¡Hola mis queridos lectores!
¿Están listos para este nuevo capítulo después de toda la espera que pasaron? (Aún pido una gran disculpa por eso orz)
Heheh, espero que lo estén ¡Por que el capítulo estará intenso! Aun que seguro se dieron cuenta debido al título, ¿no?

Bueno, antes de empezar quisiera decirles una cosa.
Yo se, como se muestra en Hetalia, la vida sobre con los países que están subordinados; en verdad tienen una vida muy pacífica. Por ejemplo, Romano y Antonio o ya se Alfred y Arthur. Parece que es ensueño y en verdad no padecieron nada, a excepción de la triste Independencia (Como todos lo sabemos) Lo que trato de decir es que por más mucho encanto que le vea, se que el trasfondo de la historia es más negra que la boca de un lobo.

Haciendo este capítulo me dí cuenta que en verdad los países sufrieron. Hablando en el modo de las personificaciones. Aun que igualmente, sin personificaciones es igual de cruenta. Cuando comencé esta historia, no trataba de narrarla con los "encantos y datos curiosos históricos" como en Hetalia. Sí no del modo un tanto serio y pegado a la historia. ¿Qué es lo que llevo a decir con esto?

Es que sí por alguna razón me dijesen: "Oh Dios, creo que se te paso la mano", pues bueno, ¡No puede poner otra fachada a lo que ocurrió realmente!
Ni mucho menos a los involucrados que son: Citlacoalt (Sí no lo sabían, ese es el nombre de mí México) y Antonio. Las acciones conllevan a consecuencias que aveces uno no puede detener. Pero en fin, quería dejarles esto en claro ya que sentí la necesidad dé. Tal vez con la lectura se vayan dando cuenta a lo que quería decir.

Solo por último declaró, que no explicaré ningún termino hasta el final del capítulo. Ya que no hay tantos datos que explicar como anteriormente.

Sin más preámbulos, disfruten. Esta largo, así que léanlo con calma y tal vez con unos klenex a la mano.

/seerTime out


La pesadez de sus ojos era demasiada. Parecía como si tuviera una mano encima de ellos para que no pudiera abrirlos, y continuara durmiendo. Más la sensación de inquietud invadía su cuerpo, no se lo permitió. Con un tanto de dificultad, comenzó abrir sus ojos. La primera visión que tuvo fue de unos hombres fornidos. Tardo un tanto para darse cuenta que eran varios guerreros que se consagraban a su alrededor. Mirándolo, como si la vida se les fuera en ello.

México había despertado y con ello llamó la atención de todos.

¿Pero cómo no iba a ser factible eso? Ya que la joven nación se encontró en un estado de inconsciencia de casi un mes completo. Uno de los curanderos, el cual logró escapar junto con el grupo de México, dejo en claro que ese estado se debió a la sobrecarga de emociones que lo abrumó por completo.

—¿E-en donde estoy…?— murmulló tenuemente a la par que intentaba de levantarse de donde se encontraba. Más a causa de su estado inerte, cayó fuertemente hacía un lado, haciendo que todo el mundo se alarmará más de lo que ya estaba.

—Tenochtitlan, será mejor que no te muevas— habló uno de los más mayores, que se trataba ser el curandero —Tu condición aún no se encuentra estable, debes seguir reposando. Sonará extraño— y con cuidado, lo volvió a colocar en el suelo —Pero llevas casi una luna dormido—

¿Una luna? México, trato de razonar mientras se dejaba hacer. Ya que realmente no podía sentir que era capaz de coordinar su cuerpo.

Se sentía débil. Demasiado débil. Era una sensación que nunca sintió antes. No era como ese debilitamiento que uno sentía después de cierta cantidad de esfuerzo físico. No, no era sí. Era un sentir diferente. Parecía como si alguien hubiesen drenado cada gota, completamente sin dejar ni una sola gota, de su vida. Inclusive, era capaz de sentir de como su mente le decía: "Vuelve a dormir. No tiene caso despertar" Pero para él, le era imposible obedecer eso. Ya que eso era lo que menos quería.

Dejando a un lado la idea de levantarse y mejor seguir el consejo del curandero, decidió calmarse. Pensó que pronto recobraría las energías, solo era cuestión de que reposara por un rato. Pero nuevamente, esa sensación de inquietud le provocó malestar. ¿Qué era lo que pasa? ¿Por qué se sentía tan impaciente, tan incómodo, tan deplorable? Tratando de buscar respuestas, miró con súplica al curandero que aún se mantenía a su lado, atento, a cualquier cosa que le fuera a pasar al Imperio.

—Dime— retomó su hablar —¿Qué es lo que ha pasado? —

Con sorpresa aquel hombre de cabellera gris le miró con asombro. ¿Qué era lo que acababa de decir el joven? Es que acaso… ¿No recordaba?

—Tenochtitlan, ¿En verdad no recuerdas nada? —

—¿Debería recordar algo? — contestó con cierta intriga.

Sí, como lo esperaba. Olvido completamente lo que ocurrió. Más no lo culpaba. Ya que aquello que ocurrió fue un tremendo impacto para él, así como para su corazón. Divago por un momento. Buscaba las palabras correctas y con tacto suficiente para que el castaño no se precipitara. Y ni mucho menos, le diera un ataque de histeria. Ya que durante el periodo que se mantuvo en ese estado, bastantes cosas ocurrieron.

—México, ¿Qué sientes aquí? — con sumo cuidado colocó la mano derecha sobre el pecho del moreno. Este sin saber que era lo que ocurría, comenzó a recorrer la parte en donde posicionó su mano. Estaba acostado, ya que al no tener ninguna fuerza en absoluta, el levantarse y observar por su cuenta le fue negado. Siguiendo su fiel sentido del tacto, pudo detectar una cierta textura sobre su piel.

Se sentía como una pequeña colinita larga y abultada. Corría justamente por en medio de su pecho. Recorriéndola con su dedo índice, era capaz de sentir como llegaba casi hasta las faldas de su cuello y los principios de su abdomen. ¿Qué rayos era lo que sentía? ¿Qué era eso que habitaba en su pecho como si fuese un parásito? Pronto, su respuesta vino a su mente como un rayo.

Un rayo, que realmente era la luz del sablazo de una espada.

De una espada, que era empuñada por… España.

