Primero que nada, una gran disculpa por no haber publicado nada hasta ahora!
Pero es que tuve toda la semana ocupada, proyectos de preparatoria, participe en un concurso de dibujo con un caballero águila
(Aún no se sí gane) Y otras cosas más...

Pero para compensarlo, he hecho larguito y sabrosito este capítulo B)
(Por cierto, pido disculpas por el vocabulario que diran ciertas personitas, pero era necesario...)
Espero y les guste.
Yo quisiera, poner la explicación del hecho historico que pasa al final de este capítulo, pero siento que si lo pongo.
Les arruinare el sabor que les va a dejar xD
(Así que si quieren saber cuál es, dejenme ahí el mensaje en el review)
De todos modos, en el siguiente capítulo le sera explicado bien, bien.

Sin más por el momento, que disfruten el capítulo

Maiden Out


—¿Sabes? Es un poco estúpido que me tengas amarrado—

España estaba atado a una silla. Sus manos estaban amarradas fuertemente detrás de la silla, mientras sus pies estaban atados a las patas delanteras. Su rostro, marcaba ciertas marcas de golpes, causadas por algún material áspero, como si hubiera sido lijado. Más sin embargo, España sonreía. Sin ninguna movilidad, el español permanecía en la estancia de Cortes, quien lo veía con cierto recelo.

—Losé— dijo el explorador —Pero tu insolencia hacia mí esta llegando muy lejos España— se dirigió hacia una mesa donde había un copa de vino —¿Y a mi me importa eso porque…?—
Cortes tomó la copa de inmediato y se la aventó en la cara al país —¡No te pases de listo conmigo España! — tomó su espada y la clavó a un costado del asiento de España. Este no se intímido en lo absoluto. Cortes subió un pie en la recargo para el brazo. Así tuvo más cercanía con el español —Y ahora dime— acercó su rostro hacia él con voz amenazante —¿De donde sacaste esta joyita preciosa? — sacó de su chaleco el arete de jade que llevaba España —Por que, estas cosas a mi parecer, son obra de indígenas— sonrió maliciosamente.

—Te he dicho— su mirada no mutó —Que la he encontrado conforme llegaba a tu desastre que hiciste— dijo firmemente. Cortes chasqueó sus dientes, realmente España no se mostraba alterado. —Está bien…— suspiro y se alejo de él —Sí es cierto lo que dices— dio unos pasos lentos hacia al frente —¿Cómo me explicas que tu ropa este limpia? — giró su rostro y le arqueó una ceja —Me he puesto a lavarla— dijo indiferentemente —¿Has olido a nuestros hombres? — rió —Apestamos— he hizo un gesto de asco. Cortes volvió su rostro al frente y se sentó en un asiento mirando fijamente al país.

—¿Y bien? — empezó hacer un forcejeo el castaño —¿Termino tu interrogatorio? Por que ahora sigue el mío— de la nada libero sus muñecas y sus pies. El explorador quedó sorprendido. España sonrió, Cortes realmente no esperaba eso. El país se agacho y tomó la copa de vidrio que yacía en el piso cubierto de tierra. La sacudió un poco y camino aún lado del español. —¿Me podrías decir que es lo que hiciste exactamente? — se colocó al lado de este y tomó la botella de vino.
—Estas haciendo que noten nuestra presencia— sirvió un poco de vino de en la copa y lo empezó a mover circularmente.

La actitud de España era seria y sombría. Como la de un mercenario. Sus ojos miraban con desprecio al español, una mirada que te parecía cortarte con solo verlos. Y su voz, era directa y firme; no titubeaba y te escupía la cruda realidad en cara.

—He hecho lo que hecho— dijo en seco Cortes —Y no tengo nada que decirte— dirigió su mirada al país. Este le dio un trago a la copa y empezó a reírse —¡Me has de tomar por estúpido! — frunció su ceño —¿¡Qué fue lo que paso exactamente! — le gritó en la cara —¿¡Y por que rayos has hecho cautivo al señor de este lugar! — volteó hacia atrás y señalo al guerrero que se encontraba escoltado por dos soldados españoles. España sabía que era el señor de Tlaxcala, ya que había visto esas ropas que usaba, puestos en Moctezuma.

—¡En primer lugar no hice cautivo a nadie! — se levantó Cortes con ímpetu —¡Y en segunda, tuvimos que hacer eso ya que no se nos permitía el paso! — le respondió de la misma manera cual lo hizo España
—¡A mi no me gritas! — bufó España —¿¡Por que carajos viendo que no los dejaban pasar no tomaron otra alternativa! — aventó la copa de vino hasta estrellarse contra una piedra —¡Tienes a tu querida concubina y a los totonacas esos para que te guíen por otros rumbos! — empezó a jadear por su cólera —¡No había otra alternativa! — exclamó Cortes —¿Qué no había otra alternativa? — dijo sarcásticamente España —¡Por favor no me hagas reír bastardo! — llevó con su mano el cabello de su frente hacia atrás —¡Pudiste haberlo hecho, pero por tus necedad nos llevaras a la ruina! — lo tomó con fuerzas por su ropa —¡Has de estar ciego! — le gritó en cara.
—¡Ciego has de estar tú! — empujó con fuerza a la nación para librarse de él —¿¡Que no te das cuenta que con esto hemos ganado cierta parte de esta tierra!— vocifero —¿¡Llevándote la vida de personas inocentes! — caminó con paso firme a las cortinas que hacían como puertas —¡Mira Cortes! — señaló hacia el exterior. Los pocos indígenas que habían quedado con vida, recogían los cuerpos sin vidas de sus compatriotas, mientras ciertos lamentos y llantos invadían la atmosfera. —¿¡Y así quieres que pasemos desapercibidos!— hizo un ademán con sus manos.

—¡Nunca dijimos que pasaríamos desapercibidos! — reiteró el explorador —¡Solamente dijimos que tomaríamos las medidas necesarias! — su respiración empezó agitarse —¡Aparte que con esto hemos ganado nuevos aliados! — elevó sus manos al cielo —¿¡A que no sabías que ellos odian a los mexicas! — arqueó una ceja y sonrió ante el español —¡Han firmado un tratado de paz con nosotros y han dicho que formarían parte de nuestro ejercito, siempre y cuando derribemos al imperio de Tenochtitlan! —

España empezó agitarse y a respirar cortamente.

—¡Abre los ojos España! — gritó y camino pavorosamente hacia el país, hasta tenerlo cara a cara; sintiendo el aliento de uno al otro.
—¡Estamos a pocos pasos de la gloria y la única manera de hacer es de esta manera! — y termino su diálogo con una gran sonrisa.

Sabía que con eso, callaría la boca de España.

España apretó sus dientes, enseñándolos con cierta furia contra él y mientras bufaba como un toro descontrolado. Cortes había acabado con sus replicas y él muy bien lo sabía. Hizo puño sus manos y pateó con fuerza la silla que tenía por delante.

—¡Entonces has lo que se te de la gana cabrón!— exclamó con fuerza —Pero escúchame bien…— lo miró con el más profundo odio que podría haber tenido en ese instante —No formaré parte de esto— y diciendo esto, salió de ahí a pasos agigantados. Cortes soltó una carcajada —¡Como si realmente fueses hacer eso España! — dijo burlonamente —¡Tú harás lo que yo te mande y punto! ¡Tú solamente eres un país y haces lo que nosotros te mandemos!— gritó fuertemente para que España lo escuchara, a pesar de que este estuviera ya bastante lejos de ahí.

Caminando y bufando; con sus ojos llenos de lágrimas.


El sol del crepúsculo había llegado. Había pasado un día y ahora se acercaba el amanecer de uno nuevo.
A la orilla del gran Templo Mayor, retando a las grandes alturas; se encontraba México con una cara sin emoción, balaceando sus pies al vacío mientras sus ojos castaños, sin vida, miraban hacia el suelo. Interrogándose, de que si cayera a esa altura, ¿moriría o viviría? Recordaba que eso posiblemente resultaría en su muerte, ya qque en algunos sacrificios, aventaban a los cautivos desde lo más alto por las escaleras y aterrizaban muertos. México cerró sus ojos y suspiro.

Un suave viento pero fuerte, soplaba ese día. Consigo traía el aroma impregnado los serenos del mar, de la tierra mojada y el perfume de las flores. Ambos combinados en un solo aroma. Agitaba suavemente las copas de los árboles, los techos hechos de paja de las casas y el largo cabello de la pequeña nación. Más eso, solo lo hacia sentir incómodo al niño. ¿Pero que era lo que le pasaba?
Desdé la mañana se encontraba así. Mentira, desdé el día anterior, estaba así después de que España había salido precipitadamente de su ciudad. Algo por dentro lo estaba atormentando, ¿Por qué España lo quería proteger? ¿O de qué lo quería proteger? Más no era necesario preguntarle, ya que había sabido cual era la razón de aquello esta mañana y de su actitud cambiante. Los ojos de México se tornaron afligidos. Pero eso, aún no explicaba por que se encontraba así, realmente en toda su vida; no se había sentido tan mortificado.

