Advertencias: Los personajes de Naruto no me pertenecen. También que la próxima actualización tardará algo más de lo normal, lo siento u.u
A Vali: muchas gracias por el review :) Sí, es algo lento, pero también me gusta usar los primeros capítulos para crear toda la situación y dar los datos; espero que a partir de ahora pueda ir la trama más rápida. Gracias y espero que te guste el capítulo. Un saludo.
Sin más:
4. Aquello que debes prometer.
—No esperábamos tu regreso tan pronto —Temari estaba tras el despacho de su padre con aire desconfiado.
Las manos enlazadas en el aire, la mirada fija sobre un punto de la estantería de pared de enfrente. Su voz mantenía un tono neutral que sus nudillos pálidos, por el esfuerzo de contenerse, contradecían de manera absoluta. Podía ver cómo le disfrutaba de la situación en la que le había puesto, incorregible. Nunca era buena señal que él apareciera de improvisto en la ciudad, y aquella ocasión, más delicada si cabía, no era diferente.
—Quiero verlo con mis propios ojos —su voz grave agitó el aire de manera autoritaria.
La rubia sonrió, no esperaba excusa alguna ni palabras que se llevara el aire por parte de su hermano pequeño, directo al grano. Conciso. Absoluto. Como siempre había sido, e imposible de predecir.
—No hay problema —podía leer la perversidad pintada en sus ojos verdes tan diferentes a años atrás—, acude a la cena de esta noche y podrás comprobarlo.
Sopesó un momento con los ojos cerrados la idea de presentarse en un acto social de carácter diplomático. De actuar según un código que abandonó años atrás y para el que no tenía buenas palabras. Ella quería jugar con él ahora, y no podía permitirse perder autoridad aunque no estuviera en tu territorio. No estaba acostumbrado a que no se siguieran sus órdenes.
—¿Dónde está Kankuro?
—Terminando el papeleo retrasado, ya sabes cómo es. Todo para el último momento —ninguno de los dos pudo controlar la sonrisa que peleaba por escapar—. Entonces, ¿qué me dices, Gaara?
—No tengo muchas opciones —se levantó y se sacudió un invisible polvo de sus extrañas vestiduras de un rojo oscuro apagado.
Temari se levantó y se acercó hasta la puerta, la cual abrió e invitó a su hermano menor a salir. Lo antes posible, si tenía suerte, pero aún a tiempo de soltarle otra pequeña puñalada de estrés acumulado.
—Espero no tener que recordarte cómo debes comportarte.
—Sólo acudo para comprobar qué existen. Puede que no me veas. Puede que no aparezca.
—Gaara… —Le amenazó silenciosamente.
No surtió efecto alguno.
Salió del despacho con una mueca de superioridad pintada en la cara. Estaría allí y sabría comportarse. Temari movió cansada la cabeza, no tenía remedio, y en parte todo era culpa de la tradición y la familia.
Su paso seguro y sigiloso contra la piedra del suelo de la edificación destilaba poder. Ese poder que le fue concedido y que el desierto había pulido con el tiempo. Apretó un puño cansado, preguntándose otra vez si había merecido la pena volver a la ciudad. No, por supuesto que no.
Era algo que podía haber investigado desde la oscuridad de la noche, sin necesidad de comunicárselo a nadie. Sonrió. Incluso podría haberse metido en su habitación, y en caso de que fuera mentira, acabar con el problema de raíz.
Pero la ciudad no era el desierto y las leyes que regían uno carecían de validez en el otro entorno. Una vez dentro de esas murallas, debía acatar las formas que se imponían. Ahora su voz no era la ley; aunque él fuera el hijo del desierto, señor y dueño de las dunas; amo de sus misterios y el guardián de sus tesoros y noches; allí, debía someterse a una reglas extrañas que no se basaban en el honor ni en la sabiduría del pasado y la naturaleza.
¿Quiénes eran los verdaderos monstruos?
¿Los ciudadanos o los fantasmas?
Se sentó sobre el alfeizar interior de la ventana cerrada, junto a una extranjera planta verde propia de climas húmedos, la habitación estaba a oscuras, a un lado una vieja cama y al otro un escritorio; por lo demás era una sala desierta, vacía pero llena de recuerdos. De cuando era pequeño, de un tiempo en el que sí se consideraba hijo de su padre…
Su refugio antes de que todo explotara.
No evitó una extraña mueca peligrosa, antes de encontrar su lugar. Ahora era respetado por sus hombres, su palabra, escuchada y no sólo por quien era. Gaara subió la mano inconsciente en un gesto de dolor hasta su frente, hasta acariciar aquella palabra grabada por la arena sobre su piel: amor. Algo que sí le había dado el Desierto.
Interrumpió sus pensamientos un sirviente con una bandeja de té. Dejó el vaso de cristal a su lado, procedió a dejar unas hojas verdes de menta en el fondo y vertió el líquido dorado desde una altura considerable. El suave sonido arrullador era lo único que rompía el silencio, la espuma que se formaba en el borde y las gotas que salpicaban contra todo. Repitió la acción varias veces hasta que el líquido tomó un tono caramelo consistente. Luego se marchó.
El suave aroma de la menta comenzó a emanar a su lado, ese olor propio de su tierra, de bienvenida. Aspiró diferenciando cada pequeño matiz, la menta, el azúcar, el té verde, el agua de los pozos, la tetera, el fuego, la madera, …
Volvió a abrir los ojos, definitivamente estaba en casa. Cogió el vaso y lo vertió sobre la planta de anchas hojas verdes que no tardó en perder el color, y finalmente marchitarse dos horas después.
—La misma bienvenida de siempre.
