Feliz año nuevo...! sigo en cama por lo que no sé si actualizaré mañana o no. En caso de no poder nos vemos el lunes seguro.
Gracias a Sethaum, Anaidam, Laubellacullen94, Louise cullen-98, madelinedarkgirl, NahCac, Cremita, triix2402, lizzy90, miss variete, lmabt, Mary de cullen, maryroxy, yoya11, Blackcullen, Nikki Hale, zujeyane, lizitablackswan, mandy.01, Nelly McCarthy, cintiaelnemer, triix2402, Firo Prochainezo, sophia18, kalicullen, yoya11, AnGiieeeH, YeLcY LEaNe SwAnSEa, Mary de cullen, Danyela1, Suiza19, maiy, culdrak, YuliBar, EDWARD-BELLA-MANSON, dezkiciada, ovejita-dm-cs, Physmilla, sophia76, audreybaldacci ... por vuestros reviews ;)
Mención especial para todos los lectores que se han suscrito al fic, gracias por vuestro apoyo ;)
Que lo disfruteis...!
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Capitulo 33
Cuando recuperé de nuevo el control de mi cuerpo, fui consciente de que era la primera vez, en toda mi vida, que alguien se había esmerado tanto en complacerme sin obtener nada a cambio. Recobrado el aliento me removí bajo su peso, estaba tumbado contra mi costado y debió pensar que me movía por incomodidad, pues automáticamente hizo el movimiento de alejarse, pero le retuve, sujetándole por la cintura y dejándole tumbado de espaldas mientras me subía a sus caderas.
- ¿Dónde te crees que vas?
- A ningún sitio - dijo inocentemente
- No quiero que te muevas de mi cama.
- No lo pensaba hacer.
- No hemos terminado – le hice saber.
- Está amaneciendo…
- No. Hemos. Terminado.
Me incliné sobre él buscándole la boca, empujé mi lengua contra la suya y coloqué de nuevo su miembro en mi mano. Esto hizo que un gemido de satisfacción saliera de su garganta aumentando su erección al ritmo que aumentaban las caricias de mis dedos. Tenía los ojos clavados en mi cara, no pestañeaba. Me incorporé quedando sentada en sus caderas y le miré fijamente mientras me mordía el labio inferior, consciente del efecto que ese pequeño gesto causaba en su organismo. Entornó los ojos haciendo el amago de incorporarse pero lo mantuve tumbado. A la vez que seguía con las lentas caricias en su pene y mirándole seductoramente, paseé la mano libre entre mis pechos, desde la barbilla bajando despacio hasta el ombligo.
- Bella… - su ronca voz era música en mis oídos. Una sonrisa picarona asomaba en la comisura de mis labios.
- ¿Qué? – pregunte inocentemente llevándome un dedo a la boca y chupándolo juguetonamente.
- Eres preciosa – dijo levantando ambas manos y tomando en cada una uno de mis pechos – pero no es esto lo que habíamos pactado, ibas a dejarme hacer…
- No, no – dije apartando suavemente sus manos y volviendo a dejar resbalar el dedo húmedo de mi boca, por el cuello, camino de mis pechos – he cambiado de opinión. Ahora es mi turno.
Paseé el dedo suavemente por los pezones, trazando círculos que imitaban las caricias que habían recibido de su lengua solo unos momentos antes. Apreté más la mano en torno a su miembro, estrangulándolo, pero sin aumentar el ritmo de las caricias. Si lo quería lento y tranquilo, así lo tendría, pero iba a ser duro, muy duro para él. Sus ojos voltearon en las cuencas, para volver a fijarlos en los míos pero cada vez mas entornados. Sus manos buscaban acariciar mi piel, pero solo le permití sujetarse a mis caderas, el resto de mi piel era, de momento, coto vedado para él.
Volví a juguetear con mi cuerpo, para martirizarlo. Enterré mi mano libre unos segundos entre mi pelo apartándolo de mis hombros para dejar al descubierto la longitud de mi cuello, mostrando la cicatriz que tan buenos recuerdos le traía, pasando el dedo sobre ella mientras entornaba los labios y dejaba escapar intencionadamente un gemido de placer. Noté como tensaba los músculos debajo de mi peso. Sus manos me agarraron fuertemente las caderas. Estaba minando su resistencia.
