Advertencias: Los personajes de Naruto no me pertenecen.
Lo prometido es deuda y aquí está. Muchas gracias a Jakie M.V., Winters Lantern, RukiaNeechan, Hydra Delphine y Violetamonster , a todos los que seguís y leéis este fic.
Y por supuesto, espero que os guste y disfrutéis con este capítulo. Sin más:
Capítulo 12. Mañanas de encuentros
Con los brazos cruzados y la mirada fija sobre la puerta cerrada, dejaba pasar los minutos. No debía ser tan complicado, y sin embargo dudaba. Se mordió el labio inferior, Hanabi dudando. Chascó la lengua y ladeó la cabeza maldiciendo en un murmullo.
Aquel no era momento de dudar, sino de tomar acciones claras y directos; y la única persona que podría ayudarla y conocía estaba tras esas puertas: Tenmari.
Sólo había un pequeño detalle sin importancia, ella, Hyuuga Hanabi, no tendría que estar allí, delante de la torre del Kazekage, ni siquiera debía estar en la ciudad o país de Suna. Sino, con su padre y sus criados, camino de casa, del hogar, de su añorada Konoha pensando felizmente en volver a ver a sus amigos, familiares y, sobre todo, pensando qué nuevas travesuras podría hacerle al imbécil del ex novio de su hermana mayor que seguramente al verla entrar de nuevo por la puerta de la ciudad iría moviendo el rabo cual perro a decirle que volvían a salir juntos, sin merecérsela. Pero justo ahí estaba el problema, Hinata estaba desaparecida desde la noche anterior. Y ella estaba todavía en Suna.
—Más que desaparecida, como borrada del mapa —le dijo a la mujer rubia cuando por fin se atrevió a entrar en aquel lugar administrativo y pudo verla, no sin la ayuda de un aburrido embajador que de pronto tenía alguna misiva de máxima importancia que atender junto a la Kazekage—. Mi padre fue claro, como si no hubiera tenido nunca una hermana mayor, y luego como si una tormenta nos persiguiera no había tiempo para marcharse.
Shikamaru cerró los ojos recostado contra el respaldo del sofá del despacho privado, preparándose mentalmente para lo que vendría a continuación. Era lógico, de eso no había duda alguna, pero no dejaba de sorprenderle que fuera justamente ella, Hinata, la que estuviera metida en todo ese extraño secuestro por parte de Gaara.
—¡Maldito hijo de puta! —Exclamó la mujer alterada— ¡Cuándo lo pille lo mato! ¡Te juro que-!
—¿No eras tú la que tenía prisa por ser tía?
—Pero esto no son formas —le respondió aún enfadada.
—¡Alto! —Hanabi no tardó en hacerse con el turno de palabra arrugando el ceño de manera graciosa— ¿Tía? ¿Con mi hermana de por medio? Creo que necesito una explicación adaptada a mi edad.
—Esto se resume esencialmente —comenzó Shikamaru incorporándose y observando a los ojos a la menor— que al hermano pequeño de Tenmari aquí presente, le ha gustado tu hermana mayor, Hinata, y quiere tener hijos con ella; y como viene siendo tradición en desierto, se la ha cambiado a tu padre por algunos camellos...
—¡Cómo!
—¡Eso no es así! —Ambas saltaron a la vez mientras él se reía de la situación—. Será mejor que te calles y me dejes a mí explicárselo.
—O sea, ¿que vosotros dos sabíais de esto y no lo evitasteis?
La pregunta, casi inocente, de la menor les dejó a ambos sin palabras digiriéndola por unos segundos. Sí, era cierto que ellos dos sabían o intuían las intenciones que Gaara podría tener hacia la otra hermana, incluso estuvieron bromeando sobre ellas. Entonces, ¿por qué no hicieron nada? Shikamaru volvió la vista hacia Tenmari, que aún detrás de la gran mesa de despacho, el imponente sillón en cuero negro, los papeles y el aire de importancia que se respiraba allí, parecía tan pequeña y perdida como los otros dos.
—No puedo hacer nada contra Gaara.
—¿Pero vas a dejar a mi hermana sola ahí fuera? ¿y si le pasa algo? ¿y los demonios? ¿y si se muere? —Exclamaba a cada pregunta más enfadada— ¿No sabes lo torpe e inocente que es Hinata? ¡No dudará ni una noche!
—Pero Hinata no está sola ahí fuera.
—¡Con más razón exijo que vayamos a buscarla!
Ninguno de los dos evitó la risa al ver a la siempre descarada Hanabi sonrojarse al decir aquella frase.
—Está bien, haremos algo, a mí tampoco me gusta la idea de que se la haya llevado sin más —comenzó Shikamaru levantándose—. Las futuras tías son muy problemáticas.
Era lista, y eso le gustaba. Esa cualidad sí le haría sobrevivir en el desierto, y él mientras la tuviera a su lado podría beneficiarse de ello; pero era un arma de doble filo y también podría darse cuenta antes de tiempo de lo que el camino a su lado le deparaba.
