Buen dia de Reyes...!
Espero que os hayan traido muchas cosas y que ninguna de ellas sea carbón ;) yo os dejo mi regalito en forma de capi ;D
Gracias a Sethaum, Anaidam, Laubellacullen94, Louise cullen-98, madelinedarkgirl, NahCac, Cremita, triix2402, lizzy90, miss variete, lmabt, Mary de cullen, maryroxy, yoya11, Blackcullen, Nikki Hale, zujeyane, lizitablackswan, mandy.01, Nelly McCarthy, cintiaelnemer, triix2402, Firo Prochainezo, sophia18, kalicullen, yoya11, AnGiieeeH, YeLcY LEaNe SwAnSEa, Mary de cullen, Danyela1, Suiza19, maiy, culdrak, YuliBar, EDWARD-BELLA-MANSON, dezkiciada, ovejita-dm-cs, Physmilla, sophia76, audreybaldacci, AnGiieeeH, tlebd, Nitzuki, lokaxtv, you belong to me, Ely Cullen M. ... por vuestros reviews ;)
Mención especial para todos los lectores que se han suscrito al fic, gracias por vuestro apoyo ;)
Que lo disfruteis...!
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Capitulo 37
A pesar del descanso que la normalidad en nuestras rutinas me brindaba mi cabeza seguía dándole vueltas a una cuestión que, desde mi primera conversación con Carslisle, seguía sin obtener respuesta. Un día, viéndole dirigirse en solitario a su despacho, decidí que era la oportunidad perfecta para comentárselo.
Varias horas después de dejar su despacho y perdida en mis pensamientos andaba cuando me encontré con Alice y Alma que entraban por la puerta de la casa, ambas reían sonoramente.
- Hola Bella – dijo Alice con su cantarina voz – buscas a Edward ¿a que si?
- Pues si Alice – dije mientras nos dábamos un cariñoso abrazo - ¿Dónde anda escondido esta vez?
- Están en el garaje, metiéndole mano de nuevo al coche de Rosalie. Ese Mercedes está ya para pocos trotes… veníamos de allí ahora.
- ¿Y que resulta tan gracioso que venís muertas de la risa?
- Compruébalo por ti misma – me dijo Alma mientras soltaba un suspiro de resignación.
- Pero yo que tú no me arrimaría mucho… - dijo Alice guiñándome un ojo.
Dejé a las dos mujeres riéndose de camino a la cocina y me encaminé hacia el garaje. Cuando entré no pude evitar sonreír ante la estampa que los muchachos ofrecían. De debajo del Mercedes rojo de Rosalie sobresalían tres pares de piernas, dos por un lado y uno mas por el otro, entre varias herramientas desparramadas.
- ¿Ves eso de ahí? – decía Emmett
- ¿Qué cosa? – decía Edward
- Eso leñe, redondito y plateado.
- Si, lo veo.
- Es una tuerca.
- Ya sé que es una tuerca Emmett, hasta ahí llego.
- Hay que quitarla.
- Vale ¿Cómo?
- Con la llave fija, pásamela.
- Espera… - una mano mas negra que el carbón salió en busca del objeto y tanteó el suelo hasta encontrar una herramienta – toma.
- Esto no, Edward – dijo Emmett resoplando de fastidio – esto es un destornillador ¿Qué quieres que haga con esto? Necesito una llave fija.
Me acerqué sigilosamente hasta ellos y cogí la llave mientras la misma mano volvía a salir en busca de lo solicitado. Tanteó de nuevo el suelo sin encontrar lo que buscaba.
- No la encuentro.
- ¡Jasper! ¿tienes tú la llave?
- No - contestó éste al otro lado del coche – la tenéis que tener vosotros.
- ¿Necesitáis ayuda? – dije sugerentemente entre risas.
