Advertencias: Los personajes de Naruto no me pertenecen. Probemos a subir un poco la relación de los dos tortolitos ;)
¡Aquí está! A ver qué os parece. Muchas gracias a Jakie M.V., Winters Lantern, RukiaNeechan, Hydra Delphine, Violetamonster, AkikoNara y Mysterialand, y a todos los que seguís y leéis este fic.
Y por supuesto, espero que os guste y disfrutéis con este capítulo. Sin más:
Capítulo 13. En la penumbra del día
—Hay movimientos en la ciudad, señor —Gaara asintió en silencio con sus ojos afilados, el hombre tragó con dificultad sin apartar la vista del suelo antes de dar voz a la única explicación—. Lo más seguro es que una partida os esté buscando.
Gaara se abstuvo de hacer o decir nada, volvió la mirada al otro lado del caballo donde ella aguardaba. Desde que retomaron el camino no le había dirigido la palabra. Era obvio que no había aceptado aquella rápida respuesta, sí, ella llamaba demasiado la atención. La de ellos. Un puño inconsciente se cerró blanco enfureciendo su mirada, nadie debía saber de ella. Era su muñeca de porcelana.
Hyuuga Hinata.
La falta de información le comenzaba a irritar, y no estaba segura de qué tipo de trato iba a recibir ahora que estaba en su territorio. Durante el camino se había sentido algo más segura y libre, no sólo por la adrenalina que mantuvo fuerte su espíritu sino porque estaban solos. Ahora había todo un grupo de personas a su lado, estaba perdida en un terreno hostil que él gobernaba y por si no fuera suficiente le había quedado muy claro ella era una mujer, y encima extranjera. Lo mirara por donde lo mirase, estaba en sus garras atrapada. Elevó un segundo la mirada blanca por encima de la montura del caballo perdiéndose en su fiera cabellera roja. Como el desierto al atardecer, tan cálido, atractivo y peligroso.
Sabaku no Gaara.
Por un instante se cruzó con su mirada y ella bajó rápida la cabeza ladeándola nerviosa. Tan sólo espera que todo lo que hasta ese momento había hecho para ganarse su confianza, no se hubiera desmoronado como un castillo de arena que se seca al sol. Un gruñido se formaba en su garganta. Otra vez volvía a aquella timidez que abría su apetito casi salvajemente. ¿Acaso ella no era consciente de que él era un cazador ansioso?
—Llevadla a mi tienda.
Observó como ella volvía a encogerse cuando los extraños en azul se acercaron para guiarla a través del poblado hacia su único lugar privado. Debía darle un poco de tiempo, se dijo, algo de tiempo para que se serenara y volviera a ser ella, la pequeña gatita de la última noche que tan bien le divertía. Tiempo en el que él controlaría su impulso.
Y Gaara se sorprendió sonriendo ante una extraña calidez que le nublaba el pensamiento.
Hinata caminaba con torpeza entre la arena húmeda y compacta, cubierta a veces de verde y las miradas y susurros incipientes de aquella gente extraña hacia ella, quizá más extraña ante sus ojos.
Aquel lugar debía ser el ansiado oasis que tanto deseaban encontrar en los libros que leyó durante su estancia en Suna. La mancha verde que poco a poco surgía bajo el calor ascendente mientras cabalgaba con Gaara. Se mordió la lengua antes de preguntarle nada. Veía las palmeras cuyos troncos ahora casi podía acariciar surgir en medio de las dunas y también sintió esa misma felicidad y euforia que los caminantes del desierto en su momento hicieron. Una joya verde de vida en medio de la nada muerta.
Los dos hombres que la acompañaban se detuvieron frente a la entrada de una rica tienda del piel decorada. Abrieron una de las partes y la hicieron entrar. Cuando Hinata se volvió, la entrada estaba de nuevo cerrada y sólo le quedaba acostumbrarse a la penumbra que reinaba en el hogar.
Lo primero que notó fue el cambio de suelo, de la dulce arena del desierto, al tosco barro que hacía del camino en el oasis para terminar en el contacto cálido y suave de algún tejido que alfombraba el suelo.
Parpadeó un par de veces antes de comenzar a ver las siluetas de mesas, sillas, cojines recortados contra la oscuridad. Hinata volvió la vista atrás de nuevo, estaba sola, ni siquiera sabía si él vendría o la dejaría encerrada ahí hasta que se acordara de ella.
—No me extrañaría —masculló mordiéndose el labio inferior.
