Con pasos muy pequeños, delicados y torpes; un pequeño niño caminaba presuroso hacia los brazos de un hombre moreno. Sus piernas, un tanto regordetes, se movían rápidamente intentando llegar lo más pronto posible, con ese señor, que le sonreía de manera gentileza. Pero, por la terrible crueldad de una piedra, hizo que se tropezara y cayera al suelo.
Sus pequeños ojos castaños, empezaron a llenarse de lágrimas y comenzó a llorar de todo corazón. Se había caído y aparte, se había lastimado su cuerpo con las piedras que había. Llevo sus manitas a sus ojos y se los talló con fuerza, para quitarse las lágrimas que salían sin parar. El hombre, camino hacía él para levantarlo y colocarlo entre sus brazos.
—Tenochtitlan... — murmuró dulcemente, intentando calmar al niño —Deja de llorar— le sonrió. Pero el niño no paraba de llorar —Vamos mi niño, no te paso nada— le sacudió la tierra junto a las piedritas que llevaba en su cuerpo —No tienes por que llorar, apenas estas aprendiendo a caminar— le depositó un beso en la frente y comenzó a menearse para ver sí así, lo calmaba un poco. Con ojos tristones, el morenito le miró con una profunda tristeza. —Es que…— hablaba entre jadeados —Quiero ser como tú abuelo…— tallaba sus ojos —Pero…— un torrente de lágrimas se avecinaba —¡No puedo ni siquiera correr! — y volvió a llorar con amargura.
El hombre moreno, de cabello largo y negro, soltó una risilla.
—Vamos Tenochtitlan…— se dibujo una sonrisa en sus facciones ya marcadas por el tiempo —Ningún hombre es capaz de correr sin primero aprender a caminar— llevó sus manos entre los brazos del niño y lo elevó en los aires —Y tampoco no es capaz de volar sin saber primero correr— el niño no comprendió las palabras de su abuelo, pero le hizo que se relajara un poco. Así que decidió intentar calmarse.
—Está bien, abuelo Azteca…— jadeó levemente —Así esta mejor— lo volvió a poner entre sus brazos y empezó a caminar sin dirección alguna. —Aún eres muy pequeño— le susurró suavemente
—A penas acabas de nacer— dirigió sus castaños hacia el niño. Este infló sus cachetes.
—¡Pero quiero ser como tú ya! — sacudió sus brazos en forma de berrinche —¡No quiero esperar! — su voz infantil resonó por todo el lugar. Más el hombre le tenía comprensión.
—No— le tocó a su nariz —Aún eres joven— volvió a sonreír. —¿Pero por qué abuelo? — le siguió hostigando —¿Por qué no puedo ser como tú ya? — le miró con agobio —Acaso… ¿No soy digno para ti? — sus ojos empezaron a salir pequeñas lagrimitas. El gran imperio solo continuó caminando.
—Claro que lo eres— le susurró —Pero el tiempo aún no a transcurrido…— cerró sus ojos y dejo que el viento meciera su cabello con gentileza —Tienes que aprender, muchas cosas aún. Tu mente aún no esta lista, no has vivido ni una parte de la que yo; he transcurrido…—
El niño le miró un tanto confuso, no entendía para nada las palabras de su abuelo.
—Ni siquiera yo… Quien a los Dioses le dio la habilidad de poder sanar mis heridas y continuar adelante… Ha aprendido de esta vida por completo…— abrió sus ojos, que ya marcaban las arrugas en sus párpados y miró al niño. Detuvo su paso y llevó al niño hacia su pecho. Y lo abrazo con una fuerza, como si quisiera que estuviera dentro de su yugo.
—Tú me serás mi descendiente…— le susurró en su pequeño oído —Mi tiempo aquí, ha acabado ya…— y una gruesa lágrima recorrió su mejilla —Por ello, los dioses te dieron vida al igual que yo y mis antepasados— lo alejó de él y miró su pequeña cara regordeta. —No entiendo…— murmuró en balbuceos
—¿A dónde te irás? — con sus manos, sostuvo uno de los mechones negros del hombre —¿Me dejarás aquí solo? — su voz empezó hacer un hilo. Tenía temor. Pero el hombre no respondió ninguna de sus preguntas y se limitó a dejarlo en el suelo.
—¿Abuelo? — extendió su brazo e intentó a caminar hacia él. Pero cada vez que daba un paso, este se alejaba más y más, haciéndolo imposible llegar hasta él. —¿Por qué te vas? — sus lágrimas surgieron de sus grandes ojos —¡No me dejes aquí! ¿Acaso no me quieres? — la desesperación y las ansias de poder alcanzarlo lo hacían precipitarse, inundándolo con un miedo y vacío que se apoderaba de él.
