Bueno, disculpen la tardanza por subir este capítulo (Pero he estado ocupada con ciertos asuntillos que no me dejaban escribir a gusto la historia)
Pero no hacerle tanto del rogar, explicaré rápido unas cosas.
Primero que nada, el suceso historico, que sucedió en el capítulo anterior se trato de la Matanza de Cholula (18 de Octubre de 1519)
Después de lo ocurrido en Tlaxcala (La primera matanza que hicieron los españoles) Moctezuma decidió atacar sorpresivamente a los españoles, y para ello hizo seducir a los españoles, mediantes regalos, que se desplazaran a Cholula. (Esto también era para evitar que Cortes hiciera alianza con los Tlaxtelcas, pero fue en vano)
Al llegar a Cholula, los españoles fueron recibidos con regalos y fueron hospedados en Cholula. Solo con la condición de que los guerreros de Tlaxcala se quedaran afuera de la ciudad, por la rivalidad que tenían contra ellos. Durante tres días (Solo que yo lo hice que ocurriera un dia, para no hacerle de largo) se portaron amablemente con los españoles. Pero los totonacas, le advirtieron a Cortes que había varias trampas en el suelo de la ciudad y que habían hecho un sacrificio de un niño para los dioses de la guerra.
Cortes le dijo a los gobernantes que se habían enterado del complot que preparaban, así que ese día, comenzaron las hostilidades.
(De hecho, por haber sido advertido Cortes, hizo pensar al Tlatoani Moctezuma realmente era un mensajero de su Dios, al saber de la emboscada)
En esa guerra murieron mas de 5,000 y 600 cholultecas.
Una verdadera masacre... Muy pocos sobrevivieron...
Bueno, al final pondré lo que falta uwu7
Sin más por el momento, disfruten el capitulo!
Maiden Out
El sonido de la concha de mar empezó a escucharse. Se mezcló con el viento voluble y muy pronto, llegaron a los oídos de los habitantes de esa ciudad mística. La gente, empezó a salir rápidamente, como si fuera un llamado de sus Dioses. Y ante varios ojos, observaron; como a cuestas y penurias, llegaban varios guerreros águilas y jaguares. Cojeando, jadeantes, heridos, e inclusive, sangrantes. A pesar, de las terribles heridas que sus cuerpos cargaban, ellos caminaban en frente en alto mientras caminaban por la gran calzada.
De pronto, uno a uno, fueron cayendo al suelo.
Como si fuera un acto impulsivo, todas las personas fueron a levantar a sus guerreros. Corrían lo más rápido que sus pies le permitían, hasta llegar al lado de un guerrero. Las mujeres, quienes tenían conocimiento en la medicina, inspeccionaban los cuerpos de los hombres fornidos, buscando; si había manera de salvarlo o si ya era demasiado tarde. Solamente el llanto, permitía saber el destino de aquellos hombres.
Los hombres, tomaban con fuerza a los caídos y los cargaban en sus espaldas lo más cuidadoso que se fuera. Estaban graves, y cualquier movimiento brusco posiblemente los lastimaran más. Y así, fueron recorriendo esa calzada hasta llevarlos en un lugar donde podían ser atendidos por los curanderos.
Rogándole a Huitzilopochtli, que por favor los salvara y continuaran con vida. Ya que sabían, que los otros guerreros habían perecido en el campo de batalla.
Caminando presurosos, evadían cualquier obstáculo que no le permitiese llegar a su destino. Y uno de ellos, era aquella pequeña nación, que se había mantenido inmóvil, boquiabierta y con los ojos desorbitados observando, aquella escena tan desgarradora. Su cuerpo empezó a temblar y unas gotas cristalinas comenzaron a rodar por sus mejillas.
México no se explicaba lo que había pasado.
Recobró su aliento perdido y empezó a correr. La joven nación corría hacia al frente de toda las personas, intentado; controlar sus lágrimas que se desbordaban sin control. Pero no podía evitarlo, solo brotaban de sus ojos sin detenerse. México estaba acostumbrado a esa escena tan terrible, que ocurría después de una guerra florida. El había estado en esas guerras y luchado. Veía a sus hombres morir y regar la tierra madre con su sangre. Más nunca había llorado, como un guerrero; sabía que uno tiene que refrenar sus sentimientos, y solo mostrarlos cuando era el momento adecuado. Pero ahora, esas lágrimas parecían no tener fin.
Era la primera vez… que sentía tanto dolor, sufrimiento y pena en su ser. Tenía miedo.
Un miedo, que jamás había sentido en su vida.
Se abrió paso entre las personas, llegando así a una gran choza, donde se encontraban los guerreros heridos. Los curanderos, iban de un lado para el otro, llevándose consigo en sus manos; unos recipientes llenos de una pasta recientemente hecha con plantas medicinales, para que aliviara un poco el dolor de los guerreros. Otros, revisaban las extremidades de los hombres. Si observaban, por lo menos una fractura; inmediatamente les entablaban con fuerza o lo acomodaban hasta que llegare el que los entablaba.
Pero lo que más se denotaba, en la herida de los guerreros, era aquella herida; larga y profunda que a simple vista parecía solamente una rasgadura. Pero, engañaba su apariencia, ya que realmente provocaba era una profunda rasgadura en el interior del cuerpo, y con ello, dañando los órganos vitales.
Varios hombros murieron así.
—¿Qué clase de arma es esta…?— dijo con agobio un curandero, quien le estaba limpiando la sangre de la cara aun hombre —Nunca, había visto una como esta antes— tiró el trapo empapado de sangre al suelo y prosiguió con el cuerpo.
México guardo silencio.
El imperio sabía con que lo habían hecho, más se lo guardo en sus pensamientos.
"Con el filo de una espada…" repetía constantemente en su mente. Pero eso, aun no hacía comprender lo que había ocurrido. ¿Acaso sus guerreros por accidente se toparon con los españoles? ¿O los españoles se tomaron por accidente con los mexicas? Con desesperación, México empezó a buscar la respuesta entre los presentes y los heridos. Buscando en sus ojos profundos, tal vez; la respuesta que lo carcomía por dentro. Pero era en vano. Ya que aquellos ojos se movían rápido buscando instrumentos y medicinas para los hombres heridos. El temor del imperio empezó a crecer. Sentía un gran vacío en su ser. Ese miedo, intentó radicarlo por completo, pero persistía. Se encontraba aferrado a él y no tenía la mínima intención de irse. Una sombra, que en ella solo podía observarse su sonrisa perturbadora. Nuevamente, las lágrimas empezaron a brotar incisivamente.
—Fueron ellos…— sintió como una gruesa mano era colocada sobre su hombro, y hacía cierta presión sobre él —Lo siento mucho…— habló con pena Moctezuma.
México volteó a ver su señor. —¿De que esta hablando? — le miró con sus ojos llorosos —No entiendo de lo que se refiere— dio un trago de saliva. El Tlatoani se hincó a la altura del país y lo miró con cierto sentimiento culposo. —Mírate…— con sus pulgares empezó a quitar las lágrimas que estaban en los ojos castaños del imperio —Estas llorando… llorando, por tus hombres que han caído en guerra…— y después, sostuvo con sus grandes manos, el pequeño rostro del imperio. México se alejo de él.
—No me trates así— le frunció un poco el ceño. Moctezuma no dijo nada y permaneció en silencio.
—¿Qué es lo que ha ocurrido? — le habló con cierta fiereza —¿Por qué te has disculpado? — su actitud se mostraba alterada y confundida. En verdad no sabía nada de lo que ocurría.
—¿No se lo vas a decir…?— murmuró con dolor un guerrero, quien apenas podía hablar. Pero por alguna razón, la actitud del Tlatoani le había molestado. —¿A que te refieres guerrero? — arqueó una ceja el imperio. Este, le mostró una sonrisa. —El Tlatoani… nos envió atacar a los extraños…— dijo con dificultad. El corazón de México se estremeció —veinte mil guerreros… nos dirigimos a Cholula… para prepararle una emboscada…— tosió un poco, escupiendo con ello sangre —Después de lo de Tlaxcala… Tlatoani tuvo miedo de ellos, y nos envió allá, junto con los guerreros de Cholula… atacarlos…— dio un quejido —Pero… al parecer si son enviados de Quetzacóalt…— empezó a respirar un poco acelerado —Ya que al parecer… sabían de nuestra presencia y… la emboscada fue para nosotros…— y después de esto, guardo silencio. Y dejo llevarse por la profundidad… de un sueño sin retorno.
El cuerpo de México empezó a temblar.
