Advertencias: Los personajes de Naruto no me pertenecen. Este capítulo es un poco más denso, pero hay dos razones que requieren un poco de tiempo, una es hacer a Hinata más decidida y la otra es que Gaara no puede "entrar a matar" directamente ;)

Muchas gracias a mi Beta AcSwarovski por leerlo, corregirlo y darme su valiosa opinión.

Lamento haber estado un poco perdida. Sin más:


7. Aquello que sucede al anochecer


—Qué significa esto.

Le lanzó el libro que cayó a pocos pasos de la ventana en la que él estaba sentado. Temari se cruzó de brazos impaciente por una respuesta, un algo, que sabía por experiencia que nunca llegaría.

Aguantó estoica la mirada áspera que le dedicó hasta que volviera a ignorarla. Por un segundo recordando que ante el desierto, los lazos de sangre que ellos compartían dejaron de tener valor tiempo atrás, y si seguía respetándola, era porque a él le convenía. Y así debía seguir siendo si quería sobrevivir en ese mundo de políticas con su hermano de aliado, podría ser ella quien sucediera a su padre en el poder de Suna.

Temari agitó la cabeza, era otra cuestión la que tenía que resolver en ese instante y de la que también podría obtener beneficios.

—Sé que tú se lo diste. Hinata me lo confirmó por si hubiera alguna duda.

Otra vez aquellos ojos agua marina se posaban furiosos sobre ella, fríos, atormentados, poderosos. Gaara estaba acostumbrado a someter a todo hombre con una simple mirada.

Además de las historias que le precedían.

Y pocos sabían cuán ciertas o falsas eran. Temari se mordió el labio bajando los ojos y admitiendo su derrota, ella sí conocía la verdadera naturaleza de su hermano. Por qué estaba exiliado en el desierto. Lo último que quería era que Hinata se convirtiera en un peón más de la guerra.

—Explícame al menos por qué quieres que ella sea tu mujer.

—Mis razones son sólo mías.


Abrió las hojas de la ventana hacia fuera y las sujetó con las tiras de tela para que no las batiera la corriente. Recogió las piernas contra su pecho intranquila al acomodarse entre los cojines esperando que el frío viento nocturno cambiara pronto el viciado calor diurno y eso le permitiera dormir, o al menos descansar.

Era tarde para bajar a las cocinas a por té sin molestar ni despertar a nadie del servicio; pero parecía pronto para que el sueño la visitara.

Al final volvió de la biblioteca con las manos vacías y no tenía ningún libro por la habitación que leer. Acercó la mirada al paisaje de la ventana, tan conocido ahora, a todos aquellos detalles de entramado de tejados que se dibujaban contra el brillo de los últimos rayos de sol que pintaba el cielo en un tono morado y azulón.

Pudo suspirar por un momento sintiendo como sus músculos se relajaban. Llevaba todo el día en tensión; no, desde que el hermano de Temari apareció en Suna.

El misterioso y peligroso Gaara. Como si su vida de pronto tomara tintes de novela, se estaba viendo envuelta en un misterio antiguo que decidió investigar y justo tras ello aparece un hombre que no debía recorrer las calles de la ciudad buscándola a ella. A ella que jamás debió pisar Suna, todo había sido el destino o la su suerte que la llevó al país del desierto.

—Si ya en Konoha tenía problemas... Debo tener muy mala suerte.

Se giró hacia la ventana, donde los cactus estaban, recordando que según las leyendas locales ellos traían buenaventura a los desafortunados y sobre todo, protección.

—Vosotros me protegeréis del demonio, ¿verdad? —Susurró con una sonrisa acariciando las púas de uno de los cactus.

La noche se cerraba, la luna decreciente asomaba sobre los tejados, las puertas de la ciudad cerradas… Todo se presentaba como el escenario perfecto para que él apareciera, y no la defraudó.

Gaara, un posible demonio del desierto, atractivo y atrayente para que cuando fueras capaz de salir de su embrujo fuera demasiado tarde y ya estuvieras atrapada en su trampa. Así se sentía Hinata, a pesar de las advertencias de Temari; aunque ahora fuera consciente de ello, algo le impedía desprenderse de su maleficio.

Allí, sobre el alfeizar de la ventana se recortaba imperiosa la silueta del hombre en la penumbra de la habitación. No sabía si sentirse asustada, en cierto modo estaba pasando justo lo que ella quería que sucediera; por otro lado, aquello no tenía lógica.

Ese escalofrío ya conocido por Hinata al tenerle cerca hizo que hundiera su espalda contra los cojines, aun incapaz de apartar los ojos de él, de la cabellera alborotada, del cuello y hombros tensos, podía apostar a que tenía los brazos cruzados, su cintura, hasta ambos pies entre los cactus. El demonio del desierto dispuesto a llevarla por algún camino remoto hasta cansarla y entonces abandonarla a su suerte mientras se reía. Hinata era consciente de ello, pero dentro de ella había algo más, una pequeña fuente de valor y la tentación del miedo. Gaara despertaba sin lugar a dudas una parte de su ser que no conocía.

