Buenos dias de martes...!
Preparadas para la versión de Edward? leed con detalle que ahi hay mucha miga... ;)
Gracias a Sethaum, Anaidam, Laubellacullen94, Louise cullen-98, madelinedarkgirl, NahCac, Cremita, triix2402, lizzy90, miss variete, lmabt, Mary de cullen, maryroxy, yoya11, Blackcullen, Nikki Hale, zujeyane, lizitablackswan, mandy.01, Nelly McCarthy, cintiaelnemer, triix2402, Firo Prochainezo, sophia18, kalicullen, yoya11, AnGiieeeH, YeLcY LEaNe SwAnSEa, Mary de cullen, Danyela1, Suiza19, maiy, culdrak, YuliBar, EDWARD-BELLA-MANSON, dezkiciada, ovejita-dm-cs, Physmilla, sophia76, audreybaldacci, AnGiieeeH, tlebd ... por vuestros reviews ;)
Mención especial para todos los lectores que se han suscrito al fic, gracias por vuestro apoyo ;)
Que lo disfruteis...!
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Capitulo 35
Evité mirar a Edward. Participé de la conversación pero no quise enfrentar su mirada, a pesar de notar que él buscaba la mía. Charlamos y reímos con los desvaríos de Alice referentes a las mesas que optaban a ocupar el sitio de la anterior, y de los vestidos tan chulos que habían encontrado "por casualidad" en la tiendecita de al lado del anticuario. Después de un rato en familia todos fueron disculpándose para dedicarse cada cual a sus quehaceres. Edward me miraba sonriente sin sospechar lo que empezaba de nuevo a carcomerme por dentro.
- ¿Vienes? – me preguntó agarrándome de la mano y tirando de mi hacia las escaleras.
- Si – intenté serenar la expresión pero sin mucho éxito.
Me miró un instante mientras la sonrisa se borraba de su cara. Mirando al frente, camino del dormitorio, tiró de mí sin hablar. Abrió la puerta y me hizo pasar. Pasé delante y después de entrar él cerró la puerta y se quedó apoyado en ella. Paseé retorciéndome las manos de un lado a otro de la habitación. ¿Cómo abordar el tema? Le miré un instante y no me tranquilizó mucho lo que vi. Apoyado en la puerta me miraba muy serio, con el ceño fruncido y los ojos entornados. Esperaba mi primer paso. Yo me lancé de cabeza.
- ¿Quién es Tanya Delani?
- Has hablado con Rose – no era una pregunta, sino una afirmación.
- Hemos tenido una conversación, si.
- Entonces ya sabes quién es.
- Quiero saber quién es para ti - la furia volvía de nuevo.
- No es nadie.
- Pero lo fue… – insistí.
- Dejó de serlo, hace 30 años – puntualizó.
- Eso no me vale, quiero saber por qué dejo de serlo.
- Porque no era lo que yo quería.
- ¿Qué no era lo que tú querías? – dije ironizando mis palabras - ¿Ibas a casarte con ella y no era lo que tú querías?
- No, no lo era – dijo muy serio arrastrando lentamente las palabras.
- ¿Y fue culpa mía que dejara de serlo, Edward? ¿Fue por mi causa que no te casaras y fueras feliz con ella?
- No.
- ¿Cómo que no? - pregunté asombrada por la inesperada respuesta.
- No tuvo nada que ver contigo.
- No te creo, Rose me dijo que…
- Rose puede decirte misa – dijo cortándome bruscamente – si vas a dar por buena su versión sin escuchar la mía, no merece la pena que sigamos hablando de esto – dijo mientras agarraba el pomo de la puerta y la abría para salir de la habitación.
- Edward – Se paró en seco. Temblé ante la posibilidad de que se fuera sin quitarme la angustia que me oprimía el pecho – dame una explicación.
- No tengo por qué justificarme por lo que hice hace 30 años, ni ante ti ni ante nadie.
- Por favor – dije tragando el nudo que me atenazaba la garganta – necesito una explicación.
- ¿Necesitas una explicación? – dijo cerrando la puerta con un brutal golpe, acercándose rápidamente a mi lado - ¿Quieres una explicación? ¿No te vale con la que te ha dado Rose?
- No, no me basta.
- ¿Y eso por qué Bella? – dijo perdiendo por completo la calma y levantando el tono irónico de sus preguntas.
- ¡Porque nadie me asegura que no vayas a hacer lo mismo conmigo! – le grité.