Los ojos del joven se abrieron y el grito de un mártir nació de su boca. Se levantó del suelo, no le importó si ese hombre le detuviera. Había recordado todo de inmediato. Su cuerpo sentía un gran dolor, tanto que hizo que sucumbiera ante un ataque de temblores y de una fuerte hiperventilación. ¿Pero qué era eso que veía en su mente? Podía ver e incluso escuchar los gritos de su gente que gritaba con desesperación: "¡Ayuda! ¡Sálvenos!" retumbando en su cabeza.

Cubrió su rostro con ambas manos, tratando de sofocar esos gritos de pánico y el llanto que brotaba como cascadas de sus ojos. "¡Paren, paren por favor!" gritaba para sus adentros el joven mexica. Recordaba ver como la sangre de su gente era derramada. Y como miembros de varios cuerpos salían volando por los aires. En sus ojos se reflejaba la masacre que tuvo delante de él.

No podía detener sus lágrimas, se sentía tan dolido en todo su ser. Vio delante de él como miles de personas caían al suelo sin vida, y las almas de estos partir hacia un mundo del cual no hay regreso. Recordaba la esencia de la muerte rodearlo y el olor a hierro de la sangre inundar sus pies. Todo eso, lo podía sentir. No le era necesario volver en el tiempo para vivirlo otra vez… porque ya lo estaba sintiendo de nuevo en esa regresión.

No le importaba que se viera vulnerable ante las personas que se encontraban presentes. Que le vieran llorar y temblar sin consuelo, no le importaba. Ya que el dolor de perdida era mucho más grande que el orgullo de mantener su imagen. Sentía tristeza, dolor. Decepción por esa persona. No podía creer lo que ocurrió. Pero sí trataba de negarlo, le sería imposible.

Ya que en su pecho cargaba, ahora y para siempre, la señal de esa tragedia.

Tratando de calmarlo y darle un poco de consuelo, aquella mano arrugada por la edad del curandero, acarició su cabeza mientras su otra mano enjuagaba aquellas lágrimas que parecían no detenerse. Gimoteando, el niño miró aquel hombre. Estaba haciendo justamente lo mismo que hacía Moctezuma cuando este se ponía a llorar.

La imagen de aquel hombre hizo sentirle un tanto de consuelo y confort; como sí él estuviera ahí. Opacando un poco su llanto, enjuagándose las lágrimas ya por su cuenta; México decidió calmarse y retomar ese carácter suyo tan tenaz y vivaz que le caracterizaba. No era momento para llorar, aún por más que le doliese, no lo era. Sus lágrimas definitivamente no traerían de vuelta a esa gente que falleció y ni mucho menos, le ayudaría salir adelante.

Así que sí era necesario oprimir cualquier dolencia, lo haría. Tenía que seguir adelante y caminar… así como se lo prometió a su emperador y a su abuelo. Decidido, se levantó del petate en donde estaba, plantando firmemente sus dos pies sobre la superficie. Es posible que hayan abatido a su Imperio, pero mientras él siga con vida significa que aún hay esperanza.

En ese momento, sin saber porque, miró sus dos manos. Y lentamente, como si estas fueran a quebrarse, comenzó a cerrarlas y abrirlas lentamente. Entonces comprendió ahora con toda seguridad, que nada había acabado. Él seguía ahí, específicamente él. La imagen del Gran Imperio Mexica. La representación viva del Imperio. Sí su Dios le dio nuevamente la oportunidad de abrir sus ojos, era porque su destino es continuar existiendo.

El latido precipitado de su corazón hizo que se sintiera con vida. Cierto, aún existe otra posibilidad y esta vez… todo saldrá a pedir de boca.

Apretó sus manos con fuerza, miró hacia adelante.

Él nunca había sido rencoroso, nunca existió en su corazón un sentimiento tan descarnado como la venganza. Pero definitivamente, esta vez lo habría. Su sangre de guerrero hervía, llevando a un gran éxtasis por vivir y por recuperar aquello que sin rendir cuentas a nadie, le pertenece por derecho.

Su tierra.

Su hogar.

Su vida.

La imagen de España desapareció por completo. No era más que un desconocido. Sí antes le llamó su amigo, ahora es un enemigo. Era un invasor, título que siempre debió de llevar desde el principio. Así que como el invasor que es, debía exterminarlo para recuperar su tierra.

Al voltear con sus hombres, estos se sorprendieron. La mirada de México definitivamente no era la misma. Había algo diferente, que al solo tener contacto directo con ellos, les provocaba la necesidad de ir a pelear y enfrentarse con aquellos hombres blancos, que tomaron posesión de su tierra. Lo sabían. Una venganza estaba a punto de ocurrir. Y no habría nada, nada en absoluto; que cambiara la forma de pensar de esos hombres.

—Debemos ponernos en marcha— sentenció el joven —No hay tiempo que perder—

—Sí esperamos, será tarde. Tenemos que recuperar lo que es nuestro, y también…— se mordió su labio, la imagen del emperador apresado abrumo sus pensamientos.

Salvar a Moctezuma, que sigue ante el dominio de esos hombres—


24 de Junio de 1520

¿Cuánto tiempo llevaba ahí? Parecía que llevaba una eternidad en ese lugar. Lo único que quería era salir, respirar un poco de aire fresco; pero imposible. Sí lo hiciese, lo más seguro es que fuera inmediatamente atacado por una turbe de soldados mexicas. Y sin duda no se iba a arriesgar. Aun que si lo pensaba del todo… no sería una mala idea.

El español pensó que era mucho mejor que estar sufriendo el infierno que pasaba en esos momentos. Estar encerrado en el templo de Axayacatl con miles de españoles como tlaxcaltecos hediondos y en deplorables condiciones, no era algo que realmente deseará.

Justo después de haber comenzado la guerra, los guerreros mexicas los acorralaron rápidamente y estos, en busca de protección; tuvieron que encerrarse en el lugar donde les otorgaban hospedo. Era el único lugar seguro en esos momentos, ya que salir corriendo por las calzadas para perderse en la selva, seguramente costaría bastantes cabezas españolas.

Y así, cabizbajos, desesperados y enfadados; los españoles se encontraban en esa terrible condición.

Corrían con mucha suerte si uno de sus soldados indígenas aliados llegaba a ese lugar con comida o agua. Ya que al estar rodeados por los soldados mexicas, era casi imposible llegar a ese lugar. Sí la razón por la cual aún seguían con vida en esos momentos, era por dicha ayuda. Estos le proveían comida, sin contar de informes sobre lo que pasaba en el exterior. Solo sí, este podía evadir a los soldados y vivía para contarlo.