Levantó las manos y poco a poco se guió por el interior hasta dar con varios almohadones reunidos en una misma zona en un conjunto apetecible para su cuerpo cansado y sudoso después de todo el camino bajo el sol. Sin mucho reparo se quitó los envoltorios que él le había encomendado ponerse liberando su cabello y quedándose en su camisola corta de dormir.
Hinata suspiró mientras se acomodaba, era cierto, la raptó de noche de su propia cama sin reparo. Algo que seguía sin demostrar a pesar de todo. Hundió su rostro entre los mullidos cojines aspirando inconscientemente ese aroma tan característico de él. Se abrazó a si misma encogiéndose intentando reprimir el sonrojo y el calor que se esparcía por todo su ser.
Si no fuera por ese algo que se traía entre manos, Hinata lo sabía, que estaba enamorada de él.
—Ni sus maneras —se contestó automática frunciendo el ceño.
De pronto se irguió con las manos enfadada. Genial, si él era el dueño de todo el desierto, como si quería ser el rey del mundo.
—Pero así no se hacen las cosas.
Se sentó encogiendo las piernas, pensando fríamente, Gaara se lo dijo días antes: era su prisionera.
Entonces, ¿por qué cuando estaba a su lado se sentía segura y fuerte y ahora, que él no estaba, que podía escapar, que debía escapar, se sentía tan desprotegida y olvidada? ¿tan sola...?
Agitó la cabeza espantando todo ese hilo de pensamiento negativo. Con la única certeza de que mientras le fuera útil a Gaara estaría a salvo. Hasta ese momento no tenía que pensar nada más, excepto que él la viera como un igual y no un objeto inferior. Volvió a tumbarse sobre los cojines haciéndose un ovillo, dejando que el sueño liberara su mente y cuerpo del cansancio y la tensión.
Las primeras misivas que estaba recibiendo de la ciudad no eran buenas. Si bien era cierto que les llevaba un día de ventaja, también era cierto que habían mantenido la misma posición del asentamiento durante bastantes semanas, por lo que sabían a dónde dirigirse con exactitud.
Sus inexistentes cejas se fruncieron haciendo que los hombres dieran un paso hacia atrás. También había que contar con que ahora eran ellos los que entraban en su territorio y, por consiguiente, su palabra era la ley.
Aunque lo único que más ansiaba ahora, no pudiera conseguirlo. Ni siquiera sacarla de sus pensamientos.
—Seguid observándolos. No nos moveremos. Que vengan a por mi.
Los tres hombres embutidos en azul asintieron a sus órdenes antes de retirarse. Había echado de menos las preguntas curiosa de Hinata cuando se acercaron al asentamiento, aunque la había sentido sorprenderse a medida que el oasis surgía en el horizonte. Había echado de menos su voz diciendo su nombre y no sabía por qué de buenas a primeras se enfadó ignorándole.
Nadie podía ignorarle a él, y menos ella. Hyuuga Hinata debía ser la persona más consciente sobre el desierto de todo él y de nadie más. Lo había dejado claro, ella era parte del desierto, lo constató y proclamó durante su estancia en la ciudad: Hinata pasaba a ser una hija del desierto. Esas palabras eran suficientes y las precisas para declarar su intención de llevársela y, lo que era más claro, que no se lo podían impedir.
Después de todo, le parecía normal que Temari emprendiera algún tipo de búsqueda, casi formaba parte del teatrillo que la ciudad debía montar cuando uno de sus habitantes era reclamado por el desierto; pero en ese caso no había necesidad alguna, nadie la reclamaría de vuelta, fue algo de lo que se encargó antes de llevársela.
—Puede darse por muerto —gruñó antes de llamar a varios hombres más a su presencia—. Averiguad quién les manda. Si es Hyuuga, matadle y traedme su cabeza.
El pequeño escuadrón asintió antes de dejar el lugar. Volvía a estar solo bajo las sombras de las palmeras en aquella improvisada área de reunión, imposible evitar la mueca al recordar que ella estaba en su tienda. Parecía que ahora ya estaba todo fluyendo de nuevo por su cauce habitual. Observó en rededor dejando que los ruidos de la vida le empaparan, los hombres descansaban o vigilaban el poco ganado que llevaban; las mujeres estaban reunidas en otra zona con los niños montando una algarabía. El ruido del agua que manaba de las entrañas del desierto y el poco viento que agitaba las palmas más altas. Su hogar.
Gaara cerró los ojos aspirando su hogar, dejando que su mente fantaseara pensando que ella estaba allí a su lado, sintiendo el calor de su cuerpo y dejando que la besara para luego perderse en sus ojos blancos de bruja.
