que la ha visto miles de veces, esta ella. Se esta prendiendo un cigarrillo con aire inocente. Sus ojos se encuentran, y en un momento algo se rompe, se apaga por siempre. Y también ese último cordón umbilical de amor viene roto y los dos, mirándose, gritan en silencio, llorando en el interior. Después el se aleja mientras ella se queda ahí, en la cama, sin hablar, consumiéndose como ese cigarrillo que apenas prendió. Quemándose de amor por el, de odio por si misma, por el otro, por esa situación. Edward va lentamente hacia la puerta, se detiene. Ve al mensajero afuera, cerca del ascensor, con las tartas en la mano mirándolo en silencio. De repente siente una mano en su hombro. -Escucha…- Es ese muchacho. Que debe escuchar. No siente mas nada. Ríe. El muchacho no entiende. Se queda mirándolo estupefacto. Después Edward lo golpea con un puño en plena cara. Justo en ese momento, las palabras de Battisti, inocente culpable de ese descubrimiento, hacen eco en el piso o quizás vienen solo en la mente a Edward

Royce Ambrosini se lleva las manos a la cara llenándolas de sangre. Edward lo agarra por la camisa y rompiéndosela lo lanza fuera de esa casa sucia de amor ilegal.

Lo golpea muchas veces en la cabeza. Royce trata de huir. Comienza a bajar las escaleras. Edward está rápidamente detrás. Con una patada precisa lo empuja con fuerza, haciéndolo caer. Royce Ambrosini rueda bajando las escaleras. Apenas se para, Edward está encima de el. Lo llena de patadas en la espalda, las piernas, mientras el se aguanta al pasamanos tratando de bajar, de huir. Lo esta masacrando. Edward comienza a agarrarlo por los cabellos, tratando de hacer que se soltara, pero mientras su mano se llena de cabellos, Royce Ambrosini se mantiene ahí, pegado a esas barras de hierro, gritando aterrorizado. Las puertas de los otros apartamentos se abren. Edward agarra a patadas sus manos que comienzan a sangrar. Pero Royce Ambrosini no se despega, se mantiene ahí pegado, sabe que es su única salvación. Entonces Edward lo hace. Lleva hacia atrás la pierna y con toda la fuerza le golpea la cabeza desde atrás. Una patada violenta y exacta. La cara de Ambrosini se estampa contra el pasamanos. Con un sonido sordo. Todos los dos pómulos se golpean, lacerándose. La sangre salpica. Los huesos de la boca se rompen. Un diente cae sonando lejos en el mármol. El pasamanos comienza a vibrar y ese sonido de hierro se aleja bajando por las escaleras junto al último grito de Ambrosini. Edward escapa, bajando corriendo, pasando veloz entre terribles caras de inquilinos curiosos, tropezando con cuerpos flácidos que intentan inútilmente detenerlo. Vaga por la ciudad. No regresa a su casa esa noche. Va a dormir donde Alec. El amigo no le hace preguntas. Por suerte su padre salio esa noche, así que pueden dividir la cama. Alec siente a Edward agitarse mientras duerme, sufrir en un sueño. Pero la mañana después hace como si nada, aun si una de las dos almohadas esta mojada de lágrimas.

Desayunan sonriendo, hablando más o menos, dividiéndose un cigarrillo. Después Edward va a la escuela y en la interrogación de química logra conseguir un seis. Pero desde ese día su vida cambio. Nadie nunca supo porque, pero nunca fue igual.

Algo malo se metió dentro de el. Una bestia, un terrible animal hizo su casa adentro de su corazón, listo a salir en cualquier momento, a golpear, con rabia, con maldad, hijo del sufrimiento y de un amor destruido. Desde entonces la vida en la casa no fue posible. Silencios y miradas incomodas. No más sonrisas, ni con la persona que más había amado. Después el proceso. La condena. Su madre que no testimonió a su favor. Su padre que lo regaño. Su hermano que nunca entendió. Y nadie que nunca supiera que pasó entre ellos dos. Guardianes forzados de ese terrible secreto. El mismo año sus padres se separaron. Edward se fue a vivir con Emmet. El primer día que entra en esa nueva casa mira fuera de la ventana de su cuarto. Solo hay un prado tranquilo. Comienza a arreglar su ropa. Agarra de la maleta algunas camisas y las apoya en el fondo del armario. Después agarra un suéter. Mientras la saca se le abre entre las manos. Por un momento le pareciera que su madre estuviera ahí. Le recuerda de cuando se la presto, de aquel día que corrieron juntos por avenidas con árboles. Cuando el estaba tan cerca de ella. Y ahora esta en esa casa, tan lejos de ella, en todos los sentidos.

Aprieta duro el suéter entre sus manos y se lo lleva a la cara. Siente su perfume, comienza a llorar. Después, tontamente, se pregunta si aquel día hubiera sido mejor decirle que se había puesto mucho perfume.