España enfadado, bufó con fuerza llamando la atención de todo el mundo.

—Sí tan solo ALGUIEN, no hubiese iniciado esto. Seguramente estaríamos en una mejor condición que esta— gruñó con intensidad para que la pedrada fuese perfectamente lanzada.

Pedro, quien estaba en uno de los muros recargados platicando con un soldado, le miró por el filo del ojo y rio un tanto descarado.

—¿Para qué? ¿Para que andéis por ahí jugando con ese niño a ser indio? ¡Vaya gustos tenéis España! — le fulminó con su mirada —Ya veréis, un día de estos me agradecerás por lo que he hecho, imbécil—

—¿Pero a quien le dices imbécil? Te estas mordiendo la lengua, Pedro— comentó la nación mientras se ponía de pie —Tú seréis el imbécil por ponernos en esta situación. ¿Ya te has dado cuenta en la condición en la que estamos? A este paso si no hacemos algo, nos quedaremos totalmente muertos de hambre. ¡Ni siquiera los mexicas tendrán la necesidad de venid a matarnos porque ya estaréis muerto! — bufó.

Entonces los susurros corrieron por toda la habitación. España tenía razón. La situación empeoraba cada vez que pasaban los días. Y si seguían así, pronto morirían.

—¿Y qué queréis que haga? — Fastidiado de la actitud del Imperio Español, Álvaro se levantó para ir a confrontarlo —¿Qué salga y les diga: "¡Oigan dejadnos libres que ya no planeamos hacerles nada!" — se detuvo delante de él —¡España esto ya no tiene vuelta atrás! —

—No importa sí esto ya no tiene vuelta atrás. Lo que quiero es salir de este infierno— lo tomó con fuerza de la camiseta griseada que antes solía ser antes blanca —Debería entregarte a los soldados para que nos dejen libres. Tal vez con el precio de tu cabeza nos perdonen vuestras vidas— murmuró a regañadientes. España lo contemplaba con odio, lo quería muerto por todo lo que ocasiono. Pero más por lo que le hizo convertirse…

—¡Ja, atrévete si tienes cojones! — escupió en su cara. Grave error, eso solo hizo enfurecer más. —¡Entonces que así sea, maldito bastardo! — tomándolo por la espalda con fuerza, le dejo inmóvil e incapaz de defenderse. España lo sostenía con fuerza mientras caminaba hacía la salida, realmente iba a cumplir lo que dijo.

—¡Soltadme, hijo de puta! —pataleaba con el intento de poder zafarse —¡Ni de broma, que ya estoy a punto de sentir mi libertad y hacerle el favor a todos de eliminar una escoria como tú! —

De repente, un sonido estruendoso acaparó la atención de todos. Era un sonido familiar, el rugir de un cañón. Inmediatamente España soltó aquel hombre que sostenía y marchó al exterior, para ver qué es lo que era. ¿Acaso… sería tal vez?

Sin perder tiempo, arribo a la explanada superior del Templo para ser hábil de ver la providencia de aquel ruido. No necesitaba tener un telescopio para ver que era. La enorme turba de soldados españoles e indígenas le dijo todo.

Cortez, había vuelto.

El país respingó, al darse cuenta que no había ningún soldado mexica alrededor del Templo. De hecho, no se encontraba nadie. Parecía como si se estuviese en una ciudad fantasma. Algo olía mal, y seguramente no era él. Poco a poco, aquel desfile de guerreros se aproximó con velocidad al palacio. Sin darse cuenta, aquel hombre barbudo, con apariencia cansada y agotada; arribó al lugar donde se encontraba España.

—¡Eh España! — con un efusivo saludo, Cortez saludo a su país —¡Tanto tiempo sin veros! ¿Qué tal todo? — la sonrisa aquel hombre hablaba por él. Había triunfado ante Diego de Velazquez. Sin embargo, no recibió respuesta del país. Ya que estaba fuera de sí, en una especie de transe. Extrañado por su comportamiento el conquistador meneó una mano al frente de su cara.

—Oye, ¿Qué acaso no me veis? — interrogó

—Es una trampa…— murmuró para verlo con sus ojos llenos de cierto temor. ¿Una trampa? ¿Ahora que mosca le pico para decir eso? Cortez dirigió su vista al lugar donde estaban sus hombres. No veía nada inusual. Seguramente le estaba gastando una broma pesada.

Broma pesada que hubiera deseado que lo fuera. Ya que a lo lejos, como una ola que se alza con suma furia… tropas de indígenas mexicas, con garrotes, lanzas y escudos, se dirigían hacia sus soldados. Estos se dieron cuenta, pero era demasiado tarde ya que los acorralaron como si fueran unos ratones. Con ojos desorbitados el conquistador no entendía lo que veía. ¿Por qué los atacaban? ¡Apenas arribaron a este lugar!

Busco respuestas en el castaño que contemplaba la masacre que inició. España no necesito voltear. Él supuso cuál sería su expresión en este momento.

—Cuando tú te fuiste— parló finalmente —Pedro dirigió un ataque a los mexicas en pleno día de celebración hacia sus dioses. Podría decirse que teníamos la de ganar, pero al último, terminamos arrinconados en este lugar. Sin posibilidad de salir— suspiro, realmente le era fastidio contar algo que era sumamente obvio de predecir —Ahora mirad, tus hombres están siendo arrematados por la sed de venganza de esos hombres—

¿Escucho bien? Cortez negó lo escuchado. ¿¡Cómo se les ocurrió hacer semejante idiotez!? Lo único que resultaría de todo eso, era embravecer más aquellas olas de un mar ya embravecido. Sus ojos viraron de un lado a otro. ¡Tenía que hacer algo antes de que pasara a mayores!

—España, ¿Dónde esta Moctezuma? — preguntó a secas. El Imperio español abrió los ojos de par en par al escuchar ese nombre. Giro su mirar hacía un lado contrario al de Cortez.

—Adentro, está preso—

—¿Preso?... España, ¿Me estáis diciendo que hicieron preso al emperador? — ahora sí cruzaron el límite de estupidez. Sin perder tiempo alguno corrió al interior del palacio. Entre todo el tumulto de gente, pudo distinguir inmediatamente la figura del Tlatoani.

