Antes que nada y me linchen. Explíco.
Tarde bastante, ya que la semana anterior era finales de prepa y... ¡Mi graduación!
Ya soy graduada y voy pa' la uni ahora! (Aun que no da justificacion por no escribir...)
Bueno, como se abran dado cuenta por el título... ya sabran de que irá.
Así que disculpo las dulces palabras de cierta persona uwu!

Y para no dejar las definiciones al final las pongo ahorita:

Diego de Velazquez: Este personaje es el gobernador de Cuba. En un principio Cortes estaba en su flotilla cuando arribaron a Cuba. Más sin embargo, Cortes no quería estar bajo ordenes de él, y partió en busca de la capítal Azteca. Por lo tanto, Diego arribó a Veracruz con tropas españolas y castigar a Cortes por su ida clandestina. (Con que rebeldes, eh? Ay Toño...)

Pedro de Alvarado: Este otro personaje, era conocido como Tonatiuh (El sol). Era una gran conquistador español, y que era muy reconcido por su carácter y su... Tacticas especialisadas?
Bueno, luego lo verán.

Cuauhpopoca: Fue un noble mexica que dirigió la batalla de Nautla. (Guerra entre Totonacas y Mexicas)
Mientras vayan leyendo, sabran que ocurrió.

Tóxcalt: Es una de las celebraciones principales de los Mexicas. Aquí, por medio de un sacrificio, agradecian a Tezcatlipoca y Huitzilopochtli los beneficios y gracias que les había dado los dioses. Como alimento, fertilidad, protección etc.

Teponaztli, caja, quenilla y pifano: Instrumentos músicales mexicas.
La primera es un tambor largo de piso, donde se al golpear uno de los dos extremos, provoca un sonido hueco.
El segundo, es un tambor redondo hecho de cuero. Y los últimos son una especie de flautas.

Bueno, creo que es todo (Si se me paso algo y lo ocupan saber diganme por favor y con gusto les respondo)
Por cierto esta bastantito largo...
Así que con calmita y con algo de comer :3

Maiden Out


Clavándose sus uñas en su piel, mientras sus ojos castaños, miraban con rabia y odio aquel objeto que era elevado en lo más alto del Templo Mayor. Una cruz cristiana; ahora se postraba en la cúspide de aquel sagrado recinto. Apretó sus dientes con furia.
¿Cómo se osaban a colocarlo descaradamente?
Era una blasfema para sus dioses.

Miró a las personas que estaban reunidas en la plaza del templo. Miles de indígenas, miraban con desprecio esa cruz. Y si eso no fuera el colmo, se habían atrevido a celebrar sus cosas de "religión" en la plaza alta de aquel recinto. México se mordió el pulgar con fuerza. Quería evitar echar cualquier peste de su boca.
Era suficiente, estaba arto; ya no podía soportar esa profana celebración que estaba delante de sus ojos.
Bufando, se marchó de ese lugar con pasos firmes. Quería alejarse lo más posible de ahí.

Más sin embargo, una mano lo sostuvo con fuerza de su hombro.
Volteó bruscamente y observó que era España, quien lo detenía con fuerza y le miraba con agobio.
México chasqueó sus dientes y se zafó de la opresión.

—¿Qué quieres ahora? — habló con sequedad. El español agacho su mirar —Estoy preocupado— murmuró —Desde hace más de semanas que no me hablas como antes— sintió un nudo en la garganta
—¿Qué es lo que ocurre México? — contemplo al joven imperio, que solo le miraba con indiferencia.
—¿Qué es lo que ocurre? — dijo burlonamente y arqueó una ceja —Me estas tomando por estúpido—
España entreabrió sus ojos.

—¿Tu crees, que voy a estar bien, viendo ese objeto en mí templo? — señaló hacia la cruz de madera y continuó su caminar apresurada. España le siguió —No entiendo en que te molesta México…— trató de razonar con él —Es solo un símbolo de fe— rió nerviosamente. El niño paró en seco.
—Dirás, ¡Tú símbolo de fe! — gritó molesto —¡Esa cosa es una ofensa para mí y mi gente! ¡Así como yo respeto tus creencias y en tu Dios "todo poderoso" respeta la mía! — le dio una mirada fulminante y prosiguió ignorar al español. La nación frunció su ceño.

—¡Por favor México! — insistió —No tienes que hacer tanto escándalo por algo tan insignificante—

Al escuchar eso, el nervio sensible de México fue perturbado.

—¿¡Que no tengo que hacer tanto escándalo por eso! — exclamó lo más fuerte que pudo —¡No te estoy solamente haciendo escándalo por eso España! — caminó hacia el país y le tomó con brusquedad la camisa
—Te estoy haciendo escándalo por las cosas que estas haciendo en mi tierra— murmuró amenazante al país.

—Tú y tus hombres están haciendo que mi ciudad se venga abajo— lo jalo hacia él con su ropa hasta ponerlo de rodillas en el suelo. España solo trató de no alterar más al niño. —No sabes lo que mi gente esta pasando— entrecerró los ojos —Desde que llegaron, todo a sido una calumnia para mí…— apretó con más fuerza la ropa del país —Pensé, que sería bueno que vinieran tus hombres, y les enseñáramos nuestra cultura a tus hombres; tal como tú lo dijiste…— frunció su ceño —¡Pero lo único que han hecho, es hacerse avariciosos con el oro y plata que piden y piden todos lo días! — clavó sus ojos en los de España.

—Dime ¿Haz visto mis calles? Están asquerosas, ¿Haz visto el agua del lago? Está contaminada— le habló con rigidez —Y lo más importante…— lo acercó lo más que podía a su rostro —¿Has visto a las jóvenes? Todas ellas llevaban ya un hijo bajo su seno… y no son de aquella persona que aman…— lo soltó y siguió caminando

Realmente se sentía dolido.

Desde hace más de un mes, desde que arribaron los españoles a Tenochtitlan; han hecho que su pueblo empiece a desplomarse. Los muy canallas, como si se creyeran los dueños de esa tierra; empezaron a pedir tributos de oro y plata; y si no fuera aparte, se atrevían a interrumpir las ceremonias y tributos de sacrificios a sus Dioses. Ya que "según" ellos, era algo bárbaro y sin corazón, por lo tanto; unos hombres de vestidura café empezaron a impartir su "religión" a su gente. Para que, supuestamente sus almas no se vayan infierno. Pamplinas. Era pura chárlate ría de esos extraños. Han cambiado, inclusive los nombres de gente, por nombres; que no tienen significado alguno.
Todo estaba patas arriba, y México ya no podía aguantarlo.
Pero lo que más le dolía en ese momento, no era eso…
Era aquel hombre, que era jefe y guía de su pueblo, ahora él solo era una marioneta de esas bestias.

España se sintió afligido. Nunca antes había visto así a México, y era la primera vez que le reclamaba con tanto dolor esas cosas.

—Si es eso lo que te molesta…— camino hacía el con pasos ligeros —Puedo arreglarlo…— dijo con paz y calma, tratando de convencerlo. La nación se detuvo. España sonrió, lo había conseguido. —Le diré a Cortes que sea más conciente de las cosas y que mis hombres no sean ya tan irrespetuosos. Sí tú lo deseas…— sonrió y se hincó detrás del niño. —¿Qué te parece eso? — sonrió calidamente y colocó su mano sobre el hombro del niño.
Este, nuevamente se quitó la mano de encima con un manotazo.

—No España, no es que yo lo desee— le miró de reojo con una profunda melancolía — No puedes obligar ha alguien hacer algo, que no puede hacerlo desde el corazón. Los corazones de tus hombres están podridos; y aún que les dijeses y los amenaces con tu jefe… ellos no lo harán…— cerró los ojos y dio un suspiro. —Lo único bueno de esto, es que tú no eres así…— se dibujo una leve sonrisa triste y continuó su caminar.
España sintió una gran ansiedad dentro de él.

—¡Espera México! — corrió nuevamente hacia él
—Por favor, no me dejes así, debe de haber algo que yo…—
—Déjalo así España…— murmuró sin dejar de caminar —Verdaderamente, no estoy de ningún humor para hablar con alguien. Y no quiero que seas tú, a quien tenga que descargar toda esta rabia que llevo dentro…—

Se detuvo.

—Aparte— se oyó un todo de odio en su voz —Esos sujetos quieren hablar contigo— y miro de reojo, a un grupo de españoles que se apresuraban a alcanzar al país europeo. España volteó.
—No importa— dijo con seguridad —Yo no quiero que estés así, así que…— al voltear nuevamente, se sorprendió al ver que el imperio ya no estaba. Chasqueó sus dientes y frunció su ceño.
Había perdido la oportunidad de poder controlar a México.

—¡Oye España! — gritó al español que encabezaba al grupo
—¡Cortes te esta buscando como una fiera! — arribaron con el país, quien aún intentaba localizar al niño
—Nos ha mandado para que te lleváramos con el inmediatamente— habló fuertemente.
España solo les torció los ojos con fastidio.
—Más les vale, que sea importante… — soltó un suspiro
—Ya que me han sacado de algo muy importante— cruzó sus brazos
Los soldados españoles se vieron entre sí.
—Como no podría ser importante…— dijo con nerviosismo uno —Cuándo Cortes esta bajo amenaza… —

España quedó inerte y atónito.