—Claro que te quiero ¿Pero sabes algo? Tengo que irme, y no es por que no te quiera— la voz de aquel gran imperio resonaba en el aire, como un gran coro
—El tiempo es algo muy extraño para todos, aún que uno trate, y trate, de comprenderlo; nunca será capaz de ser entendido. Cambia las flores, hacen que broten de sus capullos y luego abran mostrando sus bellos colores. Hacen que un huevo se convierta en un pájaro, y que él pájaro deje de volar. Un hombre tiene su tiempo, el tiempo de nacer, de crecer, de amar, de procrear, envejecer y morir— sonrió gentilmente y se volteó hacia el horizonte —El tiempo produce un cambio y el cambio produce un tiempo— y continuó su caminata, mientras el pequeño imperio intentaba seguirlo, tropezándose por sus piernas que apenas aprendían a andar
—Mi tiempo ha llegado, y tú te has convertido en el nuevo amanecer de este imperio…
Tú eres el cambio mío y tú eres el nuevo tiempo. Ruego a nuestros dioses…—
Torció un poco su rostro y una lágrima recorrió por la cara arrugada por el tiempo.
—Que te ocurra lo mismo que yo— y continuó su caminar, desapareciendo poco a poco.
El nuevo imperio, que se tropezaba constantemente y que con pánico corría hacia su abuelo. Su rostro se vio sumergido por muchas lágrimas y gritos desesperados por desear estar ahí, caminando; al lado de esa persona. Su mente al ser joven, no comprendió nada de lo que había dicho. Aquellas últimas palabras, que su abuelo le dijo llenas de sabiduría y un fuerte mensaje quedaron rezagadas en su mente. Solo pensaba, en llegar a su destino y detenerlo, antes de que su cuerpo fuera imposible verlo.
—¡No por favor! — gimió extendiendo su manita —¡No te vayas! — su dolor se hacía más profundo, pero cada vez más, se hacía imposible seguir viéndolo —¡Abuelo! — un gritó ahogado y sonoro salió de su boca
—¡Abuelo! — Aquel gran imperio termino por desvanecerse en el aire —¡Abueloooo! —
Los ojos de México se abrieron de par en par con la respiración agitada.
Aturdido y jadeante, el imperio movió su cabeza hacia la derecha. A su lado, acostado, se encontraba España hecho un ovillo mientras dormía placidamente. Nuevamente, miró hacia el techo. Se encontraba ido, no sabía en donde se estaba. Solo recordaba, que había tenido un sueño. Un sueño que era muy importante, pero no pudo recordarlo.
—Abuelo…— murmuró inconscientemente esa palabra de su boca junto con una lágrima.
—¿Eh? — sintió como aquella gota cristalina caminaba por su mejilla. Llevó su mano derecha a borrar esa gota —¿Por qué… estoy llorando…?— murmuró al darse cuenta que había más de esas gotas. De repente, se percató que tenía su brazo vendado por completo. Ahora sí estaba confundido. Intentó levantarse pero no pudo. Sentía su cuerpo adormecido, como anestesiado. No podía mover ninguna parte de su cuerpo, se sentía pesado y cada vez, que movía un miembro, sentía como si fuera a quebrarse su piel. Con bastante esfuerzo, logró incorporarse por completo y pudo entender la razón por la cual, su movilidad era casi nula.
Su cuerpo esta cubierto completamente con vendas.
México arqueó una ceja ¿Cómo rayos termino de esa manera? Su memoria aún no le permitía recordar lo sucedido. Molesto, por no poder moverse, se arranco las vendas de golpe, provocando hacía que se abriera las heridas. Más no le importo. Se quitó las vendas de los brazos, su pecho y las piernas, pudo denotar que tenía una especie de pasta verdosa que estaba alrededor de las heridas. El imperio se dio cuenta que era Nanche, una planta medicinal para las heridas. Miró a España.
El país dormía en posición fetal, como si intentara de protegerlo cuando dormía. A su lado, había un montón de vendas usadas con la misma sustancia que había en su cuerpo. Y aparte, había un molcajete donde se había preparado la medicina y en la mano del español, se haya el mazo con el que molio el fruto del Nanché.
México cerró sus ojos.
Se acordó la razón por la que estaba ahí. Los españoles habían arribado a Tenochtitlan y, como había prometido su señor; lo castigaría después de que se les hubiera dado la bienvenida a su imperio. El moreno sacudió su cabeza para poder despertar más. Con cuidado, se levantó del petate, y cual iba a ser su sorpresa, que al intentar levantarse, caería rotundamente al suelo. Dejo escapar un pequeño quejido e intento levantarse de nuevo.
