¡Hola de nuevo! Antes de nada, tengo que hacer un anuncio importante: estoy de exámenes, así que a partir de ahora voy a tardar mucho más en actualizar. Lo siento, pero o estudio o escribo, y algo me dice que lo correcto es lo primero xD
Otra cosa que quería comentar era que, por fin, he mejorado la extensión de los capítulos. Sólo espero que no quede muy raro el cambio de tamaño…
Y nada más que decir. Luego al final del capi os dejo otro párrafo en negrita con tontunas. ¡Disfrutad!
::::: : Cambio de escena
Trarará: Pensamientos
CAPÍTULO II: RECUERDOS LEJANOS
Cuando el candil se le resbaló de las manos, Malón tuvo unas ganas horribles de insultar a alguien. ¿Cómo podía ser tan torpe? Se suponía que tenía que hacer todo lo posible para que no la descubriesen, y en lugar de eso no paraba de armar jaleo.
– Si se creen que no voy a intentar arreglar el estropicio sólo porque sea de noche, van listos – Pensó la muchacha mientras atravesaba a hurtadillas el rancho – Pandilla de vagos miedosos…
En realidad, la pelirroja era consciente del peligro que suponía rebuscar entre las ruinas de noche: podía cortarse con las botellas de leche rotas, acabar sepultada bajo los escombros… Sin embargo, nada de esto le importaba. Sólo quería salvar lo que pudiese, aunque le costase algún rasguño. Y si nadie quería ayudarla, entonces tendría que hacerlo sola.
–Sólo espero que no me pillen…
Malón siguió caminando despacio, alumbrando el camino con el pequeño candil que llevaba en la mano. El granero, o lo que quedaba de él, estaba sólo a unos cuantos metros de allí, tan cubierto de nieve que a penas podía distinguirse la madera astillada.
– Me pregunto cómo algo tan bonito como la nieve ha podido causarnos esto – Pensó la muchacha mirando al cielo. Amaba el invierno, y no había cosa que le gustase más que contemplar el maravilloso paisaje en el que se convertía Hyrule cuando la escarcha caía. Y ahora, en cambio, ese hielo les había traído la ruina.
El graznido de un cuervo sacó a la chica de sus pensamientos, devolviéndola a la realidad.
No había tiempo que perder: debía ponerse manos a la obra.
Con el ímpetu que siempre la había caracterizado, Malón se arrodilló y comenzó a quitar la nieve con las manos. Las palas, azadas y demás herramientas se encontraban cerca de las habitaciones de Ingo y su padre, así que la pobre pelirroja no había podido coger ninguna. No quería despertarlos.
Al principio, la tarea no parecía tan complicada. Sólo debía quitar la acumulación de hielo que cubría el edificio. Sin embargo, a los pocos minutos de comenzar a trabajar Malón sintió punzadas de dolor en sus manos, señal de que se le estaban congelando.
– No pasa nada – Se animó la joven sin detenerse – Tengo que continuar…
Pero el tiempo pasaba, y la nieve parecía no acabarse nunca. Malón tenía las manos en carne viva.
– No puedo… – Musitó la joven con lágrimas en los ojos – Soy una inútil.
Lentamente, sacó las manos de entre la nieve y las apretó entre sí, intentando recuperar la sensibilidad. Las lágrimas caían encima de sus dedos en una interminable lluvia alimentada por la desilusión y el miedo. Sin esa mercancía, el futuro del rancho sería tan incierto…
– Me prometiste que no ibas a decir eso nunca más.
Las palabras sorprendieron a Malón, que dio un respingo, asustada. Como no se atrevía a girarse preguntó, dubitativa:
– ¿Link…?
La voz se rió, aunque el sonido parecía demasiado triste.
– Te has olvidado de mí…
Malón, con el corazón latiéndole a toda velocidad dentro del pecho, hizo acopio de sus fuerzas y encaró a la figura que le hablaba, cuyo cuerpo estaba totalmente envuelto en una capa inmaculada.
– No sé quién eres, pero será mejor que te marches – Ordenó con fingida seguridad – Esto no tiene gracia.
Pero el extraño no cumplió su deseo; más bien lo contrario: comenzó a acercarse a paso lento hacia la chica. Luego, al ver que ésta reculaba, se lo pensó mejor y se detuvo.
– Aquel día te sentías triste porque pensabas que tu amigo no volvería – El extraño habló en tono suave, intentando no alterar la quietud de la noche – Y estuviste a punto de hacer una locura…
La chica, que no entendía nada, miró con curiosidad al extraño. Lo que le estaba contando no había pasado jamás, olvidarlo hubiera sido imposible.