- ¿¡Eso piensas de mí! – gritó el también - ¿¡Qué voy por ahí dejando novias en el altar como pañuelos usados!
- Creía que lo sabía todo sobre ti, pero está claro que no es así – dije muy decepcionada.
- ¿¡Piensas que soy un cerdo por haber hecho lo que hice! – dijo mientras me arrinconaba contra la pared - ¿¡Piensas que soy un monstruo sin palabra que no cumple lo que promete! - puso sus manos a ambos lados de mi cabeza dando un fuerte golpe a la pared - ¿He herido tu orgullo como mujer? ¿Es eso? Dilo Bella, di que tú también me odias como lo hace Rose…
- ¡No te odio por eso, maldita sea! – dije dejando libre toda la furia contenida y la angustia que me corroía desde mi conversación con Rose – ¡te odio por haber estado con otras antes que conmigo!
Edward me miraba sorprendido pero ni siquiera la sorpresa de su cara me hizo parar el torrente de reproches que tenía que hacerle, que necesitaba hacerle.
- ¡Te odio porque has amado a otras antes que a mí! – le dije muy furiosa. Él apartó las manos de la pared - ¡te odio por haber estado prometido con esa Tanya! – la rabia hizo que me escocieran los ojos. Seguía mirándome sorprendido - ¡y te odio por haberle puesto las manos encima a ella o a cualquier otra mujer! ¡No soporto ni pensarlo siquiera!
- Bella, tranquila - dijo completamente boquiabierto, alejándose un poco de mí para poder mirarme mejor – yo… pero que demonios te…
- ¿Tranquila? ¡¿Tranquila? – dije mas furiosa aún por su reacción – y un cuerno tranquila…
- ¿¡Estás celosa! – su sorpresa se tornó en diversión en cuanto adivinó el motivo de mi ofuscación - estás celosa… – una gran sonrisa de satisfacción hizo aparición en su boca.
- No estoy celosa – Si que lo estas, te ha pillado. Intenté defenderme - estoy furiosa, estoy dolida…
- Y celosa – dijo asintiendo mientras daba unos pasos hacia atrás – reconócelo.
Esto era el colmo, yo muriéndome por dentro y él tan tranquilo. Vale, lo reconozco, estoy celosa. Avancé hacia él. Si le gustaba verme celosa iba a tener que ser con todas las consecuencias. Iba ha dejarle muy claro lo que pensaba y dejarle muy claro también quién era yo. Cerré los ojos, canalicé mi furia intentando llevarla hasta donde yo quería. Los calambres en la columna no tardaron en aparecer. Le miré directamente.
- Edward Cullen – siseé entre dientes. Su cuerpo no pudo retroceder mas allá de la pared contraria – vamos a dejar las cosas claras…
- Bella… - se puso tenso de repente, sabía que iba a atacarle. Su cara era pura concentración.
- Eres mío, ¡MIO! – ahora fueron mis manos las que golpearon la pared a ambos lados de su cabeza. Dejé que los latigazos eléctricos salieran con fuerza – cualquier mujer humana o vampira que ose mirarte, tocarte o tenerte tendrá que hacerlo por encima de mi cadáver.
- Bella, no… - Apretaba la mandíbula con fuerza pero no mostró signos de dolor.
- Mira tú a cualquier otra mujer que no sea yo – dije volviendo a sacudir las descargas sobre él – y te sacaré esos bonitos ojos de la cara con mis propias manos.
Haciendo lo que consideré por su parte un esfuerzo sobre humano, pues estaba empleando a fondo mis encantos como Mara sobre él, alzó los brazos, me rodeó la cintura y me aprisionó fuertemente contra su cuerpo. Su cara, a pesar de ser pura concentración, destilaba sensualidad con cada respiración que salía de su boca. Nuestras frentes se tocaban, nuestras bocas deseaban hacerlo, tanto la suya como la mía, pero ambos nos mantuvimos firmes.
- Me resultas muy sexy cuando te enfadas – dijo apenas susurrando las palabras entre jadeos – pero celosa lo eres todavía mas - apretó mas su cuerpo al mío.
- No me provoques… - dije sorprendida por lo seguro de si mismo que estaba y por lo rápido que mi cuerpo respondió a sus insinuaciones – o lo lamentarás.
- ¿Me estás amenazando? – dijo sonriendo maliciosamente – No deberías, te está saliendo mal la jugada.