Ahí, derrumbado en una esquina, se encontraba el "rey" de Tenochtitlan. Su rostro marcado por una fuerte depresión y de tristeza, miraba vacíamente el suelo. Estaba decaído, ya no era aquel hombre jovial que solía ser en aquel entonces. Ni siquiera ahora, veía la necesidad de su presencia en ese lugar.

Cortez apresuró su paso al llegar con él junto con su traductor, arrodillándose, colocó una mano en su hombro. Podía sentir como una sensación de tristeza lo rodeaba. Era inevitable sentir aquello.

—Moctezuma, amigo. Ocupo que salgas y calméis a tu pueblo. Están acabando con nosotros. Necesito que los detengáis—inmediatamente Moctezuma contestó:

—¿Cómo quieres que le ordene a un pueblo que ya no domino? No me harán caso nunca más— murmuró —Por favor, Moctezuma— apretó un poco el hombro moreno —Necesito que lo hagas. Sal a la azotea del Palacio y diles unas palabras, sé que entenderán—

El hombre solo cerró sus ojos. Se levantó y caminó. Sutilmente Cortez hizo señas de que varios españoles le siguieran, entre ellos iba España. Quien por cierto, negaba con su mirar el acto precipitado que decidió hacer Cortez. Apresurando su paso, la nación se colocó al lado del emperador. Los ojos negros del Gran mexica, le miraron con cierta repulsión.

—¿Con que conciencia, te atreviste a traicionarlo?—

España no dijo nada, dejo que el hombre hablara.

No se sentía apto para ponerse a discutir ese tema.

—¿Acaso no sabes todo lo que sufrió por defenderte? Mi conciencia me remuerda por haberle castigado tan severamente por sus actos. Pero no lo culpo. Si tuviese a un amigo el cuál por primera vez me iluminó un camino que estaba cubierto por tinieblas; lo hubiese hecho también.—

Se detuvo en seco. Llegando a la azotea sus ojos recorrieron la semejante escena que ocurría delante de él. Su pueblo defendía su ciudad, cosa que no pudo hacer por su cobardía. ¿Cómo fue a parar con el título de Tlatoani, sí ni siquiera lo desenvolvía bien? Él debería estar luchando con sus hombres y no tratando de calmarlos. Pelear hasta el último aliento a sabiendas que por lo menos morirían con honor.

Pero no, solo era un títere usado por los enemigos. Unas gruesas lágrimas recorrieron sus ya surcados ojos. Sonrió, para luego mirar luego al español:

—Amo el canto del cenzontle, pájaro de cuatrocientas voces…—

Al escuchar eso, España quedó pálido como sí hubiese visto un fantasma. Esas palabras…

Moctezuma río levemente, aquella persona que tenía delante de él, no sabía lo que en verdad perdió por su traición. Ahora lo entendía. Y como especie de consuelo, pensó que por lo menos no era el único cuales sus actos le dejaron en vergüenza.

De su boca, usando por última vez aquel dichoso poder que tenía, trató vanamente de calmar aquella turba enfurecida. Alzo sus brazos, con voz portentosa, exigió el alto al fuego de su ataque. Más lo único que recibía de sus suplicas, eran las blasfemas, insultos y reclamos de su pueblo. La gente ya no le veía como su emperador, era solo un traidor. Un hombre que se dejó llevar por sus miedos y supersticiones.

En ese momento, en el cielo no se encontraba ninguna nube. Estaba vacío, blanco. Más no fue el impedimento para que una lluvia de flechas y rocas comenzara a caer sobre la azotea. Los españoles se escudaron inmediatamente, pero al contrario de ellos, Moctezuma se quedó ahí parado; sin hacer nada. Los ojos inauditos de España contemplaron en cámara lenta como las piedras y flechas se dirigían hacia él, y como este no se oponía.

¿Está loco? ¿En verdad piensa recibir aquellas agresiones?

En un intento desesperado, el país se lanzó sobre él para protegerlo. Sí resultaba herido no importaba, él sanaba. Más ese hombre moreno no. Pero aquel acto no fue lo suficientemente sucesivo para poder protegerlo. Ya que varias rocas lo golpearon fuertemente la cabeza del emperador, lo bastante, para hacerle sangrar y caer al suelo.

—¡Moctezuma! —exaltado, sin saber cómo logró levantarlo, llevó al emperador al interior del palacio. Recibiendo a cambio en su espalda la lluvia de flechas que caían del cielo. Ahí adentro comenzó a tratarlo, tenía que detener el sangrado. Pero con sus últimos esfuerzos, antes de caer inconsciente, el ex-emperador detuvo las manos del español.

—¿P-porque…— murmuró con cierta agonía

—¿P-por qué haces… conmigo lo que… n-no hiciste con é-él…?—

Y sin esperar más, cayó inconsciente. Una aglomeración de españoles le rodeo, llevándoselo a otro lugar para poder tratarlo mejor. Dejando a España solo, inmóvil, con sus manos vacías. Varias lágrimas brotaron de sus ojos, descendiendo por sus mejillas. Una a una, terminó por convertirse en un llanto sin consuelo.

Él trató lo más que pudo jamás pensar en lo ocurrido. Qué jamás pasará por su mente los actos de crueldad que cometió. Pero con solo una pregunta fue lo suficiente para quebrarlo.

Soltando lamentos, el país sucumbió antes sus pecados. Temblando con temor, pidiendo misericordia por sus actos. Era la primera vez que lloraba debido aquel incidente. Gimoteando, tratando de mostrar que tenía el control de todo, apretó sus puños. ¿Ahora se ponía a llorar?

Llorar no resolvería nada y ni mucho menos, haría rebobinar el tiempo para cambiar aquellos actos. Adaptarse al papel era lo que tenía que hacer. Y no lamentarse por su decisiones.

—Por qué…— apretó sus dientes —Por qué soy un conquistador…—

La respuesta a aquella pregunta fue dada.

Una de la cual, no se sintiese muy orgulloso.


30 de Junio 1520

En el cielo nocturno yacía la luna, quien se encontraba justamente en medio del cosmos. Lugar perfecto para que el conejo que ayudo a Quetzalcóatl, tuviera el más amplio panorama del lugar. Siendo sus ojos testigos, de cómo una huida se ponía en marcha. La huida de los españoles del Imperio mexica.