¿Qué era lo que le pasaba? Su cuerpo sentía que pesaba una tonelada.
Y como si fuera un cubetazo de agua fría, un recuerdo volvió.
Si no se equivocaba, llevaba más de tres días reposando sus heridas, y España; cambiaba frecuentemente las vendas de la herida de México.
Eso explicaba por que el español permaneció a su lado e inclusive, con el mazo en la mano.
El moreno dejo salir una suspiro e intento volver a levantarse.
Pero esta vez, logro su cometido. Sonrió respecto a ello.
Miró el alrededor de su casa, ya que no recordó que todos esos días no había podido moverse, y que, cuando despertaba solo miraba el techo y el rostro del español.
Su cara hizo una mueca. España, había dejado su hogar patas arriba. No había hecho limpieza alguna durante esos tres días, pero el lugar donde llamaba más la atención, era la cocina. Todo estaba fuera de su lugar, el fogón estaba lleno de ceniza, las cazuelas y platos estaban sucios y arrumbados, ni siquiera; había sido prudente de ir a lavar y limpiar alrededor del tapete donde había un sinfín de platos y llevar molida.
Pero resignado suspiro. Dejaría solo pasar por alto esta vez, por su condición y por España, quien lo había cuidado.
Con pasos lentos, caminó hacia el exterior de su casa. Quería respirar aire fresco y sentir los rayos el sol en su cuerpo. Poco a poco, la movilidad aparecía pero aun se sentía adormilado. Se sintió realmente asombrado al saber (Supuestamente) que había dormido por más de tres días. Su mano toco el marco de su puerta y dio un largo suspiro. Volteó hacia el país que continuaba dormido. Parecía agotado y que el sueño lo dominaba por completo. México sonrió y salió de su casa. Cuando volviera, le agradecería por lo que había hecho por él.
Dio un pequeño salto desde la chinampa y sus pies tocaron la piedra que formaba el piso. Sus pies sintieron el calor que emanaban al tener contacto con el sol y sus pequeños relieves. Abrió sus ojos con asombro. Nunca había sentido antes esa sensación antes. Froto sus pies sobre la piedra y sentía lo áspero de estas. —Que extraño…— murmuró mientras tocaba el suelo con su mano —No había sentido esto antes…— miró con curiosidad el suelo y lo acarició. Sacudió su cabeza. —Posiblemente sea por que no he salido en bastante tiempo— dio una leve sonrisa y continuó su caminata. Lo más importante ahora, era ver como iba su señor con respecto a los españoles.
Sus castaños orbes, prestaban atención a su alrededor. Miraba a su alrededor. Por alguna extraña razón no había ninguna persona en su hogar. Ni siquiera hombres trabajando, o mujeres, que cargaban a sus niños en sus brazos, mientras llevaban sus cosas para vender al gran mercado. Entre cerro sus ojos.
Continuó caminando. Decidió entonces dirigirse a la plaza principal, posiblemente la mayoría de su gente se encontrara ahí y talvez, posiblemente; en el mercado.
Conforme avanzaba, sus ojos captaban con más determino su hogar. Tenochtitlan.
Por alguna razón, sentía algo muy extraño y adictivo a su entorno. Como si tuviera una especie de lupa en sus ojos, aumentaba su vista y le provocaba ver cosas, que nunca, tal vez, vio en su vida.
La piedra que formaba las pirámides y monumentos; las casas hechas de adobe y la paja que cubría sus techos; el agua, que se mecía suavemente al ser un leve rose al viento.
Dentro de sí mismo, nació la necesidad de saber el porque de las cosas.
¿Cómo fueron construidos esos templos? ¿Cómo lograron hacerlo y convertir la piedra en lo que son? ¿Cómo lograron convertir aquella sustancia pegajosa, en las paredes de su hogar? ¿Por qué el agua era tan clara y pura?
Un sinfín de preguntas vino a su mente como un relámpago.
Pero la mayoría tenía respuesta, pero quería saber más…
Sentía la necesidad de que se lo digieran, pero el quería descubrirlo por si solo.
Elevó su vista al cielo azul, y lo contemplo con ojos relajados.
Las nubes vagaban sobre aquel manto color azul, ayudadas por el viento que soplaba amablemente. Y el sol, dejaba radiarse y actuar como un vanidoso, al estar en medio del cielo. Sabiendo que sin él, nada sería posible de hacerse en este mundo. México colocó su mano en su frente, para taparse de aquellos rayos dorados. Sus labios formaron una sonrisa. Sentía algo muy cálido en su ser. Sentía como un sentimiento volvía a su corazón enternecido y blando. Y sonriente, miró su hogar.
