Buenos dias de jueves...!
Aviso de que el capi de hoy... va a escocer un poquito :S pero es totalmente necesario, asi que una recomendación: leer con precaución.
Gracias a Sethaum, Anaidam, Laubellacullen94, Louise cullen-98, madelinedarkgirl, NahCac, Cremita, triix2402, lizzy90, miss variete, lmabt, Mary de cullen, maryroxy, yoya11, Blackcullen, Nikki Hale, zujeyane, lizitablackswan, mandy.01, Nelly McCarthy, cintiaelnemer, triix2402, Firo Prochainezo, sophia18, kalicullen, yoya11, AnGiieeeH, YeLcY LEaNe SwAnSEa, Mary de cullen, Danyela1, Suiza19, maiy, culdrak, YuliBar, EDWARD-BELLA-MANSON, dezkiciada, ovejita-dm-cs, Physmilla, sophia76, audreybaldacci, AnGiieeeH, tlebd, Nitzuki, lokaxtv, you belong to me, Ely Cullen M., glen santos, la chica del gorro azul, Isis Janet, EmilioLT, Mimabells,VICKY08, I am a bad daughter, Rossy04, Lady Eireen ... por vuestros reviews ;)
Mención especial para todos los lectores que se han suscrito al fic, gracias por vuestro apoyo ;)
Que lo disfruteis...!
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Capitulo 49
Menos de una hora después de que Bella y Emmet abandonaran el claro junto a la cabaña del rio, ésta volvió a recibir una visita inesperada.
Edward sabía que éste encuentro iba a ser más difícil de lidiar que el anterior. La insistencia con la que ella le había machacado aquella mañana para hacerle saber lo que quería, había estado a punto de hacerle perder los nervios delante de todos.
La odiaba y odiaba el chantaje que estaba ejerciendo sobre él, pero se sorprendía del poder que tenía sobre ella en estos momentos. La debilidad de Tanya por él le producía una sensación de superioridad que era malditamente satisfactoria para su demonio interior. Y ese era el motivo por el cual se las arreglaba para poder permanecer a su lado aunque le hormigueara la piel como si estuviera envuelto en una sabana llena de gusanos.
- Al final has venido – la sonrisa de triunfo no tardó en aparecer – muy inteligente por tu parte.
- ¿Qué demonios quieres?
- Bueno… os escuché anoche - dijo ella mientras se desabotonaba uno a uno los cierres delanteros de su vestido – ¿tú qué crees que quiero?
- La ropa se queda donde está—dijo Edward advirtiéndola con voz aguda.
- No querido — dijo ella adorando este tira y afloja que protagonizaban – yo pongo las condiciones aquí – dejó caer su vestido al suelo, quedando en ropa interior - Desnúdate.
- ¡Que conserves la ropa, zorra! – la espetó Edward sudando odio.
- No estás en disposición de exigir nada —se acercó velozmente a Edward, agarró el cinturón de sus pantalones y se lo sacó de las caderas de un tirón, el flexible cuero crujió en el aire antes de caer al suelo – esta vez quiero ver tu bonita piel sobre la mía.
Un sonoro bofetón atravesó el aire entre ellos. La fuerza del golpe hizo que la cabeza de Tanya quedara girada hacia el lado donde había descargado Edward el golpe. Los ojos de la mujer reflejaron la sorpresa por el acto a la vez que su mano protegía la zona golpeada, pero en vez de devolverle una mirada cargada de odio, Edward solo pudo ver excitación en sus ojos. Se le revolvió el estómago.
- He dicho que la ropa se queda puesta… — se le estaba agotando la paciencia con ella. Y en eso consistía su puto objetivo. En tener paciencia y darle largas – no hagas que sea más duro contigo de lo que te conviene.
- Ya no me acordaba de que te gustaba ser el dominante de la relación… me gusta que te pongas rudo.
Deliberadamente, ella ahuecó la mano sobre sus pantalones, buscando la dureza de su sexo pero sin encontrarla. Edward sonrió de satisfacción al ver la expresión de Tanya al no hallar lo que esperaba, y eso prácticamente resumió la situación. Ella le deseaba pero él a ella no. La apartó de un empujón.
Edward tuvo que mentalizarse de que lo que a ella le gustaba era toda esa mierda enfermiza de dominarle por encima de todo, el juego era lo que realmente ella iba buscando, no el hecho de llegar hasta el final. Ella ansiaba el combate sexual que tenían, eran como una partida de ajedrez con el premio de intercambiar fluidos corporales al final. Pero él no estaba dispuesto a llegar tan lejos.
- Tócate —susurró ella acercándose lentamente a él y extendiendo los brazos en su dirección — Tócate para mí.
