Advertencias: Los personajes de Naruto no me pertenecen.

A Hydra Delphine perdona esto, pero ando muy mal de tiempo; descuida aunque tarde un año, siempre termino lo que escribo ;). Y bueno como decían en un pueblo "ca[da] uno es ca[da] uno" yo tengo esa necesidad para con quien me dedica un segundo, me corrige, me halaga, escribe simplemente; gracias por todo es lo mínimo que debo hacer, por tu aprecio y por ti. Y no admito más discusión en esto XD es que me ruborizo mucho. Cuídate.

Muchas gracias a mi Beta AcSwarovski por leerlo, corregirlo y darme su valiosa opinión.


9. Aquello que se ha de olvidar


Ruido.

Mucho ruido.

Ruido de voces.

Ruido de llanto.

Ruido de golpes.

Ruido al fin y al cabo. Ondas que perturbaban las partículas del ambiente expandiéndose de manera multidireccional en un tiempo limitado, sin importar el medio. Atravesando papel, ladrillo, piedra, agua, absolutamente todo.

Hanabi no sabía qué pasaba exactamente, pero el ruido no era habitual en la casa Hyuuga. Por no decir que una biblioteca a media noche era una sala de fiestas comparada con su casa. Frunció el ceño aún tirada sobre la cama dándose cuenta que aquello no era un sueño, sino que el ruido procedía del exterior colándose en su dormitorio. Can calma, algo descolocada se levantó y tomó una bata para cubrirse de detrás de una percha en el armario.

Abrió la puerta de su dormitorio y a paso cansado mientras se restregaba los ojos recorrió el pasillo hasta el cuarto de su hermana, ella seguro que sabía qué pasaba.

Obvió el revuelo de mujeres, seguro era día de limpieza, y vivir en el desierto sólo podía significar que había mucho polvo por todas partes. Eso debía ser, se había quedado dormida y el día tenía que estar bien alto, seguro Hinata había vuelto ya de la dichosa biblioteca y dejaría que retomara su sueño en su cama mientras la escuchaba leer alguna historia disparatada del desierto que tanto le llamaban la atención.

Llamó a la puerta, una vez.

—¡Duermes más que una marmota! —Exclamó volviendo a llamar.

Otra vez sin respuesta. Sonrió, se lo podía tomar como una invitación para entrar, ya había avisado.

Abrió la puerta y se quedó observando la pared blanca sobre la que se proyectaba la luz que la puerta dejaba entrar. El resto de la habitación estaba a oscuras, la ventana cerrada a cal y canto. No precisamente porque el sol calentara demasiado.

Sin los cojines.

Volvió la vista atrás, pasó por el armario abierto y vacío. El escritorio estaba desnudo, en la mesita de noche sólo había una lámpara de aceite. La cama se reducía a una estructura metálica y un saco de lana extendido sobre el suelo.

Hanabi sabía que a su hermana no le gustaba la ostentación, pero aquello no era normal.

Entró rápida en el cuarto sin saber bien qué pensar y abrió la ventana esperando ver los cactus allí.

Eso era.

Si estaban allí, nada pasaba.

Pero el alfeizar de la ventana estaba limpio bajo la luz anaranjada del amanecer.

Cerró las manos en un puño y salió del cuarto. Ella no podía estar sin enterarse de lo que pasaba. Bajó con paso firme la escalera, directa al despacho de su padre. Obvió las miradas de algunas de las mujeres que trabajaban en la casa, y las lágrimas o acciones que tenían hacia ella intentando detenerla, pero cuando Hanabi tenía algo entre ceja y ceja nada la detenía. No llamó a la puerta, la abrió y entró clavando su mirada furiosa sobre el hombre corpulento que se encontraba sentado tras la mesa firmando documentos, ajeno a todo el revuelo que envolvía al resto de la casa.

—Dónde está Hinata.

Su voz sonaba fría. Pero no le afectaba, el hombre terminó de firmar un papel antes de soltar la pluma sobre el tintero y elevar la mirada hacia su hija. La estudió durante un minuto, Hanabi demostraba una personalidad más fría y violenta que Hinata, también era más racional y fuerte. Tenía carácter fuerte y no se doblegaba ante nada. Sería una buena líder. Su único punto débil era aquella hermana mayor que la crió, y que ahora había sido eliminada del mapa. Le costaría aceptarlo, pensó Hiashi, pero, la pena y el dolor la harían aún más fuerte.

—Tú no tienes hermanas, a partir de hoy eres hija única.