—No hay nada más que decir Tenochtitlan— la voz dura y rígida de Moctezuma resonó en el recinto
—Lo que has escuchado es la verdad y no hay nada más que decir— cerró sus ojos, dio un largo suspiro y camino hacia el imperio. —No había alternativa alguna, teníamos que eliminarlos o si no…— trató de colocar su mano, sobre la cabeza del niño —¿¡O sí no que! — le dio un manotazo, alejando así, la mano de su señor. —¡Habías dicho que no los ibas a atacar! — gritó con enojo. Moctezuma lo había traicionado. —¡Aparte! — se mordió el labio inferior—¡Él estaba ahí! — le miró con odio —¿¡Acaso no habías dicho, que él no tenía nada que ver! — bufó. —¡No teníamos opción Tenochtitlan! — alzó más alto su voz, para apagar la de México —Además, ese hombre es también un traidor— le fulminó con la mirada. —¿De que estas hablando Moctezuma? — le arqueó una ceja —Has visto, como ese hombre se a formado con nuestras normas— hizo sus manos puños —¡Lo he educado como un joven recto y derecho! ¡Bajo nuestras leyes! ¡Bajo nuestras ordenes! —
—¡Seguramente a deber sido así! — se oyó al fondo un soldado, que se había levantado de golpe del suelo —¡Recuéstate de nuevo! — le obligó un curandero a volver a su estado de reposo —¡Ese hombre…!— jadeó con fuerza —¡Ese hombre mató a un compañero nuestro! — vociferó con odio.
—¡Cállate! — gritó con fiereza el imperio. Esas palabras no podían ser ciertas —¡Yo lo vi! — le reclamó jadeante —¡Vi como enterraba su arma en el cuello de él! ¡Vi como cayó al suelo sin vida! — intentaba con mucha fuerza poder gritar aquellas palabras, que le resultaban dolorosas —¡Qué te calles! — bufó con cólera —¡Tú no sabes como es realmente esa persona! — levantó su frente —Seguramente… ¡Tu vista te a de ver engañado y lo confundiste con otro! — trató de defender al país.
—Yo lo vi también…— habló con dolor la voz de un guerrero —Y yo…— levantó su brazo lesionado otro hombre —Y yo—, —Y yo— , —Y yo también…— esa frase empezó a pulular por toda la choza, como si maldijeran y reclamaran la vida de su compañero caído en batalla.
Los oídos de México, se negaban a escuchar.
—Tal palabra que he de haberte advertido— habló con voz grave y fuerte el Tlatoani —Al ser ese hombre, igual que los demás… si vuelve a pisar esta tierra, morirá inmediatamente— habló el señor. Y como una ovación, los guerreros sonrieron. —Mentira— una sonrisa distorsionada apareció en el rostro de México
—¡Ustedes no conocen a España! — unas gruesas y redondas lágrimas salieron de él —¡Ustedes no lo conocen! — gritó —¡Sus ojos solo quieren ver, lo que ustedes quieren ver! —
—¡No es así México! — exclamó el Tlatoani el nombre del imperio con rudeza. Era la primera vez que lo hacía.
—¡Tus ojos aun no son capaces de ver la maldad! — lo miró con seriedad —¡Aún no sabes reconocerla! —
—¡Pues la estoy viendo, justamente delante de mí! — le gritó en su cara, nunca antes lo había hecho. Moctezuma quedo anonado. Y sin esperar más, México salió corriendo de ahí. El Tlatoani mando inmediatamente a ir por él imperio. Ya que sabía muy bien, a donde se dirigiría.
Pero ya era un poco tarde. El niño se había ido muy lejos, demasiado lejos. Solo sus lamentos, se podían escuchar en el aire, pero aún así; no era capaz de revelar a donde se habían ido.
Ahora México, solo corría, quería alejarse de todo y llegar con esa persona.
Tenía mucho miedo, que se expresaba solamente en sus lamentos y en su llanto.
Lamentaba, lo que había hecho. El gritarle a su señor y haber puesto en duda su palabra.
Y lloraba por temor, de que aquellos que habían dicho eso, realmente era verdad
Ahora comprendía…
Por que tenía ese sentimiento y esas lágrimas habían empezado a brotar sin razón aparente.
No solo era por sus hombres, no, no era solo por eso.
Tenía miedo, miedo de lo que había pasado, y de que España estuviera involucrado en todo eso.
Sus manos estaban sangrando.
Llevaba más de varias horas ahí, hincado sobre la tierra. Su rostro no tenía ninguna expresión, solo se encontraba lleno de sudor y jadeaba, cada vez que tenía que enterrar su mano en la tierra. Con fuerza, escarbaba con sus manos desnudas, una fosa. Una fosa, que aún no estaba terminada. Enterraba la mano y jalaba la tierra hacia fuera. Enterraba la mano y una lágrima empezaba a brotar de sus ojos verdes sin vida.
Un último esfuerzo… y sacó el último tramo de tierra que debía terminar.
Estaba hecha… la tumba para el guerrero al cual había matado.
Se levantó del suelo, su ropa estaba enlodada, pero no le importo. Camino lentamente, mientras se dirigía a un gran árbol, donde, bajo su sombra; yacía el cuerpo del guerrero jaguar, quien parecía que dormía profundamente. Con una fuerza sobre humana, España lo cargó sobre su espalda (Contando de que el hombre era más fornido que él) y lo llevó a cuestas hacia la tumba que le había preparado. Al llegar, lo bajo de su espalda y lo acostó en el suelo. Y lentamente, empezó a empujarlo hacía la fosa. Al tenerlo en ese lugar, lo acomodo en una posición, como si estuviera durmiendo; con su cuerpo recto y sus manos reposando sobre su pecho. Había decidido no quitarle las ropas, y dejarlo así, como esta. Recordó que México le había mencionado, que cuando un guerrero de alto rango fallecía, sus restos eran cremados y colocados en el adoratorio de Huitzilopochtli. Pero, no estaba en Tenochtitlan, y no iba a ser capaz de llevarlo a su tierra. Así que optó por darle, una cristiana sepultura, a pesar de que no tenía nada que ver con ellos. Lentamente, poco a poco, con sus manos heridas y ensangrentadas, empezó a cubrir desde los pies con tierra. Llenaba nuevamente la tumba, pero ahora; con un cuerpo adentro. Y con ello, los ojos de España nuevamente empezaban a desbordar lágrimas.
No podía creer, lo que había sido capaz de hacer.
Se había dejado llevar, se había dejado caer en la tentación. El sabor de tener a México en sus manos, lo habían hecho pecar. Pecar y traicionar. Y ahora, pagará con mano dura su acción. Empujaba suavemente la tierra, procurando llenar cada hueco vacío, comprimiendo; para que no hubiera rastro alguno de que ahí; había un cuerpo. Rápidamente, el español cubrió por completo hasta el pecho del guerrero con tierra y se detuvo en su rostro. Unos borbotones de lágrimas empezaron a salir.
—Lo siento tanto…— su voz se hizo ahogada —Yo realmente… no quería…— y con cierto temor, llevo su mano temblorosa llena de tierra hacia el rostro del hombre dormido. Realmente se sentía como un patán.
—Espero, que me perdones…— y con ambas manos, despojo de su cabeza, el casco con la cabeza de jaguar que llevaba sobre él. Miró detenidamente al casco, y suavemente, lo dejo aún lado del guerrero. Le había quitado la opresión que llevaba sobre su cabeza, para que descansara en paz.
—Anej… (Adiós)— pronunció suavemente, mientras unas lágrimas caían en el rostro del hombre. Y retomo nuevamente el entierro, cubriendo ahora por completo, el rostro de ese valiente hombre. España, al terminar, se levantó del suelo y observó la tierra donde yacía el cuerpo. Miró a su alrededor. Y ahí, detrás de un arbusto, había unas flores con bastantes pétalos de color anaranjado y otras, de color amarillo; que expedían un suave, pero fuerte olor, que te hacía poner en cierto modo melancólico y sin ánimos.
España lo miró con asombro. Reconocía esa planta, esa planta solo se daba en épocas de los meses de noviembre. Corrió hacia ella y arranco con cierta desesperación, uno pequeño ramo de estas flores.
—Cempasúchil…— murmuró y volvió sobre la tumba, las colocó en medio de esta, y sonrió muy levemente.
—Por lo menos…— acarició suavemente los pétalos —Te he traído que te recuerde a tu nación…— se incorporó lentamente, hasta quedar de vuelta parado y se persigno.
Cerró sus ojos y suspiró. Era momento de irse. Así que empezó su caminar hasta su campamento. No sin antes, torcer un poco su rostro y echar un último vistazo a aquella tumba. Aquella tumba que llevaba su pecado y traición por todo el cuerpo del guerrero fallecido.
España apretó sus dientes, intentando controlar su llanto.
—Lo siento…— gimió lastimosamente y se marchó de ahí corriendo.
