Advertencias: Nada que declarar. Los personajes de Naruto no me pertenecen. Tampoco hay que ser impaciente, primero porque tardo mucho en escribir, aún así intentaré actualizar una vez en semana. También estoy haciendo la locura de llevar en esta página tres fics a la vez y todo lo que ello implica. La paciencia es una virtud que todos tenéis, no queráis lanzaros a mi cuello sin más, por favor.

Muchas gracias a AcSwarovski por leerlo, corregirlo y darme su valiosa opinión (you're a lifesaver!).

También quería agradecer el voto de confianza a aquellas personas que lo han leído y además han dejado un comentario o lo ha añadido a favoritos o a alertas ^^.


2. Aquello que captó su atención.


A penas eran las nueve de la mañana, había amanecido sólo dos horas atrás y el calor ya era insufrible. Por lo menos para ella; su hermana parecía sentirse ajena a la temperatura mientras saltaba de puesto en puesto con la curiosidad propia de un felino esperando descubrir todo lo desconocido y empaparse de su nuevo hogar en un instante.

Quizá se debía a la diferente constitución que tenían, Hanabi siempre había sido más dada al ejercicio físico, a la aventura y al desastre; mientras que ella prefería sentarse en su rincón del sofá con un buen libro y una taza de té; o simplemente a observar desde la ventana como se desenvolvía la vida ante sus ojos admirándola. También era esa una de las grandes diferencias entre Kiba y ella, quien, además, siempre terminaba arrastrándola a situaciones extremas sin pensar en las consecuencias, o en lo que ella quería. Por suerte nunca habían acabado demasiado mal; otras acababan mejor de lo que esperaba.

Se mordió el labio inferior, no debía pensar en ello, ni en él, se regañó una vez más. Volvió a ajustarse la suave tela oscura que se había echado por la cabeza para protegerse del sol. Otro punto del desierto en su contra a tener en cuenta mientras estaba en esa nueva tierra: su piel blanquecina, casi perlácea; que tampoco toleraba demasiado bien el cambio de ambientes, la falta de humedad y los cambios bruscos de temperatura que se daban durante el día y la noche. Podía notar la sequedad que le producía y sus labios cuarteados como si estuviera deshidratada.

Agitó levemente la cabeza cambiando todos sus pensamientos por una sonrisa. Ahora lo importante era pasar un tiempo con Hanabi, se recordó. Y tras ello buscó a su hermana dos puestos más adelante entre una multitud que observaban entre murmullos lo que fuera que pasara.

Hinata-nee-chan. Escuchó como la llamaba mientras movía la mano para que se apremiara.

Suspiró intentando esconder el cansancio y así lo hizo, descubriendo que no era un puesto, sino un encantador de serpientes tocando una flauta ante la que todos se reunían boquiabiertos por el espectáculo. El hombre mostraba una cara morena y serena con los ojos cerrados mientras dejaba que notas ricas en sonoridad grave escapaban de la flauta por acción de unos dedos sucios y ágiles que se movían con precisión por el instrumento. Al mismo ritmo la serpiente, también de tonos ocres, oscilaba su cuerpo subiendo y bajando desde una cesta de mimbre pobremente tejida. El animal apenas cerraba los ojos haciendo que los más cercanos, sobre todo niños, sintieran miedo. Hinata no tenía miedo al animal en sí, sino a que se pudiera camuflar fácilmente en el paraje y pudiera aparecer en cualquier momento sorprendiendo a su víctima. En el desierto saber camuflarte y aprovechar el entorno era cuestión de supervivencia.

Al llegar a Hanabi tocó su hombro esperando que siguieran con su camino a través del mercado y volver lo antes posible al resguardo de la casa.

¿Crees que padre me dejará tener una? preguntó con un brillo malicioso en los ojos.

Hanabi y su amor por las cosas peligrosas.

No, no lo creo, Hanabi-chan murmuró apoyando la negativa con un gesto de la cabeza, pobre animal si cae en las manos de su hermana. Tampoco pudo evitar la sonrisa.

Esta vez no hubo enfado, sólo continuó al próximo puesto y Hinata la siguió sin más. No podía negar que era curioso y diferente. Muchos de los géneros que allí vendían jamás los había visto en Konoha. A decir verdad, dudaba que en Konoha hubiera un mercado así.

Al calor de la mañana, se unía el olor a las especias y comidas expuestas, el gentío de un lado a otro incansable y ajeno al sol que se alzaba impertérrito, el ruido desconocido de todo lo que les rodeaban y muchas otras sensaciones que no le desagradaban, pero tampoco le hacía sentir entusiasmada. Era un pueblo vivo lleno de movimiento, otra diferencia con Konoha donde la vida parecía más serena, pausada y hasta planeada.

Se recordó que debía indagar más en la cultura e historia de su nueva casa, por ahora sólo sabía que el comercio representaba una de las mayores fuentes de ingreso y motor principal de la economía, debido a su situación en un punto estratégico entre la nada y varias ciudades, grandes capitales, de los países vecinos; y el otro punto que sabía bien es que era un lugar peligroso y reacio a lo nuevo.

