Capitulo 2
Tenía que tranquilizarme para pensar con calma en la situación en la que me encontraba y buscar la manera de salir de aquí. Mi estómago rugía de hambre, me acerque a la bandeja del desayuno y no pude evitar que la boca se me hiciera agua solo con mirar el contenido. Por mi cabeza cruzó el pensamiento de que pudiera estar envenenado, pero era bastante improbable pues si lo que quería era matarme lo podría haber hecho en el momento en que me secuestró, por lo que no lo pensé más y tomé un buen sorbo de café mientras despedazaba un bollo y me metía un pedazo en la boca. En unos minutos acabé con los croissants y terminé el café. Me quedé tan satisfecha después de terminar el desayuno que la sensación de miedo y agobio empezó a desaparecer paulatinamente, dando paso a una ligera ansiedad y un extraño sentimiento de curiosidad.
Tomé el vaso de zumo y me recosté en la cama, encima de mil almohadones de pluma perfectamente colocados y que no tuve ningún reparo en descolocar y ubicar a mi antojo. Estaba muy a gusto ahora, sentía la cabeza despejada y me había propuesto hacer memoria para repasar los acontecimientos que me habían llevado a mi actual situación. Empecé a recordar…
Recordé que era sábado y hacia un día estupendo, por lo que decidí pasarlo en el parque a la sombra de un buen árbol, con mi libro como única compañía y rodeada de tranquilidad. Pasé parte de la mañana absorta en la lectura y solo descansé cuando el hambre empezó a hacer que me sonara el estomago. Al levantarme observé que el día había empeorado nublándose poco a poco y dejando un tono grisáceo en el cielo. No parecía que fuera a llover por lo que decidí comer algo por allí, un sándwich y un refresco en alguna cafetería cercana, sin plantearme siquiera el volver a casa.
Después de almorzar volví a instalarme bajo un árbol dispuesta a seguir leyendo. Abrí el libro y comencé la lectura. Cuando llevaba leídas un par de páginas algo me distrajo, no supe identificar la causa pero algo a mí alrededor había cambiado. Me invadió la sensación de que alguien me observaba. Levanté la vista y miré a mi alrededor, todo parecía normal, niños jugando, parejas paseando cogidas de la mano, un hombre leyendo el periódico del día sentado en un banco, la brisa moviendo las copas de los arboles… nada fuera de lo normal pero la sensación no se iba. Intenté volver a centrarme en la lectura pero me resultó imposible, estaba empezando a chispear, así que recogí la mantita de viaje y el resto de mis cosas y me dispuse a volver a casa.
Solo llevaba unos metros recorridos cuando la lluvia empezó a caer con más fuerza, la gente comenzó a correr en todas direcciones intentando refugiarse del aguacero que estaba cayendo. Me vi obligada a guarecerme bajo un árbol a la espera de que parara pues no quería acabar echa una sopa.
Apuré lo que quedaba del zumo de naranja y dejé la copa en la mesita de noche. Me quedó un regusto amargo en la boca, le tenía que haberle puesto un poco de azúcar. Estaba tan a gusto que me escurrí entre los almohadones para adoptar una postura más horizontal. Estaba muy relajada y empezaba a mostrar signos de somnolencia… no podía tener sueño, no estaba tan cansada y necesitaba seguir recordando lo ocurrido el día anterior…
Volvió a invadirme de nuevo la sensación, esta vez más potente, de que alguien estaba observándome. Miré a mi alrededor pero no vi a nadie, todo el mundo había desaparecido intentando evitar el chaparrón. Estaba completamente sola cuando creí oír una respiración cercana, no, no era una respiración, era una inspiración profunda… De repente saltaron todas las alarmas de mi mente… alguien me estaba acechando. El corazón empezó a martillearme en el pecho. No había nadie a mí alrededor, estaba completamente sola, ¿porque sentía tanto miedo? Decidí no esperar a averiguarlo y poniéndome la manta sobre la cabeza comencé a andar apresuradamente hacia la salida del parque.