El país, llego a las orillas de la ciudad rápidamente. Su gente, se encontraba ya lista para partir hacía la ciudad capital, que tanto deseaban por fin llegar. España caminó sin ánimo alguno entre los soldados y los guerreros indígenas. Con la mirada ida y sin vida, con pasos débiles y forzosos, lentamente; llegó hacia la cabeza del todo el grupo. Donde se encontraba Cortes montado sobre su caballo, y al lado de este, se encontraba el corcel de España. Sonriente, el explorador dio unas palmadas al asiento del cabello de España.
—Venga, que no tenemos mucho tiempo— dijo con cierta felicidad el español. España, elevó su rostro, y miró el rostro de Cortes que reflejaba cierta impaciencia. —¿Por qué no puedes hacer todo esto con calma? — chasqueó sus dientes, y con una habilidad increíble se montó sobre su caballo. —Por que no quiero perder tiempo alguno— dijo vivazmente —Estamos tan cercas de la victoria— sonrió. España, intentó sonreír para complacerlo. Cortes lo miró con cierto recelo.
—¿Qué esperáis? — jalo del lado izquierdo la rienda de caballo, haciendo que este se girara, dándole la cara a la ciudad —Están esperando tus ordenes— le miró con seriedad al país. España asentó con su cabeza. Y haciendo lo mismo que Cortes, volteó a su caballo, quedando justamente al frente de toda la tropa.
El castaño miró a sus soldados que iban montados en caballos. Observo sus manos, estas llevaban una antorcha encendida, con la amenaza, de causar destrucción. Los españoles, solo sonreían y apretaban con fuerza la rienda del caballo, listos; esperando la orden de la nación. España, con resignación, llevó su mano derecha a la empuñadura de su espada, y la desenvaino lentamente. Los soldados, empezaron a relamerse la boca con cierto frenesí y sus caballos, empezaron a caracolear.
—¡Quemad la ciudad! — vociferó con mucha fuerza para que todos lo escucharan, mientras alzaba su espada plateada al cielo. Los soldados gritaron ovacionando al país y se dirigieron a la ciudad con las antorchas en alto. Presurosos, como alma que lleva el diablo, los españoles empezaron a incendiar los techos y casas de la ciudad de Cholula. Pisoteando, con los casquetes de los caballos; los cuerpos sin vida ya destrozados, que había dejado aquella matanza. Poco a poco, aquella ciudad se fue rodeando por unas tiniebla inmensas, y por las llamaradas que parecían provenir del infierno, y cuales demonios; las avivaban más y más para no dejar rastro alguno. Pronto, se escucharon los gritos y lamentos de varias personas. Eran aquellas, que habían permanecido con vida y se mantenían ocultas, hasta que los invasores se fueran. Pero, al parecer, aún tenían destinado el perecer ese terrible día.
España miró sin conmoción alguna aquella escena.
—¿No vamos? — dijo fríamente, haciendo a su corcel ponerse en marcha.
Cortes solo sonrió, y siguió al país que no mostraba reacción alguna. Ya no había vuelta atrás para España.
Acostado, con las piernas cruzadas y con sus brazos detrás de su cabeza. El país de la pasión, se encontraba el suelo descansando, después de haber andado varias horas en su caballo. Se había alejado lo suficiente, pero no lo bastante de su campamento, para no ser perturbado por sus hombres. Se encontraba oscureciendo, pero para el país, todavía el día era negro y oscuro como la noche. Ese día no tenía estrellas, ese día no tenía luna. Aún que cerrara los ojos e intentara olvidar. Aún permanecía el rostro de ese hombre, en su mente; como lo miraba como asombro al ver la espada del país, sobre su cuello. La misma espada, que ese caballero le había entregado.
España sacudió un poco su cabeza. Ya no podía hacer nada. Había hecho algo que ya no tenía vuelta de hoja, y tenía que enfrentarlo. Pero, ¿Cómo? Sus mismos pensamientos no daban respuesta alguna, y el miedo junto con el temor no lo dejaban en paz. Si pensaba, lo primero que venía a su mente, era aquel rostro de esa pequeña nación; que ahora confiaba en él. Levantó su brazo y observó la pulsera de jade que llevaba. Entre cerro los ojos. Se sintió impuro, sentía como esa pulsera lo estuviera quemando, quemándolo como un reproche por lo que había hecho. Dio un respingo. Se levantó, y se incorporó un poco para poder sentarse, y con odio, un odio hacía si mismo, se empezó a quitar la pulsera. Se detuvo.
Unas lágrimas gruesas empezaron de nuevo a surgir. Se sentía impotente. Tenía mucho miedo, no quería que México supiera esa parte sucia de él. No quería. Quería que todo lo que había pasado fuera una mentira. Que esa sangre, no hubiera sido derramada. Que hubiera tenido las agallas suficientes para rechazar la oferta de Cortes, y dejar aun con vida al guerrero, que yace ahora dormido en la tierra. Se sentía estremecido, quería que todo se acabara, que todo desapareciera, que nada hubiese ocurrido. Aplicó un poco más de fuerza en la pulsera, realmente quería quitársela.
Pero pensaba en México. En cierto modo, al recordar la joven sonrisa del país le hacía entrar en cierta calma. Soltó la pulsera. Con sus mangas de camisa, secó sus lágrimas e intento calmarse. Aún no había nada perdido, y ni siquiera; sabía que ocurriría después. Suavemente, un rayito de luz iluminó el día oscuro de España, esperando que realmente que todo, a pesar de lo sucedido, pudiera salir bien.
Con cierta ternura, besó la pulsera que le dio México y se volvió a recostar.
Esta vez, procuro escuchar lo que sus hombres hablaban, y no sus pensamientos.
—¡Pero que día! — escuchó hablar a un soldado —¡No pensé que realmente España lo haría! — dijo burlonamente. España pensó que después de todo no hubiera sido buena idea escucharlos. Pero aún que intentara ignorarlos, era inútil. Sus oídos se habían hecho demasiado susceptibles.
—¿Pero que decís hombre? — se añadió otra voz —Ese hombre ha matado a más de los debido durante siglos— chasqueó sus dedos —¿Eh? ¿Lo decís enserio? — dijo con asombro —Por favor— le reclamó
—¿Crees acaso que por ser un país, se la pasa sentado y de piernas cruzadas? — le arqueó una ceja. El soldado pensó. —Creo que tenéis razón— dijo apenado.
—Pero lo que aún no entiendo…— habló otra voz —Es ¿Por qué rayos España se volvió dócil? —
El país hizo un respingo al escuchar eso.
—Buena pregunta— dijo un soldado —España, no se hubiera tentando el corazón si le hubieran mandado matar ese hombre— divago sus ojos —Posiblemente este enamorado— rió uno
—¿Enamorado? ¡Por favor! — le reclamó un soldado —Seguramente se ha vuelto débil o a perdido la cabeza ya— hizo un ademán de locura. España clavó sus dedos en la tierra.
—Entonces, no sería bueno que el representara a nuestro país ya— suspiró uno indignado —Nosotros, no podemos ser representados por alguien tan débil y delicado, como una señorita como él— y como si fueran hienas, los tres soldados empezaron a reírse como hienas.
El país soltó un bufido lo suficientemente alto, para que lo escucharan aquellos sujetos.
Los tres guardaron silencio. No se habían dado cuenta que el país había escuchado por completo su conversación. —Pero bueno— tosió uno —Cambiando de tema, ¿Habéis visto aquellas montañas? — dijo nerviosamente, mientras señalaba hacia el fondo del paisaje. —¿A que se ven muy hermosas? — sonrió
—Cuando tengamos esta tierra bajo nuestro dominios— inquirió un soldado —Hay que ponerles un nombre— bromeó —Si claro, seguramente Cortes le ha de poner un nombre en su honor— suspiró uno con fastidio.
—Pues hay que esperar, tal vez y tengamos la suerte de ponerles nombres. Por que enserio, están muy hermosas— rió.
—Estúpidos— habló España con fuerza —Esos nos son montañas, son volcanes— cerró sus ojos y suspiro con frustración. Los soldados se quedaron perplejos al escuchar la voz del país molesto. —Y ya tienen nombre. Se llaman Iztaccihualt y Popocatepelt…— pero esto último, solo lo dijo en un murmullo, para sí mismo.
El sonar de una rama crujir hizo llamar la atención de la nación.
—¿Escucharon eso?— se levantó España del suelo —¿Escuchar que? — arqueó una ceja un soldado
—España, déjate de alucinaciones por el día de hoy— suspiro uno. —Creo que ya has tenido suficiente—
El país volteó a ver a los soldados y le dio una mirada fulminante. Calló de inmediato.
—Iré a ver que fue eso— tomó su espada del suelo y la desenvaino. —¡No se te vaya a ocurrir escaparte de nuevo! — le gritó uno. Más España no le contesto.
