Advertencias: Los personajes de Naruto no me pertenecen.

¡Por fin! Bueno, como recompensa por la espera, el capítulo es más largo ;) Y antes de nada, intentaré subir el próximo la semana que viene, en serio, lo prometo.

Muchas gracias a mi Beta AcSwarovski por leerlo, corregirlo y darme su valiosa opinión.

También me gustaría mencionar a lady-darkness-chan, Winter Lantern y RukiaNeechan, os quiero chicas :)


5. Aquello que es inevitable.


Ambas mujeres entraron a la gran sala donde se serviría la cena. Al ser las últimas llamaron la atención de todos los comensales. Se dirigieron a la mesa presidencial entre susurros discutibles pero Temari era la hija del Kazekage y Hinata, invitada del mismo.

La sala era espaciosa de techo alto abovedado, bien iluminada con candelabros y escasa decoración, nada más allá de las mesas vestidas de mantelería fina en tonos ocres, pero sin ventanas, ni más entradas o salidas que la puerta por la que habían accedido. En algún momento pasado tuvo que ser un refugio cavado en la arena para los residentes de la casa del Kazekage. O un almacén.

El aire comenzaba a viciarse por la mezcla de aromas: comidas, personas, perfumes caros, … A ello se sumaba el ruido habitual de la charla discernida entre los invitados, más la música olvidada que un cuarteto de cuerda emitía desde un rincón no muy escondido, no muy a la vista.

Hinata no se encontraba bien, tan sólo seguía los pasos de la mayor como la res que se dirige al matadero. La cabeza le iba a estallar, si ya de por sí ese no era su hábitat natural, la escena que acababa de vivir con Temari no ayudaba a sentirse cómoda. Había aceptado muy rápidamente todo lo que le dijo, pero ¿y si no tenía otra opción?

¿Quién era él? ¿Quién era Gaara? ¿Cómo lo iba a identificar? ¿Qué era lo que pasaba? ¿Por qué era importante estar alejada de él? ¿Y cómo iba a mantenerse alejada de él? El torrente de incansables preguntas se formaban sin apenas dejarle tiempo a contestarlas. Algunas eran más sencillas, otras seguían dando vueltas en su mente, incrementando la sensación de vértigo.

Supuso que Gaara debía ser ese desconocido hermano de Temari del quien acababa de tener noticias, y seguramente por su situación en la mesa le reconocería. Debería estar cerca de los otros hermanos, quizá a un lado de Temari; en el peor de los casos, estaría sentado a su lado. Se mordió el labio inferior en gesto nervioso, había algo entre oscuro y peligroso que rodeaba la situación que no la terminaba de convencer; pero al mismo tiempo se sentía como una adolescente a punto de abrir una carta sin remitente. Como aquella primera vez que encontró una referencia a los nómadas entre los libros de Historia.

Un esbozo de sonrisa escapó de sus labios mientras negaba levemente con la cabeza, en parte regañándose y queriendo alejar todos los pensamientos, ahora tocaba trabajar y ser la hija perfecta del clan Hyuuga.

Dos sillas vacías esperaban cerca de la cabecera de la mesa. A la izquierda del Kazekage y frente a Kankuro, el asiento de Temari; entre Kankuro y Shikamaru, el de Hinata.

Kankuro la esperaba con su silla retirada para ayudarla a sentarse. Con un vistazo rápido se podía comprobar que todo iba mal, tampoco parecía muy feliz en la situación que se encontraban. Hinata se sorprendió, el siempre amigo de las fiestas Kankuro, ni siquiera había probado una gota de alcohol.

Sólo tuvo una mínima oportunidad de ojear al desconocido que había hecho el mismo gesto por Temari, Gaara, supuso, antes de sentarse. Un hombre alto, desgarbado, pálido y pelirrojo. Definitivamente no era un hombre del desierto. No podía serlo.

Hyuuga-san, es un placer que haya podido acompañarnos esta noche en nombre de su familia.

El placer es mío, Kazekage-sama contestó en un delicado susurro—. Así mismo le pido disculpa en nombre de mi padre que no ha podido asistir.

Una lástima comentó de manera educada siguiendo el protocolo habitual—. Aunque no negaré que me complace más tenerla a usted que a su padre.

Hinata decidió callarse mientras se sonrojaba furiosamente, incapaz de levantar la mirada del plato. Tan sólo había sido una broma de cortesía.

El desfile del servicio comenzó con la parsimonia habitual acompañada del mínimo tintineo entre metal y cristal de las mesas. Al olor de la sala ahora se le unía el agradable aroma de las especialidades de la tierra, los dátiles, las especias, los asados de cordero, la menta, el azafrán que teñía todo del mismo color que los amaneceres del desierto, el pimentón rojizo como las arenas del desierto al anochecer. Todas aquellas tonalidades que guardaba la tierra y en pocas ocasiones se dejaba ver a ojos extranjeros. Todo aquello sobre lo que llevaba meses leyendo se desplegó en cuestión de minutos ante sus ojos, el desierto se dibujaba a la perfección más allá del mantel, en ondas de arenas y dunas tan altas que pretendían llegar a las estrellas. El color apagado de la noche, el cielo cerrado. El desierto.