Como una especie de león enjaulado, el explorador español caminaba de un lado hacia otro, con un rostro de frustración. Se encontraba alterado. Solo era cuestión de ver como colocaba su mano sobre su cabeza y mordía insistentemente el dedo índice de su otra mano. Se encontraba nervioso y exaltado.

España, quien se abrió paso entre los soldados españoles que miraban a Cortes, caminó con paso firme hacia el conquistador. Soltó un gran bufido para que lo escuchara; el hombre volteó.

—¿Me podrías pasar que ocurre? — le miro con indiferencia. Estaba de mal humor
—¿Ahora en donde rayos metiste la pata Hernán Cortes? — arqueó una ceja.
El español solo le dio una mirada amenazante.
—Diego Velazquez— dijo con seriedad —Diego Velazquez busca mi cabeza— y continuó caminando en círculos. España se sorprendió al escuchar el hombre del gobernador de Cuba
—Más de 17 navíos están justamente en la costa de Veracruz— cada vez se escuchaba más tensa su voz
—Al parecer…— detuvo su caminar y miró al país —Me han acusado de traidor—

Como si fuera cosa de chiste, el español hecho la cabeza para atrás y empezó a reírse fuertemente.
—¡Te lo advertí! ¡Te lo advertí, maldita sea! — con su muñeca se quitó las lagrimillas que salieron causadas por la risa. Cortes se torno rojo por la burla —¡Ah! ¡Pero el señorito quiso salir sin permiso! — reía cínicamente.
—¿¡Que no veis que esto es serio coño! — gritó aun más molesto —Aparte también esto es de vuestra culpa— entrecerró los ojos con enojo. España solo le dirigió una risa burlona a este.

—Como sea, tenemos que ver que es lo que vamos hacer respecto a esto— volvió a su cara de pensativo y a su caminar en círculos.

—He decidido volver a la villa con varios hombres y enfrentarlos, antes que ellos nos ataquen a nosotros y sean capaces de llegar a la capital— se detuvo y miró al país —¿Estas seguro de lo que dices? — murmuró un tanto preocupado el europeo —Tú sabes que justo ahorita… en la situación en la que estamos…— le dio una mirada de seriedad.

España tenía razón, más; por lo que había ocurrido hace más de una semana.
Sus ojos marcados y castaños, empezaron a ver con detalles a todos los hombres que estaban presentes en la junta. Recorría su rostro detalladamente mientras acariciaba su larga barba. Los veía a los ojos y luego su cuerpo. Parecía una especie maquina que buscaba el menor error en las personas. Entonces, camino hasta llegar delante de un español, de mediana edad, de pelo corto y castaño; como si estuviera rasurado por completo. Una mirada afilada castaña y un bigote delgado y arqueado tal como sus cejas. Esta persona miró con asombro al español.

—Pedro— colocó su mano derecha sobre su hombro — A partir de ahora, hasta que vuelva de la villa; vos te encargaras de esta ciudad como si fuera yo— y lo apretó fuertemente. Todos quedaron esotros al oír eso. Una sonrisa maliciosa salió de la boca del hombre. Como si fuera la misma sonrisa del diablo.

—Es un honor Cortes— hizo una reverencia —Te prometo, que la cuidaré como mi vida misma—
El explorador soltó un suspiro y elevó su cara. —¡Quiero que todos lo que estáis aquí presentes, se marchen y se preparen para partir justo en este momento! — habló con seguridad —¡Apuraos que el tiempo es oro! — tronó sus dedos seguidamente y todos los soldados partieron al instante. Con excepción de España, quien se había quedado asombrado con la decisión del conquistador.
Algo le incomodaba, cada vez que miraba a Pedro de Alvarado siempre le provocaba una mala sensación. Su rostro siempre le recordaba la de un demonio y su mirar a las brazas del fuego que con solo verlas, te podría quemar y dejarte la piel viva.
España frunció su ceño y jalo del brazo a Cortes, quien hablaba con el nuevo líder temporal; hasta llevarlo aún lugar alejado donde no podrían escucharlos. El español se sacudió del brazo y se liberó de la opresión de la nación.

—¿¡Se podría saber que es lo que estáis haciendo! — exclamó molesto, mientras se sobaba la parte del brazo que le había lastimado la mano de España —Debería decir eso yo— habló realmente en voz baja, ya que Pedro se encontraba con esa mirada de recelo, mientras trataba de escuchar la conversación —¿Pedro? ¿Por qué rayos lo has escogido a él Cortes? — le arqueó una ceja —Tú sabes, que ese sujeto tiene un carácter muy peligro y altanero…— dio un trago de saliva —No se le puede dejar a Tenochtitlan en sus manos…—
Cortes cerró sus ojos y soltó un suspiro.
—Losé, pero no tengo otra opción España— en su voz se detonaba cierta inseguridad —Realmente, no se que haría Pedro si los indígenas se levantan en armas y nos atacan, pero es el único hombre capaz, que puedo creer que cuidaran bien de esta tierra…— soltó un suspiro largo. España reacciono.
—¿El único hombre? — dijo en un hilo de voz —Estas diciendo… ¿Qué yo también partiré contigo? —
Cortes negó con su cabeza. —No— habló en voz baja —Vos te quedaréis aquí y vigilaras todo aquel movimiento de Pedro— torció su rostro y miró hacia el susodicho y le dio una sonrisa

—Por ello te dejaré aquí con él; entre ustedes dos deben de tratar de que estos indígenas se rindan pacíficamente ante nosotros y tratar de que no se levanten en armas…— sintió un escalofrió recorrer su cuerpo. España chasqueó sus dientes.

—Debiste de haberlo pensado antes— cruzó sus brazos
—Esa acción fue precipitada y lo sabíamos muy bien— sus ojos se tornaron oscuros y serios —Ahora vivimos con el temor de un revuelo…— le dio la espalda y comenzó a caminar.
—Vaya forma de cumplir promesas Cortes…— sintió un nudo en la garganta, ya que recordó que había sellado esa promesa con sangre.

Cortes no contestó nada ante la acusación de la nación.

—Nueva España— aquellas palabras provenientes del explorador; hicieron paralizar por completo al castaño —He decidido llamar así a esta tierra, ya que se parece mucho nuestra bella tierra— una gran sonrisa se dibujo en los labios partidos del explorador —Así que tienes que cuidarla bastante, España— guardó silencio.

El país del viejo continente, solo permaneció inerte, en silencio; sin dirigirle ninguna mirada de furia o descontento al español. Solo se digno a soltar un bufido

—Yo solo cuidaré lo que es importante para mí—

Y se marcho al horizonte, intentando retomar lo que había dejado pendiente.


Sus manos se aferraban fuertemente a las pequeñas molduras que contenía aquel enorme palacio.
Con mucha fuerza, colocaba sus pies sobre una moldura y se daba impulso para poder alcanzar otra y lograr sostenerse. Estar a una altura de 60 metros no era cosa de un juego. Pero ya estaba decidido, no tenía vuelta atrás, y aparte; era la única forma de acceder al palacio de Axayacált.
De su boca, murmuraban palabras con ciertas pestes a los españoles, que habían decidido que, él no podría entrar al palacio por ningún motivo. Como si realmente le importara, y más si supieran, que ha estado hiendo a ese lugar desde aquel día. Sus ojos divisaron por fin su meta. Una pequeña ventana cuadrada de una habitación en específica a cual quería llegar.

Sin más preámbulos, y como si la fuerza diera su último esfuerzo. Dio unos pasos agigantados para poder escalar esa pared y llegó, por fin y a cuestas; a esa habitación. Jadeante, se dejo caer al suelo con cierta debilidad pero cayendo de pie y sintiendo, la adrenalina correr por sus venas. Realmente era extenuante tener que escalar (Y más saber que estas a una altura bastante y considerablemente peligrosa) aquella pared para llegar solamente, a ver una persona en especial.

México con su aliento recobrado, levantó su vista y ahí, donde se encontraba el lecho; yacía el Tlatoani Moctezuma Xocoyotzin con una cara demacrada. El hombre, escuchó los pequeños pasos del niño que se acercaban a él. Sonriente, se levantó, y dio unos cuantos pasos sonoros y metálicos.

Sus pies llevaban un par de grilletes con una cadena que los unía.

—México— se colocó encuclillas y levantó sus dos brazos, para poder colocar al imperio entre ellos; ya que sus manos estaban unidas, gracias a unas esposas oxidadas que llevaba puestas.
El niño, sintió una gran tristeza y abrazó con fuerza a aquel hombre, que se encontraba prisionero de los españoles. —No sabes, como me siento todos los días… Sin saber, que podrían hacerte estos sujetos…— murmuró con cierta tristeza el Tlatoani, mientras levantaba sus brazos para que México pudiera salir.

—No te preocupes por mí, mi señor— le sonrió calidamente, intentando calmarlo —Mejor dime, ¿Cómo has estado? — sus ojos castaños le miraron con ternura. El Tlatoani agacho su mirar.

