Advertencias: Los personajes de Naruto no me pertenecen. Espero que Gaara no se me haya ido de las manos U.U

Muchas gracias a mi Beta AcSwarovski por leerlo, corregirlo y darme su valiosa opinión.

Este capítulo y el próximo son un poco cortos, pero serán dos capítulo en la semana para ya después poder acelerar un poco el ritmo. Sin más:


8. Aquello que se comparte.


Llevó cansada los ojos hacia la ventana oscura, hacía tiempo que encendió los candiles de la habitación, iluminándolos, a ella y a él. La noche por fin había caído entre los edificios de la ciudad aumentando la sensación de vulnerabilidad.

—¿Y si grito?

Aquella pregunta le agradó a pesar de sentirse molesto por su tímida actitud. Quería probar algunas de sus ideas. Ella era lista, más de lo que se habría imaginado; su curiosidad la precedía, y seguramente para ese mismo instante Hinata lo habría deducido.

—Nadie vendrá a salvarte.

Por como bajó la mirada y se mordió el labio, supo que esa era la respuesta que se esperaba, pero también le dolía. Un extraño dolor que él mismo conocía, el rechazo. Aquello podría ser un arma de doble filo para su plan, algo que compartían, con lo que poder atraerla hacia él; pero mal jugado podría hacer que se alejara de él. Entonces, sonrió malicioso, sería todo más fácil, podría llevársela por la fuerza y obligarla sin más a que cumpliera su papel. Aun así, otra vez le dolía la cabeza, algo le impedía hacerlo. Recordando su suave tacto en la mejilla, sobre su mano, la preocupación bañando sus pupilas blancas por él. Ella, de entre todas las personas, la que le temía, la que debía temerle, quién más tendría que alejarse de él, justo Hinata era la primera persona en preocuparse por su bien. ¿Por qué?

Era la ovejita más estúpida que jamás se había encontrado.

—Es cierto —murmuró tras unos instantes, Gaara estaba en lo cierto.

—Vendrás conmigo. No tienes más opciones.

—¿A no?

—No hay más, Hinata. Sólo yo —el lobo la estaba atrapando usando su mayor punto débil, su inseguridad.

—Pero tú eres peligroso.

Otra vez sus labios se curvaron imprecisos de manera inconsciente. Ella volvió a bajar la mirada incapaz de seguir mirándole. Apretó el libro contra su pecho, escondiéndose tras aquello que ponía en peligro su estabilidad.

¿Qué estabilidad? Hinata volvió a encogerse previniendo el horrible gemido que nacía en su garganta, ahora no podía ser tan débil, él estaba allí. El peligro justo a su lado, acechándola. Sin escapatorias. Lo sentía en el ambiente, es más, él se había comido todo el espacio atrapando todos sus sentidos sobre él. Hinata apretó un puño escondido, eso era justo lo que no debía dejar que pasara, no debía desmoronarla, no podía olvidar que ahora era él quien estaba en su territorio, aunque fuera una mentira, ahora le tocaba demostrar su poder. Ya lo había perdido todo una vez.

—Así es, tú también debes temerme —podía notar algo cálido contra su mejilla—. No, Hinata, tú eres quien más debe temerme.

Aquellas palabras taladraron su mente. Tan sólo podía verle. Nada más. Ver como la atrapaba, como apartó el libro, su único escudo, de un manotazo. Cogió su mentón elevando su mirada sin encontrar resistencia por parte de ella.

Todo torrente de pensamiento se canceló dejando su mente en blanco, se sentía atrapada en sus ojos, por una vez, no fríos como el hielo, sino alborotados, un mar revuelto e irascible dirigido contra ella.

—Hinata, tú también eres una hija del desierto, y tienes algo de ella que me pertenece.

Su duda fue lo que esperaba, justo el momento adecuado para apresar sus labios con agresividad desconocida. Algo en su interior le obligaba a hacerlo, a beber de aquellos labios rojos como la sangre, fríos como la nieve. Los necesitaba, algo en su interior le decía que los necesitaba.

Notaba sus pequeños puños aferrados a su ropa en un estúpido intento de apartarle. Gaara quería más, necesitaba más, buscando una respuesta al impulso que le llevó a besarla. Enterró su mano en sus cabellos y tiró de ellos obligándola a abrir sus labios, había algo más en ella que él necesitaba. Y lo obtendría, fuera lo que fuese.

—Me perteneces —le recordó aún ronco como una horrible caricia sobre sus labios lastimados—. Eres una hija del desierto, y yo soy el Señor del Desierto. Tu señor.

