Advertencias: Los personajes de Naruto no me pertenecen. Gaara está un poco charlatán, pero ¡ey! él es quien tiene todas las respuestas.

Muchas gracias a Hydra Delphine, RukiaNeechan, Jackie M.V y Winters Lantern (I miss you, gurl)

Entramos en la segunda parte de la trama, ¡espero que os guste! Sin más:


10. La noche del mañana.


En algún momento el silencio la atrapó junto con el cansancio en el suave trote de los pasos del caballo. Sin olvidar la agradable fuente de calor que la rodeaba con aquel olor a protección, omnipresente en su piel. Era imposible recordar cuando abandonaron las murallas de Suna adentrándose en las arenas del desierto, ésta callaba los cascos del caballo; además en la noche cerrada, el tiempo parecía pasar usando otra cadencia monótona que sólo aquellos que pudieran leer las estrellas podrían romper. El viento en contra era cada vez más frío, y las rachas más rápidas levantando el polvo invisible en la oscuridad, pero él estaba ahí protegiéndola de todo, sosteniéndola firme sobre la montura abarcando toda su figura.

Gaara deceleró el galope al sentir su respiración regularse en un compás más pausado y silencioso; por una vez, aunque inconsciente, recostada sobre él, confiando en él. Sus hombres debían estar cerca de su posición actual, es más, sus órdenes fueron que algunos se adelantaran en cuanto salieran de Suna para informar al resto de su gente que pronto él se uniría a ellos y podrían retomar el camino después de esos días exiliado en la ciudad. Sin embargo, ese momento tendría que esperar, al menos una noche más. Gaara ahora necesitaba de todo el tiempo que dispusiera para evitar complicaciones a largo plazo, con ella, Hinata. Necesitaba su verdadera confianza ciega en él, costara lo que costara.

Todo aquello era por el bien de su pueblo, y la protección de Suna, país y ciudad. También por él, para seguir manteniendo su autoridad ganada a sangre después del destierro y el miedo.

Impasible bajó los ojos hacia Hinata entre sus brazos. Parecía imposible que algo tan pequeño y débil pudiera servir para tanto. Como aquella apenas mujer era la pieza clave que tantos años había buscado y deseaba atrapar. Paseó sus ojos fríos sobre ella, tan pálida, tan suave, tan tentadora. Justo allí sin nada que la protegiera, como el cordero atrapado en la zarza. Un espejismo, como la noche del desierto, ese escaso respiro que te da lo que más deseas durante el tortuoso día pero que, poco a poco, sin que te des cuenta, se vuelve más frío y cruel contra ti.

¿Seria Hinata así? Ella era una mujer. También era como el pajarillo inocente y tonto que nunca había salido de su jaula de cristal.

Frunció los labios. Si la dejara allí, no duraría ni un amanecer. El desierto se la comería viva nada más salir el sol. Y todavía no era su momento. Afianzó su brazo alrededor de ella y levantó la mirada, lejos de su hechizo.

Eso debía ser, una bruja. Nada evitó la mueca entre sonrisa y malicia que curvaron sus labios, consciente de lo que acababa de pensar y no debía olvidar.

La luna brillaba plena en el cielo, blanca como sus ojos, pura pero altiva, se recordó. La mujer que domina las sombras y la oscuridad, quien robaba la vida al sol, eso era.

Una bruja.

A pesar de la timidez que la rodeaba, de aquellos insufribles tartamudeos, del miedo que transpiraba su piel. A pesar de esa inocencia pintada y que gritaba a su demonio interior que manchara y destruyera.

Cerró los ojos negando con la cabeza, Gaara debía luchar contra aquello. Cumplir su misión. Y ella la suya. Todo acabaría.

Tiró de las riendas aminorando la marcha del caballo hasta frenarlo por completo. El suave relinche y los movimientos bruscos de la cabeza del cabello tuvieron que despertarla de entre los brazos de Morfeo.

—¿Qué sucede? —Murmuró aún somnolienta con los ojos entrecerrados.

—Pasaremos la noche aquí.

—¿Aquí? —Tartamudeó ligeramente, veía el miedo crecer en sus ojos— ¿Los dos solos?

—¿Algún problema?

—No…

Era tan fácil leer que la situación la incomodaba hasta el punto de hacerla estremecer y buscar aire lejos de él, por muy protegida que antes se sintiera gracias a Gaara. Escondía la mirada confusa, pero su cuerpo temblaba levemente. Hacía bien en seguir temiéndole. Lástima que fuera demasiado tarde. Siempre fue demasiado tarde para ella. Cuando Gaara elevó la mano para señalar un punto en el horizonte, Hinata no pudo evitar el leve sobresalto que su cuerpo dio inquieto por primera vez de todo lo nuevo que la rodeaba y desconocía.

