Capitulo 6
Alma resultó ser una magnifica compañía, era una mujer realmente admirable y muy comprensiva. Accedió a prácticamente todas las peticiones que yo le formulaba, entre las que se encontraban usar mi propia ropa y elegir yo misma lo que ponerme. También me facilitó lectura suficiente para pasar mis escasos momentos de soledad, pues aunque ella pasaba casi todo el día conmigo haciéndome compañía y charlando, en los ratos que se ausentaba para hacer sus cosas yo me dedicaba a leer todo lo que caía en mis manos. Había tomado la costumbre de desayunar conmigo todos los días, parecía encantada de estar conmigo y nunca vi una mala cara suya por la tarea que Edward le había encomendado.
Teníamos largas conversaciones que giraban en torno a diferentes temas, yo le contaba cosas de mi vida y ella me contaba cosas de la suya. Aunque la mayoría de mis interrogatorios iban mas encaminados a saber cosas sobre mi secuestrador jamás salió de su boca una mala palabra u opinión sobre Edward. Muy al contrario parecía verdadera adoración lo que sentía por él… por ellos, en realidad. Me contó que Edward no era el único de su "clase", la familia Cullen era bastante extensa y muy peculiar. Así descubrí que tenia padre, madre, y hermanos… todos adoptivos, claro, pero familia al fin y al cabo. Alma me daba a entender que todos eran diferentes al resto del mundo, pero nunca fue clara con respecto a qué eran en realidad. Por más que yo intentara sonsacarle dicha revelación siempre zanjaba el tema diciendo que yo lo terminaría sabiendo tarde o temprano.
Alma era una mujercita adorable, según me contó en una de nuestras innumerables conversaciones sus padres murieron por una extraña fiebre, que arrasó con la vida de miles de personas, quedándose sola y sin familia. Edward la encontró agazapada y llorando en un rincón de la habitación del hospital donde sus padres yacían cubiertos por una sábana. Él la cogió en sus brazos y la tranquilizó diciéndole en susurros que no se preocupara por nada, que sus papas habían ido al cielo y que a partir de ese momento él cuidaría de ella.
Toda la familia se involucró en el cuidado y educación de la pequeña Alma. Edward era su preferido, y ella en ocasiones le llamaba papa, cosa que a él le parecía muy graciosa, mientras los demás miembros de la familia se reían con las ocurrencias de la pequeña. Era el que más tiempo pasaba con ella jugando y riendo. Con el paso de los años se dio cuenta de que eran diferentes al resto del mundo pero la querían como a uno más de la familia, la habían adoptado, cuidado y protegido, y les quería tanto que no le importó ni lo más mínimo lo extraños o raros que pudieran ser del resto de la humanidad. Ahora que era casi una ancianita los papeles habían cambiado un poco, ahora era ella quien les había adoptado a ellos, cuidándolos y preocupándose por su bienestar, incluso riñéndoles cuando lo creía necesario. Desde luego era una mujer con mucho carácter.
Mi encierro entre esas cuatro paredes duró poco tiempo, se me permitió moverme libremente por toda la casa cuando Alma empezó a formar parte de mi rutina. Tenía libertad para ir y venir por ella siempre que no intentara salir al exterior. La recorría casi a diario, era una casa enorme y destilaba buen gusto a cada paso que daba. Conocí bastante bien la personalidad de cada miembro de la familia por sus respectivas habitaciones, pues no tenía otra manera de conocer a sus ocupantes y la curiosidad, alimentada con las charlas que tenía con Alma sobre el resto de la familia, hacían que recorriera cada uno de los cuartos intentando averiguar mas sobre ellos. Se habían tomado unas breves vacaciones por expreso deseo de Edward.