También comprendía ahora ese lazo extraño que su hermana había creado con ella, Tenmari no aceptaba a cualquiera, pero Hinata era una compañía agradable no sólo como mujer. Guardaba silencio cuando debía, hablaba de manera directa y sin perseguir el beneficio propio, podía ser amena y su tono de voz callado y suave era relajante. Eso sin contar con que era perspicaz, más de lo que él hubiera preferido, pero no era el momento de transformar una buena cualidad en algo negativo. También respiraba ese aire de muñeca de porcelana, que ahora él debía moldear a la ley del desierto. A la par que, pronto se daría cuenta, estaba rellena de un espíritu combativo y fiel a sus ideales.
—Mientras estemos allí, compórtate decentemente, mujer.
Hinata se estiró disconforme en la montura, y Gaara no pudo evitar una mueca irónica, lo había dicho a propósito, a pesar de toda la verdad que ello escondía. Hinata era consciente de que existían diferencias de costumbres, pero precisamente Gaara no había sido el mejor ejemplo de ello. No tardó en responderle.
—Pero si el que no se queda quieto eres tú —respondió haciendo un alarde innegable de valor en el suave tartamudeo infantil mientras bajaba la mirada hacia su regazo de nuevo.
—Yo soy un hombre, Hinata.
—Eso no te excusa de todo lo que me has hecho sin mi consentimiento, así no se comporta un caballero —le devolvió como un resorte.
—¿Acaso no te ha gustado, Hinata? Podías haberme parado.
Su espalda tembló levemente mientras buscaba aire para continuar, justo en ese instante no podía dejarle salirse con la suya.
—Además, si quiero hablar con alguien, hombre o mujer, lo haré no hay nada que me lo impida según mi educación.
—Te olvidas que estamos en el desierto —apenas fue un murmullo, pero en aquella voz grave acostumbrada a ordenar no había discusión—. Aquí yo mando y tú te comportarás.
—Pero Gaara, no eres mi marido, ni siquiera eres familia mía, ¿qué derecho tienes sobre mi según tus leyes?
Ahí estaba esa faceta nueva desafiante que estaba disfrutando, ¿y si esa era verdadera personalidad de la chica? Le gustaría ver hasta dónde podría llevarla y hasta dónde ella se dejaría guiar.
—Todo el derecho Hinata. Eres mi prisionera.
Tras ello la instó a guardar silencio, seguro de que ella misma necesitaba tiempo para digerir y comprender aquellas palabras.
Palabras que se repetían incansablemente en la mente sorprendida de Hinata, poco a poco, seguidas, analizándolas en cada matiz. Y sabía, que en algo estaba mintiendo. Algo más allá de cómo conocía aquellas palabras, del tiempo que llevaba compartiendo con el estoico señor del Desierto le decía claramente que no era verdad. Hinata se mordió el labio confusa, se suponía que el Señor del Desierto no mentía, sino que él guardaba la verdad. Quizá lo mejor era esperar, allí, como siempre leía, el tiempo difuso daba respuesta a cada pregunta inconclusa.
Antes de discernir nada entre las arenas eternas del desierto, la algarabía y el ruido aumentaba a medida que el caballo avanzaba en su rumbo fijo. Sonidos metálicos, de animales, de gente, de golpes y de movimiento, a la par que poco a poco entre un espejismo de agua surgía una enorme tienda blanquecina rodeada de decenas de personas envueltas de azul marino. Cuerpos altos y regios que detenían su actividad al fijarse en el caballo, de piel cetrina y ojos negros afilados.
Hinata se tensó en la montura bajo el escrutinio de la mirada de los hombres, queriendo desaparecer. Demasiado consciente de que no podía reclinarse buscando la protección que el cuerpo de Gaara le daría, del mismo modo que sabía que todos la miraban precisamente por compartir aquella extraña cercanía con él. Confusa por qué hacer, le extrañó sentir la mano de él en su cintura más lejana de las miradas, mientras murmuraba algo en su oído para recordarle sus palabras además de deleitarse en su creciente miedo. Hinata no pudo entenderle, pero se limitó a negar con la cabeza gacha, era una situación extraña, en la que se sentía abrumada y fuera de control.
—Gaara, por favor...
Su susurro iba más allá de lo que él buscaba. Quería ser quien llevara la razón, quien controlara a la extranjera mujer, pero sólo entonces, se prometió, aceptó que era ella, Hinata, quien llevaba la razón: era él quien no podía controlarse ante la presencia de su pequeña bruja.
Descendió del caballo antes de hacerle un gesto para que ella imitara su acción, torpemente y por el lado contrario. Con una mirada le dijo que la siguiera, y sin más se acercó a los hombres. Se preguntaba si le daría tiempo a enseñarle su lugar a su lado. O si prefería ver cómo luchaba contra sus imposiciones con aquel atractivo dulzor.
