Advertencias: Nada que declarar. Los personajes de Naruto no me pertenecen.
Las musas dicen que si no tengo helado de chocolate no vienen a visitarme y no puedo abusar. Por lo que la paciencia es una virtud que todos tenéis, no queráis lanzaros a mi cuello sin más, por favor.
A CHI, muchas gracias por el comentario y el apoyo ^^.
Muchas gracias a AcSwarovski por leerlo, corregirlo y darme su valiosa opinión.
También quería agradecer el voto de confianza a aquellas personas que lo han leído y además han dejado un comentario o lo ha añadido a favoritos o a alertas, no sé si os imagináis como me alegran.
Y por supuesto, muchas gracias por leer, espero que os guste.
PL.
3. Aquello que los libros esconden.
Volvía a casa al atardecer cargada de libros de la Biblioteca Nacional, lugar donde había pasado la mayor parte de su tiempo durante todas las semanas de los últimos dos meses. El primer tercio de la estancia en la nueva ciudad ya había curado las dudas y miedos primeros, dejando el gusto extraño de pensar que las cosas iban demasiado bien y puede que se alargaran más de lo previsto. Llevaba entre sus brazos tres volúmenes pesados que elegía al principio de cada semana para dedicarles tiempo de estudio, recorriendo la historia, la economía, la política, la sociedad y los cuentos de Suna.
Había encontrado referencias a los nómadas, por supuesto; pero, al mismo tiempo, seguían siendo un misterio a gritos entre las páginas, como un conocimiento presupuesto a todo aquel que se aventurara entre ellas, a la par que se negaban a transmitirlo.
Presentes y olvidados; ausentes y descritos. Etéreos y detallados. Estaban y no estaban. Flotaban a tu alrededor al cerrar los ojos, y al abrirlos se consumían en el calor asfixiante de la realidad.
Figuras que, de manera enmascarada, se colaban entre líneas para luego desaparecer sin dejar más que una palabra, un título, nobiliario quizá, extraño en el mejor de los casos, una serie de secretos escondidos en la arena, una sensación interminable de frío. En algún momento del pasado fueron reales, los anales de la historia lo dejaban claro. Una tribu de hombres que gobernaban las arenas del desierto, comandados por un líder al que seguían ciegamente, cuyas mujeres eran prisioneras del Kazekage para garantizarse su obediencia eterna. Y nada más. Eso era todo. No había más referencias exactas, aunque algo parecido, una idea similar surge al tratar guerras más recientes; en esos momentos se hablaba de los Hombres de Arena y de Moradores del Desierto, pero no había lugar a dudas que se referían a los mismos nómadas. Y luego, ese título que se repetía incansable y aislado entre las páginas a través del tiempo: Sabaku-san.
Señor del Desierto.
En un inicio, tiempo antes de comenzar a investigar más concienzudamente lo que en un primer instante había sido un juego para comprobar los cuentos de la anciana, Hinata intentó hablar de ello con su única conocida natural de Suna, Temari, una de las bibliotecarias e hija del Kazekage. Se presentaron en alguna aburrida, pero necesaria, cena formal de bienvenida donde Hanabi intentó amenizar la velada a su modo y se vio pillada por Temari antes de poder liberar a un par de sapos de una pequeña caja de madera. Como si de una situación cómica se tratara, aunque más bien era novedosa, la mujer de Suna llevó a la hermana pequeña ante la mayor y tras varias disculpas, ambas entablaron una curiosa conversación sobre hermanos menores y alborotadores. La cercanía en el trato, y lo directa que demostraba ser, incluso en aquella situación donde la diplomacia la marcaba la hipocresía, le atrajeron a Hinata destacándola como otro punto positivo del desierto. No cabe olvidar, que Hanabi se salió con la suya, y los dos pobres sapos recorrieron a sus anchas el salón del Kazekage.
Por su parte, Temari se encariñó a una velocidad vertiginosa no sólo con la tímida muchacha de palabras suaves, también con la alocada hermana menor acogiéndolas casi como si fueran familia. Siempre con esa sonrisa en la que demostraba que se había cansado de estar rodeada de hombres, y ellas eran el cambio que necesitaba en su vida. Dos muñecas con las que jugar y mantener «conversaciones de chicas».
La sorpresa fue a mayor e intensificó la relación entre las dos mayores cuando Hinata, en una de las visitas, la encontró en la biblioteca, trabajando. Desde entonces, entre tardes de té y café pasaban y analizaban aquellas lecturas que mejor le convenían para saciar la voraz curiosidad de la extranjera.
Una de esas tardes, Hinata se atrevió a preguntar por lo que sin darse cuenta se había convertido en una pequeña obsesión: los nómadas.
Entonces, se sentaron en una tetería cercana con sendos vasos de té. Hinata todavía no se había acostumbrado a tomarlo hirviendo, como la gente de allí hacia, mientras esperaba que se enfriara escuchaba a Temari quejarse del horario de trabajo y la «vieja arpía que tenía por supervisora».
Dejó que se desahogara con su sonrisa y terminara el té antes de abordar sus dudas. No quería entrar directamente en el tema en cuestión y pensó que la mejor aproximación era preguntar por la vieja que narraba cuentos en el mercado. Y con ello tuvo suerte.
—Temari-san —la mirada dura de la mujer rubia la asustó corrigiéndose en el instante—, Temari-chan, al poco de llegar fui con Hanabi-chan al mercado y vimos a una señora mayor contando cuentos del desierto, ¿la conoces?
—Por supuesto, es la vieja Chiyo. La primera mujer en entrar en el Congreso, tenía mucho poder, luego la mala suerte se cebó con su familia. Menos mal que se quedó ciega antes de ver a su nieto morir.