Uno tras uno, fueron descendiendo del palacio, procurando no hacer ni siquiera el más mínimo ruido. Ya que si lo hiciesen, lo más seguro era que ahí mismo morirían todos. Bueno, tal vez uno no. Y ese era España, quien se encontraba liderando todo el grupo junto con Cortez. Vigilando incesantemente el lugar en señales de algo fuera de lugar. España frunció el ceño. Esto le parecía extraño.

El mejor que nadie conocía las tácticas de los guerreros, gracias a México. Sabía que eran bastante astutos y que sin duda alguna, en cualquier momento, serían capaces de atacarlos. Pero… en verdad no podía sentir nada. Es decir, no podía sentir la presencia de varias personas sí estuvieran siendo vigilados. El sentir de esa mirada con sed de venganza sobre su persona. Realmente le parecía inaudito.

Él, quien ha estado en más de mil peleas conocía esa sensación. Parecía como si alguien hubiese bloqueado sus sentidos. ¿O tal vez sea por sus pensamientos que consumían su atención? No podía negar que se encontraba pensando en México y sí estaba vigilándolo en ese momento. Pensando, en que es lo que haría si lo atacase. ¿Lo atacaría sin dudar o trataría nuevamente de hacerle entender? No, no debía pensar eso. Lo único importante en este momento era salir de Tenochtitlan y buscar refugio en Tacuba.

Miró sobre su hombro, vio a bastantes soldados suyos como tlaxcaltecos prestando atención a sus alrededores. Era palpable la sensación de temor y miedo, realmente estaban asustados. Cuidaban de que los caballos no relincharan; que sus costales de oro que llevaban no hicieran ruido, pero sobre todo; no perder los puentes que fabricaron para cruzar los canales. Estos eran totalmente cruciales, ya que los mexicas destrozaron todos los puentes para que nadie pudiera escapar.

Entrecerró sus ojos. Sabía que algo estaba a punto de ocurrir. Y como sí el cielo hubiese leído sus pensamientos, una fina lluvia comenzó caer. Todos en reacción unánime voltearon al cielo. Estaba lloviendo ligeramente, como un rocío. Más luego le ignoraron y siguieron su paso, así hasta cruzar por los canales Tecpantzinco, Tzapotla y Atenchicalco. Bien, todo estaba marchando a la perfección. Pero esto no era suficiente para que la nación española se sintiera cómoda.

En un abrir y cerrar de ojos llegaron al Canal de los Toltecas.

España sonrió, sabía que al cruzar ese canal estaría un pie afuera del martirio que le consumía y sin ningún rastro de algún soldado mexica. Un fuerte suspiró fue soltado por el español, tanto, que provocó que todos voltearan a verlo con cierto miedo a que ese ruido los descubriera. El español sintió punzadas en su espalda, que resultaban ser las miradas de todos. Él solo volteó a verlos y sonrió lo más seguro que pudiera.

—Tranquilos, no es para tanto—

Más España no sabría que sus palabras le fuesen a traicionar.

Al voltear nuevamente para ver recto, sus ojos verdes captaron la silueta de una mujer. La fémina se encontraba en cuclillas sacando agua de un cántaro para disponerse a beber de ella. Justo cuando los ojos de ella chocaron con los de él. Los corazones de los dos dejaron de latir y su mirar habló por ellos mismos. La morena soltó el cántaro, rompiéndose en miles de pedazos.

La mano de España se extendió hacía ella, con ojos implorosos de que no dijiera nada.

—Nimitstlatlautia (por favor)…— susurró bajamente, intentando detenerla.

Que guardara silencio. Pero eso fue imposible, ya que la mujer gritó inmediatamente:

—¡Los enemigos están escapando! ¡Vengan ya, guerreros! —

—¡No!— el gritó de España retumbo mucho más —¡No, no, no, no! —el pánico sucumbió ante él rápidamente. Lo podía ver venir. De repente, el sonar de un tambor proveniente del Templo de Huitzilopochtli retumbo en todo el lugar. La mirada de todos se posó sobre el ostentoso monumento.

Caminando a la orilla de este, una silueta bastante reconocible dirigió su mirada a los españoles que estaban en el canal. Portando en su mano derecha un garrote, en su izquierda un escudo y portando su traje de guerrero noble, México- Tenochtitlan manifestaba su presencia.

—México…— el nombre del joven voló de la boca de España.

Entonces, un grito proveniente de él fue escuchado por todos:

—¡Guerreros, capitanes, mexicanos… ¡Se van nuestros enemigos! Vengan a perseguirlos. Con barcas defendidas con escudos… con todo el cuerpo en el camino*—

Y entonces… la guerra comenzó.

Sin perder tiempo, los soldados mexicas se dirigieron a los españoles. No permitirían que esta vez los invasores ganaran. No esta vez. Pagarían sus crímenes y su vida será su moneda. Por toda la sangre que hicieron derramar. Por todas aquellas vidas que hicieron cobrar.

"Nunca olvidar", se dijeron a sí mismos.

Por otro lado los españoles estaban inmóviles. No podían creer que era lo que sus ojos veían. Parecía irreal, una terrible pesadilla. Aparte de los guerreros que venían sobre ellos, a los costados del canal se podían observar como canoas llenas de guerreros, se aproximaban hacía ellos. Eran más que la vez anterior, se encontraban en aprieto. Y mucho más, al estar acorralados en el canal. Hernán Cortez rechinó sus dientes.

Otra trampa se les había tendido.

—¡Desenfundan espadas! ¡Los que traigan oro y posiciones valiosas… CORRAN, CORRAN YA! — ordenó inmediatamente mientras se ponía en marcha. Más sintió que algo le faltaba. Al girar a su derecha se dio cuenta de lo que ocurría. El país no se movía. Se encontraba parado, ahí, como si nada mirando hacía el horizonte.

Desesperado al escuchar los primeros gritos de lamentación de sus hombres al ser atacados, sacudió al joven para que reaccionara —¡España, joder! ¿¡Pero que rayos es lo que te pasa!? ¿¡Que no estás viendo que nos están atacando!? ¡MUEVETE PEDAZO DE IDIOTA!— y sin decir nada más, golpeó una de las mejillas del español con su puño.

Pero eso no sirvió

—¡JODER ESPAÑA NO TENGO TU TIEMPO! — gruñó con ímpetu.

Esas palabras fueron lo suficiente para hacer reaccionar al país.

—¿Tiempo? Heh, tu nunca tendrás mi tiempo a comparación de tu vida mortal— río levemente mientras desenfundaba su espada —Aparte, a mí no me interesa lo que ocurra con tus hombres. Yo solo tengo algo por el cual me importa más que sus sucias vidas— y sin decir nada más partió hacia delante, dejando a un Cortez estupefacto.

