Buenos dias de lunes...!

Espero que hayais pasado un buen fin de semana :) segun el medico ya estoy recuperada y mañana vuelvo al trabajo, asi que volveré a colgar las actus bien tempranito.

Bueno, regresamos de la caza... ¿qué tal habrá ido todo? (fiu, fiu)

Gracias a Sethaum, Anaidam, Laubellacullen94, Louise cullen-98, madelinedarkgirl, NahCac, Cremita, triix2402, lizzy90, miss variete, lmabt, Mary de cullen, maryroxy, yoya11, Blackcullen, Nikki Hale, zujeyane, lizitablackswan, mandy.01, Nelly McCarthy, cintiaelnemer, triix2402, Firo Prochainezo, sophia18, kalicullen, yoya11, AnGiieeeH, YeLcY LEaNe SwAnSEa, Mary de cullen, Danyela1, Suiza19, maiy, culdrak, YuliBar, EDWARD-BELLA-MANSON, dezkiciada, ovejita-dm-cs, Physmilla, sophia76, audreybaldacci, AnGiieeeH, tlebd, Nitzuki, lokaxtv, you belong to me, Ely Cullen M., glen santos, la chica del gorro azul, Isis Janet, EmilioLT, Mimabells,VICKY08, I am a bad daughter ... por vuestros reviews ;)

Mención especial para todos los lectores que se han suscrito al fic, gracias por vuestro apoyo ;)

Que lo disfruteis...!

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Capitulo 46

¿Se lo habrían pasado ellas igual de bien que yo? Malignamente deseé que no. Deseé que Edward no las hubiera hecho el menor caso, o que se hubieran aburrido como ostras, o mejor aún, que les hubiera caído un buen chaparrón que arruinara sus vaporosos vestidos y volvieran empapadas y chorreando barro. Muy maduro por tu parte, querida. Ciertamente no era un pensamiento muy maduro, pero podía permitirme un poco de humor ácido, dadas las circunstancias.

Sabía que no tenía nada que temer, que no tendría que preocuparme por nada, pues tanto Alice como Emmet me habían asegurado que estarían pendientes de él, pero ellas y sus malas artes no me dejaban bajar la guardia. Empezó a llover.

Entramos en la casa para descubrir que éramos los primeros en llegar y sonreí ante la esperanza de que el aguacero cumpliera mis deseos de verlas arruinadas en sus esplendorosos vestidos. Me encaminé a la cocina en busca de Alma, pero solo encontré una nota diciendo que iba al pueblo a por no sé qué y que volvería tarde. Jasper y Alice desaparecieron nada más llegar, supongo que necesitados de estar un rato a solas y Carmen y Eleazar hicieron tres cuartas de lo mismo. Genial… tiempo a solas para pensar en cosas que no quería. La noche empezó a caer.

- ¿Bella? – Esme me llamaba desde el salón - ¿Puedes venir, por favor?

- Dime – al entrar contemplé a la hermosa mujer con una carta en las manos. Me la tendió sonriente – Creo que Edward ha dejado esto para ti.

- Oh… - exclamé sorprendida viendo la clara y elegante caligrafía con la que estaba escrito mi nombre en el sobre – gracias Esme.

- Te dejaré un poco de intimidad – dijo pasando sus dedos por mi mejilla – si necesitas algo estaré en la cocina.

Salió del salón antes de que pudiera volver a darle las gracias pero estaba demasiado sorprendida para articular palabra. Una vez a solas no pude evitar que me temblaran las piernas. Solo había recibido dos cartas de Edward en toda mi vida y lo recordaba como si hubiera sido ayer mismo.

El recuerdo de la primera hizo que todos los pelos de mi cuerpo se me pusieran de punta, erizando mi piel, mezclando el recuerdo de sus intensas palabras con el inmenso dolor que a mí me consumía mientras la leía. El recuerdo de la segunda carta hizo que buscara urgentemente algo donde sentarme antes de caer redonda al suelo por la falta de fuerzas en mis temblorosas piernas.

Tuve miedo. Ábrela, Bella. Ábrela y sal de dudas. Tuve mucho miedo. Solo unas líneas ocupaban toda la extensión del caro papel:

Si con esto consigo que una sola de tus dulces sonrisas decore el pecado que es para mí tu boca, ya puede acabarse el mundo, porque yo moriré feliz.