Clonk. Dos cabezas acababan de chocar contra el duro metal. Mis carcajadas aumentaron. Rápidamente deslizaron las plataformas de ruedas donde estaban tumbados para salir de debajo del coche quedando uno a cada lado de donde yo estaba. La cabeza de Jasper asomó al otro lado del coche. Emmett se frotaba la frente dejándosela mas negra de lo que ya la tenía mientras los ojos de Edward se daban un paseo desde la punta de mis zapatos, pasando lentamente por mis piernas, recreándose en mi cintura, donde yo tenia mis manos apoyadas, para subirla por mi pecho mientras entornaba los ojos y acababa clavándome la mirada a la vez que en su boca aparecía una sinuosa sonrisa.
- Holaaaa – dije seductoramente mientras le devolvía la sonrisa – creo que buscabais esto – levanté la llave.
- Hola cariño – en su cara se apreciaba un manchurrón de grasa que le iba desde la sien hasta la mandíbula - Estamos arreglando el coche.
- Yo estoy arreglando el coche – dijo Emmett mirándole con el ceño fruncido – tú solo estorbas.
- Vaya, vaya – dije tendiéndole la llave a Emmett, que acto seguido se volvió a meter debajo del coche – así que ahora se dedica usted a la mecánica, Sr. Cullen.
- Reconozco que no es lo mío – dijo levantándose y acercándose a mí con su media sonrisa amenazando en la boca – pero tengo otras habilidades. Se tocar…
- Ni se te ocurra tocarme con esas manos – dije apartándome de él mientras le observaba la cara manchada y la sucia camiseta que debió ser blanca. Realmente se veía muy sexy con ese mono de trabajo atado a la cintura – pareces un rudo mecánico.
- Iba a decir que sé tocar el piano – dijo mientras se acercaba al banco de trabajo donde una pequeña pila servía de lavamanos – No compares tuercas y hierros con las finas, largas y suaves… - me miro las piernas - …teclas de un piano.
- Teclas…
- Si. Las manos de un pianista no hay que maltratarlas – dijo terminando de secarse y volviendo a acercarse hasta mí - son extremadamente sensibles.
- Para que toquen bien – dije mirándole seductoramente – todas las teclas.
- Exacto – ya me tenía en sus brazos - ¿Quiere que se lo demuestre, Sra. Cullen, en un concierto privado?
- No me gusta la música clásica…
- La música… – sus labios ya rozaban los míos - saldrá de tu boca.
- Hace mucho calor aquí, ¿no? – las llamas empezaban a abrasar mi cuerpo.
- Eso tiene arreglo.
Vale. Orden a mi cerebro: arrancar el mono azul y esa manchada camiseta blanca del cuerpo de Edward, YA. Se me había olvidado que no estábamos solos y si no llega a ser porque tanto Jasper como Emmett hicieron notar su presencia una milésima de segundo antes, la orden se hubiera ejecutado.
- ¡Iros a un hotel! – dijeron ambos al unísono para después estallar en carcajadas.
- Agua fría – dijo Edward ignorando las risas de sus hermanos.
- ¿Qué? – dije intentando ignorarles también pero sin éxito – ¿que has dicho?
- Que necesitas agua fría.
- ¡Y que lo digas hermanito, y urgentemente! – ambos volvieron a reírse pícaramente.
- Iros al cuerno, aquí os quedáis – y diciendo esto me agarró del brazo y tiró de mi hacia la casa.
Subimos atropelladamente por la escalera en dirección al dormitorio. Él tirando de mí, yo intentando seguir su ritmo. Mi respiración ya galopaba desbocada y no precisamente por el esfuerzo. Abrió la puerta y pasé veloz delante de él, antes de que la cerrara a su espalda. Nos miramos un segundo y por fin se decidió a avanzar hacia mí. Me dolía la boca. Sin darme cuenta yo misma me estaba mordiendo el labio inferior y al ver el gesto, él gruño profundamente.
Solo unos centímetros nos separaban y justo cuando ya podía sentir su aliento en mi cara cambió de dirección bruscamente. Me quedé mirando el vacio donde un instante antes habían estado sus labios. ¿Dónde demonios estaban?