De nuevo ahora, de noche.

La moto corre tranquila sobre las orillas. Pequeñas ondas se regresan lentas. Van y vienen, respiro regular del mar profundo y oscuro que los observa de lejos. La luna alta en el cielo ilumina todo. La playa se pierde lejana entre las manchas más oscuras del monte. Edward apaga los faros. Envueltos en la oscuridad, comienzan a correr así, sobre ese suave suelo mojado. Llegan a la mitad de la playa Feniglia y se detienen. Caminan cerca, solos, envueltos por esa paz. Bella va a la orilla. Pequeñas ondas de playa se rompen antes de bañar sus All Star azules. Una onda más caprichosa de las otras trata de alcanzarla. Bella echa para atrás veloz huyéndole. Termina contra Edward. Sus brazos fuertes la acogen segura. Ella no se aleja. En esa luz nocturna aparece su sonrisa. Sus ojos llenos de amor lo miran divertidos. El se le acerca y lentamente, abrazándola, la besa. Labios suaves y calidos, frescos y salados, acariciados por el viento del mar. Edward le pasa una mano entre los cabellos. Se los lleva atrás descubriéndole la cara. La mejilla pintada de plateado, pequeño espejo de la luna arriba, se une a una sonrisa. Otro beso. Nubes lentas pasean en el cielo azul de la noche. Ahora Edward y Bella están echados sobre la arena fresca, abrazados. Las manos sucias de pequeños granitos de arena se buscan divertidas.

Otro beso. Ahora Bella se pone encima alzándose sobre los dos brazos. Lo mira, el esta debajo de ella. Esos ojos verdes, ahora tranquilos la miran. Su piel parece color ébano, lisa y delicada. Sus cabellos cortos no tienen miedo de ensuciarse. Parece pertenecer a esa playa echado ahí, con los brazos estirados, dueños también de ella, tomándola en un beso mas largo y fuerte. La abraza teniéndola cerca, respirando su sabor suave. Y ella se deja llevar, tomada por esa fuerza, y en ese momento se da cuenta que no había besado a ninguno de verdad.

Ahora esta sentado detrás de ella, la tiene abrazada entre sus piernas. El, sólido espaldar, interrumpe cada tanto sus pensamientos con un beso en el cuello.

-Que piensas?-

Bella se voltea hacia él viéndolo con la esquina de los ojos.

-Sabia que me lo preguntarías.- Regresa a apoyar la cabeza en su pecho. -Ves esa casa allá arriba en las rocas?- Edward mira la dirección que indica su mano. Antes de perderse lejos se detienen sobre ese pequeño índice y le parece estupendo eso también. Sonríe, único dueño de sus pensamientos.

-Si, la veo.-

-Es mi sueño! Cuanto me gustaría vivir en esa casa. Imagina como debe ser la vista desde allá. Una ventana al mar. Una sala donde estar abrazados mirando el atardecer.-

Edward la aprieta de nuevo. Bella se mantiene un momento aun mirando lejos soñadora. El se le acerca poniendo su mejilla contra la suya. Ella, divertida y caprichosa trata de alejarlo, sonriéndole a la luna, fingiendo querer escaparse. Edward le agarra la cara entre las manos y ella, pálida perla, sonríe prisionera de esa concha humana.

-Quieres bañarte?-

-Bromeas, con este frío? Y no tengo el traje.-

-Vamos, no hace frío y un pececito como tu no necesita traje de baño.-

Bella hace una mueca de rabia y lo empuja hacia atrás con las dos manos.

-A propósito, le contaste a Alec la historia de la otra noche, verdad?-

Edward se alza y trata de abrazarla.

-Que, bromeas?-

-Y como Angela lo sabe? Se lo dijo Alec!-

-Te juro que no le dije nada. Quizás debí hablar en mis sueños…-

-Hablar en tus sueños, si seguro… ya te dije que no creo en tus juramentos.-

-De verdad, cada tanto hablo mientras estoy dormido y después te darás cuenta tu misma.-

Edward va hacia la moto mirando atrás divertido.

-Me daré cuenta? Estas bromeando verdad?-

Bella lo alcanza un poco preocupada.

Edward ríe. Su frase alcanzó el resultado esperado.

-Porque, esta noche no dormiremos juntos? Si faltan pocas horas para que amanezca.-

Bella mira preocupada el reloj.

-Las dos y media. Diablos, si regresan mis padres antes que yo estoy muerta. Rápido, debo regresar a casa.-

-Entonces no duermes en mi casa?-

-Estas loco? Quizás no has entendido qué sucederá si no llego. Y de paso, alguna vez has visto a un pececito que duerme acompañado?-

Edward prende la moto, tiene presionado el freno delantero y acelera. La moto obediente en medio de sus piernas gira sobre su misma y se para frente a ella. Bella se monta detrás. Edward mete primera. Dulcemente se alejan, cada vez más veloces, dejando atrás una marca precisa de largos neumáticos. Más lejos entre la arena agitada de besos inocentes, esta un pequeño corazón. Lo dibujo ella escondida, con ese índice que a el le gusto tanto. Una onda solitaria le borra los bordes. Pero con un poco de imaginación todavía se puede leer esa E y la B. un perro ladra lejos a la luna. La moto continua su carrera enamorada desapareciendo lejos en la noche. Una onda más determinada borra del todo ese corazón. Pero ninguno podrá nunca borrar ese momento de sus recuerdos.