—¿Nuevamente estas aquí Tenochtitlan? — habló una suave voz, mientras se acercaba a pasos lentos.

México no tuvo necesidad de voltear, ya sabía quien era.

—Necesito… ordenar mis pensamientos, mi señor— murmuró la nación sin levantar su mirar hacia Moctezuma. El gran Tlatoani, miró con cierto agobio al mexica que se encontraba en la orilla del templo. —¿Quieres hablar de ello? — sonrió y se colocó aún lado del niño. El joven no contestó. Moctezuma, miró el rostro apagado de México y sintió como su ser se sentía estremecido. México, nunca se encontraba con esa actitud tan agobiada, al contrario; era un chico lleno de energía y con ganas de hacer grandes cosas.

Pero ese día, no era uno de ellos.

—¿Te has enterado cierto? — dirigió su mirar hacia el crepúsculo —Lo que ha ocurrido en Tlaxcala— el viento jugó con el cabello negro y un poco canoso del Tlatoani. México solo asintió con su cabeza. —Disculpa, realmente no quise que lo supieras— cerró sus ojos y soltó un suspiro
—¿Lo mandará a matar si vuelve cierto? — dijo en un hilo de voz México y empezó a jugar con sus manos. Como si estuviera nervioso.
Moctezuma, se dio cuenta entonces de lo que le pasaba realmente. Sintió cierta lastima hacia él. Posó su mano morena sobre el cabello castaño de este, y lo sacudió un poco. Sonrió.

—No, no lo mandaré a matar— le susurró con delicadeza. México miró a su señor asombrado
—Pero mi señor…— dio un trago de saliva —Lo que ha ocurrido…—
—Lo que ha ocurrido no tiene nada que ver con él— dijo seriamente —Aquel enfrentamiento que ocurrió allá en Tlaxcala, ocurrió en el período en el que él se encontraba aquí— dijo con seguridad, para que la nación se sintiera un poco mejor —Así que, no haré nada contra él…— le sonrió, ya que los ojos castaños de México había tomado un poco de brillo —Pero, si me enteró que resulta ser como esas personas; tomaré medidas—

México asintió con su cabeza.
—Pero ¿Qué piensa hacer? — le miró con interrogativa — Parece que, al parecer no son enviados de nuestros Dios Quetzalcóalt— murmuró serio. Moctezuma miró a los ojos a México. —Puede que sea cierto, puede que sea falso— cerró sus ojos —Ya que recuerda, que Tlaxcala es un enemigo nuestro, y lo que hayan hecho fue hacia nuestro favor— los abrió de nuevo y miró hacia el horizonte. —Pero, solo el tiempo lo dirá— levantó su frente hacia el aire que soplaba con fuerza. México soltó un gran suspiro, captando la atención del Tlatoani.

—¿Qué ocurre? — lo miró con curiosidad —Pensé que estarías feliz por que te dije que lo dejaría vivir— rió un poco —¿Estar feliz? — le miró con sorpresa —¿Estar feliz yo? ¿Por qué? — le interrogó.

Moctezuma lo miró asombrado y empezó a reír.

—¿Qué es tan gracioso? — preguntó el mexica —¿Qué acaso no te has dado cuenta por que estabas así? — se limpió una lagrimilla que se le había salido por la risa
—Es por que estabas preocupado por ese joven— le sonrió. Las mejillas de México se encendieron
—¿¡Pero que dice! — gritó avergonzado —¿¡Como rayos me voy a preocupar por nuestro enemigo! — hizo un puchero —Por favor Tenochtitlan, cuando te vi y me preguntaste si iba a mandarlo matar lo entendí— le miró con calidez —A parte, desde que conociste a ese joven cambiaste. Me desobedeciste y si siguieras siendo tú, lo hubieras matado desde antes— rió.

México se sonrojo mucho más y agacho su mirar.
—¡No digas esas cosas! — exclamó —Tenochtitlan…— le sobó la cabeza —Es normal, al parecer parece que realmente lo quieres— levantó el rostro del niño —Te has relacionado con alguien, y eso es muy raro te diré— tosió —Ya que tienes a tus hombres y has formado un vinculo de compañerismo, me tienes a mí y soy como un hermano, más nunca…— guardó silencio y miró los ojos castaños de México que lo evadían.

—Bueno…— suspiró Moctezuma, ya que no veía caso hablar con el pequeño que lo evitaba, ya que estaba avergonzado. Suspiró y comprendió la razón. — Ya esta anocheciendo deberías ir a descansar, probablemente mañana te lo encontrarás— depositó un beso en la frente y se levantó de ahí. — Te invitó a dormir en mi recinto si gustas— sonrió y espero respuesta del mexica. Más este no respondió. Moctezuma agacho su mirar y empezó a descender las escaleras de aquel gran templo.

México, no dejaba de tener su rostro rojo. Las palabras de Moctezuma habían sido muy directas y en cierto modo, verdaderas. Más su terquedad y orgullo, intentaron bloquearlas.
—No digas semejantes tonterías…— murmuró el mexica y permaneció ahí; hasta que el sol se ocultara entre las montañas.

El gran Tlatoani continuaba bajando aquellas enormes escaleras, hasta llegar a la mitad de estas. Donde, un sacerdote se encontraba esperándolo.

—Mi señor— habló —Los quinientos guerreros se encuentran listos para partir— y después calló. El Tlatoani lo miró con seriedad y prosiguió caminando. —No quiero que ataquen todavía, aún no. Quiero que esperen una semana y observen con cuidado a los invasores— dijo con aquella voz fuerte que le caracterizaba —Pero Tlatoani— le siguió presuroso —Había dicho que quería atacarlos de inmediato. ¡Las tropas de Cholula están esperando a estos guerreros! — insistió. Moctezuma volteó a verlo con severidad. — He dicho que no y se hará lo que diga— dijo cortante y continuó su camino. El sacerdote quedo en silencio.

El gran señor se detuvo y con su mano, tapó sus ojos.

— Lo siento Tenochtitlan… perdóname por haberte mentido…— dijo con voz ahogada y prosiguió con su paso.


Aquellos ojos verdosos, se abrieron de inmediato en medio de la noche, como si fuera los de un jaguar. España se había despertado de su sueño. Se incorporó un poco y miró a su alrededor. Desde las alturas, sobre las ramas de un árbol (Había decidido dormir ahí para no verle la cara a sus hombres) el español miró a lo lejos el campamento que había abandonado. Su rostro no mostraba sentimiento alguno y sus labios, parecían sellados; pero era debido a la sed que lo torturaba, ya que no ha bebido ni comido nada.

Pero dentro de sí, no quería hablar, prefería que su rostro hablara por él, mostrando indiferencia, frustración y enojo. Pasó su lengua entre sus labios para humedecerlos un poco con saliva y soltó un bufido. Tenía que volver con México, antes que sus tropas se despertaran. Había pasado un día ya y pronto amanecería. Pero había recordado, que el mexica lo había amenazado. De que si no portaba por completo el atuendo que le había dado, estaría muerto. España soltó otro bufido.
Tenía toda la ropa, sí. Pero faltaba algo. Y eso era, el pendiente que Cortés le quito. Volvió a asomarse entre el espeso follaje de las hojas del árbol. Habían situado el campamento a las afueras de la ciudad de Tlaxcala. Y ahí, en medio de todo; estaba la estancia de Cortez. Su punto de meta.

Giro su cuello para poder tronárselo y de ahí, dio un suave masaje en sus hombros. Y con actitud decidida, bajo el árbol rápidamente sin hacer ningún ruido. Con sigilo, con unos pasos tan silencios y elegantes como la de un felino que acecha a su presa; se dirigió hacia el campamento de los españoles. Poco a poco fue avanzando, poniendo sus cinco sentidos al máximo y percibir las cosas antes, que ellos. Aún era de noche, dedujo un poco y pensó que posiblemente eran las tres de las mañana. Pero, aún que fuese las tres de la mañana, varios soldados españoles seguían vigilando los alrededores del campamento.

España mordió su labio inferior ante su suerte.

Prestó mucha atención, había solo dos soldados que le daban vuelta al campamento constantemente, uno a la derecha y otro a la izquierda. Pero para la fortuna de nuestro español. Sus ojos decaían ante el sueño. Tal vez, eso le daría un poco de suerte. Desde cierta distancia, tendido sobre el suelo. Calculaba mentalmente, el tiempo que tomaba cada uno en cruzarse y cuanto en separarse. Al tenerlos presentes, solo espero que fuese el momento adecuado. Se levantó un poco, con sus piernas arqueadas y una mano al frente de la otra. Realmente, España parecía la silueta de un magnífico jaguar. Los soldados se cruzaron…

Era ahora o nunca.