—¿Cómo podría sentirse alguien, que ha decepcionado a su pueblo por completo? — su voz se lleno de agobio —Solo como una escoria…— sonrió levemente. México negó con su cabeza.
—No diga eso por favor…— México sacó de una parte de taparrabos, una pequeña hoja de sábila —Mire lo que le he traído mi señor— partió a la mitad la hoja y empezó a brotar de esta un poco de sustancia babosa y verdosa. Con cuidado, movió lo grilletes de las manos hacia atrás, y dejo al descubierto unas marcas circulares y recientes que le había provocado la fricción del metal con su piel.

Tomó un poco de la savia, y lo frotó en las heridas de Moctezuma. Este, dejo escapar un suspiro de alivio.
—Muchas gracias Tenochtitlan…— suspiro —No sabes lo gratificante que es esto para mí— sonrió. México solo dejo escapar una leve risilla, mientras ahora le colocaba un poco en sus tobillos.

Un silencio los invadió. Solamente era capaz de escucharse el mover de la cadena, cada vez que el niño trataba de darle un poco de alivio a su señor. Moctezuma miró al niño, este solamente estaba concentrado en su trabajo. Colocó una mano sobre su cabeza y le acarició el cabello.

—Lo siento…— el Tlatoani habló en un hilo de voz —En verdad lo siento Tenochtitlan…—
—No sé…— cerró sus ojos —No sé, que era lo que estaba pensando…— tapó su rostro con sus manos

—Cuando vi la cabeza de ese hombre, lo único que quise es que se la llevaran lejos, lo más lejos posible y que mi gente no la viera— descubrió su rostro y en sus ojos se encontraban llorosos. Pero resistía a esa insistencia.
—¿Por qué no escuche a mi gente? Desde un principio, debí de suponer que no eran ningunos enviados de nuestros dioses…— su voz se ahogo —Observe como apagaban la vida de Cuauhpopoca, de su hijo y de sus hombres, y no solo eso; nuestros hombres también lo vieron…— se mordió el labio
—¿Qué clase de emperador deja que lo gobiernen? — cerró sus ojos
—Yo debí ocupar el lugar de Cuauhpopoca, por mi falta de valor y carácter…
Por no haber peleado, como desde un principio lo debía hacer… — susurró muy bajamente y guardo silencio.

Desde hace ya mucho tiempo, Moctezuma había caído prisionero de los españoles, a causa de aquel revuelo que ocurrió con los totonacas y los mexicas, porque los primeros no quisieron pagar su tributo de oro.
Los guerreros Mexicas, al no poder derrotar a los totonacas (Quienes tenían el apoyo de los españoles) se retiraron ante la eminente derrota. Sin embargo, había capturado 7 españoles, y uno de ellos; fue cercenado de la cabeza y se lo enviaron inmediatamente a Moctezuma.

Demostraron que no eran Dioses.
Que nunca fueron Dioses, y nunca lo serán.

Cuauhpopoca, quien había dirigido ese ataque; fue llamado ante la presencia de Cortez y de Moctezuma. Habían murmurado que Moctezuma había ordenado ese ataque. Pero este lo negaba, y para demostrarlo; le pidió a Cortes que dictara la sentencia. Determinando así, el más fatídico final del guerrero y de sus hombres.
Y Cortes, por miedo a una rebelión, esposó al Tlatoani.
Y por ello, los españoles tomaron la oportunidad de hacerlo prisionero y obligarlo a declararse ser vasallo, del gran Rey Carlos I.

Desde entonces, el gran Tlatoani, carga con este peso sobre sus hombros.
Culpándose, por no haber sido más fuerte y determinante en sus acciones; en vez de dejarse llevar por sus miedos y supersticiones que muy pronto; llevarían a su tierra al desastre.

Unas gruesas lágrimas empezaron a rodar por su rostro.

Realmente le dolía el haber sido tan débil. Realmente le dolía lo que su gente sufría.

La pequeña mano morena del país, limpió con aquellas gotas cristalinas que rodaban sobre la cara de su señor. Presurosamente, antes de que lo inundarán por completo. Moctezuma le miró sorprendido, ya que en el pequeño rostro del niño se dibujaba una sonrisa.

—No tienes por que sentirte así…— con su otra mano, limpió las lágrimas de lado izquierdo
—Lo único que hiciste, es intentar cuidar a tu gente y tomaste las decisiones que tu creías correctas— habló con tranquilidad —Trataste de protegerlos, de protegerme; de esos intrusos…— soltó un suspiro y retiró sus manos del rostro moreno del Tlatoani. —Puede que no hayan salido como tú quisieras pero…— le miró a los ojos con calidez, apaciguando así; el temor de su señor.
—El errar… es algo tan normal, como el día y la noche— y sin permiso alguno rodeo con sus brazos a su señor.

Este, solo sintió la gran necesidad de hacer lo mismo, pero…

Aquellas esposas, le recordaban cruelmente su fallo como gobernante y su destino…

—Deberías de odiarme Tenochtitlan…— murmuró dolorosamente —¿Por qué te retienes ha hacerlo? —

—Por que no hay ningún motivo para hacerlo, mi señor…— le susurró con cariño.

De repente, el sonido de unos pasos avecinándose, pusieron en alerta a los dos mexicas.
—Son ellos— susurró el emperador, mientras se levantaba del suelo —Debes irte ya— empujo con delicadeza al niño, dirigiéndolo hacia la ventana por donde había entrado.
—Volveré mañana a verte, lo prometo— dijo con seriedad el imperio mientras se colocaba en el otro extremo de la ventana. Tenía que darse prisa, los españoles no tardarían en llegar. Tenía que marcharse.

—México— el Tlatoani hablo con aquella voz grave y fuerte, que había dejado dormida desde hace mucho tiempo; dejando sorprendido al niño.

—Si algún día, ocurriera algo; algo que acabará con mi vida y con la de nuestro pueblo…
Por favor, no te hagas un sublevado como yo, y lucha; por tu tierra, por tu gente y por ti mismo…—

Y con una mirada, tan cálida y dura, susurró:

—Se fuerte y no temas—

México, no pudo responder nada. Ya que habían entrado los españoles a la habitación y Moctezuma sonrientemente los recibió, para distraerlos y darle tiempo al niño de que huyera.
Pero dentro del corazón del imperio, había surgido un gran hueco, como si aquellas palabras se hubieran clavado en su blando corazón y a la vez, hubieran dejado una gran herida abierta en el.


31 de Abril
1520

—¿Qué? ¿Qué has dicho México? —
España caminaba detrás del niño con pasos agigantados, se notaba un tanto nervioso.
—Lo que escuchaste España— cruzó sus brazos —Voy hablar con Tonatuih— quien se refería a Pedro de Alvarado, el encargado de Tenochtitlan, mientras Cortes se hallaba en Veracruz. —Pero México…— habló agobiado —No creo que sea buena idea hacer eso…— lo detuvo gentilmente
—No quiero que te metas en problemas—
El niño lo miró con arrogancia.

—No me importa— dijo descaradamente —Iré hablar con el junto con otros sacerdotes para poder celebrar el Tóxcalt— y apresuró su paso. El país europeo chasqueó sus dientes.
—Pero Méxicooo— lo abrazó fuertemente elevándolo del suelo —No quiero que te metas en más problemas— le miró con ojos de cachorro. El niño se sonrojo.
—¡No me vas a convencer como antes España!— hizo un gran esfuerzo y se logró salvar de la opresión del país. —Ya estoy arto, que tus frailes, nos prohíban hacer nuestras ceremonias, por cosas del "Demonio" o ese tal "Satanás" — frunció su ceño y continuó caminando
—Es que piénsalo así México— se colocó al lado del niño.

Realmente trataba de detenerlo.
—¡Estas sacrificando la vida de una persona!— exclamó —Posiblemente, esa persona, realmente no quiera hacerlo— se acortó de hombros. México le arqueó una ceja.
—¿De que estas hablando? — aceleró el paso molesto.

—Tu sabes muy bien, que a esa persona, especialmente cuando es la celebración del Tóxcatl; es tratado como un Dios, le damos lujos, le enseñamos a cantar y bailar, le damos comidas, todo y él comprendía; que al ser sacrificado se sentiría orgulloso de sí mismo, de ser un sacrificio. Ya que su sangre se derramaría a favor a su gente y la fertilidad de la tierra que nos alimenta— se detuvo en seco, y volteó a ver a España.

—¿Qué acaso, yo no te enseñé las razones de nuestros rituales? — murmuró con voz grave
—Nuestros actos no son impuros, bárbaros e inhumanos. Son actos de gratitud y de pureza. Mostramos sin temor, que nuestra sangre puede ser derramada como un símbolo de pago por todo lo que se nos ha dado— entrecerró sus ojos y le dio la espalda.
—Al parecer, o se te olvido o te estas haciendo el occiso—

España se tragó su saliva.