Te prometí una sorpresa y no creas que se me ha olvidado. Te lo dejo encima de nuestra cama, donde espero encontrarte a mi regreso

Solté de golpe todo el aire retenido de mis pulmones y respiré aliviada. Me quedé floja después de la tensión y sonreí recordando que efectivamente mientras los chicos montaban la pérgola Edward me había dicho que tenía una sorpresa para mí. ¿A qué demonios estás esperando? Muévete. Salté del asiento y corrí veloz al dormitorio.

Encima de la cama, entre su almohada y la mía, un paquete rectangular esperaba ser abierto. Me deshice del papel del envoltorio con creciente nerviosismo para descubrir lo que parecía ser un gran álbum de fotos. Sujeto a él por un pequeño cordel colgaba una tarjeta en la que la suave caligrafía de Edward volvía a regalarme sus palabras.

Recuerdos

Lo abrí y me quede asombrada al ver mi propia vida en todas las fotos que cubrían las hojas. Algunas las conocía muy bien, pues eran las pocas fotos que conservaba de mis padres antes de que fallecieran. Y curiosamente estaban mezcladas de manera muy precisa con otras cuantas fotos, también nuestras, pero desde un punto de vista completamente externo, hechas desde una relativa distancia.

Navidades, fiestas de cumpleaños, aniversarios, todo. Allí estaba lo que había sido mi existencia mucho antes de conocer a Edward. A pesar del nudo que me tenía encogido el estómago paseé los ojos por cada una de las fotos y una vez más sonreí pensando en lo increíblemente sensible que era Edward para estas cosas. Vale que en algunas ocasiones la sensibilidad brillaba por su ausencia, dejando al descubierto al demonio que habitaba en él. Pero estos detalles, en apariencia insignificantes, y la habilidad que tenía para sorprenderme, hacían que el lado de la balanza de lo bueno pesara mucho más que la de lo malo.

Pasé las hojas maravillándome con los vívidos recuerdos que se despertaron en mi mente, e inevitablemente me retrotraje a aquellos años, acordándome de la dulce sonrisa de mi madre, tan parecida a la de Esme y del suave pero seguro agarre de las manos de mi padre sobre las mías, preparado siempre para sujetarme por si me caía. El álbum finalizaba con las fotos del día de mi 16º cumpleaños. El último que compartí con ellos, pues dos días después murieron en un terrible accidente de coche.

Me debatía entre la alegría por el regalo y la tristeza por los sentimientos que me embargaban, pero también en mi caso, la alegría pesaba más que la tristeza y decidí no esperar para compartir con alguien estos recuerdos. Y Esme me parecía la persona adecuada, así que bajé a la cocina con ella, apretando con cariño el álbum contra mi pecho.

- ¿Te pillo muy liada? – dije asomando la cabeza por la puerta de la cocina.

- No tesoro, ven. Siéntate conmigo – dijo dejándome ver su familiar sonrisa y fijándose en el álbum que apretaba contra mí - ¿Qué llevas ahí?

- Es un regalo de Edward – dije sin ocultar la sonrisa – y quería que lo vieras.

Me senté a su lado y le mostré el álbum abriéndolo ante ella.

- Oh, pero mira qué tenemos aquí… - dijo rodeándome con un brazo mientras seguía pasando las paginas - vaya con Edward, que calladito se lo tenía.

- Muchas de estas fotos no sabía ni donde las guardaba – dije medio avergonzada – dejé de mirarlas para no sufrir aun más su… pérdida – dije refiriéndome a mis padres.

- Eso es normal cielo, tendemos a alejar lo que nos trae malos recuerdos.

- No son malos Esme – dije sonriendo a la dulzura de sus palabras – solo son dolorosos, o por lo menos lo eran.

- Este hijo mío… - dijo chascando la lengua – Edward tendría que haber pensado esto mejor antes de regalarte algo así. Es un momento muy delicado para ti… y no tenerlos aquí cuando estás a punto de casarte, tiene que ser duro.

- No te preocupes Esme, hace ya tanto que pasó que me ha dado tiempo de sobra para superarlo. Me alegra comprobar que aún les recuerdo como si fueran a entrar por la puerta de un momento a otro, es un regalo perfecto.

- Tienes los ojos de tu padre – dijo deteniéndose en una foto de Charlie – o por lo menos antes los tenías… era un hombre muy guapo.

- Los Swan nunca hemos destacado por nuestra belleza precisamente – dije sorprendida por la observación que hizo sobre mi padre – No fue lo único que heredé de él, también le debo este genio que tengo, somos de carácter duro.