Tal felino que se lanza sobre su presa, se impulsó sobre sus piernas y salió disparado como un resorte. La distancia era un poco larga, pero tenía que darse prisa antes de que volvieran a cruzarse los soldados. Sus pasos eran muy ligeros y era porque había decidido quitarse los zapatos. Así, evitaba el menor ruido posible y podría avanzar con facilidad. En un abrir y cerrar de ojos, España se encontraba adentro del campamento entre dos tiendas, oculto, a salvo; de ser visto por aquellos hombres. En su rostro, bañado de sudor se dibujo una gran sonrisa mientras intentaba recuperar su aliento.

Él nunca había pensado, que algún día se vería ante esa situación.

La situación de haber sido considerado como una especie de "traidor" por las anchas de Cortes.

Un punto hecho, falta otro. España camino un poco más adentro de las tiendas, hasta poder asomar su cabeza y ver el interior del campamento. No había nadie, solo había silencio y ronquidos que provenían de las tiendas. España frotó sus manos con una sonrisa de victoria. Será pan comido, pero no tenía que confiarse. A unas cuantas carpas estaba la de Cortes, así que camino con sigilo hacia esta.

España parecía sombra, solo una silueta negra en la oscuridad. Con pasos silenciosos y con una respiración casi inaudible. Lo estaba logrando y no había nada que le iba a impedir ir por lo que quiere.

Pero, nuestro castaño recordó algo muy importante que debió tomar en cuenta antes…

El arete, estaba dentro el chaleco de Cortes y este nunca se lo quitaba.

Se golpeó la frente con su mano, pero algo llamó su atención. Unos pasos se acercaban rápidamente. España volteó desesperado y se arrastró adentro de la tienda por detrás. Unas siluetas a través de la tela se dibujaron, eran varios soldados que había corrido hacía la dirección del sonido que hizo. Pero al ver que no hay nada, se marcharon de ahí. Posiblemente debió haber sido por su sueño.
España volvió a suspirar de alivio, pero ahora estaba en otro embrollo. Ahora los soldados estarían más pendientes y su salida estaría más pesada. También el hecho de que Cortes lleva aún su chaleco puesto.

España se arrastro sobre el suelo, hasta llegar detrás de unas cajas. Y ahí recargado, se puso a pensar. Primero que nada ¿Cómo le haría para quitarle la joya sin que se despertara? O mejor dicho ¿Cómo le haría para seguir con vida? Sacudió su cabeza. Primero error, tiene que ver en que lugar se encuentra. Se asomo de reojo por el ras de la caja, y para su sorpresa; se había metido en la tienda de Cortes. Un punto para España, cero para Cortes. Ahora lo bueno sería, quitarle la joya. Volvió a mirar por arribad de la caja, el explorador se encontraba profundamente dormido, roncando, como si no tuviera preocupación.

España se dio cuenta, que no estaba usando ropa. Arqueó una ceja, Cortes nunca había dormido sin su ropa antes. Pero, el movimiento de un segundo cuerpo en la cama del susodicho había hecho entender inmediatamente, de cómo iba el asunto. Era Malinche la segunda persona. España razonó.
Aquellos dos, habían copulado. Por primera vez, se alegro de que Cortes haya satisfacido sus deseos carnales esa noche. Miró al suelo. Y para la más grandiosa victoria del país, estaba tirada la ropa del español sobre el piso. Si pudiera celebrar España, gritar o aplaudir; lo hubiera hecho en ese preciso momento.

Se arrastro tal serpiente por un camino pedregoso y buscó entre todas las ropas el chaleco. Y ahí estaba, lo tomó y volvió hacia tras de las cajas con rapidez pero en silencio. Metía su mano en compartimiento interno que tenía. El rostro del español se ilumino, ahí; rozando suavemente con sus yemas de los dedos… podía sentir el frío de la preciosa piedra de jade. La sacó y a pesar de no poder verla bien en la oscuridad, la besó y se la colocó en su oreja derecha. Sonriente, movió su cabeza de derecha e izquierda, para poder sentir, como el peso del arete hacía mover el lóbulo de su oreja y confirmar que no era mentira.

Cumplida su misión, salió de la tienda y repitió la misma rutina que hizo para entrar al campamento. Para su suerte, ningún soldado se puso más alerta por el ruido y los otros dos vigilantes que merodeaban el campamento, se encontraban espalda con espalda totalmente dormidos. Inclusive, los soldados totonacos (Quienes vigilaban más seriamente) no lo habían denotado, ya que ellos estaban protegiendo la ciudad de Tlaxcala, y como la batalla que había tenido, los había desgastado; se habían quedado dormidos.
España había tenido un golpe grande de suerte. Y ahora, con una cara totalmente sonriente, atravesó el claro de la noche, sin ningúna preocupación, bajo de la luz de las estrellas.

—¡Pero que grande soy coño! — rompió su silencio con un elogio.


España empezó a desvestirse rápidamente detrás de un árbol. Ya había bajado la ropa que le había dado México y estaba a punto de entrar nuevamente a Tenochtitlan; no sin antes ponerse aquella ropa.
El español había pensado que posiblemente, el águila no iba a volver a su lado, debido lo que había ocurrido el día de antier. Pero al adentrarse nuevamente a la espesura de la selva. La ave aún seguía ahí, vigilando; los pasos del español. Termino de quitarse la ropa, y solo se colocó la única pieza de ropa que portaría en todo el día; un taparrabos. Realmente, aún no le agradaba del todo. Tomó los huaraches hechos de cuero, y recargando una mano en el tronco de un árbol, y con la otra mano hábil comenzó a ponérselos. Esa parte del traje (después del arete) le agradaba demasiado, ya que a pesar de estar hechos de cuero; tenían una hechura muy simple pero que le hacían ver realmente elegantes.

España sonrió; llevó una mano hacía su coleta y jaló el listón de su pelo para soltarlo.

Dio unos pequeños puntapiés para ajustar los huaraches, y ya listo; caminó por aquel largo puente hacía aquella ciudad mística.

Balanceándose, como si estuviera en una cuna; México dormía placidamente sobre su hamaca. Con una pierna de afuera y haciendo leves ronquidos, el mexica descansaba. Había tenido un día realmente ajetreado, ya que algunas cosechas no estaban dando frutos y tuvieron que rehacer la chinampa; y la caza para conseguir comida había fallado. Y en situaciones como esas, era algo muy malo para su pueblo. Había sido un día muy agobiador para él, pero el lado positivo; es que podía descansar un poco en su cálido hogar.

Eso esa creía el…

—¡Tenochtitlan! —

La voz de fuerte y grave interrumpió su descanso.

¿¡Tlein pano! (¿¡Que pasa!)— gritó asustado el pequeño, tanto que lo hizo caerse de su hamaca dando de lleno la cara al suelo. México, adolorido; miró de reojo y se dio cuenta que era un guerrero águila fornido, que había interrumpido su sueño, entrando precipitosamente a su casa. Molesto, se incorporó lentamente —Ijtoa…(Dime…)— sobó su nariz, ya que ahí le había dolido más que la misma caída —¿Tlein pano nikan? (¿Qué pasa aquí) — y miró al soldado con enojo. Este, sin decir nada más jalo ha cierta persona dentro del recinto del imperio. —¡Nixtia inin Tlakatl youak! (¡Encontré a esta persona en la noche!) —

México, en un intento de controlarse, se sobó sus sienes y empezó a respirar profundamente.
—Me puedes decir…— habló en español —¿Qué se supone que haces aquí España? — preguntó molesto.
El español solo movió su mano en forma de saludo. —Hola México— sonrió risueñamente.
—¡Nada de "Hola México"! — explotó —¿¡Me puedes decir que haces a estas horas en mi casa! — gritó mientras cruzaba sus brazos y lo observaba con rudeza.
—Es que quería verte…— agachó su mirar al ver al país molesto. Seguramente México, era de las personas que se ponen de mal humor si las despiertan; pensó. —Me he ausentado un día… y te prometí que volvería a verte— dijo en voz baja, al parecer realmente se sentí mal por haberle fallado. México soltó un gran suspiro y se relajo. Se había acordó de la razón por la cual el español no se había dignado a venir a verlo.
Miró al guerrero con seriedad y este, haciendo una especie de reverencia; se marchó. Luego, miró a España quien aún seguía viendo hacia el suelo, apenado, por su falta de palabra.