Me descolocó completamente el poco efecto que mi ataque le causaba. Hace solo unos días podía retorcerle de dolor aun sin proponérmelo, y ahora parecía completamente inmune a mis reiterados intentos de someterle. Le miré intentando averiguar en su mirada como conseguía hacerlo.
- ¿Sorprendida? – dijo sin soltar su agarre. Deslizó su mano por mi espalda hasta atrapar con dureza mis glúteos - ¿o es miedo lo que veo en tus ojos?
- ¿Miedo? No seas ridículo – no era miedo lo que sentía, era frustración lo que me recorría las venas.
- Pues deberías.
Con un rápido movimiento me giró para cambiar de posición y encerrarme entre la pared y su cuerpo. Sin darme tiempo ni a coger aire después del golpe, agarró ambos extremos de mi camisa y la abrió con un fuerte tirón haciendo que saltaran por los aires todos los botones. Repitió el gesto con los botones de su camisa. Esos arranques de brutalidad que tenía conseguían encenderme hasta lo indecente. Y lo peor de la situación era que él lo sabía.
- Creo que voy tener que recordarte quien manda aquí – dijo con dureza – ya que te empeñas en no hacerme caso.
Intenté resistirme pero no lo conseguí. Su fuerza doblegaba mis penosos intentos de rebelión, que no eran muy intensos debido al torbellino de pensamientos que cruzaban por mi mente.
¿Cómo podía estimularme tanto la forma con la que me trataba? ¿Cómo podía ser que, con todo lo segura y fuerte que yo era, no pudiera ofrecer más resistencia? Simplemente porque tenía debilidad por él. Esquivé su inquisitiva mirada para que no viera el poder que tenía sobre mí. Enterró una mano en mi pelo y sujetándome la cabeza me obligó a arrodillarme ante él, mientras con la otra se desabrochaba los pantalones. El corazón me dio un invisible pero sonoro vuelco.
- Voy a decirte quien soy, ya que pareces no recordarlo – dijo obligándome a levantar la cabeza para encontrarme con sus ojos – y quien eres tú, para que no lo olvides nunca.
Orientó mi cara en la posición que requería y no pude más que aceptarlo. Ya dispuestos a dejarme hacer, que hiciera conmigo lo que le diera la gana. No iba a protestar ni lo mas mínimo, por muy humillante que fuera. Cerré los ojos cobardemente. Me preparé para lo que mi mente me decía que iba a pasar. Le noté moverse a escasos milímetros de mí. Mi respiración se disparó al notar la proximidad de su piel.
Sus manos me rozaron la cara y casi antes de ser consciente de lo que hacía me vi encerrada en un tierno y cálido abrazo. Fueron sus suaves labios los que acariciaron mi boca. Abrí los ojos muy sorprendida, encontrándole arrodillado también ante mí y besándome tan dulcemente que podría jurar que por un instante el corazón volvió a latirme humanamente. Todos mis miedos desaparecieron con ese beso. Cuando sus labios me dejaron nos volvimos a besar, con los ojos.
- Soy el hombre que ha estado 30 años esperando por ti – su voz acarició como nunca mi alma - Soy el hombre que ha amado un sueño que ha terminado convirtiéndose en realidad.
- Oh, Edward… - hubiera llorado si hubiera podido.
- ¿Y tú? Tú eres mi sueño, mi diosa, mi vida. Jamás volveré a mirar a otra que no seas tú, jamás volveré a tocar otra piel que no sea tu piel y jamás ninguna otra podrá tenerme porque ya tengo dueña y eres tú.
- Eres increíble – dije completamente fascinada por sus palabras.
- ¿Ha quedado suficientemente claro?
- Cristalino
- Pues que no se te vuelva a olvidar.
... . ...
La relación de Edward con las gemelas podría catalogarse de cualquier forma menos de convencional. Las dos le gustaban, las dos le divertían y las dos se lo rifaban. A pesar de ser físicamente perfectas e idénticas, interiormente ambas eran completamente diferentes.
Megan era la fuerte, la independiente, la dominante, la rebelde. No se dejaba manejar, tenía que ser cómo, cuándo y donde ella decía. Sus arranques de furia eran de sobra conocidos por todos, igual que sus afilados comentarios, que no dudaba en soltar estuviera delante quien estuviera.
Tanya, por su parte, era todo lo contrario a su hermana. Ingenua y cándida como una niña. Correcta y sosegada, nunca decía una palabra más alta que otra. Su dulzura encandilaba a cualquiera y su sonrisa hacía que hasta el más duro se derritiera irremediablemente.