Con paso sigiloso, y con su espada en alto, España se adentro a la selva oscura nuevamente. Miraba con precaución cada rincón de esa selva que podría ser traicionera. Sus pies no hacían ningún sonido y ni mucho menos su respiración. Se movía silenciosamente, como el guerrero jaguar y veía en la oscuridad, como el guerrero águila. Pero, por más que ponía atención no podía captar nada. No veía movimiento, ni mucho menos sonido. Todo estaba en silencio. ¿Acaso realmente estaba alucinando? Empezó a dudar de sí mismo. Podría ser cierto. Todas las cosas que habían pasado ese día, lo continuaban torturando. Más su instinto le decía que permaneciera ahí, que siguiera caminando.
De repente, capto el sonido de unas hierbas siendo pisadas.
Volteó instintivamente al lugar donde las oyó crujir. —Sea quien sea— murmuró seguro, empuñando su espada con fuerza —Sal de ahí inmediatamente— camino con silencio hacia un arbusto de gran tamaño. No hubo respuesta alguna. España, sin dudarlo dos veces, levantó su espada como si fuera apunto de apuñalar algo hacia el arbusto. E inmediatamente, tiró un golpe certero en medio del arbusto. Espero el sonido de un quejido por parte de un animal o de una persona, pero no escucho nada.
España se rasco la cabeza —Dios…— envaino su espada — Tal vez si estoy alusinando…—
—Pues yo creo que sí— se escucho una suave voz. España tomó de nuevo su espada y volteó hacia atrás con el arma en alto. —Oye, oye— volvió hablar esa voz —¿Acaso me lastimarías? — rió.
España con desesperación empezó a mirar a sus alrededores. —¿Dónde estas? — preguntó con cierto temor. Entonces, sintió como sus ropas eran jaladas por atrás. —Detrás de ti— sonrió el niño.
Para la sorpresa de España, era México quien se encontraba justamente a sus espaldas.
—Realmente no aprendiste nada ¿Cierto? — suspiro indignado la pequeña nación —Y yo que pensé que realmente ibas a saber donde iba a estar…— sonrió y miró al español sin preocupación. Pero España no contestó nada. Solo se mantenía quieto, observándolo, como si la vida se le fuera en ello.
—¿Qué ocurre? — le miró con preocupación el mexica —¿Esp…—
Pero no pudo terminar ya que el español, lo había tomado con fuerza entre sus brazos.
—México…— estrujo al pequeño niño con fuerza, como si no lo quisiera dejar ir —¿España? — murmuró sorprendido —¿Qué es lo que pasa? — intentó mirarlo a la cara, pero le era imposible, ya que el rostro de España se encontraba enterrado en su cuello. —México…— volvió a murmurar su voz con cierta tristeza. Esto hizo preocupar al imperio. —España ¿Dime que ocurre…? — le intentó abrazar. Pero algo calido y mojado sintió correr por su espalda. Los ojos de México se abrieron de par en par. —¿España, estas llorando? — se intentó alejar de este, pero el castaño no se lo permitió. Era lo menos que quería hacer.
—Estoy bien…— por fin se oyó la voz de España —Solo me siento un poco melancólico…— se alejo de la nación y dejo ver una clara sonrisa en su rostro. —¿Y por que estas llorando? — dijo un tanto afligido el imperio, mientras le limpiaba con sus pequeñas manos las lágrimas —Por que te extrañe— rió calidamente. Las mejillas de México se sonrojaron. —No seas un tonto, llorar por cosas como esas…— divagó sus ojos.
España rió y se secó sus lágrimas.
—Disculpa— se levantó del suelo —Realmente soy una persona complicada— tomó la espada del suelo y la envaino de nuevo. México permanecía en silencio observándolo. —¿Qué pasa? — le miró con curiosidad
—¿Acaso tengo algo en la cara? — llevó sus manos al rostro y empezó a sobárselo. El imperio rió un poco.
—En verdad que eres raro— cerró sus ojos y suspiro —¿Y lo dice un niño que le gusta sacrificar gente y comer su carne? — le arqueó una ceja burlonamente. México hizo un puchero —¡Respeta mis creencias! — le reclamo mientras le daba la espalda. España comenzó a reírse, pero; un pensamiento repentino hizo que se dejara de burlas y pensara con seriedad.
Se había distraído tanto, que no se había dado cuenta que tenía delante de él al pequeño imperio. Y tampoco se había dado cuenta, de que posiblemente… México supiera lo ocurrido.
—México— habló el español bajamente —Dime— le contestó de golpe sin dejar de darle la espalda. España hizo puño sus manos, mientras daba un trago de saliva. Estaba nervioso. —¿Qué… haces aquí…? — le preguntó en un hilo de voz. Vio como el pequeño cuerpo de la nación daba un respingo.
—He venido a verte— le contestó aún sin voltearse —¿Hay algún problema con eso? — cruzó sus brazos. España se dio un pequeño mordisco a sus labios. —No— susurró —No has venido por eso…— sacudió su cabeza —Tu señor, aún te tiene prohibido salir de la ciudad— dio unos cuantos pasos para estar más cercas del país. México torció un poco su rostro. Se notaba en cierto modo tensó.
—He venido a verte— murmuró seriamente —¡No es así! — exclamó España con cierta desesperación. El mexica volteó; la reacción por parte del español lo había sorprendido. La nación se dio cuenta de ello.
—Disculpa…— llevó su mano a su frente e hizo su copete para atrás —Por favor…— se hincó ante el imperio —Dime ¿Por qué has venido? — le miró con cierto miedo. México divago su vista. —No me evadas— tomó la mano morena del niño entre sus manos caucásicas. —Por favor— suplico bajamente.
Pero México, aún permanecía en silencio.
El niño dio un leve suspiro y pasó un trago de saliva. Realmente, en ese momento, estaba apunto de poner en duda la confianza que le tenía a España. Pero no era eso, realmente tenía miedo de hablar y preguntar; lo que tanto le atormentaba. Y que, si fuese verdad; todo aquello que había forjado se fuera a la basura. Con esfuerzo, dirigió sus ojos castaños hacia los ojos verdosos del país.
—Tus hombres han derramado sangre de nuestros aliados— habló con aquella firmeza, donde nunca se denotaba emoción alguna —Y me han dicho, que has matado a uno de mis hombres— lo miró con ojos entrecerrados. España, solo sonreía, intentando aguantar cualquier sentimiento que le hiciera revelar la verdad. Aún que por dentro, aquella pregunta lo carcomiera, y estuviera desgarrando y torturando su alma.
—Quieres saber si lo hice ¿Cierto? — alzó sus cejas, sin dejar de soltar las manos del imperio. Este solo asentó con su cabeza. España soltó un suspiro. —No— dijo con una serenidad y paz, que asombró a México —No lo he hecho— cerró sus ojos y sonrió —No podría acabar con la vida de mis hermanos, yo no podría; acabar con la vida de otra persona— colocó su mano en el rostro de México y le acarició. México colocó su mano sobre la del español que reposaba sobre su rostro.
—Lo sabía— sonrió y cerró sus ojos —Sabía que te había enseñado bien, el amor hacia tus hermanos los hombres— acarició suavemente la mano del español y la alejo de su rostro. España solo le sonrió con tranquilidad. —Varios guerreros, habían dicho que habías matado a un guerrero jaguar— suspiró —Que habías acabado con él y habías derramado su sangre— le miró con cierta preocupación.
—Son mentiras México— le susurró —Seguramente, aún tu señor me ha de odiar por estar junto a ti— le sacudió el cabello y se levantó del suelo —Posiblemente— dijo en voz baja el país.
—Lo que aún no entiendo España— volvió a hablar con seriedad —¿Por qué tus hombres atacaron a los de Cholula? — le arqueó una ceja. España se levantó sus hombros. —No lo sé— sacudió su cabeza —Tal vez, Moctezuma decidió mandarnos a matar, tal vez no quiere que nos acerquemos a Tenochtitlan, y mis hombres no tuvieron otra opción más que defenderse— le miró con seguridad. México agacho su mirar. España había dicho algo, que era rotundamente cierto. De hecho, había mencionado las palabras que su señor había mencionado.
Pero había algo… Algo que no concordaba…
—¿Cómo sabes que Moctezuma los mando atacar? — cruzó sus brazos, España abrió sus ojos con asombros. No había pensando bien lo que había dicho. —Pudieron simplemente los guerreros haber llegado por visita hacia Cholula— entre cerro sus ojos —Y tal vez, solo tal vez, tus soldados se toparon con ellos y ocurrió lo sucedido— calló inmediatamente y espero por la respuesta de España.
Este, miraba con asombro al imperio.
Muy a pesar, de que México había dicho que confiaba en él, aún tenía esa parte de él que siempre dudaba, de que procuraba ser cuidadoso y no aventarse al vacío antes que nada. España sonrió.