—No importa— murmuró —Solo no vuelvas a venir en la noche— suspiró y se dirigió a su hamaca. España lo miró asombrado ante su actitud. ¿Cómo puede comportarse tan tranquilo, si hace un momento parecía que lo iba a mandar a matar? —¿No me vas a preguntar por que he llegado a esta hora? — preguntó curioso. México estiró un poco la red que formaba su hamaca. —Realmente, no— volteó a verlo —No es un buen momento— suspiró —¿Pero por que no? — le volvió interrogar. El imperio, se acercó al país y jalo con fuerza su brazo, haciendo que este se agachara bruscamente. Quedando, cara a cara, con el país.
—Tus ojos están decaídos— con su dedo índice derecho recorrió sus ojos —Sin brillo, sin color vivo y tienes unas ojeras bastantes moradas, e inclusive en tus parpados— los miró con detenimiento —No has estado descansando, algo te esta mortificando— sus ojos castaños se fijaron en el España. Este solo se sonrojo y a la vez sintió cierto miedo de ser descubierto.
—Será mejor que vayas a dormir— tomó la mano del país y lo encaminó hacia su hamaca —¡Pero México tú estabas durmiendo aquí! — reclamó España antes de ser aventando con fuerza hacia la hamaca. —No me importa— murmuró el mexica —Así que por favor, descansa— tomó del suelo una manta gruesa que lo colocó sobre el petate y ahí; se recostó. España incómodo ante ese acto se levantó. —Yo debería estar ahí— dijo con seriedad. —Exacto— comentó el imperio que le daba la espalda —Tú deberías estar aquí—

España guardo silencio.

—¿Entonces, por que lo haces? — murmuró en un hilo de voz. México no contesto.
—No losé— respondió finalmente con un poco de aspereza.
España cerró sus ojos y sonrió.
—Gracias— susurró calidamente mientras se colocaba en esa extraña cama. México, nuevamente no contesto. Solo permanecía dándole la espalda, mirando hacía el exterior através de su puerta. España, continuaba viendo el torso del pequeño niño, pensando; si acaso se había enterado de lo que había ocurrido en Tlaxcala. O como iba a explicar la razón del por que estaba ahí. No había tenido tiempo de pensarlo antes de llegar.
Y tampoco iba a tener tiempo de nuevo para pensarlo.

Ya que con el arrulló que producía la hamaca; moviéndose de un lado al otro.
Provocaron que sus ojos se cerraran lentamente… cayendo así, en un profundo sueño.


El aroma de algo cocinándose al vapor, despertó el sentido del olfato del español. Era un aroma muy extraño, uno que nunca había olido, o que tal ves sí; pero no lo podía identificar bien. Era extraño pero olía bien. Abrió sus ojos y miró borroso. Así que parpadeó y enfoco su vista. No vio nada. Confundido, miró a su alrededor para poder encontrar su respuesta. Y ahí estaba, era México; quien se encontraba dándole aire al fuego del fogón. Peleando para que este no se apagara. España, se incorporó lentamente aún soñoliento, tallando sus ojos con sus muñecas.

—¿México? — cerró sus ojos nuevamente —¿Cuánto llevar despierto? — sus palabras aún se ordenaban bien. El imperio volteó a verlo y luego volvió a mirar el fogón —Desde que llegaste, no pude dormir— dijo en un chasqueo de dientes. Al oír eso España reacciono mejor. —¿¡No descansaste por mí culpa! — se levantó de la hamaca —¿¡Por qué no me dijiste que me fuera! — se acercó al pequeño. —No España, no fue tan así— dijo cortante y se concentró en lo que hacía. —Espera un momento— le ordenó mientras le señalaba un petate que estaba un poco lejos de la cocina. España, entendiendo la orden se dirigió y se sentó ahí para ver al moreno.

México, abrió la olla de barro que se encontraba en el fogón y dejo escapar una gran cortina de humo. Algo semejante, como si alguien hubiese echado una espada recién fundida al agua fría o un dragón que escupía su aliento de humaredas. Después de haber dejado que el humo se fuera, tomó un plato de barro y ahí, sacó algo humeante que le quemó los dedos, obligándolo; a chapárselos para contrarrestar la quemadura. Llevó el plató hacía España y lo colocó delante de él junto con un vaso de chocolate y un molcajete con salsa de chile recién hecha por el mexica.

España lo miró con intriga. ¿Acaso lo que tenía al frente era…?

—La razón por la cuál no pude dormir fue por que el estómago de cierta "persona" no me dejaba conciliar el sueño— bufó México —No fue por que me hayas molestado o algo por el estilo— se encogió los hombros y se dirigió a la cocina nuevamente. España miró el platillo. Era algo muy extraño, esa "cosa" humeante se encontraba envuelto en algo extraño de color verde. Pero reconoció que el olor que lo había despertado era esa "cosa". A su derecha pudo distinguir el chocolate, pero el recipiente raro hecho de piedra con un contenido pastoso no sabía que era.

—Eso se le conoce como Tamalli (Tamal)— le señaló el mexica, mientras volvía con él, pero con un vaso de chocolate en la mano —Tienes que desenvolverlo, de ahí viene su nombre— le sonrió mientras se sentaba en un petate delante de España. Este, aún seguía perplejo, y como un niño que desconocía algo, picoteó su comida por si acaso se movía o si salía de casualidad algo asqueroso de él. España reacción bruscamente.

—Espera esta cosa no esta hecha…— lo miró con cierto rencor, no quería pasar por lo mismo que la otra vez. México se le salió una risa —Tranquilo, no esta hecho de nada malo. Es solo carne normal, de animal— y le dio un sorbo a su chocolate —Has de cuenta que es solo masa de maíz y en su interior lleva carne— señaló. El español (Ahora con un poco más de confianza) abrió el "paquete" y de este salió un poco más de vapor. Se notaba que estaba recién hecho. Con cuidado, para no quemarse; con sus dedos desmenuzó la masa procurando no durar mucho el contacto, hasta tener un pedazo de masa y carne. Miró a México. Realmente aún tenía miedo de que fuese "esa" carne.

—¿Qué no confías en mí? — le arqueó una ceja. España no dijo nada. Dio un trago de saliva y valientemente llevó a su boca el pedazo de tamal.
México dio otro sorbo de su chocolate, y empezó hacer cuenta regresiva con sus dedos a partir de tres, sin dejar de mirar al español. —Uno…— suspiró.

—¡Dios santo esta cosa…!— lo ojos pizpiretas de España empezaron a brillar
—¡Esta deliciosaaaaaaa! — e inmediatamente se llevó otro pedazo a su boca. México sonrió —Oye, ponle un poco de eso— señaló el molcajete —Es una salsa que le da mejor sabor— rió traviesamente, pero el país no se dio cuenta de ello por tanta emoción. E inocentemente sumergió un pedazo en la salsa pastosa de color verde y se lo llevó a la boca. Una sonrisa picarona se dibujo en el rostro de México. Intentando, suprimir su risa.

España lo miró con curiosidad ¿Qué le daba tanta risa?
De repente, sintió como en su boca empezó arder fuertemente y que lo quemaba. Se trago la comida y empezó a jadear. Se había enchilado con la salsa de molcajete, hecha con chile de árbol, que le hacía sentir que tenía el mismo infierno en su boca. Sus ojos empezaron a salirle unas lagrimitas y miraron, al mexica reírse sin parar de él. Se dio cuenta que había caído en su broma… por segunda vez.
Tapándose la boca con su mano, miró hacía su plato, y ahí, como su salvación; estaba el vaso de chocolate. Desesperado lo tomó y empezó a beber rápidamente, intentando apagar el "fuego" de su boca. Unos chorritos de chocolate salieron por su comisura de sus labios. Realmente lo bebía precipitadamente.

—¡Jajajajajajaja! ¡A que no te esperabas eso! — reía fuertemente el país al ver a España estar rojo como un tomate —¡Si miraras tu rostro taaaan rojo que tienes! — empezó a rodar sobre el piso arqueándose por la risa. —¡MÉXICOOO! — gritó el español jadeante —¡Es la segunda vez que me haces esto! — con su mano aventaba aire a su boca para calmar el ardor —¡Pero es que eres tan inocente! ¡Deberías primero dudar! — se levantó del suelo y se limpió las lagrimas que salieron de sus ojos.
España sin dejar de jadear, se abalanzó sobre el imperio y lo rodeó con sus brazos.
—¡Tú pequeño demonio! — lo empezó a sacudir con fuerza. No le importaba si México le salía con un golpe bajo, solo mientras recibiera su merecido.
Pero, cuál iba a ser su sorpresa; que no hubo ningún ataque por parte de este. Al contrarió:

Se encontraba sonriente, riendo…

Como el niño, que juega con su hermano por horas…

Lo soltó de golpe y se alejo un poco de él. México le miró curioso y sonriente.

—¿Qué ocurre? — sonrió —¿No querías nuevamente darme mi merecido? — le miró divertidamente mientras se sentaba de nuevo en el petate. España solo lo continuó mirando. ¿Qué demonios había sido eso? Normalmente (De lo que lleva conociendo a México) el nunca se había dejado de que se le acercara y tuvieran algún contacto físico, ya que siempre lo golpeaba. Realmente había algo raro en él.