—Disculpa…— murmuró —No quise que te enfadaras— miró hacia otro lado.
México suspiro —No importa, no tiene caso que discutamos sobre esto— sonrió —Siempre a sido así desde que comenzó esto, así que no importa— y sin titubear dos veces, entro al despacho de Pedro junto con los sacerdotes que lo esperaban.

El país permaneció afuera.

¿Cómo que desde "siempre" a sido así?
Aquellas palabras habían dejado al español perplejo y mudo. Estas actuaron como si fueran una especie de veneno, y hubieran paralizado todos sus sentidos por completo.
Torció sus ojos y chasqueó sus dientes.
El español sintió que México se lo hubiera dicho como especie de reclamo.
España, en cierto modo ya estaba molesto, de que siempre, por algún motivo; México se comportara de una manera muy sangrona con él. Cada día, llegaba más molesto a casa y siempre que trataba de hablar con él, lo evadía o simplemente empezaba a gritarle sin razón aparente.
España se sintió indignado.
¿Por qué viene a reclamarle a él, si no tiene nada que ver?
Siempre, siempre era lo mismo. Y ni siquiera, le daba una oportunidad de intentar arreglar las cosas. Solo gritaba y se quejaba de sus hombres como si no hubiera un mañana.
Ya no podía soportarle más esa arrogancia a México. A veces, realmente España no lograba comprender al niño, y en ocasiones deseaba, que le entendiera y comprendiera lo que ahora, él le estaba enseñando.
El país dio un gran suspiro y trato de calmarse.

—Pero por más que traté de hablar con el, no lo hago entrar en razón— se rascó su cabeza
—Si tan solo fuera capaz de ver las cosas que estoy tratando de hacer por él, tal vez…—

La mirada de España captó una imagen un tanto extraña.

Un grupo de jóvenes mujeres, caminaban de regreso a casa con una grande jícara llena de agua. Pero lo más extraño de aquello, no era eso, no; eran sus enormes vientres abultados. España las miró con asombro, eran solo unas niñas de por lo menos unos 17 o 19 años, y que a esa edad ya portaban una creatura en su vientre. Sacudió un poco su cabeza. ¿Qué rayos les ocurría a esas jóvenes?
Quedando embarazadas a edad tan temprana.
De la sacudida que se dio, provocó que diera un paso hacia atrás y sintiera, como su pie era embarrado por una materia espesa y de olor repulsivo. El rostro del país hizo una enorme mueca de asco, al darse cuenta que había pisado las eses de un caballo. Arrastro su pie varias veces sobre la tierra, hasta quitarse aquella cosa espantosa de su zapato. Un escalofrió recorrió el cuerpo del español, era realmente asqueroso haber pisado algo así. ¿Por qué rayos, por lo menos, no pudieron tener la dignidad de limpiar aquello? Era algo realmente repulsivo, ya que todas las calles estaban llenas de esas "cosas".
Su oído captó el gritar de una joven.
Al voltear a su derecha, pudo observar un grupo de españoles, que acosaban insistentemente a muchacha, que se encontraba rodeada por estos. Su cara marcaba súplica y que la dejaran sola. Pero aquellos hombres, le importaban en lo absoluto. España, molesto al ver aquello, se dirigió a esos hombres y les obligó a alejarse de aquella mujer.

Los españoles se miraron y comenzaron empezaron a reírse. Increíblemente, al haber escuchado la orden de la nación, siguieron caminando solamente dejaron a España solo, con la joven que aún estaba atemorizada.

—Si ya sabía yo que México estaba exagerando— llevó sus manos a su cintura y sonrió —Solo es cuestión de hablar con ellos apropiadamente— cerró sus ojos y volteó hacia la morena. Esta se encontraba aún con miedo y temerosa, inclusive, se encontraba temblando.

España colocó su mano sobre el hombro de la mujer y sonrió.

—¿Te encuentras bien? — le preguntó con amabilidad en su lengua —Ellos ya no volverán a molestarte— sonrió. Más la joven empezó a temblar con mucho más fuerza y sus ojos se llenaron de lágrimas. Y sin darse cuenta, se había echado a correr mientras a gritos, pedía socorro.
España la miró asombrado. ¿Qué fue eso? ¿Por qué salió corriendo de ahí tan espantada?

Entonces lo comprendió.

Ella había entendido, de que la dejaran sola para que él, pudiera abusar de ella.
España se quedó atónito. ¿Por qué ella habría de pensar así? El nunca se atrevería de ponerle las manos encima a una mujer en contra de su voluntad. A menos… a menos de que pensara que él también fuera uno de ellos.

Un sin fin de imágenes y pensamientos invadieron a mente del español. Las imágenes de México reclamándole aquellas cosas, que justamente, de menos de 5 minutos había experimentado. Había entendido la razón por la cual era el enojo de México. Se colocó en los zapatos del imperio y cerró los ojos. Trató de imaginarse, que alguien había llegado a su tierra y sin permiso alguno comenzara a invadirlo poco a poco, quitándole sus tradiciones y su cultura. Dentro de él, pudo sentir cierta rabia y enojo al imaginarse a ello. Que esas manos ajenas y extrañas, tocaran a sus mujeres sin permiso y abusaran de ellas. Que ensuciaran sus calles hermosas, aquellas; que tardo tanto tiempo en hacerlas. Y que aparte, intentaran cambia su forma de pensar y sus creencias.

Era realmente doloroso, ver como todo aquello que amas se viene abajo sin razón aparente.
Abrió sus ojos y sintió una gran culpabilidad. Aquello que se había imaginado, era lo que le estaba pasando a México y él, era aquel extraño que invadía lentamente su tierra. Se sentía culpable y unas ganas de pedir perdón al moreno lo invadieron. Solo quería pedirle perdón por las cosas que estaban pasando.

Sonrió y soltó un suspiro.

—Cuando salga México de ahí, lo haré— murmuró —Solo espero que este de ánimos— rió nerviosamente. Y entonces, como si lo hubiera invocado, varios sacerdotes junto con México, salieron del despacho de Pedro. Los grandes hombres junto con el niño, se mostraban felicites y complacidos. Una gran y hermosa sonrisa era la que más se destacaba en México, quien se veía demasiado jovial.
España los miró con ternura. Al parecer, Pedro había dado su brazo a torcer y permitió aquella celebración tan importante para los Mexicas. El país vio que el grupo de los Mexicas comenzaban a caminar, hablando entre ellos mismos y dirigiéndose al gran Templo Mayor, para poder organizar al último momento el evento.

España decidió ponerse en marcha para poder alcanzar al imperio, quien a cada paso se alejaba más y más. —¡México! — gritó su nombre —¡Espe…— pero algo lo detuvo.

Delante de él, justo después de que salieran los mexicas, salió Pedro con paso firme.
Sus ojos afilados los miraban con repulsión y odio, de su boca; se podían escuchar salir pestes y para taparlas se mordía su pulgar derecho insistentemente.

España, dio un paso para atrás. Conocía muy bien esa mirada.
Era una mirada donde la maldad salía a borbotones y no había nada para poder detenerlo.
Y que con una tétrica sonrisa y un relamido de labios...
Se podría saber cual eran las verdaderas intenciones de ese hombre.


1 de Mayo 1520

El día había llegado.
Toda la gente de aquella ciudad mística se había reunido, para por fin venerar a sus Dioses y derramar la sangre, que estos les pedían a gritos desde el cielo. La gente, con sus mejores ropas salió en rumbo a la plaza del Templo Mayor, ovacionando y gritando jubilosos, por la inmensa venida de las gracias que Tezcatlipoca, el espejo humeante; y Huitzilopochtli, el colibrí zurdo; les daría ese día.

Alabanzas, sonrisas, gritos y uno que otro salto, empezaron a notarse más al ver en la cúspide del templo, salir los sacerdotes acompañados por el Tlatoani, personajes de la nobleza, el joven quien iba ser sacrificado y por último y menos importante, el joven imperio; quien portaba un ostentoso traje lleno de preciosas joyas y un gran penacho de hermosas plumas de quetzal.
El sacerdote, dio unos pasos al frente para que la gente lo viera. Alzo sus brazos al cielo y exhaló con fuerzas unas palabras hacia su pueblo. Les habló acerca de lo todo lo que los grandes Dioses les había dado el ciclo anterior, riquezas, alimentos, hijos y triunfos. Que los había protegido ante todo y que los guía un sin fin de veces cuando se sentían perdidos. Pero que había llegado ya el momento, en el cual, sus fieles devotos tenían que demostrar su gratitud. La gente volvió a exclamar de júbilo, excepto una persona, quien se encontraba hasta lo más atrás de las personas.

El rostro de España, no marcaba inició de gozo o felicidad, y aun que lo estaba; no era el momento adecuado para hacerlo. Sus ojos verdosos, se clavaban en la piel del moreno. Estaba temeroso. El rostro de Pedro, que había visto ayer, le había hecho sentirse con un cierto miedo, y temía por el bien del niño. Sabía, que el hecho de haber aceptado que hicieran su celebración era por que tramaba algo. ¿Qué? No lo sabía.
Pedro se había escondido de España, para que no lo estuviera indagando con preguntas.
Cruzó sus brazos. Pensó nuevamente que debió haber sido buena idea, haber aceptado la petición de México el estar presente en la ceremonia.