No hizo lo que le pedía. Con un gruñido, Edward apartó las manos que subían por su pecho intentando desabrochar los botones de su camisa. La empujó de nuevo para apartarla, con tanta fuerza que la hizo retroceder hasta que su trasero dio un golpe contra el aparador que había junto a la pared. Se sentía bien tratándola mal, se sentía poderoso. Y no pensaba escatimar en rudezas para sacársela de encima lo antes posible. Caminó hacia delante, pisoteando su vestido caído antes de recogerlo del suelo y desafiando con frialdad la mirada de la mujer, se lo tiró a la cara.
- Vístete – le ordenó mientras ella se apartaba la prenda de la cara.
- Viendo que no estás muy preparado para mi podríamos empezar con algo más suave —le dijo, sentándose sobre el aparador y separando las piernas. Mirándole descaradamente deslizó su mano por encima de sus bragas y empezó a acariciarse – solo necesitas un poco de motivación…
- Necesito que te mueras para que se me ponga dura - a Edward el asco no le dejaba ni moverse.
- Cuidado con lo que dices – dijo ella dejando de tocarse y estirando los brazos para engancharle de la pechera, la rabia hizo brillar sus ojos – No me hagas perder la paciencia.
- Me aburres – dijo Edward con hastío dando un paso atrás y obligándole a soltar las manos de su camisa.
- Eso es porque no participas – dijo pasando de nuevo la mano por sus pantalones sin encontrar respuesta a sus caricias – es una pena, pero la verdad es que no busco tu satisfacción precisamente, así que… - le agarró con ambas manos de la muñeca, atrayendo su mano entre sus piernas y obligándole colocarla encima de su sexo – cuanto antes empieces antes terminaré yo…
- Sabes hacerlo tu solita — intentó retirar la mano pero ella se la sostuvo sin permitírselo – ya lo has hecho muchas otras veces ¿No?
- No seas malo, Edward — dijo apretando la mano de Edward con fuerza contra su pelvis – seguro que en el fondo te gusta esto más que a mi… - Tanya amenazó enseñando los dientes - y no querrás que tu zorrita sufra…
Edward intentó zafarse pero en el forcejeo no pudo evitar tocarla y la mujer gimió por el roce. Se retorció intentando aflojar la presa de sus manos, lo que le posicionó demasiado cerca. Las piernas de la mujer se enroscaron en torno a las suyas, atrayéndolo más a su cuerpo. Solo vio una salida posible para deshacerse de los tentáculos que le encerraban, terminaría con eso lo antes posible. Presionó con fuerza su mano contra el sexo de la mujer, mientras una sonrisa de satisfacción ocupaba la cara de ella a la vez que ella abría mas las piernas, soltándole por fin. Intentó acercarse a su boca pero Edward se separó aun más, intentando alejarse lo máximo posible de su piel. La distancia con ella era necesaria, era la única forma en que su naturaleza de vampiro decente podía soportar las cosas que ella quería de él.
Sintió un repugnante asco cuando bajo la vista y vio donde estaba su mano. Sintió un breve e inquietante desplazamiento, como si fuera otra persona y no él quien estaba haciendo aquello, como si fuera la mano de algún otro la que tocaba la entrepierna de esa arpía. Y realmente era así, porque Edward no estaba en esa habitación. Su parte buena la había dejado en la puerta antes de entrar. Su demonio era el que ahora estaba haciendo aquello.
- Vamos Eddy… - gimió ella zarandeando la muñeca de Edward - sé que sabes hacerlo mejor.
- Confórmate con esto – dijo clavando mas los dedos, haciéndola casi gritar de dolor – no obtendrás nada más.
Ella empezó a respirar trabajosamente. Su rostro se contraía por el dolor que la rudeza de sus manos le causaba, pero ese dolor, lejos de disuadirla para dejarlo, hacía que se entusiasmara mucho más con el juego. Edward fue implacable, con cada gesto de dolor en la cara de ella el conseguía su propia, aunque pequeña, victoria personal. Siguió apretando con más fuerza, retorciendo sin piedad.
- ¡Ahh! – Tanya se quejó por la fuerza desmesurada que él empleaba, dejó escapar el aire entre los dientes - Arráncame las bragas. Ahora.
- No – si podía tener la mano en esa parte de su cuerpo era porque aun conservaba la fina tela que separaba los dedos de su sexo.
Un consuelo bastante absurdo, pero consuelo al fin y al cabo. Aunque no hizo ningún ruido, fuera de los constantes jadeos, sabía que ella se estaba aproximando a ese momento, y la sensación de dominio que hasta ahora tenía sobre la situación se desvaneció. Lo hacía para vencerla, para humillarla, y que ella consiguiera disfrutarlo, a pesar de casi destrozarla con las manos, le dejaba completamente derrotado.