La calle estaba desierta y apreté el paso con intención de llegar lo antes posible a casa. Busqué las llaves en mi bolsa e intenté introducirla en la cerradura del portal, pero la manta reducía bastante mi campo de visión, por lo que dejé que se escurriera hasta mis hombros dejando que la lluvia empapara mi pelo. Metí la llave, abrí el portal y cerré con un golpe a mi espalda. Estaba a salvo… o eso creía yo…
Recosté la espalda contra la puerta unos minutos, intentando averiguar si el martilleo de mi corazón era debido a la sensación de peligro, que no me había abandonado ni un segundo, o al esfuerzo de la carrera. Estaba a salvo, no había motivo para tener miedo. En unos segundos estaría en casa riéndome de mi misma por haberme imaginado cosas tan absurdas. Comencé a subir la escalera me situé delante de la puerta de mi apartamento y antes de que pudiera meter la llave en la cerradura unas manos me agarraron con fuerza por detrás inmovilizando mis brazos. El pánico recorrió mi cuerpo en un segundo y antes de que pudiera reaccionar o incluso pensar una mano me cubrió la boca y la nariz con un pañuelo. De repente todo se volvió negro.
Se me cerraban los ojos, intenté luchar por mantenerme despierta pues tenía que idear un plan para escapar, o por lo menos para afrontar la visita que iba a recibir esta misma noche, pero los párpados me pesaban como piedras. Había dormido mucho… no tendría que estar tan cansada. Intenté no dejar que el sueño me venciera pero era imposible mantener los ojos abiertos. Entre sueños ya, pensé que el amargo del zumo se debía a algún tipo de sustancia somnífera que habían puesto adrede en la bebida para mantenerme tranquila, o sedada, o incluso imposibilitada por si se me ocurría pensar en escapar. Ya no pude resistirme más… me abandoné al sueño.
Cuando abrí los ojos la luz del día había desaparecido por completo de las ventanas. Era noche cerrada, ¿qué hora sería? Imposible saberlo, pero había dormido todo el día. La única iluminación que tenia la habitación era la de una lamparita que descansaba encima de la mesa al lado de la ventana y confería a la estancia una tenue luz. De nuevo otra bandeja con lo que parecía la cena esperaba encima de la mesa. Me levanté despacio y me acerqué a la ventana, abrí un poco las cortinas intentando ver el exterior pero la noche era tan cerrada que no conseguí distinguir ni el contorno de los árboles, solo había oscuridad. Volví la vista hasta la mesita. De nuevo alguien había entrado en la habitación para recoger los restos del desayuno y sustituirlos por la bandeja de la cena.
Después de pasar todo el día durmiendo mi cuerpo empezó a despertarse y me apremió la necesitar de ir al baño. Cuando me duché esta mañana no me había molestado en recoger nada pero no me sorprendió encontrarlo recogido y limpio, y con toallas blancas y limpias perfectamente dobladas en su sitio. Me refresqué la cara con un poco de agua fría, aun tenía un ligera sensación de pesadez en la cabeza por efecto de las drogas que, sin lugar a dudas, habían puesto en el zumo de esta mañana. Cuando terminé volví a la habitación con la mente puesta en la visita que iba a recibir en unos instantes. No sabía de cuánto tiempo disponía para prepararme para lo que iba a ocurrir cuando mi secuestrador entrara por la puerta. Estaba aterrada ante la idea, físicamente soy poca cosa, no se puede decir que la fuerza física sea una de mis mejores cualidades, pero si llegado el momento fuera necesario defenderme tenía claro que lo haría con uñas y dientes.
Me acerqué a la mesita donde esperaba mi cena. Constaba de un tazón con algún tipo de crema de color claro y un bistec con guarnición de patatas horneadas con verduras. Lo acompañaba una copa y una botella con lo que parecía vino tinto. La verdad es que olía de maravilla y pensé que una copa de vino no me vendría mal para tranquilizarme un poco y templar los nervios antes de la visita. Pero después de lo ocurrido con el desayuno estaba claro que no iba a probar bocado ni a catar el vino. Tenía que tener la mente despierta y prepararme para la lucha si era necesario, y estando drogada me resultaría muy difícil mantener la poca resistencia que mis puños le pudieran presentar. Desde luego no iba a ponerle las cosas más fáciles de lo que ya las tenía.
