Hola a todos.

Antes que nada, muchas gracias a quienes han comentado: CookiesChocaleteCandy, BandB4ever, booth bones y bonesmaniatika. También a aquellos que se leyeran la historia aunque no mandaran un review.

La verdad es que me ha extrañado mucho haber terminado el capítulo en tres ratos en los que me he puesto a escribir porque no he trabajado mucho con la historia desde que colgara el capítulo dos. Pero, he tenido suerte, los diálogos (que hay a montones en el capítulo) han fluido bastante bien y no ha habido complicaciones. El problema lo tengo ahora con el capítulo cuatro, que puede que se me resista más.

El caso es que a mí el resultado es este capítulo me ha gustado bastante, tanto el resultado como el escribirlo, digamos que me he sentido cómoda. Pero tengo un poco de miedo porque no he usado nunca a Sweets hasta ahora y en este capítulo es el que más sale, así que espero que se quede más o menos IC (en el carácter del personaje original).

Por lo demás, independientemente de la historia, decir que a mí el The brain in the bullet me ha gustado mucho. No sé a vosotros/as. Contadme qué tal en vuestros reviews.

Ahora sí, al capítulo tres. Espero que disfrutéis de la lectura.


Disclaimer. Los personajes de Bones son propiedad de Kathy Reichs, Hart Hanson, Stepehn Nathan, la FOX, etc. No me pertenecen y no obtengo beneficio económico por escribir ni publicar esto. No intento plagiar nada de lo que los guionistas ni otros autores de fanfiction han escrito. Tampoco me pertenecen las alusiones que pueda haber en el texto a otros capítulos de la serie.


Negociador


III - Tiempo

La calle siguió tranquila hasta el momento en que el joven psicólogo apareció con todo un equipo, camioneta incluida, de negociadores expertos y que, a buen seguro, habrían resuelto numerosas y difíciles situaciones con éxito parecidas a la que tenían entre manos en aquel momento.

Booth, como activado por un resorte, se levantó del bordillo en el que se había sentado para recibir al doctor.

—¿Por qué has tardado Sweets? —preguntó inmediatamente.

—No puedo invocar a un equipo entero de negociación —replicó el chico—. ¿Qué ha pasado?

—Lo único que sé es que vi a Huesos y Cam entrar al Diner; y que después Brennan me llamó y escuche a un tío que gritaba que le dieran el dinero a otra persona.

—Es grave —afirmó el joven.

—De eso ya me había dado cuenta, Sweets. Pero lo que necesito es tu ayuda.

—Y eso intento, ayudarte. Pero creo que sabes por experiencia que los equipos que traemos no se montan en segundos y que no hay que desesperarse.

El agente se calló, no tenía ganas de gastar saliva con el muchacho y es que sabía perfectamente que hasta que no estuviese todo preparado, no podría entrar en acción. Era lo de siempre y él lo conocía de sobra, también se había encargado de decir las mismas palabras que Lance en otras ocasiones a otras personas.

Así, con un continuo movimiento de personas y desplazamiento de aparatos, los dispositivos necesarios estuvieron pronto preparados y listos para usar.

—Doctor Sweets, agente Booth, entren a la furgoneta.

Seguidamente, los dos hombres se subieron al vehículo del FBI en el que había tres personas, todas sentadas en sendas sillas frente a dispositivos eléctricos tales como ordenadores y pantallas en las que se mostraban vídeos.

—¿Y bien? —La mirada de Booth recorrió la camioneta, deteniéndose a examinar algunos detalles del automóvil.

—Verá, hemos conseguido colar una pequeña cámara en el interior del local, pero no sabemos cuánto durará dentro o si la descubrirán. En teoría tenemos para unas tres horas de vídeo. Después de ese tiempo habrá que volver a introducir otro aparatito o no dispondremos de imágenes de dentro del establecimiento —fue uno de los agentes quién habló.

—Por lo que hemos podido comprobar, en el interior de la cafetería hay dos individuos armados con pistolas y ataviados con ropa de abrigo y pasamontañas. No se les puede reconocer, al menos no mientras sigan con las caras tapadas —informó una mujer.

—Pero tampoco nos interesa que se les vean los rostros —continuó otro hombre—. Si se los destapan no sabremos qué pasará, muchas veces ocurre que se destapan la cara y acaban matando a los rehenes.

—De momento, siguiendo el protocolo de actuación, vamos a ponernos en contacto con los ladrones y vamos a escuchar sus reacciones así como atender a sus peticiones —contó el primero de los agentes.

—Bien, entonces, ¿qué hacemos aquí el chaval y yo? —cuestionó Booth.

—Verá, el doctor Sweets es un experto en psicología, así que puede ayudarnos a controlar el temperamento de los secuestradores. En cuanto a usted… A buen seguro que su ayuda nos vendrá bien —contestó la mujer.