- ¿Y tu madre? – dijo observando una foto en la que ella me tenía en brazos – desde luego es tu viva imagen…

- Reneé era muy especial – dije contemplando su sonrisa en la foto – en cierto modo, tú me recuerdas mucho a ella… era toda ternura.

- Que pienses eso me halaga, ya sabes que te quiero como si fueses una más de mis hijos, de hecho ya lo eres.

- Y a mí me encanta formar parte de vuestra familia, no sabéis lo especiales que sois todos para mí y lo que ha supuesto teneros en mi vida.

Nos abrazamos contentas de compartir ese momento y satisfechas por comprobar, aunque no fuera necesario, que los sentimientos eran mutuos. Seguíamos mirando fotos cuando Alma entró por la puerta trasera de la cocina.

- ¡Oh, vaya…! Estáis viendo viejas fotos y yo sin enterarme – dijo a la vez que dejaba las bolsas que traía y quitándose el abrigo – esto se avisa y hubiera venido antes – dijo sonriendo – hacerme un hueco.

- Edward le ha regalado a Bella un álbum con recuerdos de su vida – dijo Esme moviéndolo para que Alma pudiera ver también las fotos.

- Oh, ¿Ya te lo ha dado? – Esme y yo la miramos asombradas – Le dije que esperara a después de la boda…

- Alma ¿Tú lo sabías? – preguntó Esme.

- Culpable – se sentenció la mujer – aunque he de decir en nuestra defensa que él no tenía intención de contármelo. Cuando fue a recoger todas tus pertenencias para traerlas a casa también trajo esas fotos. Vi como se las guardaba antes de darme tus ropas para colocarlas y digamos que no tuvo más remedio que decírmelo.

- No me digas mas – dijo Esme entre carcajadas – ¿empleaste el 3º grado con él?

- No me quedó más remedio – dijo Alma respondiendo a las risas de Esme – Tuve que emplearme a fondo… al principio se resistió, pero no tenía nada que hacer contra mí.

- Entonces gracias a ti también Alma – dije sonriendo a la mujer – gracias por guardarle el secreto, me ha encantado.

- Todo el mérito es de Edward, corazón – dijo cogiéndome la mano y apretándomela levemente – los recuerdos, aunque sean dolorosos, solo son eso… recuerdos. No deben condicionar nuestro presente, y mucho menos nuestro futuro.

Las palabras de Alma iban cargadas de un doble significado que asocié a la conversación que habíamos mantenido ella y yo aquella misma mañana, cuando le conté mis preocupaciones por Edward. Y una vez más volví a dar gracias al cielo por permitirme conocer a esta mujer, que era un verdadero ángel caminando por la tierra.

Seguíamos viendo fotos y comentándolas cuando nos llegaron los sonidos del otro grupo que regresaba de la caza. Nos levantamos de la mesa y fuimos a recibirlos al salón, mientras yo me preparaba mentalmente para hacer frente a lo que estuviera esperándome al otro lado de la puerta.

Cuando entré en el amplio salón estuve a punto de reír a carcajada limpia cuando vi que, efectivamente, un chaparrón había hecho estragos en los vestidos de las gemelas. Gracias, gracias, gracias. Pero el momento de alegría me duró poco. Todo el grupo, incluyendo a Edward, estaban empapados hasta los huesos, pero no sé cómo se las arreglaban las malditas hermanas para estar igualmente perfectas.

Los vestidos mojados se ceñían a sus medidas realzando de manera muy sugerente sus más que perfectas curvas, transparentándose en determinadas zonas que no dejaban mucho a la imaginación de quien las mirara. Su pelo mojado y las diminutas gotas de lluvia que aún resbalaban por la superficie de su marmórea piel, les daban un aire de frescura como si de mismísimas rosas se tratara, bañadas por el rocío de la mañana.

Esme y Carlisle comentaban en un aparte mientras Rose y Emmet no me quitaban los ojos de encima. Edward me miró un instante y no supe muy bien cómo interpretar esa mirada. Volvía a mostrarse completamente inexpresivo. Bajó la cabeza y sin decir ni mu se encaminó hacia las escaleras. Miré a Emmet esperando que sus ojos pudieran decirme algo más que los de Edward, pero solo recibí como respuesta una sonrisa y un guiño de ojo. ¿Buena señal? Me dispuse a seguirle escaleras arriba cuando, una vez más, las o-diosas del Olimpo me tocaron las narices.