A pesar de que se había jurado no hacerlo no pudo evitarlo, pensó en Bella. Pensó en cada vez que Bella le regalaba el sonido de su voz con cada orgasmo que tenía gracias a sus manos. Y se odió por hacerle esto. Pero lo hacía por ella, para que no sufriera, y si tenía que manosear a esa zorra para que Bella no pagara sus errores, lo haría. Aunque después sintiera la necesidad de cortarse la mano para no mancillar el cuerpo de su mujer con la misma piel que había tocado a esa serpiente.
La mujer se removió en las sombras, sacándole de sus pensamientos. Él supo el preciso momento en que le llegaba el orgasmo, porque emitió un fuerte gemido, a la vez que aflojaba el agarre que ella tenía sobre su mano. Situación que Edward aprovechó para sacarla bruscamente de entre sus muslos. Unos instantes después Tanya recuperó el ritmo de su respiración.
- No vas a poder evitarlo siempre Edward —dijo bajándose del aparador y atusando su desordenado pelo — sabes que tarde o temprano tendrás que darme lo que quiero.
- Eso ni lo sueñes – dijo lo más hiriente que pudo – sabes cuál es la única forma de que se me ponga dura contigo.
- ¿Ahora te va la necrofilia? – dijo ella carcajeándose muy satisfecha – Tic, tac, Edward. El tiempo pasa y aunque me gustan estos jueguecitos se me está acabando la paciencia.
Edward miró a la mujer que se erguía orgullosa delante de él y decidió que no podría soportar otro encuentro como aquél. Quería terminar con esto ahora, quería quitarse de en medio todos sus problemas llevándose por delante a esa arpía despiadada. Quería a matarla. Iba a matarla. Ya pensaría después como se lo explicaría al resto de su familia.
La agarró del cuello y fue a estamparla contra la pared. Los ojos Tanya se abrieron por el inesperado y veloz ataque, lo que hizo que un brillo de miedo asomara en la mirada de ella. Edward apretó. Ella llevó sus manos al cuello intentando aflojar sus dedos, pero Edward apretó más aun. Saboreó el veneno que le llenaba la boca a la vez que se preparaba para girar en un ángulo imposible la cabeza de Tanya y arrancársela del cuerpo.
Pero un instante antes de ejecutar su impulso, una imagen de Bella suplicando a Eleazar que no matara a Edward por haberle arrebatado la vida a su hija le cortó la respiración. Se quedó completamente estático y sudando odio por esa pérfida familia de asquerosas sanguijuelas y se obligó a soltarla, dando varios pasos hacia atrás y manteniendo su cara completamente inexpresiva.
Tanya jadeó aliviada de verse libre, se dio un segundo para tranquilizarse. Inmediatamente fue a recoger su vestido y lo paso lentamente por su cabeza para que volviera a cubrir su cuerpo. Había estado cerca de morir allí mismo pero sabía que Edward no controlaba su atormentada conciencia. Sus ojos brillaban de satisfacción al ver la expresión de Edward. Odio, mucho odio.
Odiaba sus encuentros, y ella lo sabía. Que se sintiera sucio era lo que ella pretendía, buscaba hacerle sentir la necesidad de meterse de cabeza en un baño con lejía y lavarse hasta limpiar hasta el último rastro de ella como si nunca hubiera sucedido. Pero era condenadamente fuerte, más de lo que recordaba y verle impertérrito y completamente indiferente después de semejante sesión la llenaba de furia.
- Pronto tendrás noticias mías – dijo sacando de su bolso un pequeño pintalabios rojo, pasándoselo después sensualmente por los labios – en unos días te casas y esto llega a su fin, así que mentalízate.
Edward ni se paró a mirarla ni mucho menos a contestarla. Abrió la puerta de la cabaña y salió al exterior respirando aliviado el fresco aire de la noche, limpiando sus pulmones del viciado y asqueroso olor que había en aquella habitación. Pero su fuerza se estaba resquebrajando, su tiempo se agotaba y el terrible final se acercaba irremediablemente.
Un pensamiento atronador le devastó por dentro, accediera o no al chantaje Tanya terminaría contándoselo a Bella.
… . …
Al llegar a casa y debido a la insistencia del propio Emmet dejé que fuera él quien le diera las novedades a Carlisle, tal y como éste me había pedido. Ya mañana tranquilamente iría yo a hablar con él, pues aunque estaba segura de que Emmet podría darle mucha más información que yo, Carlisle estaría interesado en conocer mi propia vivencia.