—Nada— suspiro el español sonriente —Entonces termina de desayunar— terminó de tomarse su chocolate —No quiero que vuelva a molestarme tu estomagó— suspiró

España sonrió y comenzó de nuevo su desayuno. Sin miedo a la carne y sin la salsa de México.


México, volteó hacia atrás y miró con terror al español, apunto de desplomarse por el cansancio. Su pie había pisado en falso un escalón del Templo Mayor e iba a caer ante una gran altura. Todo parecía moverse en cámara lenta. El imperio, a pesar de solo medir un metro con cinco tomó con ahínco la muñeca de España con fuerza y lo jaló hacía a él.

—¡Te dije que tuvieras cuidado! — gritó molesto el imperio procurando no perder el equilibrio, e irse los dos juntos al suelo —¡Lo siento! — sollozó por el miedo España —¡Es que me he cansando por subir esta cosa! — logró recuperar su equilibrio y colocar su pie en su lugar. Soltó un suspiro de alivio. —¿Y como es posible que ahora si te haya cansado subir el templo, cuando la primera vez no? — le arqueó una ceja México y continuó subiendo. —Posiblemente por que estaba desconcertado y no había medido la altura en la que estaba— le respondió mientras procuraba poner ahora sí, los pies en su lugar. —Realmente que eres una molestia— frunció el ceño México. En un santiamén (A parte ya llevaban la mitad del recorrido transcurrido) Llegaron ambos a la parte plana del Templo Mayor. Donde se encontraban los dos templos, hacía sus dos dioses:
Quetzacóalt y Huitzilopochtli.

Esta vez, México; no se sentó en el lugar donde siempre le agradaba ponerse para poder meditar y pensar las cosas, si no se sentó justo en medio de los dos templos, donde pegaba sombra. Ya qué, a esa hora, el sol estaba en medio del cielo y calentaba fuertemente la piedra lastimando la parte de la piel. España le dirigió una mirada, pero no fue hacia él. Permaneció ahí, quieto; mirando hacía el horizonte y a la gran ciudad de Tenochtitlan. Aun que lo haya visto más de mil veces, el país no se hartaría de ver semejante ciudad labrada en roca y que se encontraba sobre una isla artificial. Una piedra preciosa sobre un desierto olvidado.

—Ven acá— le habló México —No creo que quieras que tu piel blanca se haga tan morena como la mía— rió y palpó el suelo para que se sentara España aun lado de él. El país le dirigió una mirada de reojo. Y permanecía quieto en medio de la plaza. Prefirió estarse alejado y continuar viendo el paisaje.
—No quiero sentarme cerca de esos templos— murmuró el castaño de ojos verdes
—Sería como profanar con mi pie extraño a tus dioses— cerró sus ojos.
México lo miró con seriedad.
—Mis dioses te han mandado— habló firmemente, como un Tlatoani —Entonces tienes el permiso divino de ellos acercarte y sentarte, como yo— su mirada se volvió tan profunda como Moctezuma, con aquellos ojos negros. España, sin tener la necesidad de observar a México, podía sentir su mirada fría y determinante sobre su espalda. Un viento brusco sopló e hizo tambalear al forajido. Pero España, puso pie firme y no se dejo tambalear.

—Para eso me trajiste ¿Verdad? — continuó viendo hacia al frente, pero su voz, se hizo igual de fuerte como la de México. —No entiendo a que te refieres— le dijo secamente

En ese momento, España y México habían dado un cambio brusco de actitud. No era como aquella que habían optado en la casa del pequeño imperio, no; era un actitud más seria y adecuada a su papel. No, tampoco como la de países, si no como dos simples personas que representan un algo en ese mundo.

España era aquel extraño, aquel invasor que había llegado como la plaga a una cosecha.

Y México era aquella persona, que haría cualquier cosa para proteger su cultivo de plagas.

—No me digas que no lo entiendes, por favor— torció un poco su rostro —Me has traído aquí para comprobar si lo que ha dicho tu señor era cierto ¿No es así? — volvió a preguntar. México doblo sus piernas
—Tus palabras han hablado por ti— cerró sus ojos —Acaso no me has dicho desdé el principio, "Todo a su tiempo México, todo a su tiempo" — los volvió abrir y clavó su vista en la espalda de España.
—Ahora es el momento— el viento volvió a soplar de la misma manera, moviendo bruscamente el cabello largo de ambos. España solo sonrió. —Eres demasiado listo para ser una pequeña nación ¿sabes? — volteó por completo su cuerpo hasta quedar cara a cara con el país —Tanto, que seguramente la razón por la que me has traído aquí no es solo por eso— hizo una pausa —Si no también para que te explique que ha sucedido en aquel lugar— suspiro un tanto tedioso. Ya que, por más que pensaba en una salida para evadir aquello, era inevitable.

—Y yo creo que después de todo— dijo con tenacidad —No eres tan "idiota" como aparentas— cruzó sus brazos y lo miró de modo retadora. España sacudió su cabeza sonriente. —¿Y bien? — dejo caer sus manos a su costados.
—¿Qué es lo que quieres saber? — le arqueó una ceja curioso. —Aquí me tienes, de aquí soy— afirmó. —Lo único que me interesa saber es, ¿Por qué estas aquí? — su voz se escuchaba segura, pero había un sonido muy bajo, casi inaudible; de temor. —No tienes que mentirme, yo se que no eres un Dios—

Al escuchar eso, el español se estremeció un poco. Era una verdad, que ya no podía ser oculta.
Mordió su labio inferior. ¿Qué podría decirle? México resultó demasiado astuto como un zorro. Tanto, que la mente conquistadora de España le murmuró que iba a ser realmente difícil hacerlo suyo. Sacudió su cabeza ante esa idea. México esperaba impaciente la respuesta de España. Sabía, en ese momento, que el español posiblemente este tramando algo. Algo muy importante, que le habían enseñado; como el guerrero jaguar (aparte de águila) que era, era prestar atención, dudar y analizar a la persona "enemiga". Tenerlo siempre en vigilia y dudar de sus palabras. Solo hasta que mostrará indicio de que estaba equivocado.
España cerró sus ojos. Tenía su respuesta.

—Solo soy un país, que ha venido a este nuevo continente y aprender de este— dijo tan seguro, que causó cierta impresión en México. Pero la seguridad no era suficiente, ya que solo esa oración es una máscara que ocultaba lo demás; aun que sea cierto en parte. —Mi gente…— hizo una pausa —Ha navegado en los mares desde siempre y hemos llegado a este continente nuevo. Sin saber que esperábamos, sin saber que encontráramos. Solo unos guerreros como de tu clase se han unido a nosotros para ayudarnos…— agacho su mirar y cerró sus ojos —No sabemos en donde estamos y hemos estado caminando en círculos. Lo que ha pasado, aquella batalla… no sé…— sacudió su cabeza de lado fingiendo ignorar el hecho —Que fue lo que paso, al llegar solo había sangre y cuerpos desmembrados— hizo sus manos puños —Me he quejado con mi "señor" ante ese acto tan cruel y este me a tachado de traidor, tanto; que me ha echado fuera de ellos— hablaba en voz baja.

—Por ello tenías hambre y sed…— susurró en un hilo de voz el moreno, ya que España, al llegar a su casa; mostraba que sus labios se encontraban resecos y que no había comido en unos días —Por eso llegue en esta noche, ya que no sabía en donde poderme quedar ya que soy solo un traidor más— se rascó la cabeza y rió levemente. —No soy un Dios, ni me declaró uno. Pero aquellas personas dicen serlo— volteó nuevamente hacía el horizonte.
—Yo solo soy un país…— en su voz se escucho cierta pena —Que no puede hacer nada…— y así; guardo silencio. México miró entonces a España con cierto asombro. ¿Realmente estaría diciendo la verdad o solo eran mentiras?

Su voz se escuchaba tan verdadera como la de un niño, que le murmura a su madre que ha visto un cometa. Pero era los oídos de México como los de una madre, que captaban la mentira, pero dudaban; ya que no sabía si tal vez en verdad la vio. Pero dentro de México, algo le decía que le creyera. Algo que tal vez provenían de su corazón. Que realmente, no era una mentira y que sus palabras destilaban verdad pura.

Pero…

—De acuerdo, no necesitas explicarme nada más— se levantó la pequeña nación y camino aún lado del español. —Entiendo— le sonrió cálidamente y tomó con su pequeña mano la mano blanca de España.
—¿Enserio? — abrió los ojos de par en par —Claro, yo no soy nadie para juzgar a un hombre— cerró sus ojos
—Pero si, lo que han salido de tu boca han sido palabras verdaderas. Las tomaré en muy en cuenta— entonces, España sintió como apretó su mano un poco más fuerte. —Sin embargo, aun no te tengo confianza— lo miró a los ojos seriamente —La confianza no se gana de un día para el otro— su pequeña boca derramaba sabiduría. España le miró complaciente. —Entonces…— se hincó a la altura del imperio.
— Haré todo lo posible para ganármela— sonrió tenazmente y seguro de si mismo.
México le sonrió de la misma manera.