- Tranquila Bella – me dijo Megan con su astuta sonrisa – te lo devolvemos completamente intacto, así que no tienes nada de qué preocuparte.

- No me preocupaba por él precisamente – dije mirándola fijamente – sabe cuidarse solito.

- ¿Entonces por qué tienes esa cara? – dijo mirándome con fingida sorpresa – parece que no hayas respirado desde que nos fuimos… ¿tan mal lo has pasado?

- Al contrario Megan – vamos Bella, inténtalo – de hecho… me lo he pasado genial ¿vosotras no?

Lo iba a intentar, me concentré, sabía que podía hacerlo. No era la primera vez que lo conseguía, pero con personas extrañas no lo había intentado nunca. Desde el incidente con la cierva preñada había estado practicando con mi familia el asombroso don de intentar leerles el pensamiento. Unas veces tuve éxito, otras no. Pero una cosa era clara, cada vez me costaba menos esfuerzo conseguirlo. Aunque la mayor parte de mis intentos se concentraron en Alma. Era la única humana que tenía al alcance, pues el resto de vampiros de la casa tenían la mente mucho más entrenada que la mía y por lo tanto más protegida contra mis débiles intentos de intrusismo.

- Vale ya, Megan – dijo Tanya mirando con dureza a su hermana – será mejor que nos retiremos y dejemos las cosas en paz.

- No sé qué demonios le has hecho – dijo Megan cuando pasaba por mi lado siguiendo a su hermana para salir del salón – pero te felicito. Jamás he visto a nadie tan capaz de ignorarnos hasta el punto de hacernos pensar que no existimos.

- Basta Megan – bramó Tanya visiblemente molesta por el comentario de su hermana– suficiente por hoy.

- Cuánto siento que no te hayas divertido tanto como esperabas – dije esforzándome todavía más por meterme en su cabeza y obligándome a sonreír – lo de Edward debe ser cosa del amor, ya sabes. Cuando no pasas… hambre… no hay necesidad de buscar comida fuera tu plato.

- Debe ser eso, si – dijo mirándome, ahora sí, realmente extrañada – buenas noches.

Ambas abandonaron el salón sin mirar atrás. No había conseguido meterme en sus pensamientos, pero sí había conseguido ponerla un poco en su sitio. Y aunque mis instintos me decían que era Tanya a la que más tenía que vigilar, mi mayor preocupación en estos momentos era Megan. Estaba segura que los anzuelos que colgaban alrededor de Edward eran todos suyos. Ella sería la que iba a intentar minar la resistencia de Edward.

- ¿Qué tal ha ido Bella? – me preguntó Emmet mientras pasaba un brazo alrededor de los míos - ¿Me he perdido una buena caza?

- Nada fuera de lo "normal" hasta ahora, pero lo hemos pasado muy bien – dije agradeciendo su interés - ¿qué tal vosotros?

- Ha ido muy bien, pero tranquila, lo que ha dicho Megan es cierto. Tu querido novio ha pasado olímpicamente de nosotros. De todos.

- Emmet – dije un poco cohibida por la mirada de Rosalie – ya sabes que no… bueno, que no hace falta que… hagas esto. No es necesario de verdad, confío en Edward.

- Es bueno que confíes en él, no me gusta tener que vigilar a mi propia familia – dijo sin mirar a su novia a la cara – pero si hacerlo ha servido para que tú te quedes más tranquila, por mi ha merecido la pena.

- Gracias chicos – dije refiriéndome a ambos aunque sabía que el grado de colaboración de Rosalie había sido cero – sois geniales.

Después de sobrevivir a otro de esos abrazos de oso que daba Emmet, y bajo la atenta mirada de Rose, me encaminé hacia el dormitorio. ¿Así que Edward las había ignorado? Genial, por fin mis plegarias eran escuchadas. Dos de tres deseos cumplidos. No era un mal resultado si tenía en cuenta que sinceramente esperaba que la suerte no estuviera de mi parte. Pero fue toda una satisfacción comprobar que los deseos, a veces, se cumplen.

La última vez que habíamos estado juntos había sido un asco, habíamos discutido y nunca resultaba agradable discutir de esa manera con Edward. Nada más entrar y cerrar la puerta a mi espalda noté su presencia cercana a pesar de la oscuridad en la que se hallaba el dormitorio, sin ningún tipo de iluminación.