Como una corta mueca de superioridad sonó un gruñido masculino antes de decir nada. La estaba observando desde la altura, encogida a sus pies, pareciéndole todo demasiado fácil. Podía ver en sus ojos el conocido terror que todos le procesaban, podía oler su miedo. Pero había ese toque de irreverencia en sus labios, ese algo que aún le atraía a jugar más con ella y no hacer lo que por derecho podría hacer sin más.

—Si fuera un demonio tus plantas me atraparían… —En un elegante salto cruzó el umbral de la ventana hasta tocar el suelo de la habitación—. Lástima que solo sean habladurías.

Era inconsciente, no sabía por qué no podía controlar su cuerpo, el frío que se extendía por su piel hasta congelar su cerebro ante sus palabras, paralizando su pensamiento. Intentaba esconderse más contra los cojines, sin saber por qué. Él alargó la mano hasta rozar su mejilla. Nada más, ni siquiera lo sintió de la tensión que recorría su cuerpo.

—¿Por qué?

Sería un susurro, o quizá su imaginación. Pero Gaara parecía que sí lo había escuchado. Puede que él comenzara a darle alguna respuesta, o estuviera callado. Hinata no lo sabía, no podía saberlo. En algún momento su respiración se aceleró y antes de darse cuenta la vista comenzaba a nublarse.

—¡Compórtate, mujer!

Eso era. Cerró los ojos blancos y agitó la cabeza recuperando el calor de su cuerpo. Tenía que sobreponerse a ese miedo costara lo que le costara. Además, que mejor momento que ese en el que él estaba en su terreno por primera vez. Debía ser ella quien cambiara su suerte, quien se protegiera a sí misma. En un amago de gemido, olvidó que nadie más en esa casa lo haría.

—¿Qué haces aquí?

Sería un susurro al principio algo temblón, pero lo suficientemente valiente como para arrancarle una mueca de satisfacción. Aquella suave voz intentando sonar fuerte. Sí, justo ahí estaba la razón de la caza que comenzó gracias a su hermana.

—El libro —se lo tendió.

Los ojos blancos de Hinata volvieron a pintarse de temor al verlo, apareció como un relámpago y podía ver cómo se disolvía poco a poco, a la par que ella cogía fuerza otra vez para hablar. Él dejó el libro sobre el alfeizar de la ventana.

—¿Quieres que sea… —A medida que decía cada sílaba su sonrojo aumentaba hasta el punto que su lengua se trabó imposibilitando que saliera la última palabra maldita— tu…?

Gaara no tenía paciencia, ni tiempo, para esperar a que ella se decidiera a hablar, apretó sus brazos cruzados y chasqueó la lengua.

—No quiero nada. Ya tengo todo lo que quiero.

Quizá la sorpresa de sus palabras que no lograba entender crearon la atmósfera que ella necesitaba. Los hombros de Hinata se relajaron por primera vez mientas con la cabeza curiosa elevaba la vista hacia él, incluso olvidándose del miedo.

—No le entiendo, Gaara-san —luchaba por mantener el código de respeto, algo que a él le hizo gracia.

Frunció el ceño avanzando sobre ella. Dentro de él un descontrol de algo que no conocía se movía apretando los músculos de manera viciosa. Sin pensarlo se hincó de rodillas apresando sus piernas y apoyó ambas manos contra la pared acorralándola. Ahí estaba, Gaara sonrió. El miedo volvía a sus ojos. Y la paz a su interior. Puede que sí fuera fácil.

Sin lugar a dudas ella era la elegida. Sólo una mujer podría alterar tanto la estabilidad del desierto.

—Soy el señor de esta tierra y no hay nada aquí que esté fuera de mi alcance, ¿entendido?

Hinata asintió levemente con la cabeza temerosa de perder el contacto que sus pupilas hechizantes ejercían. Estaba demasiado cerca, excesivamente cerca para su propio bien, notaba como la sangre se le acumulaba en las mejillas, seguro daba la imagen de una pequeña ratita atrapada en la más simple de las trampas sin salida posible. Aún así, algo dentro de ella la obligaba a seguir preguntando, no era curiosidad, sino la única forma que en ese momento parecía darle una tregua antes de que él diera otro paso más.

—¿Qué… Qué quieres decir con el señor de esta tierra? —Todas las ideas que cruzaban la mente de Hinata la llevaban irremediablemente a sus pequeñas investigaciones, a la vieja Chiyo de un modo u otro.

Palabras llenas de un dulce veneno a sus oídos. Gaara no podía pensar a qué se debía la satisfacción que le producía escuchar de sus labios aquel título al que tiempo atrás le desterraron. Casi podía sentir que su pasado y su presente se conciliaban bajo la seda de su voz. Aquello que le estaba prohibido.

Una punzada de dolor atravesó su frente como un relámpago, obligándole a llevarse una mano hacia el lóbulo derecho.

Hinata dudó. Un solo segundo antes de elevar también la mano sobre la de él.