Por un segundo, no segura de cuándo fue, Hinata cerró los ojos apretando la servilleta con fuerza en su regazo. Aspiró intentando mantener la calma.

El dulzor se mezclaba con el quemazón de respirar algunas de las especias más fuertes; también la carne dorada al horno, las verduras aderezadas con miel, todo la transportaba al mercado en aquella mañana que fue con su hermana. Ahora no sentía el calor, y la ropa era incómoda en comparación con la de aquel día, sentía que su hermana se había multiplicado en decenas y recorría toda la estancia cargando el ambiente ruidoso. Una voz sobre todas volvía de su subconsciente, aquella vieja volvía a su mente.

Por un segundo dejó de oír el ruido, y parte del aire le faltaba. Sabía que el color se le iba, se mareaba, sentía un vacío formarse en su cabeza, mientras rescataba algunas palabras de ese día: a los demonios sólo el agua los atrapa.

¿Hinata, te encuentras bien?

Parpadeó un par de veces buscando de dónde provenía la voz. Las calles en su mente se consumieron en el negro antes de que la sala de cena volviera a ocupar la realidad. Con su ruido, sus olores y sus colores.

Sí, disculpa, Shikamaru-san, me encuentro bien le respondió con su mejor sonrisa.

No lo parece, Hyuuga-san.

Por un segundo su pulso se aceleró. Podía sentir la mirada de todos fijos en ellos, como una silenciosa burbuja comenzaba a envolver la mesa deteniendo todo a su alrededor.

Había sido un susurro oscuro, grave, atorciopelado que la golpeó de manera inconsciente, y que no tuvo tiempo de apreciar, Temari retomaba la conversación sobre el incremento del comercio de especias con Konoha a cambio de medicinas.

Poco después Shikamaru la siguió y el propio Kazekage se unió a la conversación. Kankuro parecía mantenerse al margen, clavando la mirada en el otro hermano, mientras peleaba con parte de su comida.

No se encontraba en condiciones de entrar en la conversación, a pesar de que Temari pedía su confirmación en algunos aspectos, que daba ausente.

Todavía estaba intentando que su pulso volviera a la normalidad. Y luego, luego estaba aquella voz. Hinata elevó los ojos de su plato todavía lleno, permitiéndose observarle de reojo. Sí, era bastante pálido para vivir en el desierto, quizá actuaba como embajador en algún otro país y por eso apenas lo veían sus hermanos; tenía unas manos cuidadas, con uñas cortadas al ras y dedos finos y largos. Era delgado, con cuello firme y rostro ovalado. El cabello corto rojo apagado parecía fiero e indomable, como el fuego, quizá quemara, quizá era áspero. Hinata se preguntó si aquello no era más que su propio sistema de defensa ante ese hombre, queriendo que no pensar en todo lo que deseaba acariciarlo, enterrar sus dedos entre aquellas hebras rojas. Tragó con dificultad antes de subir hasta sus ojos pasando por su tersa piel.

Unos ojos atormentados por la marca negra del cansancio, de un color verdoso que te transportaba al lejano océano en mitad de una tormenta diurna.

Y que en ese momento estaban fijos en ella.

Al sentirse descubierta en su aventura descubridora se ruborizó y bajó rápida la mirada hasta el plato, pero no se le escapó la mueca maliciosa que adornó sus finos labios. Lo que fuera, Hinata le había complacido.

Nunca pensó que el desierto y el océano fueran tan parecidos, tan peligrosos, igual de misteriosos. Tan cercanos.

Retiraron los platos de la comida antes de que hubiera podido probarla, y Temari volvió a captar su atención sobre algunos detalles de las nuevas medicinas que su familia importaba.

Todo depende de los estudios que estamos llevando a cabo de las propiedades de la raíz, cuando esté listo, entonces podremos hablar de nuevas aplicaciones. Pero creemos que servirá para varios fármacos especializados en la irritación de la piel y quemaduras graves explicó al Kazekage sin apenas levantar la mirada de su regazo.

Entonces estaremos esperando resultados pronto, con la arena son bastante comunes.

Le mantendremos al tanto de todo, Kazekage-sama.

El hombre asintió satisfecho. Con ello, dejó la servilleta sobre la mesa y se levantó de su asiento llamando la atención de todos los invitados. La cena se daba por finalizada.