- Dios Bella, espera…, déjame… – pero uno de mis dedos le selló los labios.
Lo mantuve sobre sus labios unos segundos, hasta que comprendió que tenía que quedarse calladito. Respiró profundamente intentando calmar su excitación. Mi mano no dejaba de proporcionarle las estrechas caricias que tanto le torturaban, pero tan lentas y rítmicas que hacían que le resultara imposible relajarse.
- Abre la boca – le ordené.
- Bella… - estaba empezando a parecer desesperado.
- No hables, abre la boca – volví a ordenar acariciando sus labios. Lo hizo.
Metí mis dedos índice y corazón en la húmeda cavidad entre sus dientes, busque con ellos su lengua y dejé que los lamiera mientras la acariciaba. Sus ojos eran dos ascuas al rojo que suplicaban poder desahogarse. Saqué los dedos de su boca, húmedos por su saliva y volví a dejarlos bajar lentamente entre mis pechos, apenas rozando la leve curvatura de mi abdomen, directos a un lugar un poco mas abajo.
- Déjame hacerlo, Bella… por dios deja que sea yo quien…
- Ssshhhh… - volví a hacerle callar.
Estaba deseosa de que fuera él quien penetrara en mi cuerpo, quien me destrozara las entrañas, quien me hiciera gritar como una loca. Pero él había puesto las reglas y yo solo las seguía a rajatabla. El desenlace que yo buscaba no era la penetración, era otro. Solo le necesitaba así unos minutos más.
Metí mis dedos lentamente, húmedos por su saliva, en mi sexo. Cerré los ojos y alcé la cabeza por el intenso placer que yo misma me estaba haciendo sentir. Gemí pensando en la cara de Edward, solo intuida por la presión que sus dedos ejercían en mis caderas y que sin duda había motivado mi propia masturbación ante sus ojos. Mis manos trabajaban en ambos sexos, al mismo compás, con la misma cadencia. Entraba y salía, subía y bajaba.
- No puedo más Bella, no puedo… más… por favor, por favor… Bella, Por favor…
Completamente seducida por la debilidad de Edward y totalmente excitada por las íntimas caricias que yo misma estaba regalándonos a ambos, volví a notar los dolorosos espasmos de un incipiente orgasmo que amenazaba con incendiar todo mi cuerpo. Pero eso no iba a pasar. Paré y saqué los dedos de mi interior agarrando con ambas manos la tremenda erección que dominaba el cuerpo de Edward, aumentando ahora si, a un ritmo frenético su masturbación.
- Dios mío Bella… ¡Oh…! ¡amor mío…! – explotó por fin - ¡OH, BELLA… SIIIIII…!
Su cabeza se estiraba hacia atrás dejando su cuello sensualmente arqueado, mientras descargaba toda su esencia en mi pecho y en mi estómago, empapándome entera. Sus manos ya no agarraban mis caderas, ambas estaban estrujando las almohadas a los lados de su cabeza. Jadeaba tan violentamente que, el sonido que hacía el aire al salir siseando entre sus dientes, me puso todos los pelos del cuerpo de punta.
Sin poder resistirme a mirar sus últimas convulsiones y frotando los restos de su esencia por mi cuerpo, descargué mi peso contra su pecho, respirando su penetrante aroma y dejándome encerrar entre sus brazos. Un rayo de sol se coló por la ventana iluminando nuestras caras y dotándolas de ese brillo tan peculiar que caracterizaba la piel de los vampiros. Rodó para colocarme debajo y sin dejar de abrazarme me clavó los ojos directamente en las pupilas, sin pestañear.
- Buenos días – dije dejando un suave beso en sus labios.
- Eres una diosa – me miraba completamente serio, aun jadeando.
- Gracias, a mi también me ha gustado – dije sonriendo abiertamente.
- Eres mi diosa, eres mi vida.
- Aún no he terminado contigo…
- Si te empeñas en no hacerme caso, no vamos a salir de esta habitación en siglos.
- Ha sido un empate técnico. Era lo justo.
- Eso ya lo veremos – dijo desafiante – no sabes lo que has hecho…
- Creo… que voy a… darme una ducha – dije cambiando de tema, ignorando la amenaza velada que contenían sus palabras y saltando de la cama para coger una muda del armario - ¿vienes?
- No, pero no cierres la puerta.