Aquel lugar donde lo vio nacer gracias a sus Dioses.
No le importaba en lo absoluto si no fue concebido por ellos, para él; era cierto y era lo que le importaba. Por que era su creer, su fe, y nada o nadie le haría cambiar de opinión. Nada podría alterarlo. Apreció su cuerpo con más detenimiento, sus heridas estaban a punto de desaparecer, solo quedaban pequeñas marcas muy leves de su cicatrización. Luego miro a su ciudad. Tan bella y hermosa como un Quetzal en vuelo.
—Yo soy esta ciudad…— murmuró en voz baja y de corazón —Y con ella e crecido y con ella creceré…— cerró sus ojos y dejo que el viento golpeara en su cara. Una nube tapo el sol, dejándolo parcialmente nublado.
—Me convertiré como en mis ancestros, en alguien grande y poderoso— sus ojos se abrieron y marcaron una gran autodeterminación —Volveré fuerte a esta gente, volveré fuerte a mi tierra, y nada podrá hacer algo respecto a ello— hizo manos su puño. —Me convertiré en alguien grande— su voz se hizo más fuerte y sonora.
Realmente, anhelaba el deseo de ser algo importante. Algo relevante que llamé la atención de toda la gente. Había nacido ese deseo. Y por ello, se guardó para sí mismo aquello que le había mencionado ese país tan extraño:
"Un país crece, cuando hace algo importante y valeroso a su tierra"
—Entonces si ese es el caso…— miró hacia al frente —¡Haré lo necesario para lograrlo! —
Y con paso firme y decidido llego a la plaza.
Pero cual iba ser su sorpresa, al ver ahí, acostados y regados por parte de toda ella; ha cientos de españoles que habían colocado su campamento. Un sin fin de ellos, atiborrándose de comida que le llevaban varios indígenas a los invitados "especiales" mientras reían y alzaban en alto unas copas. Una mueca de desagrado se formó en su cara. El hedor a suciedad, llegó hasta la nariz de la nación. Los españoles apestaban, y no era fácil de negarlo, solo era necesidad de ver sus cuerpos; completamente llenos de tierra y de suciedad. Y también era, debido a que, al tener atendiendo a todos los hombres extraños, los encargados de la limpieza, no habían recogido los desechos fecales de la ciudad.
México se sintió repulsivo y asqueado.
Había un montón de comida, echada a perder en el suelo, los animales que traían consigo apestaban de igual manera y contaminan el aire con sus eses. La nación, con la nariz tapada y con su ceño fruncido, miró alrededor de la plaza. No era el único que tenía esa cara de repulsión. Había mucha gente de su pueblo con esa cara, pero había algo diferente. En sus rostros, especialmente en sus ojos; destellaba el odio y el enojo al tener a esos intrusos en su ciudad. Mirándolos… como se aprovechaban de su comida y de su hospitalidad.
El moreno, al no poder aguantar más, y se marchó de ahí.
Refunfuñando, caminó apresurado hacia el palacio de Moctezuma.
¿Cómo pudo ser capaz su Tlatoani de permitir semejante cosa?
Estaban manchando su ciudad, y al ir avanzando había más muestras de ellos.
Al adentrarse un poco más a su ciudad, pudieron ver más rezagos iguales a los que había en aquella plaza. Aquellos caminos ordenados y limpios, se encontraban llenos de basura, desechos y cosas que los españoles dejaban a su paso. México bufó. Tenías ganas de detenerse y ponerse a limpiar aquella basura que evadía al caminar y tirársela en la cara a aquellos hombres invasores que estaban en su ciudad. Los gritos de unas jóvenes llamaron la atención del joven imperio.
Unos españoles, acosaban a unas jóvenes mujeres que se encontraban acarreando un poco de agua para su hogar. Los muy "machos" caminaban aún lado de estas, hablándoles de forma acosadora y enferma. En sus ojos brillaban la lujuria y se relamían la boca, al pensar aquellas cosas, que solamente su mente podrían ser descubiertas. Las mujeres, abrazaban con fuerza al cántaro mientras trataban de quitárselos de encima. Diciéndoles en su lengua, que se alejaran y que las dejaran solas. Pero al no saber lo que decían, los españoles siguieron su acoso. Y, aún que lo supieran; seguramente seguirían haciendo lo mismo.
México se enojo ante ese acto repulsivo, y con paso decidido camino hacía esos hombres.