—Estupendo —anunció el ex francotirador—. Soy el agente especial Seeley Booth. —Tendió la mano a uno de los técnicos.

—Yo me llamo Mark Thompson. Ella es la agente Alicia Harris y él se llama Albert Regan. —Correspondió al gesto del agente.

—Genial, pues manos a la obra —anunció Seeley.

o0o

Dentro del local, el ambiente era tenso. Los clientes estaban asustados y no les faltaban motivos para ello, ya hacía rato que el camarero había terminado de entregar el dinero pero ninguno de los ladrones tenía intención de marcharse de allí.

Llevaban un rato observando la calle, que comenzaba a tener una sospechosa actividad. No hacía falta ser muy listo para saber que algo estaba teniendo lugar en la vía pública. Para ambos hombres, toda duda quedó resuelta cuando vieron aparcar la furgoneta en medio de la avenida y comenzaron a descargar el equipo: estaban rodeados por agentes del FBI.

—¿Qué demonios pasa? —exclamó, nervioso, uno de los dos atracadores.

—¡Tío, la pasma se nos ha echado encima!

En tanto, desde la mesa en la que se encontraban las dos mujeres, éstas también miraban atentas pero disimuladas, al igual que la mayoría de la clientela dirigía su mirada a la avenida de la cafetería, interesados por la situación del exterior.

Una gran parte de las personas que se encontraban en el local apenas se movía excepto para respirar o ver a través de los cristales. Estaban demasiado asustadas como para hacer un movimiento en falso o darles motivos a los atracadores para usar sus armas de fuego. El resto de los consumidores del Diner que no estaban asustados o que, simplemente, podían mantener la calma —o aparentar hacerlo— en una situación como aquella, conseguían matar el tiempo a base de pequeñas tareas que no pusieran su integridad física en peligro, aunque eran los pocos los que se atrevían a moverse.

Justo después de anunciar que los federales se encontraban en la misma puerta de la cafetería, un teléfono instalado tras la barra del establecimiento comenzó a emitir un fuerte sonido que hizo que el más robusto de los ladrones se acercara para descolgar el aparato.

—¿Sí? —inquirió con unos modales no demasiado buenos.

—Buenas tardes señor… —Sweets paró de hablar para darle pie a su interlocutor y que éste le proporcionara un nombre por el que llamarle.

—Jake.

—Bien, Jake, soy el doctor Lance Sweets, psicólogo del FBI —anunció el chaval—. Llámame Lance —concedió el doctor para que la comunicación fuera más personal e igualada.

—A ver, Lance, dile a la bofia que está en la puerta que se largue de aquí o te prometo que alguno de los que están aquí no va a salir vivo —amenazó el secuestrador a la vez que caminaba, dando vueltas.

—No puedo hacer eso. No está en mi mano retirar a los agentes.

Tras las últimas palabras del psicólogo, ambos hombres mantuvieron unos segundos de incómodo y largo silencio. Sweets pensaba qué hacer para que los ladrones se fueran del local sin dejar heridos o muertos. El dinero, la verdad, era algo secundario. La vida de los rehenes primaba en una situación como aquella.

—Podemos ofrecerte lo que quieras, Jake —y se apresuró a añadir—: Dentro de unos límites razonables, claro.

—Vale —aceptó el hombre que se encontraba en la cafetería—. Tengo que pensarlo, ¿entendido?

—¿Qué es lo que pasa, tío? —le preguntó el otro secuestrador antes de que Lance contestara a la interrogante.

—Volveré a llamarte en veinte minutos —concluyó el doctor y colgó tras escuchar una respuesta afirmativa al otro lado de la línea.

Estaba sentado en una silla dentro de la furgoneta del equipo de negociación que, de vez en cuando, le pasaba apuntes en pequeños post-it dándole instrucciones concretas como que alargara la conversación o que se mostrara comprensivo con el ladrón. Lance, siguiendo sus conocimientos sobre el comportamiento humano en situaciones de presión como la de aquella, seguía al pie de la letra las recomendaciones de los expertos. Por ello, en cuanto colgó el auricular, les informó a los agentes de que el número de sujetos no era uno sino dos.

—Hay dos hombres en el interior del local.

—¿Supone eso alguna dificultad? —inquirió Booth.

—No, tenemos medios y francotiradores suficientes apostados en las cercanías como para cubrir los movimientos de dos personas —aclaró Alicia.

—¿Acaso van a matarlos? —preguntó el psicólogo.

—No tiene por qué darse la situación, pero si no queda más remedio no tendremos mayor problema. Muchos casos como estos terminan con la muerte de los secuestradores —fue Thompson quien habló en aquella ocasión.

—¿Cuál suele ser la petición que realizan los sujetos en casos así? —cuestionó el chaval.