- Vaya, vaya… - dije caminando lenta y seductoramente hasta la puerta del baño – ¿y eso por qué?
- Porque voy a mirarte – dijo poniendo sus manos debajo de su cabeza – si no te importa, claro.
- Te apuesto lo que quieras a que no aguantas ahí tumbado lo que dure mi ducha.
- Acepto la apuesta.
- ¿Aceptas? – dije sorprendida.
- Si.
- ¿Si? – algo estaba tramando, seguro.
- Si
- Vale.
- De acuerdo.
Me observó entrar al cuarto de baño. Cuando me giré para dejar la muda de ropa en la repisa, pude notar sus ojos clavados en mi espalda. Abrí la puerta de par en par y mirándole a través del espejo alcé los brazos para recoger mi pelo con una pinza, dejando mi nuca completamente al descubierto. Le oí rugir desde la cama. No aguantarás.
Me senté en el borde de la bañera y abrí el grifo de la ducha, el agua comenzó a sonar. Mientras la dejaba correr, no pude evitar revivir la escena una y otra vez. Me metí bajo el chorro y dejé que el agua recorriera todo mi cuerpo mientras rememoraba lo ocurrido solo unos instantes antes, Edward arqueado en la cama, cogí una esponja en la que puse un poco de jabón, los músculos de su estómago apretados, comencé a pasarla por mis brazos, sus caderas levantándose mientras yo trabajaba su sexo con las manos, enjaboné mi pecho trazando blancos círculos de espuma, su cabeza echada hacia atrás, enjaboné lentamente mi vientre y mis caderas, su erección sacudiéndose en mi puño.
Ya no podía verle, el espejo se había empañado a causa del vapor que se condensaba en el aire, pero yo sabía que seguía mirándome. Seguía allí, pendiente de cada movimiento. Me volví a centrar en mi tarea inclinándome para enjabonar mis piernas, su aliento entrando en un jadeo y saliendo en un gemido, hundí intencionadamente la esponja entre mis piernas, justo antes de que se corriera, cerré los ojos y dejé la esponja, soltando repentinamente mis caderas, el agua limpia cayó por toda mi piel, me quite la pinza del pelo, dejando que éste también se mojara agarrado alas almohadas, gritando de placer.
Dios santo… volvía a estar lista y tan excitada con mis propios pensamientos, que tuve que abrir la boca para respirar en un jadeo. Cerré el grifo y salí de la bañera envolviéndome en una esponjosa toalla. Me acerqué al espejo y lo desempañe con la mano. Mi mano. Me quedé un instante mirándola perdida en mis pensamientos. Me había sentido tan bien dándole placer, que el concepto "masturbación" cambió radicalmente para mi, y si era honesta conmigo misma, verle tener un orgasmo a él solo, me excitó tanto o más que cualquier sexo total practicado hasta hoy, lo cual era una completa locura.
Me desplacé del espejo para coger las braguitas que descansaban sobre la repisa. Cuando las pasé por mis piernas y me incorporé para terminar de acomodarlas en mis caderas me sobresalté al verle de pié en el quicio de la puerta, impresionante, decidido, completamente erecto.
- Me has asustado – dije de pronto muy nerviosa.
- Te necesito. Ahora – casi gruñó las palabras. Se me erizó la piel al verle los ojos.
- Edward… - vi que tenía los puños apretados. Tragué todo lo fuerte que pude.
- He ganado la apuesta – dijo acercándose con paso seguro hasta mi lado – quiero mi recompensa.
- ¿Y qué es lo que quieres exactamente? – dije notando como volvía a humedecerse todo mi cuerpo aun después de haberme secado bien con la toalla.
- ¿Que qué quiero? – dijo con su media sonrisa torcida y clavándome de nuevo los ojos – lo que quiero – pasó los brazos alrededor de mi cintura – es tenerte – me apretó contra su erección – en mi cama – enrosqué las piernas en su cintura – ahora.
Me sacó del baño en un instante, pero para mi sorpresa no me llevó a la cama, sino que sin previo aviso se deshizo del abrazo de mis piernas y al momento siguiente me tenía aplastada de cara a la pared, presionada desde atrás y sostenida así, por su cuerpo duro como el granito. Solté un grito sofocado, primero de sorpresa, y después de excitación, cuando sentí a Edward frotarse contra mi culo.