—Qué quiere decir eso —había dado unos pasos hasta el escritorio y lo golpeó con ambas palmas sin dejar de mirarle.

—Puedes dar a esa otra chica que vivía aquí por muerta —cogió la pluma y volvió a sus papeles—. Mañana volvemos a Konoha, ¿no te alegras, hija querida?


—No se ha movido, señor.

Gaara mantuvo firme los ojos sobre la madera de la puerta unos segundos más antes de asentir a las palabras del centinela.

En un gesto calculado se giró y desanduvo el pasillo de vuelta a su oscura habitación.

Alguien había dejado otra tetera ante la puerta, la cogió y olisqueó el vapor que expulsaba. Su ceño se frunció algo más, abrió la puerta y entró.

Vertió té sobre el mismo vaso de cristal de siempre sin molestarse en cambiar las hojas de menta, disfrutando del sonido y las burbujas que se formaban en un tono dorado, aquel líquido que muchas veces sustituía al agua en el desierto, que en su casa le podía matar y en su tierra era la vida.

Tomó el vaso entre dos dedos sintiendo el calor del agua hirviendo observando como una a una las burbujas desaparecían como las opciones que él tenía para cumplir su propósito en la ciudad de Suna.

La situación había cambiado. El tiempo pasaba. Bebió el líquido dorado dejando por un momento que su rostro se relajara y sus ojos se cerraran. Aspiró con fuerza el dulzor tranquilizándole, casi le recordaba a un tiempo que fue bueno, un tiempo en el que aprendió por las malas a desconfiar de todos y sólo fiarse de sus ojos y sus manos.

Que no intentaran matarle era una mala señal. Pero ahora él contaba con cierta ventaja. Hinata, paladeó su nombre. Recordó el sabor de sus labios. Aquel adictivo sabor dulce, no como el del té, mucho más oscuro y necesario. Seguramente fue por eso por lo que la volvió a besar.

Dejó el vaso sobre la mesa, junto a la tetera y se volvió hacia la ventana. Debía olvidar aquellos pensamientos. Separó con un dedo un par de listones de madera de la persiana para poder observar las desiertas calles de la ciudad. A esas horas nadie podría estar al sol, a menos que ya estuvieras muerto.

Sus hombres le esperaban apostados contra el muro a las afuera, y él tenía que regresar a sus tareas en el desierto cuanto antes. Nada de pensar en aquellos labios rojos como la sangre ni en la mujer.

Volvió a fruncir el ceño, el mismo problema que esa noche le había mantenido despierto.

—Malditas leyes —masculló.

No lo iba a decir. Jamás admitiría nada más. Se irían de allí antes del anochecer. Los dos.


Estaba atemorizada, por decir algo. Mantenía los ojos abiertos y alertas aún a consecuencia de la adrenalina que infectaba su sangre. No había probado bocado, ni siquiera sabía qué hora es, ni cuanto tiempo llevaba allí. Tan sólo podía recordar aquel sabor cálido a pesar de su fuerza.

Acercó aún más sus piernas contra su pecho en un intento por fundirse con la pared. En la habitación había dos focos de luz, uno en el techo de una lámpara de aceite y otro que provenía de un pequeño postigo en la parte superior de la puerta. Ella estaba sentada sobre un colchón, y el suelo estaba plagado de cajas de cartón. Sobre una de ellas sus cactus.

No sabía que significaba, pero tampoco quería saberlo. En realidad sólo quería despertarse de aquella pesadilla. Abrir los ojos y despertarse en su cama, en su casa, en Konoha, levantarse y poder tomar un té en el patio de su casa mientras se enfadaba por la última broma de Hanabi, hacer planes para el día… Todo fuera un mal sueño... Todo.

Era extraño como hasta ahora había podido olvidar Konoha mientras estaba en el desierto, hundiéndose entre sus cuentos y arenas; pero justo cuando aparece lo que más deseaba encontrar, la fuente directa de todas esas leyendas, el personaje principal de cada cuento, el verdadero y mítico Señor del Desierto, entonces comenzaron a asaltarle otra vez los deseos de volver a su casa, a su tierra y a sus conocidos. Cuando ella sabía que allí no le quedaba nada. Y seguramente en Suna tampoco tendría ya nada más.

Algo dentro de su pecho comenzaba a formarse, primero como un nudo, luego quemaba y subía de manera dolorosa.

Furia.

Un grito escapó de sus labios mientras un puño golpeaba con rabia el colchón. Una y otra vez.