Le vi revolver en el armario mientras metía en una mochila varias prendas de ropa. Cerró el armario cuando hubo terminado y con paso decidido se fue hacia el baño. Le oí revolver entre los estantes y al segundo salió cerrando la mochila y colocándola en su hombro. Se me quedó mirando.
- ¿Edward, qué…? – dije intentando averiguar que demonios pretendía.
- Nos vamos a dar un paseo. Te diré dónde cuando estemos de camino.
Cinco minutos mas tarde íbamos de la mano a través de la espesura del bosque. Aparentemente no seguíamos ninguna dirección concreta, pero los decididos pasos de Edward me confirmaron que él si sabía perfectamente donde nos dirigíamos.
- ¿Me vas a decir ya adonde vamos? – dije cuando la curiosidad ya no me permitía estar callada.
- Cuando estemos un poco mas lejos de la casa – dijo socarronamente – no quiero que invites a nadie a acompañarnos.
- Ya sabía yo que eso me lo ibas a terminar echando en cara.
- No te lo he echado en cara ¿acaso me has oído quejarme? – pregunto inocentemente.
- No, pero si que he tenido que aguantar tus caras, por no hablar de…
- De qué.
- De lo ocupado que has estado estos días. No me has hecho ni caso.
- Tú también has estado entretenida con Alice, no toda la culpa es mía.
- Se empeñó en renovarme el vestuario, sabes que odio ir de compras, pero se lo prometí.
- Tres días consecutivos.
- Ya sabes como es Alice… - dije como excusa - aun así nos quedaban las noches.
- ¿Las noches? – la ironía no tardó en aparecer - Irte a las 3 de la madrugada con ella para elegir el modelo de bouquet para los centros de mesa, no lo llamaría yo precisamente encontrar tiempo para dedicarme.
- Eso solo ocurrió una noche, y era un tema urgente – Protesté - Teníamos que encargarlos a la mañana siguiente si queríamos que estuvieran a tiempo. Además, no estábamos hablando de mí…
- Es cierto – dijo desplegando su amplia sonrisa - estabas diciendo que soy yo el que no tiene tiempo para ti.
- Sabes a lo que me refiero… has estado evitándome. Me castigas por haber dejado que Emmett nos acompañara de caza.
- De eso nada. Yo también tengo cosas de las que ocuparme.
- Para no saber distinguir una llave fija de un destornillador resulta demasiado obvio lo mucho que te interesa la mecánica y os habéis tirado toda la tarde desguazando el coche de Rose.
- Tú estabas ocupada hablando con Carslisle – puso cara de no haber roto un plato en su vida - No tenía nada mejor que hacer.
- ¿Por qué siempre tienes una jodida respuesta para todo? – dije enfadada por lo rápido que tiraba abajo mis acusaciones.
- Porque es la realidad, Bella.
- ¿Falta mucho para llegar?
- No.
- ¿Donde vamos?
- Al rio.
- ¿Y que se supone que vamos a hacer una vez que lleguemos?
- Darnos un baño de agua fría. Creo que lo necesitas con urgencia.
- ¿Qué yo lo necesito con urgencia? Lo dice el que me ha comido con los ojos nada más que he aparecido en el garaje.
- Por lo menos yo no he tenido la tentación de arrancarte la ropa delante de mis hermanos.
- ¿Cómo demonios sabes eso?
- No es difícil adivinarlo… eres una viciosa.
- ¡Pero serás…! - la indignación me devoraba por momentos - O sea, que tú no has estado reprimiéndote las ganas estos tres días – dije parándome en seco para mirarle directamente a los ojos.
- En Absoluto – dijo despreocupadamente - Ni siquiera he pensado en ello.
- Mientes.
- Demuéstralo.
- ¿Me estás echando un pulso, Edward? – le miré desafiante.