Pero él sabía que era imposible, más ahora; que se encontraba manchado.
México acepto el hecho de que la nación no estuviera ahí, pero le pidió de favor que usara alguna prenda llamativa, una prenda que el usara en la guerra; prendas de guerrero. Deseaba que se notara entre la multitud para saber que estaba presente, aparte, era una gran ceremonia.
España no tuvo la opción más que ponerse su saco largo rojo. Su ropa de conquistador.

La gente comenzó hacer más bullicio. El momento clímax de la festividad había comenzado.
Un joven de por lo menos unos 15 o 17 años, que portaba un traje mucho más elegante que el de México y mucho más precioso y hermoso que el del Tlatoani, se acercó al lado del sacerdote.
Era el joven, sin desperfectos en su cuerpo, quien había sido trato como un Dios y instruido en las más bellas artes de su cultura por un año; el sacrificio. España escucho como el sacerdote mencionaba, que él joven se le había seleccionado y hablado como su sangre beneficiaría a su gente. El país cerró sus ojos.
Aún no comprendía del todo, como la gente podría creer en eso.
Pero él no era nadie para criticar, así que solo continuó observando.
El muchacho fue colocado sobre una mesa de piedra, se le fue retirado el pechero que llevaba, y lo recostaron.
La gente comenzó a precipitarse más.

Una daga de obsidiana fue levantada y mostrada a los presentes.
Radiando aquella preciosa piedra negra, que formaba la hoja de aquella armaba. Después se le fue depositada en las pequeñas manos morenas de México. España no vio venir eso.

¿México iba a realizar el sacrificio? ¡Pero si tan solo es un niño!

Pero para las expectativas del país, al parecer mostraba lo contrario.
Él, tenía una cara de que no era la primera vez que lo hacía en su vida.

Con paso firme, subió el pequeño peldaño que había delante de la mesa, colocándose a una altura que el golpe de la daga fuera perfecto. El imperio elevo la daga entre sus dos manos hacia el cielo y la sostuvo, ahí; por solo unos segundos. Sus ojos castaños bajaron al ver lo del joven.
El joven mexica, respiraba tranquilamente con sus ojos cerrados, mientras sus últimos respiros se los llevara el aire. Entonces, con una paz interna completa y con calidez, sonrió.

México hizo lo mismo, y la daga fue enterrada.

España solo cerró sus ojos.

Como si buscara lo anhelado, las manos del imperio se enterraron en el pecho del joven, mientras sostenía entre ellas el más importante regalo a su Dios. El corazón.
Palpitante, como si bailara aún de gozo por aquel glorioso y valiente acto de sacrificio; el corazón fue sacado mientras los chorros de sangre corrían por los brazos del imperio y se derramaba en el suelo.
Lo elevó a los cielos, como si quisiera que Tezcatlipoca y Huitzilopochtli lo observaran y se sintieran complacidos.

La gente llego a su máximo éxtasis. Sabían que de ahora en adelante, todo estaría lleno de gracias y de felicidad. Habían complacido la sed de sus Dioses, y habían demostrado que aún creen en ellos.
España, prefirió voltearse.
Dentro de él le daba cierto asco, observa como la gente se emocionaba y se excitaba al ver ello.
Estaban yendo en contra de las reglas de Dios. El verdadero Dios.
Pero pronto, esos pensamientos fueron alejados, al ver, como entre las casas; varios guerreros españoles se movían rápidamente, como si no quisieran ser descubiertos.

España arqueó una ceja.


—No pensé que realmente harías ese sacrificio—
—¿Enserio? — le miró con asombro
—Pues para que veas que sí puedo hacer— sonrió y se llevo a su boca un poco de comida a su boca.

España y México se encontraban sentados en unos de las tantas hogueras que había sobre la plaza superior del templo. Ya que la noche había llegado y la celebración, apenas estaba comenzando.

—Bueno si…— se rascó la cabeza —Pero como dicen: "No creer, hasta ver" — sonrió y tomó un poco de pulque se le había servido, ya que por nada en el mundo quería comer. Ya que sabía, que la carne que se había hecho la comida, era de aquel joven que había sido sacrificado. Sacudió su cabeza para no pensar en ellos.
—Pero debiste de haberme creído España— tapó su boca ya que estaba masticando —Tú sabes que nunca miento— se pasó su comida y tomó un poco del pulque que bebía la nació.
—¡Oye! — gritó molesto —¡No deberías beber eso, es para adultos! — intentó arrebatarle la jícara de la mano.
Más el niño, simplemente sacudió su cabeza, y como tenía aquel enorme penacho, le provocó cosquillas al español.

—¡Tramposo! — rió y le intentó quitar ahora el penacho que llevaba. México rió ante su travesura. España infló sus cachetes en forma de berrinche —Eres muy cruel conmigo— le torció el rostro —¿Por qué? — se detuvo México y le sonrió —Tú eres el que no me dejas aprovechar mi vida— le arqueó una ceja. —Sí, como el joven a quien sacrificaste ahora— cruzo sus brazos y le ignoró. El imperio soltó un suspiro.
—¿Estas molesto por eso verdad?— se sobó sus sienes. España no contestó. México agacho su mirar.

—Yo se, que esto va en contra de tus principios, y yo lo entiendo— habló un tanto con seriedad
—Pero por tan solo una vez, quisieras que te pusieras en mi lugar y entendieras el por que de esto— cerró sus ojos

—Tus hombres nos tachan como unos asesinos, que en contra de la voluntad propia de la gente los sacrificamos, pero no es así.
Nosotros, apreciamos la vida a nuestra manera. No queremos decir que no nos importe y por ello hagamos esto por placer. Al contrario. Para nosotros la vida misma es un regalo muy valioso que se nos ha dado. Como lo es también en tu religión. Pero, nosotros pensamos, que por ello, también al ser un gran regalo, debemos otorgar una, como lo hicimos ahora— abrió sus ojos y contemplo hacia las faldas del templo, donde la gente se encontraba bailando y festejando avivadamente.

—Hubieras visto la sonrisa de ese joven— sonrió levemente —En un principio, ellos tienen pavor a ser sacrificados en nombre de su Dios, pero nosotros le hacemos entender que no es así. Que ellos, darán su corazón hacia su gente, que ayudaran a su gente a crecer y vivir con alegría. Ya que su sangre será alimento de nuestro Dios, para que la tierra sea más fértil y los animales y frutos abundad.
Por ello, los tratamos como si fueran unos dioses, les enseñamos cantos, bailes, a tocar un instrumento, a comer cosas que nadie puede comer más que lo de la nobleza. Por que lo que esta apunto de hacer es una acto noble… un autosacrificio—

España volteó a ver un poco al imperio.

—Esta fiesta no es solo para Tezcatlipoca, en cierto modo, también va para ese joven— dirigió su mirar hacia España con ternura —¿Acaso vos no harías lo mismo si te lo pidieran? — le habló en su lengua y con el mismo tono español, que dejo a la nación estupefacta.
Este solo sonrió, y le quitó el penacho y la jícara al niño.
—Dejemos eso aún lado y cuéntame por que están aquí todos los soldados— se colocó el penacho.
México asintió.

—Solo están festejando España— sonrió —Todos bailan y cantan. Y como podrás ver ninguno esta armado, es solo una fiesta— se acortó de hombros —¿Y entonces por que el traje respectivo? — le preguntó curioso. Ya que México portaba el traje de un guerrero águila —Es solo para marcar el rango que eres— señaló su propio traje —Me sorprende que puedas soportar todo eso en tu cuerpo— le dirigió una mirada burlona el español. México se puso colorado
—¿Lo dice el señor que lleva solo ropa holgada, que le considera un traje de guerra? — le arqueó una ceja
España le sacó la lengua.
México se rió.

El sonido de madera desplomándose en el agua se oyó, captando la atención de España.
—¿Oíste eso? — comenzó a mover su cabeza hacia las entradas principales del Templo Mayor. El imperio dejo de reírse —¿Oír que? — le miro con intriga. México cerró sus ojos y puso atención a los sonidos que lo rodeaba; separándolos uno por uno. Pero no oyó nada fuera de lo normal.
—¿Ocurre algo España? — llevó pequeña mano a la frente del español. Este se la quitó de encima.
—No nada…— dijo un tanto agobiado. El imperio, divagó su vista. Y de repente, efusivamente sonrió.

—Ven— le jaló de la mano, parándolo rápidamente —Vamos a divertirnos—
—¿Divertirnos? — dijo con rareza.