—Casi siempre se trata de un medio de transporte, un automóvil con el que huir y dejan bien claro que no quieren ser seguidos por la policía mediante GPS. Por lo que he visto, el tal Jake responde al perfil común, no tendría que ser mucho más específico que otros. En cuanto al segundo hombre… De lo poco que ha hablado, se le notaba claramente que estaba más nervioso que su compañero. Me atrevería a decir incluso que es más bien cobarde y que se ha visto obligado, en cierta manera, a seguir a su cómplice.

Lance asintió mientras que Albert le recomendaba algunas pautas a seguir cuando volviera a entablar una conversación con los secuestradores. Iban a ceder a sus peticiones, siempre y cuando no fueran demasiado exageradas, pero, a cambio, los atracadores debían dar una muestra de buena voluntad liberando a uno o más de los clientes.

Todo el mundo se mostró de acuerdo con el plan y, cuando llegó la hora acordada, los dedos de Sweets marcaban ágiles en el teclado del teléfono instalado en la furgoneta. No tardaron mucho en descolgar el auricular al otro lado de la línea.

—Buenas, Lance —saludaron desde la cafetería.

—Hola de nuevo —correspondió el doctor—. ¿Has pensado en algo?

—Sí.

—¿Y de qué se trata? —inquirió el chaval.

—Un vehículo. —Regan sonrió en la furgoneta, había acertado con su teoría—. Pero —añadió Jake— tenemos que tener la seguridad de que no nos van a seguir.

—Estupendo, un coche.

—En menos de una hora —aclaró el ladrón antes de que el psicólogo empezara a hablar.

Tras escuchar las palabras del atracador, Sweets tapó el auricular del teléfono y preguntó a uno de los agentes que le acompañaban qué tenía que hacer. Le indicaron, mediante una serie de gestos que aceptara a la petición pero que le recordara lo de la muestra de buena voluntad.

—Jake, se me olvidaba comentarte algo —dijo el doctor.

—¿De qué se trata? —inquirió el secuestrador.

—Verás, nosotros te damos el coche, perfecto. Pero tienes que darnos algo a cambio. Por ejemplo un… cliente, en perfecto estado de salud —comentó Lance.

Dentro del local, a Jake se le cambió la cara. Su jugada se basaba única y exclusivamente en los rehenes. Si los perdía, sus posibilidades de salir airoso de la situación quedaban bastante mermadas.

Dirigió la mirada a las diferentes personas de la cafetería, observándolas detenidamente una por una, pensando en quién era el candidato o candidata a soltar, asegurándose al máximo de que no iba a ocasionarle ningún problema. Sus ojos se detuvieron en una mujer afroamericana que llevaba el pelo recogido en una cola de caballo. Después de pasarse unos segundos atendiendo a sus acciones, llegó una conclusión.

—Acepto las condiciones. Ahora, yo también voy a poner la mía, por cada treinta minutos excedidos del límite de tiempo le dispararé a uno de los clientes. Así que, más te vale tener el vehículo preparado en la puerta dentro de sesenta minutos o el primero de los disparos se efectuará si el coche no está a su hora en la entrada. Chao, Lance.

Tras musitar unas palabras de despedida, Sweets depositó el teléfono sobre su base, no demasiado contento. Iban a liberar a uno de los rehenes, algo era algo, pero lo iban a tener complicado para conseguir un automóvil en los cincuenta y siete minutos que quedaban. En poco menos de una hora, iban a dispararle al primero de los clientes y era indudable que debían darse prisa.

Dejó el problema a un lado cuando vio que Booth se apeaba de la furgoneta porque algo estaba sucediendo en el exterior.

Lance se bajó del vehículo y comprobó que en la puerta del Diner había un hombre con pasamontañas que agarraba a una cara conocida: Cam.

Asimismo, también pudo comprobar que Booth, con un chaleco antibalas sobre su camisa —pues se había quitado la americana— se dirigía con paso decidido hacia la entrada de la cafetería.


N/A: Bien, hasta aquí ha llegado Tiempo. Espero que a vosotros os haya gustado.

El caso es que no sé casi nada de negociación en casos de estos, más allá de las pocas películas y series en las que haya salido algo de esto. Así que espero sinceramente que el resultado no sea demasiado malo.

Por lo menos han soltado a Cam, que algo es algo. Su trabajito les ha costado, pero al final una de las dos está fuera. A ver ahora qué hago con Brennan, porque encima está el límite de tiempo y que han prometido que le pegarán un tiro a un cliente por cada treinta minutos que se pasen de la hora acordada. En fin, menudo lío que me espera.

Decir que no hay ninguna palabra escrita del cuarto capítulo y que, por tanto, como viene siendo habitual en esta historia, pues que no sé cuánto tardaré en actualizar.

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Y... llegó la hora de despedirse.

Como siempre espero que el capítulo haya sido de vuestro agrado.

Buen día/tarde/noche/franja horaria que sea a todos.