- Intenté hacer las cosas bien —rugió mientras enterraba la mano en mi pelo y lo aferraba, tirándome la cabeza hacia atrás. Me humedecí entre las piernas — Intenté ser un caballero.
- Oh… Dios…. – las piernas empezaron a temblarme.
- Rezar ahora no te va a ayudar. Demasiado tarde para eso, Bella. —Había tal furia en su voz que me pareció diabólicamente erótico—. Te di la oportunidad de tenerlo suave y tierno, de que fuera gradual. Te avisé y no me hiciste caso. Ahora atente a las consecuencias…
Un incendio. Eso era lo que sentía en mis entrañas en ese instante. Con un rápido movimiento me despegó de la pared el tiempo justo para ponerme de frente a él y volvió a empotrarme la espalda contra ella con un sonoro golpe.
- Edward… por favor… - dije su nombre jadeando del puro morbo que me daba verle así de dominante.
- Shhh… - Con un giro de la muñeca, hizo que inclinara la cabeza a un lado, apartó mi húmedo pelo para contemplar mi garganta— Cuando quiera que supliques, te lo diré — sentí su lengua, cálida y húmeda recorriéndome el cuello— Ahora pregúntame lo que te voy a hacer.
Abrí la boca, pero sólo pude jadear. Edward me agarró de nuevo el cabello y tiró con más fuerza.
- Pregúntame – ordenó - Di: "¿Qué me vas a hacer?"
Tuve que volver a tragar con fuerza. El tirón de pelo hizo que una pequeña luz roja de peligro se encendiera en mi cabeza. Pero era tan brutal y excitante que no hice el más mínimo caso de la vocecita que me decía que no le provocara.
- ¿Qué… qué me vas a hacer?
Bruscamente me giró hacia un lado, en todo momento presionando su erección contra mi cadera y sin soltarme del pelo.
- ¿Ves esa mesa, Bella?
- Sí… —Joder si la veía, iba a tener un orgasmo solo de pensarlo…
- Voy a tumbarte sobre esa mesa y te vas a agarrar a los laterales.
Oh, Jesús…
- Pregúntame qué haré después, Bella —Volvió a lamer mi garganta, y luego presionó lo que reconocí como un de sus colmillos contra el lóbulo de mi oreja.
- ¿Qué harás… después? — susurré, sintiendo una deliciosa punzada de dolor por su mordisco, seguida de otra ráfaga de calor entre las piernas.
- Me voy a poner de rodillas. —Bajó la cabeza y volvió a mordisquearme la clavícula— Pregúntame ahora: "Y luego qué, Edward."
Casi sollocé de la excitación que me producían sus órdenes. Las piernas empezaron a fallarme.
- ¿Y luego qué?
Me tiró del cabello, de nuevo. Aayy. Dejó su tarea en mi cuello para mirarme con furia a los ojos.
- Te olvidaste de la última parte.
¿Qué? ¿Cuál era la última parte… cuál era la última…? Su nombre, Bella, no has dicho su nombre.
- Edward.- conseguí decir al límite de mi resistencia.
- No, tendrás que empezar de nuevo. Desde el principio — Empujó su erección contra mí, una rígida dureza que claramente quería que estuviera dentro de mi ahora. YA — Empieza de nuevo, y esta vez hazlo bien.
De ninguna parte, el principio de un orgasmo comenzó a recorrerme, provocado y arrastrado por su voz ronca sobre mi oído… cerré los ojos.
- Oh, no, no lo tendrás —Se apartó de mi cuerpo— No te correrás ahora. Cuando te diga que puedes, lo harás. No antes.
Desorientada y dolorida, me quedé floja cuando la necesidad de alcanzar la liberación se esfumó con su negativa.
- Ahora di las palabras que quiero escuchar.
Demonios. Céntrate de una vez. ¿Cuáles eran? ¿Cuáles eran las malditas palabras?
- ¿Y luego qué… Edward?
- Cuando esté de rodillas, pasaré las manos por la parte interior de tus muslos, y te abriré para mi lengua.
Woow. Vale. El orgasmo amenazaba con volver. Y lo hacía en leves oleadas, haciendo que me temblaran las piernas. Otra vez.
- No —dijo con un gruñido que casi me volvió loca — He dicho que AÚN NO. Sólo cuando yo diga.