Con un movimiento fugaz, se colocó al frente de ellos y le miró con odio.
Los españoles se miraron entre ellos al niño y se echaron a reír. —Pero que capullo— rió uno —Seguramente piensa que es capaz de detenernos— se mofó del país —Pero si solo eres un crío, así que apartaos de vuestra vista y lárgate de aquí carajo ¿Qué no ves que queremos cogernos a estas chicas?— lo dijo sonriente y le sobó la cabeza —¡Eso fue muy cruel tío! — le dio un golpe de broma en el hombro otro español —¿Pero por que? Este idiota no ha de saber que es lo que he dicho— le devolvió el golpe.
—Para su desgracia, puedo entender perfectamente lo que dicen y se hablar su asquerosa lengua— vociferó con voz fuerte. Los españoles se quedaron blancos.
—Así que si les conviene, lárguense de aquí… AHORA— dio un paso hacia ellos, con rudeza. Los invasores se volvieron a mirar e hicieron una mueca. No tenían otra opción, México les había echado a perder su oportunidad de "desahogar" sus penas.
Un gran suspiro se escuchó por parte de las jóvenes.
—Gracias Tenochtitlan— sonrió una —No teníamos idea de que hacer—
México se volteó hacia ellas —No importa, ahora vayan a casa y permanezcan ahí— sonrió y les señalo el camino —No se les ocurra salir de su hogar si no hay un hombre para defenderlas— suspiró —Esas personas no son de fiar— torció un poco su rostro para ver, si aquellos españoles se habían marchado.
Las jóvenes asentaron y prosiguieron su camino. México las observó hasta que se perdieran de su vista.
Ya era suficiente, los españoles estaban aprovechándose de todo.
Y cada paso que daba, había aún más…
Más españoles acosando a mujeres, más de esos hombres ensuciando su ciudad, hombres que por tan solo ver un poco de oro en la mano de sus hombres, se los intercambiaban por baratijas inservibles; hombres vestidos de un vestido café cargando una cruz con un hombre crucificado en medio.
México hizo una mueca y comenzó a bufar. No podía tolerar más esa escena.
Eran como una plaga de insectos, que estaban echando a perder su bella cosecha.
Mordisqueando y acabando con sus hermosos frutos.
Con un arranque de enojo, corrió hacia el palacio de Moctezuma.
Era ya la hora que el Tlatoani lo escuchara.
Al llegar, pudo encontrarse ante la "agradable" imagen de su señor comiendo y complaciendo a su invitado Cortez. Y que alrededor de este, había un sin fin de joyas y recipientes hechos de oro puro. México miró indignado a Moctezuma. El explorador se dio cuenta, de la llegada tan inesperada y precipitada del país, que le señalo con una sonrisa al Tlatoani.
—Tenochtitlan— susurró Moctezuma, y con un ademán de su mano le obligo a caminar hacia él. Este muy obligado camino hacia él. Al llegar, Cortes le saludo con una sonrisa y Malinche (Que estaba aún lado de él) le saludo en su lengua. El imperio no devolvió el saludo, solo se mantenía occiso de que no los había visto. Dirigió sus ojos hacía los ojos negros de su señor.
—Necesito hablar contigo— habló en voz ruda —Tenochtitlan, no es el momento para eso— inquirió su señor mientras tomaba un poco de aguamiel —No me importa, quiero hablar contigo mismo ahora— hizo más énfasis en su petición. Tanto, que se dio cuenta que Cortes lo señalo y le indicó a Malinche que tradujera lo que estaba apunto de decir. —En privado— frunció su ceño y salió de ahí. Moctezuma intentó detener el paso del imperio, pero este solo siguió caminando. El pelinegro suspiró y se levantó del suelo, pidiéndole perdón al español por su retirada y siguió a Tenochtitlan. Cortes miró con sospecha al niño.
—¿Me podrías decir que es lo que ocurre Tenochtitlan? — suspiró un tanto molesto el Tlatoani
—¿Qué no ves que estoy atendiendo a nuestros huéspedes? — se sobó los sienes y contemplo al niño que le daba la espalda.
—¿Cómo que es lo que ocurre Moctezuma? — volteó a verlo —Eso debería preguntártelo a ti— cruzó sus brazos y arqueó su una ceja. El señor le miró con indignación. —Te estas haciendo muy irrespetuoso Tenochtitlan— habló con voz severa —No tanto como tu lo estas haciendo mi señor— cerró sus ojos. Moctezuma ignoró lo que dijo —¿Y bien? ¿Qué es lo que me querías hablarme? — soltó un bufido. México abrió sus ojos que expresaban indulgencia.