—Intuición— señaló brillantemente —Si lo piensas bien, a tu señor no le caemos demasiado bien— rascó su cabeza. México no contesto. —Entonces ¿Me puedes decir por que estas con tus hombres? — le atacó nuevamente con otra pregunta. —Que yo recuerde, eras marcado como un traidor— dijo muy seguro. España nuevamente, evadió esa pregunta con una respuesta distorsionada.
—He hablado con ellos, y pedí "perdón" por ese acto— suspiro —Pero ni loco creerán que seré como ellos— sacó la lengua y rió. México torció sus ojos.
—No tienes ningún remedio España— soltó un suspiro tedioso —Pero si ya sabes como soy México— sonrió de oreja a oreja. —Bueno— dijo sonriente mientras se encaminaba hacía un gran árbol —Sinceramente, me siento cansado y mi entrepierna me duele mucho por andar a caballo— se sentó con cierta dificultad en el suelo. México sonrió y sacudió su cabeza. —¿Y quien te manda a andar a caballo? — le arqueó una ceja. —La pereza a caminar— le contestó graciosamente y se recargó en el tronco. —México— le habló el país quien tenía los brazos extendidos. México le miró extrañado —¿Qué con eso? — le preguntó, más el español no le contesto y se mantuvo con los brazos estirados sonriente.
México entendió lo que quería decir ese ademán.
—¡Te he dicho mil veces que no me trates como un niño! — gritó avergonzado —O vamos— dijo quejumbroso —Ven aquí— movió una de sus manos —Eso te hace ver más infantil— alzó sus cejas. México hizo berrinche, España tenía razón. Sonrojado, se dirigió hacía el español y se sentó en medio de las piernas abiertas de España. —Ves— rodeó al imperio con sus brazos —No fue tan malo— recargó su mentón sobre la cabeza del niño. México no respondió.
—México— le susurró suavemente —¿Qué? — le respondió un poco de mala manera. España hizo que el niño se hiciera para atrás, que se recargara en su pecho —¿Qué es lo que vas hacer? — dijo con seriedad, mientras llevaba su vista al cielo nocturno —Te has vuelto a meter en grandes problemas, por haberte salido de Tenochtitlan— dijo un tanto preocupado. México miró hacía la luna.
—No lo sé— dobló sus piernas —Seguramente me castigaran de nuevo— dijo resignado. España dio un bufido —En verdad que eres un niño problemático— le dio un coscorrón —¡Oye! — reclamó —Disculpa, pero en verdad es una imprudencia por tu parte haber hecho eso— frunció su ceño, como tal padre que regaña a su hijo. El moreno solo volteó hacia delante. —Lo que digas— volvió a recargarse sobre el pecho de España.
Ninguno de los dos dijo una palabra. Solo permanecieron en silencio viendo hacia el cielo de la noche. México, con ojos enternecidos contemplaba a la luna que lo embelesaba totalmente.
—Oye— susurró México —Dime— contestó con suavidad España con los ojos cerrados.
—¿Te he contado la leyenda del conejo que esta en la luna? — pregunto con curiosidad —Más de mil veces México— sonrió —Más de mil veces— le dio un beso sobre su cabello —Pero no creo que me venga nada mal, que me la contaras de nuevo— lo abrazó con fuerza.
México sonrió y comenzó a relatar la historia con dulzura.
España, abrazaba con fuerza al imperio que estaba dormido entre sus brazos. Poco después de haber terminado de contarle la historia del conejo de la luna, cayó rendido ante el sueño que lo dominaba lentamente.
Más el español no podía dormir. Había decidido mantenerse en vela, cuidando el sueño del niño. Pero realmente no era por eso. Nuevamente, se volvió a sentir como un patán y un estúpido y por culpa de ello, no podía conciliar el sueño. En su boca empezaba salir más y más palabras contaminadas. Tanto, que estaba a punto de tragarse él mismo lo que le había dicho a México. Una lágrima corrió por su mejilla.
No sabía cuanto tiempo iba a durar aquello, no sabía cuando saldría la verdad a flote.
Dirigió su mirada a aquel astro nocturno, que los iluminaba. Y con lágrimas en los ojos, pidió a su Dios que protegiera a México…
Del demonio; que era él mismo.
—¡España! ¡España! — unas voces comenzaron a gritar el nombre del país. Unos cuantos soldados, empezaron a moverse con rapidez por la selva, buscando; al país que estaba perdido. —¡España! ¿A dónde te habéis metido? — gritó un soldado molesto —¡Si que nos mete en problemas por su culpa! — chasqueó sus dientes —¡Mirad! — gritó un hombre que estaba bastante alejado del grupo de búsqueda —¡Ahí debajo de ese árbol! — señaló el más grande y grueso árbol que había.
Y ahí, durmiendo recostado sobre el piso pacíficamente, se encontraba España. Pero junto con él, no se encontraba México. —¡Oye tú! — se acercó apresurado hacía el país y le propino una patada en la espinilla
—¡Levántate! — exclamó molesto —¡Cortes te esta buscando desesperadamente! —
España dejo escapar una aullido de dolor que le había provocado en la espinilla. —¡Ya lo oí! ¡Ya lo oí! — se levantó del suelo —¿Qué acaso ese sujeto no puede estar en paz un día de estos? — se sacudió su ropa
—No cuando esta aquí el emperador del reino Mexica— dijo con seriedad el soldado.
España abrió los ojos con asombro ¿Moctezuma? ¿Con los españoles? No lo podía creer.
Sin esperar más corrió junto con los soldados que ya se habían echado a correr rápidamente. Pero el ruido de las hojas quebrarse llamó de nuevo su atención. Volteó rápidamente. Era México. Quien se había bajado de las ramas de ese grande árbol. Se había escondido de los soldados. España miró, como los ojos castaños claros de México se clavaban en los suyos, mientras su rostro mostraba seriedad profunda. Luego, inmediatamente; se hecho a correr en dirección contraria a los españoles.
España supuso entonces que se dirigía a Tenochtitlan.
Dio un suspiro, y se hecho a correr junto con los españoles.
Rápidamente, España llegó al campamento donde yacían todos los españoles, juntos a los Totonacas y los Tlaxcaltecas que se le habían unido con el fin de derribar el imperio Mexica. Y en medio, de todo ese tumulto, observó que Cortes se encontraba delante de un señor, viejo, con ropas ropa llamativa como es la del emperador y un gran penacho, hablando por medio de Malinche. Cortes vio la presencia de España y sonrió.
—¡Acércate! — movió su mano —Te tengo que presentar al emperador de la capital Mexica— dijo sonriente. España se sintió repugnado. El explorador estaba usando su "amabilidad" y "cordialidad" para hacer caer al emperador ante su trampa. Pero sonrió, ya que recordó que Moctezuma era un tronco duro de roer. España con calma se acercó al emperador. Pensó que seguramente, le iba a reconocer y esperaba que eso, no le llevaría problemas (Recordemos que Moctezuma observaba como él iba y venia de su ciudad)
Pero cual iba ser su sorpresa, que al hacer acto de presencia ante el emperador se llevaría un gran asombro.
La persona que estaba ahí; no era Moctezuma. Era otra persona que fingía ser él.
El "emperador" al ver a España, sus ojos se abrió de par en par. Su engaño estaba apunto de ser descubierto, si España se atreviese a decir que él no era el Tlatoani. Más el país, permaneció en silencio; anonadado de lo que sus ojos observaban. —¿Qué ocurre? — miró al país con extrañes —Parece que has visto un fantasma— hablo seriamente el español. —No nada…— una gota de sudor corrió por su rostro —Es solo que nunca esperaba ver tan de repente al emperador— Cortes sonrió. —Vamos Malinche, traduce eso para el señor, seguramente se llevará una alegría al saber que este joven se encuentra ante un emperador—
La joven asintió y empezó hablar en náhuatl hacia el "emperador".
Este soltó un suspiro de alivio y le sonrió. Se notó en los ojos de este, como le agradecía a España que no le haya descubierto. Y le dijo unas palabras a Malinche y sonrió. —Dice que de igual manera esta sorprendido de ver gente que no es igual que él— tradujo la muchacha. —De igual manera— dijo con gentileza el explorador, y de esa manera empezaron a entablar una conversación el explorador y el falso emperador.
España inmediatamente se puso a pensar.
¿Por qué habían mandado a un "emperador" a ver a Cortes? Era algo muy precipitado viniendo por parte de los Mexicas. Acaso… ¿Por eso México había ido a buscarlo en la noche? Sacudió su cabeza.
No, no puede ser eso. Debería de haber otra razón por la cuál habían mandado un emperador falso. De repente, su mirada captó algo, que tal vez; ninguno de los presentes había notado. En la espesura de los árboles y los arbustos, había varios guerreros águilas, mirando fijamente hacia ellos. España empezó a sentir un escalofrío.