- No, cielo – dijo arqueando las cejas con fingida sorpresa e intentando contener la sonrisa - ¿De donde sacas esa idea?
- Vale, tú lo has querido – dije levantando la cara y comenzando a retroceder sin quitarle los ojos de encima – veremos si es cierto que no necesitas aguantarte.
Me bajé lentamente la cremallera de la chaqueta que llevaba puesta, mientras sus ojos se abrían como platos. La deslicé por mis brazos sensualmente y una vez libre de ella se la arrojé a la cara, quedando literalmente colgada de su cabeza. Sus risas amortiguadas me llegaron claramente a los oídos. Esperé a que se la quitara para mirarle desafiante, acto seguido le di la espalda y comencé a caminar.
Él me seguía a pocos pasos de distancia.
Unos metros mas adelante me quité los zapatos y los lancé, uno a uno, por detrás de mi cabeza sin mirar donde caían o si le daban. Oí el silbido que produjo el aire al salir entre sus dientes, lo que provocó que los pelos de mi nuca se erizaran automáticamente. Una abertura entre los arboles y el arrullo del agua me confirmaron que estábamos llegando al rio. La siguiente prenda que dejé caer naturalmente fueron los pantalones, que nada mas deslizarse por mis piernas pisoteé para seguir mi camino. Desabroché uno a uno los botones de mi camisa, dejando al descubierto mis hombros, mientras el gruñido que produjo Edward al descubrir la blanca piel de mi espalda hizo que irremediablemente me mojara entre las piernas, pero continué mi avance sin vacilar.
El sol del atardecer estaba poniéndose en el instante en que llegamos al borde del claro donde los arboles desaparecían para dejar espacio al remanso de agua que se extendía ante nosotros. Una zona de aguas tranquilas y profundas que empezaban a tornarse negras por la falta de iluminación. Dejé caer del todo la camisa quedando en ropa interior. Oí como echaba al suelo toda la ropa que fue recogiendo mientras yo la iba tirando junto con la mochila que cargaba al hombro.
- Te ves preciosa con esta luz – dijo con un sonido gutural colocándose detrás de mi – solo mirarte ya me hace desearte.
- Perfecto – dije deshaciéndome del sujetador – porque eso es todo lo que vas a hacer, mirar – me giré para enfrentarlo.
- Oh… Bella – dijo acercándose pero frenando en cuanto notó mi mano deteniendo su avance - ¿Quieres… que me quede aquí, mirando?
- Si, solo soy yo la que necesita un baño frio ¿no? Pues aquí te quedas.
Me metí poco a poco en el agua sin dejarle decir ni una palabra más. Me sumergí completamente en las frías aguas y volví a emerger pasándome las manos por el pelo mojado, no miré en ningún momento hacia donde estaba Edward, no quería que mis ojos delataran mis verdaderas intenciones. A pesar de lo mal que nadaba cuando era humana, en mi nueva condición era absolutamente sorprendente la gracilidad y soltura que experimentaba en contacto con el liquido elemento. Cuando descubrí que no necesitaba salir a la superficie para tomar aire volví a sumergirme deleitándome en la sensación de ingravidez que bucear me producía.
Todo ahí abajo se movía con lentitud, los peces huían de mí alrededor con un ritmo lento pero constante, visiones que parecían pasadas a cámara lenta. Tranquilidad y silencio. No pude evitar sonreír… si necesitaba silencio, ya sabía donde tenía que venir. Salí a la superficie y me quedé perpleja cuando no vi a Edward. Miré en varias direcciones pero no vi ni rastro de él, bueno, si que había rastro. Su ropa se amontonaba al lado de la mía. Iba a sumergirme de nuevo en su busca cuando noté que me rodeaba por detrás con sus poderosos brazos.
- Te pesqué – dijo atrapando con sus dientes el lóbulo de mi oreja – ya tengo cena para esta noche.