—¿Has visto nuestra ciudad? Esta hecho un asco— su voz se denotó un poco más grave, tanto que Moctezuma hizo un respingo del asombro —Esos hombres, la están convirtiendo en una especie de chiquero— miró sobre su hombro —Todo esta en completa suciedad y tiene un olor desagradable. No como aquel olor, de tierra mojada y de las flores— chasqueó sus dientes.
Moctezuma llevó sus manos a su cintura —Si es eso, les diré a los hombres que limpien ¿Te parece de acuerdo? — le arqueó una ceja.
—¿Me estas insinuando que en verdad no te importa? — le hizo un gesto de asombro —Hace más de tres días que estoy en mi hogar, sin salir; ¿Y crees que es hermoso ver a mi ciudad así? — lo dijo en tono irónico
—Esos hombres…— hizo puños sus manos —Se están aprovechando de nosotros— México sintió como se empezaba a formar un nudo en la garganta —Ví como trataban de aprovecharse de nuestras hermosas mujeres que son como flores— gritó indignado —Sus ojos enfermos…— bajo su vista —Las veían como frutos prohibidos y querían quitarles sus pureza— apretó sus dientes.
—Tenochtitlan, tienen todo el derecho de hacerlo— sacudió su cabeza el Tlatoani, el imperio levantó su mirar impresionado —¿Oí bien? — se golpeó los oídos —Estas diciendo que concuerdas que esos hombres, robasen la pureza de ellas— empezó a bufar —¡Nadie puede hacerlo, ni siquiera, tocarlas con el pétalo de una rosa!— gritó estruendosamente —¡Esos hombres, están contaminándonos! — agacho su cabeza.
—Lo siento… pero en verdad tenemos que cumplirles en lo que desean Tenochtitlan— se hincó el Tlatoani a la altura del imperio —Tal vez y así… se marchen pronto— intentó formar una sonrisa en su rostro, para que calmara un poco al niño.
—¿Ese es tu plan Xocoyotzin? — murmuró en voz baja —¿Complacerlos hasta que se larguen de aquí? — sacudió su cabeza como si tuviera algo y sonrió —Ellos son como las abejas, irán hacia lo más precioso y delicioso del polen y no se irán hasta conseguir lo que quieren…— elevó su vista y se clavó en el rostro de Moctezuma. Este, solo agacho su mirar —No tenemos opción— cerró sus ojos —No podemos hacer otra cosa— susurró.
—Sí, si podíamos— afirmó el imperio —Pudimos acabar con ellos desde hace mucho tiempo, pero tu miedo; hizo que nos viéramos en esta situación— dio unos pasos hacia tras y se alejo del emperador. —Y dime, hermano mío — se incorporó lentamente el hombre de pelo negro —¿Tú tampoco no llevas una mancha en tu cuerpo? — habló con seguridad y a la defensiva. México se mostró a la defensiva también.
—Tú trajiste aún intruso a nuestra ciudad. Y por su culpa, ha traído al enjambre que lo acompañaba— le miró con seriedad. —Pero el no es igual que estas personas— le contestó fuerte y claro —Y tengo mucha fe en ello— se irguió más para mostrarse más seguro. —Pero él es igual que ellos, son de la misma sangre y de la misma tierra y por lo tanto también se comportan su misma manera de ser— dio un paso al imperio. Este retrocedió
—Te equivocas Moctezuma— dijo en un bufido —El no es así—
—Claro que lo es, y tu muy bien lo sabes Tenochtitlan— lo señaló —Muy pronto te darás cuenta— y sin decir nada más se dio media vuelta y volvió en donde estaba.
México observó, como placidamente su señor volvía a la mesa, con aquella gente blanca y extraña que convivía entre ellos. Sus caras sonrientes y descaradas, hablaban entre ellas mientras en sus manos, acariciaban pequeñas piezas de oro. Como si fuera la última cosa, que si al quitárselas perdieran la vida. Los ojos enfermos y psicóticos de los hombres, que tocaban vulgarmente las partes de las mujeres que le servían de comer y estas; no tenían opción más que soportarlo y rogar para que otra joven, viniera y los atendieran.
Un inmenso odio empezó a correr por el pequeño cuerpo del imperio, como si fuera una especie de veneno que lo recorría de pies a cabeza. Haciendo hervir su sangre y sentir la necesidad de acabar con ellos de una vez por todas. Se suponían, que ellos venían a aprender de su cultura y su forma de vivir. No para venir y arruinarla por completo. Se mordió un labio con fuerza hasta hacerlo sangrar. Estaba furioso y si continuaba observando aquellas imágenes repulsivas, no dudaría en ningún segundo tomar un arma y acabar con sus vidas.