—Creía que sólo tenías un hermano —masculló Hinata sin dejar de mirar sus manos en su regazo, la ocasión pedía comportarse delicadamente, pero eso no evitaba que la anfitriona aprovechara para soltar toda su furia.
—No suele estar por la ciudad, afortunadamente —le respondió hastiada.
La primera sonrió divertida tras su mano, provocando un mohín de aburrimiento en la segunda. Luego volvió a agachar la cabeza y observó de reojo a Temari, comiéndose con los ojos desde la distancia a uno de los enviados de la embajada de Konoha, un viejo amigo suyo y compañero de clase: Shikamaru Nara.
—Ni se te ocurra abrir la boca, ojos raros.
—Pero tú sí podrías hablar con él.
—No quiero que sea amable conmigo.
—No lo va a ser —le respondió sin mediar un segundo, la misma conversación de siempre—. Y tú tampoco te sueles cortar tanto, Temari-chan.
—Estamos hablando de una cuestión internacional.
—Tú haces una «cuestión internacional» —se ayudó de las manos para darle intensidad a su excusa saltándose todo protocolo— de todo lo que no te gusta o temes.
—De ti, no.
—Yo no te doy miedo, y además te gusto mucho. Yo y Hanabi-chan. Y si mi hermana no podría provocar por sí sola una cuestión internacional, al menos sí es un desastre natural en potencia.
—Es imposible discutir contigo, Hinata.
—Gracias —murmuró volviendo a ser la tímida muñeca de porcelana que debía ser—. Pero volvamos con el tema principal, tu nuevo hermano.
—¿Mucho interés?
Lo consiguió, sonrió ganadora, había conseguido que se sonrojara hasta límites increíbles de vergüenza y por consiguiente se callaría dejando el tema zanjado. Lo último que quería hablar con Hinata era de Gaara. Sobre todo cuando ella era, principalmente, la razón por la que él había vuelto a la ciudad. Técnicamente, sería toda la familia, todos tenían esos ojos blancos, pero Temari lo intuía, era ella.
—Joder —maldijo llamando la atención de varios invitados—. Nunca le pregunté a qué venía todo el interés.
Tras ello, y sin despedirse ni disculparse, se levantó de su asiento y comenzó a buscarle entre los invitados.
Hinata se encogió de hombros conociendo demasiado bien a su amiga; pero ahora se había quedado sola ante tanto peligro. Por una vez que necesitaba que Hanabi fuera, prefirió quedarse en casa, algo peor se traería entre manos, pensó cerrando los ojos al barullo. Se sentía algo mareada ante la algarabía tranquila de vestidos de raso y corbatas de seda; tras suspirar cogiendo fuerzas, se levantó buscando algo que llevarse a los labios, a medio camino se encontró con su viejo compañero de aula, aparentemente tan aburrido como ella y que no dudó en acompañarla hasta la barra.
—Malditos todos los eventos sociales con corbata que existan, hayan existidos y existirán. —Brindaron.
—Pero Temari-chan está y eso ayuda mucho. —Le contestó guiñándole un ojo.
Ante el gesto, Shikamaru Nara solo se pasó una mano por el cabello hasta llegar a la coleta suspirando.
—Sabía que eras perspicaz, pero no te recordaba tan directa, al menos no en clase.
—No lo era —contestó en un susurro.
—El desierto cambia a la gente, afortunadamente —contestó por ella, excusándose el también entre esas palabras—. ¿Y dónde está la rubia problemática?
—Creo que fue a buscar a su hermano pequeño.
—¿Kankuro? —Comenzó a buscarlo con la mirada.
—No, otro más pequeño.
—¿Otro? —Hinata asintió acompañándole en su sorpresa.
La llamada para acudir a la mesa la realizó el mismo Kazekage, todos los invitados tomaron el camino hasta la sala contigua envueltos en el suave murmullo de conversaciones políticas y económicas que acompañaban siempre ese ambiente y al sentarse en la mesa desaparecerían hasta después de cenar. Shikamaru la dejó pasar con un gesto de la mano primero, pero Hinata no llegó a la puerta que daba al pasillo y que finalmente conducía a las mesas dónde se desarrollaría la cena. Temari tiraba de su brazo hacia un lateral, escondida tras una pesada cortina cerrada, podía ver en sus ojos que algo no iba bien.
—Hinata prométeme que no te quedarás a sola con él.
Su voz no estaba temblando, el miedo lo desprendían sus palabras, sus manos, sus manos aferradas a sus antebrazos. Nunca había visto a Temari así.
—¿Con quién? —murmuró intentando tranquilizarla—. Temari-chan, por favor, cálmate, respira, no pasa nada.
—¡Sí pasará! —respondió aún más alterada.
—Temari-chan…
La mujer la soltó haciendo gestos intranquilos, casi acompasando la respiración, dándole vueltas a la situación, quizá Hinata tuviera razón, pensando bien, podría tenerla, nada tendría que pasar. No allí. Aquí en la ciudad no podía hacer nada. Pero sus palabras volvieron a su mente: «la he visto y es ella» le había dicho lleno de seguridad. No quería saber a qué se refería, no quería saber nada más porque no habría nada más. Él no se acercaría a Hinata, él no tenía poder dentro de las murallas para hacer nada.
—Aun así, promételo Hinata, no te quedarás a sola con Gaara, ni le mirarás, ni le hablarás, ni tendrás contacto alguno con él.
—Claro, Temari-chan, lo que tú digas.
Si ese Gaara había conseguido alterar de tal manera a la siempre poderosa Temari… Un escalofrío recorrió su espalda. No quería saber cómo había conseguido tal efecto. Y por supuesto no quería acercarse a él.
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También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de chocolate :3
¡Muchísimas gracias por leer!
Hasta pronto.
PL.