—Si eres un país que has venido a aprender de este— elevó su mentón. Tomó la mano de España y de manera brusca lo encamino hacia la orilla que daba hacia las escaleras y al gran panorama de la gran Tenochtitlan.

—Te enseñaré cada secreto que yace dormido en mi hogar— su voz se escuchó rugir gracias al viento
—Tal como un niño— elevó su mirada y clavó sus ojos caoba en los ojos verdosos de España
—Que ha decidido dar su primer paso solo— y diciendo esto bajo las escaleras precipitadamente

—El placer será mió…— sonrió calidamente el español, deseando de corazón, que nada arruinara ese momento. Y aquella mentira, fuera sepultada bajo miles de metros bajo tierra.

Día tras día, minuto tras minuto, hora tras hora.
Lentamente los días pasaban para aquellos dos, poco a poco como un reloj de arena. Aquel día, aquellas palabras que México le había dicho a España, de enseñarle su tierra y su cultura; realmente se hicieron realidad. No, no fueron mentiras. Realmente el mexica le iba a enseñar al español su historia, sus costumbres, su vida…

Todo a cambio de nada.

México caminaba de prisa, como si estuviera caminando sobre brazas ardientes y señalaba todas aquella cosas que le eran tan extrañas a España. Hablaba rápido, le había comentado que si quería aprender, tenía primero que aprender a escuchar. Y así lo hizo. Poco a poco, España fue comprendiendo aquel extraño y fascinante mundo de los mexicas. Como México nació, como llegaron a lograr lo que eran y las demás tribus que habían alrededor de ellos. Todo quedaba grabado en la mente del español. En su mente que no olvida.

Le enseño sus códices, que para el castaño solamente eran unos dibujos extraños y un tanto raros que no comprendía. Pero, que cuando México se lo explicaba; se quedaba maravillado ante esa historia y en ocasiones pensaba, que aquello podría convertirse en un libro. México le enseño la astronomía, como ellos medían el tiempo através de aquellos bellos astros, que inclusive; tenían un calendario.
El calendario Azteca.

Le enseño la herbolária, las matématicas y la agricultura.
Principalmente la última, ya que; para la sorpresa del simpático español.
Los mexicas tenían plantíos de tomates, e hicieron infinitamente feliz a España.
México... aún no entiende la fasinación por los tomates que le tiene el país.

Sobre la rama de un gran árbol, colgando ante impresionantes alturas.
El niño le habló del guerrero que vigila el sueño de su amada princesa, después de que esta había caído ante los brazos de la muerte por una profunda tristeza, al ser engañada por una mentira, de que su amado había muerto en batalla. Le dijo que el guerrero, que tanto la amaba, decidió honrarla y mando hacer una tumba hecha de diez cerros. Y suavemente, la recostó sobre ella, como si estuviera dormida y le dio un beso.
El gran guerrero solo se arrodillo junto con una antorcha y ahí, juntos como los amantes que eran, dejaron que la nieve los cubriera y se convirtieran lentamente en volcanes.

España, grabó los nombres de aquellos dos amantes en su corazón:
El guerrero Popocatepelt y la princesa Iztaccihualt

Que eran aquellos enormes volcanes, que veía desde de la altura de ese árbol.

Le habló de sus dioses, le habló de su gente, le habló de su abuelo.
Le enseño el juego de pelota; aún que verdaderamente a España no le gustaba lo que le pasa a los que perdían o a los que ganaban, pero fuera de ello realmente le gustaba, e inclusive llego a aprobarlo. Aún que no era realmente demasiado bueno para ello.
España en ocasiones se marchaba de Tenochtitlan, ya que no quería alzar más sospechas a Cortez y pusieran peligro a México. Así que, le pidió permiso al imperio para retirarse unos días. Este, con cierta sospecha lo aprobó. Así que solamente el español tenía que cambiarse e irse guiado por el águila hacia el campamento español, quienes se habían puesto en marcha nuevamente.
Pero no se acercaba, era un traidor y por lo tanto debían darle muerte si se acercaba. Así que solamente el español se dejaba ver, como una sombra; para que ellos se confiaran y pensaran que realmente el país no podía estar sin ellos. Incrédulos. Después volvía al lado de México, quien le esperaba con novedades.

México le enseñó su música, le presentó cada uno de los instrumentos que se usaban para celebraciones y ceremonias. España extendió su mano y tomó lo que el parecer era una flauta hecha de barro, con unas incrustaciones de piedras preciosas. México le sonrió.
Dijo que le enseñaría a usarla si él lo desease.
España, demostró una inmensa habilidad para usarla, tanto; que México le dio una propia.

Desde lejos, Moctezuma miraba a aquellos dos que corrían de un lado para el otro. Sus ojos negros demostraban cierto temor, México se estaba llevando demasiado bien con el extraño. Para ese Tlatoani supersticioso, que realmente creía que los españoles eran enviados de Quetzacóalt temía por el bien de su pueblo. Después de lo que paso en Tlaxcala y ver como se relacionaba México con el "enviado" su temor aumento. Tanto, que alzo su mano y decidió mandar a los guerreros mexicas ir en contra de los españoles. Rompiendo así, la promesa que le había hecho a México.

El moreno le habló de sus guerreros. Los grandes guerreros águilas y jaguares. De cómo ellos representaban un papel muy importante en la seguridad de su ciudad. Los caballeros águilas, a quienes se les enseñaban andar en la oscuridad, ya que representaban la luz. Y a los jaguares, que les enseñaban a moverse y pensar como esta majestuosa criatura. México omitió detalles precisos, por seguridad de su pueblo.

Y así, el tiempo fue pasando entre ellos dos.
No mucho, pero bastante; para llegar aun punto muy importante…

—¿Ahora a donde me llevas? — preguntó curioso España, quien seguía los pies ágiles y rápidos del moreno —Cállate y sígueme— dijo cortante mientras aceleraba más. El español suspiro sonriente, se había ya acostumbrado a la actitud cortante y seria de México. Aún que le agradaba más cuando este, se comportaba muy amablemente y vivaz con él. De repente, sus oídos captaron el sonido del agua que golpeaba suavemente con las rocas. —¿Me estas llevando a un rió? — le dijo curioso. México sonrió. —Si no te hubiera enseñado a escuchar el murmullo del viento, seguramente ahorita estuvieras preguntándome todavía "¿Ya llegamos?" — se burló del español —Tu tienes la culpa— le murmuró —Tu fuiste quien me enseño— cruzó sus brazos
—En eso tienes razón— rió apenadamente el mexica. A unos cuantos pasos, se encontraba lo que España había captado con sus oídos. Un río, un río que desembocaba en el lago Texcoco donde se encontraba Tenochtitlan.
El español miró a México.
¿Para que se supone que lo lleva en ese lugar? Ya le había enseñado los ríos que desembocan en el lago.
México se acercó a la orilla del río, con su manos hechas cuencas las sumergió un poco en el agua clara y cristalina y bebió de ella. España, solo se quedo detrás de él, esperando; a que México terminara de beber.

—¿Qué ocurre? — limpió su boca el imperio, mientras le dirigía una mirada al español —No lo sé, tu por algo me has traído aquí— se encogió de hombros y suspiro.
México divago su vista. Parecía que al parecer había olvidado.

—Bueno…— susurró —Si te traje para algo…— su voz sonaba bajamente y en sus ojos se detonaba cierto brillo muy calido. España se intrigo más. Nunca había visto eso en los ojos del mexica. El pequeño país, camino hacia un pequeño arbolito, uno un tanto pequeño pero bonito; que daba unas pequeñas pero preciosas flores de color rojo, amarillo y naranja combinados. Eran flores de un tabachín. Pero no fue a tomar aquellas que estaban en plena floración, no; tomó aquellas flores que se encontraban marchitas y secas. Las quitó con cuidado de la planta y las colocó en sus manos cuidadosamente.

—¿Me enseñaras otra planta medica? — parpadeó varias veces. México lo miró con fastidio. —No— dijo seriamente, guardo silencio y empezó a pensar un poco. Sus ojos miraban la hierba del suelo, que tocaba con sus pies descalzos. Luego, miró a España, este aún permanecía curioso por saber que era lo que tramaba, o que era lo que tenía pensando hacer. Suspiro y cerro los ojos.