Así que por el bien de todos y de por él, a regañadientes se marcho ahí.
Bufando, como un toro al ser molestado y toreado sin compasión alguna.
La tarde había llegado ya a su cúspide, y el sol se escondía detrás del gran Templo Mayor, ocultando así sus tuenes rayos del luz. Y en lo más alto de aquel templo, donde se hallaban los santuarios del Dios Huitzilopochtli y del Dios Quetzalcóalt; México yacía en el segundo escondido dentro de este. Nadie se atrevería a entrar a ese lugar sagrado, a menos que tuvieras las suficientes agallas y un gran título para pisar ese templo. Solo él, su señor y los sacerdotes, eran capaces de entrar ahí; cuando era tiempo de hacer sacrificios.
El imperio se encontraba con su espalda contra la pared, sentado; y con las piernas dobladas y separadas. Sus brazos, reposaban sobre sus rodillas y su cabeza agachada. Se sentía dolido y ofendido. Nunca había pensado que Moctezuma realmente cediera ante las garras del miedo. Le tenía un gran respeto, pero; cada vez empezaba a dudar más y más de él al ver aquellos actos. Levantó un poco su cara, y miró por una pequeña ventanilla del templo, que el sol se había ocultado y que la noche había llegado. Suspiró.
—Debí haberle dicho a España que saldría de casa…— murmuró en voz baja mientras estiraba una pierna. Pero realmente, no quería hacerlo. Desde que salió esa mañana de su casa, y ver la condición en la que se encontraba su ciudad, en un estado muy deplorable; no le apetecía en lo absoluto ver a la cara a la gente, y mucho menos a España, quien debería estar como un loco buscándolo.
Miró su cuerpo, y con sus dedos, empezó a recorrer su piel. Buscaba en ella, una marca en particular. Recordó que esa nación le había comentado, que a veces, en su cuerpo puede aparecer una marca o herida, respecto a la situación de su tierra. Más no había rastro de una en su cuerpo moreno. Desistió y cerró sus ojos.
—Seguramente… debe de ser mi estado de ánimo el que esta manchado por todo esto…— sonrió forzadamente. Y tenía razón. Desde la mañana, desde que amaneció; se notó mucho más sensible que antes. Había captado su cuerpo, sensaciones nunca antes sentidas y pensamientos; que nunca se habían cruzado por su mente. Sensaciones y pensamientos bellos, que le habían hecho sentir una gran paz espiritual. Se pudo realmente sentir, como representaba esa tierra y la conexión tan fuerte que los enlazaba.
Como si su cabello representara, las hojas de los árboles que se mecían; que brazos, eran la tierra que sostenía los hogares de sus hombres; que sus manos, eran lo que hacían florecer frutos de la tierra. Que si alguien tocaba, tal siquiera, con un dedo una templo, el lo sentiría como un cosquilleo en su cuerpo.
Se abrazo a sí mismo y sonrió. Por un momento, pensó que no sería mala idea que permaneciera en ese cuerpo, aún que no creciera. Por que era muy bella su tierra, y no quería que nadie la cambiara. Que siguiera siendo como una perla escondida en un almaje en lo profundo del mar. Que fuera como una especie de tesoro. Y si su Dios quisiera, el crecería hasta convertirse en un gran imperio.
Una pequeñita gota cristalina salió de sus ojos. México se limpió la lágrima con su dedo índice.
—¿Otra vez estoy llorando? — murmuró asombrado, volvió el recuerdo de que había llorado en la mañana al despertarse de un sueño. —¿Sueño? — ahora si estaba asombrado. Ahora que se daba cuenta, había algo dentro de él que era un tanto inquietante y era respecto a ese sueño que había tenido; y no lograba recordar que era. Cerró sus ojos y trato de concentrarse lo más que pudo.
Unas vagas imágenes, junto con un viento llegaron al mismo tiempo.
La figura de un gran hombre, moreno, de pelo largo hasta la mitad de su espalda, ojos negros como la noche y un cuerpo lleno de heridas; apareció en su mente. México divago un poco.
—¿Abuelo? — murmuró sin abrir sus ojos —Imposible, yo nunca vi a mi abuelo en vida…— se pasó un trago de saliva —Solo en imágenes lo he visto…— frunció su ceño y se obligo a intentar recordar más de ese sueño confuso y borroso. El viento empezó a soplar más fuerte.
El sudor empezaba a aparecer en la frente del joven imperio, que con esfuerzo; intentaba invocar aquellas imágenes que le ayudarían a resolver su misterio. Pero solamente veía, a su abuelo, moviendo sus labios mientras cargaba algo en sus brazos. Una terrible jaqueca apareció.