– En serio, vale ya. Si no te marchas, llamaré a mi padre, a su empleado y a un amigo mío que podría derrotarte sin pestañear. ¡Fuera!
La figura sacudió la cabeza y levantó las manos, indicando que no llevaba armas. Sin embargo, ese gesto no diluyó la desconfianza de Malón.
– ¿No me has oído? – Apremió la muchacha ya a punto de gritar – ¡Que te largues! ¡No entiendo nada de lo que me estás diciendo!
Ni una palabra salió de la boca del encapuchado. Apenado, dio unos pasos en dirección a la salida cuando, de repente, se detuvo y sin tan siquiera girarse preguntó:
– ¿Y si tuviera pruebas de que nos hemos visto antes, aunque tú no lo recuerdes?
Malón, con el cuerpo aún en guardia, se permitió soltar una risotada.
– Haz lo que quieras… Yo sé que no te conozco, no soy tan estúpida como para olvidar a un amigo.
– Y no lo eres, mi pobre granjera. Es sólo que no se te ha permitido recordar lo que fue sin ser… – Pensó el joven de la capa con tristeza. Sin decir nada, sacó un pequeño arpa que llevaba enganchado a la espalda y se lo mostró a la chica, que lo miró con curiosidad.
No sabía a qué atenerse.
Su sorpresa fue mayúscula cuando los delgados, y también vendados, dedos del chico, tocaron las notas de una canción demasiado personal, demasiado suya para que la conociese alguien ajeno a su vida.
La canción de Epona.
Comienzo del Flash Back (Y es de los largos)
La melodía resonó en el rancho, rompiendo la quietud de la noche como cada día desde hacía siete años.
¿Cuándo había dejado de sentir alegría al entonarla? La pobre Malón ya no lo recordaba.
Sólo era consciente de que le ayudaba a recordar tiempos mejores, y que eso era lo único que la mantenía con vida en aquellos momentos.
Su padre ya no estaba, expulsado de su propio rancho por un subordinado cegado por las ansias de poder.
Ingo ya no era el cascarrabias que tanto la había sacado de quicio cuando era pequeña. Ya no. Ahora, el larguirucho hombre del bigote torcido se había convertido en un auténtico tirano, maltratador y arrogante.
Y lo peor era que si trataba de escapar, mataría a todos los animales, y luego la asesinaría a ella. Lo había dejado muy claro el día que comenzó aquel infierno.
Por eso Malón llenaba las noches, los únicos momentos en los que la muchacha tenía un rato para ella misma, con la canción que su madre le había enseñado.
Tan ensimismada estaba en sus recuerdos que la pelirroja no se percató de que, poco a poco, alguien se estaba acercando a ella por detrás.
Luego, lo escuchó.
El dulce sonido de una ocarina, de un recuerdo.
Sintió cómo las palabras se quebraban en su garganta antes de girarse.
– ¡Cómo has cambiado, Malón! – La voz de Link sonaba demasiado alegre, como la primera vez que se vieron. Casi parecía que no hubiese presenciado la desgracia de Hyrule.
La joven sintió un vértigo, y empezó a tambalearse ante los preocupados ojos del hylian.
– Link… – Musitó tapándose la cara con las manos para ocultar las lágrimas – ¿Dónde has estado estos siete años? ¡Creía que, que…!
– Que habías muerto.
No se atrevió a decirlo… como si por hacerlo fuese a volverse realidad…
El chico sonrió, aunque en sus ojos no había ni pizca de alegría. Era la típica sonrisa que se crea para tranquilizar a los demás, aunque por dentro te encuentres destrozado.
Malón lo notó.
– Digamos que… he tenido que quedarme en un sitio durante todo este tiempo.
El joven sacudió entonces la cabeza y extendió los brazos en un gesto que pretendía abarcar el mundo.
– ¿Qué es lo que ha ocurrido, Malón? ¿Por qué todos parecen estar pasándolo tan mal? Ya ni siquiera queda hierba en la campiña…
La chica no comprendía por qué Link le preguntaba esas cosas tan obvias, pero notaba que el joven no quería hablar de ello. Por eso se tragó sus dudas y se limitó a contestar:
– Ganondorf – Un nombre. Una sola palabra bastaba para explicar el mal en el mundo… – Unos años después de que desaparecieses, empezó a destruirlo todo. Ya no hay Ciudadela, ni comercio… Nada. Y encima mucha gente lo ayuda por miedo.
– Como Ingo…
El joven contuvo el aliento, aterrado por las declaraciones de la pelirroja. Su esperanza de que sólo la Ciudadela de Hyrule hubiese sido destruida desapareció por completo.