—¡Escuchad todos los españoles y Tlaxcaltecos! ¡Quien se atreva a tocar al Imperio México- Tenochtitlan, se verán ante le filo de mi espada! Ese crío es mío— vociferó lo más que pudo, para dejar su aviso muy al tanto. Hernán ahora sí no entendía que planeaba.

—¡Esperad España! ¿¡Pero de qué coño estáis hablan…— más sus palabras fueron cortas al darse cuenta que una turba de soldados mexicas se dirigían hacia él. El conquistador frunció su ceño. Al demonio con él, de todos modos es inmortal. Y siendo así, corrió al auxilio de sus hombres.

Caminando como si estuviera en un prado, el español se abría paso atreves de la masacre que ocurría. No era necesario prestar atención a como los hombres salían desmembrados, o de como la sangre corría por suelo como pequeños riachuelos. ¿Se podría decir que todo era una especie de Dejavú? Sí, posiblemente sea eso. Solo que ahora no se intuía en aniquilar a cualquier mexica que se interpusiera en su camino.

Tenía que defenderse, ¿no? Pues bien, no importaba si ocasionaba una laceración o desmembramiento mientras se abría paso. Así como le dijo a Cortez: "solo había algo que le importase más que sus vidas" y eso era… alguien que venía caminando en la misma dirección que él.

Delante de él, con sus ojos hecho fuego, venía aquel joven que una vez, entabló amistad. Aquel el cuál abrió humildemente las puertas de su casa y le enseñó todo de ella. Aquel joven muchacho que por primera vez le había llamado "amigo". Más en ese momento, juraba que no eran nada más que solamente enemigos.

—Vaya, no pensé fueses a mostrar tu cara nuevamente, México—

—Tú deberías ser quien tuviera vergüenza de enseñar tu cara ante mí nuevamente—

—¿De verdad pensáis que sufro un poco de remordimiento por lo que te hice? — señaló la herida que llevaba en el pecho cicatrizada.

—Sí, si es que te queda un poco de dignidad—

Ambos detuvieron su paso, dejando un cierto espacio entre ellos. Las miradas se cruzaron, definitivamente los dos ya no eran los mismos de antes. Eran diferentes. Y no, no por sus ropas. España quien llevaba su traje de conquistador o México, con su traje de guerrero águila. Sus formas de pensar causaban esa colisión de diferencia. Ninguno iba a tratar de ser igual que el otro. Los dos trataban de dejar en claro que solo uno iba a ganar.

—No voy a perdonar lo que me has hecho España. Tus crímenes merecen mucho más del castigo de lo que yo pase por defenderte— habló con cierta fiereza.

España recordó en ese instante lo que dijo Moctezuma.

—Fuiste un estúpido por querer protegerme. Ahora mira a tu alrededor. Todos están muriendo y llevando sus almas al infierno—extendió ambos brazos hacía sus lados —Tú provocaste esto, ahora asume la consecuencia— sus labios dibujaron una sonrisa.

México se aferró fuertemente su garrote. ¿Realmente España cayó tan bajo?

—No. Tú fuiste quien ocasiono todo esto—

—Fue tu culpa— replicó el español mirándole con asedio.

—No… Fue tú culpa. Profanaste mis tierras con tu llegada y debiste morir. Sí no, esto no hubiera ocurrido— gruñó.

—¿Pero de quien fue la culpa de quien no nos mataran? — alzó sus hombros —O sí— divagó un momento —¿No fue acaso Moctezuma? — al escuchar eso, los ojos del Imperio se abrieron de par en par —Seguramente sí ese hombre hubiera dado la orden de atacarnos, tal vez, solo tal vez— hizo un ademán con su mano —Nosotros no hubiésemos llegado a este lugar—

Una ligera risa salió de la boca del español. La cara de cólera del moreno realmente le divertía. Era fácil intuir cual era el punto más bajo en esos momentos de él. Qué sin dudar, lo usaría a su favor.

—Ahora que lo pienso, creo que el culpable de todo esto lo tiene él— sonrió con perversidad.

—Calla…— murmuró el niño.

—Sí no hubiese sido por su estúpida cobardía y por la falta de agallas de ese hombre, ahorita mismo no estuviéramos en esta situación, ¿Sabes? —se inclinó hacia adelante para mirar al niño. Era cuestión de tiempo para que reventara. Sí lo iba a conquistar, ¿Por qué mejor no hacerle luchar por su libertad? De todos modos, en ese día se convertiría de su propiedad.

—Que te calles… he dicho... — reclamó por segunda vez.

—Aun que me da más lástima por ti, niño—alzó su espada a la altura de su cara, y pasando un dedo por el filo de esta, limpió la sangre que portaba —Ya que nunca... —

La cabeza del joven Imperio descendió y un ruido casi inaudible emergía de su boca.

—Volverás a verlo porque…—

—Cállate…—unas finas gotas cristalinas cayeron al suelo.

—Él está muerto—

Al terminar su oración, una risa maquiavélica brotó de su boca. Burlándose de la pesadumbre que sufría el Imperio. Burla que hizo derramar la última gota de paciencia del Imperio.

¡TE HE DICHO QUE TE CALLES!—

Un golpe fulminante con el garrote, fue directamente hacía el hombro derecho del español. España inmediatamente salió volando hacía un lado, dando de lleno en la tierra por el impacto. Su rostro dio justamente al frente de un charco de sangre que embarro completamente su rostro. Al levantarse, un tanto noqueado por el golpe, se dio cuenta que la parte donde recibió el golpe estaba su ropa totalmente rasgada. Sin contar de la grave herida que le fue provocada.

Una fuerza descomunal se apoderó del cuerpo del mexica. Esta vez, no tendría delante de él un niño débil. Si no la de un guerrero.

Los ojos del español deslumbraron, mientras limpiaba su rostro con la manga de saco. Al fin tendría una verdad lucha.

Olvidando su herida se lanzó directamente hacía el joven. Un sablazo como aquel que hirió al niño fue lanzado. Pero fue obstaculizado con éxito por su escudo. España sonrió, nada mal para ser solo un niño. Pero de igual manera, seguía siendo descuidado. Sin darse cuenta lo tomó por su cabellera con fuerza jalando hacia arriba, elevándolo. México comenzó a gritó por el dolor que le provocaba.