Eché un vistazo por la habitación buscando algún objeto que pudiera usar como arma en un momento determinado, pero la decoración elegante de la habitación se basaba en su sobriedad, más bien minimalista y con pocos adornos. El mobiliario constaba de un tocador presidido por un gran espejo y que tenía un banquito forrado de tela oscura delante, la mesa auxiliar de al lado de la ventana, donde descansaba mi cena, con dos sillas como única compañía, la lamparita y la cama… por supuesto. Nada más, ni jarrones ni ningún objeto que pudiera usar como arma arrojadiza. La cama. Ahora que la miraba más detenidamente, ésta tenía unas proporciones descomunales, por lo menos tenía dos metros de largo por dos y medio de ancho. A pesar de mis moratones y los dolores que tenía en espalda y brazos no tenía síntomas de haber sido forzada de esa manera a pesar de saber que alguien la había compartido conmigo la noche anterior. No quería ni pensar en ello. Me daba miedo pensar el porqué de una cama tan grande.
Empezaba a encontrarme nerviosa de nuevo. Intenté captar algún sonido que indicara actividad en la casa pero no oí nada, todo estaba en completo silencio. Me acerque a la ventana y miré al exterior, lo único que había era oscuridad. De repente un destello captó mi atención, a lo lejos por el camino, una minúscula luz hizo su aparición aumentando de intensidad con cada segundo que pasaba. Eran los faros de un coche que se acercaba. Mi corazón dio un vuelco y empezó a latir desbocado, las manos empezaron a sudarme y el cuerpo se me puso en tensión. Mi visita estaba llegando.
Me aparté de la ventana y miré nerviosa a mi alrededor buscando algo a lo que aferrarme para mantener la cordura. Las lágrimas acudieron desbordadas a mis ojos. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo podría defenderme? ¿Qué quería de mí? Fijé la vista en la bandeja de la cena y de repente vi el cielo abierto ante mis ojos… un cuchillo… Lo agarre rápidamente y ocultándolo bajo la manga de la camisa me desplace hacia la otra punta de la habitación al rincón más alejado de la puerta. Apoyé la espalda en la pared y me deslicé hacia abajo flexionando las rodillas. No aparté la mirada de la puerta ni un instante mientras mi cabeza daba mil vueltas a posibles salidas o escapatorias. El corazón se me salía del pecho, la sangre se me agolpaba en las sienes y las manos me temblaban descontroladas por lo que se me venía encima. Las crucé por encima de las rodillas intentando contrarrestar los temblores. Esperé. Los latidos del corazón me retumbaban en los oídos, bum…bum… bum… bum… bum… La puerta no se movía. Estaba a punto de ponerme a gritar por la desesperación cuando oí pasos al otro lado de la puerta. Oí el ruido que produjo la llave al entrar en la cerradura dando dos vueltas. La puerta siguió cerrada por un segundo que me pareció un año entero. Entonces se abrió.
Me quedé mirando la puerta aterrada. Un hombre alto entró con paso lento y cerró la puerta tras de sí. Volvió a echar la llave por dentro, apoyó su espalda en la puerta y se quedó completamente quieto mirando en mi dirección. No pude ver su rostro pues la habitación estaba sumida en la penumbra. La lamparita no alumbraba más allá de la mesa y solo pude adivinar sus contornos. Era alto no cabía duda, mediría alrededor de 1.80 y era de complexión delgada. Llevaba zapatos y ropa oscura, pantalón y camisa, pero no pude determinar el color. Me quedé paralizada por el miedo, mirándole sin poder apartar la vista. El siguió sin apartar sus ojos de mí, observándome, estudiándome. Si se me acercaba no dudaría ni un segundo en usar el cuchillo que tenia escondido.
Estuvimos varios minutos sin decir nada, solo nos observábamos midiéndonos mutuamente y calibrando nuestras posibilidades, aunque cada uno por motivos diferentes. Desde luego no iba a ser yo la que rompiera el silencio. Yo era la víctima, la secuestrada, la que se encontraba a la expectativa. Él era el malo, el que había planeado todo esto, el que tenía que darme una explicación, o mejor dicho, el que tenía que darme una razón para aquello.
- Hola Bells.