Otra vez algo dentro de él le instó a buscar aquellos malditos labios de nieve, sin razón lógica, sería todo ese tiempo lejos del desierto. Pero ahora necesitaba llevársela, porque sólo ella le servía.

La empujó bajo los cojines apresándola en su miedo bajo su peso, no dudó en morder su labio inferior buscándola de nuevo llenándose de su timidez que le dejaba la puerta abierta a disfrutar de su dulce boca, mientras su mano acariciaba su vientre bajo la tela de algodón del fino camisón que Hinata llevaba. De entre todo, el sabor salado y amargo le devolvió la cordura al demonio. Se apartó de sus labios, sin dejar de acariciar su piel. Estaba llorando, y avergonzada en su sonrojo.

Otra vez su ceño se frunció, debía volver al desierto con ella. Y olvidar aquellos impulsos irracionales.

Sus dedos estaban rígidos entre la tela roja, su mente se había detenido. Había besado antes a Kiba. Mentira. Siempre había sido Kiba quien la besaba. Incluso él le había tocado más de lo que una señorita debía haberse dejado cuando su primo no les miraba.

Ahora había sucedido lo mismo, él era quien la besaba. Quien estaba sobre ella, transgrediendo todas las normas de su clan. Sin importarle.

No era lo mismo. Todo era diferente. Su agresividad era tan diferente de la que él le había demostrado, había mucho más: hambre. Esa hambre era diferente. Ella no era lo que quería. Podía sentirlo, la estaba devorando como a una presa que debía ser inofensiva, lentamente, cortándole las alas para que no pudiera escapar pero siguiera con vida viendo como él la consumía. Aquellas palabras no salían de sus labios, era incapaz de decirle que se apartara y que la dejara. Todo aquello que no se atrevía a gritarle, tan sólo se estaba dejando caer en sus garras mientras lloraba torpemente odiándose un poco por ser eso lo único de lo que era capaz en aquella situación.

Gaara tenía razón, él era un demonio muy peligroso.

Estaba buscando algo, no sabía por qué la besaba, pero Gaara sólo quería llevársela al desierto, algo en relación con sus ojos, algo que él necesitaba.

Él tampoco la quería a ella, quería utilizarla.

Como todos.

—¿Y si yo fuera un demonio del desierto?

—No existen —le respondió sin más.

—Hay muchas cosas que crees que no existen y son reales.

Hinata suspiró cerrando los ojos. Al abrirlos todo seguía igual. Él estaba allí justo delante de ella, sus ojos verdes fríos mirándola impasible, todo lo que antes vio parecía una ilusión olvidada. Resuelto a hacer algo en su interior y que sabía que no iba a preguntarle, la obligaría, como poco antes la había obligado a ceder ante sus labios y sus manos.

—Gaara… Iré contigo —él sonrió, lo había vuelto a conseguir—. A cambio, quiero que me quieras.

—Yo no tengo esos sentimientos.

—No en ese sentido, que me hagas sentir útil.

—Tú me serás útil.

Hinata dudó un segundo antes de hacer la siguiente pregunta.

—¿Por qué yo?

—Porque tú me obedecerás —se levantó dejando un frío aire recordar lo cerca que había estado de su piel—. Nadie empezará una guerra por ti.

Lo sabía. Hinata lo sabía de antemano, pero escucharlo era particularmente doloroso cuando era alguien ajeno a su familia quien lo decía en su tono frío, condescendiente, nulo de sentimientos, como una verdad absoluta.

Toda resolución de ser fuerte cuando llegó a Suna se desmoronó con sus palabras. El llanto brotó agobiado, con la fuerza acumulada de todos esos meses. Cansada. Olvidada.

Momento que Gaara aprovechó para cogerla. Él necesitaba volver al desierto, la utilizaría, y luego la devolvería. Si sobrevivía.

En sus brazos parecía aún más pequeña sollozando de manera lamentable. No debía dudar de su intuición, ella era la elegida del desierto, aunque no pareciera fuerte para sobrevivir.

Sus brazos se aferraron a su cuello paralizándole un segundo, un desconocido aroma fresco y verde le inundó paralizándole. Tendría que hacer de aquella mujer alguien más fuerte.

—Cuando deje de serte útil —masculló contra su cuello—, abandóname pero no me traigas de vuelta.