Sentí el aire moverse cerca de mí y casi al instante noté su pecho contra mi espalda, su brazo se enroscó alre dedor de mi cintura, su mano se sumergió entre mis piernas a la vez que su nariz inspiraba profundamente el aroma de mi pelo. Noté su erección, dura y ardiente, contra mi trasero. Giré la cabeza para mirarle, tenía los ojos cerrados.

- Te quiero - susurró.

Sus párpados se abrieron de repente. Era como ser atravesada por dos rayos abrasadores. De pronto se alejó de mí y retiró la ma no bruscamente, como si acabara de darse cuenta de dónde la tenía puesta.

- Yo, eh... Probablemente aun estarás enfadada... Así que en cuanto... creo que mejor…

Le sonreí mientras volvía a acercarme a él y le cogía de la mano guiándola de nuevo entre mis muslos, presionándola con fuerza mientras le obligaba a deslizarla por mi piel. Contuvo un segundo el aliento para después exhalar el aire lentamente en un interminable suspiro.

- No estoy enfadada contigo – murmuré en su oído, bajando mis manos hasta sus mojados pantalones y comprobando con mis manos lo mucho que me había echado de menos – ya no.

- Lo siento, Bella – dijo entre jadeos a la vez que sus manos se deshacían de mis pantalones.

- Me dolieron tus palabras – dije susurrando en su boca, dejando caer los suyos al suelo y empezando a desabrochar los botones de su también mojada camisa – no vuelvas a hablarme así.

- Lo siento mucho – repitió a la vez que sus labios dibujaban el contorno de mi mandíbula y sus manos hacían desaparecer mi camiseta – me cortaré la lengua antes que volver a faltarte al respeto de esa manera.

- No hará falta que te la cortes – dije atrapando su dureza entre mis manos – yo misma te la arrancaré de cuajo.

Cuando él gimió le acerque más a mí. Podía percibir exactamente cuánto me deseaba, y no sólo porque le estaba masturbando sino porque sus ojos me lo gritaban en la oscuridad con sordos aullidos que traspasaban cada célula de mi cuerpo.

- Estarás en tu derecho de hacerlo – dijo levantándome de las caderas y sentándome sobre el tocador que había a mi espalda – pero sería una pena quedarme sin ella – me separó las piernas y se colocó entre ellas – echaría mucho de menos tu sabor.

- Si eres bueno – dije atrapando uno de sus pezones con los dientes y succionándolo antes de soltarlo – no tendrás que echar nada de menos.

Me beso con furia. Cuando él introdujo los dedos en mi sexo, mi propio cuerpo respondió igual que el suyo, y pude sentirlo aún más excitado. Los adornos que había encima del tocador tintinearon por el brusco movimiento. Cada beso, cada caricia, cada estremecimiento, se magnificaron. Empezamos a desesperarnos y el ritmo lento que habíamos mantenido hasta ahora amenazó con desaparecer.

- Gracias por el álbum – dije jadeando cuando su boca por fin soltó la mía – ha sido un regalo precioso.

- Tú eres preciosa – dijo obligándose a ralentizar su respiración y obligándome a mí también a ir más despacio – el mundo entero es poco para todo lo que mereces…

- Llévame a nuestra cama – dije enroscando las piernas en su cintura y enredando las manos en su pelo húmedo – necesito agradecértelo.

Nos recostamos entre las almohadas y nos besamos mientras nuestras manos cobraban vida propia recorriendo nuestras pieles. Despacio, con calma, aunque su cuerpo ansiaba desahogarse igual que el mío. Fue muy dulce conmigo, muy amoroso.

- Desearía que pudieras leerme la mente -dijo él, frun ciendo el ceño como si estuviera tratando de apreciar mis ras gos-. Sólo por una vez, desearía...

Agarré su cara entre mis manos, haciendo que nuestros ojos se hablaran, se sintieran.

- Sé lo que leería –murmuré en sus labios - que me quieres, que quieres amarme. No me hace falta leerte la mente para saberlo, porque ya lo estás haciendo.

Él cerró los ojos y sonrió. La expresión le transformó la cara. Resplandecía.

- Mi diosa…

- Esa sonrisa tuya hará que cualquier día me muera irremediablemente ¿lo sabes?

- Tú jamás morirás… yo no lo permitiré.

Me besó profundamente y lentamente introdujo su cuerpo en el mío mientras yo dejaba que al mismo tiempo el aire entrara lentamente en mis pulmones. Cuando estuvimos completamente unidos, se quedó inmóvil, me abrazó más fuerte aun.

- Te quiero, vida mía…

- No más que yo a ti, amor mío.