Intentó ver más a fondo, parecía que el sueño obedecía sus órdenes, y parecía que se volvía más nítida la imagen y el sonido empezaba aparecer. —Soy yo…— murmuró mientras con su manos apretaba su cabeza, que le dolía terriblemente —Cuando había nacido…— apretó sus dientes y prestó atención a lo que aquel gran imperio le hablaba. Pero lo más curioso de eso, es que el sonido aparecía de la nada y no era producto de su imaginación y la voz grave de ese hombre, era tan realista como si la hubiera escuchado antes.
México dio un respingo. Lo había entendido.
No era un sueño, era una memoria vieja; que había salido a la superficie por medio de un sueño.
El moreno, continuó sin abrir sus ojos y decidió entonces, prestar atención a lo que ese señor le decía.
Escucho, como si en verdad esa persona estuviera frente de él, acerca de cómo el tiempo transcurría y hace efecto en la tierra, en los animales y en los hombres. Y que ha eso se le llamaba "cambio". Que iban tomados de la mano y que la vida consistía en ello. Pero los llantos que el pequeño "él" hacía no le permitía oír completamente lo que decía. Pero lo que escucho y que le provoco cierta sensación, era que había mencionado, que el era el nuevo "cambio" y que no deseaba que le pasara lo mismo que él; y que conforme lo decía desaparecía iba desapareciendo de su vista.
México estiró su brazo mientras unas lágrimas salían de sus ojos cerrados. Y como en su sueño, intentó alcanzar aquel hombre, aquel gran imperio y guerrero que se desaparecía de su vista.
Pero tenía que despertar. Aún que lo intentará nada traería a su abuelo a su lado.
—Koli… (Abuelo) —
México, con un sentimiento de tristeza, se limpió las lágrimas de sus ojos con sus muñecas y trató de calmar su llanto. Ahora entendía por que había amanecido llorando. Realmente era un recuerdo muy doloroso que lo había guardado muy dentro de él. Pero con erróneo, de que al hacerlo; nunca habría vuelto a escuchar aquellas palabras tan confusas y sabías; que le había dicho.
Más sin embargo, ahora que tenía más conciencia, era capaz de comprender esas palabras.
—Ahora comprendo… lo que querías decirme…— sonrió melancólicamente, mientras abrazaba sus piernas —Realmente, tus palabras están llenas de saber…— suspiro y dirigió su vista a la ventanilla, donde se podía apreciar el cielo estrellado y a la luna, que brillaban hermosamente.
—Pero quisiera saber, ¿Por qué hasta ahora pude recordar eso? — parpadeó risueñamente sin dejar de ver al exterior de la ventana —¿Y que es lo que no quieres que me pase? — susurró suavemente intrigado
—Acaso… Yo…—
Unos pasos precipitados y sonoros junto con una enorme luz perturbaron el santuario de Quetzalcóalt, iluminando por completo el recinto.
Con cara agitada y llena de sudor, y con una antorcha en la mano; España había entrado sin titubear al templo del Dios. Sus ojos verdes, se miraban rojos debido a la llamarada anaranjada y vivaz del fuego y miraban al imperio con cierta frustración y miedo. Y su luz, provocaba en el rostro del español, unas sombras que hacían ver su rostro tan tétrico y oscuro como la de un demonio.
—Dios, al fin te encuentro— hablo entre jadeos —Ví las vendas de tus heridas tiradas en el suelo… Y pensé que te habían llevado a otro lugar…— dio un largo suspiro —¡No vuelvas hacer eso de nuevo! — gritó molesto y miró con cierta seriedad al moreno.
Pero este, se mantuvo en silencio.
Capítulo 8. Kuepalistli (Cambio)
Ahora sí *se hace bolita* Una gran disculpa por no publicar nada y luego; esta bien cortiro este capítulo.
Pero es que comprendan ;A;! Estoy en el último parcial del último semestre de preparatoria...
Y los trabajos estan a morir y si no los paso... x.x
Adiós Universidad y por ello ocupo el 100% de mí misma.
Bueno, solo por último, volví solamente en este capítulo a poner un título en Nahualt.
(Como todo el capítulo gira en torno a México)
Realmente me agrado este capítulo, ya que le dí un tanto toque Metafísico (Si es que parece)
Y esos sentimientos, me dan muy seguido a mí (Que por cierto son muy cálidos)
El prólogo del Climax esta aquí...
Y quien haya entendido el silencio de México... Mis respetos
Maiden Out