Me dejé caer en el sofá escuchando algún sonido que me indicara si Edward estaba en casa. Nada. Aún no había vuelto. La casa estaba inusualmente tranquila. Genial, más tiempo para volverme paranoica.
Pero la tranquilidad duró un suspiro. Al poco de que mi mente empezara a deambular por los acontecimientos que habían propiciado que no coincidiera con Edward en todo el día Alice entró en el salón dispuesta a no darme ni un pequeño respiro.
- Sé que dirás que si, por lo que preguntártelo es un simple formalismo.
- Así que un simple formalismo… – dije a la vez que ella asentía - ¿Qué quieres Alice?
- Que vayamos a tu dormitorio y me dejes probarte el vestido de la fiesta.
- ¿Y ya sabes que diré que si? – volvió a asentir - ¿Y qué pasaría si ahora cojo y digo que no?
- Si dices que no herirás mis sentimientos y te sentirás culpable por no darme ese pequeño gusto después de todo lo que he hecho por ti. Yo te diré que no tiene importancia, lo que hará que te sientas más culpable aún y después de que yo, elegantemente resignada, me marche de este salón dejándote escarbar en tu conciencia, vendrás en mi busca para decirme que lo has pensado mejor y que estarías encantada de probarte el vestido.
- Joder Alice – dije con los ojos casi fuera de las órbitas – a veces me das mucho miedo…
- Soy inofensiva – dijo encogiéndose de hombros y sonriéndome con dulzura – bueno ¿qué dices?
- Iré contigo a probarme el vestido – dije resignada – prefiero ahorrarme lo de escarbar en mi conciencia.
- Ya te dije que dirías que si – dijo arrogantemente.
- Por supuesto.
De camino a mi habitación hicimos una parada en la suya, donde se perdió un segundo en su vestidor para sacar una gran funda, dentro de la cual estaba el flamante vestido del tal Jean Paul no sé qué, y que yo iba a lucir elegantemente en esa absurda fiesta de presentación pre-boda.
Mientras ella cerraba la puerta a su espalda me quité la chaqueta y la dejé sobre una silla. Cuando me giré para enfrentar el suplicio desplegó ante mí un par de blancas medias que oscilaban al lado de un sugerente conjunto de ropa interior.
- Póntelo – dijo con su gran sonrisa y sus pestañas batiendo el aire.
- Alice, probarme el vestido no incluía también la ropa interior.
- Hay que probárselo todo – dijo dejando en mis manos las finas telas – también he traído los zapatos ¿quieres que te ayude?
- No, gracias - dije cogiendo las prendas y encaminándome al baño – puedo yo solita.
Cuando me quité la ropa y me dispuse a meterme en el dichoso corsé estuve pendiente de los sonidos de la casa. Nada de Edward. Empiezas a parecer desesperada, desconecta. Vale, lo intentaría. Cuando me miré en el espejo casi me dio un patatús ¿cómo podía gustarle a las mujeres llevar estas cosas? No estaba en contra de la lencería fina, pero esto eran palabras mayores. Aparté la mirada pues si hubiera sido aún humana la visión me habría disparado los colores hasta lo vergonzoso.
- ¿Sales o entro? – amenazó Alice desde fuera.
- Ya voy – dije terminando rápidamente de deslizar las medias por mis piernas.
Si solo la ropa interior ya era así, miedo me daba ver el vestidito.
- ¡Oh, qué bien te queda! – dijo inspeccionando con rapidez el resultado – Edward quedará gratamente impresionado.
- El vestido, Alice – dije ignorando el comentario – en estos momentos me importa poco lo impresionado que pueda quedar Edward cuando lo vea.
- ¿Estás enfadada con él? – dijo mientras sacaba el vestido de la funda.
- Hoy me tiene muy contenta, si – dije viendo que la prenda era realmente una preciosidad.
- Algo le pasa, lo sé. Levanta los brazos – lo hice y comenzó a metérmelo por la cabeza – Lleva unos días muy raro. Pero sigo sin ver nada en especial.
- Hoy no le he visto en todo el día – dije ayudándola a cerrar el sofisticado cierre de cintas y botoncillos – creo que está evitándome.
- Gírate un poco – dijo para terminar de colocar el vestido en su sitio. La obedecí - ¿habéis hablado de ello?
- Lo he intentado pero no suelta ni media palabra – dije colocándome el pecho dentro del apretado vestido – y se me agota la paciencia.
- Esto ya está – dijo con una triunfal sonrisa – ponte los zapatos. Así. Deja que te vea.