- ¿No ibas a quedarte mirando? – dije mientras me giraba para mirarle de frente con mi sonrisa mas pícara. Rodeé su cuello con mis manos – Creía que no necesitabas enfriarte…
- Yo soy frío cielo, ya lo sabes – dijo moviéndose y sujetándome con un solo brazo por la cintura, perdí el rastro del otro - pero no es la piel lo que ahora mismo me arde.
Le clave las uñas en la nuca cuando tiró de las bragas haciéndolas bajar por mis muslos, la visión de su lengua relamiéndose los labios me dejó paralizada. Especialmente cuando sus dorados ojos se encontraron con los míos mientras una de sus manos se abría paso a través de mis muslos.
- Eres tan bella, tan bonita... – me dijo antes de que yo fuera capaz de decir nada – quiero bajar por tu cuerpo, quiero besarte, quiero tocarte.
- Me gusta eso – dije apenas en un susurro, completamente perdida en el placer que prometían sus ojos – muchísimo.
Con un sutil movimiento de su mano me abrió los muslos aún más. Tuve que contener la respiración cuando sus dedos rozaron levemente mi entrada y un disparo eléctrico chisporroteó en mi sexo. La sacudida me dejó jadeante a un milímetro de su boca.
- Me encanta ese sonido – dijo susurrándome al oído - el sonido de mi mujer disfrutando como una loca...
- Más – exigí. Me apoderé de su boca mientras sus dedos hacían estragos con superficiales caricias entre mis piernas, acariciando solo el punto exacto – Oh… dios – gemí cuando la liberación palpitó a través de mi cuerpo.
Me dejé llevar cuando vi que la sonrisa de Edward aparecía en su boca al notar que llegaba mi momento. Sin separar nuestros labios me abrazó con más fuerza, ayudándome a sobrellevar las pulsaciones, cuando los impulsos eléctricos empezaron a recorrerme en pequeñas sacudidas que se iban intensificando. Apreté los dientes sobre uno de sus labios. Un sabor metálico me inundó la boca justo en el momento en el que creí que me partiría en dos ante la intensidad del orgasmo.
A pesar de la poca luz que había distinguí claramente el liquido oscuro que manchaba la comisura de sus labios y su barbilla. Me abalancé sobre ellos mientras los lamía deliberadamente y succionaba de su boca bebiendo el tan preciado líquido que me ofrecían. Necesitaba más. Flotando ambos y retenida por su brazo no podía moverme para saciar mi necesidad de él.
- Estás preciosa tan mojada y excitada —acarició mis labios con la lengua — eres tan suave y dulce que no sé como he podido vivir todos estos años sin tocar tu piel —Descendió con esa tierna caricia, yendo hacia la garganta, camino de mis pechos pero sin llegar— No sabes el efecto que tu tacto causa en mi organismo... —Se inclinó sobre mi oído y susurró— Necesito estar dentro de ti, Bella...
- Sácame de aquí – conseguí articular entre jadeos de excitación.
Me rodeó la cintura con ambos brazos, estrechándome contra él mientras salía a grades zancadas del agua. No le pesaba nada en absoluto, y lo supe por el hecho que su respiración no cambió en lo más mínimo mientras me llevaba cargada, sin dejar que mis pies tocaran el suelo ni que sus caderas se separaran de las mías.
Fuera ya del agua nos dejamos caer a escasos metros de la orilla, su cuerpo aprisionaba el mío bajo su peso. La lujuria que desprendían sus ojos no hizo más que incentivar mi deseo, y solo su boca era capaz de silenciar los sonoros jadeos que salían de la mía. Volví a morder sus labios, su néctar era tan dulce en mi lengua que no pude resistirme.