—¿Lo ves? No tiene caso que luchéis contra mí.

¡Sigues siendo solo un crío que no sabe luchar!—

Un sonido gutural emergió de la boca del mexica. Quien sin perder oportunidad alguna, gracias a la sobreestimación, lanzó una zarpada a la cara del español. Clavando sus uñas lo más profundo que podía sobre el rostro blanco del castaño. Dejando marcas rojas sangrantes, con pequeñas faltas de carne que él mismo arrancó. El efecto fue una soltura inmediata de la melena del niño.

—¡Arg! —chilló el conquistador ante el padecer de semejante herida. Sus afilados ojos como la misma espada atisbaron al joven. Firmemente parado esperando a que se levantara. Desafiante. Dejándole entender que en verdad no se daría por vencido.

Sonrió nuevamente, ¿En verdad piensa que lo va a vencer? Si ni siquiera los más fuertes países pudieron con él, ¿Qué le haría pensar que él podría?

Recuperado de su dolencia, retomó su ataque. Impulsándose nuevamente al acecho del muchacho, lanzó varias estocadas como sablazos al guerrero. Siendo cada una de ellas bloqueadas con sumo excelencia. Muy rara vez llegaban a lastimarlo, pero solo eran rasguños a comparación a los que él le lograba hacer.

¿Pero qué demonios estaba pasando? ¡Él no era malo cuando se trataba a la hora de pelear!

La abrumación por no ver a México colapsándose lo estaba sacando de quicio. Él estaba jadeante, fatigado… pero el mexica seguía firme, mirándole con fiereza y seguridad. Parecía que la llama que le avivaba no estaba en sus planes apagarse.

—¡Cae de una maldita vez, México! — bramó con furia dejándose conducir sus ataques por la desesperación. Ahora sus ataques eran torpes, sin sentido y con una suma descoordinación. Ni siquiera México tenía que prestar atención a sus ataques. Solo era cuestión de esquivar, bloquear y esquivar.

—¿Realmente piensas que me vas a ganar dejándote llevar por tu sed de poder? —

Inmediatamente, perdiendo la vista del joven, España desubicó la posición de su contrincante. Pero eso ya no importaba, ya que sin darse cuenta, el joven mexica se pudo escabullir por un punto descuidado que dejo el español.

—¿Pero sabes qué? Creo que la razón por la que no pudiste ganarme no fue por tu sed de poder— a la par que decía eso, una daga de obsidiana era desenfundada rápidamente.

—La razón fue…—

Los ojos de España se desorbitaron y un borbotón de sangre emergió de su boca, provocándole toser fuertemente. Un golpe fino, directamente en medio de su vientre, la daga de obsidiana se adentraba en el cuerpo del español. Varios quejidos se escucharon, así como unos cuantos pasos tambaleantes, le obligaron caminar hacia atrás.

Era hábil de sentir como la sangre de su recién herida corría a lo largo de todo su cuerpo. Al bajar su mirada contemplo que la daga seguía firmemente aferrada a su vientre. Por instinto decidió sacarla de ese lugar.

—Sí yo fuera tú— la voz seca del mexica se hizo resonar —No hiciera eso. La daga está en un lugar tan delicado, que sí la sacas sin cuidado morirás al instante—

—¿M-Morir…?—con la poca fuerza que podía, cuestionó al joven —Heh, sí fuese posible…—sus ojos se pusieron en blanco y este se derrumbó al suelo. El impacto con el suelo incitó a que otro cúmulo de sangre saliera su boca violentamente.

Volviendo en sí un poco, pudo divisar el cielo. Estaba oscuro, la noche arribó. Sus oídos captaban a lo lejos unos gritos distantes de agonía, mientras que otros eran de alegría. Intentando prestar atención, se dio cuenta que el vocear alegre era procedente de los mexicas. Mientras que los de agonía, eran de los españoles.

—Ah… ahora lo entiendo…—tragó dificultosamente saliva —¿H-he perdido, cierto? — murmuró con dolor. Era imposible equivocarse, con solo saber que estaba en el suelo herido del brazo y con una daga en el vientre; era más que suficiente.

—La razón por la que no ganaste— a pesar de que el joven estuviera cercas, la voz de México se escuchaba distante —Fue el pago por tu actos. Aniquilaste a mi gente… acabaron con mi Señor…— dicha voz se escuchaba ahogada. Inmediatamente los ojos verdes del español buscaron al niño, debía estar ahí cercas.

—Pero sobre todo, estabas abrumado por algo que consumía tu conciencia. Tú mismo tenías presente todo lo que ocasionaste. Así que la vida decidió que pagarás por ello. La daga que tienes en tu vientre, es una la simple señal de ello—

Unos golpes secos en la tierra retumbaron aún lado del español que yacía tendido en el suelo. España había deseado poder voltear a ver lo que pasaba. Pero su cuerpo no le respondía en absoluto. Le era pesado, no podía respirar bien y el dolor le consumía. De izo facto los golpes cedieron. A cambio, unos suaves pasos se escucharon acercándose al él.

Aún lado de su rostro, apareció finalmente México. Su rostro se miraba marchito y triste. No parecía como si estuviera alegre por su victoria. Era como sí… le pesará el haber ganado. España prestó atención a sus manos. Estaban juntas formando una cuna.

Intrigado, miró con dificultad al Imperio.

—¿Por qué no acabas conmigo de una vez? Me tienes a tu merced…— tosió

—Debería— infirió —Pero… es lo último que puedo hacer, antes de acabar con esto—

¿Lo último que puede hacer? ¿A qué…?

Las manos de México se abrieron, y unos pedazos de piedra jade cayeron sobre el cuerpo del español. Rebotando cada una de ellas sobre su pecho. El llorar de sus ojos emergió, sin razón alguna, en los ojos del conquistador español. De todas las cosas que esperaba, ese momento era el que menos pensó.

México se dio cuenta. Él se había dado cuenta que todo el tiempo que lucho contra él portaba consigo, la pulsera que le había regalado. Pero que ahora yacía hecha añicos sobre su cuerpo. Aquel acto hecho por México quedo más claro que el agua.

Dejarle con vida, era la última cosa que como su "amigo" podía hacer.

Siendo la pulsera, la última prueba de la amistad que tenían.