Carlisle y Esme eran los padres. Carlisle era el cabeza de familia y proporcionaba equilibrio y seguridad, siempre velando por el bien de su familia, y Esme aportaba la faceta hogareña, detallista y cariñosa de una madre entregada a su tarea. Luego estaban Rosalie y Emmett. Rosalie era la hermana mayor de Edward y su relación con él no era muy buena, tenían sus diferencias pero lo sobrellevaban como buenos hermanos. Emmett era el amor platónico de Rosalie y el compañero de juegos de Edward. Ellos si se llevaban bien y estaban siempre de bromas y juegos, según me contaba Alma parecían niños pequeños cuando se juntaban y andaban de absurdas peleas todos los días. Después estaban Alice y Jasper. Alice era el entusiasmo personificado, era extrovertida y muy divertida. Era la hermana pequeña y la niña mimada de Edward, entre ellos había una relación especial, eran amigos y confidentes. No había nada que no supieran el uno del otro y siempre andaban de cuchicheos y risitas. Jasper era el miembro más reciente de la familia y el amor incondicional de Alice. Según Alma era muy reservado y si Alice encarnaba la alegría y despedía vitalidad por cada poro de su piel, Jasper siempre parecía tenso y distante, aún se estaba adaptando. El solitario Edward cerraba el grupo.
Todo esto lo fui sabiendo gracias a las largas conversaciones que mantenía con Alma y a mis encuentros nocturnos con Edward, que respondía pacientemente a mis preguntas sin dar nunca indicios de cansarse de mis continuos interrogatorios. Nunca pasaba un día entero conmigo pero siempre procuraba llegar lo antes posible, y siempre se marchaba cuando yo me quedaba dormida, después de estar horas y horas hablando hasta las tantas de la madrugada. No faltó ni una sola noche. Cuando le preguntaba sobre dónde pasaba el tiempo que no estaba conmigo siempre me contestaba con evasivas, sin decirme nada concreto, y resolvía diciendo que la caza era una de sus aficiones y que la practicaba muy a menudo, también su familia ocupaba parte de su tiempo, asegurándome que no tardaría mucho más en conocerlos a todos.
Los recelos que tenia sobre él fueron cambiando a medida que pasaba el tiempo, llegué a tener verdadera necesidad física de su presencia y cada minuto que no pasaba con él se me hacía largo y tedioso. Esperaba cada noche su regreso con ansia, verle aparecer por la puerta cada noche me producía una sensación de alivio que solo desaparecía cuando la sustituía la alegría de verle sonriéndome con esos ojos dorados que me volvían loca. Cuando nos quedábamos solos podía sentirse en el ambiente la atracción que ejercíamos el uno en el otro, como si fuéramos imanes que no pudiéramos estar separados, pero sin llegar a tocarnos nunca. Hubo momentos en los que quería que me besara, que me acariciara, pero aparte del deseo que expresaban sus seductores ojos, jamás tomó la iniciativa de dar el primer paso.
Tumbados en la cama, él en su lado y yo en el mío, durante esas largas conversaciones que manteníamos, a veces me rozaba suavemente la mejilla al apartar un mechón de pelo de mi cara. Otras veces notaba la presión de su mano en mi espalda cuando decidíamos retirarnos al dormitorio, invitándome a acompañarle y haciendo que todo mi cuerpo reaccionara a ese leve roce. Varias veces me descubría a mi misma imaginando situaciones entre nosotros de pasión y desenfreno. Besándole, tocando su cuerpo, sintiendo su fría piel… poseyéndole. Eran situaciones un poco incomodas, pues siempre se me disparaban los latidos del corazón y él acababa mirándome con el mismo sentimiento que expresaban mis ojos pero no movía ni un dedo para dar rienda suelta a su deseo.
Siempre terminaba pensando que tenía que ser yo, como tantas veces él me había dicho, la que me diera cuenta de que había ocurrido lo que él ansiaba desde hacía tanto tiempo y estuviera preparada para recibirle, para compartir su vida, para "ser" como él. La curiosidad que me despertaba este hecho hizo que pasara muchas tardes perdida en la gran biblioteca que tenia la casa buscando información que me permitiera desvelar su extraña y secreta "condición humana". Mis investigaciones pasaron por temas muy variopintos, como trastornos de personalidad, seres extraterrestres, brujería, incluso pensé en superhéroes y personajes de ciencia ficción pero nada me convencía. Había algo en él que resultaba peligroso.