—Hay unas montañas cercanas, usaremos su abrigo para pasar la noche.

—¿Montañas en medio del desierto? —Exclamó sorprendida.

Hinata se acomodó intentando buscar algún hueco entre sus cuerpo, y querer recordar por qué había accedido a su extraña petición; quería saber cuánto tiempo llevaban cabalgando, y, sobre todo, cuáles eran las intenciones de Gaara ahora en mitad de la nada.

Otro escalofrío recorrió su espalda naciendo en la nuca, dónde bien podía sentir su respiración cálida contrapuesta al frío ambiente, estaba más cerca de lo que ella consideraba contacto íntimo, pero lo peor era esa sensación que alteraba toda su piel de presa con la que el depredador jugaba a sabiendas de que no tiene escapatorias.

Sin previo aviso, uno de los brazos de Gaara soltó las riendas empujando su cintura hacia atrás, hacia su pecho asustándola de nuevo. Hinata cerró los ojos acelerando su respiración intranquila, aquel hombre sería su final, de un modo u otro, acabaría con ella.

—La arena erosionada de esas montañas por el viento, que aquí es más fuerte, son las que crearon el desierto y hace que se expanda engullendo la vida de las campiñas cercanas.

Asintió cohibida. Tragando con fuerza, no necesitaba aquella precisión, sabía que él era el desierto y ella era el campo.

Gaara detuvo la montura por completo y la ayudó a bajar tras descender él primero del caballo en un gesto ágil y conocido, Hinata bajó por su propio pie al verle adelantarse hacia la cabeza del caballo, él la golpeó cariñosamente y recogió las riendas antes de mirar de nuevo hacia ella. Seguía igual de perdida que cuando la vio en la cena del Kazekage. Tanteando el suelo, descubriendo la suavidad en sus descalzos pies de la arena del desierto.

—Está fría… —Mezclando una nota de felicidad, curiosidad y defraudada.

—Es de noche.

Ante sus ojos perdidos, estaba seguro, Hinata no había salido nunca de Konoha, y a pesar del tiempo que llevaba en Suna, tampoco se había aventurado más allá de las murallas. Aquello podría jugar muy a su favor, estaría perdida sin él. Así sería todo más sencillo de llevar a la práctica, ella tan sólo tenía que dejarse guiar por él en todo lo que la mandara hacer.

Sin más palabras tras la indiferente respuesta de Gaara, recorrieron los últimos metros hasta los pies de las rocosas cavidades que se abrían de la tierra marrón en dos direcciones, arriba hacia el cielo oscuro plagado de estrellas, y hacia las entrañas profundas de la tierra llena de secretos.

Hinata cogió una de las cinchas de la silla de montar, insegura de acercarse al hombre, ni se continuar sola.

—Aquí.

Gaara se detuvo ante una parte de la roca montañosa que sobresalía sin tener apenas fondo. No era propiamente una cueva, tan sólo les daría el asilo necesario para pasar la noche al abrigo de las rachas de viento que levantaba la arena y de los posibles carroñeros que pudiera deambular por la noche buscando algo que llevarse a la boca.

—Si fuera de día, te habrías quemado la piel de los pies.

Inconscientemente cruzó los dedos encogiendo los hombros, inquieta, sin saber qué hacer o decir aún al lado de la bestia. Su voz sonaba tan fría como la arena, no tenía que regañarle por no saber algo que para él era tan rutinario como que el sol volvería a salir. Y a calentar la arena, se recordó con amargura. Ella tenía otros conocimientos, pero aquel no.

—Muévete.

—¿Eh?

Gaara soltó la mano de Hinata apartándola lo suficiente para abrir una de las bolsas que llevaba en los laterales del caballo y sacar bastantes telas en un montón. Siguió con paso rápido hacia el abrigo, con el pie dibujó un círculo amontonando parte de la arena en los bordes en una improvisada cuna para una fogata, de algún modo tendría que mantener cierta temperatura y ahuyentaría a los animales del desierto.

—Espera, Gaara, ¿Qué…? —Una llama pequeña comenzó a coger fuerza entre las telas que había en el centro del círculo— ¿Cómo…?

El pelirrojo enarcó una inexistente ceja, su pálida tez con algo de color gracias a las pequeñas lenguas de fuego que poco a poco cogían fuerza consumiendo el poco alimento que tenía a su alrededor sin bajar de intensidad.