- Por separado eran mas llevaderas, pero juntas eran completamente letales – tumbados en la cama y recostada contra su pecho Edward me relataba, perdido en sus pensamientos, su versión de la historia – cada una aceptaba su papel y lo interpretaba a la perfección, de cara al resto de la gente eran las perfectas hijas, amigas y confidentes. Pero solo era fachada.
- ¿Solo fachada? – dije mirándole por la decepción que tildaba su voz.
- Si, aunque eso yo no lo supe hasta… después. Supieron ocultármelo muy bien.
- Vaya, lo siento por ti.
- No lo sientas, me lo tuve merecido. En esa época yo andaba un poco, como lo diría, descarriado – dijo evitando mirarme, mientras depositaba un suave beso en mi cabeza – y bueno, las gemelas resultaron ser mi juguete preferido.
- Juguetes… – dije pensando que realmente no quería saberlo.
- Al principio era solo amistad y afinidad lo que nos unía. Cuando me sentía rebelde era Megan la que me ofrecía el desahogo que necesitaba, cazar con ella era un deporte de riesgo que más de una vez nos trajo problemas a ambos. Me retaba constantemente a sobrepasar los limites y en mi afán de superarla no dudaba en acceder a sus sugerencias en exceso peligrosas. Aparte también estaban las discusiones que teníamos, se empeñaba siempre en dejarme a la altura del betún y eso, desde mi punto de vista masculino, era completamente intolerable. Era agotadora, pero me daba la caña que yo necesitaba.
- ¿Y que hay de Tanya? – pregunté cautelosa.
- Con Tanya era todo lo contrario, podíamos tirarnos horas y horas hablando, era comprensiva y a veces conseguía, a base de mucho esfuerzo, calmar a la bestia que de vez en cuando me atenazaba por dentro. Veía siempre el lado positivo y útil de las cosas, aunque no lo tuvieran. Y me conocía más que nadie, si empezaba el día amenazando tormenta y me encontraba con ella, hacía que las nubes se alejaran y que el sol volviera a brillar para mi, acompañado de una de sus sonrisas.
- La noche y el día – dije pensando que podría llegar a comprender por qué había elegido a Tanya, aunque no me gustara ni la una ni la otra.
- Más o menos. Como te decía, cada una me proporcionaba lo que yo necesitaba y a ninguna parecía importarle que pasara parte de mi tiempo con la otra. Para mi era perfecto.
- Sé que no debería preguntar esto pero… - no podía evitarlo, necesitaba saberlo – me pregunto si tú… y ellas…
- Si – contestó, visiblemente incómodo, evitándome terminar la dichosa pregunta.
- ¿Con las dos? – realmente prefería no saberlo, pero no podía evitarlo.
- Si. Como buenas gemelas ambas empezaron a interesarse por mí, sexualmente hablando, prácticamente al mismo tiempo. Primero Megan, luego Tanya, y luego… bueno, luego todo se nos descontroló un poco.
- Me imagino el resto… - solo de pensarlo ya me hervía la sangre.
- No creo que puedas imaginártelo – sonrió sarcásticamente – el sexo era lo de menos, aunque he de reconocer que… bueno, digamos que sabían el terreno en el que se movían. Los problemas no tardaron en asomar.
- Déjame adivinar… elegiste a Tanya y su hermana no lo acepto, intentó meterse por medio…
- Ni te acercas. Es cierto que tenía mas afinidad con Tanya y un día conversando con ella me sorprendí a mi mismo diciéndola que era genial estar con ella y que no me importaría pasar el resto de la eternidad con alguien así. Solo fue un comentario dentro de una conversación, que aparentemente no pasaba de eso, pero ella lo interpretó mal. Se lo tomó como una declaración y le faltó tiempo para contárselo al resto de su familia… y de la mía. Intenté hablar con ella varias veces y hacerle ver el error que había cometido, pero su ilusión y felicidad eran tan cegadoras que fue imposible hacérselo comprender. Antes de darme cuenta siquiera ya tenían organizado el bodorrio. Cada día me resultaba más difícil defraudarles a todos y terminé resignándome, pensando que tampoco era el fin del mundo. Hasta que descubrí el pequeño secretito que tenían.
- ¿Tenían un secreto? – estaba perpleja por lo extraño del relato.
- Si, una tarde, dos días antes de la boda, las escuché discutiendo acaloradamente, mi nombre salió varias veces en la pelea.