Entonces, sus oídos captaron algo más.
Detrás de él, había varios Tlaxcaltecas hablando entre ellos, con cierto tono de enojo. Uno de ellos, se acercó a Malinche y le murmuró algo en su oído. Malinche abrió sus ojos de par en par.
—Señor Cortes— tocó el brazo del explorador —Me han dicho algo importante los Tlaxcaltecas— dijo un tanto nerviosa. El campo inmediatamente se puso tenso, y con ello, España pensó lo peor. Cortes torció sus ojos. —¿Ahora que Malinche? — dijo molesto. Malinche miró a los ojos al emperador y luego a Cortes.
—Él no es el emperador de Tenochtitlan…— dijo en un hilo de voz —Es un farsante—
Los ojos de Cortes se quedaron en blanco. Le habían engañado. —Ellos me comentaron, que el no era Moctezuma, el gran Tlatoani de los Mexicas, es un impostor y que seguramente trata de engañarnos y llevarnos a otra parte— guardó silencio.
La ira de Cortes empezó hacer presencia en sus ojos, atemorizando, aquel que lo viera directamente. Trato de controlarse. —¿Habéis visto España? — le habló al país mientras se sobaba las sienes —Están tratando de engañarnos, en verdad son buenos— sonrió.
—Malinche, dile de que por favor no traté de mentirnos. Dile que sabemos que él no es Moctezuma— dicho esto, la traductora indígena se lo dijo en el dialecto del hombre. El mexica quedo inerte. —También dile, que queremos encontrarnos con su señor y que vaya y le haga aviso de que llegaremos a la capital muy pronto—
Nuevamente Malinche tradujo eso. España, escuchó el ruido de las ramas y los arbustos moverse. Los guerreros águilas habían partido hacia la ciudad con el mensaje que acababan de escuchar.
—México…— susurró en voz baja y con preocupación
El imperio fue tirado al piso con fuerza, golpeando su rostro contra la piedra fría. Con dificultad se levantó del suelo, jadeante, ya que no era la primera vez que lo tiraban al suelo bruscamente, lastimándolo.
—¿¡Por que lo has vuelto hacer! — el niño fue elevado de un brazo sostenido por una grande mano morena —¿¡Por que lo has vuelto hacer Tenochtitlan! —
Era Moctezuma, quien su calma había sido quebrantada por la desobediencia del imperio. México apretó sus dientes. Ser sostenido de un brazo lo estaba lastimando.
—¡Ya se lo he dicho! — jadeo intentando liberarse —¡No creo nada en lo que usted me ha dicho! — le exclamó dolorosamente. El Tlatoani le miró con cólera —¿¡Y desde cuando dudas de las palabras de tu señor! — lo soltó bruscamente dejándolo caer al suelo —Desde que empecé a conocer el corazón de ese joven— susurró mientras se levantaba del suelo —He ido a preguntarle… si cometió ese acto…— sacudió su cuerpo que se encontraba lleno de tierra —Y me ha respondido con palabras, que solamente un guerrero diría…— miró fijamente al Tlatoani.
Moctezuma cerró sus ojos fuertemente. No podía creer que Tenochtitlan había caído ante las garras del enemigo. —¡Tenochtitlan abre los ojos! — tomó asiento en su trono —Estas siendo engañado por esas personas— sus ojos negros le miraban con reproche
—Y yo creo que estas siendo engañado por tus miedos— le dijo crudamente la verdad al Tlatoani —¿Por qué no fuiste capaz de atacarlos cuando llegaron? — entre cerro sus ojos —Pudiste hacerlo, pero tu temor a pensar que son enviados de Quetzalcóalt, hizo que avanzaron lo suficiente y ahora…— su voz se hizo fuerte y profunda.
Moctezuma clavó sus manos sobre sus rodillas, mientras bufaba bajamente.
México le había dado, en medio del clavo donde el Tlatoani era débil.
—He escuchado suficiente de ti Tenochtitlan— elevó su mentón —Si tuve compasión de ti, la primera vez que me desobedeciste, ahora no la tendré— sus ojos negros se clavaron fríamente en el niño. México sintió cierto temor. —Tus actos desacordes a la de un mexica— levantó su brazo, y dos soldados jaguares se colocaron detrás de él —Tu insolencia y tu falta hacia mí, yo, quien soy el Tlatoani de Tenochtitlan, tendrán su pago— dijo con voz severa. México agacho su mirar. —Sí, sí…— murmuró —Mejor atenme de una vez y terminen con esto— chasqueó sus dientes, sabiendo; lo que su Tlatoani le iba hacer —No cantes victoria Tenochtitlan— dio una leve sonrisa.
— Todo se hará doblemente— murmuró.
México quedo estupefacto. ¿El castigo… hecho doble…? Si con sumo esfuerzo podía soportarlo, ahora ¿Hecho doble? Seguramente terminaría con el cuerpo hecho añicos. Pero recordó a España. México estaba dispuesto a defender la palabra del español, confiaba en él, y si había dicho que no lo había hecho; creería en él. Suspiro resignado.
—Está bien— llevó sus manos hacia atrás para que fueran atadas —Lo soportaré valientemente— miró con seguridad y sin temor hacia su señor. Moctezuma sintió admiración por su valentía.
Pero el sonar de unos pasos precipitados, invadió la residencia del Tlatoani, deteniendo el amarre de México. Eran los soldados águilas, que hace unos momentos estaban pendientes de lo que ocurría con el emperador falso.
—¡Mi señor! — se hincó uno —¡Nos han descubierto! — vociferó jadeante. Moctezuma, se levantó de su asiento —¿Qué dijiste? — su ser empezó a estremecerse —¡Han descubierto al impostor que enviamos! — añadió otro —No sabemos como…— agacho su mirar —Pero el líder descubrió que no era usted y desea encontrarse con usted. Y que muy pronto llegarían a la capital— guardó silencio.
Los ojos del Tlatoani mostraron temor. ¿Cómo fue posible que descubrieran que no era él?
Como si fuera algo que había olvidado hace mucho tiempo, volvió el recuerdo de que ellos eran los enviados de Quetzalcóalt. Su superstición comenzó a invadirlo. ¿Y si después de todo no era mentira? Estaría haciendo una gran ofensa a su Dios. Por que, para descubrir que no era él, realmente tenía que tener el instinto de un Dios. México vio, como lentamente veía caer su señor ante su miedo.
—Tlatoani— habló un guerrero águila —Lo que tardamos en llegar a Tenochtitlan, es un período muy corto…— hizo una pausa —Posiblemente, ellos llegaran a más tardar mañana, en la tarde— y miró con preocupación a Moctezuma. —¿Qué es lo que ordena mi señor? — habló un guerrero jaguar.
Más Moctezuma no respondió, se encontraba anonadado y con miedo. No sabía que hacer. Pudo comprobar que realmente eran demasiado fuertes, tan solo tenía que recordar la matanza que hicieron en Cholula. Debía impedir a toda costa, que su pueblo sufra lo mismo. Y eso significaba…
—Vayan, y díganles que serán recibidos con los brazos abiertos…— en su voz se oía cierta distorsión
—Que yo personalmente, el emperador de Tenochtitlan, los recibiré y no un farsante— y al decir esto se dirigió a su trono, cayendo de golpe sobre este.
Todos los presentes quedaron boquiabiertos, no podían creer lo que sus oídos acababan de escuchar.
Más no podían dudar de la palabra del gran Tlatoani, ya que se supone que el tiene la sabiduría y el saber sobre las cosas correctas e incorrectas.
—Como usted deseé— diciendo esto, los guerreros águilas partieron de vuelta con los españoles.
México los vio partir, luego, miró a su señor; que se encontraba con una mano cubriendo su rostro. En verdad se encontraba atemorizado, pensando; si fue buena idea o no él traerlos.
—¿Qué hay de mí? — arqueó la ceja el niño. El Tlatoani lo miró con agobio através de sus dedos.
—Recibirás tu castigo después de que ellos lleguen a la ciudad— habló amargamente —No quiero que vean tu cuerpo dañado, así que por favor, sal de aquí y ya no te metas en problemas— soltó un suspiro.
México fue quien realmente soltó un suspiro. Se había salvado del castigo que iba a recibir.
Se dirigió a la salida del recinto, pero antes de marcharse por completo, miró a su Tlatoani. Se encontraba abatido y temeroso. México siempre supo desde un principio, que él no deseaba de ser el Tlatoani y de que, en cierta manera; era una persona muy temerosa y supersticiosa. Pero él no era nadie para juzgar a las personas en su modo de ser.
Solo deseó de corazón, que todo saliera bien en lo que había decidido.
Y corriendo, se marcho de ahí dejando solo al gran señor mexica.