—¿Porqué portabas algo que no significaba ya nada para ti? ¿Acaso tenías esperanza de que todo pudiera ser igual que antes?— se colocó en cunclillas, marcando su distancia, miró el rostro de aquel castaño que lo observaba con ojos en lagrimados —Ya no tienes que luchar más por ocultar lo que realmente eres—

Se incorporó nuevamente y mirando sobre su hombro, visualizo a sus hombres celebrando su victoria sobre los invasores.
Se acabó, ya no hay más guerra. Recuperaron aquello que vieron perdido; ahora todo volverá a la normalidad.

—No vuelvas a este lugar, España— dictó su ultimátum.

Tratando con todas sus fuerzas no llorar y sucumbir ante sus sentimientos. Ya que era consiente que esa era la última vez que vería a España.

—Juró por los Dioses, que sí vuelves a poner un solo pie en esta tierra… No me tocaré el corazón y acabaré contigo de una vez por todas—

Y sin decir algo más, partió de ahí en silencio hacía su gente.

Sintiéndose como escoria, tratando de que no se fuera, con un esfuerzo sobre humano giró sobre sí mismo en la dirección donde se fue el niño.

—¡M-México! — exclamó en dolor —N-No… te vayas…— gimoteó mientras vanamente trataba de alcanzar algo que estuvo una vez en sus manos.

—P-Por favor… vuelve…— sus ojos llorosos veían como la silueta de esa persona se desvanecía ante él.

—Vuelve…—

Susurró su última palabra, antes de caer inconsciente.


Abrió sus ojos.

Las estrellas lo contemplaban fijamente, brillando y tintineando delante de él como si le saludaran.

Los llantos taciturnos de un hombre se escuchaban cercanamente. Sin saber aún que era lo que pasaba, giró con lentitud su cabeza. Cercas de un gran abedul, un hombre lloraba tristemente con un gran dolor. Golpeaba con fiereza el tronco del árbol, como si fuera un niño haciendo berrinche en el suelo. Fue cuestión de segundos en darse cuenta que era Cortez quien lloraba.

¿Por qué lloraba? Fue la primera pregunta que le vino a su pensar.

¿Y qué hacía él en el suelo? Al intentar levantarse, un corriente de dolor sacudió todo su cuerpo violentamente. Un fuerte quejido brotó de su boca así como unas tenues lágrimas. ¿Pero qué demonios le paso? Su mente permanecía en blanco sin saber el por qué. Dándose por vencido, miró nuevamente las estrellas. En ese instante, como desearía que le contaran sobré lo que paso.

"Deseo concedido", murmuraría una de dichas estrellas.

Inmediatamente, una catarsis vino hacía él sin permiso alguno. Y los recuerdos de no hace muchas horas invadieron su mente. La huida, el ataque, la lucha contra México y su despedida…

Miles de sensaciones de culpa, tristeza, enojo, ira, desconsuelo; lo abrumaron a tal punto que comenzó gritar con cierto desgarre y tristeza. Llorando sin consuelo alguno por lo que aconteció. Empezó a blasfemarse a sí mismo, a maldecirse por lo que había hecho, pero sobre todo…

A ver traicionado a ese niño quien depositó su confianza en él.
Quien al marcharse pudo escuchar perfectamente como estaba llorando en silencio mientras le daba la espalda.

—Lo siento… Lo siento mucho…—

—Lo siento, México…— sollozaba dolorosamente.

Rogando al cielo nocturno que llevará sus disculpas a ese alguien quien seguramente, nunca lo perdonaría.
Disculpas, que nunca llegará a escuchar.

Solo la noche sería testigo de su gran arrepentimiento.

La noche que testiguaría la más de sus tristezas.


Notas de la Autora:

1. Aprisionamiento de los españole: Sí, duraron exactamente un mes dentro del Palacio de Axayacalt, después de la Matanza del Templo Mayor. Así como mencione, los españoles junto con los soldados Tlaxcaltecos sobrevivieron gracias a indígenas aliados que les proporcionaba víveres. Sin contar también, que los subordinados de Moctezuma tenían como obligación llevarle de comer a su Señor.

2. Llegada de Cortez a Tenochtitlan y la muerte de Moctezuma: Hernán Cortez al volver de su lucha, se topó con un Tenochtitlan vacío. Los guerreros mexicas decidieron esconderse y esperar que entraran todos para poder arrematar con ellos. Duraron así por más de 4 días.

Respecto a la muerte de Moctezuma, después de recibir los golpes a causa de las piedras, sufrió una grave herida. Él mismo emperador evito que atendieran sus heridas, dejandolas expuestas. Muchos mencionan que duró así durante días, hasta que al último, lo encontraron muerto. Cortez junto con otros hombres que formaron un vínculo con el ex-emperador mexica, lloraron su muerte. Era como un padre bondadoso.

3. La mujer del cántaro y el grito de Citlacóalt* (México):Estos datos los saque del libro: "La visión de los vencidos" por Miguel León Portilla. En el capítulo X, menciona claramente sobre el hecho de como una mujer fue quien avisó a los soldados de la huida de los españoles. Y el grito dado por México (Obviamente fue dada realmente por un guerrero) fue lo que exclamó un hombre desde lo más alto de Templo.

: (En nahualt: "Planta florida sobre tierra llana")
Fue un reino mesoamericano que formaba parte de la Triple Alianza. Sin embargo, ante la llegada de los españoles llegó a su fin.

5. La matanza en el Canal de los Toltecas: Igual que la primera vez. Los acorralaron. La razón por la cuál más de la mitad de los españoles fallecieron fue por este suceso. ¡Imagínense estar rodeados por atrás, por enfrente y por los lados! Los ataques en canoa (los laterales) fueron sin duda los más efectivos. Aun que teóricamente, una de las razones por la cual también no sobrevivieron los españoles, eran por que no soltaban los tesoros robados que llevaban consigo. O por portar armaduras pesadas que los hundía en los canales. Se dice que si querían vivir en ese momento, tenía que dejar aun lado su avaricia y soltar lo que llevaban.

6. La Noche Triste: ¿Que puedo decir? Cortez resintió la gran perdida ocasionada esa noche. No solo fue por la perdida de los tesoros o por una nueva tierra. También fue por la caída de sus hombres, compañeros y colegas que estuvieron durante toda su expedición.


¡Espero que hayan disfrutado este capítulo!
El siguiente será un poco más relajado... supongo.

¡Gracias por leer y por sus comentarios!
Nos vemos hasta la próxima publicación.

/seerTime out