Era fuerte, muy rápido, su piel era blanca y fría como el mármol. Jamás le vi comer o dormir. No envejecía. Su belleza era sobrecogedora y sus ojos dorados hacían que perdiera la conciencia con solo mirarlos. Ejercía tal poder de atracción sobre mí que me resultaba casi doloroso permanecer separada de él. Como me había dicho en alguna ocasión era como un camuflaje, o como un cebo, algo que hacía que te resultara imposible ignorarle y que te atraía como moscas a la miel. Era el arma perfecta para dejar indefensas a sus presas y a merced de su voluntad. Resultaba escalofriante pensar en ello, pensar en el tipo de presa que elegía en sus misteriosas cacerías. Pero por muy peligroso y escalofriante que me resultara pensar en lo que él era o dejaba de ser, ya no podía negarlo, estaba enamorada de él.
¿Era esto lo que Edward estaba esperando que ocurriera? Sin duda había sido un proceso lento pero constante, una vez que tuve la certeza de que le amaba, que fui consciente de ello y lo asimilé, tendría que ver el modo de afrontar los cambios que estaban por llegar. Si era esto lo que él estaba esperando se me planteaban las dudas de saber que ocurriría después, averiguar qué pasaría después de este punto sin retorno. Si intentaba ocultárselo y comportarme como lo había hecho hasta ahora, nuestra rutina se prolongaría vete tú a saber por cuánto tiempo. Había llegado el momento de descubrir mi nueva vida. Había llegado el momento de saber quién era la persona de la que me había enamorado.
Para la ocasión me puse el vestido azul que tanto le había gustado una vez y que no me había vuelto a poner hasta esta noche. Alma andaba de acá para allá poniendo la casa en orden, a pesar de que estaba perfectamente limpia y ordenada. Según me comentó esa misma tarde había recibido la llamada de que la familia regresaba a la casa en un par de días y tenía que organizar todo para su vuelta. ¿Cómo iba a explicar Edward mi presencia allí? ¿Sabrían ellos de mi existencia? La noticia no hizo sino aumentar mi creciente nerviosismo. Los minutos se me hacían horas esperando que llegara, ya era noche cerrada y estaba empezando a llover. No me separaba de la ventana del dormitorio intentando atisbas las luces de su coche acercándose a la casa.
Cuando entró por la puerta me lo quedé mirando sin saber por un momento qué decir. La expresión de su rostro era feroz, me miraba con ojos desesperados por el aterrador e incontenible deseo que reflejaban mientras respiraba agitadamente. Me asusté tanto al verle así que instintivamente comencé a alejarme de él. Tenía un aspecto diabólico. No había dado un paso completo cuando atravesó la habitación a la velocidad de un rayo, me encerró entre sus brazos y me besó con tanta fuerza que estuve a punto de desmayarme por la falta de oxigeno. Sus manos me recorrían con urgencia, me tenía agarrada con fuerza pero pude sentir como me acariciaba la cara, como me agarraba del pelo mientras presionaba sus labios contra los míos, como me apretaba contra su cuerpo con un deseo que tuve que reconocer que me dio verdadero pavor.
Intenté alejarlo de mí con todas mis fuerzas pero no conseguí separarlo ni un milímetro. Empezaba a sentirme mareada, no conseguía deshacerme de su abrazo y las rodillas no soportaron más mi peso. Me levantó como a una pluma y antes de que consiguiera aclarar mi vista me tiró violentamente sobre la cama. Le miré aterrada intentando comprender el porqué de su brutalidad, el porqué de este cambio tan radical en su comportamiento, pero antes de poder asimilar lo que estaba ocurriendo se arrancó toda la ropa de un tirón haciéndola pedazos y se abalanzó sobre mí.