Los rostros de los españoles se encontraban anonadados. Sus expresiones manifestaban asombro, maravilla y encantando, como si se encontraran en el paraíso. Excepto España, quien ya había visto demasiadas veces aquella ciudad, pero eso no significaba que no se maravillaba aún. Ante unos cuantos pasos, guiados por unos guerreros águilas, la caballería de Cortes estaba apunto de pisar mexica. El conquistador español se encontraba maravillado, realmente era preciosa la capital, que parecía que flotara sobre el gran lago de Texcoco, y que si tuviera una palabra para expresar esa belleza, lo diría como:
"Un sueño"
Pisaron la calzada principal, y se encontraban ya dentro de aquella ciudad. Y por primera vez, España pisaba esa tierra no como el esclavo que había traído México para enseñarle su cultura, no; había entrado como aquel extraño invasor que era. La corte principal de Cortes estaba conformada solamente por él, España y Malinche. Y detrás de ellos unos 300 soldados españoles y más de 3,000 guerreros Tlaxcaltecas que vigilaban sus espaldas. Cortes les ordeno (por primera vez) a sus hombres que se asearan por lo menos sus cara y sus manos, para que se vieran un poco con decencia y no dejaran mala impresión. Pero, solamente él, fue quien decidió colocarse un traje de gala de guerra para demostrarse como el gran líder que era. España torció sus ojos con tan solo recordar eso, ya que le había hecho usar su ropa habitual.
Al acercarse más a la ciudad, a la entrada; observaron como miles de mexicas, hombre, mujeres y niños los ovacionaban ante su llegada, ya que ellos, confiando en su señor Moctezuma; creían que eran enviados por su Dios, aunque muy dentro de ellos; odiaban la entrada de esos extraños a su ciudad. El egocentrismo de Cortes aumento. Y ahí, delante de él, se encontraba el gran señor de los mexicas, sentado en un trono, rodeado de varios soldados águilas y jaguares, con una mirada rígida y segura. Y ataviado con un gran penacho de preciosas plumas de varios colores, un gran pechero hecho de joyas preciosas y una capa bordada con los colores del arco iris. Haciéndolo demostrar que el era el gran señor de Tenochtitlan y nadie podía negarlo.
España miró aún lado de Tlatoani. Aun lado de él, se encontraba el joven imperio, de igual manera ataviado como Moctezuma, solo que él usaba un penacho de menor tamaño y sus muñecas y tobillos, llevaban varias pulseras de oro y jade. Detuvieron su paso. Cortes y Moctezuma se miraron mutuamente a los ojos.
El gran Tlatoani se levanto de su asiento, y dio unos pasos hacia el español. Era la primera vez que veía un español cara a cara. Era la primera vez que Cortes miraba al gran emperador, realmente era como le habían dicho. Una persona de carácter valiente y seguro de sí mismo.
Moctezuma dijo unas palabras animosas y extendió su mano. Cortes miro a Malinche. Esta le dijo que les daba la gran bienvenida a Tenochtitlan y que era el gran Tlatoani Moctezuma Xocoyotzin. El español sonrió, se hinco ante él y le pidió a Malinche que le digiera que el era, Hernán Cortes, un explorador proveniente de una tierra lejana. Se levantó y estrecho con bastante fuerza la mano del emperador. Este le dirigió una sonrisa y volvió a su trono. Habló y le ordenó a que les entregaran los presentes a sus invitados. Varias mujeres, hermosas y jóvenes, llevaban en sus manos un sin fin de regalos, oro, jade, plata, que hicieron relamerse la boca a los españoles, viendo tan gloriosa aquella recompensa que obtendrían si se apoderan de ese lugar y de la belleza de esas mujeres, que hacían a esos hombres unos depravados.
Pero el más significativo, fue aquel, que llevaba en sus manos México.
Con cierta seriedad, el imperio le entregó a Cortes el tocado del Dios Quetzalcóalt, que lo hacía marcar un importante visitante. Un gran penacho de color verde, con hermosas plumas de Quetzales juntos con otras plumas de otras aves, y unas piezas de oro que adornaban llamativamente el penacho. Y aparte, le entrego 3 discos metálicos, que representaban al Sol, la luna y a Venus. El primero hecho de oro que media más de 2 metros de diámetro.
A Cortes no le importaba su significado en absoluto, solo se abstenía a no poner su cara de avaricia al ver tanta riqueza y arruinara todo.
Después de recibir semejantes regalos, miró al niño. Sonrió de oreja a oreja y le extendió una mano. México se rehusó a estrechársela, más sin embargo Cortes insistía. España, al ver ese acto, impulsivamente se colocó al frente de México, dándole la cara a Cortes, mirándolo fríamente. El conquistador arqueó una ceja y soltó una risa desvergonzada. Había comprendido que ese niño, era la nación que tanto buscaba España y lo estaba protegiendo. Cortes decidió ignorarlo y volvió con el Moctezuma. El gran Tlatoani volvió a hablar, y nuevamente Malinche le tradujo a Cortes lo que había dicho.
Le comentó, que el gran Tlatoani quería que se hospedaran en Axayacált, que fuera el palacio donde habitaba antes su padre, y que se pusieran cómodos, ya que les tenía preparado también un gran banquete. Cortes asintió con su cabeza al emperador. Y comentó gusto que aceptaría. España le dio una mirada fría a Cortes. Dándole a entender, que no se le ocurriera hacer algo que rompiera la promesa que había sellado, con la sangre de aquel guerrero jaguar que había derramado. Cortes le dirigió una mirada de pocos amigos y le sonrió. —Un caballero, siempre cumple su palabra— murmuró antes de que se fuera bajo la guía del gran Tlatoani a la interior de la gran ciudad.
España miró a México, y México miró a España.
La mirada del pequeño imperio se mostraba algo temerosa e inestable, mientras miraba las espaldas de su señor que partía junto con Cortes hacía el palacio de Axayacált. España sonrió. Seguramente debe de ser por que tiene miedo a lo que ocurrirá. Pero no, no era eso.
Justo después de que Moctezuma se perdiera de vista, dos guerreros jaguares tomaron bruscamente al niño y lo ataron de pies y de manos. Dejándolo, inhábil de poder defenderse.
—¿México? — murmuró sorprendido al ver ese acto. Pero el imperio le sonreía mientras era llevado lejos por los dos hombres —¡México! — sintió cierto temor al ver como se lo llevaban lejos de él. Pero México, solo se limito a sonreírle con ojos melancólicos.
—Ve a mi casa— dijo sin ánimos —Te veré ahí más tarde—
Y dejo solo al español, con la confusión y la preocupación meciéndose en su boca.
Sentado sobre un petate, España se encontraba delante del fogón avivándolo. Sus ojos miraban aquellas cenizas que se levantaban cada vez que soplaba al fuego. Se había topado con una olla llena de pozole, y decidió ponerla a calentar ya que tenía hambre. Aparte, también pensó en el joven imperio, que seguramente, cuando volviera; tendría hambre.
España hizo una mueca. Se sentía preocupado, ¿Por qué tomaron al niño como si fuera un rehén? Y más, justo cuando después, le entrego esos regalos a Cortes. Algo estaba mal. Cerró sus ojos y recordó ese momento. Trató de ver más allá de lo que sus ojos habían captado. Recordó la imagen de México, su traje todo llamativo que usaba, rió un poco; y se fijo en su cuerpo. No había daño alguno, ya que desde un principio temía por la seguridad de este después de haber salido de Tenochtitlan. También pensó, que era muy poco probable, ya que si México lo había ido buscar, y al día siguiente; ocurrió lo del emperador falso, no creía que hubiera peligro alguno.
Suspiró.
Tomó un plato de barro y comenzó a servirse. Volteó hacia la puerta. No había aún señal alguna de México. Volvió a suspirar nuevamente y empezó a comer. España, le había perdido al fin el miedo a ese plato que le había dejado un trauma. Siempre sonreía victoriosamente cada vez que lo comía y México se ría por ello.
Un sentimiento de melancolía recorrió el cuerpo del español.
Sus pensamientos, le hicieron recordar lo que le había dicho la noche anterior a México. Que había sido una mentira que había matado al guerrero y que sus hombres no habían atacado realmente. La comida empezó a saber amargamente y la dejó. Se levantó del suelo y fue a tomar un poco de agua que había en una jícara. Quitó el corcho que tenía y bebió presurosamente de ella, intentando quitarse ese horrible sabor.
Pero era inútil, aún persistía ese sabor amargo y asqueroso, que provocaba le provocaba querer revolver su estómago. Apretó sus dientes e intento aplacar las nauseas.
El sonido de unos pasos entrando a la casa de México hizo llamar la atención del español.
España, cambiando repentinamente su actitud, volteó sonrientemente para darle la bienvenida al imperio que por fin, se había dignado a llegar. Pero su sonrisa se esfumó, y su alegría se opaco.