Frente a Vetrine, se para en medio de la calle desierta, ahora solo esta su Vespa. Bella baja de la moto, le quita el seguro de la rueda delantera y la prende. Monta en la silla y la empuja adelante. Después pareciera casi acordarse de el.

-Adios- Le sonríe con ternura. Edward se le acerca.

-Te acompaño, te escolto hasta tu casa.- Llegaron a la calle Francia, Edward se acerca a la Vespa y apoya el pie derecho debajo del farol, bajo la pequeña placa.

Acelera. La Vespa aumenta la velocidad. Bella se voltea asustada hacia el.

-Tengo miedo.-

-Manten derecho el manubrio…-

Bella regresa a mirar al frente aguantándose fuerte y segura a las manillas. La Vespa de Angela va mas rápido que la suya, pero a esos niveles nunca hubiera llegado. Hacen todo el recorrido de la calle Francia y después suben por la salida de la vía Jacini, hasta la plaza. Edward le da un último empujón justo debajo de su complejo. La deja ir. Lentamente la Vespa pierde velocidad. Bella frena y se gira hacia el. Esta parado, derecho en su moto, a pocos pasos de ella. Edward se mantiene mirándola un rato. Después le sonríe, mete primera y se aleja. Ella lo sigue con la mirada hasta cuando desaparece detrás de la curva. Lo siente acelerar siempre más, un cambio veloz de marcha, a toda velocidad. Bella espera que Harry, somnoliento, suba la barra. Después va por la subida del complejo. Cuando gira derecho por la curva, una triste sorpresa. Su casa esta toda iluminada y su madre esta ahí, asomada en la ventana de su cuarto.

-Charlie, ahí esta!-

Bella sonríe desesperadamente. No sirve de nada. Su madre cierra la ventana golpeándola. Bella mete la Vespa en el garaje, logrando pasarla entre el muro y la Mercedes. Mientras cierra el portón piensa en la cachetada de esa mañana. Inconscientemente se lleva la mano a la mejilla. Trata de recordar cuanto daño le hizo. No se preocupa tanto. Rápido lo sabría. Sube las escaleras lentamente tratando de retardar lo más posible el tiempo de esa descubierta ahora inevitable. La puerta esta abierta. Pasa debajo del marco de la puerta. Condenada a la guillotina, ella, moderna culpable en braga, perdería la cabeza. Cierra la puerta. Una cachetada la golpea en plena cara.

-Ay.- Siempre en la misma parte, piensa, masajeándose la mejilla.

-Ve rápido a la cama, pero antes dale las llaves de la Vespa a tu padre.-

Bella atraviesa el corredor. Charlie esta ahí, cerca de la puerta.

Bella le da el llavero de Angela.

-Bella?-

Ella se voltea preocupada. -Que sucede?-

-Porque esta A?-

La A de goma del llavero de Angela esta entre las manos de Charlie. Bella lo mira perpleja por un momento, despierta por la cachetada, fresca creadora al instante, improvisa.

-Pero papa, no recuerdas? Es el sobrenombre que me diste tú. De pequeña siempre me llamabas Amorcito!-

Charlie se mantiene indeciso un momento, después sonríe.

-Es cierto! Amorcito. No lo recordaba.- Después regresa a ser serio. -Ve a la cama ya. Hablamos mañana de toda esta historia. No me gusto para nada, Bella!-

Las puertas de los cuartos se cierran. Charlie y René, ahora tranquilos, discuten acerca de esa hija que era calmada y tranquila, ahora rebelde a irreconocible. Regresa a horas de la madrugada, participa en carreras de moto, termina con una fotografía en los periódicos. Que le paso? Que le sucedió al "Amorcito" de un tiempo?

En el cuarto de al lado, Bella se quita la ropa y se mete en la cama. Su cachete enrojecido consigue un fresco descanso en la almohada. Se mantiene así, soñadora por un rato. Le parece sentir todavía el sonido de las pequeñas olas y el viento que le acaricia los cabellos, y ese beso, fuerte y tierno al mismo tiempo. Se gira en la cama. Piensa en él mientras mete las manos debajo de la almohada, soñando en abrazarlo. Entre las lisas sabanas, pequeños granitos de arena la hacen sonreír. En la oscuridad del cuarto, lentamente consigue la respuesta que sus padres están buscando. Eso es lo que le paso al amorcito de un tiempo atrás. Se enamoró.