– Malón… – Musitó bajando la cabeza – Siento no haber estado aquí para ayudaros a ti, a tu padre y al señor Ingo…
La muchacha apretó la mandíbula.
– ¿SEÑOR Ingo? – Sus palabras destilaban una rabia que el hylian nunca esperó ver en su amiga – ¡Ese tirano echó a mi padre, y ahora disfruta haciéndome daño! ¡Ya no es ese Ingo, Link, NADA es como antes!
Así. Debía chillar. ¿Cuántas veces había soñado con poder hacerlo? La pelirroja lloró entonces a voz en grito sin poder controlarse. Ya no le importaba que su amo la escuchase… Lo único que quería era acabar con esa tristeza que había estado acumulando desde los últimos siete años.
Sin embargo, cuando notó los brazos de Link, de su chico hada, alrededor de su cuerpo, ya no le quedó más remedio que calmarse.
Sobre todo cuando se dio cuenta de que su amigo estaba llorando.
– Soy lo peor… Voy de héroe, y luego… Os he dejado solos a todos… ¡Lo siento! Lo siento tanto…
Malón, muda de impresión, disfrutó unos segundos más del calor del joven y luego se separó con delicadeza.
– No es culpa tuya. Me conformo con que aún sigas siendo mi amigo…
Una sonrisa acudió al rostro de la pelirroja, la primera en todo aquel tiempo.
El lloroso hylian respondió con un gesto parecido.
Sin embargo, una suave voz rompió el hechizo.
– Amistad… Un lazo tan fuerte que ni el poder del tiempo puede quebrar…
El hylian dio un respingo y se giró hacia Sheik, que de repente se encontraba sentado en un tejadillo de paja, como si siempre hubiese estado ahí.
– Me alegro de que os hayáis reencontrado, pero mientras la luz de la esperanza crece en este rancho, unos cuantos kilómetros hacia el este, en una arboleda familiar, comienza a apagarse.
Link abrió desmesuradamente los ojos y corrió hacia el frío sheika.
– ¿El Bosque Kokiri? Sheik… ¡Dime qué ocurre allí, por favor!
– Muerto el guardián, el mal comenzó a engullir poco a poco ese paraíso infantil. Sólo una sabía qué hacer para remediarlo, pero también fue atrapada. Ve, Link, regresa al lugar que te vio crecer y destruye al demonio de su templo. La guardiana despertará entonces, sana y salva, como le corresponde a la bondad de su corazón.
A medida que escuchaba las palabras del misterioso sheika, Link había empezado a ponerse más y más nervioso. No quería dejar a Malón, ella era la única que le recordaba que el mundo que estaba pisando no era una pesadilla, pero…
– Ve, Link – Dijo de improviso la pelirroja con los ojos humedecidos – Los kokiris necesitan al chico hada, ¿verdad?
– Malón…
Link trató de avanzar hacia ella, pero la chica le detuvo con un gesto.
– ¡Anda, vete ya! Cuanto antes acabes, antes podrás volver a verme. ¡Y que sepas que me debes una canción por todo el tiempo que has estado desparecido del mapa!
El chico sonrió, musitando un quedo "gracias" que la granjera nunca pudo oír. Luego, se marchó corriendo tan rápido como se lo permitieron las piernas.
Malón, con sus suspiro, se dejó caer sobre la mullida hierba del rancho, y luego miró a Sheik, que ni siquiera había cambiado de posición en todo aquel rato.
– ¿Y tú qué haces aquí todavía? – Preguntó mientras una lágrima rebelde resbalaba por su mejilla – ¿No tienes nada mejor que hacer que mirarme fijamente?
Antes de que la chica pudiese acabar la frase, el vendado joven bajó de su asiento con una voltereta, aterrizando con un grácil movimiento que maravilló a su espectadora.
– Aquellos que venimos de las sombras tenemos un don: podemos leer los corazones de la gente – Comenzó a decir. Malón le escuchó, expectante – Y en el tuyo veo mucha tristeza, granjera. ¿No confías en Link?
La chica bajó la mirada mientras se limpiaba las lágrimas con la ya mojada manga de su blusa.
– Eh, no digas eso… claro que confío… claro que…
Sheik sacudió la vendada cabeza, despeinando sus rubios cabellos.
– Dime la verdad. No está bien mentirse a uno mismo.
Malón hundió la cabeza entre los brazos, derrotada.
– He perdido a muchos amigos desde que empezó este caos. Y ahora que creía que iba a recuperar a uno, se tiene que ir a pelear contra las Diosas saben qué… No es justo.
– Él volverá, estoy convencido de ello. Y los sheika nunca nos equivocamos.
Una diminuta sonrisa afloró en los labios de la granjera.
