¡Hola de nuevo, gente! Sé que llevo mucho tiempo desaparecida, pero aquí me tenéis otra vez para continuar con esto. ¡No me voy a ir tan fácilmente, así que tenéis Vanilj para rato, jajaja!

Al final os dejo cosillas, como siempre.

¡Disfrutad!

::::: : Cambio de escena

Trarará: Pensamientos

CAPÍTULO V: SERPIENTES DE ACERO

Cuando la princesa abrió los ojos, a su alrededor no encontró más que oscuridad; una fría y densa negrura que dominaba todo cuanto la rodeaba, impidiéndole ver más allá de su propio cuerpo, que estaba extrañamente iluminado.

Un escalofrío recorrió su espina dorsal y Zelda se abrazó a sí misma en un intento de conservar el calor de su cuerpo. Su vestido blanco había desaparecido sin dejar rastro: se encontraba desnuda y sola en un lugar que no había visto jamás.

Y, sin embargo, la princesa se vio incapaz de sentir miedo.

Dio un tímido paso hacia delante. Su pie se encontró con una superficie húmeda y esponjosa, y la muchacha se permitió sonreír al pensar, por un pequeño instante, que estaba caminando sobre nubes.

Dio uno más, y luego otro, y otro. Sus pasos no hacían ningún tipo de ruido ni afectaban a la negrura que la rodeaba. Tampoco avanzaban.

Se preguntó si valía la pena seguir caminando: nada parecía cambiar en su recorrido y a lo mejor estaba gastando fuerzas inútilmente.

No – Resolvió finalmente – No puedo rendirme. Algo tiene que haber, aunque sea muy lejos.

Y con esta idea en mente, la frágil princesa de Hyrule continuó su ciega travesía sin mirar atrás.

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– ¿Sabes, Zelda? Que quede entre nosotros, pero este es el último sitio donde me gustaría estar ahora mismo – Comentó Link, a pesar de que era consciente de que el durmiente Sheik no respondería – No sé en qué estarían pensando los sheikas al construir esto, pero hay que reconocer que si lo que pretendían era asustar a la gente para alejarla del templo, lo consiguieron. ¡Y de qué manera!

Link no había disfrutado su visita al Templo de la Sombra siete años atrás. Para él, había sido el peor con diferencia, muy por encima incluso del temible Templo del Agua, donde había tenido que derrotar a una sombra de sí mismo para avanzar.

Con la muerte de Ganondorf, los monstruos que antaño llenaban las salas habían desaparecido, pero eso no impedía que cada una de las estatuas, pinturas o incluso baldosas del templo rezumasen una negatividad indescriptible.

Suspirando, Link se detuvo ante un gran abismo que cortaba por la mitad la cámara principal del templo. Al otro lado, como flotando mágicamente, se alzaba una puerta bellamente adornada que tenía que atravesar como fuese para llegar a su destino. No había otro camino.

Para rememorar viejos tiempos, el héroe leyó el ajado cartel que descansaba al borde del abismo:

"Viven en la oscuridad. Trucos llenos de mala voluntad. No puedes ver el camino hacia delante".

Una sonrisa se dibujó en la boca del hylian al recordar lo nervioso que se puso al ver la inscripción por primera vez. Sin embargo, ahora conocía el misterio.

Sacó de su bolsa unas placas transparentes, adornadas con dos pequeñas alitas de metacrilato, y las acopló a sus fieles botas de cuero lo mejor que pudo. Después tomó una especie de monóculo de bordes morados y cristal carmesí, y con manos temblorosas se lo acercó al ojo derecho.

Detestaba utilizar la lente de la verdad, y esperaba no tener que hacerlo nunca más. Era tan desagradable…

Ahogó un grito cuando la lente se enganchó ávidamente a su cuenca ocular, como si pretendiese alimentarse de ella. Luego, lentamente, casi disfrutando de la agonía de su dueño, el cristal se acercó más y más al ojo, fundiéndose con él en una dolorosa metamorfosis que quemaba tanto como el hierro candente.

El iris azul del héroe se tornó carmesí, y cuando finalmente pudo parpadear, gruesos lagrimones de dolor resbalaron de su rostro al suelo.

Se alegró de que Zelda no pudiese verlo en esas condiciones.

Maldiciendo a los sheikas por obligarle a utilizar tan horrible artilugio, Link dio un paso hacia el abismo.

Gracias a la lente de la verdad, lo que antes era un simple hueco vacío ahora mostraba su auténtica naturaleza: hileras de cadenas salpicadas de agujas llenaban el espacio, colgando silenciosamente del techo.

De no haberse puesto el monóculo, habría acabado herido.

El héroe apretó a Sheik inconscientemente contra su pecho cuando comenzó a atravesar el vacío.

Sabía que aquellas aladas placas que ahora decoraban sus botas le permitirían flotar si se concentraba lo suficiente, pero las alturas nunca le habían gustado, y mucho menos si tenía que estar pendiente de evitar las espinosas trampas.

Tan ensimismado estaba en su tarea que no reparó en la figura que se alzaba a su espalda, cadena en mano. Ni siquiera vio venir el golpe.

Las púas, afiladas como ningún arma sobre la tierra, atravesaron su escudo como si fuese de simple hojalata y le pincharon la espalda, sobresaltándolo. Como no quería exponer a la princesa al peligro, en lugar de volverse giró la cabeza, tratando de ver algo por encima de su hombro izquierdo. Nada.