No era el momento adecuado para España divertirse. Ya que estaba empezando realmente ahora preocuparse. La razón por la cual no había investigado a los españoles, cuando los vio moverse tan sospechosamente, fue por que al perseguirlos, no encontró nada.
Todos los españoles se encontraban en charlas ajenas a la celebración que ocurría. Bebiendo y jugando mientras pasaba el evento. Inclusive, Pedro, quien estaba encargado de Tenochtitlan; estaba en su despacho "descansando" con una mujer.
Pero ahora, había escuchado algo, que los oídos tan finos de México no los haya escuchado. Era algo malo.
Pero el niño insistía tanto, que no tuvo otra opción más que doblegarse y "divertirse"

Sin soltarlo de la mano a España, reunió a varios hombres, guerreros; para hacer algo. Estos accedieron gentilmente. México vociferó algo hacia un hombre que se encontraba atendiendo a los de la nobleza, obligándolo a dejar sus acciones para entenderlo.
España le miro con recelo. ¿Qué era lo que tramaba?
El mismo hombre que había mandado, regreso con otro hombres con varios instrumentos musicales y se lo repartieron, al grupo, que el imperio había formado.
Un Teponaztli, una caja, una quenilla, y unos recipientes con semillas.
Y para España (quien no se esperaba eso) el pifano.

—¿Pero qué…?— miró la flauta que llevaba en su mano —¡Ni creas que voy a tocar esto! — le gritó avergonzado el español —¿Por qué no? — le sonrió el mexica, mientras ayudaba hacer en medio de la plaza una hoguera más grande —Así te diviertes un poco y te adentras más a la celebración—
España se puso rojo —¡Ni siquiera se tocarla! — infló sus cachetes —España… si sabes…— le miró con redundancia —Y yo te enseñe— volvió a su trabajo.
—¡Pero México! — le reclamó como un niño —Cállate— lo miró seriamente y camino hacia él.
—Solo por esta vez ¿De acuerdo? — le sonrió con calidez. España hizo un puchero.
—Está bien…— balbuceó —¿Y que rayos toco? Solo se me bien el acorde de una canción que me enseñaste por primera vez—
—Entonces que sea ese…— sonrió y camino hacia el centro de la plaza donde estaba la hoguera.

España soltó un suspiro.
Se sentía incómodo. ¿Cómo era posible que el imperio aceptara el hecho de que tocara con los músicos?
Ni siquiera sabía si los demás se sabían era canción, y luego ¿Cómo se saben los acordes? Era técnicamente imposible que con lo que él tocará hiciera música. Ya que solo repetía la misma nota una y otra y otra vez.
Pero miró al moreno.
Le observó como sonreía cálidamente a su Tlatoani, quien le habían dejado participar en esto; y parecía muy feliz y contento al estar celebrando junto al niño.
Ahora que lo recordaba, hace ya de mucho tiempo, que México no hacía una celebración como esta, desde que llegaron ellos. España sonrió.
Solo por esa vez, le cumpliría el capricho a la nación.

Cerró sus ojos, se llevó la flauta a la boca y empezó a tocar aquellas primeras notas.
Su corazón empezó a latir rápido y ponerse nervioso. Ninguno de los hombres que tocarían con él, empezaron a tocar sus instrumentos. Decidió parar por un momento, pero el sonar de una segunda flauta y el sonido hueco de la caja, empezaron a acompañarlo. De pronto se añadieron los demás instrumentos.
El castaño abrió asombrado sus ojos, sin dejar tocar su instrumento.
Escuchaba la música que producían, en verdad era una melodía muy alegre la que estaban haciendo.
Y entonces se dio cuenta, que él mismo, era quien guiaba a los demás. El sonido más agudo y cantarín que marcaba los cambios, era él.
Dirigió su vista a México. Este le sonrió enormemente, mientras el sonido de los cascabeles que llevaban en sus piernas que producían al bailar, sonara más energética el sonido.
Dentro de España se sintió extrañamente vivo. Siempre él había admirado eso de la música mexica.
Aún que tú no supieras, su lengua, su cultura, su música te transmitía tenuemente, los sentimientos que se denotaban. Y este era un son, tan alegre y viva, que lo incitaban a ponerse de pie, y bailar alrededor del fuego.

Pero por pena, decidió a quedarse quieto y seguir tocando. Pero eso no impedía que pudiera mover pie al ritmo de la música. Por un momento, se olvido por completo de su alrededor y solamente se concentró de lo que ocurría ahí. Observando, como el imperio bailaba sin cesar, con los demás guerreros y su señor. Era una imagen única. Ver como aquellas personas danzaban alrededor del fuego y que este, alzara el brillo resplandeciente de las joyas que llevaban en sus atuendos; y las enormes plumas y capas que se movían bruscamente al momento de que la persona, diera un giro. Los aplausos que daban también combinaban con la música y aquellos gritos de alegría y cantos; lo hacían sin igual.
Se dio cuenta también, que el sonido de la caja, producía un sonido similar al latir de un corazón.
En ese momento, solamente lo que quería el español era que ese momento perdurara lo más que pudiera.
Era un sentimiento único y especial, tanto, que por fin le hizo el entender la razón de aquel acto que había hecho México.

Solo estaban agradeciendo, solamente era eso.
Recordó lo que le había preguntando el imperio, en el mismo asentó en el que él hablaba.
Y la respuesta era , sin duda alguna, lo haría. Ya que era algo que lo beneficiaría para su gente y a él mismo.
Una esplendida sonrisa salió de él, olvidándose por completo de seguir tocando. Pero no importo.
Se sentía lleno de energía y glorioso.

Tanto, que ignoro por completo el grito que se esparció por el cielo nocturno.
Todos dejaron de moverse… la música calló precipitadamente y todos los ojos se dirigieron hacia la explanada. Una turba masiva de españoles avanzaba ferozmente hacia el recinto del Templo Mayor.
Todo comenzó a moverse en cámara lenta. Los españoles armados hasta los dientes, corrían hacia los indígenas que estaban en la plaza. Indefensos, inmóviles y exhortas vieron como llegaban hacia ellos.

Y de repente…
La masacre había comenzado…

Sin tentarse el corazón, sin perder el tiempo, los hombres blancos comenzaron a aniquilar a toda persona que estuviera presente. Sin piedad y con una sonrisa maquiavélica en su boca, cercenaban lo primero que veían. Un brazo, una pierna, directamente al pecho o su lugar preferido; la cabeza.
Los muy bribones se salieron con la suya, sabían que estarían desarmados e indefensos y por lo tanto sería una excelente oportunidad para acabar con ellos, antes de que ellos lo hicieran.
La gente desesperada, al ver como la sangre de sus hermanos se esparcía por el suelo, decidieron correr rápidamente a uno de las 5 salidas que tenía el templo hacia el exterior.
Todas estaban bloqueadas por escuadrones de españoles. Los puentes habían sido cortados.

Ese, había sido el sonido que había escuchado el europeo.

Con ojos exorbitados, España no podía creer lo que observaba.
No podía estar pasando, no. No lo que más temía. El miedo empezó a dominarlo. Y en un acto de desesperación comenzó a gritar. Su respiración se hizo precipitada, pero tenía que calmarse, lo más importante ahora, era sacar de ahí a México. Ese era el objetivo principal de todo.
Volteó a ver al imperio.
Los ojos castaños de México yacían llenos de lágrimas desbordadas.
El tampoco podía creer lo que estaba ocurriendo en ese momento. España volvió en sí y corrió hacía la nación.
—¡México! — lo tomó con fuerza de los dos brazos y lo sacudió, pero este no reaccionaba al igual que los demás mexicas —¡México, escúchame por favor! — sostuvó su rostro con su mano y la estrujo, pero nada lo hacía entrar en razón.

El país chasqueó sus dientes y decidió dejarlo.
E inmediatamente bajo las escaleras hacia la explanada, en busca del causante de todo esto.
Al llegar, España tuvo que tornar duro su estómago, ya que tenía que avanzar ante el desfiladero de cadáveres cercenados, miembros y viseras regadas en el suelo. El español podía sentir, como pisaba al correr los cuerpos y la sangre tibia recién derramada en sus pies. También tuvo que soportar ver aquellas imágenes, de cómo sus hombres reían como hienas mientras clavaban una espada o degollaban con placer a los mexicas.
Una verdadera carnicería humana.
Y entonces… encontró al hombre que tanto buscaba.

—¡Pedro! — gritó con furia incalculable hacia el español. Este volteó con una sonrisa, mientras en su mano, sostenía la cabellera de un guerrero quien intentaba zafarse. —¡Oh España! — desenvainó su espada
—¡Que agradable sorpresa verte por aquí! — y sin titubear, cortó la yugular del hombre dejándolo sin vida al instante.

España le enseño sus dientes con furia.

El imperio, despertó de su shock al ver que las tropas españolas, se habían animado a subir las largas escaleras del templo. Buscando, sedientos, apagar sus vidas de un solo tajo. México entrecerró sus ojos, no permitiría que eso ocurriera en lo absoluto.
—¡Debemos pelear cuerpo a cuerpo ya que no tenemos armas! — vociferó —¡Así que peleemos con el corazón desenfrenado! — sus palabras no mostraban temor alguno, tal como los rostros de los guerreros que se encontraban presentes. Sabían que muy posiblemente no sobrevivirían para contarlo, pero la sangre de guerrero que tenían les exigía pelear por su vida.
Volteó a ver a los españoles, solo era cuestión de segundos para que llegaran a la explanada principal. Su corazón comenzó a latir rápidamente y la adrenalina correr por su cuerpo.