– ¿Nunca, nunca?
Sheik se inclinó sobre ella y la perforó con su rojiza mirada.
– Jamás.
Lo que el habitante de las sombras no se esperaba era la reacción que iba a tener la pelirroja. Aprovechando la corta distancia que había entre los dos, Malón se abrazó al delicado cuerpo del sheika, que por un momento se puso a temblar.
Nunca había dejado que nadie se pusiese tan cerca, tenía miedo de lo que pudiese pasar.
Sin embargo, había algo demasiado agradable, demasiado cálido en ese abrazo como para apartarse. Simplemente no quería.
Rodeó con sus vendados brazos el cuerpo de la chica, que comenzó a sollozar una vez más. ¿Cuántas lágrimas había vertido esa noche? No podía recordarlo. Tampoco le importaba. Sólo se limitó a aferrarse a ese abrazo como si le fuese la vida en ello.
Por su parte, Sheik comenzó a sentirse extraño. Su corazón palpitaba a demasiada velocidad, y no entendía por qué. ¿No se suponía que él era, al fin y al cabo, la princesa Zelda? Ella había abrazado a muchas mujeres en su vida, y jamás había sentido nada como aquello.
Por otra parte, ahora que lo pensaba, tampoco había enrojecido al hablar con Link, como sucediera antaño, ni había deseado decirle cuánto lo quería y había echado de menos.
Algo fallaba.
– Ni siquiera soy capaz de pensar en Zelda como mí mismo…
¿Mismo?
Malón se separó un poco de él a notar que el sheika se ponía tenso.
– Perdona… – Dijo enjugándose las lágrimas, ahora mucho más calmada – No te conozco de nada, supongo que debe de haberte molestado…
Sheik sacudió la cabeza con decisión.
– Olvídalo, no has hecho nada malo.
Malón asintió y caminó hasta el centro del rancho, donde siempre se sentaba a cantar su canción. Una vez allí se estiró, intentando alejar el cansancio que se había adueñado de ella. Habían pasado tantas cosas en un solo día que la chica casi no podía creérselo.
– ¿Sabes? Cuando conocí a Link, los dos éramos unos críos. Me venía a visitar con mucha frecuencia, pero a medida que pasaba el tiempo comenzaba a tardar más y más en venir… hasta que un día desapareció completamente – La voz de la pelirroja, que ahora sonaba mucho más segura que hacía tan solo unos minutos, se le antojó verdaderamente bonita al sheika, que la escuchó en silencio – Fue de un día para otro, pero yo, en el fondo, ya me lo esperaba.
Sheik frunció el ceño, y Malón soltó una risita nerviosa.
– ¡Nunca me contó qué era lo que estaba haciendo recorriendo Hyrule de punta a punta! Pero, ¿sabes qué? Estaba convencida, y aún sigue siendo así, de que era algo grande. No tengo ni idea de por qué, pero lo creo – Estudió al muchacho, que estaba cruzado de brazos a su lado, y luego añadió – Si tú eres su amigo, rubito, significa que eres buena persona. Así que me alegro de haberte conocido a ti también.
– ¿Rubito? – Pensó el sheika mientras notaba una sensación extraña en las mejillas que jamás, en sus siete años de existencia, había visto. Era como si la sangre se le hubiese agolpado en la cara.
– Se ha puesto colorado – Rió para sus adentros la granjera, que a pesar de su espontaneidad supo mantener la boca cerrada para no avergonzar todavía más al guerrero. Luego, de repente, tuvo una idea.
– Oye, ¿te gusta la música?
Sheik, lleno de curiosidad, asintió, y sacó de debajo de su capa su pequeño arpa. Malón sonrió, complacida, y comentó:
– Entonces te voy a enseñar una cancioncilla… Para recordar que nos hemos conocido, y todas esas cosas.
Y, una vez más, cuando el Sol estaba a punto de alumbrar lo que quedaba de Hyrule, la melodía de Epona llenó los campos.
Pero Malón ya no cantaba sola.
Continuará…
Bueno, espero que os haya gustado el capítulo. Esta vez no me ha quedado tan corto, ¿verdad? Pero no me voy a enrollar diciendo lo de antes, tranquilos.
Quería aprovechar este espacio para agradecer a o0_IkU_2012_0o su review… ¡En serio, me ha hecho mucha ilusión saber que a alguien le interesaba esta historia!
También quería decir algo que creo que todos sabemos, pero que se me ha olvidado añadir en los demás capítulos: La saga Zelda no me pertenece. Todos sus personajes son propiedad de su creador, y yo he escrito esta historia sin ánimo de lucro.
No vaya a ser que me demanden xD
¡Nos vemos!