Bueno, se acabó. No iba a soportar esto más. Se acabó el juego. Si lo que quería era cabrearme, lo había conseguido. Intenté zafarme pero fue más rápido que yo. Levantándome prácticamente en volandas me colocó brusca y ruidosamente sobre la mesa e hizo exactamente lo que había dicho que haría. Vació la mesa con un barrido de su brazo antes de tumbarme de espaldas sobre ella. Los adornos salieron volando, estrellándose en mil pedazos al otro extremo de la habitación. Solo pude quedarme quieta, paralizada por la sorpresa. Expectante. Se inclinó sobre mí, me puso las manos en cada lado la mesa, y me ordenó amenazadoramente:
- Sujétate.
Apreté las manos con fuerza. Se incorporó despacio, dejándome tendida y empezó a recorrerme la piel con las palmas de las manos, rozando levemente mis pechos. Después las deslizó por mi estómago y terminó dejando una agarrada a mi cadera.
Con la otra me arrancó las bragas con un brusco tirón.
- Oh…dios.
- Esto es lo que quiero — dijo deshaciéndose de la prenda destrozada y deslizando la mano por el muslo, lo masajeó — Levanta esta pierna.
Lo hice. Me separó lentamente los muslos y… sí, sus manos empezaron a subir. Estaba tan caliente y necesitada que no me avergonzó notar que me humedecía mucho mas por su escrutadora mirada, estaba descubierta ante él. Estaba preparada para él.
- Oh, Bella… — susurró ronco de forma arrebatadora.
Se arrodilló.
No hubo preludio, ni suavidad en lo que hizo. Fue su boca y mi sexo. Dos pares de labios encontrándose. Sus dedos se clavaron en mis glúteos y me mantuvieron quieta mientras me saboreaba, controlando que no me moviera si él no lo quería. Perdí totalmente la noción de lo que era su lengua, o su nariz, o sus labios. Me dolían las manos de apretar los cantos de la jodida mesa. Me sentí enloquecer entre frenéticos lengüetazos, escuchando los sonidos de carne contra carne. Aún no. Fui consciente del dominio que tenía sobre mí.
- Ha llegado el momento cielo, córrete para mí — me exigió sin dejar de saborearme — Ahora mismo.
El orgasmo llegó en una devastadora explosión que hizo que me sacudiera contra la mesa y que en un intento de desahogar la tensión arrancara varios trozos de madera con las manos. Los dejé caer al suelo, completamente jadeante, buscando sus ojos. Su boca me soltó, y mirándome, depositó un último beso en mis rosadas carnes.
Se levantó y tirando de uno de mis brazos consiguió darme la vuelta quedando ahora boca abajo sobre la mesa. Deslizó su mano por toda la longitud de mi columna mientras yo me intentaba incorporar.
- Ahora voy a entrar dentro de ti – dijo presionándome con dureza la espalda y dejándome de nuevo tumbada.
El sonido de sus jadeos fue más ruidoso que mi propia respiración, y el primer roce de su erección en la entrada de mi cuerpo casi me volvió loca.
- Deseo esto —dijo con voz gutural— Dios… deseo esto, esto es lo que quiero.
Entró en mí con un duro empuje que llevó a sus caderas a estrellarse contra mi trasero. Y aunque yo era la que recibía de golpe el tremendo contorno de su masculinidad, fue él el que gritó. Sin ninguna pausa, empezó a penetrarme, agarrándose a mis caderas, moviéndolas hacia delante y atrás para que siguiera sus empujes. Con la boca abierta, los ojos abiertos, y los oídos saboreando los deliciosos sonidos del sexo, me sujeté como pude a la destrozada mesa mientras otro orgasmo me invadía. Me partí por la mitad entre gritos de éxtasis mientras él gritaba ahogadamente entre espasmos de placer, descargándose de nuevo, esta vez dentro de mi.
De pronto noté que me agarraba del hombro, incorporándome. Sentí su pecho en mi espalda mientras me enderezaba, continuaba penetrándome, dentro y fuera, dentro y fuera. La mano de Edward se movió hacia mi cuello, me agarró el pelo, y me inclinó la cabeza hacia un lado, tirando de nuevo.
- Te lo advertí —gruñó aún jadeando.
Y entonces me mordió.