Hinata se estremeció ante una leve brisa nocturna. Se abrazó volviendo la mirada hacia la oscuridad, las arenas que en leve movimiento corrían el aire, granos de arena danzantes que transportados desde la montaña creaban el desierto. Aquel lugar era su corazón. Volvió la mirada hacia el hombre que le acompañaba preguntándose si él sería como su hogar. Un corazón duro y firme que no late, inmóvil ante los estragos del tiempo, sólido en sus ideas. Hinata se preguntaba si Gaara sería como el desierto, pero esa respuesta era sencilla: era tan cruel como el desierto; era tan justo como el desierto.

—Eres el desierto —escaparon las palabras sin su consentimiento.

—Ven si no quieres congelarte.

—Dime Gaara.

—Soy Sabaku no Gaara. El desierto es mi territorio.

—¿Eres ese del que hablan los libros? —Preguntó curiosa dando pequeños pasos hacia él.

Qué sencillo era embaucarla.

—¿Puedes desaparecer en la arenas? Pero no hablas una lengua desconocida, ni eres un fantasma…—Se sonrojó en cuestión de segundos volteando la cara.

Se había dejado llevar por la curiosidad que su padre tanto odiaba y que una mujer de su clase no debía tener. Se sentó contra la pared a la luz de la lumbre y recogió las piernas abrazándolas. Podía sentir como el sonrojo cogía sus mejillas y escondió el rostro entre sus rodillas avergonzada aún más si cabía la posibilidad.

—Muchas son leyendas, otras son ciertas —tenía que volver a hacerle creer que estaba segura—. Me he criado deambulando las dunas, sé todos los idiomas de las tribus que las recorren y me he ganado el respeto de todos ellos.

—¿Có-Cómo?

No se esperaba la pregunta, pero le gustaba. Una vez estuvo seguro que el fuego no se iba a apagar y el caballo estaba bien atado y resguardado preparado para continuar cuando el sol despuntara; entonces Gaara se acercó a ella y se acuclilló levantando el mentón de la chica. Buscando su mirada brillante, le quitó el pañuelo que protegió durante el camino su cabello con la otra mano y acarició su mejilla estremecida.

—Matando a todo el que se ponía en mi camino, demostrando que si me seguían el desierto les sería favorables, y que a todos los que me llevan la contraria sólo les espera una muerte lenta y cruel.

—¿Para qué me quieres a mí entonces, Gaara? Soy demasiado débil…

—Hay algo que debo conseguir, y tú eres la única llave —podía ver en sus ojos que aceptaba la derrota, no iba a conseguir más información—. Tendrás tiempo de acostumbrarte al desierto, aprenderás a ser más fuerte.

Movió la cabeza levemente, miedosa ante sus ojos profundos, incapaz de separar la mirada, consciente del contacto entre cálido y frío que sus dedos mantenían con su mejilla. Su sola presencia intimidante y segura. Pero le daba igual, él estaba confiando en ella. Gaara le había dicho que podría ser más fuerte, que llegaría a ser más fuerte allí con él. Esa sensación cálida que nacía en su estómago y se desplazaba como una caricia tierna por su interior no era una ilusión, eran las palabras de un desconocido que confiaba en ella.

La sonrisa maliciosa que de pronto adornó sus pálidos labios la hicieron volver a la realidad, la otra mano estaba apoyada contra la roca a la altura de su cuello y el agarre del mentón no vacilaba como antes.

—Tendremos tiempo de mucho más, Hinata.

—¿Qué-qué intentas hacer Gaara?

—Comerte.

Podía ver lentamente como se acercaba, cómo otra vez, sin su permiso volvía a atrapar sus labios demandantes de poder, mordiéndolos sin tacto esperando el momento oportuno que aquella dulce boca dejara que su lengua afilada luchara por el poder sobre ella.

Cuando se sintió satisfecho del espontáneo avance, se separó de la bruja. Eso debía ser, alguna maldición lejana al desierto que estaba ejerciendo sobre él.

Le gustó la reacción. Primero notó como se ponía rígida, sus insólitas pupilas se agrandaban y las mejillas se le coloreaban a la luz del fuego del mismo tono que el cielo al atardecer, para, en cuestión de segundos, quedarse rígida y pálida.

Sonrió acomodando el cuerpo inerte de la chica entre sus brazos. Acaso no se daba cuenta que así era cuando más vulnerable estaba para él, una captura perfecta, a pesar de todas las veces que le había recordado que debía temerle, se había dejado vencer por ella misma. Cuánto iba a divertirse mientras el juego durara.

Bajó sus labios hasta su cuello besándolo.

—Eres mía.

La noche terminaba, la luna se iba a dormir, y el sol comenzaba a romper el cielo demostrando su poder autoritario ante las demás estrellas.


Ahora que ya he terminado mi tarea semanal, mamá necesita unos zapatos nuevos XD.

Si os apetece ya sabéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que te hacen sonrojar y que agradaceré hasta la saciedad XD

¡Muchísimas gracias por todo!

PL.