Chascó la lengua recordándose que él era el cazador, no la presa. Conseguir algo en el desierto era difícil, no sólo por ser uno de los medios más hostiles, sino porque había que conocerlo. Un cazador debía ser paciente, debía estudiar a su presa y sabérsela ganar. Según las viejas leyendas para que luego su espíritu no le maldijera. Se bajó las telas que protegían su cabeza, se refrescó las manos, cara y nuca en la orilla del lago natural y se dispuso a recordárselo a ella también.
Entró a la tienda y se acercó a encender uno de los candiles de aceite sobre la mesa. La poca luz que emitía la mecha era suficiente para descubrir ante sus ojos a la mujer recostada sobre los almohadones que hacían de cama en las noches de insomnio tan solo vestida con aquel camisón que en la noche de Suna se grabó en la memoria.
Hinata se había liberado el cabello oscuro que se esparcía por su espalda, y la fina prenda se escurría dejándole disfrutar del delicado hombro que le llamaba a comprobar al suavidad de su piel.
—Hinata.
La llamó en un gruñido estático en el mismo lugar. Sin recibir respuesta alguna, Gaara se preguntó qué le detenía ahora y no las veces anteriores. El era el Señor del Desierto y todo lo que había en él le pertenecía por derecho. Cruzó la estancia perdiéndose entre los dobleces de la tela que dibujaban su cuerpo, jurándose que esa visión sería sólo para él. Preguntándose si alguien más la había disfrutado.
En el momento que su mano tocó por fin aquella piel empujándola sobre los almohadones, los ojos de la mujer se abrieron sorprendidos. Todo ruido quedó apresado en sus labios hambrientos.
Un primer instante de desorientación entre el sueño y la realidad perdida en la penumbra del dormitorio dejó que aquellas manos masculinas subieran bajo su ropa de cama aferrándose posesivas a sus caderas dejando el peso de él abrazarla y apresarla bajo él. Las manos de Hinata volaron hasta su cuello mientras intentaba seguir el peligroso juego de sus labios consumiendo el aire hasta recorrer temerosas y tímidas su pecho.
Fue involuntario como su nombre escapó deseoso cuando Gaara se retiró de su boca para peregrinar por su blanco cuello en camino descendente. Pero a la par, la trajo de vuelta hacia aquella indecente situación más real de lo que nunca creyó posible. Devolviéndole su sonrojo y razón empujando su torso ardiente.
—Para...Para... Detente, Gaara —apenas era un susurro en la oscuridad.
Notó como su boca ejercía una presión mayor arrancándole un gemido antes de levantar la vista hacia ella. Sus ojos brillaban en la penumbra como el mar embravecido dispuesto a conseguir todo lo que se proponía.
—¿Ahora sí me hablas, mujer? —su voz mezclaba el fastidio con la ironía—. Estabas mejor callada.
—¿No es lo que me dijiste que hiciera, Gaara?
Siendo un hombre de pocas palabras, lo que más detestaba es que esas mismas se volvieran contra él. Recuperó el control de las caderas de Hinata bajo su cuerpo ante un leve gemido de ella, y sonrió viendo sus perdidas pupilas blancas. Incapaz de volver a morder aquel suculento labio rojizo para subir hasta su pequeña oreja
—¿Quieres que pare? —El deseo marcaba su voz ronca mientras ella comenzaba a luchar contra la inconsciencia.
—Quizá ella no, pero yo sí.
El rugido que escapó de los labios de Gaara podría haber asustado a cualquier animal salvaje, ni siquiera se giró, sabía de quién era esa voz masculina y molesta, pero debía hacerlo. Antes de levantarse arregló el cuello de la camisola de Hinata y luego bajó las faldas del mismo. Les enfrentó mientras ella se levantaba e intentaba camuflarse entre las paredes demasiado avergonzada.
—Qué haces aquí Kankuro.
—Evitar males mayores —Gaara frunció el entrecejo al ver la mirada que su hermano mayor dirigía hacia la mujer—. Un placer volverte a ver, querida Hinata.
—¿Ella es el sacrificio, Gaara? —aquella voz femenina y joven llamó la atención de Hinata, no por lo que había dicho, sino por la familiaridad con la que trataba a Gaara.
Si os apetece ya sabéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que me hacen sonrojar y que agradaceré hasta la saciedad XD También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de chocolate.
Hasta pronto
¡Muchísimas gracias por todo!
PL.