A veces, cuando uno no comprende lo que ocurre en un momento específico, se dice, que nuestros ojos; no captan esa imagen aun que estuviera delante de ti. Que era como invisible, como si no estuviera ahí; ya que al no entender la razón de ello, nuestra mente se bloqueaba.
Y España no era al excepción.
Jadeante, México era cargado por un guerrero jaguar.
Su cuerpo estaba herido, llevaba unas terribles llagas por todo su cuerpo, que sangraban lentamente. Sus ojos se encontraban semiabiertos, pero se podía ver, que se encontraban rojos y llorosos a más no poder. Su respiración era pesada y dificultosa que tenía que respirar por la boca.
El hombre fornido dio unos pasos hasta estar delante del país, que se encontraba con los ojos en blanco.
—Mé… México…— salieron forzosamente aquellas palabras de la boca de España. México, giró su cuello un poco y miró al español.
—Disculpa, la tardanza…— le sonrió dolorosamente y con batallo le señaló al guerrero que lo dejara sobre el petate que se encontraba delante de él. Con cuidado, el guerrero se hincó y lo depositó con delicadeza sobre el petate. México dejo escapar varios alaridos al sentir, como las llagas hacían contacto con las hebras. España aún no podía coincidir lo que veían sus ojos.
Las heridas de México estaban sangrantes aún, eran profundas e inclusive se podía ver un poco de carne viva. Sus ojos, aquellos ojos castaños estaban hinchados y rojos. Se podría decir que México apenas podía mantener sus ojos abiertos al cien por ciento. El pequeño niño llevó una mano a su pecho mientras respiraba jadeantemente. Miró al la nación que permanecía inerte.
—¿Qué…— sus palabras se oían rasposas —¿Qué ocurre…? — le arqueó una ceja —Parece… que acabas de… ver un Nahual…— sonrió calidamente. España se hincó aún lado de México y acarició su cabello.
—¿Qué te han hecho…?— susurró con un hilo de voz. México cerró sus ojos y se dejo acariciar por España.
—Me han… castigado…— habló débilmente —Te han castigado por mí culpa, por irme a ver ¿Cierto? — su corazón se sentía oprimido. El niño ladeó su cabeza negando.
—A sido… por que te defendí…— abrió sus ojos lloros y miró a España —Negué… y le grité… a mi señor…— cada vez que hablaba, jadeaba con fuerza. Las heridas de su pecho al respirar le lastimaban.
—Huí… por que todo era mentira… y manchaban tu nombre, siendo que ellos… no te conocían como yo…— sonrió calidamente.
España agacho su mirar, no podía soportar verle a los ojos a México.
México continuaba sonriente, y miró hacia el techo. Realmente, su Tlatoani había cumplido su palabra de que pagaría el doble. Y vaya de que manera. Todos estos años, Moctezuma cuando lo castigaba, ese castigo era realmente como si lo rozaran con el pétalo de una rosa. Que tenía compasión de él.
Pero ahora, no había tenido ni una pizca de misericordia. Lo habían castigado como si fuera un hombre y no un niño. Esta vez, las heridas hechas por las hojas del maguey fueron con mucho más fuerza, enterrando las espinas más adentro de su piel. Y sacándolas, no hacía fuera, si no hacía abajo; haciendo que la herida fuese más grave. Y el chile, no podía pudo haber sido mucho peor, que tenerlo frente a frente (Y no literalmente) delante del fuego. El recordar como el humo entraba en él con furia, le hizo toser bruscamente.
Miró nuevamente a España. Se encontraba en silencio, como si su lengua hubiera sido cortada. Y su mirada baja; y siendo tapada por el fleco de su cabello.
México sonrió. Seguramente había hecho sentir culpable a España por lo que le había ocurrido.
—Tu corazón es diferente…— susurró con dulzura mientras cerraba los ojos. España volvió en sí.
—Eso me dí cuenta… hace mucho tiempo…— sonrió, intentando ocultar el dolor que le provocaba al intentar hablar —Tu ser… tu alma… e inclusive tus ojos… No son como aquellas personas…— hizo una pausa y soltó un suspiro —No tienen maldad y ninguna avaricia… por ello… a mí no me import…—
España se levantó de golpe y sin mirar a México se dirigió a la salida de la casa.
—¿España…?— no pudo levantar su cabeza para poder verlo, pero sabía que el continuaba ahí.
—Iré por un poco de Nanche para tus heridas…— apretó fuertemente sus dientes y salió sin decir alguna palabra más dejando solo al niño.
Con paso rápido, España se encamino hacía la salida de Tenochtitlan lo más rápido posible. Procuraba pasar por donde nadie, ni siquiera los indígenas o los españoles lo vieran. Sus pies empezaron a correr y a atravesar la calzada que daba más rápidamente hacia la espesura de la selva. Se convirtió en el viento, y como un silbido de este, llegó a la entra de este.
Con desesperación, se adentró a la selva en busca de un árbol de hojas anchas y largas, con florecillas de color amarilla o roja, con unos pequeños frutos globosos de color amarillo y de igual manera rojo. Corría como un ladrón en busca de su tesoro, prestando atención a su alrededor por si veía una señal de esta planta.
Su búsqueda no tardo ni un segundo, cuando sus ojos captaron ese árbol que se encontraba justamente delante de él. Llegó lo más rápido posible y empezó a cortar aquellos frutos que daba de color rojo. Tomó los suficientes en su mano y… los dejo caer.
Los ojos del país se inundaron con lágrimas mientras su respiración se hizo pesada. Unos leves gemidos empezaron a salir desde su boca, lamentos, que hicieron que cayera al suelo de rodillas.
Apretó con fuerzas sus dientes e intento contener aquellos sentimientos de dolor y culpa que lo invadían sin piedad. Su garganta comenzó a doler por oprimir sus jadeados. Y su vista se había hecho borrosa por contener aquellas gotas cristalinas.
Sin poder más, soltó un alarido al aire que resonó por toda la selva.
Comenzó a llorar con fuerza y a gritar lamentos. Su respiración se hizo más fuerte. Apretaba sus dientes con fuerza y golpeaba la tierra con sus puños.
Quería que se detuviera…
El niño sonreía, al niño no le importo que lo lastimaran... por protegerme…
Quería que se detuviera ese dolor, pero para la desgracia de ese hombre;
Ese era el pago, por llenar su boca con veneno…
Capítulo 7. Mentiras
Que alguien me pase un pañuelo ;_;! (En verdad me puse a llorar con lo último)
Ay Toño! ;A;
Mejor dejenme le explico unas cosas...
Como podran ver, pusé el título en español en vez de náhualt; y eso es por que los españoles acaban de llegar a Tenochtitlan.
(Es como si marcara, el principio de la historia de España) Y también por ello, he puesto los diálogos de los españoles al estilo castellano.
Solamente España no habla así, aún no es tiempo todavía... (Ya verán luego por que)
Bueno, lo de la flor de Cempasuchil no hay otra más que sencilla explicación que; era una flor que era usada bastante en la ceremonias y que se da durante los períodos de finales de Octubre y Noviembre. Un significado más específico para este capítulo es...
Por que también es llamada, la flor de los muertos.
Lo del emperador farsante, fue una estrategia por parte de Moctezuma. Después de enterarse lo ocurrido en Tlaxcala, mando a un falso "Tlatoani" con Cortes para despistarlo. Pero su plan fallo, ya que fue descubierto de la misma manera como lo escribí aquí.
Lo otro es, la leyenda de México sobre la silueta del conejo que se ve en la luna.
Se dice, que cuando Quetzacóalt vagaba por la tierra en forma humana, un día tuvo mucha hambre y fatigado; se detuvó sobre una piedra.
Un conejo, que iba pasando por ahí, observo al dios con forma humana y le ofreció un poco de zacate. Este se negó, ya que no comía eso y que moriría de hambre y sed.
Entonces, el conejo le habló y le comentó que solamente el era un simple conejo y que lo matará para que pudiera comer.
Quetzalcóalt al ver ese acto tan humilde, lo elevó a los cielos hacia el astro nocturno e hizo que su silueta quedara por siempre en la luna.
Así, todo el mundo por siempre y para siempre lo recordara.
(Hermosa leyenda )
La entrada a los españoles, la palabra "un sueño" se rumura que fue la palabra que Cortes dijo al ver por primera vez a Tenochtitlan.
Y lo más importante, lo del penacho, sí; es el famoso "Penacho de Moctezuma"
Que por cierto, para los curiosos, este penacho nunca fue usado por el Tlatoani, solamente fue un regalo para Cortes y se le fue regalo
a los de Hasburgo por parte de este (Por eso, el penacho esta en Viena)
Un nahual, es un animal que era considerado espíritu protector de cada persona
Bueno sin más por el momento...
Maiden Out