Intercambió palabras de cortesía en la lengua de los nómadas antes de indicarles que llevaran a la mujer con las demás. Las palabras de bienvenida pasaban a las de invitación para degustar algunos dulces, dátiles y leche, pero mientras ellas preparaban y servían la comida, también hubo palabras de política y peligros. Entre ellas las incursiones inexplicable que cada día más hacían los ejércitos de países vecinos a sus tierras; o el que más llamó la atención de Gaara, la extraña caravana que esa misma mañana temprano había salido con alguna familia de ricos de la ciudad.
No pudo evitar volver la mirada hacia la tienda mayor donde ella se movía titubeante, seguramente ante las palabras imposibles de las otras mujeres, frunció el ceño. Ahora que su familia se había ido de su país, sí estaba bajo su dependencia completa: era una mujer sin familia perdida en el desierto. Por fin nada se interponía en su camino. Y cuanto antes la reclamara como suya, menos inconvenientes se encontraría, porque Gaara dudaba que su hermana Tenmari se quedara quiera cuando supiera que él tenía a Hinata.
Las voces de las mujeres llamando a la mesa le devolvieron a la realidad, era una tribu con la que había batallado a su lado y desde su llegada al desierto le juraron lealtad sin oponer resistencia, como a sus antecesores, preferían sabiamente ponerse bajo su manto de protección que seguir luchando contra lo imposible. Eran pocas, pero aún existían, mínimas hordas nómadas, sobre todo formadas por hombres, que seguían plantándole cara; y justo de ellos, él debía proteger también a las demás. Si su pueblo era nómada, él debía serlo también, además de conocer los lugares de pastoreo de cada familia, y estar siempre preparado para defender a su gente en el lugar y momento del desierto que fuera.
Como era habitual su sitio de honor estaba en el centro del improvisado mantel con la comida matutina sobre un par de almohadones, justo al lado del jefe y sus hijos. Desde allí podía ver a todos acomodarse tras él en el suelo alrededor de los platos comunes, esperando su primer bocado. En el interior de la tienda, las mujeres comían, y no pudo evitar robar algunas miradas a la chica que parecía adaptarse mejor de lo que se hubiera imaginado. Ese sentimiento de orgullo que se habría paso por su garganta también se quedaba relegado por otro, a medias entre celos y envidia de la facilidad que tenía para adaptarse a pesar de lo hostil del medio, de no conocer el idioma, de pertenecer a mundos diferentes. Pero se recordó que ella era una mujer, no tenía nada que ver con su situación, cuando él llegó al desierto y se tuvo que ganar el respeto de todos sus hombres a base de derramar sangre de traidores. Hinata, la bruja, la mujer de ojos blancos. Sin lugar a dudas, ella era a quien estaba buscando.
No comprendía por qué debían ellas comer separadas y casi a escondidas lo que sobraba de los platos repartidos entre los hombres, pero tampoco le importaba mucho, allí se sentía más a gusto. Después de dos días a solas con él, estar de nuevo con otras mujeres le devolvió a Hinata esa serenidad y confianza que él le hacía perder a cada segundo que compartían. Le era imposible seguir sus palabras extrañas que parecían el viento, pero sus gestos sí eran universales. ¿Sería aquella la verdadera familia de Gaara? Era cálida y le habían abiertos los brazos sin más, o quizá era porque venía con él.
Nada más pensarlo no pudo evitar mirarle de reojo. Estaba segura que algo le prohibiría mirarle directamente, pero no pudo evitarlo. Sus hombros tenso por encima del resto de hombres resaltaba incluso más que la salvaje cabellera roja y su afilada mirada mar clavada en algunos hombres cercanos. A pesar de que todos comían, de manera pausada, él se mantenía con los brazos cruzados. De vez en cuando asentía con la cabeza, otras negaba y en muy contadas ocasiones le pudo ver despegar los labios para murmurar algo en aquella misma lengua.
Fueron las risas joviales que rompieron a su alrededor las que la trajeron de vuelta dándose cuenta que finamente sí había vuelto la cabeza por completo hacia el hombre mirándole, quizá durante demasiado tiempo. En cuestión de segundos su rostro tomó un tono rojizo mientras ellas intentaba bajarla para esconderse. Sobre todo, porque con aquella algarabía, también habían llamado la atención de los hombres cuyo murmullo aumentaba al mismo compás con un tinte festivo.
¿Habría hecho algo mal? No estaba segura. Sólo que Gaara se había levantado de la mesa, y tras algunas palabras le hizo un gesto para que le siguiera. Insegura, hizo lo que le pedía hasta el caballo. Lo soltó del amarre y la obligó a subir, antes de montar él también se despidió de algunos de los hombres cuyos rostros también parecían no comprender aquel rápido cambio en la atmósfera.
Cogió las riendas abrazando su cintura y espoleó al caballo para dar la vuelta y retomar el camino inhóspito del cálido desierto.
—¿Qué ha pasado, Gaara?
—Llamas demasiado la atención.
Si os apetece ya sabéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que me hacen sonrojar y que agradaceré hasta la saciedad XD También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de chocolate.
Hasta pronto
¡Muchísimas gracias por todo!
PL.