Los españoles arribaron, era ahora o nunca.

Rápidamente los guerreros corrieron hacia los españoles, evadiendo perfectamente, el sablazo de las espadas y las apuñaladas de sus dagas. Si lograban atravesarlas, los mexicas daban un golpe certero en su rostro para dejarlos noqueados, y después; colocarse detrás de ellos y romperle el cuello rápidamente.
Sonreían cada vez al hacerlo y arrojarlos por el precipicio del templo era un placer.
No por nada, era guerreros de élite.
Aún que algunos, no corrían esa suerte y eran ellos a quienes sentían el filo de la espada atravesarlos y sentir, como sus órganos eran cortados desde adentro.
Para México, no le era tan posible hacer eso, ya que solo era un niño de 9 años con una altura promedio tal cual.
Pero que no les deje engañar su apariencia, ya que era mucho más astuto que un zorro.
Así que, tomó una vara de la hoguera, al rojo vivo y lo usaba como una lanza de combate. Directamente hacía los ojos para dejarlos inhábiles, a aquellos españoles que pensaban que era una víctima fácil.

Pero a pesar, de que fueran guerreros de élite, no les bastaría.
Era muchos españoles armados, y tenían más ventaja sobre ellos. México se dio cuenta de ello, al ver que la mayoría de sus hombres habían sido acabados.
Desesperado, busco con precipitadamente a su Tlatoani, Moctezuma. Aquel viejo hombre, que yacía inerte en el santuario de Quetzalcóalt, viendo como por su culpa, su ciudad empezaba a desmoronarse ante él.
México corrió hacia él. Tenía que sacarlo de ahí pese lo que pese.
Pero la munición de un arcabuz, lo alcanzó, rozándolo por el brazo derecho. El imperio dejo salir un grito de dolor. Más eso no le impidió seguir caminando.

—¡Mi señor! — exclamó con cierto dolor por la herida —¡Huyamos de aquí! — llegó hasta su presencia y lo jalo de su capa. Más el Huey Tlatoani no se movió. —No, no puedo— sus ojos le miraron afligidos
—Tú tienes que huir de aquí— le habló bajamente —¡Debes de bromear! ¡Tenemos que huir de aquí Moctezuma! — volvió a insistir. Pero el señor seguía negándose. El emperador mexica observo que unos soldados corrían hacia él y por última vez, como el gran señor de Tenochtitlan que era; les ordeno a varios guerreros que se llevaran a México lo más lejos de ahí posible, que abandonaran la ciudad.

—Es a ti a quien quieren, mi niño— sus ojos se llenaron de lágrimas. México permaneció en blanco. Y sin que se diera cuenta, sintió como unos brazos músculos lo rodeaban y lo alejaban de ahí.
—Recuerda lo que te dije…— escena tras escena, México observaba como su señor era rodeado por lo españoles —Se fuerte y no temas…— la voz calida y suave de Moctezuma se escuchaba entre los gritos de guerra y dolor.

—No…— sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas —Moctezuma…— vio como nuevamente hacían preso a su señor, mientras el se alejaba de ahí, con los guerreros.

—Moctezuma…— susurró dolorosamente

— ¡MOCTEZUMAAAA! —

El grito de dolor y pena de México llegaron hasta los oídos de España.

Quien volteó hacia en dirección del templo.
—Ese niño debe de estar odiándote ahorita por completo, España— se mofó el español del país.
Este, giró con agresividad hacia el conquistador y lo tomó por sus ropas
—¡Y todo gracias a tu estúpida idea! — lo acercó a su rostro, quería que viera en sus ojos la ira que llevaba por dentro. Pedro no se inmutó en lo absoluto.
—¿Qué vas hacerme? ¿Matarme? — le arqueó una ceja —Con mucho gusto lo haría— le contestó a regañadientes. El español se soltó una carcajada.

—¡España, por favor no me hagas reír! — su risa hacia enfermar al país —Ya no hay otra alternativa, justo ahora, en este momento, él debe de esta odiándote— dejo de reírse y le miro con seriedad. España le soltó un escupitajo en la cara. —Por favor, comportaos como un caballero— con su mano se lo quitó de la cara.
—Eres un cabrón por hacer esto, Pedro— apretó con mucho más fuerza el cuello de su camisa, haciendo que no pudiera respirar del todo el español —¿Cómo se te ocurrió hacer esto? — su voz se denotaba dolor
—¿¡Por que carajos hiciste este pandemónium! — y sin resistirse más, le propino un puñetazo en la cara que lo tumbó al suelo.
El español escupió un poco de sangre, y le miró con enojo al país. Pero luego, sonrió.
—Por que no había otra opción España— se incorporó lentamente —Mira a tú alrededor, este "pandemónium" que tu dices, iba a ocurrir de un día para otro— sonrió —¿O me lo vais a negar? — le arqueó una ceja.
El castaño no contestó.
—¿Ves? Tú ya lo sabías desde un principio.
Tú sabías que esto pronto iba a ocurrir. Tarde o temprano. Pero no se por que se te dio el papel de "No, no, nada de guerra" — le arremedó — Y no hiciste nada para hacer más rápido esta tierra— le reclamó.
—Por que no había una maldita necesidad de hacerlo—
—¿Seguro que no la había?
— ¡Por supuesto que no! — chasqueó sus dientes
—¿Y entonces, por que estas aquí? Sí no quieres hacer nada a la mala.

España sintió como su cuerpo se paralizaba al escuchar eso.

Y Pedro lo sabía, había dado en el blanco.

—¿Por qué tratas de engañarte a ti mismo? — empezó a caminar alrededor de él
—Europa, en estos momentos esta como una loca buscando nuevos territorios; y no me lo puedes negar— sonrió —¿O acaso te recuerdo a Italia? — el país dio un respingo —Francia intentó quitártela una vez si no mal me acuerdo, ¿O que tal Turquía? Esta avanzando a pasos gigantes— paró su camina detrás del español
—¿Dime que fue lo que hiciste para proteger esa tierra, que es tuya? —
El país no respondió. Pedro frunció su ceño.
—¡Contestadme, te digo! — gritó
—La defendí…— susurró con voz temerosa
—¿Y que tuviste que hacer? — le volvió a cuestionar
—Pelear…
Pedro empezó aplaudir como un loco mientras reía.
—¿Ves? Parece que ya estáis captando— le rodeó con un brazo al país —Escuchadme, yo se que para vos esto es demasiado doloroso y toda esa cosa. Pero escuchad; si realmente queréis que ese niño este en buenas manos, tienes que hacer esto— le habló con suavidad.
—Oye tío, te vi cuando estaban haciendo ese sacrificio, tu rostro estaba pálido y asqueado. Realmente no querías que lo hiciera, pero para ello hay una solución…— su traje, que llevaba una segunda espada, la zafó de su cinturón y se la extendió al español.

— Vos…puedes cambiar eso si tú lo deseas.
Tú deber es darle lo mejor a ese país y tú sabes, que el modo en el que vive no es el correcto…— su voz empezó a tener ese toque de seducción, que una vez que la escuchas, es imposible ignorarla.
—Vamos… solo tienes que tomarla— tomó la mano derecha de España y colocó el mango en su palma
—Ya tienes vuestro traje puesto, ¡El traje de un gran conquistador!
Solo tenéis que aceptarlo, que esta siempre ha sido la mejor manera de lograr las cosas— se relamió los labios.

El país se encontraba entre la espada y la pared.
Realmente el no era capaz de hacer eso, ¡No podía traicionar a México de esa manera!

—¡No seré como vosotros! — tomó la espada y la tiró al piso con fuerza.

Pedro meneó la cabeza y recogió la espada de la tierra ensangrentada.

—No, no, España— suspiró —No tienes alternativa, lo hecho esta hecho— y como si fuera una especie de presentación, señaló el panorama que había. España abrió sus ojos de par en par.
Lo único, que podrías apreciar eran las columnas de fuego, llamaradas que parecían traídas del infierno; quemando las chozas de los hogares Mexicas; los guerreros, que aun desistían; sostenían sus estómagos heridos, ya que el filo de las espadas los habian rasgado y sus entrañas salían de la herida. Caían muertes gracias a una hemorragía o bajo un espada.
La sangre regada que corrían de los cuerpos sin vidas de los hombres y el olor a muerte y putrefacción que se percibía por todo el alrededor.
Una verdadera escena de guerra.

—Aún que trataras de arreglarlo…— le susurró a su oído —Ya no habría solución alguna…—
—¿No dijiste que protegerías lo que es importante para vos?
Es el tiempo para que lo demuestres…— añadió con una sonrisa.

España solo se quedó inerte.


Para la suerte de los guerreros, algunos de ellos si habían traídos sus armas consigo o que por algún medio, las armas habían llegado a estos. Pero sea cual sea la situación, solo unos cuantos se vieron privilegiados por la protección de sus armas y escudos. Y entre ellos era México.
Detrás de una escolta, más de 10 hombres buscaban el medio de evadir las espadas, flechas y arcabuces de los españoles, que disparaban y lanzaban a lo primero que vieran moverse.
Pero, aun que pudieran hacerlo, aún había problemas con las entradas que yacían bloqueadas.