Una risa semejante a un puñado de cristales rotos resonó en la sala.

– Ese ojo azul tuyo me ofende. Quizá debería arrancártelo… ¿qué te parece?

La voz pertenecía, sin duda alguna, a una mujer, pero sonaba tan lejana que daba la impresión de que estaba hablando a través de un grueso muro de piedra.

Link giró la cabeza hacia la derecha y entonces la vio: una figura semidesvanecida envuelta en una sucia capa negra, que flotaba a unos metros de distancia. Un fantasma. Por eso sólo había podido fijarse en ella con el ojo en el que llevaba la lente, porque los espectros sólo podían ser percibidos por los sheikas…

La figura se acercó, colocándose a escasos centímetros del héroe, pero éste no reculó. Lo último que debía hacer era demostrar intimidación.

Haciendo acopio del coraje con el que la diosa Farore lo había bendecido, Link dijo:

– No estamos haciendo nada malo. Márchate.

Pero el espectro, lejos de hacerlo, se atrevió a alargar una vendada mano hacia Sheik. El héroe del tiempo reaccionó rápido y se apartó, pero su brusco movimiento provocó que se chocase contra las cadenas que colgaban a su costado. Finos hilos de sangre, pequeños pero muchos, tintaron su túnica de color carmesí.

– ¡Oh, pobre extranjero! – Exclamó burlonamente el espectro – ¿Te has lastimado?

Link apretó la mandíbula, rabioso. Estaba en clara desventaja, allí, flotando sobre un abismo sin fondo y sin posibilidad de usar su espada. La única salida era escapar a tierra firme, pero… ¿cómo?

– Me gusta eso que llevas ahí – Continuó el fantasma al ver que Link no respondía – ¿Cuánto tiempo habrá pasado? ¿Cien, doscientos años? Cuando estás muerto el tiempo deja de tener importancia…

El héroe no escuchó las palabras del espíritu, concentrado como estaba en salir de allí. Finalmente se le ocurrió un plan, aunque era bastante arriesgado. Suspirando, comprendió que no había más remedio, y rezó para sus adentros a las diosas, implorando su protección.

Agarró el ligero cuerpo del sheika con un solo brazo y acto seguido levantó la mano que le quedaba libre, cerrando los ojos para concentrarse mejor. Hilos de luz azulada comenzaron a emanar de sus dedos, tan rápido y en tal cantidad que pronto se fundieron en una esfera que chisporroteaba, llena de poder mágico.

"Amor de Nayru", así se llamaba el hechizo que el gran hada del Desierto Gerudo le había enseñado. Y ahora lo estaba utilizando por segunda vez en toda su vida.

La esfera se expandió enseguida, creando una especie de barrera alrededor de Link y Sheik. Ahora las cadenas no podrían tocarlo… ni tampoco el fantasma.

El espectro, sorprendido por el hechizo, no fue capaz de impedir que el hylian saliese corriendo a toda velocidad a través del precipicio, y tardó unos segundos en reaccionar antes de lanzarse a su persecución.

Las cadenas golpeaban violentamente el escudo mágico de Link, y con cada impacto notaba que se desvanecía un poco más. Sin embargo, el héroe hizo acopio de toda su energía para mantener activos tanto el hechizo protector como la magia de las placas aladas y la lente de la verdad. Comenzaba a agotarse seriamente.

Corriendo como pocas veces había hecho, logró acercarse a la puerta de piedra. Faltaba tan poco… en cuanto llegase, sólo tendría que concentrarse en usar la lente, nada más, y tendría muchas más fuerzas para enfrentarse a aquella misteriosa mujer.

Pero normalmente los planes no salen como uno espera, y aquella no iba a ser una excepción.

El espectro, rabioso, arrancó dos cadenas del techo, y luego, utilizándolas como si fueran látigos, las lanzó contra el héroe, que al escuchar el estruendo podía hacerse una idea de lo que estaba a punto de ocurrir.

No había tiempo para reaccionar; el escudo se diluiría enseguida, y no podía arriesgarse a que hiriesen a Zelda.

– Lo siento… – Susurró apretando al sheika contra su pecho. Luego lo arrojó, como el peso muerto que era, hacia la plataforma de la puerta.

Las puntiagudas cadenas atravesaron entonces el escudo, clavándose en los brazos y la espalda de Link, mordiendo su carne como si tratasen de serpientes vivas.

Pero el héroe no gritó. Dejó que su mente se nublase, superada por el dolor y el cansancio, y fijó la mirada en un punto concreto: el espectro que se aproximaba hacia él lentamente, con una extraña sonrisa pintada en lo poco que podía verse de su rostro.

Luego, simplemente cayó.

CONTINUARÁ…

No suelo tomarme tanto tiempo para actualizar, pero es que últimamente he tenido tantísimas cosas que hacer que no me daba tiempo ni a pulsar una tecla, y mucho menos a que la creatividad viniese a hacerme una visitilla. Espero que no vuelva a ocurrir lo mismo.

Como siempre, quería dar gracias a todos lo que me comentaís. ¡Me animáis mucho! :D

Dialirvi, diyan, oO IkU 2012 Oo, Kamilius-moon, Drae, amoperu y todos los demás que encuentran en mi historia algo entretenido… ¡MUCHAS GRACIAS!

Espero que este toquecillo de acción sea de vuestro agrado.

Nos vemos en el siguiente.