—¿Se encuentra bien, Gaara-san?

Un gruñido bajo fue la respuesta. Olvidado quedaba que él era un extraño que acababa de entrar por la ventana a su habitación en mitad de la oscura noche del desierto.

—Esto es por tu culpa.

Su voz grave fue suficiente para devolver a Hinata a la realidad. Olvidó por completo el miedo y el recato.

—¿Mi culpa?

—¡Sí, mujer!

—Entras en mi casa, me llevas acosando todos estos días y ¿ahora dices que esto es culpa mía? —Apenas fue un susurro que escondía una pequeña llama de valor.

—¡Cállate! —Rugió poniendo aire entre ambos.

Hinata volvió a encogerse contra la pared, entonces se dio cuenta, ¿cómo es que nadie había acudido a su habitación ante la voz de un extraño? Respuesta que sabía de sobra.

—¿Qué quieres de mí? —Repitió al borde las lágrimas.

Nadie iría a su habitación nunca. Su padre incluso lo estaría viendo como un golpe de suerte.

El silencio volvía entre aquellas cuatro paredes solo roto por sus entrecortados sollozos, Gaara mantenía su mano sobre la frente, tenía que sobreponerse a ese dolor y terminar lo que había ido a hacer antes de que fuera demasiado tarde y pudieran descubrirle. A pesar de todo, dentro de aquellas murallas no tenía la impunidad que el desierto le daba.

—Léete el maldito libro.

—¿Quieres que aprenda a lavarte la ropa y servirte el té? —Ahí estaba de nuevo, otra vez demostrándole que podía sobreponerse a su miedo.

El nuevo veneno de la lengua afilada de Hinata sorprendió a ambos. Jamás podría haberlo imaginado, y eso le complacía, fue todo lo que necesitó para deshacerse del malestar, de todo, incluso de la idea de que aquello iba a ser fácil. Gaara no debió olvidar sus propias palabras, como todo hijo del desierto, ella también sabía sobrevivir a las dificultades.

—No, sino para que entiendas que me perteneces.

Recuperando sus fuerzas, volvió sobre ella, a acorralarla en aquel pequeño rincón de descanso. Acarició su mejilla en parte húmeda notando como el calor se extendía bajo su contacto, era justo esa parte de ella, esa tan extraña la que le resultaba insoportable.

—Hinata, te llevo buscando muchos años y no podrás escapar de mí. Cumplirás tu misión para conmigo quieras o no.

—¿Qué quieres decir? —Otra vez era un hilo de voz temblón.

—No importa. Nadie puede salvarte de tu futuro.

Gaara cogió el libro de la ventana y se lo entregó, sin más se dejó caer a su lado cerrando los ojos. Él mismo tenía mucho que pensar y poner en orden en su mente. Cada segundo respirando el asfixiante aroma a jazmín al que era tan ajeno y de pronto se encontraba atado. Entreabrió los ojos frunciendo las inexistentes cejas, ladeó la mirada hacia ella, su cabello oscuro hacia contraste con su piel pálida, tenía un color casi enfermizo; tenía los ojos blancos fijos sobre el texto, en parte devorándolo, por otra parte escudriñándolo para buscar lo que él le había pedido; y sus manos finas lo sostenían sobre su regazo, aquellas manos que debían ser de tacto delicado y cálido. Ella era como la noche del desierto, oscura, profunda, misteriosa pero deseada y cándida. No como él, que era el día. Otra vez la punzaba le acechaba, era algo relacionado con ella, estaba seguro.

Hinata recorrió las páginas rápidas, sin detenerse en estudiar los estereotipos arcaicos de mujer que defendía el pequeño libro, sin detenerse en la historia fantástica que el mismo contaba para explicar cómo debía comportarse una buena mujer del desierto. Echaba de menos el té, pero estaba segura que cuando terminara de leerlo, él se iría. Gaara. Sin lugar a dudas, se paró en un párrafo, el encajaba bajo la descripción del título de Señor del Desierto que tanto había perseguido en la biblioteca. Su mente se detuvo, inconscientemente le observó, había algo en él que destilaba misterio, y peligro. Ella lo sabía de primera mano. Además su olor cálido… él tenía esa actitud seria y estricta necesaria para sobrevivir bajo el aniquilante sol.

Cerró el libro captando su atención.

—No lo entiendo, ¿qué quieres de mí?

—Tus ojos.

Los ojos que todo lo ven, recordó haber leído en el libro. Entonces no era un significado más allá de las palabras como las mujeres antes buscaban en aquel libro; sino la historia en sí. Sus ojos se abrieron entendiendo que posiblemente aquel libro era el eslabón que le falta.

—Estás dando todo por supuesto, Gaara-san, pero ¿y si no soy quien tú crees o te traiciono en el futuro?

—Tú eres mi elegida y vendrás conmigo al desierto.


Muchísimas gracias por leer, y si os apetece ya sabéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que te hacen sonrojar.

Muchas gracias.

PL.