—¡Debemos de sacarte de aquí los más rápido posible Tenochtitlan! — exclamó un guerrero jaguar, pero el niño se encontraba en un punto de exhorto, donde no podía reaccionar. Recordaba el rostro de su señor y le provocaba un profundo dolor sin igual. Pero no, no era eso, era algo muy diferente. Era un dolor que nunca lo había sentido y provenía desde su pecho.
El trotar de un corcel se hizo presente, y llamó la atención de la escolta de México.
Un español se acercaba rápidamente. Como pudieron, trataron de herir al animal con un éxito excelente, haciendo que el jinete cayera, y con el golpe de su garrote, directamente a la cabeza; acabara con la vida de hombre. Sonrieron ante su victoria, pero solamente era una distracción.

Un español, que portaba solo el pectoral y el casco de una armadura, se acercó corriendo justo detrás del imperio inmóvil. Desenvaino su espada y estaba listo para atacarlo por la espalda. Más los instintos del niño, le hicieron reaccionar y protegerse hábilmente con su escudo.
Se escuchó el chasquear de los dientes por parte del soldado español.
—¿Qué ocurre maldito? — le arqueó una ceja —¿No esperabas que me defendieran? — sonrió
El español, desenterró su espada y volvió a soltar un sablazo hacia el niño. Este lo detuvo con arma.
Nuevamente, el español soltó una chasqueada y ante su frustración; comenzó a soltar espadazas a lo loco.
Pero México no permitía que lograra su objetivo. Coordinadamente esquivó sus ataques, uno por uno, sonriente y con valentía. A pesar, de que la herida de su brazo derecho lo estuviese matando.
El soldado empezaba a desesperarse. Hasta que divisó algo.

—¡He España! — exclamó —¡Ayudadme con este crío! — gritó ferozmente.
El peor error que pudo cometer México, fue voltear. El haber escuchado el nombre del país, le hizo sentir cierto alivio y protección, pero para su desgracia; su distracción fue perfecta para que la punta de la espada fuera clavada en su pecho.
El imperio dejo escapar un grito de dolor mientras su cuerpo azotaba al suelo.
—¡Arg! ¡Maldición! — apretó su mano contra la herida tratando de detener la hemorragia. Había sido justamente lastimado en medio del pecho, casi justamente en el corazón. Apretó sus dientes con fuerza e intentó localizar a sus hombres. Habían sido abatidos por completo.

—¡Jajajajajaja! ¿¡En verdad pensabas que te ibas a salir con la tuya! — rió fuertemente el español
—¡He de decirte que no! — se hincó a un lado de él, México empezó a bufar —¡España no te permitirá que me hagas daño! — gritó fuertemente, al recordar que el español lo había mencionado. Más otra fuerte carcajada se escuchó proveniente del soldado —¿Quién? — fingió que lo buscaba —Yo no veo a tú salvador— rió.
Con esfuerzo, el niño miró a su alrededor, era verdad; España no estaba ahí.
—Él no vendrá por ti niño— su voz se hizo rígida —Ya no vendrá por ti—
Una ira inmensa sumergió al imperio en un cólera colosal, que sin importarle que estuviera herido, tomó su arma y golpeó directamente en la cabeza del español, aturdiéndolo y tirándolo al suelo.

México comenzó a incorporarse.

El dolor lo estaba agobiando, la herida de su pecho necesitaba ser atendida, estaba perdiendo mucha sangre.

—Tú…— jadeaba —Tú no eres nadie para decir eso…— se doblegó un poco y de su boca escupió sangre. Miró hacia el español, aún seguía tendido en el piso. Pero poco a poco empezó a levantarse.
Metió su mano dentro del casco y tocó sus labios que estaban ensangrentados.
El golpe había logrado partir uno de sus labios.

—¿Cómo te atreviste…?— preguntó en un susurró, empezó a erguirse más, —¿Cómo te atreviste…?—
El casco plateado cayó de la cabeza del soldado, haciendo que el ruido metálico de su caída, hiciera un herida profunda en el corazón del niño.

—¿Cómo te atreviste a lastimarme México? —

Sus ojos estaban deformados, habían desaparecido el brillo tan encantador que tenían aquellos ojos verdes. Ahora, solo se miraba su pupila achicada por la avaricia y un mirar afilado como una espada.
Su sonrisa se notaba descompuesta, descompuesta por el poder y la ambición; que habían logrado marcar sus rasgos desgraciados en su rostro, que ahora solo marcaba el deseo de hacerlo suyo.

Delante de él… se encontraba España.

España, el país a quien habían confiado por primera vez en su vida.

El moreno, empezó a retroceder.
No podría ser cierto, no puede ser España quien lo había herido… ¡No, no, no! ¡Debe de ser una ilusión!
Por que, si lo fuera el verdadero España, habría reconocido su voz cuando lo escucho habla por primera vez. Pero lo que no sabía, es que el poder lo había distorsionado por completo.
Tanto, que no lo reconocía.

—¿Qué pasa crió? ¿Acaso no me reconocéis? — su voz había cambiado, ahora tenía ese tono enfermo que todos llevaban —¡Parece que has visto aún fantasma! — comenzó a reírse. Los ojos castaños de México comenzaron a llenarse de lágrimas.
—¿Por qué…?— retrocedía cada vez que el español daba un paso hacía él —¿Por qué…?— en su garganta se hacía un nudo.
—¿Por qué, que? — le arqueó una ceja —Pues veras— suspiro sin dejar de caminar hacia él
— Mi verdadera intención había sido el conquistarte, ¿vale?, pero por alguna razón vos llegaste a conmoverme demasiado, y decidí que no lo haría— se detuvo —Bueno sí, si lo iba hacer pero de un buena manera— soltó un suspiro —Pero como podréis ver no resulto así, así que…— sonrió y colocó el filo de la espada enfrente del niño

—Más vale que te entregues por las buenas— le sonrió con una ternura enfermiza —No quiero usar la fuerza ruda contigo México…— dijo con pena —Así que hazlo de buena manera—

México apretó sus dientes. El dolor de la traición le había provocado una rabia profunda al imperio.
Pero tenía que controlarse y no perder el control.

—Pues tendrás que hacerlas por las malas— gruñó, realmente se sentía abatido.

España dio un paso más hacia él, y con el filo de la espada acarició el rostro del niño.

—¿Nunca te había dicho lo mucho que me excitaba el poder tenerte? — se relamió su labio superior
—¡Eres un enfermo! — bufó con furia

España soltó una carcajada y se abalanzo sobre el niño.

Pero el español no vio venir la embestida de un guerrero jaguar hacia él. El gran hombre mexica, sostuvo al español de los dos brazos sobre el piso, intentando inmovilizarlo. El guerrero volteó hacia el país.
—¡Llévenselo YA! — exclamó mientras intentaba soportar los jaloneos del país.

España al escuchar eso, volteó hacia el imperio, quien era cargado por un par de guerreros águilas y huían los más rápido posible de ahí.

—¡NI UNA MIERDA SE LO LLEVAN! — exclamó con rabia y golpeo la entrepierna del guerrero. Logró pararse antes que él guerrero jaguar, tomó su espada y de una tajada fulminante; separó su cabeza de su cuerpo.
Su cara se mancho de sangre.
—¿¡Con que tienes los cojones suficientes para marcharte! — empezó a caminar rápido hacia los guerreros
—¡Pues vamos a ver si los tienes! — rió y se detuvo a observar como los guerreros trataban lograr salir por una de las entradas principales del templo. Pero lo que no vio venir España, era; tal como el hizo la distracción, varios soldados pretendieron actuar y pelear por salir por aquella entrada. Engañando y despreviniendo de las otras entradas a los españoles. Y así, poder escapar rápidamente.

España pateó el suelo con fuerza.

—¡Coño! — gritó y miro con rabia al imperio que se iba entre los guerreros. Sonrió.
—¡Oye México! — le habló; con duras penas el imperio le miró con odio.
No quería observar el rostro enfermo de España.
—¿¡Te gustó vuestra primera verdadera herida de guerra! — le señaló su pecho
—¡Dejadme decir que no va hacer la primera! — y la risa de una hiena salió de su boca.
Pero el europeo no tuvo el tiempo de ver el rostro del niño al haberle notificado aquello, ya que se había escapado por completo.
Así que solo permaneció ahí quieto, con los brazos cruzados.

—Señor ¿Quiere que vayamos por él? — se acercó uno soldado.

España meneó su cabeza.

—Dejadlo ir— hizo un ademán —Su orgullo de guerrero no le permitirá huir— sonrió

—Tarde o temprano…—

Al haber llegado a un lugar segura, en las profundidades de la selva.
Los únicos guerreros sobrevivientes, se reunieron alrededor del imperio; que no dejaba de jadear por el inmenso dolor que tenía en su pecho….

—Vendrá a recuperar su tierra…—

Y de llorar…
Al recordar aquel rostro que no era de su amigo; no.
Era el rostro de un demonio; el de un verdadero demonio…

Capítulo 9. Demonio