—España…— pronunció bajamente mientras dirigía su vista a la ciudad, que se podía ver entre los árboles —¿Te acuerdas quien era Nezahualcoyolt? — dirigió sus ojos tristes al español. Este reacciono. —Claro que sí— rió —No es muy difícil de olvidar como te pones de emocionado, cuando cuentas su vida heroica— sonrió con calidez. El imperio se sonrojo, y camino hacía el río dándole la espalda.

Un suave viento empezó a soplar.

México cerró sus ojos; dejo que el viento chocara contra su cuerpo y que jugara con melena castaña. Suavemente, abrió el puño de su mano derecha donde tenía los pétalos secos y colocó su mano izquierda sobre esta. Entonces, empezó a machacarlas.

España, desde lo lejos; miraba lo que estaba haciendo el imperio. Necesitaba hacer lo que estaba haciendo, era demasiada la intriga; que mataba la paciencia de él. Pero tenía que esperar. Al niño moreno no le gustaba que lo interrumpiese. Miró el cielo, ya estaba atardeciendo. Sus ojos verdes se tornaron opacos y una sensación de tristeza lo invadía. Ahora, (como el parte del trato que hizo con la pequeña nación) tenía que marcharse después de haber estado más de media semana con él, era necesario; no quería levantar aún sospechas.
España, realmente detestaba esos días en los que tenía que irse.

—España— la suave voz del imperio sacó al país de sus pensamientos —Te acuerdas…— miró el puño donde tenía las flores ya machacadas —Mentira— se contradijo y sonrió —Hoy, te diré unas palabras, una poesía que ese Tlatoani una vez dijo en vida…— y así, sin voltearse ni dirigir una mirada al español.

Con el corazón enternecido, y con una voz a terciopelada; recitó:

«Amo el canto del cenzontle, pájaro de cuatrocientas voces.
Amo el color del jade y el enervante olor de las flores
Pero amo más a mi hermano, el hombre…»

El viento sopló con fuerza, México abrió sus manos, y como si fuera una ayuda extra para emprender el vuelo; sopló suavemente aquellas virutas de flor. Y elevándose al cielo, como una plegaría; fueron volando hacía el cielo azul. Pero el viento, dio un cambio repentino y sopló al lado contrario llevando, aquellos pétalos hacia los dos países. México, no se inmutó ante ese acto, solo cerró sus ojos y sintió el aire sereno en su cara.
Pero España, quien se encontraba confuso por lo que estaba ocurriendo, recibió el golpe de aquellas virutas, obligándolo, a cubrirse con sus brazos y entrecerrar sus ojos. El aire se había hecho fuerte y aquellos pétalos amenazan en entrar a los ojos del español si los llegaba abrir.

Más sin embargo… los abrió.

Y delante de él, estaba México, pero no estaba solo...

Había un joven.

Un joven bastante alto, de pelo castaño y corto. Usaba una ropa extraña… como ropa militar. De saco azul, pantalón blanco y en su cintura, llevaba un espada. España intentó abrir un poco más sus ojos, para ver su rostro; pero le fue inútil. Solamente, podía ver el perfil ya que se giró un poco su rostro. La persona, colocó su mano en la cabeza del niño y desapareció. Y con él; el viento.

Ikniutli…— volteó a ver a España —¿Qué has dicho? — murmuró suavemente el español. No comprendía que estaba sucediendo, ni lo que había visto, pero lo único que quería era saber de una vez por todas que ocurría ahí. Y principalmente, que le estaba pasando a México con esa actitud.
—Ikniutli…— agacho su mirar el mexica —Significa "Amigo" en náhuatl…— y al decir eso sus mejillas se tornaron rojas como tomate. España abrió sus ojos de par en par. Entendió todo.

—Me estas diciendo…— dio unos pasos hacia el niño —¿Qué… me consideras tú amigo…? — dijo entre cortante, ya que le era inconcebible lo que estaba oyendo. México una mueca con su boca por el nerviosismo. Le costaba realmente mucho hablar de sus sentimientos. Aparte, era la primera vez, que decía esa palabra.
—Eres la primera persona… con la cual me siento cómodo…— no dejo de ver el suelo —Gracias a ti he podido saber quien soy, y lo que tengo que hacer… para ser más grande…— se sonrojo hasta las orejas.

Los ojos de España se tornaron vidriosos. ¿Acaso sus oídos estaban bien? O solo era el murmullo del viento, quien distorsionaba las palabras y hacían escuchar lo que tanto quería oír.
—Pero tu no confías en mí…— se detuvo delante de él —¿Por qué me consideras así? — meneó su cabeza. Realmente era difícil creerlo. México, con esfuerzo volteó a ver a la cara de España.
—Ni yo mismo lo entiendo… más sin embargo, como te he dicho antes; la confianza se gana y durante este tiempo te la has ganado…— frunció su ceño, quería demostrar que lo que estaba diciendo posiblemente nunca lo volvería a repetir. Así que le valía al español recordarlo.

Una gota cristalina recorrió la mejilla sonrojada de España. Se hincó frente al mexica y le dio un abrazo.

—No he ganado solo eso— le murmuró tiernamente —También conseguí una amistad— cerró sus ojos y estrecho fuertemente el niño contra su pecho. México, sonrojado como tomate, levantó sus morenos brazos y rodeó con ellos al español.

Era la primera vez, que obtenía un amigo en la vida.
Era la primera vez, que un profundo deseo se cumpliera para España.


Miraba con mucha ternura su muñeca derecha. Una pulsera preciosa de color jade adornaba su muñeca. Estaba tallada perfectamente, tenía unas grabaduras en ella y unas pequeñas incrustaciones de oro. España sonreía jubilosamente. México se la había regalado y el mismo la había tallado para él. Era un regalo.
Se jalo la manga y cubrió la pulsera. Miró hacia al frente. No veía más que árboles y más árboles.

—Que extraño— murmuró —Llevo seguramente ya caminando cinco horas y no has rastro de aquellos ingratos— arqueó una ceja. —Bueno…— se encogió de hombros —No les he importado, así que…— dio un suspiro y continuó caminando.

Se dice a veces, que cuando las cosas van muy bien; hay algo que arruina las cosas.
Pero eso no significa que siempre ocurrirá, ya que simplemente puede ser una superstición.

Eso era lo que España creía y quería que en ese momento fuese así.

Sus oídos, ahora más agudos gracias a México, escucho unos lamentos, gritos, el sonido de la madera quemándose y el sonido que hacen las cosas de metal al golpear otra cosa de metal. El corazón del español empezó a latir con fuerza y empezó a acelerar más su paso. Sus ojos, que miran con más detalles gracias a México, miró el cielo nocturno como se pintaban de un humo oscuro espeso y las llamaradas rojas y anaranjadas que se alzaban violentamente al cielo.

Con miedo, España empezó a correr lo más rápido posible. Su corazón tenía miedo. "No ahora, no ahora…" se repetía en la mente deseando que no fuera lo que más le tenía miedo. Le rogó a su Dios y les rogó a los dioses de los mexicas, pidiendo; que fuese un sueño, una alucinación, una broma de su vista. Pero esas plegarias, no las escucharon; por que los oídos de esos dioses estaban ocupados escuchando las plegarias de dolor de otras personas.

España llegó pisando un charco de sangre salpicando su ropa. Intentó negar de mil maneras lo que estaba delante de él, intentó cerrar sus ojos que estaban más que abiertos y lloros e intento calmar su respiración que se estaba híper ventilando.

Un pueblo indígena era atacado por los españoles fieramente. La gente morena corría despavorida de un lado al otro, las mujeres cargaban a los más pequeños y los llevaban fuera de ahí lo más que podían. Claro, si corrían la suerte de no encontrarse con un soldado y este les diera un sablazo de muerte. Los invasores, destruían todo a su paso. Sin compasión alguna rebanaba la cabeza o algún miembro de los indígenas lanzándolos al aire, y reírse como hienas al ver el cadáver caer al suelo, desangrándose. Con antorchas incendiaban los techos de paja, consumiendo todo a su paso. Pobre de los ancianos, que no fueron capaces de salir de sus casas al desplomarse sobre sus cabezas.

Los jóvenes, que no eran guerreros; por primera vez probarían el sabor de la guerra antes de ser considerados unos grandes guerreros. Con valentía se enfrentaban ante los agresores, protegiéndose solamente con un escudo y golpeando, con una macana. Las mujeres jóvenes, pobres criaturas; que lloraban y suplicaban en su lengua que no las tocaran y no robaran su pureza, mientras eran despojadas de sus ropas completamente por aquellos invasores, que sonreían enfermamente.

El infierno estaba ahí, ahí; delante los ojos llenos de lágrimas de España.

Unos pasos firmes se escucharon detrás del país, aprovechando; que estaba distraído. Pero este, reacciono y se tiró al suelo protegiéndose, de la macana que estaba delante de él. España con firmeza miró a su agresor. Era un guerrero jaguar, un guerrero jaguar; que provenía de Tenochtitlan. El español quedó perplejo. ¿Qué hacían aquí los guerreros de Tenochtitlan? Pero no había preguntas para eso, el soldado había levantado la macana para darle un golpe certero en su cuerpo. Sin poder moverse, España se cubrió con sus brazos y espero el golpe.