- ¡Edward, por favor… para… me haces daño… por favor…! – dije en un momento que sus labios se separaron por fin de los míos - ¿qué te ocurre Edward? ¿porq…
No me dejó terminar la pregunta. Dios mío, no podía comprender lo que pasaba, la cabeza me daba vueltas, todo estaba pasando demasiado deprisa. Intenté zafarme de sus más que explícitos deseos una y otra vez, pero siempre atajaba mis movimientos. De un fuerte tirón desgarró mi vestido y lo lanzó fuera de la cama, cayendo éste al lado de su camisa.
No iba a rendirme sin luchar, empecé a golpearle con todas mis fuerzas pero su cuerpo, duro como el granito, apenas se resentía de la fuerza de mis golpes y dejé quela rabia se apoderara de mí. No podía permitir aquello, yo había fantaseado y deseado muchas veces que él me sedujera, que me hiciera el amor hasta el agotamiento, había deseado poseerle y que dejara que el deseo que mostraban sus ojos se calmara mientras me hacía suya, pero no podía permitir que me violara de esa manera tan brutal. Así no… Se había convertido en un demonio.
Su frio cuerpo presionaba el mío contra las almohadas, ahora casi todas desperdigadas por los alrededores de la cama, mientras su olor inundaba mis sentidos. Cerré los ojos un instante evitando perderme de nuevo en las garras de su camuflaje. Cuando abrí los ojos vi como apartaba de un golpe los almohadones que quedaban aún en la cama y aliviando un poco la presión de su cuerpo contra el mío me dejó por fin respirar. Se quedó un segundo completamente quieto mientras sus ojos buscaban los míos, tiempo más que suficiente para desplegar todo su poder sobre mis sentidos. Ya me tenía, me había cazado.
Mis manos dejaron de resistirse para empezar a buscarle. Ahora eran mis labios los que necesitaban sus besos desesperadamente. A pesar de estar fría como el hielo mi cuerpo reaccionó al contacto con su piel, mientras mis manos recorrían los contornos de su pecho y mis piernas le rodeaban la cintura. Le necesitaba ya, le quería ya, no quería esperar más así que arqueé la espalda bajo su peso en un intento por sentirle más cerca e invitándole a que continuara.
De repente una pasión descontrolada se apoderó de nosotros. Sus manos me recorrían ansiosas en un esfuerzo por atrapar algo que estaba más allá de mi piel, nuestras agitadas respiraciones se convirtieron en jadeos de puro placer mientras nos buscábamos desesperados entre un mar de sábanas. Cuando me hizo suya creí que había llegado al cielo. Encajamos a la perfección. Jamás en toda mi vida había experimentado un placer tan intenso y ardiente como el que sentí cuando Edward entró en mi.
La cabeza me daba vueltas como loca, le deseaba como nunca había deseado a nadie, le abracé con más fuerza atrayendo su cara hacia mí y besándole con ansia. ¿Podría alguien morir de placer? Estaba exhausta a causa del exceso de emociones que me recorrían en ese momento pero él no mostraba signos de querer parar. De repente se incorporó quedando sentado sobre sus talones y arrastrándome hacia él elevó la cabeza inspirando fuertemente por la nariz y exhalándolo lentamente entre los dientes produciendo un siseo que me puso los pelos de punta. Comenzó de nuevo a besarme y a descender lentamente por mi cuello cubriéndolo de besos mientras me agarraba fuertemente por la nuca. De pronto un clic sonó en mi cabeza y todo encajó por fin.
Un leve rugido escapó de su garganta cuando sus labios presionaron con fuerza la base de mi garganta. Me quedé completamente quieta mirando el techo, mientras me tenía atrapada entre sus brazos esperando el acto definitivo, él se iba a cobrar su presa. Cerré los ojos. Todo estaba claro y lo más sorprendente de todo es que no estaba asustada, me sentía aliviada de haber descubierto por fin el gran misterio, la naturaleza de Edward.