- ¿Discutían por ti?
- No exactamente. Resulta que su interés por mi era debido a una especie de apuesta que habían hecho entre ellas. El objetivo, conseguir de mi un "Si, Quiero" y el reconocimiento de superioridad sobre la otra. El premio era yo, y 10 años de servicio de la perdedora a disposición de la que consiguiera el objetivo.
- ¿Me estás tomando el pelo? – dije sin poder creer la desfachatez de ambas hermanitas.
- En absoluto, justo cuando llegué estaban en plena discusión por un jodido tecnicismo del acuerdo. Tanya decía que ya había conseguido el "Si, Quiero" alegando que ya estábamos formalmente comprometidos y en unos días se celebraría la boda, pero Megan insistía en que hasta que el cura no dijera Amén, la apuesta seguía en el aire y por lo tanto cabía la posibilidad de que aún pudiera ganar si lograba engatusarme.
- Joder…
- Me quedé consternado. Sobre todo por el hecho de que no me di cuenta que estaba siendo manipulado por ellas como un muñeco de trapo, no sabía qué había sido real y qué había sido fruto de su competitividad.
- Menudas hijas de… - contuve el insulto, Edward aún no había terminado de contarme – pero no entiendo porqué no se lo explicaste a los demás, ¿por qué dejaste que tu propia familia pensara lo peor de ti?
- Simplemente porque me lo tenía merecido, Bella. Yo había jugado también con ellas, no fui precisamente un santo. Las utilicé para mis propios propósitos, ya fueran emociones fuertes, comprensión o simplemente sexo. También me tomé mi venganza personal, esperé a dos horas antes de la boda para negarme a continuar. A pesar de la que se organizó con mi negativa y todos los problemas que causé, me lo compensó con creces verles la cara a las gemelas.
- Pero ellos tendrían que saber lo que ocurrió, no fue justo que cargaras tú con toda la culpa. Carslisle tuvo que dar la cara por ti sin saber que fueron esas zorras… las que estropearon vuestra relación con los Delani.
- Decidí contárselo a Carslisle pues su amistad con Eleazar, el padre de las gemelas, le posicionaba en una situación muy delicada y merecía conocer los motivos que me llevaron a actuar como lo hice.
- Supongo que no dejarías pasar mucho tiempo…
- No, esa misma noche fui a verle al hospital – una sonrisa apareció en sus labios - pero al final me resultó imposible hablar de ello con él.
- ¿Y eso por qué?
- Porque tuve que atender a una mujer en su parto –acompañó las palabras con un guiño cómplice – tenías prisa por robarme el corazón…
- Edward… - contemplé su rostro completamente cautivada – fue esa noche…
- Esa fue la noche que cambió mi vida. Y esta manita – dijo entrelazando sus dedos con los míos – fue la que consiguió calmar todo el odio que llevaba dentro – su sonrisa fue desapareciendo paulatinamente – Al día siguiente conseguí hablar con Carslisle y explicarle todo. El pensó que a pesar del papel que jugaron las gemelas no valdría la pena enzarzarse en acusaciones de culpas y disculpas con los Delani pues eso solo conseguiría enredar más la situación.
- ¿Y el resto de la familia? ¿Lo llegaron a saber alguna vez?
- No de manera oficial pues todo se mezcló en esos días, la anulación de la boda, el malestar general y sobre todo tu aparición, pero todos aceptaron más o menos de lo sucedido sin hacer preguntas. Todos excepto Rosalie, ella no quiso ni mirarme esos días y como ya habrás notado, sigue guardándome rencor. Ella y Tanya eran como hermanas. Por eso ella es así contigo, cree que mi rechazo a Tanya fue por tu causa.
- Comprendo su dolor, Edward, tanto como el tuyo propio por todo lo sucedido. Pero han pasado 30 años, es demasiado tiempo para guardarle rencor a alguien.
- Para nosotros el concepto tiempo es muy relativo, aún no puedes apreciarlo en toda su magnitud, pero 30 años en la vida de un vampiro es como un solo segundo en una larga vida humana, algo completamente insignificante.
- Aún así es demasiado tiempo, deberías… bueno, deberíamos intentar arreglar las cosas con ella.
- ¿Crees que no lo he intentado? Rose es muy tenaz cuando se lo propone, ella ya tenía un culpable y ese era yo. Ni mil veces que le contara lo que ocurrió la harían cambiar de opinión.
- ¿Y los demás?