Golpe; que nunca llego. Abrió sus ojos, el guerrero paró su ataque al ver la pulsera que portaba en su mano derecha. Sus ojos negros empezaron a buscar desesperadamente algo, hasta que lo encontró. Corrió hacia un cadáver de un soldado español y tomó de este una espada que tenía incrustada en su pecho. Volvió con España y se la entrego. Le dio una mirada firme y fue corriendo hacia el escenario de la batalla.
El país, estupefacto miró como el guerrero corría rápidamente y acababa con la vida de varios españoles.

España seguía perplejo. Sus manos sostenían la espada que le había entregado el guerrero jaguar y sus pies permanecían inmóviles. Su respiración era cada vez más jadeante y sus ojos no dejaban de correr lágrimas al ver ese campo. ¿Cómo es posible que este pasando esto? ¿Qué acaso ahora no fue un día espectacular y no había logrado algo maravilloso que tanto quería?

No.

Estaba viendo sus sueños desplomarse lentamente como un árbol viejo y no había forma de pararlo. Estaba condenado, tal vez, después de todo; Cortes tenía razón. Pero dentro de él aún no quería confirmar eso, el tenía la vaga esperanza que todas las cosas que estaban pasando, justo delante de sus ojos era mentira.
Una mentira, como ver un soldado español corriendo hacía él con fiereza.

El sablazo del soldado fue bloqueado limpiamente por España, quien sostenía la espada con una sola mano, mientras miraba fríamente al soldado.

—¿Qué es lo que estas haciendo? — le dijo sin expresión alguna. El soldado, quien se encontraba extasiado por la adrenalina que corría por su cuerpo, se relamía la boca y miraba al español con locura.
—Te intentó matar— sonrió desquiciadamente mientras aplicaba más fuerza en la espalda —El señor no ha dicho, que si te metes en esta batalla te matáramos ¡Y tengo muy presente en hacerlo! — soltó una risa del demonio y se abalanzó sobre el país. Este, solamente dio un suspiro con fastidio. —Patético— le metió un pie al soldado y lo tumbó al suelo de golpe. Sin esperar ni un minuto más, penetrando la ya débil armadura del español, encajó su espada en el brazo derecho de este.

El soldado dio un grito ahogado y doloroso.
—¡Traidor! — le escupió —¡Eres un jodido traidor! — le miró con rabia —Ustedes son los traidores— sacó la espada del cuerpo del soldado —Ustedes mismo han traicionado a su propio país…— y diciendo esto siguió caminando.
Varios soldados (Quienes vieron lo que España le hizo al soldado) corrieron alrededor de este hasta rodearlo por completo.

—¡Miren quien vino! — gritó uno —¡Pero si es España! — rió —¡Escuche de Cortes que si lo matábamos nos daría parte del gran tesoro que tenían guardado los estúpidos y sucios indígenas!— gritó jubiloso, pero dejo de hacerlo, hasta que vio la hoja de la espada manchada de sangre de España en su cuello.
—Ustedes son los estúpidos y sucios— los fulminó con la mirada.

Los soldados empezaron a reírse y con sonrisa maquiavélica decidieron a atacar a España.
Peor error pudieron cometer. España tenía la cualidad de ser un gran guerrero desde hace siglos, y ahora; gracias a México quien le había enseñado técnicas de los guerreros águilas y jaguares, sería casi invencible. Casi, si no fuera por un espada extra, que le había sido clavado en su hombro derecho, le hubiera hecho perder su fuerza de sostener su espada.

—Pero si tuviste las agallas para venir, España— la voz del dueño de esa espada habló
—¡Eres un bastardo! — gritó España con desesperación mientras era sostenido por varios soldados —¿Pero como me has dicho? — Cortes se abrió parte entre los soldados, sonriendo; de oreja a oreja. —Lo que oíste…— le miró con una sonrisa —¡Un maldito bastardo de mierda! — el conquistador trono los dedos y uno soldados le empezaron a golpear y a patear en la cara y estomago. Dejándolo así mal herido.
—Que yo recuerde tienes que tenerme respecto— caminó hacia el —Así que tienes que arrepentirte de los que dijiste— le levantó el mentón de golpe a España. Este, apretando los dientes y con la mirada encendida por el odio le escupió en la cara. —Primero tendrás que chuparme la polla— rió el español malherido.

Cortes se limpió el gargajazo de su cara y la tiró al suelo.
—¡Me tienes hasta los cojones! — le dio un puñetazo en la cara. El país escupió sangre. —¡Que no entiendes que esto es lo que tenemos que hacer! ¡No se de donde sacaste tus cosas raras de hacerlas por las paz! — tomó fuertemente de la ropa al castaño y lo acercó a su cara —Escúchame bien capullo— lo miró con fiereza
—Te daré solo una oportunidad…— se relamió el labio —Si no lo haces terminaras muerto aquí mismo, no me importa si eres inmortal o lo que sea…— volteó hacia atrás y silbo.
España, quien tenía una mejilla inflamada, no le permitió ver bien lo que ocurría. Estaba mal herido, su vista se estaba haciendo borrosa por las heridas que habían inflamado sus ojos y alrededor de ellos. Pero, ante la sorpresa que tenía delante de él; hizo que los abriera de par en par.

Dos soldados españoles sostenían con fuerza al guerrero jaguar quien le había hecho un favor.

—Vi que este caballero te entregó una espada…— sonrió mientras levantaba el mentón de este —Así que con la misma espada que te dio, quiero que acabes con él— tomó a España por el hombro lastimado, haciendo que gritara de dolor y lo levantó del suelo. —Si no lo haces…— lo miró con maldad —Bueno, ya sabrás que pasara— sintió el país como las puntas de varias espadas en su espalda. España dio un trago de saliva.

Miró al guerrero. Se encontraba enojado y se movía con rudeza para liberarse de sus opresores.
España empezó a negar con la cabeza. —No, no lo haré…— dijo jadeante. Cortes arqueó un ceja —¿Oh enserio? — dijo curioso. Las espadas se incrustaron aún más en la espalda de España. —Hazlo— le ordenó. España apretó fuertemente el mango de la espada. Se encontraba literalmente, "Entre la espada y la pared"
No podía hacerlo, no podía simplemente. Era un guerrero jaguar, y a ellos le tenían un profundo respecto. No podía traicionar a México, pero tampoco podía traicionarse a si mismo.
Claro que podía hacerlo, pero era un país, y su misión ahí era conquistar y enriquecer a su país.
Su lado conquistador salió a flote.
Por un lado estaba México, y ese día había logrado lo que tanto quería. Lo que tanto deseaba.
Pero por el otro, estaban avanzando bastante y muy pronto lograría que México fuera suyo.
Que fuera solo para él…
Acerco la punta de la espada al cuello del guerrero. Este le miró con asombro.

—España, ¿Cuándo te ablandaste el corazón? — le murmuró Cortes —No estas haciendo ningún mal, solo estas haciendo que tu reino crezca— se colocó aún lado de él y tomó puso su mano arriba de la mano de España donde estaba empuñando la espada. —Piénsalo, así…— le susurró al oído — Te prometo, que sí haces esto y demuestras que después de todo no eres un traidor, cuando lleguemos a la capital no usaré ninguna fuerza, te lo prometo…— sonrió y apretó la mano de España quien empezaba a temblar.

—Hazlo…— le susurró —Hazlo de una vez…— sonrió el conquistador.


—Los guerreros, tanto águilas como jaguares no tienen miedo a morir en el campo de batalla— señaló el pequeño imperio con orgullo —¿Pero por que? — le preguntó curioso el español —A mi me daría miedo en cierto modo— dijo apenado. México se rió.
—Cobarde— sacudió su cabeza —No tienen miedo, por que saben que morirán con honores ya que han hecho todo lo posible para proteger a su pueblo y que los dioses estarán complacidos por ellos— cerró sus ojos y sonrió.

—Nosotros no le tememos a la muerte…— susurró y miró al horizonte

—Nosotros sabemos que morir en la batalla es la muerte más digna de todas…—


El color carmesí empezó a teñir la espada lentamente…
Aquel líquido la recorría lentamente, hasta estancarse y empezara a gotear.
España, había atravesado la yugular del soldado con firmeza.

—Bien hecho— le dio una palmada en la espalda con fuerza
—Bienvenido gran Reino de España— y con una risa se marcho de ahí para seguir con su deber el conquistador. Y así se marcharon todos, hasta dejar solo al país que se encontraba inerte.

Solo…
Con el cuerpo sin vida del guerrero.

Capítulo 6. Ikniutli (Amigo)