La mujer siempre había estado allí contando cuentos y leyendas que pasaban de una generación a otra de los habitantes del desierto, justo aquel conocimiento que los libros se negaban a plasmar en letras. Era cierto que a veces asustaba, como a ella, pero no representaba ningún tipo de agravio, ni sus palabras tenían más peso que el aire, le comentó entre sorbos del segundo té. Entonces decidió dar el siguiente paso.
—Hablaba de unos demonios del desierto de ¿moradores del desierto? Es un título con el que me he encontrado varias veces en los libros de Historia pero no logro entenderlo.
Nada más escuchar aquella fórmula, Temari cerró una de sus manos en un puño involuntariamente.
—Los Hombres de Rojo —murmuró tan bajo que apenas pudo discernir las sílabas.
Sí, ese también era otro de los términos para aquellos guerreros.
Temari no contestó al momento, parecía más bien que no quería hacerlo, y de la forma más educada que Hinata jamás le había escuchado evitó el tema. Con un mensaje bien claro, también era mejor que ella se olvidara de ello.
Hinata se mordió el labio nerviosa siguiendo su camino de vuelta, a pesar de ser tarde todavía hacia calor, todos los pueblos tenían secretos que no querían contar, y seguramente los nómadas pertenecían a la leyenda negra del desierto.
Si obviaba ese momento, como ya había visto, Temari había sido una gran ayuda para recorrer los estantes de saber de la biblioteca y aprender en el mínimo tiempo posible todos los datos que le desvelaban una nueva imagen del país y la ciudad que los había acogido con unos brazos demasiado cariñosos y abiertos.
Incluso podía comenzar a intuir por qué ellos, su familia, estaban allí. Pero, agitó la cabeza entrando a su habitación, no era el momento de pensar en ello. Es más, le daba miedo pensar en ello.
Dejó los libros sobre el escritorio y fue al lavabo del baño a refrescarse antes de bajar a la cocina por un té helado. Así se olvidaría de todo. Al volver a la habitación se cambió de ropa y miró de reojo los libros una vez más insegura. Esa tarde Temari no estaba en la biblioteca y los había elegido al azar, buscando toda aquella mitología que la otra no le dejaba leer. Negó con la cabeza y salió de la habitación dirección a la cocina.
Sirvió la tetera con cuidado, siguiendo las instrucciones de la cocinera que trabajaba en la casa, escuchando como el hielo se resquebrajaba ante el cambio brusco de temperatura.
Todavía le quedaba mucho para saber mezclar bien las hojas con el azúcar, aunque en realidad no estaba acostumbrada al té dulce típico de allí, Hinata siempre había preferido el sabor amargo y fuerte del que tomaba en Konoha.
Subió las escaleras con cuidado de no derramar el líquido y entró a su habitación cerrando la puerta con el pie. Dejó la tetera junto a sus cactus y desde el escritorio cogió su vaso y uno de los libros para dirigirse hacia aquel rincón que con cariño y cuidado había acomodado a sus intereses en esos meses.
Ahora no había un solo cactus, había podido trasplantar los hijos de la primera bola en otras dos macetas y parecían crecer adecuadamente. Sirvió té desde la distancia sobre el vaso y abrió las hojas de la ventana hacia el frescor nocturno. No se olvidó de ponerse una fina rebeca de algodón y ajustarla a su cintura, si se quedaba dormida, al menos, no cogería frío. Sin más, se dejó caer sobre los almohadones y abrió el primer libro sumergiéndose en la lectura.
La noche caía, las horas pasaban, la luna se elevaba serena sobre las casas vecinas llenando de luz el cielo oscuro. El candil con el que iluminaba su lectura titilaba a causa de la brisa que entraba a rachas por la ventana y eso provocaba que tuviera que forzar demasiado la vista. Una de las ráfagas lo apagó por completo, menos mal que la habitación seguía iluminada por el que estaba en el escritorio. Cerró el libro dejándolo caer a su lado, apuró el resto del té que quedaba frío en el vaso y suspiró plena. Era hora de dormir. Se levantó y apagó la otra luz, con la que entraba por la ventana a causa de la luna se podía discernir bien la estancia.
La luna llena atrajo su mirada; mientras cerraba la ventana dejó que su imaginación volara libre por las siluetas de los edificios vecinos, de las lejanas murallas y con una sonrisa pudo conjeturar una sombra perfilada de persona sobre uno de los tejados. Un centinela de la noche que no pertenecía a la ciudad. Una estatua de piedra protectora, guardián del tiempo y las arenas. Un Hombre de Rojo serio ante la noche, un señor del desierto, poderoso conocedor de todo lo que había más allá de la ciudad y la imaginación.
Notó como su corazón se aceleraba y su mano sobre la hoja de la ventana temblaba, aquel frenesí irreal absorbiendo su mente y su cuerpo en una espiral imparable. Cerró los ojos agitando con brusquedad la cabeza.
Temari tenía razón, tenía que dejar de leer cuentos antes de que perdiera la cordura. Sería el calor. O los demonios de la arena que la tentaban. Esos malditos seres que, según había leído, atraían a los viajeros perdidos con los espejismos hasta hacer que la sed los consumiera.
Ella no estaba en el desierto, ni siquiera tenía sed. Sólo era su desbordante imaginación buscando una escapatoria a la aburrida rutina. Y por supuesto no eran demonios. No existían.
Bajó la mano hasta acariciar una de las púas de los cactus. Sonrió segura de que al menos no podían entrar, ellos la protegerían según las leyendas.
N/A: Lo siento, sé que es un poco corto, intentaré que el próximo sea algo más extenso. Si os apetece, no os olvidéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que me hacen sonrojar y que agradeceré hasta la eternidad.
También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de chocolate :3
¡Muchísimas gracias por leer!
Hasta pronto.
PL.