Era una gozada notar su piel pegada a la mía, tener su sabor en mi garganta, sentir sus manos en mi cuerpo. Separó su boca de la mía haciendo un leve gesto de dolor cuando pasó su lengua por el desgarro que mis dientes le habían causado. Me quedé quieta un instante viendo su expresión que decía "Has sido una niña muy mala" pero no pude ni reaccionar cuando sus dedos entraron en mí sin compasión ni cuidado. Gemí tan alto que hizo eco. Una vez más me dejé llevar por mis impulsos. Sus frenéticos movimientos acompañados de su dura mirada eran el mejor afrodisiaco que había probado jamás. Mientras intentaba contener los espasmos para retrasar lo inevitable le agarré fuerte del pelo mientras él empezaba a abrirse camino hacia abajo besándome el estómago y descendía más allá, hacia mi…
Wooowwww.
Al contrario que había ocurrido con los dedos, la sensación de sus labios sobre mi sexo era mucho más vívida, pues apenas me rozaba. Las suaves caricias estaban como suspendidas sobre ese vulnerable y ardiente lugar de mi cuerpo, haciendo que tuviera que esforzarme para sentirle, transformando cada pasada de sus labios y su lengua en una fuente tanto de placer como de frustración.
- Mas, Edward… mas… vamos…
Con un gruñido, se sumergió entre mis piernas y me cubrió el sexo con la boca, chupándola, succionándola dentro de su boca. Me dejé llevar nuevamente, esta vez con fuertes y devastadores estallidos. Continuó succionando, sobrellevando mis sacudidas y corcoveos, el sonido de labios contra labios se elevó junto con mis gritos guturales mientras me acariciaba y me hacía llegar al clímax una y otra vez.
Cuando sólo Dios sabia cuantas veces me había liberado, me quedé quieta y también él. Ambos estábamos jadeando, él tenía la reluciente boca sobre la parte interior de mi muslo y tres de sus dedos enterrados firmemente dentro de mí, mientras sus ojos no se despegaban de los míos.
- Necesitaba esto —dijo subiendo de nuevo hacia mi boca— Necesitaba verte así.
- Yo también necesito verte Edward. Necesito que seas tú, que seas libre. Necesito verte salvaje.
No me ahorró nada de su poder, pero en definitiva, a mi me gustaba así a veces, crudo, salvaje, que el cuerpo de él marcara el mío con dureza.
El rugido que lanzó cuando se introdujo en mi sacudió cada una de las células de mi cuerpo devastando a cada embestida mis exaltados deseos. Continuó moviéndose en mi interior, más bestial que nunca, arrancando gritos de mi garganta. Pero a pesar del dolor y sintiendo su brutalidad en los movimientos, supe que él lo deseaba exactamente como lo estaba haciendo... cada vez que llegaba al orgasmo, yo lo hacía con él, su sexo apretaba y tironeaba del mío, manteniéndose profundamente en mi interior.
- Mas salvaje… - dije arqueando la nuca y exponiendo mi garganta.
Él siseó como un depredador, entrecerró los ojos con mirada felina, se abalanzó sobre mi cuello y me mordió con fuerza.
Mi cuerpo se sacudió debajo del suyo, y entre nuestras pieles sentí que irradiaba una calidez que no tenía nada ver con lo que había dejado en mi interior. En su boca, mi ponzoñosa sangre era el regalo de mi amor, la podía imaginar espesa en su lengua y bajando por su garganta, llenándole el vientre como un horno caliente que iluminaba su carne desde dentro hacia fuera.
Mientras bebía, sus caderas tomaron el mando, complaciéndome, complaciéndose a sí mismo. Cuando hubo terminado, lamió las marcas del mordisco, y volvió a ocuparse solo de mí. En una de las rudas embestidas yo volví a correrme, él me sujetó la nuca con la palma de la mano y me acercó los labios a su garganta.
Pero no le hizo falta expresar su deseo. Le mordí, y en el momento en que mis dientes perforaron su piel notando el dulce latigazo de dolor que le produje, él tuvo un nuevo orgasmo, uno que fue más brutal que todos los demás. Saber que en mis venas poseía lo que él deseaba y que yo vivía de lo que corría a lo largo de las suyas, era jodidamente erótico.