La dejó sobre su cama observándola de nuevo, aquellas palabras eran valientes para provenir de los labios de aquel pequeño cordero. Su cabellera oscura como la noche se esparció por la almohada, sus labios volvían a llamarle, pero no iba a dejarse atrapar.

—Tú eres el demonio del desierto, y debes hacer que me pierda para siempre.


Se miró al espejo fijando bien su peinado sin poder evitar que sus ojos se reflejaran en la cama, en el ocupante que aún seguía entre las sábanas.

Suspiró, si tan sólo Hinata supiera hasta dónde llegaba la intimidad con aquel viejo compañero suyo de clases, sonrió, seguramente se sonrojaría y sin levantar los ojos le diría algo descarado.

—Esa chica siempre te sorprende.

—¿Hinata? —No hacía falta preguntar, y ella no tuvo que responder—. Es mucho más fuerte de lo que deja ver.

—No sé que decirte, Shikamaru. Suna y Konoha no son iguales —se sentó en la cama derrotada—. Pero lo que temo es el interés que Gaara ha cogido por ella.

—Tenía entendido que no podía entrar en Suna.

—Y no puede, pero bastantes conflictos tenemos fuera de nuestras fronteras como para también perder a la mayor fuerza de defensa interna.

—Los Hombre del Desierto son los que hacen que el comercio sea posible —masculló mirando hacia el techo—, Suna no puede permitirse perder el comercio.

—Exacto. Y ahora, ya te puedes ir levantando y sacando tu culo de mi cuarto.

—Qué pesada —cerró los ojos imaginándose la bronca próxima que le echaría—. Cuando deberías volver aquí dentro y portarte como una buena florecita.

—Serás…

Shikamaru estalló en una carcajada deteniendo su avance hacia su cuello.

—De algún modo, sé que no le hará nada a Hinata.

—Mientras le sea útil. Luego… —Un leve escalofrío recorrió sus hombros.

Él se incorporó abrazándola.

—Todos sabemos que no tiene piedad al matar ni hacer su ley en su terreno; pero como tu has dicho, esa chica es una sorpresa.

—¿Qué estás intentando decir? —Le preguntó cuando pudo digerir las palabras del estratega.

—Las probabilidades de que tengas sobrinos han aumentado.

—Deja de decir tonterías.

—Quizá, pero estoy seguro que no tienes que temer por Hinata, al fin y al cabo lleva toda su vida viviendo en un nido de víboras y sigue siendo capaz de sonreír.

Temari frunció el ceño, algo sabía de aquello por la hermana pequeña, como la suya, ellas vivían en una familia bastante estricta con unos códigos cerrados y férreos que Hinata parecía saltarse o en los que no podía encajar. Era una chica que estaba acostumbrada a obedecer y hacer todo lo que la dijeran buscando aceptación.

—Pensé que había cambiado algo desde que llegó a Suna.

—Dejando eso de lado, Gaara no puede hacerle nada mientras esté en la ciudad.

—En cierto modo es cierto; pero conozco bien a mi hermano, no dejará que un trozo viejo de pellejo escrito le dicte qué puede o no hacer cuando él tiene algo entre ceja y ceja. Es un maldito bastardo incorregible, sádico que no dudará ante nada para conseguir lo que quiere.

A cada palabra describiendo a Gaara su voz se alteraba subiendo poco a poco mientras apretaba los puños. Shikamaru mantuvo una vaga sonrisa, aquella era su faceta de hermana mayor con instinto protector.

—Pero los dos sabemos que no hará nada a Hinata.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —Se volteó mirándole fijamente—. Porque yo no puedo.

—Tú eres una mujer, no comprendes las miradas de los hombres.

—Ajá —respondió rápida e incrédula—, creo que tú no comprendes a mi hermano.

—Sois vosotros lo que alimentáis la historia del demonio del desierto, Temari, Gaara lleva años exiliado aprendiendo a sobrevivir.

Se calló durante un momento rascándose la incipiente perilla, cerrando los ojos.

—En cierto modo, se parecen bastante. Comparten un pasado.

—Y por esa regla de tres de aquí a nueve meses seré tía.

—Nueve meses no —sonrió atrapándola de nuevo en la cama—, pero en un par de años…

—Odio decirte esto, Nara, pero esta vez, te equivocas.

La besó, al final todo el diálogo había sido la excusa perfecta para volver a tener a Tenamri donde quería.

—Yo, por desgracia, nunca me equivoco.

—Eso habrá que verlo.


Muchísimas gracias por leer, y si os apetece ya sabéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que te hacen sonrojar.

Muchas gracias.

PL.