- A pesar de no haber dado casi ninguna explicación por mi parte, aceptaron lo ocurrido y cada cual intentó pasar página a su manera. Supongo que todavía tendrán sus dudas, pero sinceramente, eso es algo que ya no me importa. Ahora solo me importa lo que pienses tú.
Me clavó los ojos en las pupilas, buscando algo. Algún síntoma de mi estado de ánimo, algo que le revelara como me había sentado su versión de lo ocurrido. Su cara era la viva imagen del acusado que espera el veredicto de inocencia sabiendo que era muy culpable. Desafiante pero resignado, se mantuvo a la espera de que yo pusiera en orden mis pensamientos.
- No te voy a decir que actuaste correctamente, Edward, pero no voy a juzgarte por ello – dije intentando no sonar demasiado acusadora - cuando te sale la vena malvada hay que echarse a temblar.
- No busco tu perdón, Bella. Ya te dije que no iba a justificarme ante nadie, tenía mis motivos y actué en consecuencia – dijo mirándome sin una pizca de remordimiento – solo te lo he contado para que entiendas que ella se lo buscó, y que no tienes que temer que nos pase lo mismo a nosotros, creo que tú y yo ya hemos pasado por mas de una prueba de fuego y seguimos aquí, juntos.
- Eso es cierto – dije mientras una fugaz imagen de Jacob me pasó por la mente – nosotros ya hemos pasado por mucho, pero no puedo evitar que se me retuerzan las entrañas cada vez que pienso en ello – le abracé con mas fuerza – ya sea Tanya, Megan o cualquier otra…
- No te quejes, tú has sido afortunada – dijo mientras apartaba un mechón de pelo de mi frente con aire indiferente – yo tuve que aguantar tus líos con todos esos chicos…
- ¿Qué estas queriendo decir con "todos esos chicos"? – dije haciéndome la dolida - Apenas fueron dos o tres…
- Fueron nueve.
- ¿Nueve? – dije intentando hacer memoria – eso es imposible…
- Recuento. Uno en el jardín de infancia, uno más en el colegio, dos en el instituto, cuatro en la universidad, de los cuales tres terminaron en tu cama, y uno mas siendo ya una mujer independizada y completamente adulta… éste ultimo estuvo a punto de morir un par de veces, le pillé mirando anillos en el escaparate de una joyería ¿Quieres que te diga los nombres?
- ¡Edward! – dije completamente escandalizada.
Max era mi preferido – dijo riendo burlonamente, se estaba divirtiendo de lo lindo - siempre quería hacerte tragar tartas de plastilina y tú no vacilabas en arrearle bien fuerte cada vez que lo intentaba. Era un niñito encantador…
- ¡Edward, para ya! – le advertí, a mi me avergonzaba mas de lo que me divertía.
- Y Alfred… ¿no te acuerdas de Alfred? Te dio tu primer beso con lengua…
- Esto es increíble… - dije empezando a perder los nervios – te digo que pares de una vez – le amenacé con el dedo.
- ¿Y quién se llevó el premio gordo? Justin, claro. El tierno y dulce Justin, que después de dejarte en casa se iba con tu amiga Mary a revolcarse en el asiento trasero de su coche.
- ¿Qué Justin hizo qué? – los ojos se me salían de las orbitas.
- Espero que conserves un bonito recuerdo de tu primera vez, porque ese chico no se merecía en absoluto lo que le diste. Menos mal que lo que sí le diste fue el pasaporte pronto.
- Esto no era necesario Edward – dije completamente enfurruñada
- ¿Entiendes por qué digo que eres afortunada? – su dedo acarició levemente mi nariz.
- ¿Y yo qué sabía de ti? Nada en absoluto, no me culpes a mi si tú eras un obseso, morboso y mirón…
- Solo me aseguraba de que mi futuro no se perdiera por el camino, nada más. Pero me lo hiciste pasar mal, mucho tiempo. Demasiado.
- ¿No dices que los años son segundos para vosotros? Tampoco creo que estuvieras mano sobre mano esperando a que yo creciera…
- Lo estuve – dijo muy orgulloso de si mismo.
- ¿30 años? – pregunté irónica – no me lo creo.
- 30 años, 4 meses y 16 días exactamente – me miró con tanto anhelo que se me derritió el corazón - Dejé de contarlos aquel día en el parque.
- Llovía – dije completamente perdida en el color de sus ojos e incapaz de decir nada más coherente.
- Lo sé.