- ¿Veredicto? – dije dando una vuelta sobre mi misma – ¿paso el aprobado?
- Pasas de aprobado y con nota – dijo llevándome hasta el espejo – compruébalo por ti misma.
- Oh, Vaya – dije mirando mi reflejo - ¿esa soy yo?
- Falta arreglar el pelo y las joyas, pero creo que a grandes rasgos…
No podía evitar mirar la imagen que me devolvía el espejo. El vestido color plata era alucinante y a pesar de la poca elegancia que me había acompañado durante toda mi vida humana, el apretado corpiño y la larga falda acentuaban cada una de las curvas de mi cuerpo, haciéndome parecer una de esas estrellas de cine que paseaban su palmito por la alfombra roja.
- Estarás perfecta – dijo mirando orgullosa el resultado de su trabajo - Que envidia de piernas hija, si yo las tuviera tan largas como tú no se me escaparían los vestidos como ese.
- Precioso – dije echando un último vistazo antes de apartarme del espejo – una vez más… gracias.
En esta ocasión fui yo la que se colgó de su cuello, y sacándome los zapatos para quedar a una altura más adecuada para ello, la abracé con cariño. Un portazo en el piso de abajo nos saco de nuestro feliz momento de vestidos y carantoñas. Edward había llegado a casa.
- Oh, oh… - dijo Alice abriendo mucho los ojos – nos va a pillar con las manos en la masa.
- De eso nada – dije desplazándome a la puerta y echando el pestillo – ahora le va a tocar a él esperar.
- Sabes que esa puerta no le detendrá si quiere entrar…
- No entrará – dije agarrándome las manos y paseando nerviosa por la habitación – que tome un poco de su propia medicina…
- Bella, no viene muy contento – dijo mirándome ir de un lado a otro – hablar de ello antes de que deis rienda suelta a vuestras frustraciones.
- ¿Que hablemos de ello? si no me cuenta nada. No quiere hablar conmigo, me evita.
- Encuentra la forma Bella, pero te pido calma esta noche – dijo oyendo igual que yo los pasos que se aproximaban por el pasillo – está al límite.
- ¿Al límite? ¿Al límite de qué? La que está que no puedo más soy yo. Alice dime ¿Ha pasado algo?
- No lo sé… no veo nada claro, algo ha cambiado pero… no logro ver…
Perfecto. Para una vez que necesitaba que Alice usara convenientemente su don, ella no veía nada. El picaporte de la puerta se movió cuando Edward intentó entrar en la habitación. Al ver que estaba cerrada y después de esperar durante dos interminables segundos, él fuera y nosotras dentro en completo silencio, sus dedos golpearon llamando a la puerta.
- ¿Bella? – me llamó con voz inexpresiva.
- Un momento Edward – dijo Alice dándose cuenta de pronto que no me había quitado aun el vestido – danos un minuto ¿vale? – al no recibir respuesta por su parte Alice susurró – vamos quítate el vestido, rápido.
- No me importa el vestido Alice – dije cuando ya notaba como se formaba un nudo en mi estómago - no me importa en absoluto. Quiero que esto se acabe de una vez.
- ¿Quieres que hable con él antes de que entre? – dijo tan bajito que casi me costó trabajo escucharla.
- No, no quiero que lo hagas – dije con un tono de voz normal, ya no me importaba ni que me escuchara hablar de ello – ya estoy cansada Alice. Vete tranquila, mañana nos vemos.
- Pero el vestido…
- Olvida el vestido. Déjale entrar.
- ¿Segura? – asentí lentamente mirando al suelo – recuerda lo de mantener la calma ¿vale?
- Vale – dije sonriendo sin ganas e indicándole la puerta – anda, vete a buscar a tu Jasper.
- Todo va a ir bien Bella – dijo mirándome muy segura de sí misma.
- ¿Y eso como lo sabes?
- Porque sigo viéndoos casados y felices – dijo con una gran sonrisa – sea lo que sea lo que ahora no va bien terminará poco después de que el cura diga Amén.
Tragué con fuerza incapaz de decir nada. Ella seguía viendo nuestra boda porque ni a Edward ni a mí se nos había pasado por la cabeza echarnos atrás. Y si ese día llegaba y era como Alice había dicho, me daba igual pasar por el mismísimo infierno si con ello conseguía que fuéramos felices. Después de darme un cálido beso en la mejilla se encaminó hacia la puerta y la abrió muy sonriente para salir.
- Alice – dijo él cediendo el paso a su hermana.
- Edward – dijo ella aceptando la cortesía y sonriéndole antes de perderse de mi vista.
- ¿Puedo pasar? – dijo mirándome con cautela desde la puerta.
- Pasa.