Poco a poco, y tras el hombre importante, los demás fueron dejando las mesas y saliendo del comedor, ahora la comitiva se dirigía por entre los pasillos del edificio hacia una segunda planta, a otra habitación diferente. Igual de amplia, esta vez, presentaba un decorado ostentoso en artesanía y telas. La música baja era típica de la tierra en saltos de alegre tañir, los cojines abundaban por la estancia, y los camareros pasaban ahora con bebidas de alta gradación alcohólica.

Según todo protocolo, la hora de los negocios había comenzado.

Sola, se quedó fija primero admirando la belleza de los techos de la nueva sala, las celosías de las ventanas, algunas plantas verdes daban sensación de frescor.

Cogió una copa de champagne cuando un camarero se la ofreció, todo el mundo parecía demasiado ocupado para verla afortunadamente. Sonrió. Dio un pequeño sorbo y en tímidos pasos se dirigió a lo que más le llamaba la atención de aquella sala: el balcón.

Era amplio, el suelo blanco durante el día tendría que ser una trampa para los ojos, pero por la noche, rodeado de la oscuridad del cielo se veía como otra luna compitiendo con la del cielo. Se acercó a la baranda y dejó la copa sobre la piedra. Justo debajo de ellos se extendían las calles oscuras de la ciudad. Cerró los ojos y sintió la leve caricia del aire fresco sobre su piel hasta que un escalofrío recorrió su espalda.

No sabía porqué, pero algo le decía que abriera los ojos y corriera. Pero sus pies preferían quedarse fijos en el lugar. En un gesto lento volvió la cabeza hacia la izquierda chocando sus ojos contra los de él.

Gaara.

Me tienes miedo afirmó con aquella oscura voz—. Y haces bien, Hinata.

Incapaz de emitir sonido, sólo bajó la mirada, quizá así recuperara fuerzas, al menos para hablar.

Creo que no he tenido el placer de ser presentada murmuró lo más cortés posible.

No, no hemos tenido ese placer. Le devolvió el susurro cercano.

Ella se sobresaltó. Esa misma voz que le decía que huyera se intensificó al notarle tan próximo, a penas unos centímetros les separaban. En un gesto absurdo dio un paso atrás y miró hacia el interior de la sala, ninguno de sus amigos estaba a la vista.

Nadie vendrá a salvarte había dado otro paso hacia ella—, Hinata.

¿Quién eres? Prefirió girarse hacia la baranda usando un pequeño hilo de voz.

No hagas preguntas estúpidas respondió algo más brusco sobre su oído.

¿Qu-qué deseas? Inconscientemente comenzó a tartamudear intentado buscar de nuevo una distancia entre ambos.

Vete. Mañana será un día largo.

Sus ojos se clavaron sobre ella, en cierto modo la sensación de miedo seguía presente, supuso que era por su cercanía, tenía la mirada firme y segura, autoritaria, estaba acostumbrado a que su palabra fuera la ley, y ella no pensaba llevarle la contraria. Quizá ahí estaba el peligro del que Temari hablaba, de todas formas no iba a averiguarlo. Tampoco le gustaba estar allí.

Vete Hinata, y no olvides despedirte de los tuyos. Fueron sus últimas palabras cuando ya comenzaba a salir del balcón.

Volvió la vista atrás, allí estaba, recostado contra la baranda, mirándola fijamente, vestido de rojo oscuro como su cabello, elevando la copa de ella para luego beber en un brindis terrorífico.

Buenas noches. Fue incapaz de deshacerse de los buenos modales, luego volvió a la habitación.

Gaara la persiguió con los ojos entre la multitud, siguiendo cada paso que daba, viendo como se despedía de sus hermanos y del embajador de Konoha hasta luego desaparecer.

Sólo entonces se permitió sonreír con satisfacción. Dio otro sorbo a la copa y la dejó caer por el balcón.

Qué has hecho. Acababa de llegar la tormenta de arena.

Su hermana era tan predecible como los fenómenos del desierto.

Ella me pertenece por ley. Notaba como el enfado de la mujer aumentaba—. Y yo siempre me llevo lo que me pertenece.

¿Qué estás diciendo, Gaara? Le detuvo por los hombros, sin lugar a dudas ella era su hermana, la única persona capaz de tratarle como un igual¿Acaso quieres crear un conflicto internacional?

Miró de soslayo su hombro, elevando una inexistente ceja, hasta que ella apartó las manos. Luego volvió a fruncir el ceño cansado de tantos problemas, él era un hombre del desierto, lo que pasara entre los países era cosa de otros.

No sabes lo que estás haciendo, no eres consciente de las consecuencias. Gaara elevó una mano haciéndola callar.

Mañana Hinata será una hija del desierto.


N/A: ¿Qué querrá Gaara? Y no, eso que hay en el aire no es amor, son granos de arena, cuidado que irritan la piel.

Si os apetece, no os olvidéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que me hacen sonrojar y que agradeceré hasta la eternidad.

También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de chocolate :3

¡Muchísimas gracias por leer!

Hasta pronto.

PL.