La gente de Suna era gente del desierto, y éstos, si bien tenían códigos de honor que respetaban rigurosamente y eran personas hospitalarias, también eran tradicionales y orgullosos. Sí, la gente del desierto era orgullosa porque pensaban que sólo ellos podían sobrevivir en él. No se lo negaba. Al fin y al cabo, eran como el desierto que les daba la vida; aunque tampoco había que olvidar que éste es justo a la par que que un día te daba, al siguiente te quitaba sin ningún aviso.

Miró a su derecha y vio su mano vacía, otra vez Hanabi se había adelantado. Suspiró cansada antes de dar una ojeada a los puestos más cercanos, pasando por alto las especias o las alhajas y piedras del desierto bellamente expuestos a ojos de visitantes extranjeros más que para los nativos. Como la vez anterior sólo se había adelantado unos pasos, y cuando llegó hasta ella la cogió de la mano y siguió tirando de ella. Con un poco de suerte la menor aceptaría que el tiempo de juego había terminado y tendría que volver a casa antes de lo previsto.

Todavía no quiero irme gimió llamando la atención de su hermana mayor quien solo suspiró cansada.

Hanabi-chan, si te vuelves a separar de mi lado, volveremos.

Tranquila, Hina-nee, no dejaré que te pierdas.

No evitó una suave sonrisa que cruzó sus labios al escuchar a la pequeña decir aquellas palabras cuando la que se separaba constantemente era la misma. De todas formas, no tenían nada más que hacer y seguramente en la casa no habría nadie, qué mejor que seguir abrasándose en el mercado.

¡Vamos allí! Notó el tirón de la mano que la arrastraba entre la masa de gente a algo que había llamado la atención de Hanabi.

Murmurando leves excusas, que a penas escuchaban los locales con los que se chocaba, intentó seguir su ritmo hasta su nuevo entretenimiento. Sólo rogaba que no fueran más animales.

Parecía que alguien había escuchado su plegaria. Justo al abrirse la gente de alrededor se encontró frente a un corro de niños sentados escuchando atentos las palabras de una mujer mayor. Con su voz cadente y letárgica, las manos de dedos raquíticos y afilados que se movían creando círculos misteriosos en el aire y aquellas telas oscuras que la envolvían llamaba la atención a la par que imponía una presencia entre fantasmal y sabia. Los leves mechones de cabello cano que se escapaban de la capucha se mecían entre sus palabras, soltó involuntariamente la mano de la menor que no dudó en correr a sentarse, cuando observó con asombro los ojos de aquella mujer perderse en el vacío un momento y luego posarse sobre ella.

De pronto ya no hacia tanto calor en el desierto y un leve escalofrío recorrió su espalda, mientras desechaba el pensamiento: un ciego no podía ver.

Las palabras seguían envolviendo a la anciana cuyos ojos ahora aparentemente centrados estaban fijos en ella. Hinata tragó con dificultad bajando la mirada, intentando calmarse y a ser posible escuchar algunas historias típicas de la tierra.

Hinata-nee-chan. La llamó su hermana acompañando de palmadas en el suelo para que se sentara a su lado.

No se lo pensó dos veces, pero lo que no esperaba, sucedió. Los ojos brumados de la anciana la siguieron hasta su nueva posición.

Seguía hablando, contando alguna historia del pasado llena del misticismo propio que el aire mágico del desierto recreaba cada vez que elevaba dulcemente los granos de arena formando pequeñas ventiscas más allá de las murallas. Hablando de aquellos que se aventuraban fuera de los límites de la ciudad incansables e insaciables por rutas hoy olvidadas a través de las dunas buscando el maná, la vida, el agua. Nómadas del desierto, hombres especiales que no pertenecen a la ciudad. Hombres que gobernaban el desierto recorriéndolo en el misterio.

Pero recordad, niños, no todo lo que el desierto esconde es bueno, también tiene sus demonios.

No hacía falta mirar, sabía que aquellas palabras estaban dirigidas oscuramente hacia ella como una premonición de un futuro cercano, y la idea de que se volverían a ver implícita en ellas.

Y a los demonios sólo el agua los atrapa.

Con aquellas últimas palabras parecía que todo se acababa. La mujer se levantó con pesadez y con ayuda de un báculo comenzó una marcha entre las callejas aledañas. Hinata se debatía entre seguirla u olvidar aquella extraña experiencia. Pero negó con la cabeza, seguirla sería lo que alguien impulsivo haría. Alguien como Kiba. Se mordió el labio inferior. Ahora lo único que quería era volver a casa y tomar una deliciosa taza de té helado mientras hojeaba algún libro.

Cogió la mano de su hermana menor y ambas retomaron el camino sin rechistar de vuelta al hogar donde se esconderían hasta el atardecer y así continuar adaptándose a aquel nuevo entorno.

Sería interesante buscar información sobre los nómadas. Puede que ni siquiera existieran. Esos hombres especiales que tenían prohibido el paso dentro de las murallas.


N/A: Si os apetece, no os olvidéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que me hacen sonrojar y que agradeceré hasta la eternidad.

También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de chocolate :3

¡Muchísimas gracias por leer!

Hasta pronto.

PL.