Rabia por no ser tan lista y despierta como debía.

Cuando Gaara se fue después de aprovecharse de ella con todos sus misterios y cuentos, y con sus labios, la sacaron de su casa a medianoche unos extraños bajo la mirada de su padre. Gritó y suplicó por saber qué pasaba, en aquel momento se aferró a su cama como si la vida le fuera en ello, pero se quedó inconsciente.

Volvió a gritar hundiendo la cabeza entre sus rodillas. Las lágrimas salieron solas de impotencia. Lágrimas derramadas por ella misma, ya que nadie más lo haría.

Se despertó allí. Sola, con sus cactus, sin saber nada. Con miedo, y rabia.

Traicionada.

Hinata era consciente de las rígidas normas que todavía marcaban las tradiciones de su clan. Es más se las sabía de memoria. Y vender a las hijas no estaba dentro de ninguna de ellas. Más bien era un clan aglutinante, nadie salía de él.

Por lo que no comprendía cómo su padre se había quedado quieto ante aquello, como si no fuera del clan.

—Como si no fuera su hija… —Susurró entre lágrimas.

Aquello accionó algún resorte en el interior de su mente, tampoco iba a haber alguna diferencia; pero sí debía haber alguna razón.

La razón por la que habían ido a Suna.

—Levántate, tenemos que irnos.

Al escuchar su voz se encogió más contra la pared, sabía que estaba tentando su paciencia y no era algo recomendable, no podía ocultarlo más, le tenía miedo.

—Vas a tener que olvidar todo lo que conoces si quieres conocer la verdad.

—No puedo —murmuró contra sus piernas.

Entonces levantó la mirada, insegura de qué esperaba ver, pero sólo encontrándose con la mirada estoica del pelirrojo. Con sus ojos fríos y aquellos labios que la besaron con tanta hambre despertando una sensación horrible de necesidad en ella.

Hinata observó su mano rápida y pálida acercarse a su muñeca. La cogió con fuerza, a pesar de su tacto suave, envolviéndola. Era un misterioso efecto que producía, calmándola por un lado, alertándola por el otro.

—Vístete rápida, tenemos que irnos —tan pronto como había contactado con ella, había desaparecido el calor.

Cogió las telas azules marinos, se movió lentamente hasta levantarse de la cama bajo su mirada fría. Envolvió su cuerpo, aún con el fino pijama de algodón que tiempo atrás se puso en su dormitorio dispuesta a enfrentarse a una noche en vela. Cuánto había cambiado la situación desde ese momento, horas atrás que parecían días. Cerró la prenda con un fajín en el mismo color y se recogió el cabello en una trenza oscura como la noche. Se sonrojó. Todo eran recuerdos con aquel hombre.

No podía olvidar todo lo que había escuchado de Sabaku no Suna, el demonio.

—En el desierto habita el olvido.

—¿Qué quieres decir?

—Lo sabrás cuando lo veas por ti misma, Hinata.

—Dímelo, Gaara, ¿por qué me llevas?

—Ya te lo dije, me eres útil.

—Si solo fuera por eso, no te estarías tomando tantas molestias —era la primera vez que le miraba desde que entró en aquella celda—, me habrías obligado sin más.

—No me sirves muerta —masculló tras un tiempo de deliberación.

Pero no se atrevía a decirle que había algo más, el divertido reflejo de valor que le mostró en su habitación y cómo hacia que tenerla cerca le doliera todo su cuerpo. Había algo más; pero no se atrevía a decirlo, ella había sentido lástima por él, la única que se había preocupado con aquellos ojos por él y sólo por él.

Aquella última noche, la ciudad también estaba consumida por la oscuridad del cielo, Gaara la guiaba con su paso delante de ella, la hizo montarse en un caballo, él subió después cogiendo las riendas, podía sentir como temblaba al verse de nuevo atrapada por él, y espoleó a la bestia hacia la única salida de la ciudad.

Las puertas se abrieron ante ellos, y al salir se cerraron en un golpe oscuro y sentenciante. Dejando atrás la ciudad, a las personas, el sonido de los cascos del caballo al galope, que ahora la arena amortiguaba en un silencio agobiante. Cabalgaban acompañados de las sombras de los hombres de Gaara entre las dunas del desierto, imposible de diferencia entre la tierra y el cielo en la oscuridad de la noche, tan sólo guiados por las estrellas brillantes del cielo.


Muchísimas gracias por leer, y si os apetece ya sabéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que te hacen sonrojar.

Muchas gracias.

PL.